miércoles, 14 de febrero de 2018

RACISMO TOLERADO Y TOLERANTE (POR Y PARA MUCHOS)








   Llevamos un tiempo a vueltas con la lengua, el idioma, su uso, su evolución, cuánta autoridad tiene el DRAE, quién es quién para decir al resto cómo utilizar la herramienta con la que se comunica, se hace presente (o visible), se presenta, se da a conocer; a uno le parece que han sido muchos los que han cogido el rábano por las hojas (por resumir, hubiese opinado y expresado lo mismo aquí y allá si la sugerencia del -para mí- barbarismo “portavoza” hubiese sido propuesta de un hombre), he discutido sobre todo con varones que se han posicionado al lado de Irene Montero acusándonos, y no con buenos modos, a los que afeábamos el supuesto -en ese limbo lo dejo- término de misoginia galopante (pasando por alto que los más susceptibles de ser acusados de ello son los que han permitido que se ponga a una mujer en la picota, ¿por qué no reivindicó el, de nuevo, supuesto hallazgo el macho alfa de la manada?), tergiversando, envenenando y abortando el posible debate, la discusión, la indudable y necesaria evolución y constante transformación del lenguaje más allá o a partir de lo que en un principio pueden ser -y tal vez no pasen de ahí- caprichos, provocaciones o patadas al diccionario -¿Vamos a eliminar todas las palabras neutras?-, gente que ha ido más a darse a valer, a promocionarse con un gesto tan (perdónenme pero así lo considero) banal y hueco como el de los abanicos en la entrega de los Goya o el de las actrices vestidas de negro en los Globos de Oro sin renunciar al oropel, la alta costura y demás símbolos de lujo; algo similar ha ocurrido con aquellos que, en lugar de denunciar aquello que les parece los demás olvidarnos por (pre)ocuparnos por este asunto y sentirlo como prioritario, han perdido el tiempo en, primero, leer algo que, según declaran airadamente, no les parece interesante ni urgente ni útil, segundo, emplear sus redes, tribunas, palabras en engordar esa conversación trivial, vana y sospechosa -y acusada- de ser una maniobra de distracción (que no negaré es algo que he pensado del momento que dio origen a todo, pero bienvenida sea la ocasión para, sin aparcar o pasar por alto otras cosas, poner el foco en etimologías, semánticas y demás), tercero, considerar -como tantas veces- un asunto menor cuando no prescindible cualquiera relacionado con la cultura.

   Y el caso es que la gran mayoría de estos adalides de este feminismo (aunque llamarlo así me parece una ofensa para el auténtico, el que se implica, el que lucha por un mundo más equilibrado y bien compartido/repartido) trivializado, centrado en poses estudiadas y en frases muy triviales que, para colmo, consiguen el efecto contrario al buscado (eso los que, al menos, así lo desean/procuran, el resto, como se dijo, sólo engordan su imagen de buenos samaritanos -al final, siempre superiores y por encima, nada solidarios-), son los primeros en incurrir en aquello que (de nuevo, se supone) pretenden desterrar (no hay más que analizar sus frases, pero como interesarse por el idioma es algo trivial -y cosas peores- con la que está cayendo, con lo que roban los políticos, con la corrupción generalizada, con lo de Cataluña, con esto, con lo otro, con Trump, con lo que sea -sobre lo que tampoco es que aporten mucho mientras siguen repitiendo su cantinela-, como no estamos para asuntos lingüísticos, ni siquiera son realmente conscientes de lo que dicen o de lo que esas palabras dejan traslucir o reflejan sin tapujos). Y, por fin llego a lo que pretendía exponer, precisamente por esta desidia, siguen utilizando o no abogan por desterrar expresiones como “caza de brujas” (si eso es el movimiento #MeToo -tema demasiado complejo para tratar en este texto-, parece que lo correcto sería decirlo en masculino), “merienda de negros”, “no hay moros en la costa” o “hacer el indio”, todas peyorativas, insultantes, xenófobas, supremacistas. Y, he ahí la primera maravilla del libro que me gustaría recomendar hoy, me dio por pensar en ello tras divertirme de lo lindo con una lectura dirigida al público joven, una novela que ya es un pequeño clásico y que, ojalá, siga ampliando lectores con la pertinente reedición que Siruela (que lo publicó por primera vez en 2009) ha llevado a cabo recientemente, un título que fue galardonado en 2007 con el National Book Award en la categoría de literatura juvenil: El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial de Sherman Alexie, con ilustraciones (fundamentales y desopilantes -no se salten ninguna-) de Ellen Forney y traducción de Clara Ministral.

   Aunque he encontrado diferentes explicaciones al origen de la expresión, resulta curioso que (según citaba Jorge S. Casillas en un artículo aparecido en ABC en julio de 2014), Ramón J. Sender revele en su libro Túpac Amaru que, a mediados del siglo XVIII, “hacer el indio” se utilizaba como sinónimo de aceptar las humillaciones sin replicar ni defenderse, es decir, un sentido muy distinto al que se le viene dando cuando acusamos a alguien (o lo reconocemos en nosotros mismos), con más o menos coña, con más o menos insidia, de estar haciéndolo. De estos y otros prejuicios, de estas y otras (tristes) realidades se ríe en primera persona (y con claros tintes autobiográficos) Sherman Alexie gracias a un protagonista tan impactante e inolvidable como Arnold Spirit Junior, un indio Spokane de 14 años que se presenta al lector en la primera frase como alguien que nació con agua en el cerebro (para decir a continuación que, en realidad, nació con demasiado líquido cefalorraquídeo), un chaval que, además, tiene miopía en un ojo e hipermetropía en el otro, diez dientes más de lo habitual, unas “horribles gafas de plástico negro”, cecea, tartamudea y una cabeza que él mismo califica de gigantesca y tremenda (“Mi cabeza era tan grande que tenía pequeñas cabecitas indias orbitando a su alrededor. Algunos niños me llamaban Órbita. Otros me llamaban Globo Terráqueo. Los más bestias me cogían, me daban vueltas, me ponían el dedo en la cabeza y decían: “Quiero viajar aquí”.”). Y esto es sólo el principio y un somero resumen de ese primer capítulo que deja descolocado pero anticipa el tono y contenido de lo que sigue, un libro para jóvenes que se los toma muy en serio porque habla sin banalizaciones ni infantilizaciones, con honestidad, sin eufemismos, directamente, provocando la carcajada a ratos, congelándola otros, invitando a la reflexión pero sin moralejas, sin frasecitas rimbombantes que retuitear compulsivamente o inmortalizar en pósteres, incluso (ya que también ha ocupado la plaza pública en los últimos tiempos) con un claro deseo de importunar, de meter el dedo en el ojo, de sacar los colores (incluso en eso mismo: cuando Junior deja a un profesor sin argumentos y deja al descubierto su ignorancia, éste se pone “rojo brillante” y el muchacho piensa: “Nunca había visto a un indio ponerse tan rojo. Entonces, ¿por qué nos llaman pieles rojas?”).

   “Es un asco ser pobre, y es un asco tener la sensación de que, por algún motivo, te mereces ser pobre. Empiezas pensando que eres pobre porque eres tonto y feo. Entonces empiezas a pensar que eres tonto y feo porque eres indio. Y, como eres indio, empiezas a pensar que estás condenado a ser pobre. Es un horrible círculo y no puedes hacer nada para salir de él.” Poco se puede añadir, sólo desear/forzar que, al margen de eso que se llama “público objetivo”, muchas personas lean el libro, sobre todo adultos, especialmente y en concreto toda esa gente blanca que se refiere a sí misma como tal para, de ese modo, trazar y sustentar fronteras, jerarquías, guetos -las reflexiones sobre las reservas indias son para enmarcar y enviar a gobernantes (que al menos lean, aunque parece que tampoco muchos de los que pueden votar lo hacen)-, algo que también reprocha a los suyos (“Los indios pueden juzgar y odiar tanto como  cualquier blanco”) por más que encuentre el origen de esa involución, de la pérdida de su tolerancia ancestral, al momento en que “aparecieron los blancos y trajeron su cristianismo y su miedo a la excentricidad”, es decir, al diferente, al que tiene otras costumbres, otras leyes, otro modo de vida, otros dioses. Sí, cae en la xenofobia, pero ha nacido con la obligación/necesidad de defenderse (más allá de sus particularidades físicas), con el instinto de supervivencia marcado a fuego, agudizado en su caso, en parte por ese maltrato recibido puede decirse (y afirmarse) que tiene actitudes y comentarios claramente xenófobos hacia los otros indios.

   El diario completamente verídico de un indio a tiempo parcial alterna episodios que pueden ser considerados paródicos con otros lapidarios por su (en este caso viene más al ídem que nunca decirlo) cruel realidad, aunque lo que impera es el tono jocoso, irónico e implacable de la lógica adolescente (“Supongo que a los tíos pobres no se les besa en la boca”, afirma cuando la chica que hasta ese momento podía considerarse su novia le da un beso en la mejilla al preguntarle “algo fuerte”, tanto como “¿eres pobre?” y recibir una respuesta afirmativa). Sherman Alexie ha conseguido que su adolescente hable como tal, sin estrambóticos ejercicios de estilo, tanto en lo meramente formal como en el contenido y, así, por más que haya (que lo habrá) quien se lleve las manos a la cabeza en esta muy recomendable lectura juvenil se habla de la masturbación, se la nombra directamente, nada de perífrasis (bueno, sí hay una, en afortunada traducción ”dale a tu cuerpo alegría”, pero por si quedan dudas, Junior añade “Sí, es verdad, reconozco que me masturbo”) y se agradece que se nos hable a todos por igual, sin importar la edad que tengamos, sin ñoñerías ni diminutivos, sin ser Julia la de Verano azul, sí, digámoslo puesto que los adalides de la igualdad no están para estos matices, sin hacer el ridículo, es decir, sin hacer el indio.

martes, 13 de febrero de 2018

SI LAS PIEDRAS HABLARAN O GRITASEN







   Aunque sólo he estado una vez en mi vida (y de eso han pasado algo más de treinta años), Salamanca (como Córdoba o la Alhambra -que no exacta o totalmente Granada en el sentido que hablo, es decir, el de no haber repetido visita pero sentir la huella de la única bien honda en mis emociones-) fue una ciudad que me marcó porque en cada rincón, en cada calle, en cada adoquín, en cada respiración sentía la Historia (en toda su extensión y con mayúscula), evocaba libros leídos o por leer, películas, ficciones, leyendas, historias reales, rumores, en definitiva, todo aquello que siempre me ha gustado, motivado, interesado, cautivado, sentirme conectado a otras vidas, otras realidades, otras épocas, otros mundos, otras imaginaciones. No puedo evitarlo e incluso lo busco, lo provoco, me dejo imbuir, me mimetizo con el ambiente, alerto a todos mis sentidos para que capten el más mínimo detalle, la más leve brisa, el eco por más que resulte lejano y casi apagado de aquellos que pasaron por allí (o a los que alguien soñó, creó, concretó en personajes de novela o teatro o cualquier otro arte), ya sé que puede sonar exagerado (y no sería la primera vez que alguien me responde que le parece una estupidez) pero juro que, puesto que nos llevaron a los escenarios (o así considerados/consensuados) en que vivieron algunos de sus avatares, sentí muy cerca a Lázaro con el río Tormes ante los ojos, escuché hablar a Calixto y Melibea y, sobre todo, noté la respiración de Celestina acechando. En la Universidad olfateé los pasos de Fray Luis, de Unamuno, de Sansón Carrasco, de Alfonso X el Sabio, por un momento pensé que podía oficiar como médium para convocar los espíritus de aquellos que pisaron aquellas aulas (aunque fuese en la ficción, lo hicieron, así los recordamos), puede que más de uno piense que estaba oficiando un aquelarre o ceremonia similar (ya en su momento soporté alguna mirada reprobatoria de aquellos que, aunque amigos -o así los sentía-, se sentían superiores por el mero hecho de estudiar la rama de Ciencias -y todo lo demás les parecía superfluo-), el caso es que los temblores (que los hubo) fueron muy agradables y enriquecedores, dieron para mucho (por ejemplo, aunque pueda parecer que no existe una relación directa, aquella excursión me despertó las ganas de leer Extramuros) y prueba de ello es que los he recuperado mientras leía El manuscrito de fuego de Luis García Jambrina que recientemente ha publicado Espasa.

   No puedo decir que me cogiera de sorpresa semejante reacción, puesto que era algo que el escritor ya había conseguido ocho años atrás con El manuscrito de nieve, la anterior ocasión (la segunda) en que había utilizado a Fernando de Rojas como protagonista de una novela, pero ahora experimenté más intensamente los efectos, hice una inmersión a gran profundidad y me sentí (nunca mejor dicho) como pez en el agua con esta tercera aventura detectivesca en la que aquel que ha pasado a la posteridad como autor de la obra que se conoce y publica, aunque no ese no fuese el original, con el título de La Celestina ejerce como pesquisidor para resolver un crimen, en esta oportunidad se trata de un crimen real que continúa sumido en el misterio y que Jambrina resuelve en la ficción: el asesinato en 1532 de Francés de Zúñiga, más conocido como Francesillo, hombre de placer (lo que solemos llamar bufón) de Carlos V. En una amena y a ratos jocosa (y tremendamente interesante y reveladora por el modo en que el novelista sabe absorber y divertir con sus palabras) conversación compartida con otras blogueras (encantado de poder ponerlo en femenino porque se trata de una reunión de mujeres apasionadas por la lectura, con la curiosidad como bandera, disfrutando de cada libro, compartiendo reflexiones y sensaciones con los autores, mujeres que me han hecho el regalo de dejarme formar parte de un grupo entusiasta que, como un servidor, sólo deja de leer porque hay que hacer otras cosas -es lo que tiene la vida, oye, siempre importunando-), Luis García Jambrina recuerda cómo y por qué se fijó en Fernando de Rojas como posible personaje de una novela: “Había escrito varios cuentos de asunto literario [Muertos S.A.], enigmas reales mezclados con aventuras y así, siguiendo ese camino me apeteció centrarme en Rojas, es un personaje en sí mismo enigmático, ahí está lo del asunto de la autoría de “La Celestina”. Mi idea era hacer un relato, pero el personaje daba para tanto, asimismo la época, no digamos Salamanca como escenario, el caso es que me dio para una novela [“El manuscrito de piedra”], pero como había mucho material que seguir explorando, salió muy pronto la segunda [“El manuscrito de nieve”]”. ¿Y por qué ese silencio de ocho años, tiempo en que Luis ha dado a la imprenta cuatro novelas de temática muy diferente -por ejemplo, En tierra de lobos, inspirada en la gran Margarita Landi o La corte de los engaños, con Fernando el Católico como eje-, en lo que a Rojas se refiere?: “Por la tontería esa de no encasillarme, nada más. Ahora me he dado cuenta, en parte al ver algunas reacciones de lectores que eso es bueno porque la gente te identifica, hay lectores que han cogido cariño al personaje, algunos me han dicho que llevaban tiempo esperando un nuevo manuscrito, ahora quiero que me encasillen, jajaja”.

   Entre el anterior título de la serie y el que ahora nos ocupa hay un salto de algo más de treinta años, nos encontramos con un Fernando de Rojas al final de su vida, retirado en Talavera de la Reina donde ejerce como letrado, al margen de la literatura y de aquel que conocimos en las otras novelas, un personaje en el crepúsculo de su existencia, hecho que, inevitablemente, imprime otro carácter al retrato que de él hace Jambrina y que demuestra la madurez alcanzada como escritor: “Vi la película “Mr. Holmes” y me apeteció hacer algo similar a lo que allí hacen, por eso opté por llevarme a Rojas a sus últimos años, muy mayor, sobre todo para aquel momento. Puedo adelantar que va a haber nuevos casos que, cronológicamente, se insertarán entre “El manuscrito de nieve” y éste, pero no será necesario leerlos todos o en orden, simplemente serán aventuras en un momento concreto. Ahora me apetece seguir trabajando con Rojas, ver cómo va cambiando, que visite otros escenarios”. Y aunque, indudablemente, Rojas vuelve a ser el protagonista, tiene que compartir honores con el ya citado Francés de Zúñiga, el que lo inició/provocó todo: “Francesillo es un personaje fascinante que da para mucho y, al principio, me planteé hacer con él otro tipo de novela, pero como murió asesinado y no se sabe qué pasó, vi que me daba pie a transformarlo en una policiaca y fue entonces cuando decidí integrarla en la serie de Rojas y volver a la serie de los manuscritos”. Los caminos del bufón y el escritor llevaban muchos años convergiendo por lo que era inevitable que ese encuentro diese un fruto como el que ahora nos ocupa: “Conocí a Francés de Zúñiga gracias a Umbral: en diferentes novelas llama Francesillo al protagonista y un día leí algunas explicaciones sobre el personaje en que se inspiraba, por quien declaraba su admiración y le nombraba “santo patrón maldito de los periodistas españoles”, ya que destacaba su labor como cronista social. Todo eso me llamó la atención, busqué su “Crónica burlesca del emperador Carlos V” que editó la Universidad de Salamanca, empecé a tratar al máximo experto en su figura como es José Antonio Sánchez Paso, todo me fue llevando a Francesillo”. Personaje que, al ser asesinado en las primeras páginas, sobrevuela por toda la narración, impone su presencia por lo que dejó escrito y dicho, por el látigo de su ingenio del que tantos aún se duelen (es por eso por lo que su muerte es -sigue siendo- un misterio: hay muchos damnificados que podrían haber buscado venganza), le conocemos, sobre todo, a través de lo que otros cuentan, recuerdan o tal vez inventan, se mire por donde se mire, hay que hacer una investigación en toda regla y Jambrina arma la novela con gran precisión, aunando realidad (mucha más de la que pueda pensarse) y especulación (muy documentada): “Es un personaje complicado por lo poco que se conoce sobre él y, para colmo, la mayoría de los datos que han trascendido son leyendas, anécdotas muy divertidas que no ayudan a construir un personaje de novela. Pero fui conociendo a otros investigadores, pude tener acceso a la realidad del personaje y, así, separar un poco el trigo de la paja, aunque me mantengo fiel a algunas de esas leyendas porque son las que aún hoy sirven para recordarle y porque son muy verosímiles puestas en su contexto”.

   La Salamanca de 1532 cobra vida (y viveza) en El manuscrito de fuego gracias al sabio manejo que Jambrina hace de la abundante documentación utilizada, al modo en que pone la información al servicio de la historia y no al revés, haciendo primar la novela (en el sentido de narración o modo de contar) y desterrando lo discursivo, dosificando con acierto (e insertando con doble oficio de docente y escritor -estuvo un tiempo escribiendo teatro para tener práctica en diálogos que hacen avanzar la acción-) las necesarias contextualizaciones que hagan comprensibles los sucesos, utilizando la aparente mera enumeración de datos como manera de explicar la época, la cotidianidad de ese momento, procurando que la trama avance y que todo lo que se cuenta tenga un sentido y un porqué, sin pretender demostrar todo lo que sabe y ha descubierto (o, las cosas como son, como por desgracia hacen muchos, se limita a copiar de este tratado, aquella monografía, el otro estudio, un blablablá sin vida que aburre más que las parrafadas de tantos profesores -que no maestros, como me gusta matizar-). Y es en ese equilibrio que nunca pierde donde queda clara la calidad de Jambrina como novelista (porque, precisamente, nunca olvida esa condición ni el género en que su obra quiere inscribirse): “Yo soy lector de novela negra o policiaca mucho más que de novela histórica: me gusta su estructura, tener que desarrollar una investigación porque al hilo de ella, que en ocasiones es una mera excusa, se puede ir reconstruyendo, como en este caso, la vida de un personaje y, a partir de ahí, ir dando pinceladas de la época en que vivió, por eso fue totalmente deliberado contarla de esta forma. Como ya hice en las anteriores, traslado unos esquemas al tipo de novela que me apetece escribir, lo que quiero es llevarme lo negro al pasado. Además, considero la picaresca como un antecedente de la novela policiaca, entroncan más de lo que se puede pensar en una primera impresión”. Y el caso es que lo consigue con enorme naturalidad, con gran eficacia y regocijando al lector, tanto al que conoce algo del momento, de los autores citados o convocados, de las obras literarias que se toman como base, de los personajes reales recreados, como al que gracias a él empieza a descubrirlos y, sin duda, quererlos, como en mi caso sucede, especialmente, con Isabel de Portugal, la emperatriz, apasionante desde mis años de estudiante, aún más gracias al dibujo trazado con, se notan, mimo y admiración: “Me encantó poder escribir sobre Isabel de Portugal, esa mujer abandonada mientras el emperador se ocupada de “las cosas de allá”, he leído cartas de personajes de la época para sacar detalles como lo de su comida a solas en la que apenas prueba bocado; no la consideraban la reina porque esa era Juana. Las cartas que Francés le dirige son citas reales y ahí se trasluce una relación muy íntima, pero creo que más de cariño que otra cosa, algo platónico por parte de él”, aunque el tipo tiene la desfachatez de ronearla sin recato (esto lo digo yo, si me lo permiten).

   Y, claro, la Universidad como escenario, como personaje, como tantas cosas, y, por encima de todo, su fachada, de la que no diremos más para que ustedes entren en la intriga como debe ser, sólo que, como casi todo en la novela (y en la Historia) es objeto de pesquisas y de elucubraciones: “Tampoco hay documentación sobre la fachada, faltan los libros de claustro para poder rastrear su construcción, cuándo se aprobaron los gastos, ni siquiera se sabe cuándo se empezó, la única fecha que aparece es  1529, cuando se la da por terminada. Tampoco se sabe quién la hizo a pesar de ser una construcción tan importante, un monumento, ni quién diseñó su iconografía, es perfecta para poder especular”. Por estos y otros motivos es tan absorbente y tan deslumbrante El manuscrito de fuego, por eso un servidor no podía soltarlo, a pesar de que, literalmente, quemaba en las manos por la emoción que provoca y transmite.

miércoles, 7 de febrero de 2018

SIN MÁS RAZÓN QUE LA VERDAD DEL CORAZÓN





   No tengo ningún reparo en reconocer que afronté la lectura de El día que se perdió el amor de Javier Castillo que Suma de Letras editó hace menos de un mes y está vendiendo ejemplares a velocidad ultrasónica con una cierta (con bastante) prevención: había leído opiniones muy elogiosas sobre su ópera prima, El día que se perdió la locura, amantes del género negro y/o del thriller (como tantas veces, utilizando esas etiquetas con gran amplitud de miras y posibilidades) con quienes coincido bastante y a los que considero con un criterio bien formado (que saben exponer y argumentar) cantaban sus excelencias, había sido un fenómeno en Amazon y al pasar al formato físico no había hecho sino expandir (y lo sigue haciendo un año después de su primera edición) la nómina de lectores cual si de Buzz Lightyear se tratase, el caso es que (como tantísimos títulos -por más que seamos voraces ratones de biblioteca se publica muy por encima de nuestras posibilidades-) ahí había quedado y, de repente, llegaron los anuncios de lo que, a priori, tomé por una secuela, una segunda parte, tal vez el tomo de en medio de una trilogía, en fin, uno, ya lo escribí ayer, está muy suspicaz y se teme lo peor a las primeras de cambio (porque han sido más los desengaños -cuando no directamente los engaños- que las alegrías en estos terrenos en que ahora nos movemos). Pero, por otro lado, lector muy curioso e inquieto, quería comprobar por mí mismo quién era Javier Castillo literariamente hablando más allá de los anuncios triunfales (y avalados por ventas) que le consideraban una de las revelaciones de 2017, un éxito que parecía no agotarse y que una segunda novela venía a apuntalar. Por lo tanto, empecé por el principio, es decir, El día que se perdió la cordura y me la liquidé en tres o cuatro sentadas, un ritmo frenético muy bien medido, una prosa veloz con un fantástico oído para los diálogos, una trama hipnótica y bien armada, personajes bien construidos a través de pasiones desbordadas, sentimientos al límite, atmósfera eléctrica, el caso es que el listón se puso tan alto que, más que miedo, empecé a sentir pánico de abrir El día que se perdió el amor y que el castillo de naipes se desmoronase.



   Antes de explicar otras cosas, debo decir que, según iba pasando páginas casi sin sentir, empecé a pensar en la, a mi entender, honestidad demostrada por Javier Castillo en esta segunda entrega, puesto que no repite fórmula, no toma el camino fácil, sino que, con inmensa naturalidad y demostrando gran conocimiento del oficio, completa a la perfección, sin fisuras ni chirridos, la historia de la primera novela (que podría haber quedado como única, pero esa página final en la que uno contiene la respiración merecía rellenar los puntos suspensivos), hace encajar las piezas anteriores con las nuevas con suma facilidad y sin estafar al lector, la novela tiene entidad propia aunque se paladea y disfruta mucho más si se conoce la anterior y, así, se participa del diálogo secreto con el autor, nada restringido pero lógicamente particular, se trata de entrar en su código (algo nada complicado porque te atrapa y arrastra desde el principio) y de ir recopilando detalles para, tal vez, sacar algunas conclusiones antes que los personajes. Al tener la fortuna y el placer de compartir un rato de conversación con Javier Castillo cuando visitó Madrid la semana pasada, confirmé que mi juicio estaba bien cimentado puesto que, antes de que yo pudiera decírselo, fue él quien habló de honestidad sin ínfulas ni prepotencia sino como reconocimiento de la misma y desterrando definitivamente cualquier atisbo de recelo, si es que aún me quedaba, ante la posible trilogía o ante el aprovechamiento de un éxito, puesto que todo estaba pensado de antemano: “Planifiqué la trama pensando en tres novelas, estuve unos cuatro o cinco meses armándolo todo: la primera era “El día que se perdió la cordura”, en la segunda se contaba la historia de Carla tal y como aparece en “El día que se perdió el amor”, aunque con más personajes, contada con más detalle, claro, y la tercera hubiera sido la historia de Bowring y todo lo demás. Pero cuando estaba redactando la segunda no terminaba de convencerme el ritmo, me parecía que era estirar innecesariamente, decidí que lo mejor era sintetizar en una sola novela y dejar lo que realmente enganchase y mantuviese el interés y la esencia de la anterior. Fue un ejercicio de honestidad, como lector no me gusta sentir que la cosa se alarga y el final nunca llega, opté por algo que me convenciese como autor y que no obligase a los lectores a estar pendientes de tres novelas cuando con dos es suficiente”.



   Y eso se nota (y se agradece) porque, al leer los dos libros consecutivamente como fue mi caso, se comprueba lo bien ligado que está todo, la lógica (dentro de las vueltas y revueltas, de las constantes sorpresas, de los órdagos continuos que Javier propone -y de los que sale más que airoso-) con que se desarrollan los acontecimientos, la única trama (por más que con varias ramificaciones) que se narra, es como recuperar (con otro estilo, otro tono y otras intenciones) aquellas novelas río de cuando éramos chavales, aquellas sagas de mil páginas (algo menos entre los dos volúmenes) con tropecientos personajes (aquí no hay tantos). Otra cosa, imagina uno, debió ser el proceso de escritura teniendo sobre los hombros la mirada, las esperanzas, el interés, las ganas de muchos miles de lectores (o tal vez no): “Es inevitable escribir siendo consciente de que hay mucha gente pendiente y esperando otra novela, pero como tenía claro qué quería escribir pude ir con cierta tranquilidad. Sí, hay vértigo, claro, sobre todo mucha responsabilidad para no decepcionar, quería que los lectores se entretuviesen y lo pasaran bien, aunque a ratos lo pasen mal, jajaja, pero sólo porque sufren con y por los personajes. La presión de responder a las expectativas la sentí mucho más que el miedo a no ser capaz de escribir una segunda”. Lo que no falta, lo que no podía faltar en El día que se perdió el amor, más aún si esa palabra aparece en el título, es Jacob hablando en primera persona, taladrando la mente del lector, angustiándole con ese amor que incontenible que vive hasta el último aliento y en constante paroxismo, torrencial, sin saber gestionarlo, simplemente dejándolo salir sin procurar la más mínima contención, expresándolo de la manera más tremenda y poderosa posible, descontrolado y descontrolando: “De Jacob escuchamos sus pensamientos, es un personaje absorbente, muy intenso, tremendamente pasional, enamorado hasta el extremo, roza un poco lo increíble, las cosas se le escapan de las manos, creo que eso es lo que le humaniza. Reconozco que está en el límite de lo tolerable, porque está enamorado, sí, pero obsesivamente; es un tipo de personaje que traigo desde los relatos, si no Jacob exactamente alguno similar, es en gran medida como yo me hablo a mí mismo, mi voz interior se parece mucho a la suya algo que me facilita entrar en esa manera de pensar”.



   Javier Castillo no se lo pone fácil al lector en ese sentido: los personajes superan cualquier límite, la adrenalina es tanta que podría llegar al disparate, pero ahí es donde se percibe lo pensado que está todo puesto que, con el pie casi permanentemente en el acelerador, no deja nada al azar o da gato por liebre (o confía en la amabilidad de los extraños, es decir, en la aceptación de cierta inverosimilitud) porque todo queda justificado, todo es creíble dentro del particular universo creado para estos días de pérdidas: “Me gusta que todo vaya rápido, que una cosa lleve a la otra, si bien es cierto que las diferentes historias tienen velocidades distintas y eso ayuda a ir equilibrando: no es lo mismo el desarrollo de la historia de Carla que la de Jacob, sobre todo cuando la narra él, mucha adrenalina, pero reaparece y llegamos a un remanso, todo se ralentiza, incluso hay escenas que parecen mágicas, oníricas”. Carla es, sin duda, el corazón de esta novela, fue su motor (“No es hacer spoiler contar que la última palabra de “El día que se perdió la cordura” es, precisamente, “Carla” y que fue eso lo que me hizo replantearme toda la historia y dejarlo en bilogía”), su historia, plenamente imbricada con la trepidante que protagoniza el resto de su familia, suspende el tiempo, a ratos parece una ensoñación o alucinación, un delirio; lo que iba, como se ha dicho, a ocupar su propio libro ha quedado reducido a lo imprescindible y eso hace que cada capítulo en que aparece Carla constituya una especie de oasis, una buena ocasión para tomar aire, por más que la calma sea relativa, hay muchas amenazas sobrevolando, hay varios frentes abiertos, los hechos que vive/imagina Carla (todo el rato se tiene la duda de si todo es real, hay como un velo sobre estas escenas) tienen lugar nueve años antes que el resto, el lector posee algunos datos que provocan desazón y obligan a estar ojo avizor.



   Como me gustaría que los lectores que no conozcan la primera novela no supieran demasiado (tampoco los que sí pero aún no hayan podido atacar El día que se perdió el amor), me guardo algunas de las cosas que hablé con Javier Castillo, pero no es necesario desvelar nada para decir que mi personaje favorito de El día que se perdió la locura es el doctor Jenkins quien, por lógica (y decir eso no supone destripar nada), no podía tener tanto protagonismo aquí pero, por así decirlo (y el propio autor lo confirma), apareció su sustituto perfecto, el inspector jefe de la Unidad de Criminología del FBI en Nueva York, alguien de nombre tan sorprendente como Bowring Bowring: “Me encantó que sonase ya aburrido por el propio nombre [bored –“aburrido” en inglés- se pronuncia prácticamente igual] y encima dos veces, jajaja. Es un tipo anodino que, en cierto sentido, recoge el testigo de lo que era Jenkins en la primera novela: está desganado profesionalmente hablando, todo le molesta, iremos conociendo su pasado y creo que en parte se le puede comprender pero, por encima de todo, y de ahí su aparición, es un personaje perfecto para ser manipulado. Desde que planifiqué toda la trama, cuando aún no tenía totalmente definido a Bowring, tuve muy claro que en determinado momento aparecería un personaje como él y que, aunque no sabía de qué forma o en qué medida, estaría involucrado, sin él saberlo, con lo que se contaba en la primera novela. Y, así, fui conectando a unos con otros”. Ligazón perfecta a través de detalles, de pequeños guiños al lector, de sucesos que más o menos se repiten, de personajes que tienen remordimientos, que se hacen reproches, que han cometido y cometen fallos, por eso nos interesan y preocupan, incluso cuando rechazamos o no compartimos su modo de actuar, Javier Castillo evita los estereotipos y dota de alma y corazón (fundamental cómo éste dicta los actos de los que somos testigos) a sus criaturas y parece que ha sabido controlarlas: “No he sentido eso que suele decirse de que algún personaje se me escapase, pero es cierto que los que hay que cobran una importancia con la que no cuentas o que al principio no les das, en este caso me pasó con Estrella a la que, además, adoro. Y, además, presta ayuda, facilita las cosas, pero podría haber intervenido mucho menos sin problema”. Y así nos hubiéramos perdido unas páginas maravillosas en las que aflora el humor (y siempre la emoción) para a continuación sobrecogernos, pero no diremos cómo ni por qué ni con quién, descúbranlo y consientan que su corazón lata como si fuese a estallar, sólo de ese modo se siente uno vivo.