martes, 3 de noviembre de 2015

EL CABALLO QUE PUSO EN JAQUE A UN REINO





   En algún momento de la mañana, en los minutos previos al inicio del programa, había que preguntar si ya estaba preparada la conexión con Mahón o bien nos recibían con el anuncio de que teníamos a nuestro corresponsal dispuesto en cuanto asomábamos nuestras cabezas por la cabina de control de sonido; en realidad, lo que llegaba desde la ciudad insular era el resumen de prensa semanal a cargo de Daniel Samper, una visión muy particular y ácida de lo que había dado de sí lo publicado en los siete días previos, un repaso irónico y magníficamente documentado de lo que se había escrito, opinado, tergiversado, alterado, omitido (comparando a unos con otros y con los hechos en sí mismos), un análisis muy certero de lo que más se glosaba y también de aquello que había sido relegado a breves notas o camuflado en pequeños recuadros (o ni eso), un ejercicio lector que demostraba el enorme oficio y estupendo olfato periodístico de nuestro colaborador, todo un descubrimiento aunque ya había tenido ocasión de pasar un muy buen rato con María de mi alma, la biografía novelada (y a ratos muy inventada –pero lo advertían en sus páginas-) de Agustín Lara que había escrito junto a Pilar Tafur, alguien a quien empecé a frecuentar, de quien empecé a buscar trabajos anteriores y posteriores al cautivarme con su facilidad para la broma, su capacidad narrativa incluso para la anécdota más intrascendente, su voz siempre jocosa y afable, alguien al que yo errónea tildaba de novelista dedicado al periodismo cuando era (y es) todo lo contrario (“Soy periodista y me tira mucho, me arrastra, aunque me gusta hacer ficción; no soy capaz de escribir como Faulkner, ojalá, y compruebo que todo me sale más fácil si le aplico el humor, si invento un poco, pero me da incluso vergüenza que alguien pueda presentarme como “novelista”, porque a la hora de escribir siempre está primero el periodista”). Hablo de aquellos veranos (dos, en concreto) en que tuve la inmensa fortuna de que Beatriz Pécker me eligiese para coordinar y ayudar en la realización (al margen de hacer micrófono y de participar en las tareas de producción –éramos poquitos pero muy bien avenidos y echábamos una mano donde fuese preciso-) de los dos agostos en que se hizo cargo de No es un día cualquiera, tiempo para disfrutar en la radio, para seguir aprendiendo sin tregua, para ver a la mejor maestra en acción, para sentirse pleno –aunque nunca olvidaré que mi debut en esas lides ocurrió casi al mismo tiempo que la muerte de la madre de Pablo, todo sucedió en la misma semana, él llegó por poco a Coruña para despedirse de ella, siempre ha contado que no cree que le reconociese, y no puedo dejar de estremecerme ni de culparme porque su lugar en aquellos días finales tendría que haber sido la cabecera de la cama en que ella agonizaba y no Madrid, el comienzo de nuestra vida en común hubiese podido retrasarse un poco más, y por mucho que me diga que tal decisión vino dada por el trabajo que le ofrecieron aquí, no dejo de fustigarme con la amargura de haber sido un obstáculo para que estuviesen juntos en ese último periodo-.
   Y Daniel Samper se carcajea (como siempre) cuando le cuento quién soy, se echa las manos a la cabeza recordando los favores que había que pedir para conseguir que cada sábado pudiésemos contar con su intervención (“¡A esas horas de la mañana, en fin de semana, la carita que a veces se le ponía al técnico, qué historia!”), me agradece que haya leído su segunda novela, Jota, caballo y rey que ha publicado Alfaguara (lo que no ha supuesto ningún esfuerzo: ojalá gran parte de las leídas por obligación y pundonor profesional provocasen tanto placer y, sobre todo, dieran tanto sobre lo que indagar), se lanza a conversar con fluidez, amenidad y discurso muy bien construido, tal vez porque, de una manera u otra, lo ha vivido primero, ha observado, ha tomado notas, ha preguntado, ha intervenido, se ha dejado destilar en cada palabra propia, se ha apoderado con tiento pero sin recato de las ajenas, aprehende sensaciones y realidades con la precisión del oficio, las transmite con verbo enérgico e imágenes poderosas, deja con la boca abierta al interlocutor/lector quien no puede sino esperar el capítulo siguiente, lo que vendrá a continuación. Y en ocasiones el primer sorprendido es él, como le sucedió a la hora de ponerse el traje de novelista por segunda vez, puesto que el punto de partida fue Triguero, un caballo criollo convertido en héroe nacional en la Colombia de los primeros años 50 del siglo XX, “y lo más curioso es que he escrito una novela sobre un caballo de carreras, cuando no soy nada hípico: he ido algunas veces a ver carreras, sobre todo de niño, pero no me van demasiado, incluso les tengo algo de miedo porque una de mis parientes murió al caerse mientras montaba. Pero como personaje me pareció muy singular este Triguero que está en los recuerdos de infancia de mi generación: para los que tenemos entre 65 y 75 años fue muy importante porque era el gran caballo colombiano en un país que jamás se ha distinguido por tenerlos, mientras que sí ha habido ciclistas, futbolistas, escritores, boxeadores, todos muy buenos, pero no caballos que eran patrimonio de Chile o Argentina. Éste fue un caballo espectacular que venció a todos los chilenos y atrajo mi atención porque en mi memoria galopa Triguero, es reconocible, mencionarlo es hablar de una época que, además, coincide con el inicio de una dictadura que supuso una gran desilusión porque se pensaba que las cosas iban a mejorar y no fue así. Finalmente, para cerrar el círculo de lo que quería narrar, yo siempre he tenido un gran culto por la amistad y con esta historia podía rememorar la mejor época de los amigos, que es cuando se es joven, cuando aún no llegas a adulto y no hay negocios de por medio ni se es socio en nada: sólo se trata de entrar al cine juntos para ver tías en pelotas, jugar al fútbol y pelear si somos de equipos distintos, pero amablemente, acompañarse, estar juntos, esa es la verdadera amistad, la de los 13 a los 15, ahí no importa la condición social, si se es feo, nada de nada”.
   Jota, caballo y rey transcurre durante el primer año en que el general Rojas Pinilla ostentó la presidencia de Colombia, lo que suele denominarse el “periodo en curso”, momento en que fue recibido con los brazos abiertos, como la solución perfecta para acabar con el gobierno de Laureano Gómez (aunque desde noviembre de 1951 fuese Roberto Urdaneta quien estuviese al frente del país debido al delicado estado de salud de aquel), fue más un “golpe de opinión” que un golpe de estado, así se ha denominado casi desde el mismo momento en que sucedió porque “se estaba reclamando que sucediese algo, que se terminase con Gómez, y pasó, y lo cierto es que, tal y como se cuenta en la novela, Rojas se fue a Melgar a su hamaca en lugar de estar esperando el momento, tuvieron que ir a buscarlo, en realidad lo colocaron ahí”. Daniel Samper dibuja un dictador que, en realidad, está en proceso de convertirse en tal, al que manejan los que están detrás, un tipo que dejaría toda la pompa presidencial para irse a cuidar vacas, lleva a cabo un ejercicio de ironía y revisión histórica que no puede ser mal recibido ni considerarse ofensivo por rebajar o disfrazar los hechos reales porque todo queda expuesto y explicado pero con sutileza y en aras del aliento novelístico: “Las verdades se subrayan más con ironía, es como dar un doble golpe. Me divertí mucho haciéndolo, y mira que me cuesta porque soy periodista no escritor, pero me organizo y trato de contar sin perder el tono. Es una historia que empieza bien, de un modo que puede decirse grato, y se va dañando tal y como sucedió en realidad, llegando a la tragedia y trascendiendo lo cómico, dejándolo a un lado cuando es imposible recurrir al mismo”. Y en cuanto al hecho de que alguien pueda malinterpretar sus intenciones o pueda acusarle de colaboracionista cuando no de mentiroso, Samper recuerda que “todo es verdad, salvo un par de personajes, pero busqué ex profeso la caricatura, en parte para que la novela fuese menos cruel en algunos tramos, es cierto, pero no olvidemos que me centro en el primer año de Rojas, lo peor llegó después. La esperanza termina, y es un hecho que no oculto, con la muerte de los estudiantes, que él no ordena, y porque el sector más conservador de su gabinete no quiere convocar elecciones, que es lo que él había prometido, ni abrir el Congreso ni nada por el estilo: ellos quieren modificar la Constitución para poder seguir robando, están muy contentos, y el ministro Rovira, que no existió, es la mezcla de muchos de aquel momento”. Por otro lado, confía plenamente en sus compatriotas a la hora de poner las cosas en su sitio: “En Colombia se ha comido tanta mierda, hay que llamar a las cosas por su nombre, después de Rojas Pinilla han venido cosas mucho peores -los paramilitares, la guerrilla, los narcotraficantes-, todo eso hace que de lo que hablo parezca una anécdota pálida. Y como ya he dicho alguna vez, porque me lo han preguntado, y seguiré haciéndolo las veces que haga falta, Álvaro Uribe ha sido mucho más peligroso que Rojas Pinilla aunque no haya sido un dictador: se opone a una paz que todo el mundo anhela, ha endiosado la política, apoya a los paramilitares, en su grupo parlamentario ha tenido a gente que ha terminado en la cárcel, pero no uno o dos, sino 40 ó 50, no ha sido corrupto, es cierto, pero ha sido mucho más nefasto”.
   La novela posee tres líneas argumentales que se alimentan mutuamente y que caminan de forma paralela construyendo un relato homogéneo que se unifica por los destellos irónicos y/o burlescos (cuando no directamente esperpénticos al más puro estilo de Tirano Bandeas –“¡Ya quisiera yo escribir así! Pero no niego que Valle-Inclán asoma la nariz en algún momento”-), por los sucesos históricos que se entremezclan con la ficción, por la solidez con que Daniel Samper acomete la tarea de evocar un momento y de mostrarnos todas las caras posibles: “Empecé por el caballo, como digo, esa imagen de mi infancia que se relacionaba con la ilusión que veía en mi familia, en el colegio, en todas partes, porque pensaban que se terminaba la hecatombe de la dictadura de Gómez, que fue elegida en las urnas pero resultó terrible. Y se pensaba que este general -que no quería estar pero le colocan ahí, no conviene olvidarlo- iba a cambiar el panorama. Lo cierto es que empieza muy bien, el primer año es fructífero, se levanta la censura de prensa, se vende mucho café en el exterior, pero los políticos conservadores lo atenazan y le obligan a hacer un gobierno sectario que deriva en lo dictatorial”. Estas particularidades del modo en que Rojas Pinilla llega al poder le permitieron utilizar el tono caricaturesco que tenía el propio personaje, la propia situación, datos que pueden rastrearse en los medios de comunicación de la época, detalles que le facilitaron el recurso a un tono de chanza que jamás disparata y que repliega velas y se modera cuando conviene, advirtiendo de la tragedia particular de los personajes o de la real que afecta a todo el país: “No quise dibujar un dictador al modo clásico como Asturias o Vargas Llosa: buscaba ese personaje que pareciese un tipo estupendo para conversar, divertido, buena persona, al que han puesto ahí y le toca sobrevivir como puede. Sí cargué las tintas en que su mujer fuese querible y en ese sentido es interesante que, cuando se anunció la publicación del libro, un amigo mío que es también amigo de María Eugenia Rojas, a la que yo llamo La Nena en la novela aunque se la conoce como “La Capitana”, toda una líder política, me contó que su única preocupación era cómo había tratado a su mamá, qué decía sobre ella. Y la muestro como la conciencia, la que advierte, la que le cuida, porque así me ayuda a resaltar que detrás de los dictadores siempre hay alguien que es mucho peor que ellos mismos: mira lo de Montesinos con Fujimori o María Estela Martínez que tenía un brujo que le asesoraba. Aquí está Sagrario, la hija mayor de Rojas Pinilla, muy jodía, muy mala, muy ambiciosa, la auténtica manipuladora, que es un personaje totalmente inventado pero tomado de la realidad”.
   Junto a las páginas que dan cuenta de los tejemanejes de todos los que rondan a Rojas Pinilla, destacan por su luminosidad, su toque nostálgico, su desbordante humanidad, su espléndido retrato de cómo era la vida cotidiana en la Colombia de 1953 y las diferencias sociales existentes, aquellas en que se da cuenta de la amistad entre Rafael, hijo del veterinario de Triguero, y Juancho, llamado Jota aunque a él no le gusta, uno de los mozos que atiende a los caballos en el hipódromo: “Son dos bien diferentes, para colmo uno trabaja desde las 6 de la mañana recogiendo mierda de caballo y es hincha del Millonarios, ¡ese horror de equipo!, es algo mayor que Rafael, tiene mucho recorrido, ha ido al burdel, se las sabe todas, mientras que el otro es hijo de una familia muy perfumadita, bilingüe, hijo de extranjera y de un señor muy respetado. No tienen nada que ver, Jota es de esos sobre los que mi abuela me decía “éste no es amigo para ti”, lo mismo que le pasa a Rafael. Y eso es lo que hace que se atraigan: el niño que siempre ha vivido bajo la enagua de una abuela controladora, con su mamá tiene menos trato porque es dipsómana, que es como se dice porque es rica que si fuese pobre tan sólo dirían que es una borracha, bueno, el caso es que descubre la libertad que le proporciona este amigo, la libertad del pobre, una maravilla”. Y así es cómo la lectura fluye entre sonrisas, alguna que otra carcajada, con momentos para la emoción más o menos contenida (depende de cada uno), echando la vista atrás (inevitable cuando los protagonistas son dos adolescentes), informándose al mismo tiempo (sin que eso interfiera, lastre o aniquile la novela) sobre lo sucedido en un periodo muy concreto en aquella Colombia que animaba como un solo hombre a Triguero, el caballo estrella, ese que se considera una amenaza para la fama y buena prensa de Rojas Pinilla, aquel que tanta fuerza tiene en las páginas de Jota, caballo y rey que no pregunté a Daniel Samper cuál fue su verdadero destino, prefiero quedarme con el que aquí se narra, durante el proceso de documentación para la entrevista no encontré ese dato y, la verdad, una vez acabé la novela me resultó innecesario: la ficción se impone porque resulta dolorosamente real, el creador ha conseguido imponerse al periodista, ha contado “la historia que la historia que escriben los historiadores no puede contar” en palabras de Vargas Llosa que sirven de preámbulo a un libro que, aunque él sea escéptico, confirma a Daniel Samper como novelista –sin dejar de ser periodista, puedes estar tranquilo, ¿por qué no denominarte de ambas maneras?-.

miércoles, 28 de octubre de 2015

DANDO CURSO A LA VOCACIÓN



  


 Ya he contado en otras ocasiones que lo mío con el periodismo fue un amor a primera vista pero no supe considerarlo como tal, tan sólo me parecía una afición, un disfrute como lector, oyente o espectador, algo que ni de lejos me planteaba como futuro profesional (dicho por lo de trabajar en ello, no que me esté llamando algo que, en realidad, siempre seré, es decir, “futuro profesional”, eterno aprendiz de un oficio en el que hay que estar reinventándose cada día, en el que siempre queda casi todo por aprender); fue un mundo que me cautivó mucho antes de elegir carrera universitaria (hasta que se cruzó en mi vida Luis Landero, a la recurrente pregunta de qué sería de mayor siempre respondía que abogado o catedrático –aunque no tuviese nada claro de qué ni en qué consistía, tan sólo era parte de mi sueño de estar rodeado de libros-), me sentía atrapado por él sin ser capaz de discernir que lo que ahí latía era mi auténtica vocación, todo lo relacionado con la radio y la televisión me resultaba enormemente atractivo, fingía intervenciones en los programas que escuchaba, fabulaba con estar en un estudio o en un plató, imaginaba programas (incluso “presenté” uno vinculado a la publicación semanal en la que nos divertíamos y aprendíamos con Petete, era mi manera de entretener la espera antes de comer para regresar después al colegio), quería formar parte del Un, dos, tres pero por ganas de participar en ese programa maravilloso no porque sintiese que ese mundillo me llamaba imperiosamente –o al menos no era consciente de ello- (por encima de todo, como expliqué cuando tuve la oportunidad de charlar con ella con motivo de la publicación de sus memorias, quería ser Mayra, es decir, vivir la experiencia de llevar el timón de un espectáculo de semejante calibre -recuerdo que, cuando glosaba sus para mí indudables méritos, cuando cantaba sus excelencias, siempre hacía hincapié en que era periodista, llave maestra que le permitía pasar de un programa infantil a un concurso que requería una amplia cultura para poder abordar el tema de cada semana más allá del guión o enfrentarse a cualquiera de las tareas que asumía con esos aplomo y efectividad que desplegaba como si no le costase-), me lancé a leer periódicos (bueno, en realidad cualquier cosa que caía en mis manos) compulsivamente, buscaba los artículos de opinión con fruición, leía cualquier tipo de reportaje sin discriminar, sin faro orientativo que me ayudase a discernir, aprendiendo intuitivamente, absorbiendo como una esponja, y es que lo mismo me daba que se tratase de alguna de las revistas políticas del momento –Cambio 16, Época, Tiempo, Tribuna (gracias a una compañera de trabajo del tío Miguel todas llegaban a casa)- como de otro tipo de publicaciones –Interviú, Pronto, Lecturas, nada estaba prohibido en casa aunque Hola no cayese demasiado bien porque era “la revista de los pudientes” (tampoco crean que las leía con siete años, ¿eh?, pónganle al menos diez, aunque es cierto que cualquier cosa que tenía letras despertaba mi curiosidad desde que tengo memoria y así lo confirma todo el mundo en casa –sí, puede parecer precoz e inadecuado, pero la mayoría de las cosas se escuchaban en el Telediario y nadie tapaba los oídos de los chavales-), teniendo así la primera toma de contacto con el entonces aún tibio y casi ingenuo circo mediático montado en torno al asesinato de los marqueses de Urquijo o a cómo se narró todo lo concerniente a la conocida como “dulce Neus”, por no hablar de la intoxicación por aceite de colza desnaturalizado, esa canallada que provocó centenares de muertos y demasiados miles de afectados (uno solo ya hubiese sido un crimen), o de la tragedia vivida en el camping de Los Alfaques, sucesos susceptibles todos ellos de ser teñidos de amarillismo y exacerbarse y recrearse en sus aspectos más escabrosos, no hemos cambiado tanto, pero sí es cierto que también en esas páginas se nota el descenso en la calidad, el descuido, el lenguaje desaseado, la escasa o nula ética periodística empleada, antes daba tiempo a recrearse con una prosa que enseñaba a contar, a plasmar atmósferas, a especular pero partiendo de hechos, de investigaciones, captando el color local, narrando con efectividad y oficio, en definitiva, un aprendizaje rudimentario pero lo más ecléctico posible acerca de los distintos géneros, tonos y secciones periodísticas.
   Y el caso es que, como también he contado por activa y por pasiva en cuanto he tenido oportunidad (soy muy redundante, incluso dentro de la misma frase: al modo de Escarlata O´Hara, a Dios pongo por testigo de que hago propósito de enmienda casi cada hora pero luego vuelvo a dejarme llevar y resulto incontenible e incluso incontinente), un buen día me crucé con Luis Landero en el instituto en que impartía clases de Literatura y creaba lectores apasionados antes de que sus propias novelas le facilitasen el trabajo (ya hablaremos dentro de poco de una obra que es un inmenso placer leer) y él supo sacar ese periodista que pugnaba por salir a la superficie y al que yo, absurda e irracionalmente, me había empeñado en acallar, en no poner en valor, en dejarle exponer sus razones para ver si me convencían. Y, echando la vista atrás, no fue difícil darme cuenta de lo cegato que estaba (sí, ya, soy miope desde que tenía diez años, pero se supone que de cerca veo fenomenal –de hecho, las gafas me estorban cuando manejo el móvil o leo letras muy pequeñas-), de cómo esquivaba los requiebros del oficio no sólo como consumidor de información sino en mi gusto por ficciones que, aunque no podía apreciar en su totalidad por mi inexperiencia y corta edad, me parecían irresistibles como Lou Grant (esa serie que debería formar parte del temario de cualquier lugar en que se pretenda enseñar periodismo), Todos los hombres del presidente (nunca olvidaré lo mucho que temblé la primera vez que la vi, en televisión, junto a los tíos, sin comprender muy bien por qué me interesaba tanto aquel embrollo que no terminaba de comprender, del que apenas conocía más que un nombre fácil de retener –Nixon-, pero del que no podía despegar la mirada) y una serie de TVE que, precisamente, se emitió un año antes de que Landero me preguntase “oye, ¿tú no has pensado en ser periodista”: Página de sucesos, la misma que he revisado recientemente (aunque sólo recordaba a su trío protagonista y algún detalle muy secundario).
   Programada en esa hora mágica de los viernes por la noche en que todo predisponía a la diversión, al ocio, a la libertad, a quitarse de encima las obligaciones, tenía un mejor recuerdo de esta supuesta crónica de la peripecia de periodistas que se dedican a redactar la de sucesos, en realidad una mera excusa para reunir unas cuantas historias (algunas inspiradas en crímenes celebres) con un mínimo hilo conductor del que se encargaban los personajes interpretados por Patxi Andión, Iñaki Miramón y María Asquerino, más algunos secundarios que tenían más o menos presencia según el capítulo. Con el esquematismo y sosería habituales en Antonio Giménez-Rico, su director, la serie queda como un somero y mínimo acercamiento a un oficio que dio páginas gloriosas a la profesión como lo demuestran los nombres de Margarita Landi, Antonio D. Olano, Enrique Rubio, Francisco González Ledesma o tantos otros que dignificaron un género que cimentó las bases y fue escuela, durante muchos años la única posibilidad de desarrollar y practicar un periodismo de investigación; a pesar de ello y de su escasa enjundia dramática, Página de sucesos se ve con esa nostalgia que agrada, evocando aquella mirada ingenua de entonces, volviendo a admirar a los pioneros a los que quiere homenajear, aplaudiendo a un puñado de actores irrepetibles (quienes, por desgracia y salvo muy contadas excepciones, se limitan a encarnar arquetipos, personajes sin dimensiones, son meras apariciones), esos repartos soñados en que coincidían Luis Escobar, Margot Cottens, Alicia Sánchez, Chus Lampreave, Amelia de la Torre, Aurora Redondo, Margarita Calahorra, Juan Diego, Álvaro de Luna, Sancho Gracia, Asunción Balaguer, tantos y tantos, incluso un Juan Echanove antes de despuntar en Turno de oficio, una Marisa Porcel mucho antes de hacerse enormemente popular como la Pepa de Escenas de matrimonio o un niño prodigio llamado David Zarzo. Aunque sólo sea porque, sin sentir sus efectos, fue parte del abono que dio fuerza a lo que quería germinar tanto tiempo atrás, ha sido emocionante reencontrarse con aquel chaval que, en realidad, sigue muy presente y muy vivo en mi ánimo y en mi entrega a una profesión que jamás podré abandonar (y de la que sigo enamorándome cada día, con brío renovado gracias al empeño de Pablo por volver a sentarme frente a un micrófono en un estudio de radio, tal y como sucede cada semana en Destino: Wonderland en Onda Arcoiris -  http://prnoticias.com/podcast/ondaarcoiris/cultura-lgtb/autor/708-destinowonderland -).

jueves, 22 de octubre de 2015

DONDE EL AIRE SE VUELVE SÓLIDO



  



 No es la primera ocasión en que tengo delante a alguien a quien sólo puedo mirar con ojos llenos de admiración por la labor que desarrolla, la profesión me ha puesto en varias ocasiones en el camino de una persona para la que la palabra “héroe” se me queda pequeña: gente que lo entrega todo sin esperar nada a cambio, que lucha contra las injusticias, contra la desigualdad, contra la miseria, contra el dolor, contra las catástrofes, gente que se involucra, se la juega, se implica, actúa, se coloca en primera línea, sin temor al fuego cruzado, a la violencia, al escaso o nulo valor que tiene la vida humana en determinados lugares (cada vez más numerosos, no se trata sólo de contabilizar cadáveres, ese es el último extremo, hay muchas maneras de asesinar, algunas lentas y perversas, como bien cantaba Massiel “una firma, un disparo, tanto nos da”), gente que (así lo señalan: es uno de los atributos del verdaderamente valiente) mantiene el miedo a raya para no paralizarse, lo exorciza tomando la dirección contraria a la que la prudencia y el anhelo de seguridad aconsejarían, pasan por encima de cualquier otra consideración abandonando lo cómodo, los privilegios, una cama caliente y una nevera con alimentos para procurar el bienestar de los demás, para ayudar, para facilitar, para intentar que el mundo sea un poco más habitable, para cubrir una pequeña parte de las necesidades más básicas, esas que se dan por hechas, esas que no se valoran porque se tienen satisfechas. Como ya me ha sucedido en esas oportunidades que ahora evoco, Paula Farias no puede evitar una sonrisa cansada con la que quitarse la importancia que le da el que contempla, el que no se ve capaz ni de lejos de hacer algo como lo que ella hace a diario, la expresidenta de Médicos sin Fronteras asume con cierta resignación la aureola con que la recubre alguien (un servidor) que tiene demasiado bajo el umbral del dolor, especialmente del anímico, del que carcome, del que deja sentir su huella mucho tiempo después de haberse producido la herida, la actual coordinadora de las labores de rescate que la organización desarrolla en el Mediterráneo está acostumbrada a que la celebren con epítetos gloriosos y sabe quitarles importancia de un plumazo, no se considera mejor que nadie, “es lo que toca hacer y se hace: por mucho que pienses lo contrario, reaccionarías igual si te vieses sobre el terreno” (pero, a pesar de lo que cuenta y del modo en que sabe hacerlo llegar, sigo creyendo que los cooperantes son de otra raza, que hay que tener unas cualidades de desprendimiento, empatía y fortaleza que, por mucho que me empeñe y por mucho que pueda parecer que tengo desarrolladas –especialmente las dos primeras-, jamás lograré poseer en ese grado).
   Hace ya diez años, Paula Farias publicó Dejarse llover, una breve novela que ha reeditado Suma de Letras al haberse estrenado su versión fílmica a cargo de Fernando León de Aranoa, titulada Un día perfecto, un proyecto que ha estado fraguándose casi desde aquel momento: “Conocí a Fernando justo cuando se publicó la novela porque él ya estaba participando en Invisibles [película nacida como homenaje a la labor de Médicos sin Fronteras en la que participaron cinco directores], trabajando en el norte de Uganda para hablar sobre los niños soldado y nos encontramos en un lenguaje muy común. Le atrajo en seguida ese punto irreverente que tenemos los cooperantes, poder contar cómo somos de verdad, sin mitificaciones, sin compararnos con misioneros, sin sufrimientos. Partió de las imágenes que evoco en la novela, hubo un primer guión muy aproximado a la historia tal cual, pero no funcionaba porque el cine no puede permitirse la pausa que la literatura facilita, se precisaba más acción, más personajes,… aparecieron otras situaciones y otras anécdotas aunque hubiesen pasado en otros lugares; por insólito que algo pueda parecer, creo que hay muy poco inventado en la película, ¡incluso hubo cosas que se rebajaron para que fuesen verosímiles!. Lo importante era que Fernando se apropiase de la historia, como ha hecho, y la transformara en algo suyo, no se puede narrar igual con palabras que con imágenes”. Y si bien es cierto que León de Aranoa ha recuperado parte del pulso que parecía haber perdido con Amador, esa película que se atascaba en los primeros minutos y se veía incapaz de remontar el vuelo, querer alejarse del tono y estilo que le dieron popularidad y prestigio (las lacerantes y espléndidas Barrio y Los lunes al sol) ha dejado esta cinta a mitad de camino de lo que podría o debería haber sido, un filme que se ve con facilidad e interés pero que provoca desapego, que deja poco rastro (por mucho que la complicidad entre Tim Robbins y Benicio del Toro funcione con gran efectividad, por mucho que el carisma de cada uno se potencie al contacto con el otro y el espectador no pueda sino sentirse atrapado e implicado) porque carga demasiado las tintas en lo cómico, en ocasiones parece buscar sin más el chiste, la carcajada, no querer perturbar al público; sí, Paula Farias reconoce ese talante en sí misma y en sus compañeros, pero una cosa es cómo lo vive cada uno y otra muy distinta cómo se ofrece a ojos extraños, cómo resulta forzado el cambio de registro, cómo se rehúye el dramatismo implícito del texto original –o cuando menos cómo se arrincona o atenúa-, por mucho que el retrato que ambas estrellas llevan a cabo sea creíble, muy realista, dos camaradas que llevan toda la vida envueltos en semejantes fregados, un modo habitual de comportarse entre los cooperantes: “Son personas que están a su faena, no se les puede poner más carga emocional que de la que quieren tener, están trabajando, pensando en la tarea que tienen que llevar a cabo; los que hacemos cooperación rechazamos esa intensidad que continuamente nos atribuyen, parece que estamos todo el día con el dramatismo a cuestas, al borde del abismo, dejándote la vida, y así no es posible trabajar. Hay algunos que no saben salir de ese papel que se han adjudicado a priori y hay que hacerles espabilar porque, además, es obsceno estar en un lugar así y permitirte pensar que comprendes lo que les está pasando y, para colmo, ponerte más dramático aún; esa actitud es una auténtica falta de vergüenza porque si las cosas no van bien te vuelves a lo confortable, a la comodidad en que has nacido, es una falta de respeto total hacer el numerito. Lo normal es un ambiente de equipo bestial, la sensación del codo con codo, tenemos un punto gamberro, pero hay una enorme cohesión de equipo, nos sentimos como los legionarios en Astérix, “¡en posición tortuga!”, y así vamos a por todas y movemos montañas, es una energía positiva, no en lamento o pesadumbre, porque juntos podemos con todo”.
   Dejarse llover es una historia muy sutil, aparente y engañosamente leve, un cuaderno de notas que, a pesar de la urgencia, de ir brotando sobre la marcha, de nacer cuando las emociones aún están funcionando a pleno rendimiento, esboza con la necesaria distancia lo que pasa por la cabeza de una persona situada en pleno conflicto, da pinceladas certeras y tenues (jamás brochazos furiosos) para que el lector se deje llevar (y llover) por la cadencia de una prosa tenue (por lo sencilla y delicada) que dibuja atmósferas en las que detenerse e ir rellenando los huecos, masticando los silencios, asumiendo realidades, deteniéndose en las páginas en blanco para reposar, para meditar, para no precipitarse: “Me alegra mucho que lo digas porque quería contar ese silencio de las guerras: entre las bombas, entre tanto ruido, hay mucho tiempo, hay mucho espacio en el que pasan muchas cosas cotidianas, y eso es lo que yo quería contar. Busco y provoco esa pausa que, en realidad, es mi forma de escribir: midiendo el ritmo, la puntuación, que haya cadencia, si me apuras es buscar algo de poesía en la prosa; aunque esta novela lo busque, siempre parece que escribo con metrónomo, me sobran cosas porque no entran en el ritmo no porque la frase no las necesite”. En ese sentido, reconoce el magisterio de su padre, Juan Farias, finalista del Nadal en 1965, reconocido autor de literatura infantil y juvenil (Premio Nacional en esta categoría en 1980 con Algunos niños, tres perros y más cosas), alguien que “hacía prosa poética aunque no lo pretendiese, buscaba la palabra precisa tanto en significado como en tiempo, y tal y como él me enseñó no quiero que sobre nada, procuro que no haya paja, hay mucho trabajo de ir puliendo, de quitar capas, dejando sólo un trocito pequeño pero sabroso. Son notas de campo que se van reduciendo hasta la frase que mejor define y el argumento es una mera excusa para transmitir sensaciones”. Una de las características que más sorprende y al mismo tiempo cautiva de Dejarse llover es la distancia que la autora sabe tomar con los acontecimientos narrados, una cierta frialdad que consigue traspasar con más intensidad que si recurriese a un vocabulario extremo, a una adjetivación grandilocuente, a un tono exacerbado y muy trillado, a la repetición de determinados tópicos, es una prosa que cala por calmada e irrebatible, porque permite respirar pero va acumulándose hasta que asfixia al lector sin que éste quiera impedirlo ni suelte el libro: “Todo lo que voy viendo, lo que me va pasando, lo voy transformando automáticamente en una narración, en un cuento, lo escribo todo y así me lo guardo, es mi manera de tomar fotografías. Pero la distancia ya estaba ahí, desde su propia esencia, sale de las tripas pero se transforma en el cuento que quieres contarte para explicarte lo que ocurre: no coloco bien las cosas hasta que no me las cuento, soy así. Escribo para saber quién es cada pieza del cuento, no lo hago por simplificar, al revés: lo que no puedes transformar en un cuento es porque no lo has comprendido bien, porque no has llegado a la esencia de lo que te está ocurriendo, es un ejercicio muy sano intentar encontrar el cuento y en estas situaciones de conflicto es más fácil ver el cuento que hay debajo porque, emocionalmente hablando, hay mucho menos ruido, las cosas están muy a flor de piel, expuestas sin tapujos; en general, en el día a día, hay demasiadas capas, la cebolla es muy compleja y hay factores de confusión que te despistan”.
   Dentro de esa evanescencia que caracteriza al modo de escribir de Paula Farias (define a los personajes con una frase, por un mero rasgo, insinúa más que muestra), el paisaje, el escenario, el continente está absolutamente desdibujado, podría ocurrir en cualquier parte, aunque es inevitable que el velo no consiga taparlo todo: “No quería situar la acción, pero no me salió del todo, al final se ven los Balcanes y en parte comprendí que viene bien una cierta localización; aunque la idea inicial era abstraerlo completamente, los personajes no tenían nombre, pero fui haciendo aterrizar cosas, ya que de otro modo me quedaba demasiado en el aire y regresé, sólo un poquito y en parte, al lugar en que nació la historia, pero nunca quise contar los Balcanes en sí. De hecho, Fernando se planteó ubicar la película en África, pero había cosas que no funcionaban y al final volvimos al origen; pero yo quería narrar esa sensación de vulnerabilidad, la volatilidad de las cosas, ese constante vivir con miedo: nunca podré olvidar el aire tan denso, había francotiradores dispersos por todos lados, no sabías qué podía pasar, quise reflejar esa atmósfera tremenda que se vive como algo natural, hay que tragarse el miedo porque no queda otra, no se puede vivir asustado permanentemente, todo eso es algo universal, dónde ocurre no cambia lo que se siente”. Es inevitable hacer preguntas que no apelan a la Paula escritora sino a la volcada en su labor humanitaria porque la actualidad así lo demanda, porque el todavía cercano verano nos ha encogido el alma en demasiadas ocasiones, porque las soluciones aún no han llegado, porque el considerado mundo civilizado tropieza cada día, porque se diría que sólo sabemos fracasar: “El mundo ha sido siempre un lugar tremendamente desigual, pero a veces las cosas se hacen más mediáticas, nos dan más de cerca, como sucede con los refugiados sirios, por ejemplo: es fácil empatizar con ellos, se nos parecen tanto, nos duele porque nos vemos a nosotros mismos. Estoy en primera línea y me parece… no sé, no es que me indigne, es que me deja perpleja la actitud de Europa, cómo se mira hacia otro lado; pero cosas tremendas ocurren en muchos lugares del mundo y no las sentimos igual. Y, al mismo tiempo, también suceden cosas muy hermosas, no creo que ahora vayan peor, lo que sí pasa es que ahora son más visibles y nos pillan muy cerca, y el mundo es cada vez más desigual, las diferencias de siempre se hacen más palpables; pero no me quedo con la visión catastrófica, me niego a ello”. Y, al mismo tiempo, no duda en señalar con el dedo a los máximos responsables de que la situación no mejore, antes bien, se agrave a cada minuto: “La gente que nos gobierna se ha vuelto muy cortoplacista, quizás antes se tenía otra altura de miras, había una ética diferente, ahora sólo se miran los resultados inmediatos, lo que pueda afectar a mi micromundo, cómo mantenerme en mi puesto un rato más. Y eso es lo que da tanta tristeza en las reacciones de Europa, que nadie está pensando en los críos que están en la frontera, sólo en su trocito de mundo que cada vez se vuelve más miserable. Antes había una nobleza que ahora se ve muy poco”.
   Y de eso habla Dejarse llover, de personas que no se conforman con que eso sea lo que hay, que piensan que es posible mejorar, que pelean porque este mundo sea menos absurdo, menos inhóspito, menos cruel, menos devorador, esté menos maniatado por imposiciones y restricciones que abundan en el error, por recomendaciones (con muchas comillas) que frenan, impiden y coartan: “Nos dejamos llover muy poco, no nos dejamos en paz, nos imponemos una gran cantidad de normas y a veces están para saltártelas, para ponerlas en tu propia escala y decidir cuáles aceptas y cuáles no; es un constante en la vida del cooperante: las trabas burocráticas que te hacen perder innumerables horas en una frontera discutiendo para que nos dejen pasar el material, para obtener un salvoconducto, discusiones eternas que son absurdas. Además, la traba suele aparecer muy lejos de lo que está ocurriendo, en realidad no entiende su propia razón de ser, es una imposición de salón; no sólo en estos contextos, en infinidad de situaciones del día a día lo que se decide en un despacho está muy lejos de la trinchera y por eso sólo te queda abrir mucho los ojos y preguntar “¿de qué me estás hablando?” e intentar esquivar el obstáculo”. Es una lectura sugerente y reveladora, que casi deberíamos considerar obligatoria (no como imposición, sino como forma de despertar, de actuar, de posicionarse, de involucrarse), empaparnos de esta lluvia que, despacio pero persistentemente, empapa nuestra mente y nos lleva a preguntarnos qué podemos hacer (y a procurar llevarlo a cabo).