jueves, 7 de febrero de 2019

AUTOMEDICACIÓN CONVENIENTE





   Aprendí lo que era el Sindeticón (y otras muchas cosas más) gracias al por derecho propio mítico LP Forgesound, aquel en que se celebraba el universo del grandísimo y no menos histórico dibujante (al que, por cierto, tengo intención de regresar muy en breve) que daba título al disco gracias al ingenio de unos descacharrantes Luis Eduardo Aute y Jesús Munárriz como autores de letras de músicas que ellos mismos interpretaban con la jocosa colaboración de Teddy Bautista, Julia León y Rosa León (para los de mi generación fue la de Al alba y demás canciones -casi himnos- cargadas de intencionalidad, ironía, rebeldía y libertad al mismo tiempo que la que conectaba magníficamente con los niños a través de las canciones de María Elena Walsh); supe que era un pegamento como el Imedio con que yo pringaba los álbumes de cromos (y las yemas de los dedos y lo que pillase, nunca mejor dicho, a mano -las manualidades nunca han sido mi fuerte-), así me lo explicaron, antes de comprender al cien al cien lo que significaban aquellas letras que, sin embargo, tanto me divertían y canturreaba aquí y allá, dejando pasmados a compañeros de clase (los había con más malicia o más conocimientos, otros simplemente eran conscientes de la osadía, de que eran cosas para mayores) y, sobre todo, algunos profesores (no tanto por la procacidad o doble sentido -sexual, claro, que era el que más les inquietaba- como por el contenido político o las lecturas que de ciertas frases/canciones pudieran hacerse -y eso que aún era “inocente” lo que la Concha le decía al Mariano en la canción homónima porque éste no dejaba de ser un personaje de las viñetas, pero ya volveremos sobre ello cuando corresponda, tal y como anuncio-). Al margen de lo que estoy preparando en torno a Forges, me dio por pensar en esas palabras descubiertas en los tebeos al andar enfrascado (y, por supuesto, maravillado, feliz, también emocionado) en el disfrute otro de esos volúmenes con los que Bruguera Clásica va recuperando aquellos personajes y autores que iluminaron y alegraron tantas horas a los chavales (y no tanto) de entonces, de después, de ahora, de siempre: Lo mejor de Vázquez.

   Ignoro quién lo dijo primero (me refiero al universo Bruguera), el caso es que vinculo a Anacleto con esa fantástica palabra que es “sapristi”, siempre entre exclamaciones porque no otra cosa es (una interjección, siendo precisos), expresión francesa que tanto se encuentra en Simenon como en Hergé y Peyo (belgas los tres, por cierto) y que pasó a nuestro vocabulario sin que supiéramos (ni nos preocupase) su origen o auténtico significado. Y no podía empezar de otro modo, es decir con, tal vez, su creación más popular (no gracias a aquella olvidable -por no decir algo peor- película que utilizaba su nombre y presencia en vano -aunque no tanto como las dos infamias, que no adaptaciones ni versiones ni nada, en torno a Zipi y Zape-) comienza el viaje, es Anacleto, agente secreto quien abre el tomo con todos los honores, con su primera historieta, aparecida en 1964 en Pulgarcito, en la que ya viste su habitual traje negro pero todavía no luce su clásico tupé -de hecho es completamente calvo- ni lleva su sempiterno cigarrillo pegado a los labios -ese que ahora sería impensable y que, por fortuna, nadie parece haber pensado en borrar, espero no estar dando ideas peregrinas al pensamiento políticamente correcto o, mejor dicho, a la inquisición y censura camufladas de buenas costumbres y demás moralina (miren, señores, no piensen por los demás, no nos consideren tan influenciables -o tontos- porque un servidor apenas ha probado el tabaco en su vida más allá de los típicos escarceos de adolescente a pesar de que Filemón, Anacleto, no digamos don Pantuflo con sus puros, lo hiciesen en una viñeta sí y en la siguiente también). La indudable (y nada oculta, no sólo en su atuendo o físico) parodia de James Bond adquirió muy pronto personalidad propia y el vuelo alto que tomó se ve claro en la selección de historietas aquí reunidas en las que, por supuesto, no podía faltar alguna con su enemigo más recurrente: el malvado Vázquez.

   El dibujante se caricaturizó y convirtió en todo un personaje, el tío Vázquez (tal vez por ahí hubiesen debido ir los tiros en la bastante fallida película que le dedicaron, por más que tuviese algunos aciertos -no, desde luego, la elección del actor protagonista, que tal vez marcaba demasiado el tono de lo grotesco y exagerado, una mala o cuando menos torpe interpretación de lo que destilan las viñetas-) y gustaba de aparecer aquí y allá (si la memoria no me falla, también asomó en alguna aventura de la abuelita Paz y/o Angelito -quienes, por cierto, justificarían una segunda antología del autor o su propio recopilatorio-), al margen de reírse de sí mismo (o de sus acreedores, sobre todo de estos) en la serie Los cuentos de tío Vázquez que también recuperamos en el presente volumen, ese prodigio de imaginación con que se trenzaban excusas absurdas y alambicadas -chispeantes y jocosas para el lector- para no satisfacer una deuda (ya lo ven: los tebeos eran un arma de subversión e incorrección y no nos ha pasado nada -bueno, puede que sí, pero sólo a algunos, tal vez a demasiados, pero sería injusto e irreal achacar a las lecturas infantiles tanto latrocinio, tanto indeseable, tanta corrupción, lacras que se han combatido (y se sigue haciendo) desde el cómic-). La primera vez que estos peculiares cuentos pudieron ser leídos (tal vez devorados sería más preciso) por los lectores fue en un Din Dan de 1968, momento que se recoge aquí, al igual que una amplia muestra de los subterfugios de Vázquez para no pagar (o al menos demorarlo lo más posible), contando con la abuelita Paz como invitada especial (pero sabe a poco, sigue teniendo validez lo dicho un poco más arriba) y cerrando con una vuelta de tuerca genial, al más puro estilo “alguacil alguacilado”.

   Los variados cambios sufridos por La familia Cebolleta a lo largo del tiempo (aunque las bases y los roles estaban bastante definidos ya en 1951 cuando llegaron para quedarse), sobre todo en lo visual, en los físicos, en ese padre de familia que fue Rosendo desde el primer día (aunque en al menos una ocasión tal y como aquí se comprueba es llamado Leoncio), en esa hija mayor que es como el Guadiana (pero en la que Vázquez se recrea al principio, dibujándole un rostro más realista que a los demás, no así una participación activa ni especialmente reseñable en las tramas ni en los chistes), en ese Diógenes (el hijo menor) que tan pronto llevaba gafas como no, que igual tenía tres pelos como ninguno como lucía una abundante cabellera rubia, en ese abuelo que engordó, tuvo distintas barbas, perdió con el tiempo un fez o similar que lució al comienzo y durante varios años, en ese loro, Jeremías, que a partir de determinado momento comenzó a fumar y, de hecho, es con un puro en el pico como más se le recuerda. Historietas que dinamitaban la armonía familiar que se pregonaba y exigía desde las más altas instancias, del mismo que lo hacían Las hermanas Gilda, Hermenegilda y Leovigilda, su apellido fue al principio Pérez y otras hierbas, por más que a veces se toma por tal el final común de sus nombres (que es como se hicieron popularísimas y queridas), por momentos también fueron López, Ramírez o por ahí. Desde aquella primera página de un Pulgarcito (“cuaderno humorístico” según rezaba en la misma) de 1949, muchas historietas y cambios físicos de lo más notorio hasta llegar a la imagen icónica de ambas, a la que ha perdurado, a como todos las imaginamos y adoramos. Y cerrando los núcleos familiares, no podía faltar La familia Churumbel, otra de esas series que hoy en día se antojan imposibles o sin recibir mil críticas, peticiones de cancelación y hasta denuncias, imaginen que en la primera viñeta de la primera historieta publicada allá por 1960 aparece un gitano saludable, fuerte y juvenil que porta una gigantesca llave inglesa y dice “me voy a currelá, que he encontrao un trabajo de mecánico. ¡Viva er trabajo!” y el patriarca quiere estrangularlo o algo peor al grito de “¡Renegao!”, lo que consigue porque su mujer le sujeta. Este gag se repetirá muchas historietas, si bien es cierto que el hijo mayor irá desapareciendo progresivamente, mientras el padre (y en ocasiones también el abuelo) busca burros que afanar allí donde se presente la ocasión, al margen de reproducir otros tantos estereotipos en nada malintencionados, todo lo contrario, porque vistos hoy en día siguen provocando carcajadas (que ese y no otro es su principal objetivo) por el modo en que Vázquez los utiliza con ingenio y rebaba, en realidad, la acidez, la crítica, la ironía se vierte sobre aquellos que pueden pensar (y arrojar como insulto) que lo que ahí se dibuja está tomado del natural (si alguien se ofende por estas viñetas y, sin embargo, aplaude cosas como Los Gipsy Kings -especialmente los involucrados/afectados-, tiene un serio problema de perspectiva).

   Y hay que cerrar el volumen, no sin pena, pero aprendamos de lo reído a ver la botella medio llena: esto es sólo “lo mejor”, es decir, aún queda mucho de Vázquez y de un genio como él todo es susceptible de ser considerado así. ¿Para cuándo el segundo tomo? Además, bien lo dice otro de los grandes, el maestro Ibáñez, en el prólogo: “¡Lo que nos ahorramos en farmacia! Que sí, que sí, que leyendo a Vázquez resultaban superfluos, innecesarios, tontos, todos los medicamentos, píldoras, cataplasmas, emplastos y demás cochinaditas del mundo. Porque, ¿llegaba el arrechucho? Pues nada, a ventilarse unas páginas de “Las Hermanas Gilda”, a reír como descosidos, y nuevecitos, mire. ¿Que subía la fiebre? ¡Siete páginas de “La Familia Cebolleta” al canto, carcajadas a mansalva y frescachones como una lechuga!”. En estos tiempos de gripes, fríos polares, destemples, para prevenir la astenia primaveral, los sofocos del verano, en definitiva, para tener el botiquín bien repleto de preventivos del dolor (de lo que sea), necesitamos más páginas de Vázquez, no importa que no lo cubra el seguro, creo que pocas medicinas se pagan con tanto placer y es que, también es palabra de Ibáñez, “no se sabe de ningún lector asiduo de “La Familia Churumbel”, de “Los cuentos de Tío Vázquez” o de cualquier otra creación del tío Vázquez ese, que padeciese destemple, congoja o angustia alguna a lo largo de su existencia”. Mañana le digo al farmacéutico del barrio que ponga un quiosco con tebeos y verás cómo aumenta la clientela y mejora la salud de todo el mundo.

martes, 5 de febrero de 2019

CUATRO MUJERES Y ALGUNOS OTROS SERES





   Hablamos mucho, así en general, de la voz del autor, confundiéndola más de la cuenta con la voz narrativa, cuando no son necesariamente lo mismo: todo creador que se precie (nos centramos en la literatura, como tantas veces, como casi siempre, pero muchas de las cosas sobre las que desvariamos pueden aplicarse a cualquier rama artística, con matices y concreciones para cada una) aspira a poseer una voz, es decir, ese algo que lo distingue de los demás, esa mezcla de estilo, intenciones, modo de contar, características que pueden darse en gran mayoría de sus obras técnicamente hablando por más que existan diferencias notorias entre unas y otras en lo que a desarrollo, resultados, género y demás variables se refiere, pero hay un aliento, un espíritu, una personalidad que se impone, destaca y reconoce (y, por otro lado, también está su propia evolución a lo largo del tiempo, sobre todo cuando se trata de una trayectoria larga y/o prolífica, el modo en que ha ido buscando/encontrando su manera de ser artística, cómo se ha ido alejando de sus inicios o ha ido enriqueciendo y limando lo que podía rastrearse/intuirse desde el principio, construyendo permanentemente ese sello particular, ese pellizco en el lector, ese enganche, esa complicidad, esas sensaciones que a veces no se concretan en palabras en sí, sino en lo que estas provocan/despiertan). Y luego, además, está la voz narrativa, la de cada obra en concreto, cómo y de qué manera se nos hace llegar una historia, decisión nada baladí ni arbitraria (o no debería serlo, por más que eso que llamamos inspiración a veces parezca tal o no se sepa verbalizar cómo brotó la idea) porque su efectividad, el hecho de que sus bondades resalten y puedan ser convenientemente apreciadas, el mejor de los edificios literarios se viene abajo si quien lo construye no acierta con los cimientos, si pierde credibilidad u honestidad (o ambas, lo que ya es el acabose) o no las tiene de base, si trata de ponerse por encima del lector con argucias que devienen en trampas, si no nos creemos a quien nos cuenta la historia(sea en la persona que sea), si nos chirría o nos aleja de la misma, si no, por así decirlo, confiamos en quien narra (en cómo se narra), apaga y vámonos (salvo que seas Barry Lyndon, porque se nos pone en guardia/aviso casi en las primeras líneas o como mucho pocas páginas después, no tengo el libro a mano para consultarlo -y ahí, en ese narrador bribón y embustero, radica uno de los mayores aciertos de esa joya de Thackeray-).

   Fátima Casaseca ha resuelto con enorme sencillez (en el sentido de lo fácil y gozosamente que se lee, pero se percibe el trabajo que hay detrás para que, precisamente, no se note) ambas cuestiones en su segunda novela, Afectos secundarios, que Espasa publicó en los primeros días de 2019. Por un lado, conserva intacta la frescura que fue seña de identidad de su exitoso blog (transformado en libro) Una mamá española en Alemania, sigue resultando espontánea sin imposturas ni artificios, impregna su escritura de jocosidad, de una ironía no exenta de ternura que me parece, si me apuran, su máxima virtud (ese difícil pero logrado equilibrio entre reírse de los defectos -o lo que así consideramos- ajenos y propios sin hacer sangre, sin excesos, empatizando en lo posible con quien nos provoca risa, irritación pero una cierta empatía -por no decir reconocimiento, que también-), aunque aborde asuntos diferentes y de lo más diversos (ahora iremos con ello) se reconoce a aquella bloguera (ya escritora por modos, intenciones y resultados) en una narración ágil y que, sin abusar de lo coloquial, fluye como si fuese oral. Y es ahí, precisamente, donde radica la fuerza de esta novela, donde Fátima Casaseca demuestra que tiene bien desarrollado el músculo narrativo, donde el reto que es Afectos secundarios se supera con nota muy alta, donde se da en la diana con el asunto de la voz narrativa, voces en realidad, puesto que estamos ante una obra polifónica al más puro estilo Wilkie Collins en el sentido de ir alternando diferentes narradores, un a modo de Rashomon en el que cada quien cuenta su historia (o la parte que puede contar) a alguien, no se sabe a quién, ese es el misterio de fondo (grandísimo hallazgo), Fátima identifica a sus personajes por cómo hablan, cómo se explican, muletillas del lenguaje que las identifican, multiplica las voces en un alarde que en sus manos adquiere una naturalidad que no muchos consiguen.

   Tuve la fortuna (gracias de nuevo a mi Pepa Muñoz y sus buenísimos oficios y a la excelente disposición de Laura del departamento de prensa de Espasa) de poder conversar con la autora junto al resto de blogueras habituales (Pedro Santos y un servidor nos llamamos así también, encantados de la vida) un rato antes de que tuviese lugar la presentación de Afectos secundarios en la librería Rafael Alberti de Madrid hace algo menos de un mes y de poder felicitarla por el modo en que ha salido muy airosa de lo que, aunque pueda no parecerlo al leer la novela por, no me cansaré de repetirlo, el modo natural en que fluye, casi como si fuese una conversación más que una sucesión de monólogos (que se rompen para reproducir diálogos sin que resulte forzado), ha salido airosa, decía, del desafío que supone parcelar la historia en diferentes voces, caracterizando cada una, definiendo a los personajes de ese modo: “Lo que mejor manejo, en lo que me siento más cómoda es la primera persona, por eso el libro salió polifónico, como dices, al margen de que tenía claro que quería partir de unas desconocidas que se encuentran reunidas en un momento íntimo y desagradable, nada de la parada del tren o en una consulta convencional de cualquier médico. Fue viendo “House of cards” como encontré el lugar propicio para que mis personajes establecieran contacto y, aunque eso me limitaba un tanto porque sólo podían ser mujeres y con una edad máxima, me pareció un buen modo de arrancar”. Y aunque se sepa desde el principio, dejemos que cada lector descubra por sí mismo cuál es ese lugar (tan sólo diré que, puesto que lo toma de la realidad y lo sitúa al hablar de calles cercanas, vivimos durante un tiempo a no muchos metros del mismo y veíamos “manifestaciones” de tres o cuatro personas que, se supone, intentaban avergonzar/disuadir/catequizar a las mujeres que allí acudían), para que así no empiece a especular (y hasta prejuzgar) antes de tiempo (por más a favor de obra que se hagan, la mayoría de las sinopsis, resúmenes y recomendaciones particulares, por una cuestión de economía de palabras y hasta de lugares comunes publicitarios, a pesar de que quien las elabora tenga la mejor de las intenciones, para facilitar la comprensión de lo que se quiere transmitir, al margen de reventar el argumento de un modo excesivo, más parecen invitar a ello que a despertar ganas de leer). Porque, entre otras cosas, esta es una novela que abate estereotipos, en gran medida porque confirma cuántas veces caemos en ellos o los ejemplificamos más o menos conscientemente, los llevamos impresos en los instintos, están anclados en costumbres, en acordes cotidianos (como diría el poeta), hábitos, asunciones propias de que eso es en gran medida lo que somos y lo aceptamos (o no), también porque la autora siempre quiso que, de una manera u otra, ese fuese el asunto central: “En mi anterior novela había tocado un tanto tangencialmente el asunto de los prejuicios, las ideas rápidas que nos hacemos cuando coincidimos con alguien desconocido por el primer vistazo, por cómo visten, cómo hablan, lo que sea. Y ese fue mi punto de partida: confrontar a los personajes con sus prejuicios y también al lector, por supuesto”.

   Fátima Casaseca toma apuntes del natural, como tiene que hacer la ironía bien trenzada (como convirtió en categoría literaria Valle-Inclán: deformando la realidad aparece el esperpento), sólo de ese modo funciona, y lo hace con viveza, con ojo y oído atentísimos, reproduciendo modos y modismos con, si se me permite la cacofonía, sorna sorda, con elegancia, con cariño, sin jerarquías, tratando a sus criaturas con mimo y comprensión (lo que no quiere decir compartir todos sus comportamientos, al menos en el punto de partida, como les ocurre a las unas con las otras), pero sin ocultar sus carencias (todo lo contrario, en esas fallas, en esas imperfecciones se cimentan las relaciones, los afectos que las cuatro protagonistas van tejiendo): “Me gustó ir un poco a los extremos porque no quería el típico grupo de amigas que quedan para cenar todas las semanas y así, no quise una afinidad desde el principio pero sí que se viesen obligadas a desarrollar una relación muy íntima”. Y la novela está magníficamente armada con esas voces que se van alternando y no es que vayan contando su versión de la historia y haya que desentrañar la verdad, sino que cada una cuenta la suya, a veces coincidente con la de las demás, a veces personal e intransferible: “Fue todo un reto lo de ir alternando y diferenciando las voces porque todos tenemos muletillas que tuve que ir quitando de algunos sitios: Begoña, por ejemplo, es una mujer muy inteligente pero no tiene la cultura suficiente para utilizar determinadas palabras, puede que las entienda pero no las usa; Sonia dice muchas palabrotas, pude desinhibirme, jajaja, un personaje que además da muchas sorpresas al resto, precisamente por el estereotipo que tienen formado”. Y aquí llegamos a otro de los estimulantes hallazgos y gratas sorpresas de Afectos secundarios, puesto que, para poder proporcionar los datos precisos al lector, Fátima necesita de otros personajes que completen lo que las cuatro mujeres narran, apariciones estelares e inesperadas que, además, ayudan a que la estructura no resulte monótona (por más que no lo es, ya que no se basa en el esquema A-B-C-D repetido hasta la saciedad): “Tuve que ir planteándome en cada momento qué podía describir cada personaje, que fuese siempre creíble. Al hablar en primera persona, ellas sólo cuentan su parte, lo que ven, por eso necesité contar el otro lado y recurrir a veces a sus parejas o a otros personajes episódicos”. No podía ser de otro modo, lo dice el propio título y nos da la risa cuando se lo señalo, Fátima confiesa que, en general, le gustan mucho los personajes secundarios (“y los afectos”, apostillo) porque, me salgo un segundo del tema, son los que lo son, no los actores que los interpretan (por más que lo hayamos dicho impropiamente muchos años y haya quien insiste en ello sin recato, aunque no lo diga con intención peyorativa, el actor nunca es secundario sino que ejerce como tal).

    Las complejidades de la estructura están solventadas con oficio y pericia, no echándose de menos una voz meramente descriptiva, todo lo necesario para comprender y vivir la historia se encuentra en la prosa vivaz y penetrante (por lo detallista y detallada en lo que es preciso) de Fátima: “Quise estructurarlo como una especie de documental, ellas hablan a alguien inconcreto, e incluso a veces paso a momentos de diálogo del momento que evocan, al principio pensé en no identificar nunca a quién se dirigen, lo que me dificultó el modo de hablar en muchos momentos porque no podía utilizar ni masculino ni femenino, nada concreto por si acaso”. Como ya se señaló, ese detalle (la identidad del interlocutor o interlocutora -o si son más de uno- así como las circunstancias y/o el lugar en que los personajes hablan) aporta un interrogante que añade interés y un cierto misterio, aunque ni estorba ni distorsiona en el verdadero relato, esa polifonía en que la autora confiesa haber tenido a Svetlana Alexiévich como referente y es cierto que logra una melodía muy cercana (con, por supuesto, tono y finalidad absolutamente diferentes) a la de la premio Nobel bielorrusa, en lo que a resultados se refiere, dando una visión lo más panorámica posible de lo que cuenta, confiando en la fuerza de la palabra dicha (y escrita), algo que Fátima Casaseca sabe reflejar como si estuviese transcribiendo un testimonio, consiguiendo que algo de estas cuatro mujeres (y de los demás) se quede con nosotros, incluso aquello que no nos gusta (tal vez precisamente por eso).

viernes, 1 de febrero de 2019

HAMBRE DE SABER




   Hace cosa de un par de meses, Antonio Muñoz Molina publicaba uno de sus estimulantes artículos sabatinos en el que hablaba de cómo las lecturas coincidentes en el tiempo se entremezclan irremediablemente en el ánimo de quien las lleva a cabo, aunque los contenidos sean de lo más dispares (en ocasiones, sólo aparentemente); sea más o menos perceptible el trasvase, las emociones, sensaciones y experiencias vividas durante un viaje literario se mezclan con las provocadas por el que tiene lugar más o menos a la vez (algo que también se da -y no siempre por azar, esa carambola del destino disfrazada de espontaneidad, improvisación o casualidad- en los que ocurren modo consecutivo o muy cercanos entre sí), se trasladan de unas páginas a otras, algunas veces porque los autores las propician/convocan, la mayoría porque pertenecen al lector, son su equipaje moral, anímico y/o vital, es inevitable que la personalidad de quien está habitando una historia ajena (haciéndola propia, sintiéndola como tal, guardándola en su corazón -o queriendo olvidarla, aburriéndose con ella, el efecto es más o menos el mismo aunque sea más notorio y memorable cuando supone un placer-) vaya dejando una huella (y viceversa) que se rastrea en el nuevo territorio, da igual lo lejanos que parezcan o sean. En el caso que nos ocupa, los puntos de contacto son muchos y notorios, no es necesario que me ponga a desbarrar, pero la realidad más o menos descrita (por mí, Muñoz Molina lo hacía con brillantez, perspicacia y buen juicio -como suele ser habitual en sus escritos-) se amplía y confirma al darse el hecho de que he leído el citado artículo con retraso, justo mientras preparaba esto que ustedes están leyendo y pensaba en cómo, sin solución de continuidad (y disfrutando muchísimo en ambos casos), pasé de La melodía de la oscuridad de Daniel Fopiani a Los caminos de la luz de Coia Valls que Ediciones B publicó en castellano el pasado noviembre con traducción de Mercè Diago Esteva.



   Perteneciendo a géneros muy diferentes y escritos con intenciones dispares (aunque no tan lejanas como pueda pensarse, al menos en lo más hondo, en lo que alienta ambas narraciones), tanto aquella novela como la que ahora nos ocupa colocan la ceguera en su eje y articulan en torno a ella el relato, incluso el modo de contar, dando prioridad (e incluso exclusividad) a los olores, los sonidos, las sensaciones, relegando lo visual, poniéndose en la piel y el alma de personas invidentes, transmitiendo su realidad sin maquillajes ni conmiseraciones, si bien es cierto que con resultados distintos (aunque ambas hayan cautivado y absorbido al que suscribe de un modo parejo en lo que a experiencia lectora se refiere), respondiendo a los que cada uno se propuso, teniendo en cuenta que la de Fopiani es en gran parte (véase el texto anterior a este para comprender el porqué de este matiz, en nada negativo) un magnífico ejemplo de novela negra y la de Coia Valls es una apasionante y apasionada, reveladora, inspiradora y necesaria biografía de Louis Braille, el hombre que consiguió que los ciegos (empezando por él mismo) pudiesen leer y tener acceso al conocimiento, aquel que les devolvió la dignidad arrebatada, que los sacó de la miseria (literalmente), el que no se conformó con el ínfimo lugar (por no llamar rincón o agujero) reservado a los que el resto de la sociedad consideraba como poco un estorbo (y a partir de ahí vayan buscando términos despectivos) e incluso algo mucho peor (así lo demuestran el modo y los lugares insalubres en que los recluían/olvidaban sin ningún pudor ni remordimiento). Uno, que tiene la fortuna de conocer a Coia desde que debutó en las lides literarias (aunque sólo nos hayamos visto en una ocasión por aquello de la distancia -tampoco hay tantos kilómetros entre Madrid y Tarragona, las cosas como son- y, sobre todo, las rutinas vitales y profesionales -¡Ay!-, pero con quien mantengo un contacto fluido gracias a las redes sociales), presiente y siente con apenas unas cuantas páginas que estamos ante una obra muy personal, tal vez aquella en la que se encuentra más implicada personalmente, sensación que se va confirmando y aumentando según se avanza en la lectura, algo que ella misma me corrobora cuando conversamos telefónicamente: “Creo que durante mucho tiempo he estado viviendo y escribiendo para llegar a esta historia que tan cerca me queda, puesto que llevo 38 años trabajando con niños con discapacidad. El caso es que un día te planteas que los sordos pueden escuchar gracias al implante coclear, tienen una oportunidad real de estar integrados, pero ¿qué pasa con los ciegos? Sin duda, las cosas cambian y mejoran a partir de Louis Braille, pero nadie le había dedicado una novela, en realidad se sabía muy poco sobre él. El caso es que me pareció que era una gran oportunidad para poner en sintonía mis dos vocaciones, mis grandes pasiones: la educación especial y la escritura. En ese sentido, es posible que sea mi mejor novela porque es la que más ha fluido, la que menos esfuerzo me ha costado, me he dedicado a escuchar y buscar la materia prima con la que trabajo: las palabras”.



   Materia prima, habría que decir, muy bien tratada y aprovechada, puesto que Los caminos de la luz es, por encima de todo, una lectura sugerente tanto en y por lo que cuenta como por el modo en que lo hace: Coia evita con inmensa habilidad cualquier lugar común, cualquier estereotipo, cualquier argucia literaria que sobrecargue el texto e inocule una única reacción posible en el lector; aun, como se señaló, estando muy involucrada en lo que escribe, la autora sabe desaparecer en una tercera persona tan pletórica de sensibilidad que a veces parece hablar en primera, la misma a la que recurre en momentos muy concretos y estratégicamente diseminados para que el propio Braille transmita la amargura, la decepción, la soledad de sus últimos años, aunque su empuje, su lucha, su investigación, sus anhelos siguen pujando por hacerse realidad y conseguir los resultados previstos: “Aspiro a poder mostrar, sugerir, crear atmósferas en las que el lector se pueda mover como desee y que ponga de su parte en la narración. En este caso en concreto lo que más me costó fue encontrar el tono, la voz adecuada, pero ya he recibido mensajes de lectores ciegos que dicen que, a pesar de las diferencias por la época en que transcurre, se han sentido identificados con lo que narro porque, al fin y al cabo, ahí están las mismas inseguridades, los mismos medios, han pasado por situaciones similares de crueldad o han sentido la misma impotencia que Braille. Esto me ha animado muchísimo porque he procurado hacerlo sin condescendencia, sin compasión, acercándome honestamente al personaje”. Hay un aliento dickensiano capturado en su esencia más pura, queda fuera lo folletinesco (sublime en el caso del inglés, innecesario en el momento actual y, especialmente, en el modo en que Coia se compromete con la historia que está contando/recuperando/sacando a la luz -nunca mejor dicho-) para dibujar un soberbio retrato de una época, de unos escenarios, de unos comportamientos, de lo que entonces (primera mitad del XIX) se consideraba natural y/o normal, para denunciar actitudes en ocasiones amparadas por las leyes (muchas de las cuales, de un modo u otro, todavía se dan/consienten hoy en día), ya sean las negativas, las represoras, las que imposibilitan cualquier avance o mejora (“Todo aquello que no conocemos nos produce miedo y dejar volar es signo de generosidad y no hay tantas personas aptas para ello: si creamos relaciones de dependencia pensamos que tenemos el poder aunque en realidad sea al revés. Pero los profesores y demás autoridades pensaban “¿qué puede ocurrir si dejan de necesitarnos?”. Por desgracia, somos así de mezquinos”) como las nacidas en ocasiones de las mejores intenciones (“La compasión no ayuda y eso lo he aprendido hablando y trabajando con ellos. Se trata de mirar con los ojos de un niño que, ante la imagen de un hombre con un bastón, ve al hombre y no el bastón, al revés que hace un adulto: mirar sin prejuicios, viendo las habilidades o aquello a lo que haya que poner remedio, porque todos somos discapacitados en muchas ocasiones”).



   El amor por el conocimiento, por la cultura, la curiosidad, las ganas de aprender, el anhelo por poder acceder a los libros, el modo en que el pulso se acelera cuando los tenemos cerca, el hambre de saber tal y como se dice en la propia novela vertebra Los caminos de la luz con descripciones tan significativas como la que sigue: “(…) no podía imaginar [Louis] que aquel hechizo, la mezcla olfativa de ropa vieja, tintas y humedad con la que él identificaba los libros, no haría más que aumentar, que el embrujo de la lectura lo perseguiría para siempre” o cuando Coia hace decir a su personaje que “(…) sus páginas [las de los libros] son rendijas por donde se cuela la luz que me falta, pero yo necesito ventanas. Necesito abrirlas de par en par”, algo que un servidor, la propia Coia y estoy convencido que cualquiera que esté leyendo esto (o, aún mejor, lea la novela) rubricaría hasta con sangre si fuese preciso. Y con este asunto hemos llegado al verdadero corazón de la historia: “Supone la búsqueda de lo imposible: en el siglo XIX, los ciegos sólo eran eso, no tenían ninguna oportunidad, la discapacidad se comía todo lo demás, no podían acceder al conocimiento, quedaban a la sombra de todo, eran rechazados por la sociedad. Braille debió pensar que era la única posibilidad de salvar a los ciegos de morir asfixiados en la ignorancia. Afortunadamente, hay personas que, delante de una desgracia, ante una zancadilla de la vida, no se dejan vencer. Y Braille no se quedó en un rincón lamentándose, se rebeló contra el que parecía su único destino”. Destino que consiguió alterar sustancialmente, horizonte que amplió e hizo más accesible para las generaciones posteriores, y no sólo por aquello que, aunque en lo demás fuese un perfecto desconocido (injusticia que ha reparado Coia), le hizo ganar una merecida inmortalidad: “Además de inventar un alfabeto, consiguió desligar la música de la partitura, liberó la clave de sol, escribió anotación musical para que los ciegos pudieran hacer su propia interpretación, no tocaban sólo lo que escuchaban primero, podían leer la partitura, les concedió autonomía, consiguió un acceso al conocimiento en todas las artes, creo que él entendía que ahí estaba la base de la libertad”.



   La novela rebosa humanidad (y humanismo) y verdad porque la autora ha ido recabando datos, detalles, sensaciones, momentos que están en los libros de Historia, en una investigación pormenorizada, cuidadosa y, sobre todo, muy vitalista, vivida por ella misma en primera persona, así ha conseguido captar y capturar un momento íntimo muy convulso y contextualizarlo con su época, igualmente convulsa, indisociable aquel de esta (sólo conociendo lo que vivía entonces Francia se puede comprender -y valorar- en su totalidad, en su audacia, en su porqué vital, un personaje como Braille): “El trabajo de documentación, aunque sea arduo, me fascina, pero en esta ocasión visité los escenarios de la novela, lo que fue un auténtico placer porque tomé notas allí mismo y así también puede ir atrapando ese momento de la historia de Francia que en ese periodo del XIX tiene una mala salud de hierro y va en paralelo a lo que le sucede al protagonista: se levanta, cae, no se resigna, vuelve a intentarlo. Y en esa labor de documentación era fundamental preparar muy bien todo lo relacionado con la ceguera y mantuve decenas de entrevistas con personas ciegas de todo tipo, adultos, niños, personas que se quedaron ciegas, personas que nacieron así, porque no tiene nada que ver, también con psicólogos, pedagogos, terapeutas, cómo se educa la sensibilidad, cómo se facilita la lectura a través del tacto, un montón de cosas que he descubierto de mí misma gracias a ellos, ha sido muy enriquecedor”. Y todo ello ha nutrido la novela de pasajes que conmocionan y hacen reflexionar (y vivir) al lector, como también sucedía en la novela de Fopiani, fragmentos que estremecen y se agradecen, frases que siguen resonando tiempo después de haber cerrado el libro: “El silencio también debe de tener un peso específico, si uno se detiene el tiempo suficiente para sopesarlo, o quizá también se pueda percibir a través de la piel, como la densidad de la niebla o el olor del miedo que muchos animales husmean en sus víctimas”. Sería deseable que, además del mero deleite de la lectura (y no es poco el que produce), Los caminos de la luz sirviese, nunca mejor dicho, para abrir muchos ojos, para removernos en el asiento, para que fuésemos conscientes de que no hay nada concluido: “Aún queda mucho trabajo por hacer, a buen seguro que Braille seguiría enfadado: la fecha de caducidad de los medicamentos, por ejemplo, que ellos no pueden leer, lo mismo sucede con los briks, queda mucho para una integración total. Ojalá esta historia sirva para sacudir alguna conciencia o plantearnos cuánto hay pendiente”. Lo que uno puede afirmar (y creo que sin temor a equivocarme o a que se me contradiga) es que la lectura de Los caminos de la luz transforma algo en el interior del lector, lo endereza, lo recoloca, no se sale igual que se entró, motivo que ya sería suficiente para aplaudir a Coia Valls por el estupendo trabajo realizado.