miércoles, 3 de septiembre de 2014

SABER PONER EL ACENTO







   No puedo decir que haya sido víctima de esa sentencia lapidaria que tantos convirtieron (y aún lo hacen aunque no sea en el ámbito literario y/o educativo) en su lema, en su mantra, en su pedagogía, en su ley, esa frase estremecedora, esa sentencia sin posibilidad de recurso ni revisión que sanciona lo de “la letra con sangre entra”, pero lo cierto es que he sufrido las secuelas, la realidad, de un profesorado que venía de lo más profundo de aquel régimen que asoló este país (y al que me niego a poner en mayúscula, aunque creo que las normas ortográficas –precisamente- así lo indican –de todos modos, como las varían tanto, ya no sabe uno cómo acertar y de eso vamos a hablar ahora mismo-), de unos señores inferidos de una autoridad no por sus conocimientos o preparación sino por el mero hecho de tener la regla en la mano y haber sido capacitados por los organismos pertinentes para catequizar, alienar, imponer, moldear las mentes de los futuros ciudadanos (súbditos, monigotes, pueblo cohibido y reprimido) y llenarlas de lo considerado justo y necesario, esos principios fundamentales, esas consignas, esas historias torticeras y falsarias, ese pensamiento único defendido por los que se consideraban incluso más que ese señor (por decir algo) que dio su infame nombre al periodo, esos papistas paniaguados sabedores de su mediocridad que no se ven en otra cuando se aposentan en el sillón de sus entretelas; y, en ese sentido, muchos te obligaban a memorizar hasta las comas y el orden de los párrafos de los libros de texto, a repetir como un papagayo lo que allí se exponía como la única verdad posible y, quiérase o no, te convertían en un ortodoxo convencido para el que la más mínima alteración era rebelión. Por eso, cuando Ana, no recuerdo su apellido, nuestra tutora en sexto curso de EGB, una maestra vocacional, un oasis con su sonrisa y comprensión en medio de tanta esfinge y ceño fruncido, alguien que sabía transmitir el amor por la lectura con emoción, nos contó que Juan Ramón Jiménez (ese señor que, durante años, y creo que las cosas no han cambiado mucho en las aulas, sólo era el autor de Platero y yo, tratado como un mero divertimento para niños) jugaba a alterar la ortografía consensuada y poner una “j” en el lugar destinado a una “g”, nos hizo reír y rogar que nos dejase imitarle, contenido nuestro ímpetu aventurero y transgresor con un “pero es que él ganó un Nobel” que nos dejó ese regusto amargo similar al punto final que tantas veces ponían en casa cuando pretendías salirte con la tuya: “Cuando seas padre, comerás huevos”. Y recordé esta anécdota cuando, algunos años después, leí que Gabriel García Márquez, también ganador del Nobel (por cierto, el mismo año en que cursé sexto, qué caprichosa es la vida), afirmaba que él no sabía nada de acentos, que para eso tenía a sus correctores; en ese momento, ya estaba en el Instituto y seguía aferrado al libro de gramática con fruición, como si fuese el único cuaderno de bitácora, como si el idioma no evolucionase, cambiase, estuviese en constante transformación, fuese algo vivo que en ocasiones descuida y ni limpia ni fija ni da esplendor la RAE (ni siquiera revisa, modifica, adecúa definiciones a los tiempos actuales, menos mal que, como escritores, hay académicos más activos, osados, innovadores, creativos y creadores), y me pareció indignante (y tal vez sospechoso) que, en lugar de dar ejemplo, los distinguidos con ese galardón considerado el sumun se permitiesen declaraciones de este tipo y se quedaran tan panchos. Fue por este motivo (¿Se puede ser más imbécil a los quince años? No, no me vale que Serrat lo disculpe: en amor puede que tenga su razón, pero en mi actitud no hay disculpa posible) por el que me negué a leer al autor colombiano e incluso inicié una campaña de acoso y derribo, coincidiendo con la publicación de su nueva novela, la primera después de recibir los honores en Suecia, El amor en los tiempos del cólera, un libro que iba a cambiarme la vida aunque a punto estuvo de no hacerlo por mi cabezonería y enanez mental.

   Ese curso tuve la fortuna de que la tutora de mi grupo fuese María Ángeles Ortiz, profesora de Matemáticas e Informática, voraz lectora, empeñada en llevarme por el camino de las Ciencias porque, decía, era necesario que hubiese más gente como los de su generación, como podía ser yo, estudiante brillante (bueno, lo decía así, hay testigos, pero me abochorna un poco escribirlo) con los números, con excelentes notas (ahí están los expedientes académicos, perdón por la inmodestia) en asignaturas como la suya o la de Física y Química, alumno que rompía el estereotipo de que los que eligen esa rama sólo leen las letras de las fórmulas, logaritmos, ecuaciones y demás engendros (porque es lo que siempre he pensado: he tenido la fortuna de manejarme con soltura –y de haberme desesperado cuando no entendía la trigonometría, por poner un ejemplo-, pero jamás me han llamado la atención ni interesado más que como examen obligatorio); el caso es que, al margen de topar con mi negativa una y otra vez en este asunto concreto, me iba surtiendo de títulos que consideraba interesante que leyese: así, me regaló La dama de blanco de Wilkie Collins, me prestó Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar o consiguió vencer mi resistencia con respecto a Gabo, primero muerta de la risa cuando le dije que no me interesaba un señor que no sabía poner los acentos, llegando pocos días después con El amor en los tiempos del cólera recién editado, aún vibrando por su reciente lectura, lanzándome algunos epítetos en broma pero con contundencia, diciéndome que leyese al menos unas páginas y luego le contase, yo muy seguro de mí mismo mirándola por encima de las gafas, alejándose para dejarme sin posibilidad de réplica mientras agitaba una mano en plan “adiós, querido, tú verás lo que haces”, llegando a casa, pensando en quitarme de encima la apuesta, posando mis ojos sobre una frase (¡Qué frase! ¡Esa frase!) que, literalmente, y sé que los lectores apasionados me comprenderán, paró el tiempo, se adueñó de mí, me transformó y fue el pórtico a uno de los universos literarios más fecundos, globales, inspiradores, magistrales, necesarios, ineludibles (excepto para imbéciles de mi calibre): “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”; efectivamente, fue inevitable: García Márquez se convirtió en uno de mis escritores de cabecera, empecé a buscarlo, a demandarlo, a devorarlo, y en este verano, ante su pérdida física, aunque nunca lo abandono, he regresado a él gracias a que Literatura Random House ha puesto a nuestro alcance casi toda su producción (no es que fuese difícil encontrarla, pero se han lanzado nuevas ediciones, se ha posibilitado que las mesas de novedades de las librerías se inundasen con vivos colores y que resultase imposible resistir su llamada –y digo casi porque, precisamente, como parte de esa Biblioteca García Márquez que estaba en marcha en vida del autor, aún quedan gratas sorpresas por llegar, habrá que ir buscando hueco en las atiborradas estanterías-).

   El revelador volumen Yo no vengo a decir un discurso me ha servido un poco de columna vertebral para esta tarea entre la relectura, el saldar viejas deudas, el hacer justicia, puesto que a través de los textos que pergeñó para ser dichos en voz alta (desde el pronunciado en diciembre de 1944 –donde dice la sentencia escogida por él mismo como título- para despedirse de los compañeros que terminaban bachillerato en Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá hasta el que sirvió como apertura del IV Congreso Internacional de la Lengua en Cartagena de Indias en marzo de 2007, conmemorando sus ochenta años, los cuarenta de la publicación de Cien años de soledad y los veinticinco de la concesión del Nobel), a través de estas en general breves pero definitorias alocuciones, con ese uso magistral de las palabras, enriqueciéndolas, ampliándolas, ensanchando el idioma, iluminando recovecos, con una claridad expositiva que no merma su riqueza expresiva, un trabajo artesanal que exhala el enorme amor que hay detrás, el pundonor profesional por entregar un escrito meditado, irreprochable, sólido, bien armado, un lugar para que el lector conozca, añada, tome prestado, se enfrente a los sentimientos, las pasiones, los dolores, las dudas, las inquietudes, identifique, juzgue, comprenda, discrepe, en definitiva, se asome a la vida, se deje arrastrar por el vértigo de navegar por las siempre procelosas aguas que anegan corazones y mentes. Y es ahí donde reaparece el García Márquez provocador, el demiurgo, el que no se contenta con lo que hay, el que quiere ir más allá, el que no considera agotado el caudal de nuestro idioma, el que sabe que hay mucho tesoro por sacar a la luz, el incansable inventor (por mucho que agradezca a su abuela lo que le transmitió cuando era pequeño), el que inaugura en Zacatecas en abril de 1997 el I Congreso Internacional de la Lengua Española con un discurso al que titula Botella al mar para el dios de las palabras, donde dice cosas como “La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizada por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor”. Pero al margen de esa poesía que sólo él sabía imprimir a la frase más anodina o supuestamente convencional, Gabo se destapa arremetiendo contra los que encorsetan, se adueñan, obligan a una lengua, a un idioma (recordando que el idioma –por mucho que sea sinónimo del otro término- es la conversión de esa lengua, de ese habla, de ese modo de comunicarse, de esa verdad, en algo que puede estudiarse, a lo que imponer normas, en un consenso a veces castrador), a mantener cierto esquema, a constreñirse, a coartar su capacidad fabuladora: “La lengua española tiene que prepararse para un ciclo grande en ese porvenir sin fronteras. Es su derecho histórico. (…) por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, (…) Con razón un maestro de Letras Hispánicas en los Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga cincuenta y cuatro significados, mientras que en la República del Ecuador tiene ciento cinco nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola y que tanta falta nos hace, aún no se haya inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero, dijo: “Parece un faro”. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es el color de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una certeza que sabe a beso? Son pruebas al canto de una inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo XXI como Pedro por su casa.
   >>En ese sentido, me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, con los ques endémicos, el dequeísmo parasitario, y devolvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en el vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haces rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima, ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”.

   Sólo con esta libertad, pero con esta defensa, con estas ganas de sacar del ostracismo, del desconocimiento, de impedir que se pierdan como tantos vehículos de comunicación se perdieron, como tantas palabras se dejaron quedar obsoletas, como tantos idiomas fueron borrados de un plumazo en aras de un mejor entendimiento (como sinónimo de conquista, en realidad), sólo con este espíritu son posibles joyas del calibre de El otoño del patriarca, una de sus pocas obras que no había leído, rayo poderoso que me mantuvo en vilo hasta que lo concluí, admirado por la cadencia conseguida en esos bloques narrativos de unas cincuenta páginas cada uno (sólo hay cinco puntos y aparte), el modo de ponérselo fácil al lector sin renegar de la apuesta, del reto, de la hazaña de entrelazar frases con prosa torrencial, precisa, rica en matices, dando vueltas alrededor de una idea (como tantas veces a lo largo de su trayectoria), yendo y volviendo al punto de origen, amplificando la onda expansiva, el epicentro, reinterpretándolo, dosificando la información, marcando el tempo con precisión de metrónomo, terminando la lectura maravillado pero frustrado porque ¿quién se atreve a decir que escribe después de semejante monumento?. Y regresé a El general en su laberinto, la única de sus novelas que no había terminado, me lancé a ella a poco de editarse, pero de repente no reconocí al autor de La hojarasca, La mala hora, El amor en los tiempos del cólera o Cien años de soledad, sí es diferente, la historia se aleja de su escenario más habitual (narra el último viaje de Simón Bolívar cuando abandonó el poder y quería regresar a Europa, enfermo, tratado como un paria, esperando un pasaporte que no llegaba -¿les suena?-, huyendo de su mito y de sí mismo), pero en ese momento no aprecio la altura literaria, no me dejo mecer por su ritmo pausado, me quedo en la superficie, hay quien dice que hay que leerlo pensando en Fidel Castro al que su amigo quiere homenajear, error de juventud del que me arrepiento, primero porque la idea de novelar, investigar, especular, desentrañar el misterio de los últimos meses de vida de Bolívar llevaba mucho tiempo dando vueltas en el ánimo de García Márquez (y primero en el de Álvaro Mutis), segundo porque ahora me lanzo sin prejuicios (aunque con cierta prudencia rememorando aquel primer intento) y la seducción es inmediata: sí, no aparece Macondo, pero su modo de narrar, cómo entrelaza las diferentes anécdotas que jalonan el viaje y el sentir de su protagonista, su manera de regresar a un punto para tomar nuevo impulso, sus temas recurrentes están en este portentoso libro. Y si, además, vuelves a leer El coronel no tiene quien le escriba, ese prodigio de concisión, la segunda obra que entregó a la imprenta, donde ya está presente todo su universo, donde demuestra que la estructura principal ya estaba muy bien armada,  donde utiliza técnicas periodísticas que eclosionarán en ese mecanismo de relojería titulado Crónica de una muerte anunciada, donde da buena cuenta de su perfecto manejo del suspense, donde engrandece nuestro oficio, ese que consideró el mejor del mundo (discurso en el que, por cierto, abogó por olvidar la grabadora excepto para la radio y regresar a la libreta –prometo que antes de leerlo, lo conocía pero sólo de oídas, desde que empecé a hacer entrevistas para el blog utilizo algunos cuadernos que tenía por casa y mi amiga Pilar me regaló tres muy prácticos y manejables para que no me quede sin herramientas de trabajo-), si García Márquez está ahí como posibilidad, como regocijo, como aprendizaje, como referente, como meta, como lectura, comprenderán que, a pesar del calor infernal y de la ausencia de Pablo, agosto no ha sido un mal mes.  

jueves, 21 de agosto de 2014

EL PADRE DE TODOS LOS MISTERIOS



  




 Para el que ha sido lector curioso antes de que empezasen a imponerle lecturas e interpretaciones en las aulas (esa absurda –por no emplear otros adjetivos- manera de “enseñar” literatura, ese empeño en que se le coja tirria a lo artístico, esa memorización obligatoria de datos, emociones, sensaciones, opiniones prestadas y obligatorias que cercenaban el más mínimo atisbo de interpretación propia, de vivencia del texto -eras poco menos que un rebelde si osabas usar tu propia voz-), para el que entraba en diálogo directo con los libros y buscaba en ellos mismos las respuestas a las preguntas que iban surgiendo según se devoraban páginas, para el que jamás sintió que leer fuese un deber (por mucho que los títulos objeto de examen dejasen mucho que desear y fuesen en la mayoría de los casos la mejor opción para que cualquiera renegase y abjurase de lo que, por encima de todo, ha de ser un placer y como tal debe ser explicado y que los enseñantes no demostrasen su amor por la materia –con contadas excepciones que ya he citado en alguna otra ocasión- y, por lo tanto, no pudiesen transmitir lo que desconocían), para el que antes de tener claro por dónde iba a encaminar sus pasos profesionales supo intuir que los libros siempre estarían cerca, las que llamábamos “ediciones de Cátedra” (porque lo eran, claro, pero era la forma de marcar diferencias con otras posibles, era una especie de código restringido que ahora explicaré un poco mejor) constituían un deleite por esas profusas introducciones en las que se daban mil detalles sobre el autor, su época, las circunstancias históricas, su obra en conjunto y el título que fuese objeto del análisis en concreto. Para muchos eran un prólogo farragoso, plúmbeo, que es cierto en ocasiones destripaban la trama, algunos de los giros sorprendentes, la resolución (debo confesar que esos apartados en concreto solía leerlos al final, una vez hubiese terminado la lectura, porque una cosa es querer estar informado, leer con cierto conocimiento –sobre todo cuando te van a examinar y te van a pedir que recites como un papagayo lo que allí se cuenta- y otra bien distinta no llegar por ti mismo, esa primera vez, al momento cumbre de la historia), pero que siempre me resultaron muy gratos (sobre todo cuando llegué al Instituto) porque servían para descubrir universos, realidades, otras obras que leer por auténtico placer, por elección, porque al ser una pasión acumulaba sin sentir, sin esfuerzo, sin tener que aplicarme, fechas, nombres, títulos, sucesos, conexiones (es decir, todo lo que me costaba horas y horas en cualquiera de las asignaturas relacionadas con la Historia –incluso cuando las impartía Margarita Giménez (“Con G, por favor”, decía siempre), una de las maestras que nunca olvidaré-); pero con estas “ediciones de Cátedra” podían suceder dos cosas: que los profesores nos las hicieran aprender de cabo a rabo evitándose tener que explicar tal o cual lección (de ahí que, al margen de lo dicho, muchos alumnos les tuviesen un gato tremendo y, de no ser obligatorias, las evitasen) o que, en esa ley del mínimo esfuerzo en que todos hemos caído (se trataba de aprobar, de superar el obstáculo), a veces desmotivados por un señor o señora que se ponía a leer con tono monótono lo que llevaba escrito en papeles manoseados, ajados, casi con la tinta borrada por los años de uso, nosotros mismos nos limitásemos a memorizar lo más posible (y hasta pretendiéramos hacer pasar por propio) de lo que alguien con más conocimiento, preparación, gusto por la literatura, saber didáctico, amor por la materia de estudio, narraba en el pórtico, en la introducción, en el magnífico prefacio que Cátedra garantizaba.

   Y ha sido como entrar en la máquina del tiempo porque, aunque muchos de aquellos ejemplares de mis años de estudiante siguen en la biblioteca, aunque he tenido querencia por adquirir sus ediciones para seguir descubriendo y aprendiendo, llevaba bastante tiempo sin abrir un libro de Cátedra hasta que he pasado los últimos días deleitándome con La sotana negra de Wilkie Collins, volumen muy reciente de las Letras Universales con que el querido sello sigue acercándonos títulos imprescindibles y otros que merecerían mejor consideración y recuerdo, propuestas muy estimulantes y variadas, prologados como es marca de la casa por estudiosos que no sólo conocen aquello sobre lo que disertan sino que lo aman, a los que se nota disfrutar con la lectura, que comunican con frenesí, con arrebato, con gozo, sin perder de vista la erudición pero facilitando la comprensión, inyectando interés, abriendo el apetito. Y, sin duda, lo que hace Damià Alou en esta edición es digno de encomio y cualquier adjetivo que exprese satisfacción, agradecimiento y rendición se quedará corto porque el modo en que nos acerca la figura de Wilkie Collins y analiza su trayectoria vital y literaria, hace hincapié en los detalles precisos para que podamos vislumbrar un poco (un mucho) mejor la personalidad agazapada (y tantas veces manifiesta) detrás de sus criaturas, de sus ficciones, el porqué de la elección de ciertos temas, el modo en que sus personajes dan voz a inquietudes de la época, lo audaz de sus planteamientos, lo transgresor de sus desarrollos, lo moderno y osado que sigue resultando en tantas páginas, el trabajo que despliega ante nuestros ojos es brillante, vibrante y revelador, conformando un mapa a seguir que no pretende imponer rutas, tan sólo ser un punto de partida, un apoyo, un impulso, un refrendo de lo percibido en lecturas previas, un mero movimiento en ese autor poliédrico que es Collins para que, al contemplarlo ahora, tantos años después de haberlo leído por primera vez (y, lo confieso, sin haber regresado lo necesario a sus letras –y no será porque no hay posibilidades en casa en forma de libros no leídos (mea culpa)-), su figura crezca, su ya apreciado talento aún resulte más inconmensurable, apetezca seguir leyéndole con fruición.

   Porque, por encima de todo, Wilkie Collins es un autor muy fácil de leer, conoce como pocos los resortes para un lector no despegue la vista, fue en realidad el inventor de muchos de ellos (algunos convertidos en meras fórmulas, en trucos facilones, despojados de su pericia por malos imitadores, por copistas que ni siquiera conocen el original, por remedos vulgares de su prosa rápida, efectiva, fruto de un trabajo previo muy calculado y meditado antes de lanzarse a la escritura, bien acompasada al ritmo que quiere imprimir a la narración), entrevera sus tramas apasionantes, misteriosas, repletas de sucesos extraños o directamente paranormales (cuando la palabra ni existía, pero había un claro interés por los otros mundos posibles, por los espíritus, las posesiones, los fantasmas, los ectoplasmas, las difusas fronteras entre lo real, lo prosaico y lo inmaterial, lo imaginado, lo entrevisto, lo inefable), sus argumentos para muchos truculentos, sangrientos, llenos de efectismos se enriquecen con acerbas críticas sociales, con una defensa de los aplastados e inexistentes derechos de las mujeres más virulenta y contundente que otras voces de su momento y posteriores, desmarcándose de lo convencional, de lo inane, proporcionando un gran entretenimiento pero sin descuidar el calado de cada palabra, exponiendo a lo largo de su producción todo un alegato en favor de las libertades individuales, especialmente, como se dijo, de la deseable para el sexo femenino. La sotana negra, sin alcanzar la perfección formal y de desarrollo de La piedra lunar o la creación de atmósfera envolvente y a ratos irrespirable de la maravillosa La dama de blanco, supone por sí misma una lectura muy placentera tanto para el que conoce al autor como para el que se adentra por primera vez en su narrativa (en esa tesitura, aún más capital el paso previo por las palabras de Damià Alou como aperitivo para lo que ha de venir después); jugando con los puntos de vista como sólo él sabe hacerlo, otro de los recursos en que fue maestro (aunque en esta ocasión no hay tantos narradores, la obra es menos polifónica que las anteriormente citadas pero el peculiar uso de la tercera persona, el modo en que ese autor desconocido se manifiesta –el propio Collins camuflado en la omnisciencia, a veces pudiera pensarse que uno de los personajes involucrados al permitirse opiniones muy directas y apelaciones al lector-, nunca permite vislumbrar cómo van a sucederse los hechos), Collins va entrando y saliendo de la correspondencia entre los personajes para anticipar sucesos, desvelar dobles juegos, descubrir añagazas, sembrar datos cuyo conocimiento por parte del lector agudiza la tensión y provocan que se quiera anticipar lo que ha de suceder, tomando partido, involucrándose, sorprendiéndose de la frescura y de la por desgracia triste actualidad que poseen muchos de los parlamentos, de las actitudes, de los deseos, de los intereses, de las ambiciones de los protagonistas (sin entrar en las consideraciones meramente religiosas que cada uno recibirá, secundará, rechazará según sus creencias, el asunto central, aquellos que se aprovechan de su ascedente, de lo que representan, de lo que encarnan para los que tienen fe, aquellos fanáticos que vulneran los mandamientos que deberían cuidar y respetar, esos que sólo buscan un rédito personal, medrar, ascender casi hasta compararse con la divinidad a la que afirman rendir culto, los que utilizan la religión como amparo y justificación para sus desmanes, todas estas realidades nos resultan muy cercanas, sabidas y reconocibles). Es, sin duda, una regocijante noticia confirmar que Wilkie Collins es un autor que siempre está en plena forma, que jamás pasa de moda y que inventa, imprime genio y carácter, renueva constantemente, hace grande el tan apreciado género del suspense.              

miércoles, 20 de agosto de 2014

LO QUE SE OCULTA EN EL ALMARIO


  


   (Descubro con estupor que, según el DRAE, “almario” es sinónimo de “armario”, sin conceder al término una segunda acepción enriquecida de poesía que hiciese alusión a esa cavidad de cada uno, a ese recoveco en que escondemos nuestra verdadera identidad, a ese almario al que tanto nos cuesta asomarnos)
   A García Márquez hay que tenerle siempre cerca, nunca está de más, es una ayuda permanente, un continuo regalo, una inspiración necesaria, una brújula que indica el camino, un maestro del que nunca se termina de aprender todo, que gana con el paso del tiempo, cuyo verbo de por sí vitaminado va ganando en propiedades y salubridad, se enriquece por sí mismo, por generación espontánea; y no, todavía no ha llegado el momento de, como prometí, detenernos en su magna obra (permítanme que termine alguna lectura más), pero es que se anticipa a cualquier cosa que pretendo escribir por nimia que sea, porque cuando piensas que has llegado a un sitio y podrás construir tu parcelita, pequeñita y humilde pero propia al fin y al cabo, descubres que ya ondea la bandera que demuestra que, en el territorio de las palabras dichas, sentidas, vividas, nacidas en español o cualquiera de los dialectos, lenguajes, idiomas, jergas, argots, expresiones que lo perfeccionaron, incrementaron, asimilaron, potenciaron, asumieron, manipularon, variaron, iluminaron (y, por desgracia, olvidamos, corregimos, silenciamos, ignoramos, desterramos, perdimos su riqueza, colorido, viveza, ingenio, poder de expansión, tanto vocabulario desperdiciado que, por mucho que Gabo, Carpentier, Vargas Llosa, Benedetti, Borges, Fuentes, tantos otros hayan limpiado, fijado y dado esplendor en libros imprescindibles, jamás vamos a conocer, apreciar, saber utilizar), cualquier conjunción de letras que planifiques ya ha pasado por el magín de este escritor capital y la ha convertido en frase legendaria, sentencia inolvidable, párrafo que pasma por su sencillez, fluidez y concreción, fruto de un trabajo despacioso, tomado muy en serio, con la conciencia puesta en los receptores, palabras irrepetibles porque sólo alguien de su talento puede utilizarlas con semejante precisión, ensanchando su significado, iluminando almas. El caso es que andaba dando vueltas a lo que hoy quiero contar y en el interesante volumen Yo no vengo a decir un discurso (editado, como el resto de su producción, por Literatura Random House) en el que se reúnen algunos de los textos que concibió para ser leídos en público, leo que, evocando al cubano Félix B. Cagnet, el autor de El derecho de nacer, nombre capital para estudiar, analizar y comprender el fenómeno de las radionovelas, Gabo recuerda que en una ocasión le dijo: “Yo parto de la base de que la gente quiere llorar, lo único que hago es darles el pretexto”.
   Y el caso es que por ahí quería empezar (llevo unos días pergeñando el presente escrito) sin saber que el pórtico perfecto estaba por llegar: sé que la frase no es de la tía Carmen, pero se la escuché decir muchas veces al terminar una película de esas que nos arrebataban desmesuradamente, esos melodramas fastuosos en los que es imposible refrenarse, esos filmes que te encogen el corazón y terminas anegado en lágrimas (lo cierto es que, entre otras muchas cosas, he aprendido de la tía a vivir con intensidad lo que me gusta y a expresarlo: si se trata de una comedia, nadie como ella para soltar carcajadas estruendosas y sinceras –se ríe con todas las ganas del mundo y algunas más-, si es un drama, moquea, tiembla, se desespera), el caso es que, al terminar, mientras recogía el pañuelo empapado, manoseado, estrujado, recuperaba la compostura y echaba fuera el sofoco experimentado, se removía toda satisfecha y rubricaba la función con su “¡Cómo he llorado! ¡Qué bien me lo he pasado!”, porque de eso se trataba, de olvidarse por un rato de uno mismo y sufrir con, por, en los demás, en los de mentira, en los de la película (el objetivo sólo se conseguía cuando era posible la interactuación, cuando el corazón recogía los impulsos y los daba cauce, por eso la tía se lo sigue pasando de miedo con alguna de Bette Davis, por mucho que haya quien no lo comprenda). Y, como digo, he heredado esa manera de contemplar un espectáculo, tengo una enorme facilidad para hacer mías las emociones de los personajes, de los artistas, y bien por lástima, por rabia, por pena, por dolor, bien porque me dejo llevar por el síndrome de Stendhal y la belleza me cautiva hasta el último recodo, bien porque la alegría me inunda, son múltiples las ocasiones en que me recuerdo llorando sin poder ni querer evitarlo, no sólo con la muerte de Chanquete como todos en aquella funesta sobremesa de domingo –mazazo traicionero y mal dado, aunque anunciado por activa y por pasiva antes de la emisión del capítulo, visto ahora ya no me provoca la misma reacción-, sino al terminar el musical Billy Elliot en Londres (una de las cosas más bellas que he visto sobre un escenario), al contemplar a un Charles Azanvour de 80 años interpretar La bohème, en el momento en que doña Concha Piquer dice lo de “anda, rey de España, vamos a dormir” en Y sin embargo te quiero o en la tercera estrofa de Picadita de viruela cuando resulta que “el mozo que la cantara volvió otra vez a pasar” o justo cuando, a punto de abandonar la casa familiar ya como mujer casada, Tina pregunta en La solterona: “¿Dónde está tía Charlotte?” (y es evocarlo y notar cómo los ojos se me empañan y me estremezco). Del mismo modo, en más de una oportunidad he tenido que dejar de leer porque no podía distinguir las letras a través del velo que las lágrimas formaban: me sucedió con La sonrisa etrusca de José Luis Sampedro en su tramo final y seguí un buen rato aferrado al libro ya cerrado, meciéndolo, llorando en silencio; El niño con el pijama de rayas de John Boyne me dejó primero noqueado y, poco a poco, empecé a hipar, a tiritar, a sentir que algo se me quebraba hasta que rompí en llanto liberador, aunque angustioso e inconsolable; podría seguir enumerando ejemplos, pero prefiero quedarme con el último libro que, por el momento, ha conseguido que lo terminase faltándome el aire, cabeceando, sufriendo (aunque disfrutando con el modo en que está escrito, con la mucha sensibilidad que el autor destila), intentando contener las lágrimas, dando rienda suelta a un miedo ancestral que te hace sentir vulnerable, siempre niño, momento al que, se diga lo que se diga, nunca llegas realmente preparado: el de perder a tus progenitores. Un monstruo viene a verme, publicada en España por Nube de Tinta, parte de una idea que la estupenda autora de literatura infantil Siobhan Dowd no pudo desarrollar debido a su prematura muerte y que ha visto la luz gracias a que Patrick Ness aceptó el encargo de concluirla (“Tenía los personajes, una premisa y un inicio. Lo que no tenía, desgraciadamente, era tiempo”), aunque no trató de imitarla (“(…) lo que tienen las buenas ideas es que generan otras ideas”).
   Partiendo de un escenario absolutamente reconocible, el terror a lo que puede aparecer en nuestra habitación por las noches, lo que se oculta debajo de la cama, lo que se agazapa dentro del armario, los miedos que adquieren forma, las amenazas que se hacen corpóreas, las pesadillas que contemplamos con los ojos abiertos, Ness nos presenta a Conor, un chaval de trece años que debe enfrentarse al monstruo que crean sus propias aprensiones, el espanto a que la sombra ominosa que planea sobre su madre, que ya es una realidad palpable, extienda su manto oscuro totalmente, implacable, asolando, destruyendo, dejándole desamparado, a merced del dolor lacerante que apenas logra acallar, herida que palpita incesantemente, fiebre que le hace contemplar la vida con distancia, con rencor, a la defensiva, sin tener claro qué imagina y qué sucede, sin querer examinar sus sentimientos, sin poder esquivar el continuo topetazo con un muro infranqueable e inevitable. Con enorme sensibilidad y economía de recursos, casi como si narrase el adolescente aunque la novela esté escrita en tercera persona, Ness va desgranando una atmósfera irrespirable que nos atenaza más por lo que sugiere que por lo que hace explícito: sin olvidar que se dirige a lectores de la edad del protagonista, abordando el asunto con exquisitez, sin ahorrar nada pero sin recrearse en los detalles, acariciando las teclas precisas, conmoviendo desde la contención, con un lenguaje sencillo que capta lo inexplicable, lo que hay dentro de cada uno y no somos capaces de verbalizar, el autor sabe hablar a los adultos, a los que tantas veces nos hemos sobrecogido ante la enfermedad de alguno de nuestros progenitores, a los que nos hemos sentido heridos al verles frágiles, vencidos por la edad, desprotegidos, despojados de ese aura de invencibilidad con que gustamos de revestirlos cuando son nuestro único refugio (ya lo cantó Roberto Carlos: “Cuando era un niño y podía llorar en tus brazos y oír tanta cosa bonita en mi aflicción”). Conor es uno de esos niños tristes que conmocionan por la naturalidad con que se envuelven en esa coraza, como si fuese su única posibilidad de supervivencia, niños que, aunque no comprenden por qué (no es que de mayor se entienda mejor, pero nos inventamos salvavidas, asideros, metáforas, escondrijos que, por mucha imaginación que tenga un crío, no sirven de nada a una corta edad puesto que, a la hora de la verdad, se impone el pragmatismo infantil, su necesidad de concretar, su confusión cuando se comparan con otros chavales y se notan diferentes –reveladoras, en este caso, las escenas que tienen lugar en la escuela: las burlas de algunos compañeros, la insólita solidaridad de otros, la conmiseración de los profesores-), optan por seguir camino sin hacer patente su congoja, rumiando su rabia, acumulando inquina, alimentando su encono, despreciando las bonitas e inanes palabras de los adultos, mirando con ojos que hacen auténticas prospecciones en el ánimo de los mayores, desmontando la ficción, decolorando el tinte rosa que quieren imprimir al horizonte, cerceando cualquier vía de escape.
   En su novela Los desolados, Javier Menéndez Flores pinta un momento en que uno de los personajes contempla a su madre mientras sube al autobús que la llevará a su casa, es invierno en la Puerta del Sol, es un día oscuro y muy desapacible, creo recordar que llueve o al menos la tormenta es inminente, se percibe el frío en cada palabra, y esta mujer se estremece al comprobar que su madre es muy frágil, que puede quebrarse en cualquier momento, que ya no es ese ser indestructible que la protegía de todo, que ella no es capaz de preservarla de los embates de la edad, del paso del tiempo, del deterioro que asumimos como parte del juego. Recorrer Un monstruo viene a verme me hizo regresar a ese prodigioso, mesurado, vívido, turbador, emocionante y sobrecogedor texto al que Pablo quiso que pusiera voz, esa crónica doliente y comedida, equilibrada y sentida, en que rememoró los últimos meses de vida de su madre, esa ausencia tan presente, ese dolor callado por el que no me atrevo a preguntar (tal vez por miedo a que mi propio dolor aumente, tal vez por incapacidad para contenerlo y atenuarlo, tal vez por cobardía, por temer -y constatar- que no estaré a la altura, tal vez porque no es necesario ya que hay conexiones, vínculos, apoyos, cariños que no precisan de palabras sino de acciones, de permanencias, de certezas); pero en ese texto también está la herencia vital y emocional recibida, el ejemplo impagable de alguien que le enseñó (y a mí a través de las palabras de su hijo, de los sentimientos convocados en cada frase, de la viveza expresiva con que Nidos de gaviotas sacude al lector –multiplicada cuando, además, hay que darle vida en voz alta-) a apreciar, valorar, buscar y amplificar las posibilidades de ser feliz, expectativas tan o más importantes y enriquecedoras que el en ocasiones mero disfrute, un poco al modo de esa canción de Alberto Cortez que tanto me gusta en la que afirma “prefiero, más que llegar, pensar que ya voy llegando”. Y, una vez más, su empaque, su sensibilidad, su acertado análisis me ha dado empuje, alas, movimiento, al igual que lo hace Conor, quien tan sólo desea llamar a las cosas por su nombre, comprender que no es malvado por desear que el dolor termine, que puede sonar egoísta pero que cuando sólo es posible una verdad lo mejor es decirla, asumirla, gritarla, porque eso nos prepara para afrontar lo que, sin duda, ha de venir después, aunque fue inevitable sentir en toda su magnitud el escalofrío que me atenazó el otro día cuando vi a mi padre sentado esperando el metro y le encontré demasiado delgado, mayor, empequeñecido, pendiente de unas próximas pruebas médicas, y todo se me mezcló y anticipé esa orfandad que, en realidad, siempre llevamos a cuestas. Por eso le dije a Pablo que, aunque es una maravilla, hay que esperar el momento adecuado para leer Un monstruo viene a verme, magnífico compendio de esos terrores de los que jamás podremos desprendernos, lectura que revuelve, turba, pero nos engrandece, nos hace mirar con ojos aún más enamorados a las personas que lo merecen.  

lunes, 18 de agosto de 2014

...PERO LO NUESTRO ES PASAR






   Hoy, para variar, no hablaré de libros o, en realidad, sí, es inevitable, aunque tan sólo me servirán como punto de partida porque no voy a centrarme en su contenido sino en su mera presencia, en lo que simbolizan, en lo que me evocan, en lo que son por sí mismos una vez han encontrado su lugar en nuestro hogar: ahora que, de alguna manera, hice balance al cumplir 100 entradas de este blog y me apeteció compartir la celebración con todas esas personas que lo merecen porque están ahí sin que uno exija, pida o reclame, que regalan compañía, que hacen posible que el arpa siga sonando y haciendo realidad la partitura que Pablo puso en mis manos (no saben la alegría, la conexión, la complicidad que se siente ante un simple “me gusta” que, además, se sabe sincero, partícipe, no un mero gesto para quedar bien –aunque los hay que ni siquiera se molestan en eso, tal vez porque saben que han sido descubiertos ante el notorio desinterés que muestran por cualquier circunstancia que no les ataña o tenga como centro, tal vez porque su desidia llega a límites insospechados, tal vez constatando parte de lo que hoy quiero explicar-), me dio por volver la vista hacia algunos de los objetos que nos acompañan, que forman parte de nuestro hogar, especialmente hacia los volúmenes que tenemos en la mesita del salón, esos libros que dejan patente nuestra cinefilia, nuestra mitomanía, la única religión a la que rendimos culto (bueno, compartiendo honores con el teatro, la literatura, la música, las artes en general), ese a modo de carta de presentación que se extiende ante los ojos de cualquier invitado, una reafirmación innecesaria, una redundancia, puesto que los buenos amigos saben, conocen, comparten y alientan esa pasión que es al mismo tiempo nuestra forma de vida. En esa mesa estuvo hasta hace poco un ejemplar de 24 horas de un periodista desesperado pero Pablo decidió que debía dejar hueco a una biografía de Judy Garland, “y así el conjunto queda más armónico”; sí, es cierto que ahora, como cantaría Gurruchaga, lo que se ve es sólo cine, mucho cine, siempre cine, pero fue, precisamente, ese libro, su estadía en esa ubicación privilegiada, el que provocó que pusiera la lavadora a dar vueltas (y sé que me paso con el centrifugado, pero ya que, por educación, por no tener ganas de pelea, porque es preferible que sea el viento el que nos lleve al infinito sin que opongamos resistencia ni demos golpes de timón, me callo muchas cosas, dejo que la indiferencia, la distancia, el desprecio por ausencia, el silencio adquiera toda su elocuencia, bien está que, para exorcizar del todo fantasmas, ponga negro sobre blanco algunas cositas y dé carpetazo definitivo al asuntillo –en diminutivo, tampoco merece más consideración-).

   Mirar esa mesa es poder resumir en un simple vistazo algunas de las columnas vertebrales de nuestro imaginario cinematográfico y, al tiempo, un recordatorio de momentos inolvidables, no todos por razones positivas: las memorias de Helen Mirren que Pablo compró en Heathrow en una de las tantas ocasiones en que regresábamos de Londres con el ánimo y el corazón henchidos de emociones impagables; un precioso álbum fotográfico que Katharine Hepburn consintió en publicar (ella, tan reacia a exhibir su intimidad) y que encontramos a precio de saldo en una tienda del Soho que nos chifla porque nunca sabes con qué puedes toparte, pero siempre habrá algún objeto, fotografía, imán de nevera, curiosidad vintage que guardar en el equipaje; las memorias que Marilyn Monroe dictó a Ben Hecht y un espléndido y lujoso volumen con millones de fotografías de Lana Turner (recopilado y comentado por su hija) que Pablo me regaló; una caja que contiene varios tesoros (y la edición en Blu-ray) relacionados con Sonrisas y lágrimas; el emotivo libro que su hijo dedicó a Audrey Hepburn y que tiene un sabor agridulce porque se lo regalaron a Pablo al poco de los vergonzantes sucesos ya conocidos por los lectores de su novela pero cuyo obsequio habla de una de las personas más nobles y bondadosas que me he tropezado en este oficio tan perverso y pervertido llamado periodismo: Marta Conde; sendos ejemplares de Finales de cine y Madres de película, “nuestros niños” como los llamamos cariñosamente, impacientes por tener a un hermanito para completar el trío. Todo esto es lo que acompaña a esa ya comentada biografía de Judy Garland y a otra sobre Elizabeth Taylor, motivo fundamental de mi digresión sobre nosotros (no los dos, ustedes, los demás, todos), que sólo somos pasar: sin duda, los lugares, los objetos, las músicas, los sucesos quedan impregnados por las personas relacionadas con los mismos, es algo inevitable por mucho que en ocasiones nos sea desagradable, inquietante, doloroso o pudiera ser que vomitivo volver a experimentar aquellas sensaciones que, al modo de la magdalena de Proust, regresan (no se han ido) sin que nadie las convoque; todos tenemos posesiones (y lo mismo puede ser un pañuelo como un televisor, unas tijeras como un microondas) que están asociadas a aquel que nos las regaló o a aquella junto a la que las adquirimos, lo que no implica que su presencia nos traumatice o entristezca o que menospreciemos ese recuerdo con tintes de felicidad, alegría, circunstancia que nos produjo gozo: no voy a dejar de ver una película, leer un libro o ponerme una camisa porque llegasen a mí a través de alguien que ya no está en mi vida, sería concederle más importancia de la debida, sería reconocer que la herida (si la hay) no ha cicatrizado, sería traicionar mi propio recuerdo porque puede que esa bufanda me la regalase ese que se decía amigo y un día demostró que no lo era tanto pero, como en realidad el estupor, el desengaño, la congoja ya quedaron atrás, como los efectos de lo que en su momento me torturaba ya no conturban mi ánimo, como mi dicha presente es el mejor lenitivo, puedo disfrutar de esa historia, de esa prenda de vestir, de lo que sea sin necesidad de martirizarme con algo que quedó muy atrás y está más que superado.

   Además, nuestra videoteca (o como deba llamarse con las continuas innovaciones en los soportes domésticos) es precisamente eso, nuestra, sigue creciendo, a veces no sabemos exactamente de dónde vino una pieza de la colección u otra porque, sencillamente, las fuimos incorporando a la comunidad y porque, por otro lado, no se trata de vivir angustiados como la nueva señora de Winter porque todo evoca a Rebeca ni acariciamos los tesoros como Gollum, perdidos en un ayer que no tiene sentido: cada objeto tiene ahora ese algo especial, esa pátina de estar aquí, de crear hogar, el pasado es precisamente eso (menos cuando nos apetece rememorarlo porque es hablar de la madre de Pablo, del tío Miguel, de gentes que nos acarician el corazón). Del mismo modo, nos contamos representaciones de teatro, viajes, mil y una cosas que hicimos antes de encontrarnos, es lógico y natural, no resquebrajan nuestra unión, todo lo contrario; no somos como aquel que en cuanto tiene nuevos amigos (bueno, así los llama pero en realidad son conocidos que aguantan a su lado un tiempo, bien hasta que descubren su carácter evanescente, caprichoso, de hoy y ahora, de “mañana algo –alguien- nuevo”, bien hasta que él los arrincona porque ya los ha exprimido y le aburren), en cuanto aparecen otras “víctimas” vuelve a repetir los mismos viajes, itinerarios, espectáculos, para quitarse espinitas y tener buenos recuerdos (es decir, que valora muy poco lo que vive porque si ya no tiene la pareja que tenía cuando fue allí parece que aquello que hizo no sirvió para nada –me encantó repetir en Londres El fantasma de la ópera puesto que Pablo sólo la había visto en Madrid, fue maravilloso compartirla, tener esa evocación común, lo que no quita ni un ápice a la emoción que viví en 1999 puesto que fue mi primer musical en aquella ciudad: son diferentes momentos, diferentes sensaciones, nadie traiciona a nadie por haber vivido, aunque esta persona de la que hablo lo vive así porque tiene su propia canción en la cabeza y tiende a querer repetirla, rodeado de quimeras e inconsistencias-). Y, sí, es cierto que el regalo siempre va a representar a quien te lo obsequió, pero no podemos ir deshaciéndonos de todo cada vez que dejamos de hablarnos con alguien, sobre todo porque eso sucede muy a menudo como propia circunstancia de la vida, porque hay personas que pasan (igual que nosotros lo hacemos para ellas y para otras), gente que en realidad supone tan sólo una estación en la que cambiar de tren, un mero apeadero y no hay que traumatizarse porque eso suceda, personas que te deslumbraron pero a las que se les agota la batería, gentes que demuestran saber muy poco de afectos, que son verdaderos analfabetos en esa materia, que no valoran a nadie más allá de si les aporta algo material (y no hablo de dinero, sino de que miden cada palabra, cada gesto, cada plan, reprochan si tienes iniciativa propia y vida al margen de ellos pero en realidad sólo cuentan contigo para poder decir “fuimos aquí”, “estuvimos en ese sitio”, “vimos aquello”, se apuntan a todo, se imponen, se adueñan de cualquier plan pero no proponen nada –eso sí, cuando saben que vas a hacer algo o lo has hecho tienden a actuar como la zorra con las uvas, esa fábula que tanto me gusta evocar, aunque, enfermos de la envidia, terminen por hacer eso mismo y contarlo con entusiasmo como si no tuvieras memoria (por eso hablaba antes de ser educado y optar por no discutir)-).

   LO dijo el gran Antonio Machado, “caminante, son tus huellas el camino, y nada más”, porque estamos en perpetuo movimiento anímico, equivocándonos, rehaciéndonos, en constante aprendizaje, y a veces quemar una etapa es despedirse de un buen compañero, vecino, incluso alguien a quien recordarás como amigo y lo dirás con la boca bien abierta, dando verdadero sentido a la palabra, pero que no volverá a tu vida más que a través de Internet, por teléfono, manteniendo un esporádico contacto y, sin embargo, importándote mucho más que gente cercana físicamente pero totalmente alejada, ajena, extraña en tu corazón; en otras ocasiones, puede decirse que cada cual cumplió con su papel, cambiamos de escenario emocional y, aunque presentes en tu ánimo (una vez concretemos de quién hablamos ya veremos con qué ánimo), hay personas que salen de escena porque lo de acumular un millón de amigos sólo era una cancioncita de Roberto Carlos (si es por ganar una competición en Facebook, vale, venga, pasa el rato, pero para poder cuidar la amistad, para poder llamarla así, conviene no dispersarse); y hay quien se marcha porque se siente ofendido, porque no le bailas el agua, porque para él ser amigo es darle en todo la razón (ni siquiera hace caso a los refranes, ya ves tú), porque se considera por encima, porque no tiene recato en decir lo que no le gusta (y lo llama sinceridad, no brutalidad o mala educación) pero se revuelve como una fiera en cuanto le llevas la contraria e incluso aunque sus argumentos demuestren tu solidez guarda resquemor y se mantiene en su desconfianza; y hay a quien decides dejar de hablar porque, si los años compartidos, lo mucho vivido juntos, los logros alcanzados se borran de un plumazo para malinterpretarte, poner palabras en tu boca y, sobre todo, querer que comulgues con ruedas de molino (aunque en su vida profesional alardee de todo lo contrario), personaje mendaz y mezquino, sólo preocupado por salvar su parcelita (esa que le dan como cuota, no por él mismo: puede que aparezca otro tonto más útil y desaparezcas por mucho que contemporices, querido), mejor estás lejos, igual que esa que ignora la profesionalidad y talento de tu pareja, a la que pides una opinión y le das libertad y amistad para que diga lo que piensa, valorando su experiencia, pero decide callarse y que todo siga igual, no dando la oportunidad de réplica o de aceptación de errores o cosas que pueden mejorarse, debe ser que cree que todo es terrible (aunque se le da muy bien intentar quitar méritos a cualquiera que pueda considerar intruso, ahora resulta que uno se gradúa como autor teatral cuando ella lo decide y no por escribir bien y mantener una obra en cartel más de un año, mientras que una concursante de GH sí alcanza el estatus de “compañera” porque coincidieron en un cortometraje -¿Y eso no le da urticaria o vergüenza?-) o aquella que toma partido público por un vocinglero ofensivo, misógino e insultante, borra a Pablo de las redes sociales (ni siquiera tiene la decencia de decírselo, o sea, sabe que no ha actuado correctamente), pero luego me viene con su gestito habitual como si yo fuera tonto o no tuviese dignidad (hay tantos que no saben qué es el amor ni siquiera a través de Lope –aunque, bueno, a ese le leerá poco, mejor empaparse de Cormac McCarthy, autor que me gusta mucho, puede que algún día explique esta frase-). Y luego están esos evanescentes, que parecen que se van a comer el mundo, que te envuelven con su energía, que te hacen creer en ellos, pero que se les va la fuerza con más facilidad que una bebida con burbujas en botella de dos litros, que buscan subterfugios, explicaciones vanas, que no dan la cara, que se esconden tras una inconstancia vital que les hace ir de acá para allá como vacas sin cencerro; pero, como muy bien me dijo Pablo cuando quise quitar alguno de los libros antes citados de la mesa, esos volúmenes ya son nuestros, no dicen nada de los que nos los regalaron cuando les considerábamos amigos, y no tenemos que privarnos de contemplar los rostros de la Garland y la Taylor (al fin y al cabo, son regalos que acertaron, que tuvieron en cuenta a quién iban dirigidos, no como esos estrambóticos, extraños, que demuestran que el que los eligió no sabe nada sobre ti ni se preocupa lo más mínimo, esos que o están escondidos o han servido para quedar bien con alguien que sepa apreciarlos –es cuestión de gustos, claro, pero es que me lo regalabas a mí, se supone, no a ti- o, simplemente, han pasado, se fueron, como tantas cosas en la vida).