jueves, 23 de noviembre de 2017

A VECES, PRIMERAS PARTES







   Siempre ando preparando varios textos a la vez, bien porque ando con dos o tres lecturas que me inspiran para hacer sonar el arpa (es una superstición que adquirí en los años de radio: tengo que tener más de un libro empezado, aunque de repente me centre en uno de ellos hasta terminarlo y aparque los otros -normalmente, los voy alternando-), bien porque tengo material de entrevistas al que dar salida, bien porque mi ritmo de escritura (hay épocas bastante prolíficas y otras en que dilato en exceso ponerme a la tarea) provoca que tenga en la nevera mental y anímica diferentes escritos, a veces la actualidad se impone y reclama atención, otras sucede alguna de esas epifanías que no deseo reprimir ni guardar demasiado, puede que tenga decidido publicar sobre algo pero después la inspiración (o el estómago) dirige mis pasos hacia otro asunto, el caso es que hoy es de esos días en que tenía muy claro sobre qué quería escribir y así va a ser, más que nada porque quiero que lo de hoy, de alguna manera y como guiño a lo que se va a contar, sirva como pórtico a la siguiente entrada del blog, la que tengo intención de dar a la luz mañana pero aunque al final se retrasara hasta la próxima semana sería la primera en aparecer tras la de hoy, eso puedo prometerlo, no porque la una necesite a la otra ni al revés, sino porque me divierte crear este díptico hoy que nos centraremos en una miniserie británica que es aquello que se ha dado en llamar precuela pero que, si nos ponemos estrictos, si ordenamos las obras cronológicamente por lo que cuentan sería la primera parte (y, por eso, más allá del homenaje a las películas seriadas que disfrutaba de chaval, para que las cuentas saliesen y nadie pudiera acusarle de aprovechado si la cosa iba bien y podía contarlo todo -aunque lo mejor habría sido dejarlo en manos de otros-, George Lucas empezaba La guerra de las galaxias indicando que era el cuarto episodio de una saga -de hecho, su título específico es Una nueva esperanza-). Y es que se da la circunstancia de que hace poco tuve el placer de leer y entrevistar a Clare Mackintosh con motivo de la publicación en España de su segunda novela, Te estoy viendo, autora británica que es una dignísima heredera de las grandes señoras venidas de aquellos lares que tantas alegrías han dado y dan a los adictos a la novela criminal/policiaca/negra, entre otras cosas que no hay que anticipar ahora porque tendrán su espacio, compartimos entusiasmo por algunas de las series producidas allí (en general, pero centrando mis alabanzas en las pertenecientes al género que ella escribe), al haber trabajado en la policía puede juzgar como pocas aquello que tanto agradecemos los espectadores, es decir, el realismo (y afirma que, en ese sentido, se llevan la palma Line of Duty y Happy Valley –“It´s the best!”-), recordé ese momento de la conversación estas noches en que vimos Principal sospechoso 1973, motivo que me ha parecido suficiente para establecer lazos comunicantes entre lo de hoy y lo que vendrá a continuación para, así, transformar una vez a la miniserie citada en precuela de otra cosa, puesto que la entrevista se produjo antes pero en el arpa sonará después (sí, es una simpleza, una de esas cosas tontas que a uno se le ocurren demasiadas veces, perdón).
   El de Jane Tennison es uno de los roles míticos de la portentosa Helen Mirren, quien le dio vida en siete ocasiones entre 1991 y 2006 en la serie Principal sospechoso, emitida en formato de miniseries independientes por más que sea recomendable verlas cronológicamente para ir asistiendo a la evolución/involución del personaje, para comprender mejor la parte anímica, personal, íntima, tan o más importante que la investigación en curso o el misterio a resolver (de hecho, aunque el resultado sea muy interesante y a ratos apasionante, se diría que, en líneas generales, a los guionistas les importa bastante poco o se les olvida que se supone están contando una historia policial). Aunque la creó para la televisión, Lynda La Plante transformó en novela los tres primeros casos de Jane Tennison (que son los que ella escribió, en el resto de guiones no intervino) y en 2015 resucitó a su personaje para contar lo que no se había visto en la pequeña pantalla, es decir, cuáles fueron sus inicios en la policía, cómo fue escalando puestos, cómo se fue forjando su personalidad, a qué tuvo que enfrentarse, una precuela en toda regla que inauguraba una serie que, hasta el momento, conforman tres novelas; parecía lógico que el personaje regresara, nunca mejor dicho, al lugar del crimen, al medio en que se hizo famoso y, así, la ITV estrenó en marzo de este año la adaptación de la primera novela, la que sólo se titula con el apellido de la protagonista pero que en su trasvase a lo audiovisual, en parte como reclamo hacia los muchísimos seguidores logrados, se puso bajo los auspicios del título original, aquel Principal sospechoso de 1991 que dio comienzo a todo, indicando con la fecha añadida -1973- que saltábamos en el tiempo hacia atrás, sin engañar a nadie y dejando las cosas muy claritas.
  Esta nueva entrega centra un elevado porcentaje de su duración (seis capítulos de 45 minutos) en el trabajo policial, en el procedimiento, en la investigación, es todo un regalo para los que gustamos de ese tipo de narración, se inscribe en una tradición que mantienen viva (por no irnos de televisión) y como ya se señaló seriales como Happy Valley, Line of Duty, Vera o Broadchurch (aunque esta ya ha terminado -pero no conviene olvidar que Principal Sospechoso espació sus entregas a lo largo de quince años, no perdamos la esperanza de un regreso-), aunque a la autora no le ha gustado la adaptación llevada a cabo puesto que se ha quejado de que a veces han desdibujado a Tennison, le han restado importancia, han hecho cambios sustanciales que afectan al tono, no digo que sea en concreto por la presencia de lo meramente policial pero el caso es que le ha molestado que el aspecto psicológico haya quedado en segundo plano, aunque a uno le parezca todo muy equilibrado y armonizado, si bien es cierto que, aunque todo empiece con ella, al principio no deja de ser una más del equipo que investiga, la historia no se centra específicamente en ella ni se cuenta a través de su mirada y sentimientos, al menos en los primeros capítulos, puesto que, poco a poco, el personaje va tomando cuerpo, empieza a destacar, le suceden cosas que influyen de una forma u otra en su trabajo y en la resolución del crimen con que comienza la serie, a un servidor le parece muy satisfactorio el conjunto y, en concreto, el ritmo dado a la narración y la manera en que se va poniendo en juego las diferentes piezas. Stefanie Martini tiene sobre sus hombros la titánica tarea de hacer olvidar a Helen Mirren viéndose obligada a hacerla presente, es decir, ha de resultar creíble como la joven que con el tiempo se convertirá en la Tennison adulta a la que ha dado vida, sangre, presencia, carácter, alma, inmortalidad una de las intérpretes más prodigiosas que verán los siglos y, al mismo tiempo, no quedarse en una burda imitación, reto del que sale más que airosa pero, indudablemente, no bien parada del todo de la en este caso inevitable comparación con su predecesora y es que Helen Mirren sólo hay una.
   El caso es que esta buena muestra de cómo hacen televisión los británicos queda como pieza única, puesto que la creadora se ha negado a seguir cediendo los derechos para que conviertan a su criatura en otra cosa distinta a lo que ella ha escrito y, qué quieren que les diga, la noticia no puede resultarme más nefasta, al margen de por lo mucho que he disfrutado con la serie porque quería saber más sobre el personaje y su trabajo, porque me he sentido muy bien acogido como espectador (como en tantas ficciones británicas, da igual el género) en esa comisaría tan real, tan verosímil, con esos policías (hagamos hincapié en lo masculino) que miran por encima del otro a sus compañeras recién llegadas, que se imponen a fuerza de misoginia, paternalismo, autoritarismo (que no es lo mismo que autoridad), soberbia, miedo a reconocer méritos, a sentirse y saberse (según en qué) inferiores, creo que todos esos aspectos humanos (o todo lo contrario) están muy bien reflejados en pantalla, no sé exactamente por qué se ha molestado tanto Lynda La Plante, pero la solución es fácil y más en alguien de su experiencia televisiva: que se ocupe directamente de la adaptación o supervise todo el proceso, que intervenga más, que se fíe menos, que cambie de canal, que haga lo que sea, pero que no nos deje así (y, ya de paso, animar a alguna editorial española a que traduzca alguna de sus novelas).   

miércoles, 22 de noviembre de 2017

VIAJE A LA SEMILLA







   Hace pocos días, después de sufrir una relativa decepción con Verónica (en parte porque no somos admiradores de Paco Plaza, quien nos parece uno de los máximos ejemplos en ejercicio de cineasta sobrevalorado -sólo su, por fortuna, único episodio de El Ministerio del Tiempo, todo un despropósito de comedia chusca con recital incluido del insufrible Raúl Cimas, es como para rogar que tarde mucho en volver a ponerse detrás de una cámara-, en parte porque las buenas perspectivas nos fueron arrancadas de cuajo cuando la experta autoproclamada -de nuevo- se rindió sin paliativos -lo que era de esperar porque jamás apea al director de títulos como “genial”, “maestro” y encomios similares), recordábamos que los actores infantiles de la cinta, los fabulosos Bruna González, Claudia Placer e Iván Chavero (especialmente este último que mira con una intención y una adecuación al personaje, con una seguridad y una capacidad de transmisión que ya quisieran intérpretes más veteranos -y premiados y/o considerados “genios” y hasta “instituciones” por la misma interfecta de arriba y algunos de su cuerda-) no pueden competir por un Goya porque, un buen día, los académicos, para evitar que los chavales copasen la nómina de ganadores (y dejasen en pañales a los adultos), decidieron que hay que ser mayor de 16 años para poder ser candidato o candidata en las dos categorías que se apellidan “revelación” (es decir, que si esta absurda restricción la hubiesen aplicado desde el principio se habrían quedado sin premio, por ejemplo, el Juan José Ballesta de El Bola, la Ivana Baquero de El laberinto del fauno o los Francesc Colomer y Marina de Pa negre). Estos dos galardones, todo hay que decirlo, han dado ciertos quebraderos de cabeza desde su creación (no fue hasta la novena edición de los Goya cuando empezaron a entregarse), puesto que en sus bases figuró durante un tiempo (al menos, en unas que pude leer un año, precisamente porque se discutía ese aspecto y alguien demostró tener razón al esgrimir el documento) que se premiaba una “primera interpretación”, es decir, un debut (en la actualidad, se ha añadido el adjetivo “destacada”) aunque tampoco es que hicieran mucho caso ya que, paradójicamente, Saturnino García fue, a sus 59 años y tras haber participado en diferentes series y películas, quien se llevó el primer Goya como actor revelación y a él se fueron sumando nombres como los de Santiago Segura, Carlos Álvarez-Novoa o José Ángel Egido, podemos citar a Isabel Ordaz, Laia Marull o Soledad Villamil en la categoría femenina, ninguno puede ser considerado debutante, sí revelación por más que éste sea un concepto bastante subjetivo, puesto que si uno ya se había fijado en aquel intérprete que decía tres frases, si aquella actriz llamó nuestra atención en una breve aparición, si uno (y muchos) era capaz de llamar por su nombre (e identificar) a gentes como Walter Vidarte, Fernando Ramallo (que fue nominado al año siguiente de hacerse popular -y cuando hubiese sido un candidato natural- gracias a La buena vida), Silvia Abascal (los académicos no debieron ver El tiempo de la felicidad y por eso les pareció una revelación en La fuente amarilla) o Luisa Martín, como se viene diciendo, es bastante relativo cuándo se revela alguien, por más que haya momentos, hitos, puntos de no retorno, famas a las que es fácil ponerles fecha de inicio.
   Más allá de haberme ido por las ramas (que lo he hecho sin recato como tantas veces), lo anterior tiene un sentido en lo que hoy quiero contar, porque, a pesar de las vueltas y revueltas, quería llegar a este hecho: centrándonos en la literatura, que es lo que toca hoy (pero el cine siempre es un buen compañero y proporciona un estupendo prólogo), conocemos a muchos autores cuando la revelación ha pasado, es decir, cuando ya han conseguido un éxito, una repercusión, un reconocimiento, es aquello sobre lo que escribí cuando Alice Munro obtuvo el Nobel y un servidor nunca la había leído (por si a alguien le interesa o, gracias, gracias, gracias, quiere volver a leerlo:   https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2013/12/leer-con-el-nobel-sobre-la-cabeza.html), era imposible ser un lector virgen, lo es en la mayoría de las ocasiones en el sentido de que alguien te hace una recomendación, lo alaba esa persona de cuyo criterio te fías, te lo dice un amigo que conoce tus gustos y con quien sueles coincidir, la autora, como en este caso, trae un Nobel bajo el brazo, no repetiré el texto cuyo enlace tienen ahí mismo, me quedaré con la circunstancia, que tantas veces se da, de que uno ha prestado poca o ninguna atención a la producción de ésta o aquel y, de repente, puede que por azar, puede que por un premio, puede que por decisión propia, se abre uno de sus libros y experimenta la revelación en primera persona, da igual que sea una ópera prima que el título número veinte que alguien ha publicado, tal vez, como se dijo, en alguna ocasión anterior no se había enganchado del mismo modo con el autor o se le desconocía totalmente, el caso es que, si tiene más obra publicada, uno se pone a buscarla y recopilarla con el fervor del nuevo adicto, queriendo conocer todo sobre ese para nosotros descubrimiento, viviendo nuestro particular deslumbramiento propio del camino a Damasco, llegando a los orígenes, esos que apenas tuvieron ventas, que no merecieron reseñas (o palabras que algunos intentan borrar o sepultar con grandilocuencias actuales -¡Ay, esa hemeroteca implacable!-), que fueron rechazados (también hay informes de lectura y palabras de editores que sería muy interesante y revelador recuperar) o que, todo lo contrario, gozaron del favor del público, del beneplácito de la crítica, del interés generalizado.
   Y todo este maremágnum de reflexiones (o lo que sean), que sólo pensadas puedo prometerles parecían conformar un discurso más coherente y menos abstruso, me lo ha motivado la lectura de El móvil, la considerada primera novela de Javier Cercas (aunque él se refiere a su criatura como “relato”) reeditada por Literatura Random House con motivo del estreno de su adaptación cinematográfica -El autor, dirigida y escrita junto a Alejandro Hernández por Manuel Martín Cuenca-, puesto que no he dejado de preguntarme (antes, durante y especialmente después de leerla) cómo la hubiese afrontado y recibido de haber caído en mis manos cuando se publicó por primera vez, en 1987, sin conocer al escritor (ni al cineasta, que eso también pesa en el ánimo, puesto que su cine suele provocarme más bostezos que satisfacciones y, en lo que puedo juzgar, desconfío de su gusto literario -si elige una novela para llevarla a la pantalla debe ser porque encuentra algo interesante en ella-, puesto que La flaqueza del bolchevique que transformó en imágenes en 2003 -y por la que María Valverde obtuvo un Goya como actriz revelación que se antoja excesivo (ya ven que, a pesar de las aparentes digresiones, al final voy atando cabos)- me sigue pareciendo, según conozco otras, la novela menos afortunada de Lorenzo Silva). Debo decir, aunque no será la primera vez que lo haga, que no compartí el entusiasmo casi unánime que provocó Soldados de Salamina, sólo me parecieron apasionantes sus primeras setenta páginas o así, las que se centran en Sánchez Mazas, todo lo demás me parece un pastiche, un añadido, una historieta sin gracia, defectos, por cierto, que también achaco a todo lo demás que he leído de Cercas, una delectación por el subrayado que mueve a pensar que no tiene confianza en el lector, un enrocarse en una imagen que funciona como recurso durante cierto tiempo pero termina deviniendo en reiteración irritante (y, lo que es peor, previsible), una querencia excesiva por un humor chusco (en el modo en que lo utilizan en Perú, o sea, como sinónimo de tosco) que no sabe hacer encajar (al menos para quien esto escribe) con el tono general de la narración, un rellenar páginas para engordar un volumen, una anécdota estirada en exceso (o una historia breve a la que se suman otras que no le aportan).
   En El móvil, aunque sólo sea por su extensión (poco más de ochenta páginas lo que es el relato en sí -y eso dejando en blanco las pares si el capítulo anterior terminó en impar para que el siguiente empiece del mismo modo-), no aparece esa tendencia tan acusada al desbarre, al diríase estrambote, al eterno regreso al punto de partida (al instante que se anatomiza o al detalle que se pormenoriza, a aquella frase más o menos afortunada que se transforma en estribillo o en mantra), pero el propio autor, recordando a André Gide y su afirmación de que “el primer libro de un escritor alberga en germen toda su obra futura”, reconoce en el prólogo que, aunque en apariencia es muy distinto de su producción posterior, pues “carece, por ejemplo, de la dimensión histórica y política” de algunos de los títulos que más prestigio le han conferido, ya puede encontrarse aquí “un componente lúdico, irónico, metaliterario y hasta encarnizadamente formalista” y los temas centrales de El móvil, “la vocación literaria, la responsabilidad del escritor y los límites de su ética, las relaciones sutiles e inextricables entre lo real y lo inventado”, han reaparecido en sus novelas posteriores en mayor o menor grado. Apreciando su labor como articulista, tal vez por la necesaria brevedad, por el espacio limitado, porque ese ir y volver a determinada idea, si se sabe dosificar y enhebrar con soltura, dota a ese tipo de textos de viveza y agilidad (se estará de acuerdo o no con lo expuesto, pero no se puede negar lo bien armado que queda el discurso, lo sólidos que se construyen y presentan los argumentos), Cercas sigue sin parecerme un novelista apasionante, todo lo contrario, se le ve el armazón para mal, es fácil anticipar los supuestos giros y si no se hace tampoco el resultado provoca auténtica sorpresa, tal vez la sensación es aquí más acusada que en otras lecturas porque, por más que Francisco Rico sostenga lo contrario, se notan los titubeos, la inexperiencia, la escritura si se quiere cerebral, demasiado pegada a la teoría, al concepto, a una voz narradora que se intuye ahogada por muchas a las que parecerse (o no, puede que se quiera huir de lo leído por más que, inconscientemente, empape lo escrito y, al final, no parezca fluir sino quedarse en remedo -y a uno le sea inevitable encontrar ecos de Borges, de Saramago, de Cortázar-). Como en la película se han añadido personajes, situaciones e incluso intenciones que no están en el original, poco puede intuirse leyendo El móvil de qué puede ser El autor, aunque parece que se coincide con los que han visto (y, en general, alabado) el filme en lo que es todo un hallazgo, al menos en la novela (que es de lo que puedo hablar): el personaje de la portera, una especie de alivio cómico muy matizado y bien jugado con una pátina melancólica que aporta sombras y que, ella sí, demanda más atención, más desarrollo, más páginas en las que, puedo anticipar, me sumergiría con ganas y buenos auspicios, nunca se sabe cuándo, cómo y por qué se va a vivir una revelación, nueva oportunidad que, por otra parte, no a todos los autores se concede cuando se han hecho varias intentonas -eso, aunque no lo parezca, se pretende un elogio, por más que sea pequeño, para Javier Cercas-.     

viernes, 17 de noviembre de 2017

EL MUSICAL SE CANTA EN FEMENINO






  Viajar a Londres es un anhelo constante, más ahora porque la economía no lo permite con la misma asiduidad que antes (en realidad, desde hace un tiempo lo imposibilita, ya menguaron demasiado o se agotaron los ahorros y los que quedan hay que dedicarlos a gastos inevitables -sí, nos hemos consentido alguna locura que otra en estos años, pero bien que nos hemos privado de muchas cosas para poder hacerlo-), siempre quedan sitios por conocer, la mayoría de los visitados reclaman nueva o mayor atención, es una ciudad que siempre apetece, esta razón puramente egoísta lleva a mirar con malísimos ojos (y no comprender) el abstruso asunto del Brexit, por más que los ingleses sean tan particulares, es parte de su encanto (porque, eso sí, gustan para visitarlos, para pasar unos días, para poder echarlos de menos y, como se dice, desear el regreso que en este caso -lo siento, Gardel- se quiere y mucho), el atractivo turístico reside en gran medida en la posibilidad de hacer una inmersión en un universo que hemos sublimado gracias a películas y series de televisión, y, claro, además (fundamentalmente) está esa cartelera teatral ante la que los ojos hacen chiribitas que dejan en nada a las inimitables de Marujita Díaz, ante la que el pulso se acelera llegando a límites peligrosos, ante la que extasiarse una y cien veces, razón principal que obliga (invita, tienta o anima, aunque no hace falta mucho para ello, serían verbos más adecuados) a regresar porque van llegando nuevos espectáculos tan apetecibles (y en un porcentaje muy alto, fabulosos) como los ya disfrutados. Y uno de nuestros máximos sueños desde hace ya varios años (sobre todo desde que se repuso Carrusel, el único musical de Rodgers y Hammerstein que nos desagrada) era que El rey y yo regresara a Londres (desde que empezamos a viajar asiduamente, sólo tengo registrada una breve temporada en el Royal Albert Hall en junio de 2009 -y por allí anduvimos poco después, empezando julio, mis compromisos laborales no permitieron cuadrar más fechas que aquellas en que, y no hay quejas por ello, gozamos con A Little Night Music y Sister Act, al margen de ver a Helen Mirren como Fedra en el National Theatre-), más aún desde que su reposición en Broadway en 2015 supuso para la soberbia Kelli O´Hara el Tony que le había sido negado en cinco ocasiones anteriores y hoy empezaron a llegar notificaciones de las páginas que hemos utilizado en otras ocasiones en que se anunciaba que salían a la venta las entradas para El rey y yo, transferido desde Broadway con la mismísima O´Hara y Ken Watanabe como cabeceras de cartel. ¡Ay, si los hados, la fortuna, el mercado laboral, lo que deba ser se pusiesen un poco de nuestro lado! Nunca se ha exigido demasiado, sólo un trabajo mínimamente remunerado y con cierta continuidad, aunque no importa si hay que recurrir (de hecho, se buscan, proponen, reclaman, pero ni por esas) a colaboraciones aquí, allá y donde sea, como las hormiguitas, sumando de esto y de lo otro, nunca ha importado qué, cómo o dónde, el caso es poder considerarse empleados (porque activos, como contraposición al feo término “parados”, hemos seguido estando, a la vista ha estado y está).
   Por eso, y porque Pablo tuvo y puso el empeño en que yo regresase al micrófono, a un estudio de radio no como invitado para hablar de nuestros libros sino como profesional, nació Destino: Wonderland, como escaparate, para que constase que se seguía aquí (que en seguida hay quien se convence de que lo has dejado, de que ha sido decisión propia), como el mejor currículum posible, como actividad y actualidad que ofrecer a cualquier empleador (si es que los hay que, perdón por la escéptica generalización, uno empieza a dudarlo seriamente -al margen, claro, de poetas hueros y demás intrusos y enchufados que ni con agua caliente despegan sus ventosas-), como posibilidad real de continuar en y con el oficio, hablando de nuestras pasiones, compartiéndolas con aquellos que las hacen posibles, es decir, actores, cantantes, escritores, directores, artistas, cómplices generosos que apoyaron y elevaron el proyecto (sin olvidar la inestimable y necesaria colaboración de jefes de prensa que no atienden a índices de audiencia o número de oyentes certificados -o dado por bueno- sino a quiénes van a hacer la entrevista), así, durante casi cien programas reunimos un elenco de primeras figuras, amigos de los que nunca fallan y a los que se puede considerar de ese modo con todas las letras y todo el afecto, gente que respondía con cordialidad y sin titubeos ni pegas (más allá de las lógicas de horarios, traslados, rodajes y funciones), todo un lujo y un disfrute hacer radio junto a Pablo de nuevo y vivir momentos sencillamente mágicos con, por ejemplo, Marta Valverde (y su hermana Loreto y su sobrina Judith), Juan Carlos Rubio, Bibiana Fernández, Antonia San Juan, Armando Pita, Inma Mira, Víctor Ullate Roche, Andrés Arenas, Daniel Grao, Silvia Gambino, Luis Ramiro, Edith Salazar, Alberto Vázquez, Carlos Hipólito, Carmen Conesa, Natalia Millán, Maribel Verdú, Carmen Machi, Ainhoa Cantalapiedra, Conchita, Marta Ribera, Christian Rodríguez, Paco Cabezas, la lista es casi interminable, para aquellos que no conozcan el programa o para los que quieran repetir o buscar los podcasts que no escucharon, pueden encontrar todos en el siguiente enlace: http://prnoticias.com/podcast/ondaarcoiris/autor/708-destinowonderland. Y llegó a su fin abruptamente, ya lo anticipé en septiembre cuando recuperé para este blog las entrevistas grabadas para el que tendría que haber sido primer programa de la tercera temporada, ese que nunca llegó, aquel para el que nos reunimos con Daniel Freire, Eva Isanta, Manu Baqueiro y Sara Rivero, ya conté alguna cosa más por Facebook que ahora no me apetece repetir, el caso que Wonderland sigue en nuestros corazones, seguimos habitándolo, pero por el momento sólo para nosotros.
   Y aunque pudiera parecer que este segundo párrafo tiene poco o nada que ver con el primero, en realidad están muy relacionados porque la noticia antes comentada del desembarco londinense del montaje de El rey y yo galardonado en Broadway se sumó a uno de los muchos recuerdos que en este tiempo vengo recuperando de la fructífera historia de Destino: Wonderland, aquel de la visita de las intérpretes del divertidísimo y meritorio espectáculo El lamento de las divas, aquel en que nos enzarzamos en una discusión (tal vez un poco más violenta de lo deseable, sobre todo porque no nos dimos demasiada posibilidad de réplica, porque no hubo intención de escuchar los argumentos dados -o que se intentaron aportar-, porque el asunto hubiese merecido más tiempo) sobre los roles femeninos del musical, algo que, con indudable gracia y portentosas facultades, reivindicaban en escena el trío de artistas pero que, hablando como espectadores amantes del género, como forofos de tantas grandes señoras que lo han hecho inmortal, parecía una queja un tanto injusta que, por otro lado, al convertirse en el centro distorsionaba un poco el (necesario) discurso que todavía hay que esgrimir para reclamar la que debería ser imprescindible igualdad laboral. Y es que nos pareció que las artistas hacían una relectura muy parcial y exacerbada de personajes que se antojan fabulosos, que confieren categoría de estrella, que se transforman en favoritos del público, que proporcionan fama, brillo e inmortalidad, que maltratar con ojos del siglo XXI a, por ejemplo, la Christine de El fantasma de la Ópera o la Fantine de Los Miserables (como también se hace con Emma Bovary, Ana Ozores, su tocaya la Karenina, personajes fascinantes más allá de ser hijas de su época -aunque las intenciones de sus autores no estén teñidas de la misoginia de que a veces se les acusa, no creo que Fermín de Pas o Karenin salgan bien o mejor parados en el modo en que son retratados y, si se quiere, juzgados por sus creadores-), calificarlas de cursis o de pobres desgraciadas es decir muy poco de ellas, degradarlas, obviar que sus temas son los que más se tararean y recuerdan, que, sin ir más lejos, Lloyd Webber escribió la adaptación musical de la novela de Gaston Leroux a mayor gloria de Sarah Brightman con una partitura endiablada que deja en pañales a la parte del personaje que da título a la historia, que considerar en bloque que los roles apetecibles se los llevan los hombres supone cargarse de un plumazo a Sally Bowles, Mamá Rose, Velma Kelly, Roxy Hart, Norma Desmond, Fräulein Maria, Elphaba, Glinda, María Magdalena (con la canción estelar), Grizabella (si canta Memory no sé qué más se puede desear), Eliza Doolittle, Mame, sólo se salvaba de la quema Eva Perón, Evita, según la más enterada (y la que no echaba ningún humor a la historia, no como sus compañeras) porque al menos da nombre al musical y centra la acción (¡Ay, hija mía, qué pasada de vueltas vas siempre!), y se quedaba tan ancha (bueno, lanzando unas miradas que mejor no recordar). Pues no sé qué dirían del asunto Liza Minnelli, Ethel Merman, Gwen Werdon, Chita Rivera, Patti Lupone, Mary Martin, Idina Menzel, Kristin Chenoweth, Yvonne Elliman, Elaine Page, Julie Andrews, Angela Lansbury, Glenn Close, Betty Buckley, Connie Fisher, Kerri Ellis, eso por no salirnos de los personajes citados y no venirnos a España (ya que, además, algunas de las posibles han sido nombradas en su paso por Destino: Wonderland), sin olvidar, por supuesto, a la protagonista de El rey y yo, Anna Leonowens (de cuyas memorias nació todo, primero novela, luego película, después musical, también convertido en película), escrito a la mayor gloria de Gerturde Lawrence, por más que saborease muy poco el triunfo puesto que un cáncer implacable pondría fin a su vida poco más de un año después del estreno, impidiéndole actuar en diferentes ocasiones, mermando sus enormes facultades casi desde el principio. ¿Cómo quedarnos sin sumar otra gran dama, otra artista imprescindible a la que ovacionar y jalear? ¡Kelli O´Hara, espéranos, por favor!