lunes, 18 de noviembre de 2013

BUSCAR (Y ENCONTRAR) LO MÁS VITAL





   Dentro de poco hablaremos de la nostalgia y la pondremos en su sitio (al menos, en el que uno gusta de tenerla, sin complejos por mirarla cara a cara y llamarla por su nombre), pero, quieras que no, hoy también la hemos convocado ya que vamos a centrarnos de nuevo en un espectáculo para niños, en realidad para toda la familia, pero concebido, pensado, medido, creado para ellos, aunque sin perder de vista (como nos decía hace poco Lara Aragón, componente de Los Gabytos) que si este tipo de funciones no saben ganarse a los adultos mal vamos y poco recorrido les queda; lo cierto es que mirar la cartelera teatral madrileña en estos momentos es morirse de envidia si se compara con la que uno recuerda cuando era pequeño: es cierto que la oferta televisiva superaba con creces a la actual y aportaba continua y variada diversión, que parecía que lo teníamos todo al alcance de la mano, pero había que esperar a fechas muy concretas para poder disfrutar en directo de tus artistas favoritos, de ferias de ocio y oportunidades similares para vivir la sensación de ser espectador activo, sin pantallas ni filtros de por medio. Aunque pueda parecer que hablo de oídas (me remonto a 1975), tengo muy vívida la emoción trocada en susto, en pasmo, en miedo, cuando mis padres, durante unas vacaciones de verano en Alicante, nos llevaron a mis hermanos y a mí a un concierto de Los Chiripitifláuticos y, de repente, tuve delante a Valentina, Poquito, Barullo, los hermanos Malasombra, esos personajes que vivían dentro de la televisión y que al ser tan reales como cualquiera en el escenario me produjeron un a modo de cortocircuito (por fortuna, a los pocos minutos ya estaba riéndome con sus ocurrencias y coreando sus canciones); y por eso, superado ese primer momento de estupor, con el bendito veneno del teatro en las venas (inoculado con suma facilidad por TVE), anhelaba ver en directo a Torrebruno, a Teresa Rabal (quien, por cierto, incombustible como pocas, también está en un teatro de la ciudad con su Veo, veo en plena forma –ese tema que llegó a ser número uno en Los 40 Principales y que sigue encandilando a todos-), a Parchís (¡Qué momentazos! Los conocí, me dedicaron un disco, hablé con ellos, fui a un concierto: cumplí a rajatabla con el prototipo de fan entregado), a todos los compañeros que llenaban mis horas de ocio (bueno, algunas, las otras –muchas- eran para la lectura); pero, como digo, no era lo usual que, más allá del cine, los chavales tuviésemos donde elegir en lo que a cartelera de espectáculos se refiere.

   Ahora las cosas han cambiado y se atiende con igual interés tanto al público infantil como al adulto, se programa pensando en ambos, se busca una oferta variada y atractiva (y, sin embargo, en lugar de informar, de potenciarlo, de utilizarlo como estímulo, hay por ahí algún programa de radio que pretende convertirse en referente, que se da ínfulas de que el hecho teatral madrileño sólo sucede si pasa por sus micrófonos y, al mismo tiempo que amplía su horario, anula la sección dedicada a estos espectáculos, decisión que puede tener efectos catastróficos porque es dejarlos en manos del azar, de que alguien se los tropiece, de que los críos se enteren de su existencia de rebote, de que los padres tengan curiosidad), se crea afición, se renuevan auditorios, se sigue un proceso lógico (no como parecen pensar estos afectados, que cualquiera diría nacieron viendo a Molière o Calderón –el histórico error de qué lecturas decretamos como obligatorias, sangría permanente de lectores y, del mismo modo, espectadores-). Y es todo un acierto aprender de los clásicos, de los que supieron acercarnos textos imprescindibles (aquellos dibujos tantas veces glorificados –porque lo merecen-, basados en obras de Dumas, Verne, Twain o el mismísimo Cervantes), de los maestros a los que no podemos analizar desde el engolamiento, desde la edad adulta, desde el criterio interesado (cuando lo primero existe, que a veces ni eso), desde la ideología: un cuento de hadas es eso y punto, una aventura es lo que es, vale que aceptan interpretaciones, que reproducen esquemas, que pueden tener varias lecturas, pero un chaval no atiende a eso porque tiene la mirada limpia y sólo se preocupa de pasarlo bien (ya los años, los contratiempos, los demás, la pérdida de la inocencia, los reveses se encargarán de cambiar su perspectiva). Eso precisamente es lo que destaca una y cien veces María Pareja, directora del montaje de El libro de la selva que puede disfrutarse en el teatro Maravillas, “los niños son el público más honesto, el que más satisfacciones da, pasa de las tendencias, del momento; claro que quieren ver a sus héroes, el éxito del momento, pero si algo les gusta no les importa de cuándo es o qué opinan otros”. Bien puede afirmarlo ella cuando, allá por 2007, osó (nunca mejor dicho: piensen en Baloo) regresar al texto original de Rudyard Kipling, todo un Premio Nobel, para crear su propia versión, con canciones escritas para el espectáculo –“¡Son los padres los que salen preguntando por los temas de la película de Disney! Puede que algún niño se extrañe al principio, pero al momento ya está siguiendo la historia, sintiéndose Mogwli, y acepta los cambios, las sorpresas, los aportes, el ritmo frenético que nos le deja ni respirar”-, una función para compartir, para sentir, para protagonizar.

   La voz de María Pareja llega a través del teléfono como un torrente de agua fresca, riendo cada dos frases, transmitiendo un amor por el teatro que se contagia, el mismo que alienta El libro de la selva, el entusiasmo y disfrute propio que puede decirse es arrojado literalmente al patio de butacas: “Si un niño no lo ve claro, no entra, lo rechaza, se revuelve, ¡puede llegar a patalear para que le saquen del teatro! Por lo tanto, hay que ser muy respetuoso y cuidadoso porque estamos ante el público más exigente pero, al mismo tiempo, el que más lo agradece, el que más aporta, el más incondicional si consigues ganártelo”. Y María tuvo muy claro que no hay que tener reparos en reivindicar los mensajes que vertebran el texto de Kipling, base fundamental de su vigencia, y por eso, tal y como se afirma en las páginas del que también es conocido como El libro de las tierras vírgenes -“tú y yo somos la misma sangre”-, fraguó un espectáculo sin barreras ni fronteras, integrando el lenguaje de signos en las coreografías para que cualquiera pudiera seguirlo “pero no como un añadido, no con una persona en un lado del escenario, perdiéndote la acción si le miras, sino pidiendo a los actores que lo incluyan en su expresión corporal, que su trabajo pueda al mismo tiempo ser comprendido por un espectador sordo y por uno que no lo es”; sin duda, ese logro es una de las mayores recompensas que la directora recibe en cada función: “Me sigue emocionando cuando les veo hacer el gesto con el que ellos aplauden ¡y aún más cuando el resto de los niños los secundan! Por eso, para que sean naturales, para que no hablen ni noten las diferencias, para que sepan ver el interior, eso que nos iguala, enseñamos a todo el público a decir en lengua de signos lo de “tú y yo somos la misma sangre”, para que de verdad lo comprendan y asuman”.

   Cuando le digo que mi personaje favorito de la función (y, por extensión, de los que aparecen en cualquier película de Disney) es el oso Baloo, y le hablo de que me encanta su filosofía de vida, su forma de ser, María vuelve a la carcajada “es así en el original, pero lo cierto es que Disney le hizo un gran favor: pasota, tranquilón, pero con un corazón de oro. Yo también comparto su máxima de buscar sólo lo necesario, lo más vital, no acumular cosas superfluas: es un personaje muy carismático y el nuestro es un actor que, encima, es un gran comunicador y, como tiene tres hijos, sabe hablar el mismo idioma de los chavales, sin forzar” (claro, esa es otra manía, la de hablar a los pequeñajos como si fuesen tontos y no personas: aquí se dirigen a ellos de tú a tú, por eso les gusta tanto). María vive cada función como si fuese la primera, no viviendo de las rentas pasadas, de cómo el boca-oreja se extiende como la pólvora, “no se puede bajar la guardia, precisamente porque si te relajas es cuando se te nota el truco y los críos, que son muy avispados, te sacan los colores”; es por eso que ella siempre se camufla con el público a la salida, para corregir lo que no haya funcionado, para potenciar lo que más ha gustado, para no perder el contacto con la realidad, “y confieso que también porque es un regalo impagable: sólo por oír lo que dicen, merece la pena hacer teatro”. Repito aún más alto que al principio: ¡Qué suerte tienen los niños de ahora! (bueno, y los mayores que volvemos a Kipling con las mismas ganas y también recibimos un fantástico premio: las reacciones de nuestros pequeños, su emoción, su implicación, su interés, su alegría).   

jueves, 14 de noviembre de 2013

CUANDO A LOS NIÑOS SE LOS TRATABA DE USTED





   Fue el primer LP que tengo conciencia de sentir como mío, un aporte a la incipiente discoteca que durante tantos años fue aumentando el tío Miguel (y de la que fui continuador y que todavía conservo en un pequeño cuartito, porque desprenderme de esos vinilos es arrancar de cuajo una parte de mi vida, cercenar mi memoria emocional), un regalo que, si no recuerdo mal, me hizo Cristina (aquella que fue amiga hasta nuestra mayoría de edad –cumplíamos años con tan sólo veinte días de diferencia-, aquella que fue una más en casa, aquella que también llamaba “tíos” a los míos, aquella que, al igual que sus padres –Pepita y Avelino, no es un chiste ni un guiño: la puritita realidad superando la ficción cutre y casposa pergeñada por José Luis Moreno-, íntimos, cercanos, con trato y consideración de familia, un buen día dejó de llamar, quedar, venir, estar, al igual que sus sobrinos y primos, los Cela, pero éstos tal vez merezcan algún día capítulo propio para dejar clara su catadura moral): hablo del que con el tiempo se convirtió en el histórico disco de Gaby, Fofó y Miliki con Fofito (así se anunciaban), el que reunía sus mejores canciones, las imperecederas, aunque luego vendrían más, aunque el repertorio fue ampliándose con éxito continuado y perenne, aunque los protagonistas fueron cambiando, ése quedará para siempre  como EL disco, el que todos anhelábamos, el favorito, en el que sonaban Había una vez un circo, Don Pepito, Feliz, feliz en tu día, La gallina Turuleca, Los días de la semana, Mi barba tiene tres pelos, El barquito de cáscara de nuez, Susanita, Borra eso, La polkita del plin-plin y Chévere chévere chon; aún soy capaz de recitar algunos de los diálogos que daban paso a los temas, especialmente el comienzo cuando, tras una música que venía anunciada como La tuna pasa y con las palmas de los niños como fondo, Gaby anunciaba: “!Amiguitos, amiguitas, soy Gaby! ¿Cómo están ustedes?” y, tras el larguísimo “bieeeeeeeen” habitual, decía: “Muy bien, amiguitos; ahora, con ustedes, ¡Fofó, Miliki, Fofito y familia!”. Ése era el momento para que sonara la clásica fanfarria que preludiaba la aparición en la pista de los otros tres y entonces seguía este diálogo:

-FOFÓ: ¡Buenas tardes! ¿Cómo están ustedes?

-NIÑOS (con desgana y bajito): Bien

-FOFÓ: ¿Eh, qué pasa? ¿Me van a recibir a mí así? ¿Cómo están ustedes?

-NIÑOS (a voz en cuello): ¡BIEEEEEEEEEEEEN!

-FOFÓ: ¡Ahora sí! ¡Miliki, saluda a los chicos!

-MILIKI: ¡Con mucho gusto! ¿Cómo están ustedes?

-NIÑOS: ¡BIEEEEEEEEEN!

-GABY: ¡Fofito, saluda a tus amiguitos!

-FOFITO: ¿Cómo están ustedes?

-NIÑOS: ¡BIEEEEEEEN!

-FOFÓ: Bueno, ¿y qué cantamos?

-GABY: Hombre, Fofó, como en la tele, Había una vez un circo…

   Y ya saben lo que venía detrás y estoy convencido de que más de uno ha empezado a canturrear lo que conforma una de nuestras sintonías favoritas, uno de esos temas que se transforman en himnos, en todo un manifiesto generacional, aunque jamás hubiéramos podido pensar que iba a ser tan imperecedero, que lo heredarían nuestros hijos, sobrinos, nietos con enorme naturalidad, como si fuese de ahora (de su ahora), como si no llevase al menos cuarenta años proporcionando diversión e ilusión, devolviéndonos a la infancia, alegrándonos el corazón (nunca más propicia la frase). Los payasos de la tele (así los llamaremos siempre aparezcan o no en la pequeña pantalla) han alcanzado la inmortalidad, aquella que sin ser conscientes de lo que suponía nos prometía Gaby a todos los niños que, desolados (yo tenía 6 años), teníamos que asimilar la noticia de que Fofó no volvería a formular su sempiterna pregunta (aún no existía el vídeo y, por lo tanto, sólo veías un programa por segunda vez si TVE lo reponía): “Fofó no ha muerto, el que ha muerto es Alfonso Aragón”, así lo afirmaba el payaso serio más triste que nunca, con lágrimas y tragando saliva, pero queriendo hacer comprender a los chavales que nunca nos iban a dejar solos; precisamente le recordé esta frase a una de sus hijas, Lara, otra más de los continuadores de una saga que no tiene fin (“Es el ambiente en el que nos hemos criado, es también nuestra herencia, pero no sólo como niños sino como parte de la misma y nuestro apellido nos obliga, y lo aceptamos encantados, a seguir cantando estas canciones”), integrante de Los Gabytos junto a sus hermanos, los que presentan en el teatro Nuevo Apolo de Madrid el espectáculo ¿Cómo están ustedes? 2.0, la enésima constatación de que aquellas canciones siguen vivas, frescas, impregnan optimismo, dinamismo, emoción desde la primera nota.

   “Es imposible resistirse –afirma Lara, ya preparada para la función, un estallido de color ante mis ojos, los cuales no puedo evitar tener mojados, respirando el ambiente Aragón, la alegría que recorre esos camerinos mientras un montón de chavales, nerviosos, excitados, pletóricos, están tomando posiciones en el patio de butacas-: esa es la única fórmula para el éxito, ofrecer lo que el público espera, lo que conoce, lo que ha prometido a los críos que van a escuchar”. Y es que no se trata de nostalgia, de hacer memoria, de viajar en el tiempo (que también se hace, claro): se trata de que la barba sigue teniendo sólo tres pelos (pero si nos los tuviese, ¡ay, amigo!, no sería tal barba), de que viajar es un placer si lo hacemos en el auto de papá, de que Susanita ha superado a Peter Pan en lo de no crecer para que su ratón siga comiendo chocolate, turrón y bolitas de anís (una dieta envidiable que le mantiene en plena forma), de que no hay cumpleaños en que no se entone aquello de “que reine la paz en tu día y que cumplas muchos más”, de que el fruto del esfuerzo y el trabajo de unos maravillosos (y muy completos) artistas, el magisterio recibido de los míticos Pompoff, Thedy y Emig, cristalizó en una fórmula que no conoce edades, en una manera de entender el circo, el humor, la jacaranda, que jamás pasará de moda. Es fundamental el respeto con que los Aragón han tratado y siguen tratando al público (sólo ellos se han dirigido a los más pequeños tratándolos de usted), el mismo que Los Gabytos demuestran al actualizar las canciones sin pervertirlas ni distorsionarlas: “Claro que hacemos un "Dale, Ramón" como si fuese una samba, no podemos obviar los ritmos actuales, la música que gusta, pero lo primordial tiene que seguir estando, sobre todo porque los padres, los abuelos, los mayores, quieren cantar con sus hijos y no podemos negarles esa satisfacción o nos estaríamos traicionando a nosotros mismos”.

   Lara tiene en el espejo de su camerino una foto en que la que Gaby aparece en su máximo esplendor, tal y como le recordaré siempre, y otra en la que le acompañan Fofó, Miliki y Fofito, precisamente una de las que aparecían en ese LP que le cuento aún conservo, y ríe toda gozosa, consciente de ser parte de un patrimonio que tiene muchos dueños, todos los que, tengamos la edad que tengamos, somos esos “niños de treinta años” que olvidan prejuicios, preocupaciones, dimes y diretes y se ponen a dar palmas y a desgañitarse con cualquiera de estos estribillos: “Fíjate lo que pasa en las fiestas, en las ferias, donde sea, suena una de los payasos y los más modernos, los de chupa de cuero, los rockeros, ¡todos!, abandonan su pose para dar saltos y responder a lo de “¡Hola, don Pepito!” diciendo “¡Hola, don José!””. Su móvil se agita una y otra vez y me cuenta que son sus primos (o sea, Fofito y Rody), quienes esa mañana presentan su nuevo espectáculo en otro teatro de Madrid, “y aquí andamos, venga que te dale con el whatsapp, deseándoles lo mejor, o sea mierda que es lo que toca, jajaja… Somos una gran familia orgullosa de serlo y trabajamos codo con codo para que papá y los tíos sepan que su obra no va a morir nunca, que somos unos privilegiados por la educación que recibimos y que eso es lo que queremos transmitir”, y cuando le digo que con ellos aprendimos a pelearnos lo justo y casi en broma, a atacar con merengue, o sea a no hacer daño, aunque nuestras madres temían que pasásemos a la acción, Lara confiesa “en una ocasión, le tiré a mi hermano un flan, se lo puse por sombrero, pero, ¿qué quieres?, una ensaya con lo que tiene más a mano” y no puedo evitar rubricar su testimonio con un “oye, es el ejemplo que te daban y, encima, lo veías por la tele”.

   ¿Cómo están ustedes? 2.0 es de esos pocos espectáculos realmente para toda la familia: “Yo soy madre y más de una vez tengo que llevar a mis hijos a películas u obras de teatro que sólo son para ellos, en las que me aburro, en las que me canso; aquí eso no es posible, aquí nadie pierde el tiempo, nadie se pone a pensar en la compra del día siguiente o en que no ha llamado al casero o en el pago de la hipoteca”. Y doy fe de ello porque ver al público burbujeante que va llenando el teatro es encontrar la misma cara de felicidad en los pequeños y en los mayores, en los que vieron (vimos) su infancia inundarse de canciones, en los que ya llegaron a ellas con más edad, en todos los que en algún momento han estado en contacto, han hecho suyas, cualquiera de las composiciones de los Aragón; en la despedida, el telón va a alzarse en pocos minutos, Lara me dice que han convertido en su lema lo que un niño les contó al final de una representación: “El crío, mientras se hacía una foto con nosotros, cuando le preguntamos qué tal lo había pasado, nos soltó: “Yo me he portado muy bien… ¡pero mi padre se ha vuelto loco!” ¡Es genial! Seguro que no dejó de cantar y dar palmas”. ¡No me extraña! Pero si estoy escribiendo dando botes, canturreando por lo bajinis una de mis canciones favoritas porque lleva el nombre de mi abuela: “Si eres buena cocinera, porompompón, Manuela, nos casamos sin demora”. ¡Qué fácil es sonreír y sentirse bien, estarlo de verdad, cuando la familia Aragón hace de las suyas!     

jueves, 7 de noviembre de 2013

POR SUS CARTAS LE CONOCERÉIS





   Cuando un lector de largo recorrido, de paladar exquisito pero dúctil, con ganas de seguir probando, descubriendo, ampliando horizontes, que gusta de etiquetar o calificar a posteriori, que espera a la lectura para forjarse su propio parecer, pasea por una librería (o espacio destinado a la venta de libros –algunos no merecen un nombre que posee tintes tan evocadores, auspiciadores, que nos llevan a hablar de rito, de mito, de culto-) no puede menos que sentirse desolado ya que el actual panorama editorial (en lo que a publicación, difusión, promoción, espacio ocupado se refiere) se basa en los títulos clónicos, en el agotamiento de fórmulas (algunas periclitadas hace ya demasiado), en la enésima repetición de esquemas, en volúmenes que vas olvidando según lees, que no dejan ni un mínimo recuerdo sino es el de lo mucho que te aburriste, en autores llegados de otros ámbitos (retocados mucho o poco, total, se vende un nombre no un contenido: el público cautivo de estos productos no plantea la más mínima crítica mientras se le satisfaga la necesidad creada –incluso diríase impuesta-), en la ausencia total de riesgo y audacia que el arte necesita para evolucionar, para crecer, para seguir coronando cimas. Por fortuna, quedan reductos en los que se valora la palabra, se ama la literatura, se cuida el material sensible (tanto el que conforman los textos como el que constituyen los lectores), se ofrece un catálogo más que digno (por momentos excelso) en el que cada uno encontrará el estímulo que se le antoje más imperioso para lanzarse a la aventura de seguir leyendo y, al margen del ímprobo trabajo que están haciendo sellos pequeños que luchan contra viento y marea, que se empeñan (en todos los sentidos) por y para que tenga difusión aquello en lo que creen (clásicos perdidos, clásicos por descubrir, clásicos de ahora), que se han ganado (por fortuna) la confianza de críticos, público e incluso de alguno de esos románticos que aún quedan a la hora de diseñar escaparates o colocar volúmenes a la vista, tenemos la inmensa ventura de que haya sellos que, a pesar de su carácter generalista, de su amplia y bien ganada distribución, de su implantación y solidez, se siguen comportando como recién nacidos, inquietos, vivaces, olfateando, no dando nada por sabido, saltándose el canon, actualizándolo, variándolo, inventándose uno propio; sin ánimo de minusvalorar a otros, creo que en ese sentido Lumen se lleva la palma (compartida con Mondadori, no en vano en España caminan de la mano, pero la que fuese creación de la inolvidable Esther Tusquets sigue en las mejores manos gracias a la labor de Silvia Querini) y aunque en realidad no voy a hablar de un libro suyo no he podido evitar sentirme bajo sus auspicios durante una de las lecturas más gratificantes, enriquecedoras y placenteras que he experimentado en los últimos tiempos y puesto que el volumen en cuestión ha visto la luz en DeBols!llo, que es donde se publica todo lo que primero ha sido lanzado por Lumen, tal vez haya alguien que entienda esta asociación de ideas (ya saben que uno es muy suyo para sus cosas y a veces no sabe explicarlas con claridad).

   Los que me conocen, los que tienen contacto conmigo a través de Facebook, ya han podido comprobar mi entusiasmo ante la publicación de A mis mejores amigos no los he visto nunca, una recopilación de la correspondencia y ensayos salidos de la pluma de uno de los autores más grandes, de un coloso que dignificó, expandió, rompió las costuras, sentó nuevas bases, otorgó plena carta de naturaleza al género policiaco, a la novela negra, a lo que para mucha “mente sesuda” es un mero pasatiempo, de rápido consumo, una bagatela literaria que durante años y años no mereció la atención de las páginas de los periódicos en las que se glosaban las novedades porque se consideraba un subproducto al que se negaba calidad, mérito o enjundia, una aberración a la que no podía llamarse literatura (por desgracia, mentes cerradas de este tipo siguen encontrando hueco en los medios de comunicación, menospreciando todo lo que no responde a su particular concepción de lo que es “artístico”). Por fortuna, el tiempo (aunque se tome demasiado ídem) suele colocar a cada uno en el lugar que merece y, hoy por hoy, Raymond Chandler es tenido por lo que siempre fue: un espléndido escritor de gran aliento, de hondo calado, con una prosa limpia, rápida, asequible, creadora de atmósferas con frases certeras y precisas, dibujando tipos con un trazo firme y pocas palabras, al que nunca le sobra nada (en todo caso, él mismo lo reconoce, a veces le faltan datos, remates, conclusiones, esbozos que no concluyen, que no llegan a concretarse pero quedan en el texto, aunque eso no afecta al conjunto). Esta joya que ahora nos presenta DeBols!llo supone la reunión más completa hecha en nuestra lengua del Chandler ensayista (hay hasta cuatro inéditos) y esa faceta es un fantástico colofón a lo que conforma el grueso del volumen (de las casi 450 páginas ocupa 350), el verdadero deleite, es decir, las cartas que el creador de Philip Marlowe cruzó con infinidad de remitentes, trazando una insólita biografía, permitiendo descubrir sus tormentos personales, sus preocupaciones teóricas (se tomaba muy en serio su oficio, en contra de la indiferencia de la crítica hacia el tipo de novela que escribía), sus preferencias como lector, su deterioro físico y mental tras la muerte de su mujer (que, sin embargo, no afectaba a la calidad de lo escrito); es, sin duda, la mejor manera de regresar al universo chandleriano o de abrir boca si se ha cometido el error de no leerle antes, despierta las ganas de volver a sus páginas con el conocimiento adquirido aquí, se acentúa el interés por leer aquellos títulos suyos no leídos antes (y la editorial anuncia una recopilación de sus relatos, El simple arte de matar, para 2014 y otra, La violencia es lo mío, para 2015).

   “Supongo que en mis cartas revelé más o menos aquellas facetas mías que quedaban oscurecidas o distorsionadas cuando escribía para publicar”, reconoce Chandler en una misiva de mayo de 1957. Es algo que siempre se ha dicho de los cantantes (y que uno ha podido confirmar al compartir intimidad con Olga María Ramos, Nati Mistral o Manuel Lombo): nunca cantan mejor que para los amigos, para sí mismos, cuando están a gusto, sin micrófonos, a su aire; del mismo modo, la persona que sabe escribir, que lo transforma en arte, que es un artesano de las palabras, que las utiliza como herramienta de trabajo, que se preocupa por su materia prima, siempre saldrá airoso: tendrá momentos más afortunados que otros, claro, instantes de inspiración divina si se quiere, epifanías y éxtasis, pero, por decirlo en roman paladino, nunca podrá escribir mal, ni a propósito, incluso en su peor día cierto espíritu sobrevolará por sus palabras aunque justo sean las más burdas, indignas de él. Aunque en comunicaciones privadas, Chandler no dejaba de escribir para los otros, para que le leyesen, y por lo tanto sus cartas están muy elaboradas, muy pensadas, incluso por pundonor hacia sí mismo, respondiendo a sus criterios sobre la escritura, dejándose llevar en ocasiones por un asunto secundario del mismo modo que en su narrativa de ficción, creando meandros, ramificaciones, digresiones que, al final, cobran sentido, tienen un porqué, apuntalan el capitel principal y lo enriquecen. A mis mejores amigos no los he visto nunca es de esos (escasos) volúmenes que uno subrayaría casi completos, de esos que puedes abrir al azar y siempre encuentras algo interesante, de esos que dan respuestas, y no tiene nada que ver con esas pamplinas de la autoayuda, con esa prosa placebo tan abundante y repetitiva: con su brío legendario, con su carácter bronco y hosco, sin disfraces, sin paños calientes, sin cohibirse, Chandler apela al lector, le obliga a posicionarse, le cuestiona, le zarandea, le hace reflexionar; hay miles de frases que uno rubricaría (los editores, los agentes, los grandes estudios de Hollywood, los críticos, la izquierda) y otras por las que le asesinaría (Agatha Christie, Un lugar en el sol, Hitchcock, la literatura escrita por mujeres), pero es una experiencia sumamente grata encontrarse con un autor que no se esconde, que da la cara, que se arriesga, que conquista y seduce, que te convierte en adepto.

   “Odio la publicidad, sinceramente. He pasado por la piedra de molino de las entrevistas y las considero una pérdida de tiempo. El tipo que encuentro en esas entrevistas haciéndose pasar por mí suele ser un engreído al que no me gustaría conocer. Soy un esnob intelectual que tiene cariño por el lenguaje coloquial estadounidense, en gran medida porque me educaron en el latín y el griego. Tuve que aprender el estadounidense como una lengua extranjera… El uso literario del argot es un estudio en sí mismo. He descubierto que hay sólo dos clases de argot que sirven: el que se ha afirmado en el idioma y el que se inventa uno. Todo lo demás tiende a pasar de moda antes de llegar a la imprenta. Pero será mejor que no empiece con ese tema o me pasaré una semana escribiendo sobre él”. Éste, como tantos, es sólo un ejemplo de cómo Chandler se abre en canal, no como ejercicio de exhibicionismo, todo lo contrario, sino como introspección, como conversación consigo mismo, pero lo que en otros (¡En tantos!) es onanismo y engolamiento en él deviene en auténtica literatura, sabiendo tocar muchas fibras desde los recovecos más personales, desde los sentimientos más específicos, desde las reflexiones más particulares. En un momento dado, se recogen algunos de los pasajes que suprimió en la última reescritura de El largo adiós y hasta en esos descartes encontramos sentencias que merecen la inmortalidad, como es el caso de la siguiente: “Son los tipos caídos los que hacen la historia. La historia es su réquiem”. ¡Qué mejor réquiem que la permanente vigencia de su obra! Y aunque él mismo afirmaba “a mis mejores amigos no los he visto nunca. Conocerme en persona es la muerte de la ilusión” (es cierto que en muchas ocasiones uno hubiese preferido no tratar con personas a las que admiraba por su trabajo), sus lectores podemos darnos por satisfechos porque conocemos lo que necesitamos: su talento.

viernes, 25 de octubre de 2013

CUANDO HABLAR ESTÁ DE MÁS


 


    Uno se dejó seducir muy pronto por la palabra, tanto por la escrita como por la hablada: cuentan (y en realidad lo recuerdo) que fui parlanchín desde bien pequeño, que no callaba ni dormido, que tenía una verborrea inagotable (en parte porque, al leer desde tan temprano, sabía hilar las frases, podía mantener una conversación); con los años pude desarrollar esta compulsión, esta necesidad perentoria de expresar mi parecer, gracias al ejercicio de mi profesión, el cual al mismo tiempo me enseñó a escuchar, a deleitarme con lo que cuentan los demás, a seguir dando rienda suelta a mi impenitente curiosidad, a mis constantes ganas de seguir aprendiendo (al fin y al cabo, como lector, soy un rendido admirador de las palabras ajenas, de aquellas que me parecen irresistibles, de las que me cautivan, de las que me inspiran, de las que me enriquecen, de las que envidio -¿por qué no decirlo?-, de las que nunca alcanzaré aunque me queda el consuelo –y no es poco porque incluye placer y gozo- de leerlas). Y, sin embargo, llega ese momento en que las palabras se transforman piedras que oprimen la garganta, que impiden el paso de la saliva, que se interponen en la necesaria corriente de aire, que no fluyen como te gustaría, que te ves in capaz de darles coherencia, que no suenan como deberían, que parecen haber sido despojadas de contenido, que sientes que están de más, que no aportan; son esas circunstancias que te hacen sentir inútil, torpe, en que por mucho que hayas tenido que bregar con experiencias similares siempre es como si fuese la primera y vuelves a sentirte un tanto perdido, sin recursos, anulado, sin capacidad de respuesta.

   Pero, de pronto, caes en la cuenta de que hay silencios elocuentes (mi admirada Mercedes Salisachs escribió una novela titulada, precisamente, Los clamores del silencio) porque se cimientan en el cariño, la comprensión, la convivencia, la ternura, en el convencimiento (y la realidad) de que la otra persona sabe que estás ahí (del mismo modo que no tienes dudas de su lealtad, de su incondicionalidad), que un simple roce de una mano transmite la fuerza, el calor, el apoyo que no verbalizas como desearías, ese que se escurre y transforma tus balbucientes intentos en trabalenguas; pero entonces viene a tu recuerdo una de las canciones más maravillosas (y mira que abundan en su trayectoria) escritas por la enorme Mari Trini, una de vuestras trovadoras, una de vuestras favoritas, la mujer a la que, igual que sucede con Rocío Dúrcal, es imposible escuchar sin temblar y sollozar por su pérdida (aunque la grandeza de ambas te sobrepone para volver a embelesarte), aquella balada que se titula sencillamente así, Palabras, esa que no tiene rubor en afirmar que “nos quedan algunas palabras: / palabras de amor, / palabras de honor / en nuestras miradas”. Y por mucho que te guste matizar la frase, para eso eres y serás (estés donde estés, te dediques a lo que te dediques) hombre de radio, en este caso es cierto que una imagen (una mirada, un gesto, un atisbo de sonrisa, un encogimiento de hombros, un abrazo) dice mucho más que cualquier parlamento, por muy sentido y sincero que sea, por muy hondo que sea el lugar desde el que brota, que transmite el mensaje sin posibilidad de malas interpretaciones, sin interferencias, directo, diáfano, llegando al receptor y tocando las fibras a las que querías acceder.

   Y es que, por fortuna, siempre hay alguien que supo utilizar las palabras precisas, que tuvo la inspiración necesaria, el talento que no abunda, que nos regaló a los simples mortales su ingenio, su sensibilidad, su esplendor, para que lo hurtemos cuando lo precisamos, para que recurramos a él cuando nos sintamos incapacitados, para que nos dejemos envolver por su magia; y es entonces cuando emerge otra de vuestras diosas, Nacha Guevara, adaptando uno de los prodigiosos temas de Jacques Brel y gritando a los cuatro vientos aquello de “cuando no hay más que amor / para entregarle a quien / aspira a un solo bien: / soportar su dolor. / Cuando no hay más que amor / para abrir el camino / y forzar el destino / en cualquier ocasión. / Cuando no hay más que amor / para darle al tambor / y una sola canción / para enfrentarse al cañón. / Así habrá que forjar / nuestro mundo y luchar / sin tener nada más / que la fuerza de amar”. Y en ese mirífico instante, a pesar del dolor, a pesar de la tragedia, a pesar de la dificultad o imposibilidad de hablar, sabes que has llegado a destino, porque ambos compartís un mismo idioma en emociones, sentimientos, calidez, compañía y que, aunque los demás no lo perciban, estáis en permanente sintonía y comunicación.

sábado, 19 de octubre de 2013

¿EN POSESIÓN DE QUÉ VERDAD?




   Creo que ya me he lamentado alguna vez de la ausencia de verdaderos maestros, personas que se convierten en tus referentes, que te aportan conocimientos pero, sobre todo, inquietudes, preguntas, afán por saber, que transmiten el constante aprendizaje que es la vida, que no dan nada por sabido, que no quieren que cacarees datos y más datos memorizados, que te enseñan a aplicar, a recurrir, a enriquecer constantemente el único equipaje que deberíamos preocupar de llenar; me sobran dedos de las manos (y, por fortuna, debo recurrir a los de las dos –algo es algo: han sido unos cuantos) para recordar a aquellos que me ha ayudado a ser quien soy, que me han cimentado, que me han consentido caminar bajo sus auspicios, que despejaron muchas incógnitas (y algo aún mejor: me dieron herramientas para hacerlo yo solo). En esa nómina tan especial no puede olvidárseme Bernardino M. Hernando, el gran periodista, el cultísimo profesional, entrañable e inquieto, un profesor que citaba a sus alumnos en su casa en alguna mañana de un fin de semana (en grupos de ocho o diez, no más) para conocerlos fuera de las aulas, para saber algo más sobre ellos, para que no fueran meros nombres en los ejercicios a corregir o en las actas que reflejaban las calificaciones; tuve (tuvimos, sé que no soy el único que lo piensa) la inmensa fortuna de que fuese uno de los encargados de impartir una de las asignaturas del primer año de Facultad, en concreto Redacción Periodística, una de las básicas, de las necesarias, de las pocas lógicas en medio de ese marasmo llamado programa que siempre se ha padecido en una carrera hecha a parches. Cuando apenas empezábamos a estar ubicados, cuando aún andábamos convenciéndonos de que éramos universitarios, cuando todavía teníamos muchos estereotipos en la cabeza a los que considerábamos reales (con el tiempo se demostraría que algunos lo eran y que incluso la ficción se quedaba corta), Bernardino soltó en clase lo que todos recibimos como una bomba: “Por mucho que os digan, la objetividad no existe: es una utopía”; ante el lógico estupor (que él esperaba e incluso deseaba provocar), ante el murmullo incesante de los que veíamos desmoronarse el castillo de naipes mental con el que llegábamos, empezó a explicar cómo resulta imposible alcanzar ese estado, y aunque pueda sonar ridículo, citó un episodio de una de las series televisivas de Hitchcock –precisamente uno dirigido por el mago del suspense- en el que ninguno de los testigos de un accidente miente conscientemente, pero ninguno cuenta la verdad total, ya que cada uno ha visto el suceso desde un ángulo y han interpretado –y de algún modo manipulado- sus percepciones (si la memoria no me falla, en España fue titulado como Yo lo vi todo). Ése fue el momento en que nos dio unas cuantas pautas que he intentado no olvidar jamás, bien sea escribiendo, delante de una cámara o sentado frente al micrófono en la radio: hay que ser honesto, ecuánime, olvidar nuestras pasiones, basarnos en los datos que tenemos, reconocer lo que ignoramos, en definitiva, informar, que es lo que se supone que debemos hacer, lo que se espera que hagamos, aquello por lo que nos pagan, no personalizar, no arengar, no catequizar, no calificar, no ideologizar (ya vendrían géneros en los que uno debe involucrarse más, pero sin perder de vista estos parámetros) –puedo imaginarme a Bernardino llevándose las manos en la cabeza ante el desolador panorama actual en el que, precisamente, prima y se potencia todo lo contrario-.

   Hay palabras que se llevan mal con el artículo determinado, términos que conviene matizar las veces que sean necesarias, que no pueden ser absolutas, que algunos esgrimen como armas arrojadizas contra otros y en realidad todos ellos la arrastran, la emponzoñan, la pervierten, la humillan, la ignoran, tan sólo quieren apoderarse de su contenido, ser considerados los abanderados de la misma; no puedo evitar sentir un escalofrío paralizador, cómo el miedo se asienta en mi estómago, cómo el vértigo me vence cuando escucho a tanto vocinglero a sueldo de templo y cuchillo que se hace llamar periodista, a tanto estómago agradecido, a tanta marioneta, a tanto impune, alardear, exigir, anunciar, hablar de LA verdad (la suya, que en ocasiones se sustenta en un cúmulo de argumentos torticeros que los hechos se encargan de negar). Inscribiéndose en una corriente necesaria de revisionismo, de autocrítica, de desmitificación, de análisis, de aprender de los errores, Neil Gordon ha trenzado un absorbente thriller llamado Los que te rodean, que en España presenta el sello Alevosía, novela que ha servido como base para la muy esperada nueva película de Robert Redford como director (en la que también se ha reservado el personaje principal), la cual, recién estrenada en EEUU, llegará en breve a nuestras pantallas con el anodino título Pacto de silencio; ahora mismo está en cartel en Madrid la errónea versión que José María Pou ha dirigido de un texto capital para comprender un poco mejor cómo se desencanta una nación, cómo se ve sin salidas, cómo se siente morir, cómo se abandona a su suerte: Los hijos de Kennedy, obra que merecía mejor suerte, otro ejemplo de la manera en que en EEUU (aunque no parezcan aprender de los errores) pasan la lupa sobre acontecimientos que en algunos casos aún son heridas supurantes, llagas que no se han cerrado por demasiado recientes, catástrofes políticas que desencadenaron dramas sociales, convulsiones, dolor y muerte. Aunque hay asuntos de los que prefieren no hablar y sobre los que no les gusta que nadie venga a enmendarles la plana, aunque vendan su cualidad de demócratas más allá de la etiqueta política como si fuese la razón de ser de todos y cada uno de los estadounidenses (y llegue a hablarse de “la” democracia –de nuevo-, como si no hubiese otra –y es tan imperfecta como las demás, aunque sea envidiable en muchos aspectos-), Neil Gordon ha cosechado un gran éxito en su país ya que, al margen de hablar directamente a los que vivieron determinados sucesos (o a los herederos de los mismos), acierta al recubrir su acerada, despiadada e inmisericorde crítica (sea dicho porque no se casa con nadie ni ahorra epítetos, no por exagerada) con las trazas de una novela de espionaje, al situar en el epicentro la eterna pregunta de “¿conocemos realmente a los que consideramos íntimos?”, poniendo especial hincapié en el matiz “¿sabemos quiénes son (fueron) nuestros padres?”.

   Si la adaptación está a la altura del original, podemos anticipar uno de esos filmes con sabor clásico (por el que tanta querencia tiene Redford como cineasta, acierte más o menos, ese toque que le sirvió para convertir su ópera prima, Gente corriente (1980), en una obra maestra que no hace sino crecer con el paso del tiempo), aunque tras la campaña de desprestigio sufrida con Leones por corderos (2007), en la que descargaba toda la artillería contra aquellos que se consideran salvadores y garantes de palabras cuya enormidad resalta aún más su enanez moral, su carácter miserable, su abyección sin límites, tal vez se lo haya pensado mejor, aunque uno quiere pensar que no y por eso ha elegido la obra de Neill Gordon. Manejando gran cantidad de información que enriquece los personajes y el escenario trazado (tal vez sólo en el colofón, a la hora de colocar todas las piezas, se ponga un tanto didáctico o, al menos, demasiado prolijo y, sin embargo, no narre algunas escenas que el lector esperaba), Gordon sabe alternar las diferentes voces narrativas (al modo de Wilkie Collins, la historia es polifónica, explicando cada uno lo que sabe, dinamitando una y mil veces la historia oficial, aportando reinterpretaciones) e introducir con mano firme los bandazos, los giros, las sorpresas, como si el lector fuese el receptor primigenio de los emails que estructuran la historia; y en el camino hay tiempo para revisar muchas cosas, para sacar las vergüenzas de la CIA, del FBI, de las diferentes administraciones que no evitaron, promovieron, no supieron qué hacer con Vietnam, para preguntarse por qué protestar contra ciertos crímenes cometiendo otros es visto con buenos ojos por los que alientan o llevan a cabo su comisión en nombre de quien no tienen el gusto de conocer (robo la frase al gran Serrat), por los que defienden una causa a base de desmanes parejos a los que se enfrentan, cómo es posible abusar del idealismo, de las buenas intenciones, del deseo de cambio de muchos para que unos cuantos se mantengan en el machito pisoteando y vulnerando aquello por lo que afirman luchar, la perversión de términos que, según el contexto o hacia (o contra) quién se dirijan, tienen un sentido o el diametralmente opuesto, la nula reflexión a la que invitan los dirigentes de cualquier corriente, el fanatismo reduccionista que continúa alimentando el caos. Sin duda, una lectura muy estimulante, que hace reflexionar, que no da nada por sentado, que no comulga con ruedas de molino.   

lunes, 14 de octubre de 2013

DANDO LA CAMPANADA


 


   Uno de los privilegios del espectador es poder tomárselo todo como un juego: desgarrarse si toca, dolerse si le llega, morir un poco (o un mucho) si el tono es el adecuado y así lo consigue lo que tiene ante sus ojos, pero por encima de todo hacer un viaje emocional, experimentar, sentir, transformarse y guardarlo todo en su equipaje vital, recordarlo cuando le apetezca, compartirlo con los que estuvieron con él o con los que fueron otro día o con los que se lo perdieron, compararlo con lo que cuentan otros que también han ocupado una butaca, pero sin perder de vista que ha vivido una mascarada, una simulación, una mentira, que por mucha verdad que haya transpirado el espectáculo, por toda la que él haya percibido, sentido e incorporado, la vida le seguía esperando en la puerta del recinto; pero, ¿qué sería de esa vida sin las carcajadas, los escalofríos, las lágrimas, los sobresaltos, lo que hemos vibrado frente al escenario? (ahora hablo en concreto de teatro, primero porque de eso toca hoy y segundo porque siempre es más vívido lo que viene provocado por el actor en directo, viéndole sudar, bailar, revolverse, asustarse allí mismo, sin filtro, sin retoques, sin segundas oportunidades, sin red) Y, volviendo a lo del juego, desde chaval he tenido querencia por esas personas capaces de envolverte, de hacerte partícipe, de saber manejarte para que asumas tu rol en la representación, de inyectarte alegría, energía para mucho tiempo, no el subidón de un momento, el jajaja que olvidas a los diez minutos o que no deja verdadera huella y termina perdido en la bruma del recuerdo a medias, y que además demuestran ser artistas honestos, consecuentes, entregados, estudiosos, que no lo dejan todo al albur de un nombre, de una supuesta gracia, de una ocurrencia, de la improvisación (la buena, la de verdad, como tantas veces se ha dicho, es la que está ensayada, preparada, interiorizada –abundan demasiado de un tiempo a esta parte grupos que la ponen como el único valor posible, que la tergiversan, que pretenden ponerla en valor quitándole su verdadera esencia, que la fingen, que la despojan de su autenticidad (para conocerla, para saber lo que es bueno, nada como esperar que Santiago Sánchez se anime a –de poder ser, junto a Carles Castillo y Carles Montoliu- a volver a girar con el brillante espectáculo que sirvió para dar nombre a la compañía L´Om Imprebis, demostrando por qué esa función se entrena y no se ensaya)-); hablamos de animales de escena que no olvidan su función más básica: la de demostrarlo, la de dejarlo claro, con naturalidad, con sencillez, porque son grandes y punto.

   Ir al teatro cuando eres joven, cuando vas reuniendo dinero aquí y allá para darte un capricho, cuando sientes el anhelo apremiante de verlo todo, cuando el delicioso veneno se ha inoculado en tus venas, y que te den un bocadillo de mortadela para que no pases hambre, asistir a cómo se desmonta un escenario, empezar por el final, llegar tarde aunque aún falten bastantes minutos para que sea la hora indicada en taquilla, es decir, formar parte de Cómeme el coco, negro, sólo puede provocar que te conviertes en incondicional de La Cubana y que estés pendiente de cualquiera de sus movimientos. Gracias a ellos, comprendí cómo hacer partícipe al público sin que éste se sienta agredido o sea el que salve la función (porque hay muchos por ahí que, llamándose maestros de ceremonias, showmans o vaya usted a saber qué, realmente viven de encontrar el espectador gracioso, carota o lanzado que se convierte en la estrella –en ocasiones, para regocijo de la sala, ya que de no ser así se aburrirían más que las ostras (que son las que más fama de ello tienen)-), propiciando la ocasión, con un sentido del tempo que nunca se rompe, encontrando el momento oportuno, integrando perfectamente cualquier perturbación o salida de tono en el libreto, midiendo con tiento hasta donde pueden estirar la cuerda, reconociendo al segundo y de un solo vistazo quién podrá desempeñar el papel requerido a pesar de esa reticencia natural que nos paraliza cuando somos los elegidos, de esa vergüenza lógica a no estar a la altura, de ese miedo escénico al tener a todo el teatro pendiente de ti. Y, sin embargo, todo lo hacen fácil, esplendoroso, para que vivas tu momento como si fueras uno más del clan: son irresistibles, brillantes, versátiles, completos, son La Cubana y punto. Aunque uno de mis mejores recuerdos vinculados a ellos no fue como espectador y sí como periodista: cuando terminó Cegada de amor (que venía para unos meses, creo que no demasiados, y estuvo un año en el Lope de Vega), como son muy bien nacidos, quisieron agradecer el apoyo de los medios (innecesario para un espectáculo que hipnotizaba por sí mismo, tal vez el más completo que han hecho, el más abracadabrante) reglándonos un festín, un almuerzo servido por Estrellita Verdiales y todo el elenco; el caso es que al llegar al teatro, dos señoras catalanas de las de toda la vida iban comunicando que las puertas no se podían abrir, que fallaba no sé qué, y que fuéramos por la puerta de artistas, donde nos colocaban en grupos de diez o así y nos llevaban por la parte de atrás del escenario, veíamos el camerino de la niña prodigio (“no me lo miren mucho, que es un poquito desordenada”, rogaba su asistente), hasta llegar al escenario y situarnos detrás de la pantalla esperando la indicación para cruzarla (¡Qué maravilla! ¡Qué momentazo!) que coincidía con el momento en que el grupo que allí podía verse, que miraba hacia atrás, giraba a tu paso mientras empezaba a sonar una atronadora ovación y contemplabas el patio de butacas lleno de caretas de Estrellita, la cual esperaba a los periodistas de pie, con el resto, para saludarnos uno por uno… ¡Gracias, Jordi Milán! ¡Me estoy emocionando como aquel día! ¡Qué mejor para un loco amante del teatro que poder sentirlo en propia carne!

   Y ahora llega Campanadas de boda para confirmar que siguen plenos de creatividad, de ingenio, de recursos, un espectáculo del que conviene no contar demasiado, tal vez sólo advertir que en el inicio puede resultar demasiado convencional (en el sentido de que todo transcurre en escena y respetando la cuarta pared, que es una comedia muy divertida pero que parece poco Cubana, que le falta su toque más definitorio), pero ese es sólo otro de los múltiples aciertos porque el ritmo está muy pensado, se trabaja por acumulación hasta llegar al increíble tramo final en que tiran la casa por la ventana y en que premian al público con un despliegue en cualquier sentido. Es asombroso cómo captan la forma de moverse, de hablar, de ser, de cualquiera de las tipologías humanas y cómo las hacen reconocibles desde lo esperpéntico, desde la farsa, desde la reproducción literal de comportamientos; deja ojiplático su capacidad camaleónica, cómo se transforman, cómo encarnan personajes en las antípodas los unos de los otros (y lo difícil que resulta reconocerles cuando se los ve de civiles), cómo en cuestión de segundos ganan o pierden años, kilos, razas e incluso sexo, pero siempre entregan más del cien por cien de su excelencia interpretativa; integran con suma facilidad temas populares que parecen escritos para ellos (¡Esa tuna con el Me gusta mi novio! ¡Eso es recrear un clásico como De tu novio qué!) con los temas propios (entre los que destaca De teja y mantilla, desde este momento en la antología de mis momentos hilarantes, con ripios tan gloriosos como “De teja y mantilla / se viste Sevilla / y está toda España con un nudo en la garganta. / Hay gente que llora, / hay gente que canta, / hay gente que reza por su Alteza, nuestra Infanta.”); cuando crees que lo has visto todo, extraen un nuevo conejo de la chistera; como ya sucediese en Cegada de amor, parece que lo que sucede en la pantalla es en directo porque jamás dan una réplica a destiempo, ni una respiración ni un titubeo ni un trastabillo fuera de lugar (algo comprensible en un directo) descoloca ninguna pieza, todo se integra a la perfección. Y punto, porque si me dejo llevar destripo lo mejor y eso, sencillamente, tienen que verlo todos ustedes; eso sí, como me gusta que la compañía reciba la ovación que merece, que salgan a saludar todos y cada uno: Jordi Milán, Xavi Tena, Toni Torres, María Garrido, Meritxell Duró, Annabel Totusaus, Alexandra Gonzàlez, Babeth Ripoll, Bernat Cot, Montse Amat, Oriol Burés, Àlex Esteve, Ramón Rey, Adrià Ferré, Daniel Seoane y Pere Pau Hervàs y cualquiera que haya hecho posible el regalo de felicidad que ha desembarcado en el Nuevo Teatro Alcalá.