sábado, 25 de agosto de 2018

¡FELICIDADES, MR. BERNSTEIN!





   La anécdota pierde su gracia al escribirla, aún más si tenemos en cuenta que tuvimos (Pablo y un servidor) el placer y el privilegio de escuchársela contar a la protagonista de la misma; explicando esto último, fuimos testigos privilegiados (y teníamos muy cerca a la maravillosa Petula Clark, algo más alejado al estupendo -en todos los sentidos- Ralph Fiennes) de un vibrante y soberbio espectáculo unipersonal (acompañada por una pequeña y estupenda banda que fue cómplice necesario para que la estrella brillase como era de esperar) que la legendaria Chita Rivera ofreció en el auditorio (o pequeño teatro, siendo generosos -aunque ya quisieran muchas salas que se anuncian como lo que jamás serán, ni tan siquiera lo que acabo de considerarlas-) de un hotel londinense (no recuerdo su nombre) cercano a la estación de St. Pancras, fue impresionante cómo a sus entonces 76 años (hablo de febrero de 2009) se movía con pasmosa agilidad, daba algunos de los pasos de baile que la hicieron popular, todavía era capaz de doblarse con envidiable elasticidad, ¡y eso que al empezar el espectáculo había prometido/nos había advertido que no bailaría, pero cuando se lleva en la sangre, cuando se es tan artista, cuando se tiene esa personalidad, ese nervio, esa energía, ese permanente magisterio, esa maestría, cuando se es Chita Rivera todo es posible e incontenible (merece ser reseñado que la gran señora tiene conciertos programados unos conciertos en San Francisco para el próximo noviembre -y supongo que más, pero son los que he encontrado a la venta-)! El caso fue que, en un momento dado, no podía ser de otra manera, salió a colación West Side Story, ella fue la Anita original, y rememoró cómo fue el casting: le habían dado ciertas indicaciones de cómo era el personaje, un par de ideas muy someras, el caso fue que llegó junto al piano y soltó toda la artillería, fue genial verla parodiándose, exagerando lágrimas y sollozos, hasta que una voz desde el patio de butacas le pidió que parase (en su recuerdo, no en el espectáculo) y ese alguien le dijo “espere, que voy al escenario con usted”, cuando llegó a su lado se presentó “¿cómo está usted? Soy Leonard Bernstein” (hasta le dijo cómo pronunciar correctamente el apellido -¡Y la Rivera hacía todas las voces y reproducía los gestos! ¡Qué pasada!-), le dijo que estaba muy bien que imprimiese el dramatismo que la partitura y el personaje precisaban, pero que lo hiciese más desde dentro, sin tantos aspavientos, que en la obra había una progresión, el caso fue que al principio ella se contenía más bien poco, pero poco a poco fue siguiendo las indicaciones del compositor y lo demás es historia del teatro musical.

   Y ese señor, Leonard Bernstein (Rivera dijo algo así como “se pronuncia Bernsstain” -haciendo la erre casi muda-), cumple hoy (25 de agosto, lo aclaro porque, viendo la hora que es, puede que publique el texto cuando ya sea 26) cien años, sí los cumple, en presente, porque los genios nunca mueren, porque la gente que deja huella y obra, aquellos a quienes queremos, respetamos y/o admiramos (de nuevo me niego a utilizar el pretérito) no pierden actualidad ni vigencia, por eso seguimos celebrándolos, por eso les felicitamos, por eso conmemoramos días tan señalados, aunque cualquier oportunidad es buena para ello, no es necesario llegar a una cifra tan redonda como hoy (esto es algo que jamás podrá comprender alguien tan obtusa y simple como esa autoproclamada experta a la que me refiero a veces, esa que al no amar de verdad aquello que dice amar no es capaz de saber de qué estamos hablando y por eso, en parte para sentirse especial, importante y por encima del común de los mortales -y hasta de los inmortales-, se lo reprocha y afea al resto -aunque, de sus más de 1.700 seguidores de los que tanto alardea, sólo uno le ha dado a “me gusta”, debe ser que la leen sólo para hacer lo que este que suscribe, es decir, reírse de su ignorancia, de sus contradicciones, de sus teorías conspiranoicas, de su incultura, de su soberbia-). Y en medio de los fastos que durante dos años están teniendo lugar por todo el mundo, como parte del gigantesco cumpleaños feliz que se está dedicando a Bernstein, SOM Produce, los mismos que hicieron posible que Billy Elliot fuese una realidad en España (y de qué manera), esas gentes que, no hay más que verlo (y disfrutarlo), defienden y aman el musical de verdad, se hicieron con los derechos de West Side Story para estrenar por primera vez en España la versión original íntegra del musical, aquella en la que participó Chita Rivera y que levantó el telón de manera oficial en el Winter Garden Theatre de Nueva York el 26 de septiembre de 1957.

   Será a partir del próximo 3 de octubre cuanto el Teatro Calderón de Madrid (que, por cierto, cumplió 100 años en 2017) se convertirá en el escenario de la rivalidad entre Jets y Sharks, entre los descendientes de europeos y los portorriqueños, al fin y al cabo entre Capuletos y Montescos, puesto que Romeo y Julieta de Shakespeare fue el punto de partida para el libreto de Arthur Laurents al que Leonard Bernstein puso música (y Stephen Sondheim, al que solemos olvidar cuando hablamos de la obra -yo el primero el otro día en una publicación de Instagram-, creó las letras de las inmortales Tonight, Quintet, María, I Feel Pretty, Somewhere y el resto). Las ya míticas peleas, las no menos fabulosas y multipremiadas coreografías de Jerome Robbins, el dramático amor entre Tony y María se vivirá como si fuese la primera vez gracias a una espectacular escenografía original de Ricardo Sánchez Cuerda (con hasta 20 cambios) de la que sólo vemos la base central (y ya impresiona, aún más por cómo desborda el espacio escénico habitual y se expande con los laterales) el mismo día en que el equipo artístico entra por primera vez en el teatro para empezar a ensayar allí, por lo que prensa y elenco descubrimos casi al mismo tiempo el West Side español, el que incluso podemos pisar cuando charlamos unos momentos con Javier Ariano, quien se hará cargo de Tony y que, momentos antes y junto a Talía del Val que hará lo propio con María, nos han regalado en el vestíbulo Tonight, con acompañamiento al piano de Gaby Goldman, director musical del montaje. Aún se le nota la emoción de, como se dice en la profesión, respirar teatro tras un tiempo ensayando en una sala, haciendo primero un taller sobre Romeo y Julieta para trabajar las emociones y los personajes desde sus orígenes, y así es como habla sobre Tony: “Tiene un mundo muy onírico dentro, aunque también se deja empujar por la templanza en otros momentos: es un personaje muy complicado, no en vano tiene a Romeo como base, porque se deja poseer por la locura del amor, lo pone por encima de todas las otras cosas”. Es inevitable hablar de las espectaculares y memorables coreografías, no para de elogiar el trabajo y el talento de sus compañeros, “Tony baila más bien poco, jajaja”, pero a cambio se enfrenta a una partitura muy exigente que requiere una espléndida voz y grandes dotes interpretativas, sin duda es un regalo, pero un tanto envenenado porque tiene múltiples dificultades: “La partitura es uno de los mayores retos a los que me he enfrentado nunca: es la obra de un virtuoso que puso muchos matices, hay muchos detalles a los que atender y cuidar para hacerle justicia y transmitir toda su verdad”.

   Esa es, tal vez, la clave para entender por qué West Side Story continúa en plena forma, por qué puede verse mil veces sin que canse, por qué nunca pasa de moda, por qué sigue cautivando e interesando, por qué las nuevas generaciones se van sumando: porque, aunque suene obvio, es una obra de sentimientos, porque todos los elementos están sólidamente aunados, porque las coreografías ayudan a contar la historia (como ha hecho desde siempre el ballet), porque no le sobra nada, porque cada canción es un hito, porque rebosa verdad, es la palabra que más repite Federico Barrios, el hombre de teatro que, nunca mejor dicho, está orquestándolo todo para que el espectáculo responda al mito y añada algo propio: “Llevamos un año trabajando, desde julio de 2017 le he dedicado todo mi tiempo para conocer bien la historia, las coreografías, los personajes, llegar al núcleo de cómo se creó el original, trabajando directamente sobre el clásico para actualizarlo en lo que se debe: no se interpreta del mismo modo que hace 60 años, las estructuras dramáticas son diferentes, lo que se quiere es darle un giro para que se acerque algo más al público actual, pero respetando el clásico, por supuesto”. Tengo la oportunidad de mantener un breve aparte con Federico y él roba unos segundos a la siguiente entrevista para, ya sin grabadora delante, explicarme algunos de los resortes de la escenografía (e interesarse, todo debo decirlo, por aquello que escuché contar a Chita Rivera) y es un lujo y un infinito placer para quien ama el género comprobar que, más allá de un director y coreógrafo comprometido con su trabajo, se está frente a un apasionado del musical, del teatro, de su profesión (y no saben cómo tranquiliza eso, hablando estrictamente como público: estamos en las mejores manos posibles). Hablamos de que él aúna las dos direcciones de la función, así se reconocía en la versión cinematográfica que firmaron Robert Wise y Jerome Robbins, porque, hay que insistir en ello (y no supone menospreciar otras que sólo buscan -como si fuese poco- espectáculo, dejar con la boca abierta como no hace mucho se quedó quien les escribe en el Drury Lane, pasmado ante el monumental montaje de La Calle 42 que aún sigo ovacionando en mi interior), las coreografías de West Side Story rompieron moldes por muchos motivos, entre ellos por su trascendencia y hondura dramática: “Las coreografías no son como las de otros musicales en que aparecen para dar luz, color, energía, o no sólo eso, porque aquí siempre sirven para seguir contando la historia, son parte esencial del contenido, no son un relleno ni una excusa”. Y las coreografías originales de Jerome Robbins serán las que se vean (y a buen seguro admiren) sobre el escenario del Calderón: “Llevamos un año trabajando con todo el material audiovisual y escrito que nos han enviado para decodificar el paso, para sacar la esencia de cada coreografía, para saber qué quiso contar el coreógrafo y respetarlo. Es una partitura coreográfica con muchísima verdad, cuenta gran parte de la historia, es central, retrata perfectamente a los latinos y a los polacos. Por eso en el casting íbamos perfilando quién encajaba en cada grupo y una vez hemos empezado a ensayar se ha demostrado que a cada uno le quedan bien las coreografías de su banda, el movimiento tiene que ver con la esencia de cada personaje”.

   Tiempo habrá para ir contando más cosas sobre este indudable acontecimiento (qué alivio que en una cartelera que por desgracia sigue resultando muy mortecina broten propuestas como esta para sumarse a Billy Elliot, ese oasis para el amante del musical), para conocer al resto del elenco, para compartir el entusiasmo por la propuesta y, desde luego, para ir desterrando fantasmas, en el sentido de que todos llegamos a West Side Story con la película en la mente y el corazón, es inevitable, pero no conviene olvidar que, como en tantos casos, son cosas totalmente distintas: “El musical hay que presentarlo a las nuevas generaciones, pero hay que poner especial atención en quienes ya lo han visto, sobre todo la película, claro, que ha dejado unas referencias muy fuertes y marcadas y alteraba la estructura original e introducía cambios lógicos porque es otro formato. Es muy difícil enfrentarse a un clásico de estas dimensiones y el mayor desafío es que el público olvide un poco eso y redescubra la obra, porque no se trata de repetir lo que ya se hizo”. Uno ha encarado muchas reposiciones (no hace ni dos meses en Londres la de El rey y yo con unos Kelli O´Hara y Ken Watanabe -y un montaje- que hacen olvidar cualquier antecedente o, mejor dicho, lo enriquece y eleva aún más) y, si el olfato no me falla, creo que estamos ante algo que promete gozo y emociones renovadas que agrandarán las prístinas, las experimentadas en tantas ocasiones en que, de un modo u otro, se ha regresado a West Side Story. Por lo tanto, señor Bernstein, puede usted soplar las velas sin dudarlo, ya que hay mucho que celebrar.

viernes, 24 de agosto de 2018

HABLANDO EN (Y DE) SERIE(S)







   Si suelen decirme que los temas me cunden que da gusto (por muy breve que me plantee un texto, me pongo a darle a la húmeda -o a teclear sin freno, que es lo mismo- y tengo que imponerme un punto final o podría seguir como Buzz Lightyear, ya saben), si soy el primero que acepta que mi modo de encarar cualquier asunto es remontarme hasta los romanos (más ahora que estoy gozando de lo lindo con algunos de los documentales debidos a la grandísima Mary Beard), si para contextualizar, poner en antecedentes, ir desgranando estas memorias de lector/espectador traigo a colación un montón de datos, anécdotas, personas, experiencias previas que, en realidad, no tienen mucho que ver con el que se supone es el tema principal, hoy, sin desviarme un ápice de mi objetivo, podría hacer uno de los párrafos más largos que jamás han salido de mis dedos, enumerando los múltiples motivos, las razones concretas por las que he sido seriéfilo (o seriéfago, no lo tengo claro) desde mucho antes de que empezásemos a utilizar este todavía neologismo que se va convirtiendo en palabra muy usada. Sí, bien lo padecen los habituales, no digamos los cercanos, los íntimos, lo proclamo hoy en el título, me pongo a hablar y encadeno subordinadas sin dar tregua, reúno sinónimos para reforzar una idea o establezco/propongo (ahí tienen un ejemplo) aparentes (o totales) dicotomías en que los términos terminan por complementarse o, al menos, ampliar el campo de visión (o la posible interpretación), algo que, ya lo he explicado en diferentes ocasiones, tomé prestado (y nunca igualado) del maestro Umbral y, las cosas como son, tanto lo he interiorizado que a veces soy el primer sorprendido cuando, queriendo utilizar sólo una palabra, brota espontáneamente un dúo.

   Ya metidos en harina, no puedo evitar reivindicar a los viejos (aunque sólo sea por años de ventaja) consumidores de series, esos que llevamos años cantando las excelencias de las ficciones televisivas, esos que ni nos avergonzamos ni renegamos del pasado, porque ni todo era tan nefasto como se quiere hacer ver (en realidad, lo contrario: no se revisa, no se conoce, se dice que no vale por ser de otra época, se mete todo en el mismo saco y punto) ni todo lo de ahora es tan magistral como algunos cantan sin profundizar ni analizar (ni mucho menos diferenciar -salvo alguna honrosa y, por fortuna, cada vez más numerosas excepciones-, generalizando de nuevo). Es cierto que a muchos (empezando por la propia profesión que en tantos casos lo consideraba indigno, un saldo, algo puramente alimenticio, la única salida, un rebajarse y desprecios similares) se les ha ido cayendo la venda de los ojos, en parte porque se han dado cuenta de que, aunque la dictadura de las audiencias sea tan o más cruel que la de las taquillas, en televisión hay más posibilidades de hacer un trabajo personal, cuidado, de largo recorrido, que poder ir perfilando/matizando según se desarrolla y ofrece, que el cine se ha/lo han transformado en una maquinaria implacable, en un ocio que cada vez resulta más oneroso para el espectador (en muchos sentidos, no sólo en el precio de cada entrada), que tiene que buscar otro tipo de ofertas/propuestas para convocar públicos millonarios (por número de asistentes, no por lo que contienen sus bolsillos), que hay nuevos hábitos de visionado y eso no impide que sea espectador fiel y rendido de lo que se ve en pantalla grande con lo que puede disfrutarse en otras de distintos tamaños (a veces, por cierto, más esplendorosas que las de ciertas salas que siguen cobrando un precio abusivo por una proyección más cercana al Cine Exin). Aceptamos barco como animal de compañía, claro, en el sentido de que gente imaginativa, talentosa, con galardones importantes, con trayectorias destacadas y reseñables (muchos buscando refugio/cauce para sus proyectos -incluso control sobre ellos-) se ha volcado en lo televisivo, pero a buen seguro no gozaríamos del panorama actual de no haber existido antes (y la mejor prueba son los remakes, recuperaciones, actualizaciones, nuevas temporadas de series finiquitadas hace tiempo) aquellos títulos que tantas horas nos entretuvieron, divirtieron, sorprendieron e hicieron soñar, aquellos fenómenos que llenaban horas de conversación encendida y emocionada, que llevaron a muchos intérpretes a las portadas de las revistas, que provocaron calles desiertas durante la emisión de algún capítulo, y por no hacer esto más largo de lo prometido (aunque ya me excedí) cabría decir que en ese terreno poco tenemos en España que envidiar al resto, recuérdense Verano azul, Los gozos y las sombras, Historias para no dormir, la Novela de las sobremesas o Anillos de oro.

   Y no puedo/quiero terminar sin agradecer a mis padres (y sobre todo a mis tíos Carmen y Miguel) la libertad que me dieron para navegar sin reparos en el mundo de la ficción televisiva (también en el de la literaria), vigilando sólo que ciertas cosas no cayeran en mis manos antes de tiempo (y lo comprendo y comparto), alimentando mi pasión (y hasta mi vocación aunque ni ellos ni yo lo sabíamos entonces), faciltándome el acceso (ayudados, como tantas veces hay que reconocer/reivindicar, por la programación infantil -y el resto- de TVE) a personajes que, de un modo u otro, han sido claves en mi maduración, en mi personalidad, en mi vida (y muchos lo siguen siendo: compañeros de viaje para siempre). Hemos recordado en alguna otra ocasión las grandes obras de la literatura que gracias a los dibujos animados o los tebeos conocimos sin que fuera necesaria la sangre (la letra entraba por sí sola), también hicimos lo propio con los programas dramáticos del casi único canal que veíamos (el UHF apenas se sintonizaba, los espacios allí arrinconados -así nos parecían- no despertaban nuestro interés), dejemos que desfilen, por ejemplo, George y Mildred (es decir, Los Roper, un spin off -al que de aquella nadie llamaba así- de la también memorable Un hombre en casa), los hermanos Jordache y el perverso Falconetti (de Hombre rico, hombre pobre), Rothgo y Velor peleando por hacerse con el Nidus (Dentro del laberinto fue para muchos, primero, el título de una magnífica serie británica), Claudio, Calígula y Livia (si bien es cierto que sólo vi algunos fragmentos y que, lógicamente, no entendía lo que pasaba -pero la cabecera y la maligna elegencia de Siân Philips me dejaban con la boca abierta-, Charles y Sebastian (de Retorno a Brideshead) y, por supuesto, así en catarata, aquellos cuatro detectives a los que Pepe da Rosa reunió en unas sevillas (Kojak, Columbo, McCloud y Banacek), las tres muchachitas que fueron a la academia de policía, la tripulación (y los pasajeros) del Princesa del Pacífico, Thomas y Sarah (salidos de Arriba y abajo, que no pude ver porque se emitía en la sobremesa mientras yo estaba en el colegio), la señora Fletcher cuando ya era algo más mayor, en fin, ya ven que podría seguir hablando en serie y sobre series, porque la cosa no es de ahora.

martes, 21 de agosto de 2018

UNO MÁS DE LA FAMILIA






   Si algo no faltó nunca en casa (aunque siempre parecían pocos -y durante un tiempo el presupuesto destinado a ellos era ciertamente ajustado, incluso inexistente más allá de fechas señaladas en las que llegaban en forma de regalos, pero cada poco aparecía alguno nuevo aquí o allá al margen de aquella sana costumbre del cambio que abarataba costes y permitía el acceso a muchos ejemplares-) fueron libros y, en los primeros años, cuentos y tebeos, afición, devoción y placer que compartí con mis hermanos que, por así decirlo, me allanaron el camino porque ya tenían personajes favoritos y publicaciones predilectas cuando empecé a leer (mi hermana me lleva siete años y mi hermano cinco, esa diferencia de edad que se agudiza más en la infancia provocó, además, que la oferta fuese de lo más variada). Tomando una vez más como inspiración a Monterroso, cuando desperté a la lectura, los de Bruguera y Marvel ya estaban allí, cuando el ratón de biblioteca que traje incorporado empezó a roer, me topé de golpe con mucho donde elegir, también debo recordar aquellos tomos llamados Películas que alternaban los monográficos de Disney (se contaban en viñetas los largometrajes clásicos -y los que fueron apareciendo-, también los cortometrajes más populares, había aventuras protagonizadas por Mickey, Goofy, Donald, Pluto, Chip y Chop, toda la tropa que habitaría no mucho después las páginas de la adorada revista Don Miki) con los dedicados a la amplia nómina de personajes salidos del magín de aquel soberbio tándem que formaron William Hanna y Joseph Barbera. Y así, no podía ser de otra manera, uno fue enriqueciendo su universo con todos los nombrados y otros muchos (los personajes de Barrio Sésamo y de los que entonces llamábamos Teleñecos también tuvieron su propia revista -Epi/Blas… y los demás-), me hice especialmente seguidor de La Patrulla X, Los Cuatro Fantásticos, Los Vengadores (me iban más los grupos de superhéroes que los independientes o solitarios por lo que se ve), eso en lo que a Marvel se refiere; en Bruguera, me cuesta elegir favoritos, casi tardaría menos diciendo cuáles no me agradaban, si me fuerzo a hacer un listado he de encabezarlo indudablemente con Mortadelo y Filemón, seguidos de cerca por Zipi y Zape y los inquilinos del 13 Rue del Percebe, pero en dura pugna reclaman su lugar de honor Rompetechos, las hermanas Gilda, Sir Tim O´Theo, Petra (y doña Patro), la familia Trapisonda y la Cebolleta, el doctor Cataplasma o doña Tecla Bisturí. Habría que hablar, además, del archipopular TBO o de mi idolatrado Capitán Trueno, del Corsario de Hierro o el Hombre Enmascarado, igualmente de Pumby (personaje y revista), de aquella Heidi que siguió protagonizando viñetas en álbumes y tebeos aunque la serie hubiese terminado tiempo atrás, de Popeye, de los Pitufos, es que si me pongo no acabo y, desde luego, no llego a lo que se supone que he venido a contar hoy.

   Dentro de esta cuantiosa y espléndida herencia recibida (que se veía incrementada por los nuevos números que iban apareciendo), Superlópez (como otros que no menciono por no enrollarme y porque no es su momento) fue desde el principio algo propio, puesto que el enorme Jan lo creó en 1973 (es decir, yo ya había nacido) pero su momento de despegue definitivo (nunca mejor dicho para alguien que puede volar) fue a partir de 1978-9 cuando empezó a protagonizar historietas largas que aparecían primero por entregas en Mortadelo Especial y luego se publicaban completas en aquellos inolvidables álbumes de la colección Olé!. Más allá del apellido que, quiérase o no, tira y vincula a quien esto escribe (ese sentimiento de pertenencia -o de posesión- que los críos tienen tan arraigado), este peculiar superhéroe (sí, todo lo paródico que se quiera, un desastre que recibe millones de golpes, una medianía -como suele decir Luisa Lanas en cuanto tiene ocasión- que acierta más de carambola que por pericia y/o astucia, pero al final sale victorioso y salva al mundo, por lo tanto el nombre le cuadra), este superhéroe, decíamos, se convirtió rápidamente en un personaje al que seguir, no en vano aún sentíamos muy adentro lo vivido gracias a la legendaria (nació así con todo el derecho y todas las razones para ello) Superman de Richard Donner (y la creación de Jan nació, indudablemente, como caricatura del llamado hombre de acero de DC Comics, por más que muy pronto tomó su propio camino -al margen de tener que cambiar el logotipo que al principio llevaba en el pecho por otro que no se asemejase tanto al del original, evitando de este modo problemas legales-, conservando ciertos guiños y referencias inevitables que aún se mantienen -los nombres de algunos personajes, el trabajo de López, el traje que le transforma-). Y, reitero, no había que buscarlo en tebeos antiguos, no hablaban de él nuestros padres o hermanos mayores: Superlópez era más nuestro porque (casi) lo vimos llegar, quedarse y seguir creciendo. Y, como remate, Jan se ganó del todo su hueco en ese Olimpo mágico en que reunimos a Ibáñez, Escobar, Raf, Segura, Vázquez (por no salirnos del universo Bruguera) siendo el elegido para renovar la histórica cabecera Pulgarcito, precisamente con un personaje homónimo que nos regaló horas de diversión y ensueño con historietas prodigiosas en continente y contenido, tomando como punto de partida algunas de las grandes ficciones literarias o hechos históricos que, de ese modo, nos llegaron sin esfuerzo porque nos divertían y despertaban las ganas por saber más acerca de ellos (o por leer los textos que le servían como inspiración).

   Y 2018 está siendo el año de Superlópez puesto que a finales de noviembre se estrenará una versión cinematográfica cuyo primer avance ha hecho relamerse los labios a alguien tan escéptico en ese aspecto como un servidor (todo debido a experiencias anteriores que no dejaron muy buen sabor de boca -y una de ellas, Anacleto, estaba dirigida, al igual que el filme que ha de llegar, por Javier Ruiz Caldera-, sobre todo las dos infamias que tomaron el nombre de Zipi y Zape en vano), motivo por el que Ediciones B está reeditando los tomos de Súper Humor que reúnen sus aventuras anteriores (en septiembre aparecerá el cuarto -jo, tengo que hacerme con ellos-) y, sobre todo, está publicando nuevas historietas que permiten renovar y ampliar carcajadas y admiración. Tras Nuevas aventuras de Mambrú, el pasado mes de junio vio la luz Superlópez XXL, una aventura que algunos pueden considerar de transición pero que tiene más virtudes (y sobre todo más enjundia) de la que se le puedan atribuir en un primer vistazo (o lectura veloz porque es la que hay que hacer en un principio -ya vendrá el momento de detenernos en una viñeta, de revisar, de paladear-, sobre todo teniendo en cuenta que Superlópez vuela imparable a lo largo de varias páginas recorriendo todo el mundo con la intención de recuperar su tipito apolíneo propio de superhéroe-). Por un lado, toca algunos asuntos siempre candentes, especialmente el relativo a la obesidad infantil (y la del resto de la población, pero aquella, indudablemente, debería (pre)ocuparnos más), también la (mala) alimentación (y me señalo directamente con el dedo y entono el mea culpa) a que nos hemos acostumbrado sin oponer resistencia o buscar alternativas/soluciones, por otro lado está el espinoso asunto de qué ocultan la enumeración de ingredientes de tanto producto precocinado/industrial como adquirimos/consumimos y del modo en que se potencian (o podría decirse “fabrican”) ciertas adicciones que consentimos nos impongan (sí, vamos a ver, soy el primero que de vez en cuanto se agasaja a sí mismo con uno de esos pastelitos que nos ponían a salivar en nuestra infancia, no lo niego, pero en parte, y se dice claramente en Superlópez XXL -y así lo hemos compartido en ocasiones con amigos mientras hincábamos el diente sin complejos ni titubeos-, no queremos pensar de qué pueden estar hechos). Pero, como es santo y seña de la casa (es decir, del gran Jan), todo esto lo va uno pensando/meditando/postergando mientras no deja de reír, mientras se lo pasa de miedo con viñetas llenas de onomatopeyas, mientras celebra el reencuentro con viejos conocidos como el profesor Escariano Avieso, Al Trapone, Paxo Enaxera, el inefable e inevitable Inspector Hólmez y, por supuesto, Luisa Lanas y Jaime González (aunque en esta oportunidad intervienen muy poco, al igual que el jefe). Y lo mejor de todo es que se anuncia para octubre el nuevo álbum de Superlópez, Robinson, no cabe duda de que la serie y su autor están en plenísima forma.