viernes, 14 de agosto de 2015

UNA DIVA (DEMASIADO) CERCANA


  


 Más de una vez he hablado del privilegio que supone ejercer esta profesión, de las puertas que te abre para tener acceso a personas con las que, de otro modo, jamás cruzarías dos palabras, gentes populares y anónimas que enriquecen tu vida, que incluso pueden llegar a convertirse en parte fundamental de la misma, gentes de las que lo ignorabas todo o a las que admirabas por su labor, por su obra, por sus actividades, y con las que de repente te encuentras compartiendo conversación, pudiendo preguntarles aquello que desde hace tiempo querías saber, satisfaciendo tu curiosidad, encontrando respuestas, recibiendo el regalo de una confidencia, estableciendo una complicidad que hasta un momento antes se te antojaba una quimera (también puede ocurrir todo lo contrario: el desengaño, el encontronazo, el despojamiento del disfraz –o ni eso: hay quien no esconde su mala educación, su pésimo humor, su desgana, el menosprecio que siente por tu trabajo por mucho que te necesite para promocionar el suyo-, pero hoy me apetece hablar sólo de lo positivo, de lo enriquecedor, de lo que permanece en el recuerdo como aprendimos en Esplendor en la hierba –y como homenaje a la estupenda Julie Christie, quien asegura haber sufrido una enfermedad que le ha borrado las experiencias negativas y, por lo tanto, no sabe de quién le hablan cuando alguien menciona a Warren Beatty-). Porque, de ese modo, ¿quién iba a decirle a aquel chaval que descubrió en una lejana noche frente a la televisión un modo de hacer cine, una diversión siempre disponible, una joya titulada Con faldas y a lo loco, una película más que compartir con la tía Carmen, que un buen día (cuando apenas era un debutante, en sus muy primeros pasos en este mundo, un inexperto tembloroso y un tanto sobrepasado por la circunstancia, cursando el segundo año de la carrera, con sólo unas cuantas horas delante del micrófono como bagaje) iba a pasar unos minutos deliciosos e inolvidables junto a Jack Lemmon?

   Y aunque la experiencia me hizo ir atenuando los nervios, recubriéndome de una pátina profesional cuando la ocasión lo requiere, por fortuna nunca he perdido el entusiasmo, nunca he desfallecido como receptor, aún mantengo la emoción de ponerme frente a otra persona, el interés por lo que va a contar, las ganas de saber más sobre ella, disfrutando la posibilidad de ser testigo al tiempo que participante, tal vez confirmando algunos prejuicios, la imagen que se tiene desde fuera, desterrándolos en otras ocasiones, pudiendo desarrollar y cimentar mi opinión con (un algo de) conocimiento de causa, en primera persona, sin filtros ni intermediarios; y, así, en rápido y somero recordatorio, el cinéfilo apasionado, el espectador de teatro impenitente, el lector voraz ha podido dar un beso a Rafael Alberti, ser llamado “crítico feroz” (en tono cariñoso -¿o no?-) por José Luis García Sánchez, conocer a esa escritora maravillosa y mujer impresionante llamada Enriqueta Antolín (y que muy pocos conocen cuando murió no hace ni dos años, autora siempre un tanto en la sombra, opacada por otros nombres de mayor prestigio –inflado en más de una ocasión- y proyección –así se decide a veces en los despachos-), arrodillarse frente a Mario Benedetti, pisar las tablas del Alcázar al mismo tiempo que Amparo Rivelles, Nati Mistral, Vicente Parra, Juan Carlos Rubio (por cierto, un amigo con el que mantengo trato desde entonces, alguien que siempre responde cuando le llamo) y Ángeles Martín (mi Guadiana particular, alguien a quien siempre agradeceré que me dejase hacer teatro con ella en la radio), ayudar con sus maletas a la maestra Lolo Rico, reír como loco con la genial Isabel Pisano (de la que, por cierto, hace tiempo que no sé nada: en cuanto termine este texto, le mando un mensaje), conocer anécdotas desopilantes de boca de Paloma Gómez Borrero, dejarse envolver por el aura de la magnífica Cate Blanchett, ser testigo de las lágrimas emocionadas con que José Saramago contaba cómo echó de menos a su mujer cuando supo en el aeropuerto de Francfort que había galardonado con el Nobel, recibir un alegre empujón de la siempre adorada Concha Velasco al encontrarla en el Teatro Español como preludio a una noche mágica (la del cuadragésimo aniversario del estreno de Tres sombreros de copa) o pasear junto a Pablo por lo que debería ser Museo Olga Ramos y que su hija Olga María atesora en su casa ante la desidia de las (supuestas) autoridades culturales.

   Todo esto debía ser el prólogo a una glosa sobre algo que Pablo y yo vivimos no hace mucho en los recién inaugurados Teatros Luchana (ubicados en el mismo edificio que albergaba aquel cine gigantesco en el que vi Superman, evitando la quilométrica cola gracias a los buenos oficios del tío Miguel –y a la fortuna de que se abriese casi por arte de magia una taquilla que permanecía cerrada y en la que él estaba consultando precios y sesiones-), pero acabo de descubrir que lo que se anunciaba como una cita con Bette Davis (para un máximo de tres espectadores) ya no está en cartel y, por lo tanto, no tiene sentido que explique en qué consistía aquello, aunque por no dejar el texto cojo, diré que se suponía que entrabas en un fotograma de Eva al desnudo y durante unos diez minutos la propia Margo Channing (encarnada con acierto y dignidad por Carmela Lloret) te hacía cómplice de su malestar por todo lo que Eva Harrington había medrado y conspirado hasta convertirse en una actriz de éxito y reconocimiento crítico. Se me antoja complicado llamar a eso “teatro” en el sentido más puro de la palabra, la digamos representación tenía más de juego con los interlocutores, una intimidad un tanto forzada (la mesa del supuesto club está a la vista de las personas que estén en el vestíbulo-bar del teatro o, si las horas se solapan, de los espectadores de dos de las salas que pasen por allí camino a su espectáculo), pero, sin duda, era vivir toda una experiencia, una sensación entre la extrañeza y la incredulidad porque te sentabas a la misma mesa que ella, te miraba directamente a los ojos, te hacía partícipe de sus sensaciones, apelaba a tu comprensión, pero había una cierta violencia porque no sabías si tenías que interactuar, que seguirle la corriente más allá de con tu presencia y mirada (más aún cuando conoces perfectamente aquello de lo que está hablando, es decir, el guión original), en algún momento costaba contener la risa, no por desprecio o por tomártelo a chanza, sino porque te decía las cosas tan cerca que afloraba un nerviosismo incómodo para el espectador que en ese momento no sabe muy bien cómo comportarse (y es de alabar cómo la actriz jamás perdía tono, gesto, texto, personaje –aunque imagino que en alguna ocasión habrá topado con un público que le ha roto los esquemas-), estuve a punto de coger una nota que me tendía al ver que no añadía palabra, sosteniendo el silencio con inteligencia, sin salirse del personaje, taladrándome con la mirada como sólo Margo puede hacer, pero yo estuve sumido en la duda porque no tenía muy claro qué se esperaba de mí durante esos segundos en que me trató como si fuese Karen Richards (es decir, Celeste Holm). Para los muy cinéfilos, fanáticos absolutos, admiradores de la película y de su estrella, la cosa tenía cierta gracia (que, por otro lado, sabía a poco), pero, por desgracia, ambos pronosticamos que la propuesta era complicada de vender (al menos, con ese planteamiento, con ese formato que se convertía en el mayor lastre al primar sobre lo demás, al convertirse en el concepto y en el resultado -buscamos hacer un teatro íntimo en lugares insólitos, bien, pero entonces, ¿Eva al desnudo como monólogo de diez minutos?-) y, por lo que se ve (como decía, ya no aparece en la cartelera), así ha sido, aunque parece que hay intención de retomar el proyecto de cara a la nueva temporada (sea como sea, confío y deseo que pronto podamos volver a gozar del buen hacer de Carmela Lloret –sin necesidad de tenerla tan cerca, eso sí, porque a ratos imponía muchísimo; mejor, refugiados en el anonimato de la butaca en la sala a oscuras-).