lunes, 19 de diciembre de 2016

ALGUNOS GOZOS Y EXCESIVAS SOMBRAS



  



  Lo cierto es que pensaba escribir un estado de Facebook y poco más sobre la gala con que TVE celebró anoche sus 60 años, pero ya se sabe que tengo la lengua siempre dispuesta (o los dedos saltarines sobre el teclado), y como el texto empezaba a desbordar en mucho lo que en demasiadas ocasiones publico (y eso que, bien lo saben los contactos leales y cómplices, no me recato a la hora de explicar pormenorizadamente qué estoy pensando -que no lo pregunten, oye, que no provoquen cada vez que uno se conecta, jajaja-), al final he optado por sacar el arpa del rincón y dejarla sonar a su aire, dejando para mañana otro escrito en el que ando enredado desde hace unos días. El caso fue que me puse a hablar sobre la nostalgia y, claro, no había forma de ser escueto y, sobre todo, ni conseguía ni quería dejar de ser reiterativo, ya me conocen, porque a las primeras de cambio recuerdo que Simone Signoret publicó su autobiografía con el espléndido título -a medias desencantado y a medias irónico, toda una declaración de intenciones de la honestidad con que acometió la tarea, toda una advertencia del tono general del volumen-, La nostalgia ya no es lo que era, a partir de ahí empiezo a tirar del hilo y no paro hasta que vuelvo a tener todo el ovillo entre las manos, más en estos últimos tiempos en que, a raíz del bombazo que ha supuesto la entretenidísima y mágica serie Stranger Things, son muchos los que se han lanzado a cuestionar (sin preocuparse por conocer en profundidad -o ni un ápice- aquello a lo que dedican tiempo y esfuerzo, anegados en su propio resquemor hacia todo lo que se haga popular y a ellos les resulte ajeno -en parte porque no responden al perfil más elemental de espectador para el que ha sido diseñado el producto, sí, somos conscientes de ello, no nos engañamos ni nos dejamos comer el tarro, no perdonamos errores ni aceptamos trampantojos, no engrandecemos virtudes como recompensa por el buen rato pasado, algo que tampoco es negativo siempre que se reconozca, no nos enrocamos en la cantinela “cualquier tiempo pasado fue mejor” tal y como afirman estos seres superiores inmunes al divertimento que carecen del recuerdo, que no mantienen vivas determinadas emociones, si es que alguna vez las tuvieron-), son muchos los que han despachado la creación de los hermanos Duffer con un gesto de la mano y se conforman con tildarla de “operación nostálgica”, arrugando la nariz porque huelen a naftalina. Primeramente, no es malo tener activos los vínculos con aquellos años en que empezábamos a descubrir muchas cosas gracias a películas, canciones, programas de televisión y/o libros, claro que no todos pueden revisarse porque no aguantan el escrutinio adulto del que los amó cuando era chaval (y no por eso hay que negar que en su día fueron imprescindibles), pero, ya que nos acusan de dejarnos embaucar, ya que se supone que no sabemos discernir conviene incidir en un aspecto clave: en contra de lo que esos sobre los que venimos advirtiendo afirman, no es tan sencillo convencer al rendido admirador, al impenitente seguidor, al que ha mitificado (porque nos llegaron en la edad precisa para ello) aventuras, autores, géneros, formas de narrar, hay tanto imitador, aprovechado, autoproclamado heredero para intentar apropiarse de unos laureles que no le pertenecen, proliferan las copias descaradas, los falsos homenajes que se limitan a plagiar, las -estas sí que sí- operaciones de marketing diseñadas con escuadra y cartabón, sin contenido ni fundamento, sin alma, sin capacidad evocadora, sin establecer vínculos, sin provocar disfrute, sin pasión que las alimente y convoque. Se acepta que la nostalgia es peligrosa en el sentido de que puede nublar la perspectiva y hacer tambalearse el criterio más sólidamente formado, a veces resulta indetectable o viene convenientemente camuflada para que haga efecto cuando no somos capaces de prevenir y detectar su ataque, pero también lo es (incluso es más perniciosa) para aquel que la utiliza de un modo artero, ese que juega al tocomocho con las expectativas e ilusiones del público, el que apela a lo más básico y ni tan siquiera llega a un mínimo tolerable, ese que es superficial, hueco y demuestra un escaso conocimiento sobre el asunto tratado.
   Así, mientras veíamos la gala en TVE íbamos comentando por whatsapp con unas amigas la suerte que tuvimos al ser niños, adolescentes, jóvenes en aquellos años en que sólo dos canales nos ofrecían una programación completa, variada, de enorme calidad, que se podía compartir con el resto de las familias, en la que cada estreno era un acontecimiento, nos dejamos llevar por algunas de esas sintonías que seguimos tarareando, se nos puso la voz melosa, un brillo acuoso en la mirada, experimentamos un agradable y un tanto agridulce temblor, mitad emocionado, mitad doloroso, mezcla entre la alegría de lo vivido y compartido y la pena por los que ya no están aquí para comentar el programa como tantas veces hicimos, y poco a poco me fui desencantando por la oportunidad perdida para reivindicar ese legado. Si bien es cierto que técnicamente TVE echó el resto, en lo demás se repitieron errores propios y ajenos, por momentos parecía que estábamos ante la entrega de los Goya por supuestos chistes mal encadenados, diálogos sin gracia, números musicales de pegote, vídeos lastimosos que lastraban aún más lo que ocurría en el falso directo, un mero sucederse de gente en escena, una maestra de ceremonias absolutamente desaprovechada y eso que, como es marca de la casa, Raffaella Carrà derrochó sus proverbiales simpatía, humildad y naturalidad, aplicándose a la tarea con oficio pero sin guión que la sostuviese, intentando diluir y atenuar el impacto de las múltiples fallas estructurales (y por momentos lo logró) con una sonrisa que jamás parecía forzada y una presencia hipnótica. Es tarea ímproba resumir 60 años de emisión en menos de tres horas, pero debería haberse lucido mucho más y mejor el impagable archivo de TVE, reducir los números musicales a sintonías, melodías, canciones relacionadas con aquellos programas inolvidables (sí, El lago de los cisnes es una maravilla, qué decir de La Traviata -y ese fue al menos el brindis final-, pero poco pintaban ahí -una romanza de zarzuela o un número de revista, debido a los programas de García de la Vega, podrían haber encajado mejor o, al menos, citar a García Asensio o al inolvidado Fernando Argenta para contextualizar un poco-, aún fueron menos pertinentes esas versiones exacerbadas y directamente chillonas a cargo de Marta Sánchez y Mónica Naranjo de temas de Mocedades y Camilo Sesto respectivamente o la extraña y poco acoplada pareja formada por India Martínez y Carlos Rivera para hacerse un Mecano), en un formato u otro, sobre el escenario o en las pantallas, hubiesen debido aparecer tantos rostros y nombres históricos que se lo merecían (si los que aún viven están físicamente mermados y no quieren/pueden acudir, se graban vídeos en condiciones y no esos recuerdos -algunos un tanto desafortunados- así como grabados con urgencia, torpes, con poca garra -o ninguna-), no se hubiera resentido la gala aunque se hubiese dejado fuera a un Carlos Latre que patinó estrepitosamente en una de sus actuaciones más desafortunadas (en su momento fue una Rosa López desopilante pero ayer no fue capaz de pillarle el punto, eso por no hablar de que ni se aproximó a la voz de Jordi Hurtado -era más bien, sin parecerse tampoco, Juanjo Cardenal-, hizo de Anne Igartiburu como si fuese Tamara Falcó o pareció un mal imitador de uno que cree imitar a Concha Velasco), todo hubiera ido mejor prescindiendo de Ernesto Sevilla, algo que sirve para lo de ayer y en general (al menos, en los Goya del año pasado no apareció, veremos qué pasa en poco más de un mes), no hay que empeñarse en buscar la gracia a esos que no la tienen -y muchos ni la necesitan porque su labor no es la de hacer reír- (Sergio Martín tenía su aquel en la radio, sin verle el gestito de tipo encantado consigo mismo, sin ese aire de comisario político que se le puso en cuanto le dieron un cargo y, entre otras cosas, se hizo cargante, Pedro Carreño destila ranciedad por mucho que le disfracen, Roberto Leal debe ser el más gracioso de su grupo de amigos -o así debe creerlo él y pensarlo ese que se empeña en que demuestra versatilidad y capacidad de hombre espectáculo- pero satura sólo con asomarse a la pantalla), y, sin entrar en gustos personales, por trayectoria y relevancia, lo fundamental hubiera sido agradecer tantos buenos momentos a Torrebruno, Elena Santonja, Rosa María Sardà, María Luisa Seco, Martes y 13, Rosa María Mateo, las tardes con Pepe Navarro, Andrés Aberasturi, María Casanova o Manuel Hidalgo, Lalo Azcona, Alfredo Amestoy, Pablo Lizcano, Joaquín Soler Serrano, Ramón García, Sonia Martínez, Inma de Santis, los actores que pasaron por los diferentes programas dramáticos, las series que ni se mencionaron, en fin, demasiadas ausencias e innecesarias presencias, sobre todo en el brindis final.

viernes, 2 de diciembre de 2016

(NO) EMPECEMOS POR EL FINAL







   Pido perdón por el guiño particular que supone el título del presente escrito, una humorada con código restringido que ha de ser explicada (con lo que pierde todo el chiste, ese que en realidad no tiene o en dosis mucho más reducida de lo que se pretende), no por aprovechar la coyuntura para practicar la autopromoción (aunque en muchas ocasiones se impone porque es el único modo de dar a conocer el trabajo de uno), sino para que tanto el lector leal como el despistado, llegado por azar, incauto, amable y/o generoso que se esté adentrando en un nuevo desvarío del arpa se sitúe un poco mejor en lo que empezó a fraguarse en mi mente mientras cerraba con una sonrisa La carne, la novela de Rosa Montero que Alfaguara lanzó al mercado el pasado septiembre. Empecemos por el final es el modo en que titulamos el prólogo de nuestro primer libro en común (la primera persona del plural hace referencia a un servidor y, por supuesto, a Pablo Vilbaoy), Finales de cine (editado por Alianza en 2011), aunque durante un breve tiempo fue el modo en que nuestro agente (e incluso el editor) se refería al mismo, tomando la primera frase que aparecía en el documento que enviamos con la versión que en ese momento se presentaba como final y corregida (después llegó el momento de estudiar con lupa las galeradas, rastreando erratas, incorrecciones, inexactitudes, palabras que de repente no satisfacen tanto como cuando fueron escritas -por suerte, siempre hay otras que sí e incluso sorprenden al propio autor-, esa labor de zapa ciertamente incómoda y a ratos angustiosa previa a la publicación); con ese aparente oxímoron queríamos resumir el modo en que fraguamos y fuimos dando forma al libro, cómo un día empezamos a evocar aquellos finales que habían dejado una huella más intensa en nuestra memoria cinéfila, cómo a partir de esa secuencia, a veces tan sólo una frase o una imagen, en otras varios minutos aunque en general nos deteníamos en el último plano, el instante previo a la aparición de los créditos o de ese mítico y ya desterrado (salvo excepciones muy contadas) “The End” (o “Fin” o el vocablo correspondiente en el idioma de origen de la película), cómo reconstruíamos las películas a partir de las emociones provocadas por ese final, eran ellas las que se imponían a la hora de la evocación, del análisis, del comentario, cómo la conclusión (por acertada, por coherente, por sorprendente, por innovadora, por abrir interrogantes, por resumen perfecto de los logros artísticos, por mil causas -incluso por todo lo contrario: por inapropiada, por forzada, por inane) motivaba una nueva lectura al tener ahora datos que permitían apreciar mucho mejor el modo en que se nos había conducido hacia ese lugar, cómo el conocimiento de la misma no impedía seguir disfrutando en cada revisión (¡Ay, esos golpes de efecto tramposos, rimbombantes, que sólo funcionan -si acaso- una vez!) e incluso acentuar ese deleite al comprobar cómo se había ido conformando el puzle y encajando las piezas sin que fuéramos conscientes de ello. También en ese prólogo nos preguntábamos en qué momento algo se transforma en clásico y, por lo tanto, podemos destriparlo sin temor a que alguien se queje aunque, en realidad, tenga todo el derecho a hacerlo; es decir, nosotros ya avisábamos que contábamos el final de las 77 películas seleccionadas, al fin y al cabo se trataba de eso, pero en infinidad de conversaciones, en artículos, en otras obras, en frases hechas, a deshora y sin advertirlo a los demás (pero dándonos cuenta del hecho, recreándonos en la jugada), no hay recato en, por ejemplo, hablar sobre el final de Casablanca, sobre el destino de Emma Bovary o Anna Karenina, gritar a los cuatro vientos cómo se resuelve Diez negritos, muchos que no han leído ni una página de Don Quijote de La Mancha pueden decir cómo termina porque se ha contado por activa y por pasiva, incluso Susan Sarandon y Geena Davis revelaron qué sucedía con sus personajes ante la audiencia millonaria que veía la entrega de los Oscar el año en que Thelma y Louise era una novedad para muchísimos espectadores y otros tantísimos aún no la habían visto.
   Por supuesto, y no es tirar piedras contra nuestro propio tejado, lo ideal es evitar cualquier comentario que, de forma más o menos clara, proporcione más información de la debida e impida que un nuevo lector/espectador se adentre en el conocimiento de una obra sin más datos que los que puede recolectar en forma de recomendaciones, declaraciones del creador, críticas que se ajusten a los estándares debidos e incluso, permítaseme que haga hincapié en ello porque el asunto me toca de cerca, en la necesaria ética periodística (porque otra cosa es el examen más o menos pormenorizado, el ensayo en torno a algo o alguien que, para estar sólidamente cimentado, para desarrollar el análisis, para explicar una teoría, unas conclusiones, un objeto de estudio, debe señalar ejemplos en forma de citas, construirse a partir de lo que se estudia y ahí hay que detallar intencionalidades, sucesos, personajes, diálogos, pero quien llega hasta ese tipo de trabajos sabe lo que va a encontrarse -es lo que demanda- y en muchos casos conoce también aquello sobre lo que se habla). Nunca olvidaré mi estupor (y posterior cabreo) cuando en una crítica sobre Atracción fatal, recién estrenada en España, se explicaba con pelos y señales el final (ese, por cierto, que fue añadido cuando el público de los primeros pases rechazó el original) y, por lo tanto, fue imposible experimentar la misma tensión (en el sentido de ir rumiando “¿cómo va a terminar esto?”) que mis compañeros de butaca, jamás perdonaré a Luis Antonio de Villena (entre otras cosas) que, presentando junto a Consuelo Berlanga un libro de Juan Pando el día antes del estreno de Salvar al soldado Ryan, le lanzase una andanada que incluyó revelar el destino de los personajes, el mismo que aparecía bien explícito en su artículo del día siguiente en El Mundo, sin hacer caso de los ruegos del público cuando se vio la deriva que sus palabras tomaban, contraviniendo la regla básica de toda crítica en lo que al oficio se refiere, la misma que vulneró un profesor en la Facultad (José Carlos García Fajardo, ese ser misericordioso y gran rezador, misógino y totalitario -por no decir algo peor-) con Rain Man, gritando para colmo más que en otras ocasiones porque Alejandra se atrevió a decir “¡Ay, no la cuente!” (“¿Ustedes van a ver una película sin informarse primero?”, ahora resulta que estar bien informado es saber cómo termina una historia antes de tener acceso a ella, pero ninguno replicamos, por supuesto, como para menearse cuando el tirano despotricaba). Alfred Hitchcock hizo todo lo posible por que no trascendiera el final de Psicosis en el momento de su estreno, incluso grabó una espléndida presentación en la que confundía y embarullaba un poco más la trama, hizo correr rumores, noticias falsas, todo en aras de preservar la carambola final (esa, por cierto, volvemos a nuestro prólogo, de la que hablamos dando por hecho que todo el mundo la conoce, esa que los nuevos espectadores tienen clara antes de ver la película por primera vez), del mismo modo Rosa Montero (sí, ya regreso al origen, mil disculpas como siempre por mi incontinencia verbal -y escrita-) ruega en los agradecimientos de La carne que el lector guarde silencio, que no revele más de lo necesario, que permita que otros puedan hacer el viaje literario en las mismas condiciones en que ellos lo están concluyendo en ese momento (esto no lo dice, pero lo añado inspirado por sus educadas y pertinentes palabras).
   Y no es que la novela se sustente exclusivamente en las sorpresas de las páginas finales, no es una historia de misterio o narrada en ese código, pero el modo en que la autora, con suma naturalidad, va dando la vuelta a lo que dábamos por sentado, transforma nuestra mirada de manera imperceptible pero certera, manejando los tiempos y los tonos con maestría, imprimiendo un tempo preciso y brillantemente ajustado a sus intenciones, la escritura implacable e impecable que Rosa Montero desarrolla en La carne merece ser conocida sin más, sin tan siquiera esbozar por dónde van los tiros, dejando que sea el cauce de los acontecimientos el que nos conduzca a la velocidad deseada por la autora hasta una conclusión que, más allá de la pericia con que la ha ido difuminando (puede que algún lector perspicaz sea capaz de juntar piezas), satisface y congratula porque, dejando a un lado estos aspectos que la propia Rosa pide se silencien en las recomendaciones que se hagan (esto tampoco lo dice ella, siempre humilde y discreta, lo añado yo porque me parece de justicia, porque es una novela que hay que recomendar mucho y bien alto), cuando uno cierra el volumen es consciente de haber asistido a toda una crónica ácida, autocrítica, con la dosis justa (y necesaria: démonos una vía de escape) de parodia de una sociedad muy reconocible (la nuestra -y en mi caso concreto me toca muy de cerca porque gran parte de los escenarios de mi novela son los del barrio en que vivimos, la calle Vergara es, por ejemplo, la que siempre utilizo en el paseo con Dobby para ir regresando a casa-), una novela en la que Rosa Montero ha sido muy libre, se lo ha pasado muy bien (o al menos es la sensación que a uno le inunda en cada página), ha sabido combinar a la perfección sus diferentes estilos, ha mezclado con suma habilidad su probado oficio, su autoridad a la hora de trazar semblanzas, perfiles, retratos de personajes históricos, integra a la perfección en la trama esta faceta con la de articulista de ojos abiertos, oído atento y humanidad imbatible, dejando muestras esparcidas que no interfieren en la acción (incluso la posibilitan y enriquecen) de su permanente activismo, de su inagotable capacidad para empatizar y defender al débil, al oprimido, al silenciado, al marginado y, por encima de todo, deja claro su pulso firme como novelista, arrastrando al lector con honestidad y sin artificios, con una prosa que rehúye cualquier énfasis o ampulosidad, implicando porque sabe ser cercana, porque Soledad Alegre (¡Qué nombre galdosiano más bien traído!) tiene algo de cada uno de nosotros, porque se erige en portavoz de injusticias -o que nos parecen tales- que sufrimos en el día a día (y aunque podamos poner cosas en común entre ambas, Rosa ha creado un personaje, no es su propio trasunto, no es la autora imponiéndose -de hecho, ella se reserva, con su propio nombre, una aparición muy cómica, descacharrante, toda una declaración de intenciones del aliento principal de La carne, un maravilloso ejemplo de cómo saber reírse de uno mismo-). ¡Qué gran noticia es que alguien a quien tanto se admira por sus entrevistas, por sus reportajes, por sus textos biográficos, por prospecciones íntimas tan mágicas como La loca de la casa y La ridícula idea de no volver a verte, por una distopía tan llena de poesía como Temblor, por una novela tan esplendorosa como Historia del Rey Transparente, por trabajos tan diferentes, siga explorando, reinventándose, añadiendo razones para respetarla, quererla y seguirla! (confío en haber cumplido con el pacto de no irme de la lengua, ya ven que ni siquiera he esbozado el argumento -aunque me muero de ganas por poder comentar La carne con Pablo en cuanto la termine-)

lunes, 28 de noviembre de 2016

NO MOLESTEN A LOS FANTASMAS (HABERLOS, HAYLOS)



  



 Las librerías de lance eran (y lo siguen siendo) un paraíso para aquel adolescente que leía desde que tenía uso de razón (el tío Miguel me enseñó las letras en las matrículas de los coches que estaban aparcados en el camino que recorríamos hasta la Dehesa de la Villa), sumergirse en aquellos anaqueles a punto de estallar porque los volúmenes estaban apiñados y metidos con calzador, rebuscar entre los que se amontonaban en las mesas, dejarse sorprender por lo que aparecía en la mano casi por arte de magia, encontrar lo que uno pensaba era inencontrable, rastrear hasta dar con un tesoro largamente anhelado, dejarse atrapar, envolver, cautivar por ese olor a papel manoseado o viejo que parece el perfume más embriagador cuando te asalta sin remisión al abrir un libro, acariciar lomos y portadas, en definitiva, sentirte a tus anchas, hacer realidad el sueño de estar rodeado por libros sin temor a poder quedar sepultado, envidiando a Bastián que fue abducido por La historia interminable y se transformó en uno de sus personajes, recibir innumerables impulsos y despertar (aunque rara vez estuvo, está o estará dormido) el insaciable apetito de lector voraz e infatigable. Y en una de esas incursiones, hace ya mucho tiempo, antes de reconocer el nombre de un autor al que aún no había tenido ocasión de leer (el tiempo es siempre un bien escaso para el que podría vivir en su sillón favorito, bien pertrechado, acondicionado y aprovisionado, abandonándolo lo meramente imprescindible para el descanso y las necesidades ineludibles del cuerpo) y, sobre todo, identificar un título que me había sido recomendado en más de una ocasión, un volumen impuso su presencia anunciando en la portada que me encontraba ante “la mejor historia de fantasmas de toda la literatura universal” y el tiempo se detuvo unos instantes hasta descubrir que se refería a Otra vuelta de tuerca de Henry James, como ya digo alguien sobre quien había escuchado elogios encendidos de algunos de mis maestros en la aventura lectora, quienes habían mencionado en concreto la narración que servía como título a la recopilación de algunas de sus novelas cortas (o relatos largos, como se prefiera, en realidad una mezcla de seis piezas de variada extensión, hay una -Lo mejor de todo, traducido como el resto por Soledad Silió- que ocupa menos de veinte páginas mientras que otras -En la jaula y la que da nombre al conjunto- se desarrollan en unas cien) que se presentaba como manjar apetitoso y no tardó en ser abonada junto a las otras piezas hechas mías aquella tarde. Poco podía imaginar que lo que iba a descubrir entre sus páginas era mucho más de lo que esperaba porque Henry James practicó con maestría, esmero y profusión diferentes géneros, estilos y longitudes según lo que cada narración precisase, y a la sorpresa inicial de que Otra vuelta de tuerca no fuese una historia de fantasmas al uso (al menos no respondiese a aquello que uno, aún en pañales en el asunto, tenía como esquema clásico y recurrente) se fue sumando el hecho de que sus compañeras de volumen fuesen, como suele decirse, cada una de su padre y de su madre, en el sentido de que, más allá de ciertos rasgos estilísticos, de ciertas características comunes, de la firmeza en el trazo, de la hondura psicológica, de un pulso que reconocer como sello del autor, poco tenían que ver entre sí e incluso algunas no podían ser catalogadas de “historias de fantasmas” (aunque entre ellas se encontraba El banco de la desolación, una de las cumbres jamesianas), pero no me sentí estafado porque con lo que temblé gracias a Otra vuelta de tuerca me llegó para el resto, al margen de que James sabe provocar angustia, aprensión, malestar, incomodidad o terror de mil formas distintas y de manera sutil, imperceptible, te rodea de una atmósfera ominosa y opresiva antes de que puedas percatarte de ello, y cuando te das cuenta ya es tarde para abandonar la lectura (y el miedo se experimenta con sumo placer gracias a su deslumbrante prosa).
   Seguí picoteando aquí y allá en la producción del autor nacionalizado británico al final de su vida aunque nacido en Nueva York, pero el acicate definitivo para convertirme en uno de sus más rendidos admiradores lo recibí, como tantas cosas, cuando conocí a Pablo, apenas habíamos cruzado unas cuantas conversaciones (varias a través del ordenador) cuando, compartiendo desde el principio pasiones literarias, me dijo que le gustaba mucho escribir y que se conformaría con tener una sola obra, no le importaría no ser capaz de nada más, siempre que esta pudiese ser comparable a Retrato de una dama. Puesto que la adaptación de Jane Campion me había dejado bastante frío, la novela llevaba mucho tiempo en casa pero no había pasado de hojearla un tanto distraídamente en alguna ocasión, como los lazos afectivos se iban estrechando a gran velocidad, puesto que Pablo iba a venir a Madrid en breve, pensé que nada mejor que hacer coincidir su vista con mi lectura, auspiciado por los elogiosos, vibrantes y emocionados comentarios con los que Pablo me fue allanando el camino para que esa obra magistral que deja pequeño cualquier adjetivo por muy encomiástico que sea me obligase a pasar páginas casi en un estado delirante (y son unas cuantas, depende de la edición: Penguin Clásicos la publicó en 2015 en la misma colección que el volumen que en seguida desgranaremos y en esa oportunidad alcanzó más de 800), bebiendo el texto con ansia pero pudiendo deleitarme, perplejo ante la brillantez de un autor prolijo y detallista que, al mismo tiempo, sabe mantenerse en una ambigüedad e inconcreción que permite a los personajes mantenerse vivos, no caer en lo arquetípico, guardar alguna sorpresa, ser tan enigmáticos como, incluso sin pretenderlo, nos resultan los que nos rodean o podemos serlo nosotros para los demás, no siempre es fácil adivinar cómo actuaremos a continuación, resulta imposible tenerlo todo previsto, James es un maestro en despejar incógnitas aunque su hábitat casi natural es la tierra de nadie, lo que no puede explicarse, lo que sencillamente sucede, esas zonas de penumbra que nunca somos capaces de iluminar convenientemente, la rareza cotidiana de vivir y convivir, en realidad, la mayoría de sus historias podrían ser consideradas de terror, de una forma u otra, en un sentido muy amplio, una de sus máximas virtudes (y abunda en ellas) es la de mezclar lo real con lo sobrenatural hasta conformar un conjunto indisoluble, algo fácilmente perceptible si estamos mínimamente atentos y no nos encastillamos tras el racionalismo más atroz y reduccionista, no hace falta tener una imaginación desbocada (de hecho, no es buena consejera en estos asuntos) para percatarse de los variados sucesos que protagonizamos o de los que somos testigos y que después somos incapaces de narrar, concretar, explicar(nos), comprender, desentrañar los porqués o el cómo.
   Todos estos aspectos y otros muchos quedan perfectamente desarrollados (y disfrutados) en el gozoso volumen que, con el título genérico de Fantasmas, Penguin Clásicos editó a principios de 2016, siguiendo la recopilación que Leon Edel, una de las máximas autoridades (si no la máxima) en Henry James, llevó a cabo en 1948 de los dieciocho relatos del autor que se han considerado de temática fantástica, aunque se ha optado por incluir el prólogo y los prefacios a cada narración (reveladores y apasionantes, pero, como el propio Edel indica, es conveniente dejarlos para el final, leerlos como complemento y, así, evitar revelaciones que estropeen las inevitables y deseadas sorpresas de una primera lectura) que el editor y estudioso reelaboró y añadió para la edición definitiva de 1971, titulada Stories of the Supernatural para incidir en los aspectos psicológicos y dar cuenta del interés de James por las ciencias ocultas. Fantasmas sólo ofrece doce relatos, puesto que Otra vuelta de tuerca ha tenido su propio volumen en la colección, al igual que los cinco restantes aparecieron en la antología titulada Relatos, llevada a cabo por Luis Magrinyà y también aparecida en el mismo sello, pero eso no supone ninguna merma ni se resiente la calidad del conjunto, en parte porque a Henry James siempre se le está descubriendo, siempre resulta nuevo, porque cualquiera de sus páginas merece un lugar de honor, porque ya en sus cuentos más tempranos se percibe el talento aunque sea incipiente, aunque se pliegue a ciertas convenciones, aunque aún titubee y esté probando, la ordenación cronológica de Fantasmas permite comprobar su evolución, cómo fue dejando atrás rémoras o vicios de principiante, cómo fue desplegando su incontenible arte, cómo fue llenando su pluma de intenciones, de puntos suspensivos, de matices, cómo fue engrandeciendo su prosa, cómo regresó a temas que le preocupaban, cómo trabajó incansablemente, cómo cuidaba, meditaba y no descuidaba ningún detalle, cómo, sin artificios ni alardes de virtuosismo, sin obviedades ni simplezas, fue descorriendo velos o, cuando le convino como recurso dramático, añadiendo los propios a las peripecias vitales de sus personajes. El volumen se completa con ¿Hay vida después de la muerte?, un ensayo aparecido en Harper´s Bazaar en 1910, quizás excesivamente teórico, pero que demuestra el concienzudo trabajo de investigación y documentación que Henry James llevaba a cabo antes de escribir, combinando intereses particulares con el deseo de responder algunos interrogantes que, quien más quien menos, todos nos hemos planteado en alguna ocasión, motivo por el que sus historias siguen cautivando y han trascendido cualquier género en que puedan ser englobadas, razón por la que sus escritos son más pertinentes y actuales que muchos de nuestros contemporáneos, no hay más que abrir Fantasmas por dónde se quiera, incluso al azar (me permito recomendar por encima de los demás, El alquiler del fantasma -con traducción de Carlos Pujol y Vicente Riera-, Nona Vincent -con traducción de Luis Magrinyà- y La vida privada -con traducción de María Luisa Balseiro-), para confirmar (o descubrir) que la prosa de Henry James está en plena forma, lista para ser vivida (y sentida)… incluso más allá de la propia vida (y como el propio autor dijo, si alguien opta por no creer en los fantasmas porque así se siente más seguro, que al menos no los moleste… por lo que pudiera pasar).