martes, 19 de junio de 2018

NO HAY EDAD PARA LA INOCENCIA





   “Quizá os suene extraño, pero para alguien como yo, que se dedica a inventar y escribir historias, enfrentarse a la tarea de contar un hecho real es fascinante y a la vez terrorífico. Temo sobre todo no estar a la altura, porque a pesar de que conozco la verdad, seguramente mejor que sus propios protagonistas, también soy parte implicada en el asunto. Sé lo que vi, lo que conté; sé también cuándo mentí y por qué lo hice, y quiero que este texto, que nunca verá la luz, sea tan sincero como sus protagonistas se merecen. Al menos les debo eso, a todos: a ellos, a sus padres, a los míos, al barrio en general. Y ahora que la historia ha vuelto a empezar, después de una pausa de casi cuarenta años, es más importante que nunca explicar bien el pasado, los orígenes de un crimen cuyas consecuencias se extienden hasta hoy como ramas torcidas de un árbol de raíces secas.” Así habla/escribe en un momento dado, muy al principio (el párrafo empieza en la página 81 y concluye en la 82 de un volumen de 480), el narrador a ratos de la (apasionante) historia que se cuenta en Tigres de cristal, la nueva novela de Toni Hill que recientemente publicó Grijalbo y que supone una nueva vuelta de tuerca (me consta que le gusta que lo digamos así, Henry James siempre presente aunque sólo sea en forma de eco admirativo) en la aún corta pero exitosa y muy bien recibida trayectoria de un autor que debutó en estas lides hace apenas siete años pero se ha convertido en uno de los nombres imprescindibles a la hora de glosar (y aplaudir) el género negro (dicho, como tantas veces comentamos, en la más amplia extensión del término) en nuestro país. Tras la trilogía policial centrada en Héctor Salgado (El verano de los juguetes muertos, Los buenos suicidas y Los amantes de Hiroshima), hizo una inmersión en el género gótico del que sólo puede salir triunfante alguien que lo ama y conoce el género tanto como él (Los ángeles de hielo) y ahora nos encontramos ante una novela híbrida, que coge de aquí y de allá, que es indudablemente de intriga pero tiene mucho de crónica social y de denuncia, una historia que sucede en dos tiempos (finales de la década de los 70 y diciembre de 2015 y los primeros meses de 2016) prácticamente en el mismo escenario (lo que se llama Ciudad Satélite en los capítulos que transcurren en el pasado -el nombre que servía para señalar lo alejada que estaba del centro de la ciudad- y en los más próximos en el tiempo se identifica como el barrio de San Ildefonso en Cornellà de Llobregat) y que tiene como vórtice un asesinato del que conoceremos víctima y ejecutores en las primeras páginas pero del que ignoramos el resto de (importantes) detalles, es decir, el cómo e incluso el auténtico por qué.

   Toni Hill estuvo a finales de mayo por Madrid (y estará de vuelta mañana para presentar oficialmente Tigres de cristal en La Central de Callao), momento en que algunos blogueros charlamos con él (bueno, las cosas como son, sólo hablamos tres -mi Pepa Muñoz de Locura de Libros, Pedro Santos de El Búho entre libros y un servidor-, el resto se rio mucho y tal pero no hizo ninguna pregunta -pero pudo nutrir su reseña de lo que los demás llevábamos leído (ahí le has dado) y comentamos con el autor-) y le reconocimos nuestro asombro ante una novela que va cambiando continuamente de ritmo, de tono, un tanto polifónica (al más puro estilo Wilkie Collins, otro de esos autores sobre los que es un placer y un lujo conversar con Toni), que sorprende a cada paso porque cuando creemos tener el rumbo claro toma otro y porque (a lo Patricia Highsmith) da más información de la que sería lógica en una novela negra/policiaca y, al mismo tiempo, escamotea algunos datos para que siempre haya algún interrogante abierto y la tensión no decaiga, sumándole la que viven en su día a día algunos personajes, Alena especialmente puesto que, junto al Juanpe del pasado, es víctima de aquello que el autor coloca en el hipocentro de su historia para que las ondas sísmicas afecten, de un modo u otro, con mayor o menor intensidad, a todos los personajes, aunque ni ellos mismos sean conscientes de qué motivó la caída de la primera pieza del dominó, sólo sienten el embate cuando les toca hacer propio o perciben en la forma que sea el temblor provocado por el resto: el acoso escolar, ese que siempre ha existido aunque al llamarlo bullying y expandirse viralmente ha empezado a preocupar como hubiese debido hacerlo hace mucho tiempo. “Me gusta definir “Tigres de cristal” como un Ken Loach con marcha, quiero decir que él siempre hace ese retrato de personajes atrapados en vidas un pelín mediocres, por llamarlas de alguna manera lo más suave posible, pero no utiliza una trama criminal y sí mucha carga política. Aquí la dejo asomar de vez en cuando, sobre todo en lo más puramente social y como retrato de una época, aunque no es algo que me interese demasiado. Elijo, eso sí y con toda la intención, unos personajes muy metidos en la lucha sindical, los trabajadores de las fábricas, referente que tengo muy cerca en casa y recuerdo bien aunque en aquel momento fuese pequeño: viví aquellas huelgas y una lucha que era común. Después están los ejemplos laborales de 2015, o sea, Miriam que es autónoma y no tiene a quien acudir si le cierran la peluquería, tiene al lado la competencia de “las chinas”, como ella misma dice; o pensemos en Víctor que depende de su mujer y su suegro, así de claro, tiene un trabajo en el que le han enchufado, no se puede aliar con nadie, nadie le va a defender. Todo esto son cosas sutiles que me ayudan a señalar que ahora estamos mucho más indefensos, laboralmente hablando: claro que hemos mejorado mucho, pero antes conseguían parar una fábrica y, por efecto dominó, paraban todas las demás, aquello era así, repito que hay cosas de las que me acuerdo, y ahora parece que hay que aguantar porque no queda otra, es lo que está pasando”.

   Y es el aspecto social es el que destaca en Tigres de cristal por encima del resto puesto que ese podemos decir descenso a la tierra fue el impulso que puso de nuevo en marcha la creatividad del escritor: “La novela surgió hace como un par de años, justo cuando terminaba “Los ángeles de hielo”, ha sido de gestión rápida. Fue así porque, después de tanto tiempo con aquella historia, que me encanta y siempre defenderé, me entraron ganas de contar una digamos más de verdad, más realista, con un contexto más personal, que yo estuviera más implicado en lo que contase; en ese sentido, “Los ángeles de hielo” no deja de ser un artificio, un juego, tiene un punto lúdico, hay un narrador poco fiable, elementos que distorsionan. Por eso aquí quería hacer algo distinto, poner las cartas sobre la mesa, hablar de algo que conozco bien como son los años setenta vistos desde el punto de vista de un niño que podría ser yo, lo soy a medias, tengo trozos de todos los niños de la novela o ellos de mí, centrarme en un barrio que conocí muy bien y del que no se ha hablado mucho, y a partir de ahí a ver qué pasaba, ese fue el punto de partida. Tras el barrio y la época, surgieron los personajes y la historia. Después del policial de Héctor Salgado me fui al gótico de “Los ángeles de hielo” y ahora me he quedado en un noir que tiende a lo social, aunque es una palabra que no me gusta demasiado: es el retrato de una época y el análisis de un asunto tan complejo como el acoso escolar yendo muy a fondo”. Y, así, como ya se ha comentado, en las primeras páginas el lector sabe que el matón del colegio, el Cromañón, Joaquín, aquel a quien le gustaría que le llamasen Mazinger Z pero nadie le ve tintes heroicos, fue asesinado por una de sus víctimas, Juanpe, el Moco, con la colaboración de quien, sorprendentemente, era su mejor amigo, su protector, Victor, el hijo de un líder sindical a quien todos conocían como Sandokán (no sólo porque se pareciese a Kabir Bedi, el actor que daba vida en la pequeña pantalla al pirata de Mompracen creado por Emilio Salgari), pero nadie parece recordar (algunos no quieren hacerlo, otros apenas pueden) qué sucedió aquella noche, para eso toma la palabra un narrador del que al principio ni conoceremos su nombre, alguien que va a ir apostillando la historia de la actualidad, la que se narra en tercera persona y se vive compartiendo los tormentos de los personajes, las culpas que arrastran aunque, curiosamente, la que menos incidencia tiene en su ánimo es la relacionada con el crimen cometido: “La culpa es el gran tema que une a los personajes y, al mismo tiempo, nadie se siente culpable por el crimen ocurrido en sí, piensan que se lo merecía, se justifican por la época, por el barrio, tal y cual. De hecho, los autores del crimen lo dejan muy claro en su primera conversación; sin embargo, Víctor sí se siente culpable de no haber estado al lado de Juanpe, aunque tenía doce años, no podía decidir, pero eso le remuerde y ese tipo de situaciones se repite a lo largo de la novela. Se puede simpatizar con los chavales, creo que sucede, pero no podemos olvidar que han matado a otro”.

   Sí sucede esto que dices, querido Toni, en parte porque, aunque por fortuna a muy pequeña escala, los que éramos chavales en esos años que recuperas (algunos, en concreto este que escribe, amanerado, gordo, con gafas desde los diez años, lector desde siempre, sin ningún tipo de gracia física, con escasa tendencia a los golpes habituales de los juegos más celebrados y practicados) sufrimos en nuestras carnes (poco, fueron más insultos, burlas, insinuaciones) el abuso de quien se sentía superior por ser más fuerte, más bestia, más mayor en un momento en que, como se señaló, “se consideraba normal un nivel de violencia que podemos llamar moderado: se pegaban los chicos, te pegaba el profe, te pegaba tu padre. Ahora la cosa ha ido a más en el sentido de que se ha sofisticado: mucha de aquella violencia física se ha eliminado, sigue habiendo agresiones y muy duras, no las minimizo, pero en la novela quise poner el acento en algo que, por desgracia, cada vez abunda más y es esa idea de “te hago daño aunque parece que no”, porque cuando el asunto se quiere atajar puede que ya ni quede rastro de quién colgó la foto original o ni ésta aparezca por ningún lado, pero se han hecho memes, se comparte, ya hay mucha gente que la ha visto. En los 70, el bullying, que ni se llamaba así, era un cafre que te hacía la vida imposible pero del que a veces podías escapar; en la actualidad, no hay escapatoria posible, el acoso sigue extendiéndose, y encima tú mismo entras en las redes a mirar, contribuyes de alguna manera. No es que banalice el de antes, ni mucho menos, pero no solía ir más allá mientras que ahora está ahí las 24 horas del día”. Y claro que se produce la empatía, por más que no se justifique el crimen, por más que se rechace la venganza (aunque quien más quien menos alimente su fuego, su furia, maquine planes), al igual que sucedía recientemente con el oscarizado (e impresionante) rol de Frances McDormand en Tres anuncios en las afueras, porque, aunque cada uno tenga sus propias cicatrices (o heridas abiertas), reconoce a sus iguales, a los que fueron víctimas y, lo escribe Toni en su novela, éstas “no olvidan, se dice. El dolor mengua sin desaparecer, dejando un rastro formado por recuerdos” y en ese balance el que fue verdugo lo sigue siendo por más que terminase convertido a su vez en víctima de asesinato.

   “Esta no es sólo la historia de un crimen infantil, las rencillas de unos niños que desembocaron en una tragedia. Para ser justo, debo asumir también que es la crónica de una infancia, de una época, de unos adultos que resolvieron el tema atendiendo más a cuestiones de amistad que de justicia, y de unos chavales, incluido yo, que nos dejamos llevar por emociones tan básicas como la lealtad, la venganza o el miedo. Supongo que nosotros teníamos la disculpa de la edad, aunque no puedo decir con franqueza que no supiéramos distinguir entre el bien y el mal. Al menos yo, Ismael López Arnal, testigo y ahora narrador de esta historia que empezó a mediados de los años setenta y cuyo verdadero final me resulta desconocido”. Con este párrafo queda claro el modo endiablado y tremendamente eficaz (y soberbio), la manera en que Toni Hill trenza Tigres de cristal para que en cada página haya un nuevo motivo para seguir leyendo, para querer reunir todas las piezas, para la sorpresa, para la admiración ante una novela de gran complejidad que, sin embargo, fluye con facilidad y se lee del mismo modo: “Me sale muy natural una estructura de este tipo, no puedo explicar cómo lo hago, supongo que me viene de haber leído mucho, de ver cine, de tantos relatos como he consumido. Es cierto que hay que tener la base y dónde se quiere llegar muy pensados antes de ponerse a escribir e intentar que el resto se articule de una manera lógica: si sólo piensas en el punto de llegada, pero no en el de partida, la novela resulta muy forzada”. Recordamos un tuit entusiasta que publiqué durante la lectura de la novela en que, ya me conocen, saqué a pasear a la Highsmith, pero también a José Antonio de la Loma y Toni recoge el guante (es una forma de hablar tan sólo, no hay enfrentamiento): “Tiendo a que el texto tenga una cierta tensión, llámalo suspense, me gusta que el final de un capítulo deje con ganas de seguir leyendo. En eso, como en otras cosas, hay algo de la Highsmith, desde luego, aunque ella solía tener un punto de glamour que yo he desterrado; lo que no quise fue acercarme a Eloy de la Iglesia, en el sentido de que parecía que en los barrios que retrataba sólo había delincuentes, cuando no era verdad: recuerdo ir al instituto pisando jeringuillas, sí, pero muchos de nosotros no nos pinchamos nunca ni robábamos nada, hombre, alguna cosilla aquí y allá [unas gominolas o unos chicles, pequeños hurtos que no pasaban de ahí], irte sin pagar del bar, pero Eloy de la Iglesia convirtió estos barrios marginales en lugares en los que sólo había delincuentes y te atracaban cada tres minutos y no era así porque yo iba al instituto al barrio en que transcurre la novela, no soy Rambo, menos aún con catorce años, y jamás me pasó nada”.

   Tal vez por rehuir los clichés (por más que se apuntalen en realidades) y las generalizaciones, ha captado a la perfección esa especie de callejón de salida en que ciertas personas parecen condenadas (o lo están) a malvivir, ese escenario que emparenta tanto con Tiempo de silencio como con Mi calle, la canción de Lone Star, o Mi ciudad, el tema de Cecilia, esa desolación desesperanzada de quien se ve obligado a aceptar que jamás saldrá de la miseria física y moral, como le sucede fundamentalmente a Juanpe, toda una creación, un personaje que perturba, conmueve y espanta por igual, del mismo modo que duele hasta el desmayo el que abre la novela, el abuelo, el padre de Joaquín (o sea, del Cromañón), perdido en las tinieblas del Alzheimer, desasosegado por lo que olvida, herido de muerte por lo que recuerda, como asimismo nos violenta (por cotidiana, por auténtica, porque sabemos de su existencia) la que otros ejercen sobre Alena, por estos y otros motivos igualmente contundentes que dejan eco en el corazón, por la espléndida nómina de personajes con alma (a más de uno, a buen seguro, cada lector le pondrá otro nombre, incluso el propio), por las lágrimas que no quise contener antes de cerrar el libro, Toni Hill alcanza cotas que se antojan insuperables (pero algo similar pensé en las ocasiones anteriores y bien se ve que está dispuesto a llevarme la contraria, algo que nunca podré agradecerle lo suficiente -y mi biblioteca tampoco-). Como última muestra de esa excelencia, un nuevo botón: “Dicen que el pasado se empeña en regresar, pero no es menos verdad que nosotros se lo ponemos fácil: acudimos a su encuentro, nos zambullimos en él, intentamos comprenderlo y a la vez compensarlo, en lugar de asumir los errores y los aciertos, en lugar de dejarlo descansar en paz. Quizá sea inevitable, tal vez esté en nuestra naturaleza la incapacidad de abrazar el olvido. Quizá el tiempo, que entierra unas cosas y no otras, sea el auténtico medidor de la justicia.”

domingo, 17 de junio de 2018

GENTE CORRIENTE




   Mientras se sucedían días en que, por mil circunstancias, no lograba sentarme a escribir (en parte porque había -y aún queda- mucho que transcribir para preparar próximas entradas del blog), teniendo muy claro que lo primero que sacaría adelante sería lo que ya están leyendo, es decir, mi particular coda a una serie que se despidió recientemente tras mantenerse en antena 6 temporadas sumando un total de 75 episodios, The Americans, cayó en mis manos un (muy recomendable) artículo de Lluís Bassets publicado en El País el pasado 15 de abril con el título Una nueva guerra fría no tendrá lugar, coincidiendo en el tiempo con el visionado de la séptima (y fantástica) temporada de Homeland que se diría invita a contradecir esa tesis hasta que los sólidos y bien trazados argumentos del periodista me hicieron comprender el error de referirse a lo que ahora estamos viviendo (el modo en que la serie protagonizada y producida por Claire Danes se alimenta de lo que aparece día a día en los medios de comunicación es apabullante y vibrante, haciendo menos ficción de lo que parece) como un rebrote, una vuelta a, una reproducción de aquella Guerra Fría (en realidad, habría que utilizar el artículo determinado, incluso se escribe con mayúsculas, es el modo en que se singulariza el periodo) que, iniciada tras la Segunda Guerra Mundial, se prolongó hasta la disolución de la URSS, declarada oficialmente el 25 de diciembre de 1991. Pero, por más que el término no sea preciso o adecuado (lean a Bassets que lo explica admirablemente), en ese afán por economizar o hacernos entender en/con pocas palabras, lo fácil es recurrir a un término que todo el mundo identifica con la tensión (dejémoslo ahí) entre lo que antes se llamaban las dos superpotencias, los dos bloques, Oriente y Occidente, los americanos y los rusos (términos en sí mismos equívocos e inexactos, el primero sigue siéndolo en la actualidad). Y, entremos ya en materia sin salir de lo que consumimos como ficción, si Homeland está hablando, entre otras cosas, de la injerencia rusa en la política de EEUU (ellos hablan de lo suyo, eso hay que tenerlo asumido -y son muchos los autores que nos siguen gustando cuando abordan estos asuntos, los de antes y los de ahora, por más que se crean el ombligo del mundo-), de algo que no puede ser nombrado con el magnífico oxímoron atribuido a Orwell, The Americans ha narrado con audacia y rigor documentales parte de lo sucedido en los años finales de la Guerra Fría.

   Uno de los mayores aciertos de Joe Weisberg, el creador, productor y principal guionista de la serie (las dos últimas tareas compartidas con Joel Fields), un señor que ha debutado en estas lides con todos los honores (su experiencia televisiva se limitaba a la escritura de un episodio de Daños y perjuicios y un par de Falling Skies), ha sido contar la trastienda de algunos hechos que (más o menos) conocíamos a través de lo publicado o retransmitido, rastrear los detalles escondidos (u ocultados deliberadamente) detrás de la verdad oficial en sus diferentes o posibles interpretaciones/sesgos/posicionamientos, centrarse en lo que Graham Greene llamó el factor humano (como alguien dijo alguna vez todas sus novelas hubiesen podido titularse de ese modo), poner el foco en las personas (como también hizo John LeCarré, por eso le fue tan fácil aclimatarse a los nuevos tiempos y entregar alguna obra maestra que sumar a El espía que surgió del frío o El topo -ciñéndonos a lo que estamos hablando, habría que destacar La casa Rusia, publicada en plena Perestroika y antes de la disolución total de la URSS-), centrarse en lo cotidiano al modo en que lo hicieron aquellas grandes cintas de terror de los años 70 (El exorcista, La profecía) y cuyo espíritu reivindican y reavivan en la actualidad gentes como James Wan, Scott Derrickson o el prometedor y sobrecogedor debut en el género de John Krasinski. Porque The Americans se centra en una familia que responde a los cánones más estereotipados de perfección, que encarna las máximas virtudes del way of life tan publicitado por Hollywood, al menos en apariencia, puesto que la primera sorpresa, el primer hallazgo, el innovador punto de partida, aquello que distingue a la serie de otras se descubre en los primeros minutos (y engancha sin remisión): los espías que se nos presentan son unos infiltrados tan perfectos que resultan indistinguibles, parecen, resultan, se comportan, son más americanos (utilicemos la terminología más extendida -empezando por el propio título de la serie-) que los allí nacidos, están entrenados para ello, se han mimetizado, metamorfoseado, nadie podría decir que pertenecen a la KGB, que trabajan para el enemigo, que llegaron desde el frío, ¿qué mejor escondite que ponerse a la vista, vivir en un barrio residencial, mezclarse con su comunidad, participar en sus actividades, ser vecinos de un miembro del FBI (aunque esto no es así hasta el estupendo primer capítulo, no es algo que desearan pero sabrán revertirlo en beneficio propio)?

   Otra de las grandes virtudes de The Americans es evitar el maniqueísmo ramplón que anquilosó y desvirtuó el género; de hecho, todo se cuenta a través de los Jennings, son los héroes a pesar de que la serie (otro tanto a su favor) rehúye lo épico, lo rimbombante, no toma partido (al menos no lo subraya, no adopta un tono propagandístico, no pretende convencer de nada -en su conjunto, otra cosa son, por supuesto, las acciones y palabras de sus personajes, ajustadas a lo que se espera de ellos, a lo que puede documentarse y/o a lo que resulta verosímil-), no se dulcifica a nadie, incluso puede decirse que hay una querencia por mostrar la peor cara de cualquiera, en ambos lados los hay deleznables y los hay compasivos, ningún crimen se justifica (de hecho, asistiremos a más de un cargo de conciencia, lo que alguno podrá decir que humaniza a quien lo sufre y, sí, así es, pero en el sentido de que no estamos ante paradigmas o arquetipos sino ante personas de carne y hueso que nos interesan, tal vez preocupan, igual espantan, nos provocan emociones), volviendo a lo del maniqueísmo, retomando lo esbozado antes, hay que resaltar que si la audiencia empatiza con alguien (porque conoce su pasado, sus verdaderas personalidades, los riesgos que arrostran, los afectos que han cercenado, los que no se permiten expresar) es con los Jennings, es decir, con los rusos, con esos rusos (los conoceremos de muy distintos perfiles), no con los del FBI que, incluso, son ciertamente risibles (al menos así es como le resultan a uno Noah Emmerich y Brandon J. Dirden, por dibujo de personajes y, sobre todo, por su manera de asumirlos y pasearse por la pantalla). Por otro lado, a pesar de su entrega a la causa, de su probada lealtad, de su eficacia como arma humana soviética, Elizabeth y, sobre todo, Philip Jennings viven enfrentados a sí mismos (y poco a poco entre ellos), a sus fantasmas, a sus hijos que crecen y (se) hacen preguntas, cuestionan su labor, flaquean en su adhesión, volvemos al asunto central, es decir, al alma de los personajes, a lo que los diferencia y sitúa en un escalón superior al de la media (o a lo que, por desgracia, se ha dado por bueno y permisible en este tipo de historias).

   Sin duda, la serie no hubiese funcionado como lo ha hecho ni se hubiese sostenido durante seis temporadas (terminando en el momento adecuado: cuando aún despertaba interés e incluso recuperando el brío, el tono, la contención, la brillantez de la primera temporada, la más redonda -su modo de contar el atentado de Reagan fue abracadabrante, nunca lo hubiéramos pensado de esa manera- hasta llegar a la final), de no haber sido por una pareja protagonista que ha dado lo mejor de sí: Matthew Rhys, con su habitual y magistral economía de recursos, ha dotado de entidad y presencia a un personaje que en manos de otro podría haber desbarrado en ciertos momentos, sin cargar jamás las tintas, patético cuando debía serlo, ridículo y crispante por momentos, demostrando su versatilidad a fuerza de sencillez y un hieratismo muy matizado; Keri Russell, a quien parecía imposible ver sin que apareciese la sombra de Felicity, ha demostrado su enorme madurez interpretativa, especialmente en la aún reciente sexta temporada que debería llevarla de cabeza al Emmy por más que la Elisabeth Moss de El cuento de la criada vuelva a presentarse como contrincante imbatible, un galardón que a uno se le antoja incuestionable por el modo en que se ha ido oscureciendo, incluso encogiendo (cómo ha manejado su cuerpo, su voz, su rostro en este tiempo sólo merece un adjetivo: prodigioso trabajo), afrontando su(s) infierno(s) interior(es), arrastrándose, hundiéndose y emergiendo, cargando con culpas propias y ajenas, replanteándose sus convicciones, recriminándose sus fallos y los que no son tales, procurando mantener el inestable equilibrio que es su vida. Aunque parece existir un consenso en que los adolescentes de The Americans son muy diferentes a los de otras series, y si bien es cierto que, gracias sean dadas, se distancian bastante del lastre que, por ejemplo, supuso la hija de Brody en las primeras temporadas de Homeland o la de Jack Bauer en 24 (y ésta no era adolescente, para más inri), los hijos de los Jennings, especialmente Paige, la hija, no han podido evitar caer en ciertos tópicos que poco suman (antes al contrario) al conjunto, en el que destacan Alison Wright (a quien hubiese gustado ver, aunque fuese un momento, en la última temporada), quien sólo por una secuencia memorable en un supermercado moscovita se gana todos los honores (y anteriormente ya había protagonizado alguna del mismo calibre), y especialmente la maravillosa Margo Martindale, la única del reparto que, en dos ocasiones, ha ganado el Emmy, todo hay que decirlo por las temporadas en que menos participación tiene y menos huella deja, la tercera y la cuarta, cuando en el resto regala momentos inolvidables como quien no sabe hacer otra cosa que ser una actriz impresionante en toda ocasión (es difícil seleccionar uno, tal vez ahora me quedaría con aquel de la segunda temporada en que habla en un coche con Keri Russell, creo que era el cuarto capítulo). Aunque el colofón en sí resultase excesivamente frío (lo que muchos han destacado como virtud) y un tanto por debajo del resto de la temporada en lo que a emoción interna se refiere, al menos respetó la lógica, no traicionó el espíritu y, sobre todo, hizo justicia con el resto para que The Americans no concluyese por agotamiento o transformada en algo muy distinto de lo que siempre fue: una serie que no cayó en ninguna de las tentaciones posibles para, seguramente, ganar audiencia y, así, perder personalidad y voz propia.