jueves, 26 de septiembre de 2013

INSTRUIR(SE) DELEITÁNDO(SE)





   Ya hemos hablado en alguna ocasión de cómo hay gente que llega a un trabajo sólo por diversión, porque le gusta hacer algo (ver películas, salir y entrar, ir de acá para allá), personas que no sienten la profesión, no la aman, no exploran todas sus posibilidades y por desgracia son los elegidos una y mil veces para ejercerla: auténticos diletantes que sólo buscan su placer, engordar su ego, codearse con los que les resultan importantes, trivializando el periodismo, utilizándolo como plataforma, como manera de convertirse ellos mismos en personajes que despierten interés (y algunos lo consiguen, precisamente los más anodinos e irritantes, los menos agraciados en el reparto de talentos). Es, como también hemos dicho no sé cuántos millones de veces, un auténtico lujo, un privilegio, poder combinar lo estrictamente laboral con el deleite, con una afición, con una pasión, pero tenemos la fortuna de que nuestra labor lo sea siempre, puesto que nos pone en contacto con la realidad, con la sociedad, con personas admirables a las que podemos observar de cerca, preguntar, aprender de y con sus experiencias, nos amplía horizontes, nos convierte en testigos, y eso es algo que se vive igual aunque nuestra labor la ejecutemos detrás de las cámaras, sin intervenir en el micrófono, realizando, escribiendo, documentando, en definitiva haciendo periodismo (ese que nos cautivaba cuando veíamos Lou Grant), no viviendo por y para la fama, sintiendo frustración si no estamos en el lado brillante (ese que muchas ocasiones es el menos grato, el más alejado de nuestra vocación, el falso y estereotipado cuarto poder). Durante un tiempo (demasiado, por fortuna ya muy lejano y sepultado por la indiferencia), formé parte de un equipo dirigido (es un decir) por un caballerete que sólo buscaba proyección (y la consiguió: reside en Los Ángeles y su forma de trabajar es acariciar el lomo de cualquier multinacional, vendiéndose al mejor postor sin importar que sus contradicciones a la hora de hacer críticas sean notorias) y que obligaba a los demás a emitir opiniones al dictado, según conviniese para quedar bien con los estudios, sin tener en cuenta, por ejemplo, que yo tenía la inmensa fortuna de participar cada semana en el programa de Beatriz Pécker, en el que era totalmente libre para exponer y justificar mi criterio a la hora de aplaudir una película o menospreciar otra (aunque, claro, con los porcentajes de audiencia que teníamos en aquel canal –los que aún son menores en la actualidad, por mucho que aguanten ahí encastillados, orgullosos de no sé qué, debiendo miles de nóminas-, en realidad la mayoría de los que decían seguirme –incluso para hacer lo contrario a lo que yo aconsejase (es la mejor manera de hacer caso a gran parte de las críticas, incluidas las propias)- lo harían en RNE) y, por lo tanto, el truco quedaba la vista a las primeras de cambio; este señor (de buena familia, pero sin haber aprendido la exquisita educación de su padre o la naturalidad y sencillez de su madre –ambos excelentes personas, puedo dar fe-) sólo sabía crear tensión, tener a todo el mundo nervioso, tenso, no entendiendo otro respeto profesional (el que jamás podrá ganarse) que el de ser temido, haciendo repetir programas si no le gustaba algo de lo que decía alguien al que manejaba cual si fuera Doña Rogelia, por lo que no era nada grato (pero hay que pagar facturas, llenar la nevera) ir cada semana a entregarle lo que nunca olerá ni de lejos (profesionalidad, oficio, disposición, conocimiento), lo que provocaba que algunos componentes del equipo no lo considerasen un verdadero trabajo y exigiesen su diversión, su entretenimiento, “porque para eso no hace uno radio y televisión” (nunca entendí muy bien este proceso mental, pero se reproducía como por esporas); sólo dos o tres aceptaban las reglas del juego (las que por desgracia tan habituales son en cualquier lugar) y se aplicaban con esfuerzo y pericia, intentando sacar lo mejor de sí mismos y de lo que debíamos hacer (a pesar de todo, no sé qué tienen las cámaras y los micrófonos, estés en el lado que estés, que logran hacerte olvidar durante un rato los malos rollos, los dolores, cualquier nubarrón que ensombrezca el ánimo).


   Y sé que, como es habitual, me he explayado con algo que está lejos de mi objetivo de hoy o, en realidad, no tanto; resulta que he podido leer el libro Yo he visto cosas que vosotros no creeríais del querido y admirado Federico Volpini y, al margen de pasármelo de miedo con su manera de reinterpretar algunas películas, con su ojo avizor para el detalle en apariencia más insignificante que termina por imponerse al espectador avezado, he podido reafirmar unas cuantas impresiones sobre este a pesar de todo noble oficio de cronista de cine. Hace unos meses, cuando se celebró aquel encuentro en el Teatro Calderón de Madrid (me niego a cambiarle el nombre) sobre la prensa cinematográfica, pude constatar, al ver los grandes nombres que me acompañaban en el vídeo en que relatábamos alguna experiencia vivida durante el ejercicio de la profesión (es inevitable que se cuele algún intruso al modo de aquel que antes decía, pero hay que felicitar a El Duende por la selección que llevó a cabo -y no por mí, desde luego, y no es falsa modestia, sino por los muchos buenos que allí se daban cita-), y comprobar que, con la excepción de Isabel Ruiz Lara (otra que sabe “un puñao” y que realmente goza y ama el cine), los que, de alguna manera, representábamos a RNE, éramos personas que estábamos fuera, que por unas razones u otras ya no formábamos parte de sus filas y que, en realidad, el cine siempre ha estado muy maltratado en la emisora pública, bien relegando los programas a horas infames (aunque gentes como Javier Tolentino siguen destilando su buen hacer contra viento y marea), bien considerándolo un asunto menor (aunque la entrañable Teresa Montoro o la propia Isabel le den la importancia debida y el buen trato necesario desde sus parcelas), bien dando cancha a voces que no transmiten entusiasmo o pasión, que se enredan en su verborrea sin decir nada concreto (mejor me callo y que cada cual ponga los nombres que considere oportunos), bien dejando que el programa insignia que, se supone, demuestra el compromiso del antes ente ahora corporación con el séptimo arte esté en manos de una persona sólo preocupada de estar cerca del foco, pagada de sí misma, que silencia a cualquiera que no le baile el agua, que da escasa importancia al contenido que espera el cinéfilo, el amante del arte, el verdadero aficionado, sólo en aras de lo que permite mantener su tono de charla intrascendente y etérea (triste espejismo el del pasado año en que, aunque no fuese un experto en la materia, la dirección del espacio recayó en un buen periodista quien, en la medida que pudo, intentó conformar un equipo con voces llenas de conocimiento –es decir, Teresa Montoro e Isabel Ruiz Lara, de nuevo-).


   Por fortuna, Modernito Books, uno de esos pequeños sellos que sigue buscando, explorando, publicando firmas que no tienen cabida en las falsa y malamente consideradas editoriales importantes porque no escriben clones de éxitos pasados, libros repetitivos que inundan las librerías y que mantienen cautivo al público (no se le da opción de elegir, no se estimula el perderse entre estantes y anaqueles a la caza de ese volumen que se aferre a nuestra mano, todo es Dan Brown, Julia Navarro, Nieves Herrero, sombras de Grey invadiendo la vista y el espacio, no se promociona la variedad), nos regala un puñado de reflexiones del gran Federico, un viaje del que uno no sale indemne porque o quiere revisar aquella cinta que vio hace tiempo o conocer esa otra cuya existencia acaba de descubrir/recordar o pensar sobre alguno de los múltiples pensamientos certeros, personales, volpinianos, fruto de años de amor por el cine, de afán por seguir conociendo y aprehendiendo sensibilidades, opciones, avatares, de seguir jugando, emocionándose, enfadándose, de no perder el alma de espectador y saber entrelazarla con la del crítico, el estudioso, el cultivado. Federico sabe elegir la palabra precisa, economiza al máximo pero sugiere múltiples significados, es erudito sin excluir, sin ponerse por encima, es un amigo que discute con entrega sobre lo que adora, que argumenta con contundencia, que nos devuelve las ganas por ver y hablar sobre cine, que sabe latín y lo que no sabe no le importa reconocerlo y preguntarlo, que es el primero que quiere ser sorprendido, cautivado, abducido por lo que ve en pantalla, que es muy generoso porque comparte esas cosas increíbles con los demás y, al ser contadas por él, todas son verosímiles, vívidas, inolvidables.

viernes, 13 de septiembre de 2013

TRANSFORMAR LO COTIDIANO EN ETERNO





   Sin duda, una de las máximas conexiones que pueden darse con un escritor (yo diría que es la que verdaderamente propicia que nos dejemos abducir por sus palabras) se produce cuando, sumergidos en la lectura, sentimos un maravilloso y revelador escalofrío y, por un lado, nos parece que se está dirigiendo sólo a nosotros, nos toca fibras, invade rincones, pulsa teclas que creíamos dormidas o que no conocíamos, nos sacude, nos hace sentir en comunión, reconocemos aquello que narra y, por otro, pensamos que, de alguna manera, aunque hable de otra realidad, de otra época, de su intimidad más recóndita, de sus sensaciones más profundas y personales, ese texto podríamos haberlo escrito nosotros porque nos retrata, nos incumbe, nos apela, nos contiene. Aunque conocía a Ovidio Parades porque era oyente del último programa de radio en que he participado, aunque me dijeron (pero como de pasada, sin darle importancia) que nos había citado en su blog (uno de los más visitados y recomendados: El extraño viaje –y ese título ya me sirvió como anticipo, como seña de identidad: no todo el mundo conoce y venera una de las obras maestras debidas a Fernando Fernán Gómez-) y que el texto aparecía en un libro “del que tal vez deberíamos hablar”, no fue hasta que contactamos directamente por Facebook cuando me interesé por sus escritos y cuando, al tener entre mis manos el volumen homónimo de su blog, me parecía que eran mis recuerdos, mis vivencias, mi familia, mi gente, aquello de lo que se hablaba en la primera parte; luego vendrían las divas, la música, el teatro, y, claro, la literatura, para completar el cuadro, para experimentar la epifanía de encontrarme ante un alma gemela, una de esas personas con las que, en el tercer minuto, compartes un código restringido, parece que te conoces desde siempre, con la que puedes saltarte fases previas para ir al meollo.

   Ovidio sabe captar el detalle, el olor, la temperatura, lo evanescente, lo inaprensible, lo imperceptible, lo que queda aposentado en un rincón del alma (esa canción que, como dijo la gran señora María Dolores Pradera –uno de los muchos cultos de los que somos cofrades- nació siendo “de toda la vida”), esas pequeñas cosas (ahora toca a Serrat, otro que tal –si me pongo a enumerar nuestros dioses tardaré muchas horas en escribir-) que nos conformaron, que nos definen, que nos han imprimido carácter, esas que, transformadas, reubicadas, asumidas, siguen presentes, esos pellizcos de nostalgia, esas lágrimas que aúnan alegría por lo vivido y tristeza por lo irrepetible, esos vuelcos de corazón, esos estremecimientos que a veces no logramos expresar pero que saben interpretar los que no los reprimen, los que no pueden (no podemos) reprimir el vicio de vivir, los que se dejan atrapar por la emoción y le dan rienda suelta. Leer a Ovidio es dejar que una voz amiga te hable al oído, te masajee el espíritu, apele a tu inteligencia para seguir haciéndote preguntas, te abra los ojos para no ignorar nada, para no arrinconar lo que, visto ahora como intrascendente, puede ser necesario dentro de poco y, entre medias (como auténtica columna vertebral de su sentir), los libros, las películas, el teatro, los actores (sobre todo, al igual que nos sucede a Pablo y a mí, las actrices), los viajes, el afán por conocer, una permanente curiosidad jamás saciada y, como pieza clave, como epicentro, como punto de partida y retorno, el amor por su madre (también por el resto de la familia, pero ella, esa mujer a la que todos sus lectores no podemos sino querer, admirar y adorar, es su motor, su savia, la energía que bombea su sangre) y por Íñigo, su marido, su compañero, su cómplice, su refugio, su piedra angular (los que me conocen estarán comprobando que, con mínimas variaciones, me parece estar hablando de mí mismo).

   Ahora llega a las librerías el tercer volumen compuesto por escritos que aparecieron primero en su blog, Vivir en los cafés (editado por Trabe, igual que los anteriores y que su novela El tiempo que vendrá), y de nuevo estamos en su universo, ese que no deja de expandirse, ese que es el nuestro, da igual que hable de lugares en los que no hemos estado (La Santa), de otros en los que sí (una exposición en la National Portrait Gallery de Londres) o del imprescindible ritual de ver Sábado cine (prepararse para la película era tan o más emocionante que el filme en sí), es lo mismo que no coincidamos con su apreciación sobre una película o un libro, el caso es que con Ovidio se puede dialogar, discutir (en el buen y verdadero sentido del término), conversar apasionadamente, porque es alguien que argumenta, que conoce lo que ama, que expresa su propia opinión, que no da nada por sabido ni por hecho hasta que lo experimenta. Si me permiten la mención personal, resaltaré su agudeza como crítico, su olfato como lector, su sensibilidad como persona recordando las palabras que dedicó a 24 horas de un periodista desesperado, la novela de Pablo: él, que debió reconocer a muchos de los personajes, que sabía algo sobre su gestación y realidad, se centró en lo que precisamente es el verdadero logro de Pablo como escritor, la parte familiar, la íntima, la que construye y explica al personaje, fue tan generoso como de costumbre con el trabajo de los demás (y sincero y apasionado: regala elogios sólo a quien considera merecedor de ellos y, por lo bien que los explica, demuestra que se los ha ganado) e hizo gala de su discreción porque, ni en privado, ni por broma, ni por frivolizar o chismorrear, por echar unas risas, jamás ha preguntado en privado por esto o por aquello, quién es éste o cómo pudo suceder lo de más allá, quedándose con su inteligente y cuidada lectura. No puedo detenerme en un apartado u otro, en este escrito o en aquel, porque su unión en Vivir en los cafés demuestra precisamente eso, que no son hojas volanderas, recortes, una ocupación para un rato de ocio, que los escritos de Ovidio para El extraño viaje forman parte de un conjunto, de una voz narrativa, de una manera de entender y enfrentar el mundo y que en un momento concreto nos interesará la nueva aventura protagonizada por Francesca o rememorar un día de Reyes y en otro aquella chica que se sienta a fumar en un banco al salir del supermercado o esa tarde en que el mundo se detuvo en torno a una taza de café. Para los que aún no sepan bien quién es Ovidio Parades, nada mejor que concluir con una de las frases que él selecciona como preámbulo, ya que en esas preferencias queda uno muy bien definido, y porque, para remate, supone citar a la gran Clarice Lispector: “Soy una persona que tiene un corazón que a veces comprende, soy una persona que ha pretendido poner en palabras un mundo ininteligible y un mundo impalpable. Una persona cuyo corazón late de alegría ligerísima sobre todo cuando consigue decir en una frase algo sobre la vida humana o animal”. Ésa es la tarea de cualquiera que intenta juntar unas palabras y comunicarse, ése es sin duda uno de los logros de Ovidio Parades, una de esas personas que necesitas en tu vida y puedes considerar amigo a pesar de la distancia y sólo haber visto en una ocasión (eso sí, nos sentamos en el Mama Inés, el café de tantas tardes y noches en Madrid, para echar un rato de charla agradable, repleta de guiños y complacencias).

lunes, 9 de septiembre de 2013

UN FRÍO ACOGEDOR


 


   Sigue siendo un momento mágico ese en que una lectura te lleva a otro momento, a otro lugar, a otro clima, te hace olvidar quién eres e incluso te cambia el ritmo de los latidos; no hace mucho, Ovidio Parades (del que dentro de muy poco hablaremos en este blog largo y tendido, como él merece y su obra propicia) recomendaba la película El último concierto y hablaba también de esta sensación: en las calles va languideciendo el verano, en la pantalla es pleno invierno, y durante la proyección sientes algún escalofrío porque es como si estuviera nevando en la sala, como si la temperatura, incluso la anímica, descendiese al ritmo que marcan las imágenes. Es una de las muchas enseñanzas que uno se lleva del gran maestro Javier Lostalé, ese magnífico profesional, necesario poeta, excelente persona, añorado compañero, una de las pocas personas realmente buenas, benignas y benéficas con las que he tenido el honor (porque lo es, porque es humilde más allá de cualquier definición, porque siempre ayuda y te hace mejorar, porque derrocha sensibilidad, buen gusto y amor por las palabras) de compartir micrófono, esa persona a la que algún mediocre ha utilizado, vejado, insultado, de la que ha fagocitado contactos, prestigio, buen hacer (sin merecer ni alcanzar ninguno, pero sí consiguiendo unas ventosas que le hacen imperecedero), de la que ha heredado un programa que no merece y que ha transformado en una melosidad insustancial sin encanto ni contenido, ese poetastro huero que habla de libros que no ha leído (y alardea de ello), que confiesa públicamente que no lee novelas y no se recata en ejercer como crítico literario: Javier Lostalé gusta de habitar los libros, introducirse en ellos, establecer un diálogo, ser parte de lo que narran, de lo que sugieren, de lo que transmiten, transformarse después de la lectura (siempre y cuando lo escrito merezca la pena: tiene unos de los olfatos más finos, agudos y certeros que conozco a la hora de detectar menús exquisitos para los lectores ávidos). Desde siempre, si una lectura me absorbe pasa a mi mundo onírico, rara es la vez que no aparece en mis sueños, de una forma u otra, el avatar literario que en ese momento me esté invadiendo; del mismo modo, como decía al principio, experimento las temperaturas a que se enfrenten los personajes, por mucho que en casa, en la calle, haya otra bien diferente.

   Hace unos días, en estos coletazos que aún da el tórrido y se me antoja que muy largo verano, pasé mucho frío, incluso demasiado, tan extremo como el calor alcanzado tantos días de julio y agosto, ya que me enfrenté a una de las tormentas de nieve más peligrosas, intensas y terroríficas que se recuerdan en Noruega, la culpable de que los pasajeros de un tren se encuentren aislados en el hotel de montaña llamado 1222 porque esos son los metros de altitud que le separan del mar y ese es, precisamente (1222), el título de una estupenda novela de Anne Holt, nuevo acierto de esa colección que no me canso de recomendar al aficionado al género y al que no lo es (porque estoy convencido de que si se asoma a alguno de sus volúmenes va a convertirse al culto), la apasionante Roja y Negra de la editorial Mondadori. En un escenario propio de Agatha Christie, y sin ocultar la referencia a Diez negritos (aunque el tren, la nieve, la imposibilidad de huir, el conocimiento de que el asesino debe seguir muy cerca, el investigador que no querría ni debería estar ahí, todo nos lleva a pensar en otra de sus producciones más recordadas y perfectas: Asesinato en el Orient Express), la reputada autora noruega recurre una vez más a su personaje Hanne Wilhelmsen, para construir una trama claustrofóbica, a contrarreloj, con muchos meandros, con muchos interrogantes, muy bien resuelta y que le sirve para hablar (como siempre sucede en los grandes títulos del género) de la situación política de su país, de la realidad del momento, pero sabiendo colocarla en un segundo plano para primar el misterio, la angustia, el perfecto dibujo de personalidades que se ven obligadas a compartir espacio mientras algunas personas van apareciendo muertas. Aunque es el octavo libro de la serie (por desgracia, sólo otros dos están traducidos), es la primera vez que me encuentro con su personaje más popular (aunque tiene una segunda serie, la conocida como “de Vik y Stubo”) y ha supuesto todo un hallazgo, ya que la he conocido en el momento en que está retirada del servicio activo (era policía), tras haber quedado parapléjica después de un arresto que devino en tiroteo, cuando lleva años intentando huir del mundo, amargada, cáustica, anacoreta, asocial, pero es la primera en reconocer sus defectos y en comprender que nadie la soporte; al narrar en primera persona, Holt no refrena su ironía, su rebaba, su menosprecio, lo que dota a la narración de un brío desacostumbrado, que concede momentos para la sonrisa cómplice, que sirven para dejar aún más clara la agudeza de Hanne, su capacidad para radiografiar almas, su manera de reunir piezas y comprender sentimientos, su pericia para encontrar respuestas, todo ello sin hacerse la simpática o mostrar un comportamiento que se atenga a las normas más básicas de educación, permitiéndose cruzar los límites más íntimos puesto que finge desconocerlos para, de este modo, aprovecharse de la vulnerabilidad de los demás, pillarles siempre en desventaja.

   Y al margen de pasar unos ratos inolvidables sumergido en la lectura, intentando desenredar la madeja que Holt sabe trenzar sin que el pulso le tiemble, quedando boquiabierto ante los porqués (sin ser capaz de hallar la solución, en el fondo más a la vista de lo que parece, pero muy bien escamoteada por la autora –sólo puedo ponerme una medalla: una pregunta martilleaba mi cabeza desde que se descubre el primer cadáver y los personajes que deben asumir la tarea de descubrir quién ha cometido el crimen no se la hacen hasta la mitad del libro-), sentir lo gélido del ambiente que describe, ese buscar abrigo, algo en lo que cobijarse, el alivio del calor, notar cómo la sangre vuelve a circular, cómo el cuerpo pierde su agarrotamiento, me hizo evocar aquellas noches de mi infancia en una casa humilde que, con grietas, humedades, piso bajo que da a un patio de paso (o sea, como si fuese la calle), hacía casi imposible el mantenerla caliente, pero disfrutando de la calidez de las personas, en torno al radiador, con pijama y bata, pasando la velada gracias a una película, una serie, aquellos programas divertidos, interesantes, curiosos, o las tardes de lectura después de hacer los deberes, feliz por disfrutar con mi afición, espoleando la imaginación, acariciando el lomo, mirando hacia la librería buscando nuevas propuestas, aventuras que iniciar, me sentía la persona más plena del mundo (la misma que soy ahora cuando Pablo y yo nos sentamos en el sofá, nos cogemos de la mano, nos arrebujamos en la manta que compartimos si es invierno, disfrutamos del alivio del aire acondicionado si es verano, y viajamos juntos a ese país que siempre está dispuesto: el de la ficción).   

viernes, 30 de agosto de 2013

A TANTOS KILÓMETROS DEL ABRAZO




  
   Es curioso cómo los círculos se cierran cuando menos lo esperas o menos atención prestas, cuando estás a otras cosas o tan pendiente de algo en concreto que miras sin ver todo lo demás; pero, de repente, frenas, observas, analizas, recapacitas y resulta que hay sucesos que tienen lugar en el mejor momento posible, que se han dilatado mucho más de lo que hubieses querido, que has aceptado la demora porque no queda otra opción y, además, es lo lógico, pero que, por esas carambolas a las que llamamos azar o destino (cada cual lo que prefiera), tienen lugar cuando cobran un valor añadido que aún los hace más grandes y necesarios. Por motivos que no vienen al caso, Pablo ha estado fuera todo el verano, precisamente el primero en que no tengo trabajo desde hace no sé cuánto (durante mucho tiempo era al revés: solía tener más del habitual en ese periodo, ya que me tocaba sustituir a alguien durante sus vacaciones, y aquí estaba servidor para soportar los rigores de la capital e inventar invitados y contenidos en una época en que todo el mundo parece emigrar –algunos de esos momentos, sobre todo los asociados a Miguel Ángel Yáñez y Beatriz Pécker, al igual que el primero que compartí con Marta Conde –y con Pablo en el equipo-, son inolvidables desde el mismo momento en que los estaba viviendo), ha sido por lo tanto un estío desolador, agobiante, con demasiado tiempo para añorar, evocar, echar de menos, dolerse, entristecerse; he aprovechado para escribir (eso que tanto le gusta Pablo que haga, eso con lo que he vuelto a disfrutar, esa pasión que había acallado, esa vocación que me ha hecho renacer y me ha servido –y sirve- como bálsamo, como acicate, como realidad), para leer, para pensar, para seguir cimentando mi (nuestro) amor (es algo que se hace día a día, que se realimenta continuamente, el hecho más nimio que compartimos, cualquier destello de complicidad, un nuevo guiño de asentimiento y comprensión es el mejor abono para que la relación sea más estrecha y profunda –cuando nos preguntan cómo se hace para llevar tanto tiempo, casi once años, juntos, me consta que ambos contestamos que no conocemos el truco, que simplemente vivimos sin pensar en “siempre”, nos limitamos a hacerlo realidad-), para agradecer la compañía de Dobby (a pesar de sus rabietas, pero si no fuese así no sería tan adorable), para ir preparando algunas sorpresas, pensando en cosas que hacer juntos y, sobre todo, para sentir que mi corazón sigue latiendo por dos y para percibir esa correspondencia a pesar de los kilómetros de distancia.

   Nuestra querida amiga Olga María Ramos, ese inmenso talento como artista, esa humanidad desbordante como persona, ha tenido la deferencia de pedir mi colaboración para un proyecto del que no debo contar nada (porque no me corresponde hacerlo) y me ha insuflado optimismo, ha propiciado que me sienta útil, que sienta que hay gente que sigue valorándome como profesional, que mis palabras (escritas o pronunciadas), mis años de oficio, mi sensibilidad, mi criterio puede resultar interesante (algo que también debo hacer extensivo a mi adorado Ovidio Parades –con el que, entre otras cosas, me chifla discutir sobre cine (sin que llegue la sangre al río, argumentando con pasión y mitomanía)- o a Elena Palacios, Alejandro Muñoz, Nieves Peñuelas, Alfonso Monteserín, Mandy de la Escalera o Ángel Galán, por seguir confiando en mí para transmitir aquellas impresiones que me producen libros, películas y obras de teatro); sí, del aire no se vive, y este blog no da dinero (tampoco Celuloide en vena, por supuesto), pero al menos proporciona muchas satisfacciones y me permite comunicarme con aquellos que aceptan la invitación y llegan hasta el ángulo oscuro del salón para estar cerca de las notas que emite el arpa. Y fue, como en tantas ocasiones, una palabra de Pablo la que me puso en movimiento, la que lo hizo posible (también el blog de cine), la que materializó un deseo y engrasó mi maquinaria para que el periodista no se dejase morir, aunque nuestros próximos objetivos continúan por el camino literario y (crucemos los dedos) por el teatral (un sueño largamente acariciado podría estar próximo a realizarse, gracias al impulso del inquieto Juan Luis Peinado –y hasta ahí puedo leer-).

   Y cité antes a Olga María, entre otras muchas cosas, porque gracias a ella he titulado este escrito y fue su agudeza la que me puso sobre la pista de la importancia de lo que sucederá dentro de pocas horas; en uno de los muchos mails y mensajes que nos hemos cruzado este verano en que, lo reconozco, no he querido ver a demasiada gente, he estado poco sociable, más anacoreta que de costumbre (necesitaba mi tiempo y espacio, hacer cosas sin Pablo no me aporta nada, antes al contrario exacerba mi soledad y nostalgia), respondiendo a su interés por la situación que nos mantenía separados, ofreciéndome como es habitual su cariño, apoyo y bondad, le dije que eran malos momentos y que tener a Pablo “a tantos kilómetros del abrazo” aún lo hacía todo más difícil. Con ese sentido artístico que le desborda, que posee en cantidades industriales, me contestó que le parecía una frase fantástica y que expresaba mucho en pocas palabras; el caso es que ese mensaje quedó ahí y ahora que el abrazo se acerca, que faltan horas para que vuelva a producirse, para que podamos cerrarlo, caigo en la cuenta de que eso ocurrirá un 31 de agosto, día en que justo hace un año, en una madrugada ambigua y llena de sensaciones contradictorias, llegaba a casa después de presentar mi último programa de radio, manteniendo la dignidad y la voz (un poco trémula al pronunciar las últimas frases, es cierto, pero prometí no dejarme vencer, no hacer tragedia y no dar satisfacción a los que deseaban verme caer en lo patético o desbarrar como otros en similares circunstancias –si eso es lo que le gusta a gentecilla como Javier Encinas o un tal Vicen de Ponferrada, no quiero corifeos de ese jaez- y creo que lo conseguí), afirmando lo que era (y es) mi única verdad, que todo se lo debía a Pablo y que no iba a olvidar nunca a los oyentes, y encontraba un cobijo, un refugio, el lugar en el que quiero estar y permanecer, unos brazos que me acogieron y tranquilizaron, que me restauraron, que me dieron soporte (y que cuando todo se me vino encima pocos días después, cuando comprendí que el melifluo poetastro seguía actuando cobardemente y con mentiras, cuando me revolví y lo pagué con quien siempre está cerca, volvieron a prestarme su calor, su energía, me recogieron y me levantaron, sin reproches, sin amargura, con todo el amor del mundo). Por lo tanto, el abrazo de mañana pone punto y final a este año en que, a pesar de todo, tanto hay que celebrar: Madres de película, se presentó en sociedad 24 horas de un periodista desesperado, vibramos viendo a Barbra Streisand y seguimos juntos (y mantenemos la cabeza muy alta porque somos fieles a nosotros mismos, a nuestros sentimientos, a nuestra realidad).

P.D.: Por cierto, si en estos días asomo con menos asiduidad por aquí, comprendedlo; tenemos que ponernos un poco al día, estar el uno con el otro, dar un impulso al nuevo libro, pero sabéis que tomo nota de todo lo bueno (y de algo malo, inevitable) para seguir acariciando las cuerdas del arpa.

jueves, 29 de agosto de 2013

LA PRIMERA BUTACA


 


   Aunque en más de una ocasión he reconocido que tengo un alma revolucionaria más bien tranquila y moderada (sí, soy una contradicción o al menos un oxímoron andante), no puedo menos que compartir los gritos y consignas de aquellos que se manifiestan porque no perdamos ni un ápice de la Sanidad, la Educación, la Cultura a que tenemos derecho; sin esos pilares, sin esas facetas vitales cubiertas, estamos destinados a perecer, y perdón si a alguien le resulto demasiado tremendista, pero así es como lo veo. Pero, más allá de esa casi permanente queja por el precio de las entradas (lamento que también se ha escuchado antes de que gravasen al mundo del espectáculo con ese IVA que es casi una sentencia de muerte –y sin el “casi”- en muchos casos), Pablo y yo hemos comentado más de una vez que la gente es capaz de organizar plataformas para las peticiones más peregrinas, de invadir la calle para exigir lo que en ocasiones son meros caprichos (ahora mismo, sin ir más lejos, está muy activa una recogida de firmas para que Ben Affleck no interprete a Batman, problema de índole mundial, no me cabe duda –de hecho, se han apuntado unas 70.000 personas-), pero sólo en oportunidades muy concretas (y, por desgracia, con un contenido político que tapa o anula lo meramente cultural) se percibe un movimiento de rechazo cuando un cine o teatro se cierra, como mucho un mohín de disgusto, un “¡qué pena!” más conmiserativo y sólo de fachada que sincero y sentido, y poco después pasamos por el lugar sin recordar cuál era el cometido del edificio años atrás (bien se lamentaba hace poco en su blog el querido Ovidio Parades de lo que acaba de suceder en Avilés, donde, por cierto, los ciudadanos han intentado defender el que consideran “su” cine). Y llegando al paroxismo puedes escuchar a quien se lamenta de ello, pero añadiendo la muletilla “y para abrir esas tiendas” (caso que estamos viviendo en la Gran Vía) o “vaya un nivel de comercios”, como si el hecho de que el antiguo Palacio de la Música pudiera ser comprado por Cartier, Gucci o similar hiciera menos dolorosa su pérdida (ya puestos, fíjense, yo prefiero que al menos ocupe su lugar una firma que ofrece ropa asequible y al alcance de casi todos los bolsillos que otra ostentosa y exhibicionista de un lujo al que no afecta ninguna crisis).

   Por todo ello, viviendo los procelosos tiempos que estamos viviendo, esos en que muchos han llegado a creer (porque así lo manifiestan otros) que la cultura, el espectáculo, el ocio es un dispendio, un despilfarro, algo prescindible, un derroche, un pesebre, una canonjía, una sopa boba que enriquece a algunos (¡Cuánta obscenidad hay que sufrir! –menos mal que a ciertos farsantes se les ha quitado la máscara (precisamente utilizan lo que rechazan para manipular los ánimos), a pesar de tener que seguir soportándoles, autoritarios más no autoridades-, es una excelente noticia el hecho de que un valiente, un enamorado del hecho teatral, un convencido de su necesidad como motor de la sociedad, se líe la manta a la cabeza y, al modo en que Bugsy Siegel imaginó Las Vegas en medio del desierto de Nevada, igual que Miguel Ángel supo que su David le esperaba en el interior de aquel bloque de mármol de Carraca, haya sabido reconvertir en sala de teatro lo que fuese concesionario automovilístico. El joven Luis Antonio Rodríguez no ha podido resistirse al veneno que destilan las tablas, a la emoción de estar entre bastidores, a la tensión (bendita, maravillosa, regocijante, esplendorosa) que se vive inmerso en un montaje y, aunque no ha dejado de hacer cuentas, de echar números desde ese momento, piensa que el envite merece la pena, que el público no da la batalla por perdida, que nunca habrá demasiados coliseos, que toda iniciativa es bienvenida, y el Teatro Quevedo es una realidad que en muy pocos días comenzará a ofrecer su programación, la cual quiere cimentarse sobre tres pilares básicos: la comedia, el teatro comercial y los autores contemporáneos. Es una alegría escuchar que un empresario habla sin rubor de teatro comercial, ese que tantos desde la misma profesión denuestan y critican, imbuidos de un sentido artístico que en realidad suele rozar (cuando no caer a plomo) lo ridículo, patético, restringido, la tomadura de pelo; ¿vamos a negar su valor a tantos montajes que saben aunar calidad con éxito de taquilla? Es más, como diría doña Concha Piquer, este oficio es vocacional, se disfruta ejerciéndolo, pero si no pagan, lo del amor al arte no llena la olla; esos que se engolan para hablar de sus espectáculos, esos bendecidos por críticos a los que puede verse dormitar (o que ovacionan algo antes de verlo, por venir de la mano de quien venga), esos que menosprecian a los que consideran antiguallas o pasados de moda, ¿no quieren que vayan a verles? Digo yo que buscarán resultar comerciales porque, en caso contrario, tendrán que dedicarse a otra cosa; por lo tanto, ¡muy bien, Luis Antonio por enarbolar la bandera de lo comercial sin rubor ni complejos! (Shakespeare lo es, Lope de Vega también, Tennesse Williams lo mismo –y tantos y tantos-).

   Lo de preferir la comedia va en el ánimo de cada uno; yo, en ese sentido, quiero montajes que me apasionen, a priori me da igual el género, aunque no puedo negar que parece que es lo que el público demanda y, por lo tanto, no debemos negarle al soberano sus antojos (o no conviene: hay que tener un ojo puesto sobre la taquilla). Confío en el buen criterio de Luis Antonio para encontrar buenos productos, comedias bien escritas, bien presentadas, que no caigan en los lugares comunes tan manidos y redundantes (o, al menos, que abra el abanico de posibilidades: la comedia acepta muchos tonos, diversos colores y maneras de expresarse). Y, sin duda, no puedo más que aplaudirle por su decisión de buscar autores, de potenciarlos, de posibilitarles un espacio en el que presentarse al público; claro que nos encanta reencontrarnos con ciertos textos y firmas (o verlos por primera vez porque no se representaron en su momento o porque no teníamos edad –ni existencia- para ir al teatro), pero no podemos vivir sólo del pasado porque hay que seguir construyendo este noble edificio de tantos siglos, que vive en crisis permanente y jamás baja la cabeza, y para ello necesitamos personas que sigan escribiendo sobre sentimientos, sobre conflictos, sobre nosotros, y poniéndolo sobre las tablas para que nos miremos en ese espejo (a veces deformante como dijo el inmenso Valle-Inclán) que nos ayuda a entendernos un poco mejor.

   Ya está puesta la primera butaca, sólo quedan las 149 restantes para que en pocos días (el 16 de septiembre, en concreto) el Teatro Quevedo sea una realidad, otro lugar al que acudir para convertirnos en espectadores, esa condición única que nos enriquece, nos despierta, nos conmueve, nos educa, nos divierte, ese momento que necesitamos, buscamos, anhelamos, disfrutamos, esa afición que no queremos perder y que estamos encantados de intentar transmitir a otros, ese instante mágico en que respiras, sudas, tiemblas, amas, ríes, te bates en duelo al mismo tiempo que los actores, esa comunión que sólo puede darse en una sala de teatro. Si gentes como Luis Antonio Rodríguez no existiesen, habría que inventarlas porque, en caso contrario, ¿qué iba a ser de nosotros?.

lunes, 26 de agosto de 2013

ARRASTRAR LA DURA CADENA





   Hace muy poco, un buen amigo encontró trabajo, precisamente cuando se le terminaba la prestación por desempleo, y ha sido una de las pocas buenas noticias recibidas y vividas en los últimos tiempos; ahora bien, una vez comenzamos a hablar sobre el proceso de selección, lo draconiano del contrato y demás circunstancias, nos dimos cuenta de que, aunque suene catastrofista, la alegría dura poco (eso dice el aforismo, ¿no? –al menos si nos referimos a la casa del pobre-) o hay pocos motivos para la misma, ya que hemos llegado a un momento en que todo se permite, se consiente, incluso se jalea, en que no estamos nada lejos de los mundos terribles (en realidad lo son por su verismo, por su espeluznante posibilidad, por la realidad en que se basan) imaginados por Orwell, Huxley o el propio Chaplin en esa espléndida y siempre necesaria sátira conocida como Tiempos modernos (1935). Vivimos inmersos en una permanente confusión en la que el esclavismo (y hay que decirlo así, llamar a las cosas por su nombre para demostrar que somos conscientes de lo que sucede) es legal y, en lugar de intentar cambiar las tornas, lo único que importa son las cifras mondas y lirondas, sin analizar su realidad ni su contenido, y tanto sindicatos como gobierno y demás fuerzas sociales sólo quieren que los números les sean favorables (en ocasiones, alegrándose de lo negativo para poder seguir alimentando su necesidad de existir, plantando cara –se supone-, buscando subterfugios que les hagan quedar bien delante de sus iguales, exhibiendo como triunfos lo que, como mucho, son victorias pírricas, cuando no auténticos fracasos, ventas de los trabajadores a cambio de prebendas y de conservar su influencia), quedándose en la superficie, sin buscar auténticas soluciones, sin continuar la meritoria tarea de sus ilustres predecesores (a pesar de las diferencias políticas, nadie dijo nada malo sobre Marcelino Camacho cuando falleció, tanto desde un lado como desde el otro se alabaron su generosidad, entrega, sentido democrático, capacidad de diálogo, visión de futuro y bonhomía, su permanente ejemplo, su estatus de referente ético, su humildad) y, en ese río revuelto, como siempre, sigue siendo el de abajo el que recibe los palos, el que tiene que soportarlos para recibir una magra nómina a final de mes (o gastar más entre Seguridad Social y Hacienda, sacando a veces lo comido por servido, todo para que no le puedan decir que es un señoritingo que no quiere trabajar).

   No he escrito el nombre de mi amigo, aunque esté de celebración a pesar de todo, porque las redes sociales se han convertido en unas chivatas que los directivos consultan, y no tienen recato en reconocerlo (no vaya a ser que alguien lea esto y le señale con el dedo por ir contando lo que no debe): hace muy poco me contaba una amiga cómo una persona que conoce dentro de un departamento de recursos humanos cuenta que lo primero que hace cuando se pone a estudiar currículums es buscar los nombres de los candidatos a través de Google, en Facebook, en Twitter, para ver sus fotos, sus opiniones, sus vínculos, es decir, para hurgar en su vida privada (sí, es la parte que esta persona hace pública, pero eso no tiene nada que ver con lo laboral), para intentar averiguar cuál será el comportamiento de esa persona, su fidelidad, su mansedumbre; porque se sabe que lo que uno escribe puede ser utilizado para despedirle o al menos para amenazarle: yo mismo tuve que soportar que un tipejo que habita en un despacho, uno de los que decía no podía hacer nada y estaba atado de pies y manos, prisionero del vacío legal en que aún se mueve Internet en tantas ocasiones, mientras que desde un blog éramos vejados, zaheridos, calumniados (y se sabía quiénes movían o dejaban que se movieran los hilos, cometiendo lo que es falta grave y motivo de despido directo –muchas de esas excrecencias verbales iban dirigidas a la cúpula directiva y, por extensión, a la empresa-), me hablase con su tono más sibilino, con su gesto más compungido, doliéndose de que en alguna ocasión yo hubiese atacado las decisiones de la dirección, y que esa traición era difícil de soportar; en primer lugar, le expliqué que sólo un contacto mío podía haberles pasado esas frases (comentarios de Facebook que no puede leer cualquiera) y, por lo tanto, le agradecía que me pusiese alerta para cortar vínculos con el que abusaba de mi confianza de esta forma (en realidad, era alguien a quien hubiese debido borrar mucho antes como contacto, pero por no exacerbar las tensiones del programa decidí mantenerle, equivocadamente como se pudo comprobar –no fue difícil saber quién era: actuaba con la impunidad del que se cree estrella y fue facilísimo pillarle en falta-); en segundo, le dije que hablé de “la inoperancia de la dirección” en un momento en que el techo del despacho que ocupábamos se desplomó (no ladrillos, sólo unos paneles pero con la suficiente fuerza y cantidad como para haber ocasionado heridas de haber pillado a alguien debajo), haciéndolo precisamente sobre el lugar en que sentaba un compañero invidente, en clara indefensión, contraviniendo cualquier directriz sobre seguridad laboral, y que nadie lo había denunciado; en tercero, le dije que jamás escribo nombres, no por miedo, sino por no dar trascendencia a quien no lo merece (lo que no quita, como ya dije en otra ocasión, para que un día me canse de, en realidad, ser cómplice de sus desmanes y dé a cada uno el lugar que le corresponde en la historia universal de la infamia –por el momento, mejor que lo leáis como si fuese ficción en 24 horas de un periodista desesperado, pensar que fue real aún estremece y duele-) y que, por lo tanto, el que se pica ajos come; en cuarto –este punto llegó después en el tiempo-, resultaba que aquél que me acusaba de desleal sigue bien hundido en el sillón de sus entretelas y no ha tenido la decencia de honrar la memoria de los que allí le encaramaron ya que, ahora que goza del beneplácito de otra dirección, los ha criticado públicamente, menospreciándolos, restándoles méritos, considerándose una víctima más de su inutilidad e inadecuación para el cargo (algo innegable, pero si enarbolas la bandera de la lealtad, si la exiges contra viento y marea y cuando no es factible, has de aprender a callar).

   Como ya hablamos en su día –entrada del blog La parte por el todo-, tendemos a hablar de los lugares como si fuesen personas, como si no tuvieran diferentes sensibilidades, como si no estuviesen formados por pequeñas unidades, y pedimos respeto, vinculación sentimental, amor por una empresa cuando, en realidad, lo que censuramos o queremos desterrar son comportamientos concretos de gente con nombre y apellidos; no obstante, cuando se actúa representando a, por y para ese algo enorme que algunos gustan de llamar “la casa” o “mi casa” –esto último, con el posesivo, es aún más risible y patético, y se lo escuchas decir a muchos con un tono grandilocuente, casi en éxtasis místico, olvidado que ese hogar le dará la espalda en cuanto se atreva a tener opinión propia y aunque la razón e incluso las leyes estén de su lado-, es lógico que la gente se indigne y ataque directamente a la empresa y no le guste cómo actúa el grupo Prisa, lo mal que lo hacen en RTVE, las portadas de La Razón (por no salirnos del ámbito que mejor conozco, aunque lo mismo, por desgracia, puede decirse de infinidad de compañías, firmas, corporaciones y demás), sin distinguir o sin pararse a pensar quién es el responsable de que ese hecho en concreto haya sucedido. Y, mientras, por un sueldo que supera el mínimo por lo mínimo (todo eso cuando no hay un convenio que acepta mil y una vulneraciones de los derechos básicos), con jornadas laborales extensibles según convenga (píllese la humorada de la frase), con reducciones por aquí y recortes por allá (exigiendo una solidaridad que ellos no se aplican: recuérdese una reunión de aquel Consejo de Administración que hizo y deshizo mientras Rubalcaba se encastillaba en su victimismo para no desbloquear la situación en RTVE y luego poder presentar al PP como el ogro que todo lo devora –y no defiendo ni a unos ni a otros, pero dejemos las cosas claras porque lo que propició el PSOE fue precarizar aún más la situación de muchos trabajadores y propiciar venganzas y martirios chinos-, aquella en la que se aprobó la primera de las varias rebajas que han sufrido los sueldos de los trabajadores y cuya acta recogía que “la decisión sobre las retribuciones de los consejeros se deja para la próxima reunión” -¡Y todos estuvieron de acuerdo, por supuesto, sin que se les cayese la cara de vergüenza!-), con un paternalismo perverso, se exige del trabajador que lo aguante todo (y muchas veces no queda otra) y salte como los perritos cuando se le dice.

   Ya hace muchos años que cantaba Raphael aquello de “el trabajo nace con la persona, / va grabado sobre su piel / y ya siempre le acompaña / como el amigo más fiel”; en caso de que el niño de Linares quisiese recuperar este éxito, habría que pedirle que cambiase la letra para no herir susceptibilidades, al igual que sucede con esos comerciales que pululan por Barajas, a los que apenas pagan y por eso andan casi desesperados buscando captar algún cliente que engorde un poco sus beneficios, que te espetan incluso aunque vayas hablando por el móvil: “Perdona, ¿trabajas en España?” (y aunque no pierdas la sonrisa para decir “no, estamos en el paro”, aún tienes que soportar que alguno replique “¿de verdad?”); el trabajo se ha convertido en un artículo de lujo, y en muchas ocasiones tienes que prostituirte anímica y moralmente para conseguirlo, pero uno cree que la verdadera lucha está en denunciar estas tropelías, estos desórdenes, estos excesos, y en demandar un mínimo de justicia y, sobre todo, que vuelvan a valorarse los méritos, la preparación, lo que te hace merecedor de tu puesto (ya sé que esto es muy utópico, sobre todo porque están muy a salvo en su torre de marfil muchos que, además, no quieren gente demasiado valiosa y/o válida cerca que haga tambalearse su pedestal). Y alguien pensará que con escritos como éste, yo mismo cavo mi tumba; miren, si no me van a llamar de todas formas (a las pruebas me remito), si han de darme un lugar mediocres de alma, si debo pasar por su aro y olvidar humillaciones, si incluso pudiera ser que me llamasen para cerrarme la boca, entonces prefiero seguir frente a mi ordenador: quiero pensar que me ofrecen trabajo porque lo merezco, porque puedo desempeñarlo, porque respondo al perfil necesario, si es por razones exógenas (como tantos, y además alardean de ello), creo que en mi hogar saben quién soy y lo que valgo y con eso me siento muy recompensado (los que me conocen saben que esto no es una reacción a lo zorra de la fábula: esas uvas, que tal vez antes pude digerir, ahora reabrirían mi úlcera).

viernes, 23 de agosto de 2013

FALSEDAD BIEN ENSAYADA, ESTUDIADO SIMULACRO


 


   Decía la inmensa Nacha Guevara en el colofón de su espectáculo La vida en tiempo de tango que siempre que haya alguien sobre un escenario está sucediendo algo revolucionario, algo único, algo digno de mención; por desgracia, no siempre lo que encontramos ahí merece nuestro aplauso, pero uno no puede evitar estar de acuerdo con la diva argentina en que a priori (cuando está a punto de suceder, cuando está sucediendo, cuando lo estamos conociendo) resulta imposible resistirse al influjo del arte en directo, sin trucos, sin red, hacia nosotros, implicándonos, haciéndonos partícipes, olvidando nuestras butacas y nuestras realidades (o viéndolas reflejadas y pudiendo analizarlas aún mejor), a unas personas que trabajan con el material más sensible y al tiempo más dúctil: el ser humano, uno mismo, sus sensaciones, su sensibilidad, sus recovecos, sus angustias, sus sentimientos, negándose, enriqueciéndose, rompiéndose, doliéndose, arrastrándose, bailando, cantando, triunfando, fracasando, siendo otro, manipulándose, mutándose, dándose hasta el límite (y más allá) para dar voz al otro, al que representan, al que fingen ser, al que son ante nuestros ojos en esa comunión electrizante y admirable en que uno se olvida del intérprete para sentir al personaje. Como es lógico, gran parte de mi pasión por el cine y el teatro se alimenta de la adoración por los actores, los que consiguen transmitirnos mundos completos con una sola mirada, los que mutan su manera de moverse o hablar para ser médiums, los que nos arrasan el alma o nos extraen una sonora carcajada desde lo más profundo, los que diseccionan las emociones para hacérnoslas más comprensibles o menos extrañas, los que de un minuto al siguiente se transmutan, los que dicen un texto aprendido como si les brotase en ese momento, los que habitan otras vidas como si todas fuesen la suya.

   La colección Nuevos Tiempos de Siruela ha editado en castellano un libro de lectura obligatoria para cualquiera interesado o involucrado en el hecho teatral: El ensayo general, la ópera prima de Eleanor Catton, es un apasionante acercamiento al proceso de creación de una función, al mismo tiempo que disecciona cómo actuamos (en el sentido de fingir) en nuestra vida diaria, cómo intentamos ceñirnos a un guión, cómo reaccionamos cuando no escuchamos el pie que esperábamos. Desde las primeras páginas, el lector no tiene muy claro si está asistiendo a un ensayo, a una representación, qué es realidad y qué ficción (aunque muy cimentada en un suceso que ha conmocionado al microcosmos que retrata la autora), y el juego continúa durante toda la narración, puesto que conversaciones que consideramos auténticas se cuentan cómo si estuvieran ocurriendo en escena, detallando el maquillaje, la iluminación, la manera de interpretar, y las clases de preparación que se imparten en una prestigiosa escuela de teatro neozelandesa sirven para exprimir a los alumnos, para desnudarlos totalmente, para dejar al aire sus miserias, sus lacras, sus traumas, sus heridas más profundas, la vida en su lado más descarnado huyendo de disfraces, metáforas, máscaras o fingimientos; se cruzan muchas líneas, se rompen muchas paredes, se invade el interior, se sacude, se violenta, se cambian las reglas del juego sobre la marcha, pero la novela mantiene una coherencia a prueba de bombas y sabe hurgar en el ánimo del lector con tiento pero sin tapujos, inquietándonos al estilo de Patricia Highsmith (en lo cotidiano, en lo usual, en la difícil –o imposible- definición de los comportamientos humanos), poniéndonos sobre el filo de la navaja (muy afilado, no en vano el espíritu de Nabokov y su Lolita nos acompaña, con la crueldad añadida de que es una mujer la que escribe –muy joven, por cierto, ya que concluyó la novela con apenas 22 años-), sin complacencias, sin ambages, con una prosa limpia y deslumbrante que nos lleva a plantearnos casi cada frase, cada acción, cada momento. Y es de esas lecturas en las que lo menos importante es la resolución, el cierre, el porqué de esto o aquello o los puntos suspensivos que puedan quedar, ya que lo que uno nunca podrá olvidar es el viaje, el tiempo que estuvo en esas páginas, lo mucho que se preguntó sobre sí mismo y sobre el noble arte de la interpretación.

   No son más grandes actores esos que se tiran meses conviviendo con vagabundos o atendiendo un bar de carretera (suelen ofrecer interpretaciones muy mecánicas, nada naturales) o los que necesitan vivir el conflicto de su personaje para poder expresarlo (en ese sentido, conviene recordar la frase de Laurence Olivier a Dustin Hoffman durante el rodaje de Marathon Man (1976): “Somos actores, nos pagan por fingir”); los más grandes son los que, tal vez habiendo hecho algo de lo anterior, no dejan traslucir el esfuerzo, el ensayo, la técnica, los que, en palabras de la maravillosa María Luisa Ponte, “salen cuando les toca y dicen sus frases” y consiguen que el tiempo se detenga, los que convierten en eterno ese instante en que, parafraseando a Julio César, llegaron, hicieron y triunfaron. Es lógico que haya personajes que les dejen tocados, distintos, alterados, al fin y al cabo están maleando sus cuerpos, sus mentes, su corazón, y en ocasiones es inevitable que eso pase factura, pero los de raza, los inteligentes, los brillantes, colocan esa fuerza a buen recaudo, como parte de su bagaje, como un peldaño más, y esperan el siguiente reto, el próximo trabajo, no dejándose invadir o viciar por el triunfo pasado, por los laureles recibidos, para no terminar siendo un triste remedo de sí mismos, una caricatura, un actor encasillado (en ocasiones, la culpa es del público que no acepta la diversidad; en otras, de los directores sin imaginación; en algunas, de los propios intérpretes que o no se atreven a cambiar o no están capacitados para ello). Y lo más perverso (pero auténtico) de Eleanor Catton es cómo refleja esta actitud en la vida diaria, ese afán de mucha gente por tenerlo todo controlado y sabido, intentando cercenar lo espontáneo, sin pararse a analizar lo que se considera extraño, incomprensible, fuera de tono, y así se queda, los que en realidad, recordando la obra maestra de Douglas Sirk, viven una triste imitación y no lo verdadero (aunque nunca estaremos seguros del todo de qué imita a qué).