jueves, 14 de diciembre de 2017

LA VIDA ES ETERNA EN CINCO MINUTOS






   Hoy es de esas veces en que me arrojo al teclado, casi sin pensarlo, sin tiempo para meditar, dejándome llevar por la emoción, antes de poder sopesarla, matizarla, analizarla, tal cual me ha venido y me ha hecho publicar en Facebook una de esas reacciones urgentes y que tanto revelan porque son las espontáneas, las sinceras, las que brotan tal cual antes incluso de que seamos conscientes de ellas; bien es cierto que el músculo escritor (del que ayer mismo hablaba con Roy Galán, pero lo que dio de sí una apasionante conversación con un enamorado de las palabras, todo un fenómeno en las redes que está demostrando en la literatura que lo suyo no es fruto del azar, de la suerte o de una moda, todo lo que hay que decir sobre su nuevo trabajo -La ternura- y sobre las muchas filias -y algunas fobias- que compartimos quedará para una próxima entrega de este arpa), el hábito diario de escribir, la deformación profesional que inconscientemente pone a trabajar al crítico, al analista, al periodista y provoca que, casi sin sentir ni pretenderlo, las sensaciones vividas durante un visionado o una lectura vayan tomando forma como apuntes virtuales para un texto de mayor o menor longitud (depende de dónde vaya a aparecer -si es que termina por concretarse- y del ímpetu con que acometa la tarea -o de cuánto tire del hilo-), una combinación de todo ello consigue que el indudable esfuerzo llamémoslo creativo no lo parezca tanto, no es que la columna se escriba sola como se decía de Umbral -¡Quién se acercase a su genialidad, a su conocimiento y dominio del idioma, quién tuviese ese cerebro, esa ironía, esa brillantez!-, pero sí es cierto que a veces se trata de seguir el flujo, el oficio hace el resto (sólo en parte, no hay que bajar la guardia, no basta con lo mecánico, de hecho es algo que un servidor rehúye), que hay mucho acumulado (eso a lo que en la profesión nos referimos con el término background, los conocimientos y experiencia que cada uno atesora), se consigue un discurso que queda bastante bien elaborado aunque, de verdad (no es por presumir ni por dármelas de lo que no soy, bien saben los leales visitantes de este rincón que reconozco y asumo sin problemas mis múltiples limitaciones), sale más o menos armado de fábrica, luego se retoca, se hace más legible, puede que el borbotón sea un tanto restringido o comprendido sólo por algunos, pero su base ya está ahí, antes de que seamos conscientes de ello, así fue como salió en Facebook lo que sigue: “Estoy convencido de que lo recordáis, aunque sólo sea porque a ello invita el propio título de la canción: Amanda, la calle mojada, la fábrica, Manuel, la sonrisa ancha, la vida es eterna en cinco minutos, en cinco minutos todo puede destrozarse, especialmente una persona que nunca hizo daño. Bien, Carlo D'Ursi apenas precisa de ocho (incluyendo los títulos de crédito) para atrapar una vida, para exponerla, para reivindicarla, para agradecerla, para homenajearla y, al plasmarla en imágenes, nos cautiva, nos emociona, nos provoca sonrisa y lágrimas con honestidad de gran cineasta. ¡Gracias por Tabib!”.
   La poderosa y al tiempo quebradiza voz de Mercedes Sosa, capaz del susurro más cautivador, del dolor más clamoroso, de la fuerza arrolladora de la reivindicación de un mundo más justo, más igualitario, más humano, la voz conmovedora de la Negra acariciando la letra y posándose sobre la melodía que compusiera (ambas) el inolvidable Víctor Jara regresó a mi corazón mientras los créditos finales de Tabib desfilaban ante mi mirada pero no era capaz de leerlos porque la tenía empañada por las lágrimas. El primer cortometraje que dirige y escribe (en tarea compartida con Ana Puentes) el actor, productor, hombre orquesta del mundo del cine Carlo D´Ursi dura poco más de ocho minutos pero la historia que narra se sintetiza en apenas seis y hace verdad lo que Amanda y Manuel ejemplificaban en la canción (tranquilos, que no me voy a remontar a Einstein, sus cálculos precisos me superan, me quedo con lo emocional -que mucho de ello hay tras su fórmula magistral-), lo del tiempo es absolutamente relativo, depende de la intensidad, de la implicación, de la verdad, hay a quien las horas le resbalan y hay quien saca todo el partido posible (y aún más porque la manera en que se evocan, el modo en que quedan impresos en las emociones no hace sino sumar enteros) a unos instantes, a un periodo breve, a esos minutos, también cinco, que, como afirmaban en la revista musical, muchas veces valen por una eternidad. Y no cabe duda de que así tuvo que suceder en la realidad, ahí estaba la vida imponiéndose por más que, paradójica y cruelmente, lo hiciese en un escenario en que su contrapartida, su oponente, ¿su complemento?, campaba a sus anchas comprimiendo el tiempo, robándolo, negándoselo a aquellos capaces de entregar el suyo hasta las últimas consecuencias con tal de regalar un segundo más a otros, a sus pacientes, la profesión médica a la que Carlo D´Ursi rinde homenaje en la figura del que fue llamado “el último pediatra de Alepo”, Mohamed Wasid.
   Con esa contundencia lo muestran las imágenes de las cámaras de seguridad del hospital Al Quds, esa explosión muda que destruye, asola, asesina, abate (entre otros) al médico que se negó a abandonar su lugar de trabajo aquel 27 de abril de 2016, esas que no por sabidas e incluso conocidas dejan de perturbar y golpear, esas que en su sequedad e implacabilidad paralizan y por un momento congelan las lágrimas, esas que abren y cierran Tabib (palabra siria que significa médico), las que provocaron que Carlo D´Ursi sintiese la necesidad (“desde las tripas”) de contar la historia completa, de rellenar el espacio entre la última vez que el pediatra es registrado por una cámara y la explosión más mortífera, la que se ceba en un hospital y “priva de asistencia sanitaria a todas las miles de personas que están alrededor”, tal y como señala el director y coguionista, incorporando la ficción para, de este modo, “ahondar en el lado humano en un personal homenaje a la profesión médica, sin tener que ceñirme estrictamente a los hechos, sino pudiendo contar al espectador mi visión de lo que es un héroe”. Y en ese quirófano, un estupendo Josean Bengoetxea asume el rol de Mohamed Wasid, derrochando humanidad, sin darse por vencido, sin aspavientos, con la convicción de estar haciendo lo correcto porque así lo juró en su día (y a Hipócrates no se le puede tomar en vano), porque esa es su vocación, porque no se plantea otra posibilidad distinta a permanecer al lado de quien precisa de sus servicios, por más que lo ineludible deba llegar y note su aliento en la nuca, pero hasta que lo haga él es fiel a su instinto de protección y ayuda, desertar antes de tiempo no es una opción. El preciso montaje de Guillermo Villar permite que los detalles captados por la cámara transpiren verosimilitud y zarandeen el ánimo del espectador, lo recreado y lo tomado de la realidad se funden con naturalidad, no hay fisuras: “Crear un híbrido entre los dos formatos ha sido más bien una ventaja, pues ha permitido ubicar el espectador muy rápidamente en un lugar y momento determinado, para catapultarle en el delirio y el horror que representa una guerra”.  
   Tabib va cosechando galardones y aplausos en los festivales y certámenes por donde pasa (Zaragoza, Bilbao, Madrid) y no sólo en España (aunque lleva muchos años afincado aquí, Carlo D´Ursi puede presumir de ser profeta en su tierra al haber regresado hace poco de Italia con nuevos premios bajo el brazo) y es uno de los tres cortometrajes nominados a los Premios Forqué que se entregarán el 13 de enero de 2018. Más allá de los tributos y distinciones (injustos por naturaleza puesto que hay que elegir un receptor y siempre hay varios posibles), más allá de los deseos de que la candidatura cristalice y dé un nuevo fruto, que Tabib esté presente en esa terna le da las visibilidad y repercusión que merece, fundamentalmente porque como película (que es lo que es a pesar de su corto metraje) consigue transmitir, impactar, porque está muy bien contada y filmada, pero también por lo que cuenta, por lo que promueve, por lo que grita, por la posición que toma frente al mundo, por que necesitamos miradas así, que ponen el acento en aspectos fundamentales, que no se camuflan, que coadyuvan a que otros ojos se abran, a que otros corazones latan, a que la vida importe, a que se tenga conciencia de ella, a que no sea un privilegio de unos pocos, a que todos tengamos permiso para disfrutarla, y robo sin recato la frase a Benedetti porque también sus palabras regresaron viendo este cortometraje que nos habla de personas cuyas manos trabajan por la justicia y que tiene tras la cámara a gente que, con su mirada a través del objetivo, siembra futuro.

martes, 12 de diciembre de 2017

PARA NO HACER LA VIDA INSOPORTABLE






   Como casi todos los que pueden encontrarse en este ángulo oscuro del salón, el presente texto lleva fraguándose unos días, en concreto unas dos semanas, justo desde que cerré (tras bebérmelo en un par de días) La mirada de los peces, el apasionante (y esperadísimo) nuevo trabajo de Sergio del Molino publicado en septiembre por Literatura Random House, pero se vio obligado a esperar, en parte para rumiarlo, madurarlo, interiorizar aún más lo mucho que la lectura me provocó, removió, hizo recordar, puso en presente, en parte porque había otros asuntos (lecturas previas) con los que cumplir, en parte porque a veces el azar se viste de destino para que llegue el momento verdaderamente adecuado, casi el único posible, el ideal, y ese es sin duda hoy, jornada en que el título pensado porque el propio libro me lo inspiró, perteneciente a una de esas canciones que adoro desde siempre (Frente a frente de Manuel Alejandro interpretada por Jeanette), viene como anillo al dedo porque me gustaría ser capaz de encontrar esa fórmula benéfica digna de Fierabrás, aquel del bálsamo multisanador, esa manera de ayudar a cicatrizar lo más rápidamente posible las heridas del alma, inevitables e incluso necesarias, pero que tienden a no dejar de supurar, más aún cuando el entorno se vuelve hostil y araña con furor en el mismo lugar para que la sangre siga manando y su torrente arrase y duele, queme y destruya como río de lava incontenible que erupciona permanentemente, porque estoy siguiendo las indicaciones de Sergio, en realidad algo que cualquiera que escriba sabe verdadero (y también sirve para los que tan a menudo nos refugiamos en ficciones escritas o audiovisuales, en la música, en cualquier actividad que nos ayude a, aunque sólo sea por unos minutos, hacernos creer que hemos armando el eterno e irresoluble rompecabezas que es ser río para ir a dar en el mar), pero hay veces que ni con esas, todo se percibe y se siente muy negro, el ánimo está quebrado y no parece que vaya a soldar por más cuidado que pongamos en fabricar la mejor escayola posible, hay días que roen, raen y minan y lo peor es que sabes (en parte por haberlo sufrido anteriormente) que son sólo el preludio de otros similares o aún más negativos, que cualquier solución perturbará, azotará, dolerá, devastará, destruirá, pero, aunque sea con mucho esfuerzo, la palabra ayuda, consuela relativamente, permite continuar, por más que lo insoportable continúe sobre los hombros, peso que hunde en las aguas pantanosas que a veces queremos pensar son suelo firme (y seguro).
   “Me he pasado años subrayando que las causas y las consecuencias, y los planteamientos, nudos y desenlaces, son construcciones literarias. Nuestras vidas, compuestas por un amontonamiento de sucesos, sólo se explican mediante el azar, y somos nosotros, animales narrativos, quienes les damos forma y significado. Así inventamos que tal premio es consecuencia de tal esfuerzo y que tal castigo lo es de tal error. Incluso tenemos refranes que dicen que se recoge lo sembrado, y nos hacemos la ilusión proverbial de que, si esperamos lo bastante, veremos pasar por delante de nuestra casa los cadáveres de nuestros enemigos. Nada de eso es cierto, pero la vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela. Antonio hubiera querido escribirla, y lo intentó en unos pocos libros. Por eso, quizá, quiso meter el sentido en la carne, hacer de la biografía un ejemplo de verosimilitud y de coherencia estructural. El profesor de filosofía nos quiso dar una lección de literatura.” Como suele decirse, el subrayado es mío, el mismo que inevitablemente trazaron mis ojos cuando se posaron en esa frase mientras asentía con la cabeza y el corazón, no porque Sergio del Molino (me) descubriese algo sino por la sencillez con que lo exponía y ejemplificaba, porque por eso necesitamos (permítanme de nuevo que hable en primerísima persona), por eso necesito leer tanto o más que respirar, por eso me lanzo a por el libro que esté más a mano, aunque como hoy lo haga mecánicamente(con Yo el Supremo), sin comprender aquello que está impreso, en pura compulsión, queriendo huir de mí mismo, continuando la canción de Jeanette (“Y así ahogar las penas”), igual que puede decirse me he arrojado sobre el teclado, de alguna manera como lo hizo en su momento el autor de La mirada de los peces para convertir su homenaje (no sé si la palabra le agradará, pero es como yo lo he recibido, haciendo justicia a aquel al que se le tributa precisamente porque no todo son elogios, palabras bonitas, ditirambos encendidos, porque se reconocen errores o disensiones que, precisamente, ayudan, permiten, provocan que se quiera más, es lo poliédrico de cada quien lo que nos atrae -o al menos así lo veo y me parece que en eso sí coincido con Sergio-) convertir, decía, el homenaje a aquel profesor que hay que considerar maestro (ser aquello no conlleva ser esto en demasiadas ocasiones, es también una percepción propia tras haber cursado diferentes estudios entre los cuatro y los veintitrés años) en un libro vivificante a costa de no ahorrar nada, de llamar a las cosas por su nombre, de enfrentar y afrontar abiertamente esos múltiples ángulos oscuros (volvemos al poliedro, el salón becqueriano sólo tiene uno -no en vano utiliza un artículo determinado para referirse al mismo-) con los que hay que batallar, que hay que habilitar y hacer lo más habitables posible, ese modo de, aunque seamos conscientes del engaño, ir engarzando cuentas, ajustando piezas para que el respirar sea algo más soportable.
   Siempre pido perdón por hablar demasiado de mí, por personalizar en exceso, pero en realidad para eso nació este blog (como tantos), aunque en parte lo tomé/tomo como una continuación de mi labor periodística (para no sentirla -¿saberla?- finiquitada, extirpada, cancelada), aunque recurra a géneros de la profesión tan flexibles como el artículo, la crítica, el análisis, la reflexión (sí, no es un género pero debería ser la base de cualquier trabajo que llamemos con esos u otros nombres posibles), aunque en ocasiones concretas me camufle tras ellos (sobre todo con la transcripción de algunas entrevistas), este arpa suena con las melodías que este lector/espectador siente nacer mientras lleva a cabo esas actividades, no pienso en ortodoxias cuando dejo que el ritmo de los latidos del corazón contagie el de mis dedos sobre el teclado o el de los pensamientos/sensaciones que se me agolpan en la mente (y en el estómago, mi centro neurálgico, el sensor más fiable de mi estado de ánimo), es por eso que glosar La mirada de los peces me lleva a utilizar la primera persona del singular (y bien saben los fieles lo que la rehúyo) porque el impacto recibido (o en plural) ha sido tan brutal, el seísmo aún se nota porque Sergio del Molino, hablando de sí mismo, ha conseguido pulsar algunas de mis teclas más escondidas, por momentos (sin pretender compararme en lo literario, me refiero a lo que narra/confiesa/razona/le desazona/le duele) me parecía que podía haber escrito algo similar, más allá de la figura concreta de Antonio Aramayona y de los hechos que dieron origen a la escritura (y que recoge, complementa, amplía el fantástico episodio de Tabú que Jon Sistiaga le dedicó -y cuyo visionado antes o después de la lectura es casi obligatorio, aunque sólo sea por lo vibrante del documental-). Y es que se dio el caso de que, pocos días antes de sumergirme en La mirada de los peces, me encontré con uno de los escasos maestros que considero como tal, Bernardino M. Hernando, nuestro profesor de Redacción Periodística en el primer año de carrera, alguien al que cuadra casi como un guante (habría que hacer algún pequeño matiz y añadir alguna particularidad) el retrato que, en un momento dado, del Molino hace de Antonio, su profesor de Filosofía en el instituto: “Su voz comprensiva y didáctica llegaría a los oídos más obtusos. Tras escucharle diez minutos, todos le darían la razón, como se la dábamos los alumnos. Su calma y su paciencia frente a la idiotez eran inagotables. No le importaba repetir diez veces la misma idea usando palabras distintas, hasta que el interlocutor asentía. Sin perder la sonrisa, testarudo en la amabilidad. Sólo tenía un problema (…): su ironía. Llevaba dentro un duende que boicoteaba todos sus propósitos. Se agazapaba socarrón y asomaba al final de cualquier frase. Esa inteligencia tan fina lo desacreditaba como predicador. Los gurús son gente seria, incluso en sus provocaciones.”
   Pero no sólo por los posibles parecidos entre un docente (aunque la palabra me resulta inexacta porque, como se viene diciendo, fueron mucho más) y otro me tocó (me horadó) tanto lo que escribe Sergio, sino por lograr trascender a fuerza de ser particular, concreto, utilizar sabiamente el “yo” sin parecer pedante, ególatra u ombliguista: “Lo raro es renunciar a la primera persona del singular, fingir que son otros ojos los que miran y otra voz la que habla, y quizá eso sí que sea soberbio, adoptar un punto de vista divino y sin mácula. Impostar la voz o doblarse en boca de otros es como acariciar con guantes de fregar, y a mí me gusta que las manos huelan a lo que han tocado, no me fío de quien no quiere manchárselas.” En eso también coincidimos, cuando corresponde uno procura ser ecuánime, lo que no significa ser tibio, distante, eludir el posicionamiento, a veces se refrena la pasión para no herir más de lo debido, se obvian determinados adjetivos para no hacer daño, pero no se deja de expresar lo que uno cree, lo que concluye (por el momento al menos, la discusión bien entendida y conducida puede llevarnos a alterar, matizar, reforzar nuestro juicio con otros argumentos), fue con Bernardino con quien aprendimos que la tan cacareada objetividad es una quimera, una utopía, algo inalcanzable, una falseada, que dependiendo del género concreto en que nos movamos podremos ser más o menos subjetivos, que nuestra obligación es ser imparciales pero no impersonales (incluso en lo más aséptico, en lo que debe atenerse estrictamente a hechos concretos, en las noticias puras y duras que han de dar respuesta a las preguntas básicas -las famosas uves dobles y no hablo de este invento gracias al cual tengo la fortuna de que usted me esté leyendo en este momento-). Y, así, gusta que Sergio se exprese sin ambages y, sin ánimo de polemizar, demuestre la solidez de sus afirmaciones cuando contraargumenta y vuelve a examinar sus palabras (que demuestra meditadas y, sobre todo, sentidas, sinceras, propias): ““No creo que mi visión [la que da de Antonio ante la cámara de Sistiaga] sea crítica en absoluto. Al contrario, no soy capaz de juzgar con distancia o rigor porque le quiero y le admiro muy de veras. Lo que no siento es, quizá, devoción. Pero de eso no tiene la culpa Antonio. Yo amo, con pasión y sin condiciones, pero no sé ser devoto. Amo las contradicciones y los arrepentimientos. Mi amor es hacia las personas, no hacia sus ideales ni está inspirado por la forma en que son coherentes o se desdicen.” Y, por si hay quien persista en el asunto, añade poco después: “No busco, sin embargo, la cara oscura de Antonio Aramayona, porque tampoco creo que la tuviese. Busco la cara que me tocó y me cambió. Busco mi propio santo eremita, mi Zaratustra, no el santo guevarista de puño en alto y grito de Pasionaria. Busco lo que dejó en mí, y sé que esos sedimentos no tienen nada que ver con sus últimas palabras, ese testamento sonoro en el que apeló tantas veces a la libertad y al laicismo.”
   Ya lo dijo el maestro García Márquez, “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, ya comentamos que Sergio del Molino no es el primero en señalar que, de una manera u otra, necesitamos hacer el relato de lo que (nos) pasa, que sólo así asumimos las tragedias, los problemas y angustias que son (o deberían ser) de la gente mayor como cantaba Roberto Carlos siendo un niño eterno que sólo quiere llorar en los brazos de su madre y que ésta le cuente un cuento bonito para ahuyentar la aflicción y conducirle a un sueño reparador, que en esa construcción ficticia (con ciertas comillas, puesto que no deja de ser lo que nos pasó, o sea, algo muy real) vamos poniendo parches para que el gas no escape, algo muy notorio en el momento en que nos enfrentamos a la inevitable, a la que siempre llega, a la que siempre está, a la muerte: “No apretar los dientes, no decir vaya puta mierda y no dar escape a la rabia son tres de las funciones más importantes de los funerales, que nos impelen a ser elegantes, a medir los gestos de las manos y a cuidar el tono de voz. Civilizamos la muerte para seguir viviendo.” Claro, de eso se trata, por eso estamos aquí tecleando, queriendo compartir (aunque pueda no parecerlo por el tono lúgubre que hoy me invade y no abandona) el entusiasmo por un libro que conmueve hasta el escalofrío en su (sólo aparente) contención, en su pretendida (y lograda cuando conviene) frialdad, en su honesta expresividad, en su meditada confesión, en su constante interrogarse, en cómo transita entre el corazón y los asuntos (suyos y del resto) sin renunciar a su particularidad, todo un ejemplo en el sentido de que cuando algo nos duele no hay por qué resignarse (ni aun estando convencido de ello -o habiéndose dejado convencer por la costumbre, la mirada de los otros, la buena o mala educación recibida o dejada de recibir-) a ser un mártir o un héroe, no hay que refugiarse en ese gesto amable de la canción de Jeanette, porque no hay que desterrar la tristeza, no hay que prohibirla, esconderla es peor porque lo que no se expresa se enquista y, entonces sí, la vida es totalmente insoportable y es la pena (y el dolor) la que nos ahoga sin remisión.

lunes, 11 de diciembre de 2017

PUNTADAS CON HILO







   Los premios a toda una vida o una carrera o una trayectoria o acepción similar que englobe años de dedicación, los galardones al conjunto de una obra siempre tienen (y se hace) una doble o triple lectura, sobre todo por parte de quien recibe una distinción de ese tipo porque (y en demasiadas ocasiones es así) diríase que de ese modo se jubila al artista, se pone fin a su labor creativa, se le considera finiquitado (incluso, y perdón por la crudeza pero podrían ponerse bastantes ejemplos, se le rescata de entre los muertos en el sentido de estar olvidado, borrado, considerado algo del pasado o se le concede tal honor casi como un sudario con el que convertirle en un glorificado e ilustre cadáver), los hay que responden con ironía, con sorpresa, con estupor, con retranca porque están muy vivos y detectan un peligroso tufo a alcanfor en ciertas solemnidades que hablan en pretérito y parecen propias de un panteón, habrá quien diga (y no le falte cierta razón) que tampoco hay que coger el rábano por las hojas y que nos quejamos de vicio y por todo, pero que este sentir es general (muy, bastante, algo, hay diferentes matices e intensidades, hablo, como tantas veces, por mí mismo, por mi percepción, aunque sustentada en hechos probados que pueden demostrarse) queda claro cuando el jurado, comité o reunión de considerados expertos y/o eruditos que incluye un nuevo nombre en la nómina de premiados se decanta por alguien considerado “demasiado joven”, da igual lo destacado, prolífico, excelente de sus creaciones, de los méritos acumulados y demostrados en el ejercicio de su profesión, en su dedicación a la disciplina en la que han alcanzado un nombre, un prestigio, un aplauso que cristaliza, precisamente, con la concesión del premio. ¿Cuándo “toda una carrera” es tal? Sin duda, cuando se lleva muchos años en ella, cuando la obra presentada ha tenido/tiene trascendencia, cuando la crítica y el público le otorgan su beneplácito (que, y ese aspecto lo abordaremos en seguida, no tiene por qué ser perpetuo, es muy complicado -por no decir otra cosa- ser o resultar sublime sin interrupción, por más que Baudelaire lo considerara un requisito indispensable, al menos para ser considerado un dandy-), es fantástico alternar laureados que siguen en ejercicio y que aún pueden proporcionar muchas satisfacciones con aquellos que se retiraron (o lo fueron) o que apenas trabajan (sea por la razón que sea), depende del ritmo de trabajo (y, si se quiere, del genio, de la calidad conseguida), hay quien consigue en menos tiempo (tanto de edad como de esfuerzo y experiencia) lo que a otros cuesta más alcanzar (o ni logran por más que puedan demostrar no sé cuántos años de oficio).
   Al margen de paliar ciertos olvidos que uno considera propios de ingratos, de desagradecidos, de jueces injustos (aunque en estos asuntos se sea así por naturaleza siempre que se ejerce como tal: por más que se honre a alguien que despierte admiración generalizada, siempre habrá damnificados que hubiesen sido elecciones igualmente bien recibidas), la mayor alegría de este lector (centrémonos en lo que toca), más allá de descubrir nuevos autores a los que seguir (principal motivo por el que, desde el origen, no se puede ser totalmente justo: ¿De cuántos de los posibles premiados no conocemos ni su nombre?), es que un galardón como el Cervantes vaya a las manos de alguien a quien se respeta y admira desde hace tiempo, alguien que sigue en activo, sin dormirse en los laureles, que no suele decepcionar (en el caso que nos ocupa, aunque haya títulos que se prefieran sobre otros, aún no ha llegado el amargo desencuentro que sí se ha experimentado con otros a los que no por eso se deja de adorar y apreciar en conjunto), que se toma un honor de este tipo como acicate, como estímulo al que responder, como meta o cima alcanzada que no supone un cierre ni un freno, incluso me atrevería a decir que hay quien lo recibe como llamada de atención, en el sentido de seguir demostrando y ampliando sus merecimientos (piénsese, por ejemplo, en El amor en los tiempos del cólera, la primera novela que publicó García Márquez tras conseguir el Nobel), si bien es cierto que Sergio Ramírez no ha tenido tiempo material de presentar un nuevo trabajo (no sólo por atender a la prensa y a otros celebrantes, tal y como se quejaba con tono burlesco y agradecido por el interés, sino porque aún no se cumple el mes desde que se dio a conocer el acta del jurado), el anuncio de que era el Premio Cervantes 2017 llegó cuando Ya nadie llora por mí, novela editada por Alfaguara el pasado octubre, aún tenía plaza en las mesas y estanterías de novedades y cuando un servidor la había dejado en la mesilla pocos días antes con la intención de hincarle el diente a la mayor brevedad, espera que aún fue menor de lo pretendido ante motivo tan regocijante como el reseñado. Y, de nuevo, da igual que se trate de cuentos como los recogidos en Catalina y Catalina, de sus artículos en prensa, de sus emocionadas y emocionantes (y dolientes y dolorosas) memorias revolucionarias Adiós, muchachos, de las tres voces femeninas que componen una novela tan deslumbrante como La fugitiva, de la apabullante recreación de una época (o dos) de su país en torno a la figura de Rubén Darío y uno de sus versos más populares, es decir, aquella Margarita, está linda la mar que sirvió para que un servidor se lanzase a leerle y no parar, da igual que ahora regrese al género negro, Sergio Ramírez, como ya se dijo, no decepciona, siempre sorprende, cautiva y hace disfrutar, incluso aunque (y es un borrón, lo asumo) no se haya leído El cielo llora por mí, novela en la que presentó al inspector Dolores Morales y que cuyo contenido no es preciso conocer para dar buena cuenta de Ya nadie llora por mí, entre otras razones porque el autor nos pone al día en un momento, recupera los datos imprescindibles en la supuesta página que Wikipedia dedica a su protagonista y que abre esta trepidante, descacharrante y absorbente narración a la que Ramírez imprime una velocidad de vértigo que arrastra al lector sin concederle tregua (y ni falta que hace), manejando el diálogo con una precisión y un ritmo inigualables, sin pasarse de frenada a pesar del disloque y desenfreno de la última parte de la novela.
   Ya nadie llora por mí comienza de un modo ciertamente ortodoxo (es fácil escuchar los ecos de Chandler, percibir su influencia) pero muy pronto toma su camino, ese que es tan propio del modo en que el género se ha asentado, enriquecido y evolucionado en la América con la que compartimos (o deberíamos) idioma, ese que incide y ahonda en los aspectos sociales, que los coloca en primer plano, que los utiliza como elementos fundamentales (y si se quiere fundacionales) de sus tramas, una prospección en la sordidez cotidiana en que se anegan tantos países (y que se acepta como tal, se da por hecha y sabida, se malvive/sobrevive a pesar de ella, incluso se necesita y propicia a pesar de estar en el escalón más ínfimo y hundido), un retrato sin paliativos de cómo la corrupción campa a sus anchas en las altas esferas contaminándolo todo, una crítica a ratos mordaz y otros acerva, siempre implacable, un policial que nunca pierde de vista que lo es aunque se expande, bifurca, bebe de otros géneros, se apuntala y refuerza con un sentido del humor que, según los casos, puede ser vitriólico, paródico, sarcástico, burlón, seco, desopilante o una mezcla de ingredientes, todo depende de que la firma la ponga Leonardo Padura, Claudia Piñeiro, Ricardo Piglia o Sergio Ramírez, quien opta por un tono muy desenfadado, por un esperpento muy realista (por eso funciona, por eso tiene verdadero aroma valleinclanesco, por eso provoca carcajadas y a veces nos deja sólo con el rictus, queriendo reírnos pero no resultándonos cómodo ni pertinente), quien va exacerbando sin pausa en progresión geométrica muy bien controlada los aspectos más grotescos pero sin dejar que la vorágine le engulla, pisando el acelerador sin miedo pero levantando el pie lo justo para que el disparate no disparate y se convierta en otra cosa que maldita la gracia que tendría. Hay infinidad de frases aparentemente inocentes o simplemente graciosas, ocurrencias simpáticas que tienen trasfondo, doble significado, dardos que Ramírez lanza con certera puntería, insinuaciones e indirectas que cogen la directa pero que no interfieren en la peripecia meramente criminal si algún lector sólo quiere leer en ese código, aunque llegado cierto punto se imponen, como no puede ser de otra manera, unos personajes que, literalmente, se salen de la novela, cobran vida ante nuestros ojos porque están dibujados (tal vez sería más preciso decir fotografiados) con mano firme, caracterizados por su modo de hablar, retratados con retranca e infinito cariño, destilando humanidad incluso (o más que ninguno) esa presencia fantasmagórica pero tan real que es Lord Dixon, toda una revelación, un ectoplasma con personalidad que habla con todos y con ninguno, una permanente apostilla que no deja de divertir y sorprender, lo que podría ser un chiste redundante se transforma en un a modo de estribillo, en el leitmotiv que une y reúne, todo un ejemplo de cómo en Sergio Ramírez nada es casual ni se ha dejado al azar y cada pieza tiene su porqué y su sentido en el puzle que queda perfectamente ensamblado al terminar la lectura, aunque el goce sentido no merma, todo lo contrario, crece con el recuerdo y con las ganas de seguir leyendo a un autor que, a buen seguro, aún tiene mucho que contar (y escribir), si será novela negra o no lo sabremos cuando llegue el momento.