viernes, 27 de noviembre de 2020

LO QUE ES CANELA FINA

 



   Del mismo modo que, como he confesado en múltiples ocasiones, me resulta muy difícil ponerme a escribir sin tener claro el título, algo a lo que aferrarme aunque puede que al concluir lo cambie por otro que encuentre más idóneo, se me hace muy enojoso querer preparar un texto para el blog sin tener claro el arranque, lo primero que quiero contar, el punto de partida. Sin embargo, en el caso que hoy nos ocupa tengo o, tal vez, lo más apropiado sea utilizar el condicional y afirmar que tendría mucho por dónde empezar (y continuar), es tanto lo que he sentido, lo que he evocado, lo que he suspirado, lo que he vibrado durante la lectura, las cuerdas menos templadas de este arpa se han afinado al máximo para extraer sonidos esenciales, exquisitos, profundos, sonidos vívidos y vivaces, la lectura ha supuesto un auténtico viaje a aquello que solemos llamar alma, he vuelto a ser Bastián, aquel niño abducido (literalmente) por un libro, participando de los avatares, venturas (pocas, todo hay que decirlo) y desventuras de los personajes. Sin embargo, en mi afán por no destripar nada, por no anticipar ni un ápice, va a haber bastantes cosas que me guarde y, así, no desvelar en lo más mínimo los múltiples vericuetos de una novela de esas que me encanta denominar torrenciales (por su flujo potente, por su riqueza, por el modo en que inundan al lector), novela que merece lanzarse de cabeza, sin contemplaciones, sin titubeos, sin mirar atrás, dejándose acoger por sus palabras, dejándose llevar por su impulso, rindiéndose a su fuerza, sumergiéndose en el mundo que convoca, recrea y homenajea. Es decir, si así lo desean (incluso les invito a ello), no hace falta que continúen en este ángulo oscuro del salón, les agradezco como siempre la visita y el interés, pero creo que no deben perder más tiempo con un servidor (los leales ya me tienen muy visto y soportado, el resto no tienen por qué aguantarme más) y buscar Libelo de sangre, la ópera prima de Sandra Aza publicada por Nova Casa Editorial, un auténtico impacto, un deleite, novela embrujadora en la que uno no puede sino sentirse feliz y pletórico, hipnotizado por su cuidada y riquísima prosa, conquistado por la historia (o historias: se mezclan con acierto las peripecias de bastantes personajes), recuperando unas calles por las que paseo (o lo que se puede actualmente) casi a diario y otras que he debido dejar de frecuentar (a las que he regresado gracias al poder de la literatura y a la precisión descriptiva de la autora), unos olores y sabores de aquí al lado, unas gentes que pasaron y dejaron huella, una herencia todavía muy viva, una realidad muy presente, el Madrid que aprendí a amar gracias a mi abuela, el Madrid que defenderé hasta la muerte, el Madrid de y para todos, mi ciudad, mi cuna, mi hogar, el verdadero protagonista de esta novela que late entre las manos, que arrebata, que roba el corazón, que lo ensancha.

 

   Como tantas experiencias y gentes enriquecedoras, Sandra Aza llegó a través de mi Pepa Muñoz, como lectura a compartir para uno de los encuentros que aún hemos de hacer vía Zoom (y es fabuloso poder coincidir con compañeros de otros lugares, pero se echa de menos, más en el caso que nos ocupa, no poder juntarnos físicamente -superamos con creces la limitación de seis personas-, charlar, abrazarnos, morirnos de risa, pasear, disfrutar en vivo), encuentro que tuvo lugar hace un par de semanas y que ustedes pueden ver completo, como siempre, en el canal de YouTube de Locura de Libros (https://www.youtube.com/watch?v=i9dcqpFlToY&t=14s), encuentro en el que pudimos constatar sin filtros (más allá del imprescindible de la pantalla) la calidad humana de la escritora (sí, ya lo eres, ¿quién te lo puede negar después de estas 858 páginas rebosantes de magia y sensibilidad literaria?), su inagotable generosidad (demostrada, por ejemplo, en la dedicatoria que me envió y que desvelaré en mi perfil de Instagram), su amor y pasión (y respeto) por esta carrera que acaba de emprender y en la que ha pasado directamente de debutante a maestra, no en vano ha empleado cuatro años de trabajo para dar lo mejor de sí misma y se percibe el mimo puesto en cada palabra, en cada detalle, procurando (y consiguiendo) que nada chirríe, estorbe o empequeñezca el conjunto. La documentación es profusa y minuciosa, tiene talante y hechuras enciclopédicas pero consigue hacerla fácil, la pone en pie como parte de la narración, muy pronto se hace imprescindible saber lo más posible, por qué una calle se llamaba (o llama todavía) de tal modo, de dónde viene aquella tradición (o esta que aún se sigue en la actualidad), qué edificios continúan en pie, cuáles no y qué se erige ahora en su lugar, traza un mapa físico y sentimental de Madrid como pocas veces se ha visto, sólo comparable (con otras intenciones) a lo que el genial Galdós plasmó en su obra, hay en ese sentido un potente vínculo entre don Benito y Sandra: Libelo de sangre es un magnífico folletín, un fresco bullicioso con una inmensa plétora de personajes, en mimbres y formas emparenta directamente con la tradición decimonónica de la que el sublime autor canario de cuya muerte se está conmemorando el primer centenario es máximo representante.

 

   Más la acción transcurre en pleno Siglo de Oro (en concreto en 1620-21), por lo que la prosa de la autora se envenena hasta la médula de un ritmo, unos tonos, un fulgor que no se apaga, recoge los ecos (y les da vida propia) de un teatro, una poesía, una literatura inigualable, bebe con ansia (y le aprovecha), también se nota con total admiración, de aquellos autores que trasladaron a sus obras (y les confirieron categoría) los decires de las gentes, ese modo de hablar natural por más que lo llamemos “barroco” con un sentido peyorativo, esa riqueza en ripios, requiebros, insultos, refranes, frases coloquiales, prosopopeya cotidiana que afloraba en cualquier rincón, habla fértil, lenguaje elaborado en sí mismo, sin afectación, porque así nacía, claramente distinto el de, por ejemplo, Rinconete y Cortadillo que el de Segismundo, de ahí la variedad de estilos, de ahí que tantos talentos alumbrasen en ese tiempo algunas (muchas) de las mejores páginas que vamos a leer (y gozar) jamás en castellano. Sandra Aza caracteriza a sus personajes por la manera de expresarse, por cómo (se) comunican, por su vocabulario, por su infinita capacidad para inventar vocablos o adaptar los fijados a su realidad, esa musicalidad impagable de las comedias de Lope, Calderón o Tirso, esa lengua viva que aún resuena en algunos barrios, en ciertos lugares, en creaciones de antes y de después, en los múltiples chascarrillos (algunos de los cuales aparecen en Libelo de sangre porque ya se empleaban entonces) que tuve la fortuna de aprender/heredar de mi abuela, gata por los cuatro costados, abanderada de un madrileñismo de brazos abiertos y sin clasismos (como ha sido y es la ciudad, como son y somos sus gentes, da igual la zarabanda -por no emplear otro término menos amistoso- que algunos organizan y las apropiaciones indebidas que de tal condición se hace, sin perder de vista que, por supuesto, tontos -y malvados- los hay en todos lados).

 

   La ópera prima de Sandra Aza captura un momento, una realidad, unas rutinas, unas tradiciones, se recrea en los detalles para que nos sintamos inmersos en lo que narra, reconstruye con meticulosidad y precisión, levanta ante nuestros ojos, erige en nuestros corazones una ciudad, suministra una información que, de modo natural, se imbrica con la peripecia, no es concebible Libelo de sangre sin la disección de las costumbres, las explicaciones pormenorizadas de los lugares en que la acción transcurre, los entresijos del funcionamiento de la sociedad, las acotaciones en que se pormenoriza el futuro, es decir, poder ubicar cada capítulo, cada edificio, incluso el domicilio de los personajes en el Madrid de ahora mismo. En lugar de, como podría suceder (y sucede en demasiadas ocasiones), lastrar el impulso novelístico, eso que solemos englobar en la palabra “trama”, la documentación histórica insufla energía, sentido y una innegable e irresistible emoción a la lectura porque se quiere saber algo más, conocer el pasado que en ocasiones tenemos al alcance de la mano sin prestarle atención, incluso habrá quien, como en mi caso, busque su calle, su casa, la de su familia, mire sus alrededores con otros ojos a partir de ahora y, como le comenté a Sandra durante el encuentro, aunque para siempre viviré, como me gusta decir, a espaldas de Misericordia de Galdós -vínculo que existe desde antes de ser vecino de este barrio, en eso que ando preparando lo explicaré con detalle-, desde ahora habito en Libelo de sangre, soy feliz prisionero de sus páginas, de su verdad, de su belleza, de su compromiso con la literatura y con la Historia, de su corazón (el de la novela y el de la autora). De mi abuela aprendí algo que se dice aquí, aquello de “don sin din, cojones en latín”; perdón si la frase suena mal (para mí es música celestial porque la escucho en la voz y la risa de esa mujer inolvidable), el caso es que Libelo de sangre tiene mucho din, lo tiene todo, no le sobra nada, de ahí su señorío, su empaque, su plausible grandeza, la novela de una vida, la que palpita en sus páginas, la que nos regala Sandra Aza, la que debe seguir alimentando con nuevos títulos para que la hazaña conseguida no se quede sola, aunque sólo sea “por tantas cosas buenas que soñamos desde aquí”.

domingo, 22 de noviembre de 2020

EL LUGAR DONDE TODO ES VERDAD

 




   A la hora de escribir sobre África, sobre lo que uno experimenta cuando (dicho en términos generales) tiene noticias sobre ella, sea como continente o centrándose en alguno de sus países, de sus lugares, buceando en la Historia, conociendo a sus gentes, aproximándose a ella en cualquiera de sus variadas y múltiples posibilidades/realidades, es inevitable recordar aquel huracán de nostalgia y fascinación que recorría la columna vertebral y hacía nido en el corazón de cuando, con quince años recién cumplidos, se vio por primera vez (y en la fabulosa pantalla del cine Palafox) Memorias de África. Más allá de motivos personales que ahora no vienen a cuento, me sentí apelado, llamado, conquistado, me rendí desde la primera y antológica frase, “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”, descubrí a una escritora, se inició mi reconciliación con Meryl Streep (que sería definitiva con Las horas), fue como volver a casa, estallar de felicidad, saberme acogido y protegido, una mágica sensación que, más allá de la belleza de las imágenes (y de la fuerza de la banda sonora entrando por cada poro de la piel), destilaba de aquellos parajes, de la naturaleza, de la belleza de un mundo virgen, puro, prístino, de un lugar (que daba igual fuese Kenia en concreto: se impone el todo) sometido, expoliado, arrasado, conquistado en aras de una civilización que, para más inri, nunca llega porque no interesa ni mucho menos preocupa a quienes sólo buscan beneficios antes, ahora y, por desgracia, después (ojalá el tiempo desmintiese pronto esta afirmación). Por debajo de la imagen indudablemente romántica e idealizada que muestra la película (y lo hace con maestría, nada que objetar), más allá del indudable encanto, de la belleza que transmite la prosa de Isak Dinesen, de la pátina evocadora que recubre sus palabras, de la añoranza de un tiempo pasado/perdido, África (de nuevo dicho como conjunto, como si fuese una única cosa, metonimia aceptada que se refiere a un espíritu, a algo intangible pero fácilmente perceptible) impone su verdad, su dolor, su vulnerabilidad, sus heridas, su escarnio, su aplastamiento, aquello de lo que, a pesar de todo, se erige victoriosa, resistiendo, peleando, avanzando, insuflando vida (allí brotó, allí nació, la sangre llama y no miente, de ahí que nos capture del modo en que lo hace).

 

   Cuando investigó para escribir la que tal vez sea su última gran novela, El jardinero fiel, mi admirado John Le Carré afirmó que África cambia para siempre la mirada, que uno no vuelve a ser el mismo, que se mete dentro, que afecta más allá de lo que se percibe en un primer momento, que altera la manera de escribir (es decir, el modo en que el escritor mira y cuenta el mundo) y, añade un servidor, eso no tiene por qué suponer nada negativo, se trata de variaciones, de si se quiere evolución, de un estilo que se va enriqueciendo, depurando, bebiendo de lo que le rodea. No puedo evitar formular esa pregunta a Gonzalo Giner cuando tengo el infinito placer de formar de nuevo parte del club de lectura que comanda mi Pepa Muñoz y participar en el encuentro vía Zoom celebrado a finales de octubre para conversar sobre La bruma verde (y que pueden ver completo en el canal de YouTube de Locura de Libros: https://www.youtube.com/watch?v=Ubzc1VZvPqo&t=25s) , título que le ha valido el Premio de Novela Fernando Lara 2020 y que Planeta publicó recientemente; lo cierto es que siempre me ha parecido un escritor eminentemente sensorial y sensitivo, sus obras exudan, huelen, envuelven, de algún modo se pueden tocar, pero encuentro que aquí esa capacidad ha aumentado, que sus palabras traen olores y sabores incorporados, que han adquirido un poder evocador que no es tal en el sentido de que se siente y vive lo que les pasa a los personajes y él reconoce que sí ha sentido que su mirada ha cambiado y, precisamente, lo ha hecho fundamentalmente en ese aspecto: “Mi mirada ha cambiado muchísimo, tanto es así que creo que en anteriores novelas había un trabajo de personajes un poco menos complejo que aquí, vamos a decirlo así. En ese sentido, mi mirada profundiza en el modo de contemplar a mis propios personajes, ahí he cambiado: he dado más trascendencia, mayor recorrido a cada uno de ellos”. Es, además, la primera vez en que Gonzalo Giner abandona las narraciones de corte histórico para abordar una historia de ahora mismo, cercana en el tiempo (arranca en diciembre de 2009), pero como él mismo explica en la apasionante nota incluida al final de la novela (y que no debe leerse antes, no me sean impacientes), “hay novelas que se meten en tu vida sin llamar, os lo puedo asegurar; entran en tu interior a codazo limpio e inundan tu cabeza a borbotones”, tal vez sea una vez más el efecto africano, el caso es que dejó aparcado el que iba a ser su nuevo trabajo (pero promete que lo retomará) para dejarse llevar por una historia que merecía ser contada.

 

   La bruma verde se alimenta de varios géneros, no es fácilmente clasificable, es una novela muy rica tanto en matices como en tramas que se imbrican conformando una narración apasionante que toca asuntos espinosos que deberían ocuparnos y preocuparnos más, que deberían aparecer en los medios de comunicación más allá de algunos titulares alarmistas y apocalípticos que buscan más el sensacionalismo (y los réditos -eso es siempre África para los demás: una fuente de ingresos-) que la concienciación, que la acción, que el cambio de comportamientos, que el final del continuado latrocinio tanto en recursos como en vidas, el agotamiento de fuentes naturales de vida, el exterminio de especies, una denuncia que Gonzalo maneja de manera magistral porque la articula de un modo orgánico, la explicita a través de los personajes, de lo que ocurre, de a lo que se enfrentan, de por lo que se sacrifican, evita cualquier tipo de discurso que lastre la novela, consigue hacerlo presente a través de los hechos: “Nunca me planteé una novela denuncia porque considero que ese no es el papel del escritor”. Del mismo modo, integra a la perfección en el devenir de los personajes y sin presentarlas como tales posibles soluciones a tantos desmanes, señala qué debería cambiar, nos abre los ojos (seguimos con el asunto de la mirada) de la mejor manera posible, a través de lo que viven los protagonistas: “Nada tiene una solución definitiva ni única, pero creo que si empujamos en la misma dirección podemos conseguir resultados positivos”. Es algo, por cierto, de lo que también hablan los fantásticos documentales a los que David Attenborough ha puesto voz (su emocionada y emocionante voz de 93 años) en Our Planet: no debemos olvidar (no deberían quienes lo interrumpen, alteran, expolian y masacran) el ciclo de la vida que tanto celebramos en el inicio de El rey león, si se mueve una pieza se viene abajo todo el edificio, a veces en cuestión de minutos, a veces en cuestión de eras, pero se diría que algunos están empeñados en que andemos inmersos en el final de una (o de varias).

 

   “Piensa que estás viendo la gran arteria de África, el segundo mayor caudal del mundo después del Amazonas. Aunque tiene menos longitud que el Nilo, ahí donde lo ves, ese río es capaz de regar un territorio seis veces más grande que tu país. Gracias a su generoso caudal, cada día se obra un gran milagro, insospechado y enorme, justo ahí abajo, porque esas aguas tejen la vida”. Así le presenta Colin Blackhill, un cooperante británico, a Lola Freixido, una de las dos poderosas protagonistas femeninas de la novela (la otra es Bineka, una de las mayores creaciones de Gonzalo Giner, un personaje impactante y maravilloso), el río Congo, así es como el autor se impregna de la vida de los escenarios, se la da, nos los presenta con alma y corazón, describe sus múltiples caras, aquello por lo que deberían ser amados, aquello por lo que son codiciados: “(…) en este momento estamos sobrevolando un enorme país en venta. Cada día, grandes capitales compran miles y miles de hectáreas de esta selva. Sobre todo chinos, pero también un puñado de empresas de origen europeo, malasio, estadounidense, canadiense, con intención de explotarlas en el futuro como tierra de cultivo”. Con un profundo conocimiento del asunto que trata pero sin que eso pese excesivamente en la narración (algo que ya había demostrado en sus anteriores novelas, donde nunca la Historia fagocita lo puramente narrativo/ficticio), Gonzalo va diseccionando el terrorífico rompecabezas en que se ha convertido la República Democrática del Congo: “Se trata de trasladar la realidad, eso no es ninguna novela, y me hacía sentir impotente mientras escribía porque hay gente que está sufriendo y muriendo”. En ese sentido, no hay paños calientes en La bruma verde, se cuenta sin paliativos la crueldad, la brutalidad, la amoralidad, la codicia, pero también el empeño, la entrega, la solidaridad, la lucha en demasiadas ocasiones suicida pero necesaria y ejemplar, la valentía y el desprendimiento de “tantos soñadores llegados a aquel asombroso continente con la única intención de ayudar. Gente que lo daba todo, sin reservarse nada”. Da igual el motivo concreto por el que han llegado, como le explicará a Lola en un momento dado Keita, un médico nacido en Kinsasa que ha abandonado Nueva York para regresar a la tierra de sus ancestros “la mayoría estamos aquí porque tenemos algo que olvidar, algo que nos falta por hacer o algo que recuperar…”; el caso es que allí están, seducidos por un continente que, como afirma Colin, “te devuelve más de lo que tú le das”, es (volvemos a citar a Keita) “un lugar donde todo es verdad, por brutal y descarnado que parezca”.

 

   La formación y experiencia como veterinario del autor, sus conocimientos sobre el mundo animal (uno se atrevería a decir que sobre etología, al menos así lo demuestra en el modo en que lo transmite, en cómo caracteriza y mima a ese tipo de personajes) vuelven a aflorar en todo lo relativo a Bineka y los primates que la acogen en las primeras páginas, un análisis de sentimientos enormemente verosímil y en absoluto trivial ni infantilizado, les otorga su propia y verdadera personalidad, no se trata de humanizarlos (en el sentido más pueril, al modo de los cuentos o fábulas) sino de acercarse a ellos, de entenderlos, de plantear vías de comunicación, de viajar hasta el corazón de los instintos, de las pulsiones, de aquello que nos iguala, de no olvidar que el hombre es también un primate (por más que digamos lo de “superior”, tan mal utilizada y entendida esa ventaja, bien se demuestra en la novela). Es La bruma verde, por más que nos estruje las entrañas al hablar de lo que habla, un constante regocijo para el lector que vive una completa inmersión en un mundo que aún conserva esencias a salvo de la intoxicación capitalista (en cualquier sentido), que todavía hace latir un corazón que preserva su pureza, una bruma verde que se adueña de la mirada y del alma de quien no busca otro interés que el de vivir y dejar vivir, el de quien sólo escucha su voz interior esa que le conecta directamente con, como dice Gonzalo Giner, “el continente más sorprendente, el más bonito, el más variado, espectacular, pero siempre se ha ido a expoliar”, ojalá gracias a novelas como esta lo miremos con pupilas incontaminadas por el símbolo del dólar (como le sucedía al tío Gilito).

domingo, 15 de noviembre de 2020

EL BANDO DE LOS PERDEDORES

 




   Una vez más, andamos a vueltas con la novela negra, usando el término como nos gusta en este ángulo oscuro (guiño) del salón, es decir, en toda su amplitud, en toda su variedad de registros, incluso en lo que se aleja de su ortodoxia, de su pureza, de lo que fue en un principio, de lo que se acuñó como tal en un momento dado (dejando a un lado, eso sí, a aquellos que utilizan o les endilgan una etiqueta que nos les corresponde/pertenece para dar gato por liebre -y aumentar las ventas con tal reclamo-); ya saben que un servidor (a pesar de su carácter de lector omnívoro) es fiel al género en que, en gran medida, se gestó esta inacabable historia de amor, esta complicidad siempre activa, este vivir por y para la literatura que, como ya se ha contado tantas veces (como ahora ando recopilando/redactando de modo más prolijo y detallado para reconstruir mi biografía a través de lo leído), prácticamente se inició en el ámbito de lo misterioso, de las intrigas, de los enigmas por resolver, de los asesinatos a investigar, de todo lo relacionado con lo detectivesco/policiaco (de nuevo, en el sentido más amplio posible). En esta ocasión nos centraremos en uno de los aspectos que más la definen porque, no conviene olvidarlo, la novela negra, el noir, incluso antes de ser llamado así, nació como género eminentemente social, como revulsivo, como clamor, como denuncia, como reflejo de una sociedad deprimida económica y moralmente, desencantada, abocada al fracaso, a la miseria, impelida a sobrevivir sin contemplaciones, al grito de sálvese quien pueda, a lo que Horace McCoy retrató casi en tiempo real y sin florituras en la imprescindible ¿Acaso no matan a los caballos?, inspiración de la no menos tremenda (y magnífica) película de Sydney Pollack que en España conocemos como Danzad, danzad, malditos. Lo cierto es que el dibujo al natural de la sociedad del momento en que transcurre la acción (que en la mayoría de los casos es contemporánea al momento en que se escribe) se cuela por cualquier resquicio de una literatura que se nutre de ambientes, de tipos, de delitos/crímenes nacidos en/por unas circunstancias concretas (como me dijo en su día mi admirada Claudia Piñeiro, el asesinato, el modo de matar descrito en una novela de las suyas, puramente argentinas, es necesariamente distinto al de cualquiera de los títulos nórdicos que triunfan aquí y allá o en lo que se hace en España: para que sean creíbles, para que los del país de origen se crean lo narrado y la trama policial funcione, tienen que respetar/reflejar una idiosincrasia, un modo de ser, ya sólo en ese sentido la novela negra es también novela social); sin embargo, hay quien, porque lo aprendió en algún momento y se considera superior cacareándolo, habla continuamente de “crítica social” como elemento indispensable de lo negro, algo que no se da de un modo explícito en buena parte del género, la mayoría de las veces subyace, es el caldo de cultivo, el autor se limita a contar una realidad, no se percibe otra intención o, al menos, no la subraya, no juzga, si toma partido lo hace de un modo sutil, a través de la adjetivación, del modo de presentar/dibujar/definir los personajes, sin olvidar, por supuesto, lo que cada lector aporte, su propia percepción de la realidad y de la ficción enraizada en esta.  

 

   Sin menospreciar a otras voces que bien saben los leales me apasionan, cautivan y admiro, no me parece exagerado afirmar que Graziella Moreno es, tal vez, la autora de este género que en la actualidad más profundiza en lo social, que mejor lo conoce, que lo coloca en los cimientos de sus obras, que lo explica y, sobre todo, deja explicarse, da voz (y corazón y alma) a tantas personas a las que en demasiadas ocasiones se niega su individualidad, se ahoga (aún más de lo que lo están) en las estadísticas, se nombran como colectivo, se consideran prescindibles, gentes a las que no se atiende si no es buscando un rédito, que sólo preocupan como problema, a quien se niega de antemano cualquier solución distinta a su desaparición, su olvido, su negación, su arrinconar, su aplastamiento. Como juez en ejercicio, Graziella es una observadora privilegiada, una excelente conocedora de los resortes y comportamientos más si se quiere decir así extremos, estudia y analiza los porqués, está en contacto con quienes cometen delitos, con quienes son acusados de ellos sin haberlos cometido, con los que acusan (en ocasiones en falso), su material de trabajo más prístino son las personas, esas a las que en sus novelas ni encausa ni juzga ni mucho menos sentencia como autora: otra cosa bien distinta es lo que describe, lo que refleja, lo que reproduce, es decir, el modo y manera en que ese ente intangible llamado sociedad defenestra a los miembros que no considera válidos/útiles/productivos. Al mismo tiempo, evita el maniqueísmo tanto en una dirección como en otra, expone, cuenta, escarba, escribe de manera poliédrica, tampoco justifica, trivializa, suaviza, sencillamente aporta todos los datos, no con carácter eximente sino para completar el cuadro, para evitar injusticias, para abatir prejuicios, para desterrar veredictos torticeros o ausentes de Derecho, para intentar comprender un poco mejor los en tantas ocasiones inextricables mecanismos que rigen en el día a día.

 

   El salto de la araña, publicada por Alrevés en septiembre y galardonada con el Premio de Letras del Mediterráneo de la Diputación de Castellón 2020, se presenta como magnífico ejemplo de lo expuesto hasta ahora y, por encima de ello, es una obra de plena madurez, acongojante, estremecedora, electrizante, un compendio de las virtudes ya demostradas de la escritora, que descuellan y brillan aún más al dejar la narración en la médula, al no entretenerse ni divagar, a saber mantener y aumentar el clímax de su perturbador prólogo durante el resto de páginas, al entregar una novela concisa, veloz, necesariamente breve (sobre todo para lo que nos tiene acostumbrados el mercado, para el abuso de volumen que tanto se da, para el engorde artificial y artificioso de historias inanes), una novela a la que no le falta nada, una novela con innumerables ecos (y huecos) que resuenan en nuestro interior, una novela dolorosa, dolorida y doliente en su más pura y estricta esencia que no precisa de truculencias ni efectismos porque destila verdad, porque aunque no queramos o hayamos aprendido a no verlo sabemos que eso (y cosas aún peores) sucede. Otro de sus máximos aciertos es el de recurrir en parte a una estructura muy usada en el género, aquella en que uno de los personajes (una víctima, un culpable, un investigador, alguien a punto de morir) traza un enorme flashback y rememora la peripecia vivida hasta llegar a esa última escena, algo que nos hace vivir la narración en primera persona, de un modo inmediato, descontando minutos, urgencia que Graziella aumenta (y mide con pulso firme y audacia literaria) al presentarnos un relato que está a medias, que se está construyendo, que se está escribiendo ante nuestros ojos, al que aún le quedan capítulos, del que el propio narrador desconoce el final, por más que lo presienta, que lo asuma como inevitable, reconocimiento y aceptación que siembran más incógnitas de las surgidas tras la elipsis que se produce entre el prólogo y el primer capítulo presentado como tal cuando Javi (el que se presenta como “el monstruo a quien van a juzgar por un delito de homicidio”) empieza a desgranar recuerdos mientras se dirige al que se le impone como único destino posible: “Escribir el pasado duele, porque ya no puedes hacer nada para cambiarlo y eres consciente, por fin, de tu propia estupidez”.

 

   Debo reconocer que nunca me ha gustado demasiado la carga peyorativa, reprobatoria, insultante que se ha incorporado al término “perdedor”, parece haber quedado casi en exclusiva para referirse a aquel que no acepta sus carencias, al que se niega cualquier horizonte, al que se (aquí sí) condena y ejecuta por el lugar de nacimiento, por su falta de estudios (que se atribuye a su incapacidad mental, a su pereza, a su inconstancia), del que hacer mofa, aquel que los poderosos, los de “buena” cuna, los de bolsillo rebosante por herencia, los privilegiados, el sistema necesita para seguir funcionando en favor de todos ellos y similares. Es ese tipo de perdedor al que no se consiente prosperar, avanzar, medrar, desplegarse, al que no se permite ganar ni siquiera una baza, por más mínima que sea, no vaya a ser que se acostumbre y exija más, perdedores económicos y anímicos, perdedores entre los que Javi se incluye y, aunque está en las últimas (en cualquier sentido), a los que otorga algo de orgullo, al menos así lo aceptaba/quería cuando era niño y compartía con sus amigos: “Jugábamos a ser soldados defendiendo una Barcelona sobre la que caían bombas y más bombas, matando a la gente. El nuestro siempre era el bando de los perdedores; para nosotros tenía mucho más mérito morir defendiendo a los tuyos y a tus ideas, que ganar, y seguir viviendo”. Ese aliento trágico (sin cargar las tintas por eso conmueve más), esa dignidad abatida, ese penar constante, ese honor vencido pero no apagado es el que Graziella Moreno recoge de grandes nombres del género como Chester Himes o Jim Thompson, el que conoce de primera mano, el que frecuenta en el ejercicio de su profesión, el que transforma en literatura de alto voltaje porque no lo trata ni destila, porque no lo reduce, porque lo ofrece con la mayor pureza posible para que nos horade, para que nos afecte, para que nos importe, para que no olvidemos que, por debajo de la ficción, en realidad en primer plano, late la vida en la que andamos inmersos, lo que sucede a nuestro lado, la vida a la que se condena, la vida que se niega a demasiada gente.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

¿DÓNDE ESTABAS ENTONCES (Y DESPUÉS)?


 


   El ejercicio de la nostalgia en el mundo del arte, en contra de lo que parece ser la opinión generalizada, es muy peligroso porque, de nuevo al revés de lo que se cree (y afirma) en un altísimo porcentaje, si bien es cierto que consigue un rápido enganche y despierta con suma facilidad el interés del público que vivió aquella época (o del que quiere conocerla), tropieza en demasiadas ocasiones con un rechazo también inmediato, con el disgusto de quien se siente estafado/utilizado de una manera u otra, topa con el recuerdo de cada cual, con la sublimación o con el desengaño, con la añoranza o con el deseo de olvidar; por más que exista un pasado colectivo ineludible (a eso deben referirse con lo de ser -o no ser, perdón, admirado don Guillermo, por el chiste fácil- “hijo de su tiempo”), cada uno lo ha digerido/asumido/experimentado por sí mismo y no siempre se está dispuesto a cambiar esa visión (incluso aunque la reconozcamos parcial o hasta falseada, cuando no inventada) o a compartir la de otros. Por otro lado, en muchas de estas evocaciones/resurrecciones/revisiones o etiquetas similares es fácilmente detectable el mero y casi único afán recaudatorio, no hay verdaderas emociones, no hay creación/creatividad, falta corazón, se limitan a hacer recuento, a acumular referencias, a dispersarlas, a darles un tratamiento superficial (o ni eso), a coger el rábano por las hojas y considerar que todo el monte es orégano, que con apelar a la nostalgia es suficiente para obtener patente de corso (volvemos a lo del principio), pero ahí es cuando más se rebelan quienes, precisamente por vivir con intensidad y autenticidad tanto en lo placentero como en lo triste ese sentimiento de añoranza, no están dispuestos a que se adueñen de sus recuerdos con intenciones torticeras, vamos, que no se compra con tanta facilidad lo que, en muchas ocasiones, no necesita ser resucitado (más allá de lo que cada uno atesore en su memoria).

 

   Este es el primer escollo que supera con holgura Javier Menéndez Flores en su magnífica Todos nosotros, novela publicada por Planeta en septiembre, una brillante muestra de lo que el género negro fue desde sus orígenes (antes incluso de que sus páginas se llenasen de gánsteres y policías) y las cotas que puede alcanzar en su carácter radiográfico sin perder en intriga y tensión, un retrato vívido y (muy) al natural de la sociedad española de finales de 1981, todavía con las tinieblas del franquismo cerniéndose y poniendo palos en las ruedas de una titubeante democracia (es, recuérdese, el año de la intentona golpista que desde entonces conocemos como 23-F). Escritor de largo aliento y variadísimo registro, narrador de enorme solidez demostrada tanto en el periodismo como en el ensayo y en el género biográfico, en esta su cuarta novela Javier da un salto cualitativo de insólita envergadura (por el planteamiento, por su ejecución, por el resultado, no porque el escritor no nos tenga acostumbrados a la calidad en forma y contenido) al acometer un trabajo muy ambicioso en diferentes frentes y lograr un triunfo absoluto en todos que supone, a la larga (y a la corta, ahora iremos con ello), el triunfo del lector (sin apellidos, aunque el fan del noir gozará especialmente, no en vano el propio Javier reconoce que su biblioteca abunda en títulos del género, su favorito para leer junto a la poesía). Aunque sus conocimientos musicales son apabullantes, la acción no se sitúa en ese momento para que el autor pueda exhibirlos o como el recurso fácil de que se habló antes, sino porque resulta imprescindible, así se demuestra según vamos pasando páginas, así lo fue desde su gestación, en todo caso se trata de una nostalgia si se quiere estilística, de añorar cierta inocencia frente al aparataje tecnológico que ha arrinconado al método deductivo de Holmes, a las famosas células grises de Poirot, al factor humano que husmeaba Maigret, a la observación en que Miss Marple o el padre Brown basaban sus pesquisas: “Cuando imaginé esta novela, lo que se me ocurrió fue una historia que tenía que suceder en una gran ciudad y en un momento en el que pasaran muchas cosas en lo social. Hay dos motivos fundamentales por los que la novela arranca en 1981: uno, porque me planteé escribir una novela con aroma clásico, una novela negra de las de antes, es decir, huir de la influencia de “CSI”, no quería resolver el crimen en los laboratorios, quería hablar de un momento en que los medios técnicos y científicos fuesen muy limitados. En el 81, como queda reflejado en la novela, no había teléfonos móviles, no había pruebas de ADN, todo lo que ahora ayuda a resolver muchos crímenes: me interesaba que los policías no dispusieran de esos medios y tuvieran que encomendarse a su capacidad deductiva y a su perspicacia. Creo que una época así es mucho más atractiva para el lector: los policías de antes tenían que hacer un trabajo de campo más exhaustivo, comerse mucho el coco, ser muy analíticos, patearse las calles, coger una libreta y un bolígrafo, algo que se ha perdido en los últimos tiempos”.

 

   Un tanto paradójicamente (pero somos hijos de nuestro tiempo), es el teléfono móvil (y anteriormente las redes sociales) el que me permite recuperar el contacto con Javier, a quien conozco y sigo desde hace veinte años (en realidad, alguno más, pero fue en el 2000 cuando lo entrevisté por primera vez con motivo de aquel estupendo libro sobre Joaquín Sabina, Perdonen la tristeza, al que con el tiempo se unirían otros dos -En carne viva y No amanece jamás). Y aclarado de donde procede la anterior declaración, dejemos que siga compartiendo con nosotros el modo en que fue armando Todos nosotros: “El segundo motivo es que me encantan los momentos históricos en que se vive una confluencia de hechos y se da una confrontación: 1981 es un año muy importante en nuestra historia reciente, teníamos una democracia muy frágil que se impuso contra todo pronóstico, que se refuerza tras la intentona golpista del 23-F; al reflejar ese momento, la novela habla de contrarios y extremos y está llena de símbolos y alegorías: en la primera parte, Diego Álamo y Roberto Guzmán lo son de las dos Españas que colisionaban entonces, la que moría y la que nacía. La segunda parte de la novela es consecuencia de la primera, yo sabía que tenía que producirse una fractura porque quería hacer, por debajo de la historia criminal, una crónica social de las dos últimas décadas del siglo XX y establecer un contraste entre la ausencia de medios técnicos de la primera parte y lo que refleja la segunda”. Ahí radica otra de las audacias de esta novela: el enorme salto temporal que da en un momento dado al situar la acción en el verano de 2002 (casi veintiún años después), incorporando nuevas sombras, alargando las que se arrastran desde el 81, ennegreciendo ánimos y espíritus, reconstruyendo la trama, enriqueciéndola con personajes que están obligados a ser tan atractivos y potentes como los ya presentados, es decir, lo que ahora se presentaría sí o sí como serie (al menos como trilogía, en demasiadas ocasiones sin que el resultado final justifique tal llamémoslo despliegue), Javier lo entrega como novela compacta, urdida con pericia, con oficio, con empeño, con muchos meandros y posibles afluentes, pero sin dejarse nada en la recámara, lo que es de agradecer e incluso de aplaudir (en ocasiones se echa de menos eso, que no sea necesario haber leído previamente no sé qué para entender/disfrutar lo que se anuncia como gran novedad -y resulta atractivo, no se puede negar- o haya que esperar equis años para conocer el desenlace -y, para colmo, este supone una decepción de dimensiones cósmicas-).

 

   La recreación que Javier hace de esos casi compases finales de la Transición (coincido con él en que esta se da por cerrada con el triunfo aplastante del PSOE en las elecciones de 1982) es milimétrica, rigurosa, de una precisión que deja sin aliento no sólo por lo que evoca, por lo que hace recordar, por lo que implica a quien conoció aquel momento, sino porque cada detalle, al margen de coadyuvar/propiciar una inmersión profunda en la trama, queda justificado, todo tiene un sentido, lo mismo se trate del estreno de Vaya par de gemelas como de, por supuesto, El Penta inmortalizado en Chica de ayer, lo que se describe es una sociedad, un modo de ser (o varios), por eso todos los datos importan, es la mejor manera de tener una visión lo más global y completa posible, es virtud del periodista encontrarlos y suministrarlos, es talento del novelista integrarlos para que la trama no se detenga y salga reforzada, es a través de la historia y evolución de la Policía como mejor se explican/comprendemos las diferentes personalidades del grupo que aquí se nos presenta, empezando por el protagonista (aunque no sea el único), Diego Álamo: “He concebido a Diego como un héroe romántico, un personaje muy literario: tiene la desdicha, la condena de soportar el peso del mundo sobre sus hombros, aun de forma inconsciente. Es tan vocacional, ama tanto lo que hace que lo de menos es su propia vida, su integridad física; su misión de vida es resolver el caso que tiene entre manos y hacer que la justicia, no la ley, se cumpla: respeta la ley, por supuesto, pero va más allá y quiere que se haga justicia. Lo que sí quise fue romper el tópico del policía quemado, también el del superhombre: Diego es un ciudadano de a pie que ama su profesión y ama a su mujer. A la hora de vivir la tragedia, no he recurrido a lo tan manido de refugiarle en la bebida, he querido que fuese un proceso interior”.

 

   Es pura novela negra en mimbres, en desarrollo, en contenido, en su mas pura esencia, lo es aún más en cómo escudriña y disecciona los tres puntos de vista sobre los que la novela bascula/se articula: los capítulos más largos corresponden a la investigación policial tanto en la primera como en la segunda parte, alternados con otros más cortos que en el 81 corresponden a una de las víctimas (aquella cuyo destino amarra a Diego al caso con garfios afilados) y en el 2002 suponen un viaje a lo más tenebroso, a lo más terrorífico, al ejercicio y disfrute del mal encarnado en un asesino despiadado, sádico, implacable. Es una estructura sólida, demoledora, sin resquicios, que impele a la lectura, que envuelve al lector desde los primeros compases, que no le da tregua, que no le suelta (por eso señalé antes que el disfrute empieza pronto -porque tal se produce cuando uno experimenta lo mismo que los personajes, cuando uno se involucra, cuando uno se interesa por ellos, cuando se duele y conduele de lo que les sucede, cuando se tiembla de terror, cuando el autor consigue transmitir emociones intensas y hondas, cuando hace honor al género escogido-): “La estructura es la misma en ambas partes, lo que varía es el punto de vista. A la hora de escribir, para mí es vital fijar la estructura, es tener la mitad de la novela: si no es sólida, el edificio se derrumba. Desde el principio, quise que reflejara los tres puntos de vista que a mi modo de ver sustentan las novelas criminales: el investigador, el verdugo y la víctima. Quería darles el mismo protagonismo y que el lector recibiera todo ese caudal de información de la misma manera, para cubrir así todos los ángulos. Fue ese trípode el que fijé como estructura, por eso, repito, en la segunda parte cambia la perspectiva, pero no la estructura. Luego, lo de los capítulos cortos en dos de los casos comparados con los que protagoniza la policía es porque así son mucho más efectivos: estamos hablando de dolor, de situaciones extremas que no se pueden prolongar, mientras que la investigación necesita más largo aliento”. ¿Y cómo sale uno indemne de la crudeza de capítulos tan dolorosos o terribles? “A duras penas: he salido a cuatro patas de la escritura de muchas páginas y he necesitado recomponerme. El escritor es como un actor, es un intérprete, hace un trabajo de transformación, sólo que lo hace hacia adentro: se cierran los ojos y se viaja a un lugar en que está el policía, está el asesino y está la víctima. Me ha tocado ser los tres, me he metido en sus psicologías, en sus mundos, me he puesto en la piel de alguien que asesina, algo que yo no he hecho, en serio, jajaja, alguien que, además, disfruta con ello”. Lo mismo que, repito, hace el lector porque Javier Menéndez Flores nunca baja la apuesta, porque asume un compromiso desde las primeras líneas y cumple con creces, porque no escatima en recursos, porque encuentra su propia voz como narrador pertrechado tras una plétora de voces (esa es otra de sus cimas: los diálogos hiperrealistas, verosímiles, reflejo de los personajes), porque, y no es un fácil juego de palabras, habla de todos nosotros (y queda bien claro al final pero, por supuesto, no se lo voy a contar: léanlo).

lunes, 26 de octubre de 2020

«¿DÓNDE ANDARÁN MI CASA Y SU LUGAR?»


 

   Es uno de los momentos más estremecedores y desoladores que guardo en mi memoria, en realidad no ocurrió hace tanto (en unos días se cumplirán seis años), pero trae ecos tenebrosos de la infancia, terrores y dolores que no se han acallado, negruras que aún me inundan, sensaciones que no he superado del todo y en las que vuelvo a quedar atrapado, latigazos crueles que yo mismo me inflijo con un cierto sadismo autodestructivo, recuerdos que mantengo vívidos y en los que a veces me refocilo no tengo muy claro con qué intención, enfrentarlos me provoca un alivio momentáneo, pero su martilleo permanece, cargado de reproches hacia otros y hacia mí mismo (y estos son los que tienen las puntas más afiladas). El 1 de noviembre de 2014 mi padre fue ingresado en lo que, durante unos días, parecía una recaída, un empeoramiento momentáneo provocado por la quimioterapia que había empezado a recibir en septiembre, estuvo más o menos bien (consciente, hablaba, entendía todo, leía el periódico, incluso caminaba algo a pesar de su delgadez y debilidad, a pesar de precisar ayuda/apoyo para mantenerse erguido, de parecer a punto de ser fagocitado por el colchón) hasta que, una vez pasó a planta (estuvo en la UCI cuatro días porque en la planta de oncología no había camas disponibles), su deterioro fue veloz, se consumió en horas, no pudimos hacer otra cosa más que asistir impotentes a su muerte, acompañándole en su largo delirio agónico. El caso es que, al pasar aquellas primeras jornadas en la UCI, las visitas estaban muy restringidas y yo no fui a verle hasta la tarde del día 2, teniendo que recoger el pase en la casa familiar y, así, acompañar a mi madre. Cuando salí del metro en mi antiguo barrio la oscuridad ya era total (y eso que debían ser poco más de las seis y media de la tarde, pero ya habíamos cumplido con el ritual del cambio de hora -al igual que el pasado fin de semana-), llovía (siendo honesto, creo que en ese momento no lo hacía), el suelo estaba empapado, soplaba un viento que se me antojó huracán desapacible, se sentía un frío que aumentaba el que yo tenía en corazón y alma, parecía un domingo de los de antes, había muchos comercios cerrados, las farolas de las calles pequeñas y estrechas (como la que fue mía, la que lo será siempre) iluminaban de un modo mortecino por no decir tétrico, en una de las más cortas antes de acceder a aquella en que aún viven mi madre, mi hermano y la tía Carmen encontré a un crío de poco más de diez años que jugaba con una peonza, que la arrojaba contra el suelo con la rabia que convocan la soledad, el aburrimiento, el rencor, qué fácil me fue identificarme con él y dejarme abducir por el agujero negro de tantos domingos amargos, desilusionantes, ominosos, crueles que me contrariaron, arañaron, pesaron y pesan.

 

   Ha sido por ese lado (de los varios posibles) por donde más me he sentido concernido, por donde más me ha hecho vibrar la muy emocionante Al atardecer, novela de Hwang Sok-yong que, con traducción de Laura Hernández Ramos y Lee Eun Kim, publicó Alianza Editorial el pasado mes de junio. Porque, al margen de lo evocado (de lo que tengo presente casi cada día) en el párrafo anterior, regresar al barrio de tantos años (lo que sucede como poco una vez a la semana -y cruzando los dedos para que la situación actual no lo complique/impida-) supone asistir a su continua degradación, a la continuada desaparición de gentes y lugares, a las ruinas de lo que fui y lo que hice: por más que la sigamos llamando así (forma parte de la finca en que viví), hace mucho que la tienda de Gonzalo ya no es tal cosa, lo mismo sucede con el Tinte Bellas Vistas donde los viernes consultaba el TP junto a Clemente para saber qué íbamos a ver en televisión la próxima semana, qué decir de la librería y papelería de Pedro y Conchi donde tantos sueños hice realidad, tanto descubrí, tanto aprendí, tanto vibré. Queda la esencia, queda la atmósfera, queda flotando en el ambiente eso que nunca muere mientras uno lo recuerda, lo lleva grabado, pero a pesar de todo es inevitable sentirse como uno de los personajes de la novela (y, aunque como digo suceda muy a menudo, el impacto nunca mengua, tan sólo pierde intensidad -y no siempre-): “(…) volví a nuestro barrio después de mucho tiempo. No quedaba ni rastro de nuestras vidas allí. Todo había desaparecido: la tienda de pasteles de pescado de tus padres, nuestro restaurante de fideos, la fuente pública, el puesto de Jaemyeong, el cine, el paso elevado… Todo estaba tan cambiado que incluso llegué a plantearme si aquello había existido realmente. ¿Cómo podían haber pasado tan rápido cuarenta años?”. Pablo Milanés, a quien he robado la frase que da título a este texto, lo expresó a las mil maravillas en Cuánto gané, cuánto perdí (y a pesar de la nostalgia y de la sensación de orfandad -en cualquier sentido- conseguía terminar el tema con una sonrisa, con la satisfacción de lo vivido y su permanencia), de una manera u otra siempre estamos haciendo memoria (o, permítanme que añada, deberíamos), es un ejercicio conveniente sobre todo porque, por más que lo pretendamos/creamos no resulta tan sencillo olvidar y, en el momento menos pensado, una vez hay que volver a Proust, cualquier estímulo nos puede sumergir en una catarata de evocaciones, puede que placenteras, puede que gozosas, puede que reconfortantes, pero también lacerantes, no sólo por lo que son, sino por el reproche nacido de haberlas arrinconado.

 

   Algo así ha hecho Minwoo Park, el director de un gran estudio de arquitectura de Seúl, ha prosperado, ha triunfado, ha sido partícipe de la modernización de su país, ha optado por mirar al frente, por no hacer(se) preguntas, por no volver la vista atrás, por no querer ver lo a veces evidente (la sutileza con que el autor introduce la crítica política es admirable, sin perder por ello acidez, pertinencia ni firmeza), hasta que una nota recibida al terminar una conferencia le introducirá en una vorágine de recuerdos, en una revisión completa de sus esquemas, en la confrontación con las injusticias que ha podido cometer, en un replanteamiento de sí mismo: “Todo el mundo tiene un pasado duro y sufre adversidades que forman parte de una historia llena de sudor y lágrimas, pero no es algo de lo que se pueda alardear ante los demás”. Tal vez fue cobarde, tal vez fue mendaz, tal vez fue insensible, indudablemente fue débil, imperfecto, se equivocó, pero no quiso verlo de ese modo, no hizo nada por rectificar, se dejó llevar, se convenció de que era lo correcto, puso sus ambiciones por encima de sus pasiones, lo económico y el prestigio social por encima de las personas, Hwang Sok-yong da voz a un personaje que a ratos intenta justificarse/reafirmarse, pero cuyas palabras se van tiñendo con suma delicadeza de amargura, de nostalgia, rescatando del pasado afectos dormidos y hasta extirpados pero sólo en parte tal y como comprueba tras leer la nota entregada por la otra narradora de la historia, Woohee Jong, una joven directora de teatro.

 

   Dos historias en apariencia distintas y sin posibilidades de cruzarse (Woohee es simplemente la emisaria, nada tiene que ver con lo que resucita en el interior de Minwoo) van conformando un conjunto sólido que el autor teje con elegancia, una prosa delicada que, sin perder su exquisitez, adquiere fiereza cuando es necesario, se erige en conciencia, se implica y toma partido (su compromiso político le ha costado la cárcel y el exilio), de manera solapada pero indudable cuando toma la palabra Woohee, sin ambages cuando lo hace Minwoo: “Cuando era joven, no veía el mundo de manera cínica. Comprendía a los que luchaban contra lo que no era correcto, pero al mismo tiempo, gracias a mi autocontrol para convencerme de que debía aguantar, me perdonaba el no involucrarme. Con el paso del tiempo, se convirtió en una especie de resignación habitual y adquirí la costumbre de mirar a mi alrededor de forma fría e indiferente, sin mostrar mis sentimientos. Pensé que eso era madurez”. Téngase en cuenta, además, que el personaje es arquitecto, diseña el país o da cauce a lo que otros quieren, participa en la imagen que se desea transmitir, erige edificios destinados a permanecer, a perpetuar, levantados muchas veces sobre los cimientos de otros: “Hacía mucho había llegado a la conclusión de que no puedo confiar ni en la gente ni el mundo. Después de un tiempo, las ambiciones nos obligan a filtrar algunos de los valores que nos quedan; la mayoría los transformamos para que encajen con nosotros y otros los desechamos. Los pocos valores que conservamos los dejamos olvidados en el desván de la memoria como si fueran algo viejo y manido. ¿De qué están hechos los edificios? En definitiva, eso lo deciden el dinero y el poder. Ellos son quienes deciden qué recuerdos cobran forma y perduran en el tiempo”. Con un tono elegíaco, por lo que supone y por cómo afronta la remembranza, el narrador masculino va recreando su peripecia personal, muy ligada al devenir de su país, mientras que la narradora femenina incorpora lo actual (la novela se publicó en coreano en 2015), lo cotidiano, lo particular, logrando momentos de enorme compunción que se cuentan casi en off, a través de elipsis, sacudiendo aún más precisamente por el tono diríase imperturbable que mantiene, son las corrientes subterráneas las que van haciendo crecer en nuestro interior lágrimas, indignación, dolor, comprensión por unos personajes asomados al mayor abismo que podamos encontrar: el corazón de cada uno.

sábado, 24 de octubre de 2020

PERTINENTES JUEGOS DE PALABRAS

 



   Será por mi verborragia, será por, como tantas veces he reconocido y agradecido, haber crecido escuchando la radio, viendo la televisión, aprendiendo de los más grandes, el caso es que, como algo natural, ya antes de pensar en ejercer la profesión, siempre he tenido querencia por las entrevistas, por la conversación, por la oportunidad y privilegio de poder preguntar a gentes a las que admiras y respetas, a quienes te interesan/importan, a quienes tienen algo que contar; soy una ametralladora hablando, sí, no logro el sosiego, pero, al mismo tiempo, sobre todo en las lides periodísticas, soy un magnífico oyente (y así, permítanme la medalla, me lo han reconocido durante mucho tiempo los que cumplían con esa función al otro lado del micrófono). Hace mucho tiempo, cuando coincidíamos en tantas cosas, Juan Mairena me propuso hacer una serie para el periódico vecinal que dirigía inspirada en la durante mucho tiempo imprescindible entrevista que el gran Feliciano Fidalgo hacía los domingos en la última de El País, es decir, preguntas cortas, respuestas rápidas, pasando de lo lógico y/o noticioso del personaje a la frase de una canción, a un refrán, a una ironía, así nació la entrevista In fraganti de la que hablé precisamente en la segunda entrega de este blog ya que el primero en someterse a ella fue Bigas Luna, cuyo fallecimiento hubo que lamentar en ese momento. Años después recuperé la idea, un tanto retocada/mejorada (en el sentido de contar con más tiempo/espacio), para los últimos meses de Cita a las dos y Miguel Ángel Yáñez la tituló La entrevista pertinente (aunque fui desarrollando, digámoslo así, algo de impertinencia porque convertí en un clásico empezar alguna pregunta especialmente jocosa con la muletilla “sin acritud…”). Cuando el invitado era un escritor, solía recurrir a frases del libro que viniese a presentar, frases que me hubieran llamado la atención por diferentes razones y que le devolvía, a veces sin más comentario, para que partiese de ellas y contase algo más. Así, con el tiempo, ya en RNE, primero con Miguel Ángel y después con Beatriz Pécker, nació Juego de palabras.

   A la hora de plantearme una entrevista a Xacobe Pato sobre su divertidísimo Seré feliz mañana, su debut literario, la ópera prima publicada recientemente por Espasa, pensé que era hora de recuperar ese formato porque, al tratarse de un diario, de los textos que semanalmente publica en Instagram, al ser algo tan directo, personal, íntimo, cotidiano y, al mismo tiempo, tan universal, permitía como pocas obras el hecho de poder trocearla, quedarse con unas palabras, tomar esta sentencia aquí y esta allá, reaccionar como lector y que él mismo, tal y como hiciera en su momento, se pronunciase de manera espontánea sobre aquello. Por lo tanto, poco más, hoy les castigo poco; decir simplemente que Xacobe trabaja como librero en Cronopios, un lugar de Santiago de Compostela que espero poder visitar pronto, lo demás, con alguna intervención mía, lo dice/escribe él, vamos ya con la primera cita:

 

   P.- “(…) pienso que la vida es sobre todo lo que no enseñamos, lo que más nos interesaría saber de los demás y nunca sabremos, es decir, lo que pasa entre story y story”. Coincido con ello, pero no deja de resultarme curioso alguien que ha llegado aquí gracias precisamente a lo que enseña, a lo que publica en las redes, aunque no sea todo lo que hagas, desde luego…

   R.- Laura Ferrero lo menciona en el prólogo cuando habla de la teoría del iceberg de Hemingway, es decir, que todo relato debe enseñar una parte y dejar cosas por debajo. Me parece que eso se aplica a lo que hacemos en las redes sociales: por mucho que alguien se exponga, lo más importante siempre va a ir por debajo. Me gusta pensar que en este diario pasa algo de eso y, al mismo tiempo, soy lo que cuento pero también lo que no y es el lector quien puede llegar a interpretar mi estado de ánimo a partir del relato que hago no porque lo diga directamente.

   P.- Y así, tal vez de algún modo relacionado con esto, escribes en otro momento una frase que, confieso, estoy tentado de colgar en la nevera: “No soy mejor persona que Donald Trump: construiría un muro altísimo entre el mundo físico y el digital”.

   R.- Es algo que me pasa mucho porque, como trabajo de cara al público, no se trata de que tienes una red social, tienes cierto número de seguidores, cierta relevancia, pero luego estás en tu casa y te olvidas. A la librería viene gente que me dice “te sigo en Instagram”, que está muy bien, pero en Instagram sientes que estás protegido por una pantalla y la cosa cambia cara a cara: me hace cierta gracia desvirtualizar a las personas que conoces en redes, pero tiene ocurre lo contrario porque, claro, de repente eres consciente de que tu familia, si está en redes, puede ver todas las maldades que haces en Twitter, jajaja. He pensado a veces abrir una cuenta anónima para que no se mezclen los dos mundos, pero ya es tarde para eso. Llevemos los años que llevemos en ellas, con las redes sociales siempre vamos a ser conejillos de indias, seguimos siendo un tanto inconscientes en lo que a su uso se refiere.

   P.- Y, sin abandonar este asunto, afirmas algo que rubrico: “Al final, Twitter no es más que un desagüe social perfecto, una alcantarilla de opiniones chungas imprescindible”. Totalmente de acuerdo: por más que reneguemos, lo necesitamos…

   R.- Sí, sí, nos hace falta porque así las tenemos controladas en Twitter y no las vamos soltando en otros foros. Además, esto lo escribí en una época en que me salí de la red y fui consciente de que esa cadencia de ir opinando sobre lo que pasa se necesita y, si no lo pones en Twitter, se lo vas diciendo a la gente, “¿Has visto lo último del Gobierno?”, “¿Y la última película de este o aquel?”, sin importarte que nadie quiera escucharlo. Por eso está bien que exista un sitio donde podamos desahogarnos.

   P.- Twitter es la red que menos uso, pero en alguna ocasión he sentido la tentación de reciclar mi cuenta y publicar en ella todo lo que no publico en Instagram o sobre lo que no escribo en el blog, es decir, las películas que no me gustan, los libros que me aburren, pero al final me quedo como estoy que no me va mal…

   R.- Sí, es cierto que en Twitter, a diferencia de las otras redes, prima más lo que no nos gusta, vamos a quejarnos, ponemos el pantallazo de una página descontextualizada, se ridiculiza a este o a aquel, me parece que al final eso no tiene mucho recorrido…

   P.- Por eso, precisamente, centrémonos ahora en esto: “Yo creo que habría que desdramatizar las opiniones que los demás tienen sobre nosotros y sobre lo que hacemos. Y, por supuesto y por encima, habría que quitarle trascendencia a nuestras propias opiniones”.

   R.- Creo que las personas más interesantes son las que saben reírse de ellas mismas, aunque el otro día leía una entrevista de Iñaki Uriarte, que le cito bastante en el diario, donde decía que nadie se ríe realmente de sí mismo o se hace sólo hasta cierto punto. Yo intento no tomarme muy en serio y creo que lo consigo bastante. Lo que me cuesta más es lo de las opiniones de los otros, es algo más aspiracional que real: me sigue afectando, para bien o para mal, lo que dicen los demás.

   P.- Me parece que nos pasa a la mayoría: por mucho que digas o muy bien que lo lleves, al final es lo que opinan los demás sobre ti y te afecta…

   R.- También lo digo: no se trata tanto de la opinión de la gente a la que queremos porque tiene cierto sentido que nos importe como de aquella gente a lo que no queremos o ni siquiera conocemos, un comentario que te pilla así como a traspié te puede herir muchísimo. Hay gente más acostumbrada a recibir críticas y sabe hacerse un escudo, pero en general, como digo, es una aspiración más que otra cosa.

   P.- Das un consejo que me encanta y que reconozco haber dicho en la radio o haberlo escrito aquí y allá: “Si en la faja de un libro comparan al autor con algún clásico, lee directamente al clásico y eso que te ahorras”.

   P.- Nunca he entendido las fajas en que se habla de que es igual que no sé quién o el nuevo no sé cuántos, si le consideran, por ejemplo, “el nuevo Raymond Chandler”, creo que será mejor leer al original. Espero que esto no se vuelva contra mí, me coloquen una faja en que me comparen con algún autor clásico y verás lo que dejo de vender, jajaja. ¡Intentaré pedir que no lo hagan! Las cosas como son, creo que las editoriales abusan muchísimo de las comparaciones.

   P.- Es algo que me saca de quicio, te reconozco: hay quien para alabar a alguien no sabe hacer otra cosa que afirmar lo que decías, “el nuevo tal”, “la nueva cual”, o sea, como si no tuviera valor por sí mismo…

   R.- Eso es y además creo que la mayoría de las veces no se le hace ningún favor, sea a un actor, un futbolista, un escritor, lo que sea. Entiendo que puedes poner en contexto, se tocan ciertos temas, se aborda tal género, pero eso suele irse de madre y al final el halago termina siendo más una cruz que un favor.

   P.- Y dices algo que uno ha vivido en muchas ocasiones sobre todo cuando hacía radio: “De todas formas, recomendar libros es como jugar al fútbol de portero. Puedes acertar tres, cinco, diez veces, que siempre vas a ser más recordado por tus errores”. ¡Madre mía, como le recomiendes a alguien una película, un libro, una serie y no le guste!

   R.- Uso bastante Instagram para recomendar libros más que otras cosas, por supuesto lo hago en mi trabajo a diario, y tengo comprobado que si recomiendas un libro que gusta no importa mucho, “oye, me ha gustado, dame otro como este”, no te llevas ningún mérito y encima te provoca presión. Pero como falles una vez todo el rato están recordándolo “no me des uno como aquel de esa vez, que tuve que dejarlo” y se enfadan muchísimo.

   P.- Yo tuve una compañera que, a la que podía, meses y meses después del estreno, si hablábamos de cine en la redacción siempre decía: “Anda, anda, que pusiste muy bien “El perfume” y me pareció espantosa”. ¡Como si la hubiese rodado yo!

   R.- Y es aún peor cuando llegan todo indignados y te dicen que esa película es para idiotas, no saben criticarla de otro modo y te lo llaman a la cara sin cortarse, oye…

   P.- De esas hay tantas… No nos desviemos y recordemos a Borges como haces tú: “Lo que más disfruto de trabajar en una librería es poder ejercer una censura sutil pero efectiva, inclusiva y a veces hasta cruel. ¡Nunca gratuita! Lo decía Borges en una cita bien conocida: «Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica». Hacerlo en una librería es la variante comercial y ruidosa”.

   R.- Los autores harían bien en llevarse bien con los libreros porque al final son los que te colocan, te ponen o no en el escaparate, te destacan, es algo que debería tenerse más en cuenta. Nunca vas a ser deshonesto porque tu trabajo es recomendar libros que puedan gustar a los clientes, pero lo otro lo hago, jajaja. Se ejerce la crítica de un modo sutil, pero muy venenoso.

   P.- “(…) cualquier cosa que busques en Internet te acaba llevando tarde o temprano al porno o a diagnosticar tu propia muerte”, yo diría que sobre todo lo segundo, ¿no?

   R.- Sí, sobre todo lo segundo y lo primero cada vez menos, jajaja. Te pones a buscar, vas pinchando y llegas a algo que pone “síntomas” o “peligro de muerte”, yo siempre acabo ahí aunque esté buscando un dato de un actor, de verdad.

   P.- Hablando de cine, esto que viene ahora lo he subrayado varias veces: “Me recordó a las películas de superhéroes modernas, en las que, con tanto traumita, ya no sabes si estás viendo “Batman” o una de Haneke”.

   R.- Cuando éramos chavales, las películas de superhéroes eran eso, sin más: solucionaban cosas a los demás no para superar sus traumas de infancia. Sí, ellos también tienen derecho a tenerlos, claro, pero hay películas que olvidan lo de salvar a la humanidad, las rutinas de los superhéroes, y yo creo que podrían compatibilizarlo: un par de días al psicólogo, pero luego en el fin de semana darle caña a eso de salvar el mundo.

   P.- Y aquí volvemos a lo de antes: reivindicas esto y te llaman tonto o, por lo menos, superficial…

   R.- Ahí también aparece el tema de “no te gusta porque no lo entiendes” y eso me repatea. Reconozco que tiendo a lo frívolo, sí, pero lo profundo también me puede interesar, no es cuestión de entenderlo o no.

   P.- Otra con la que das en el clavo: “Me causa verdadera amargura que un artículo con el que estoy de acuerdo esté mal escrito”. Aunque yo añadiría, o pondría por delante, un tuit con faltas de ortografía: por más que me parezca genial, si las hay paso…

   R.- También pasa con los tuyos, ¿no? Te das cuenta de que hay una errata, pero tiene likes y retuits y no lo quitas para no perderlos, jajaja. Entonces, recurres a lo de “ni un tuit sin errata” pero lo mantienes… Con lo de los artículos lo paso muy mal porque hay gente con la que nunca estoy de acuerdo y me encanta cómo escribe, pero que pase al revés es terrible: no puedo compartir un artículo que me parezca mal escrito porque mucho que coincida con lo que dice.

   P.- “Yo no sé en otros lados, pero en Galicia la mejor cosa que hay es las abuelas”. En otros también, ya te lo digo yo, jajaja…

   R.- Son esas dudas que tenemos todos, pero es así, jajaja. Es de esas opiniones que no caducan: así como otras las voy cambiando o adaptando, pero esto lo mantengo. Y es cierto que he conocido a abuelas madrileñas fantásticas, lo son todas, seguro, las abuelas no tienen comparación.

   P.- Son mundo y personas aparte…

   R.- Además, en mi caso me influyeron mucho en mi forma de escribir: una porque perdió la memoria y creo que por eso escribo diarios, para no perder lo vivido; la otra era muy fantasiosa, pero era muy divertida.

   P.- De su abuela sacó García Márquez Macondo…

   R.- Y yo hablo del mío en el libro: el pueblo de mi abuela.

   P.- Exacto. Con esta frase he llegado a conmoverme porque te he visto como un alma gemela: “Lo grave no es tanto actuar como un señor mayor, que ya venía pasando, como que me guste”.

   R.- Y eso aparece al principio, pero eso ha ido a más: prefiero el vermut que las copas de noche, la sobremesa que la discoteca, estoy muy metido en ese mundo ni tengo melancolía por mis veinte años, jajaja.

   P.- Hay algunas cosas que no son citas concretas, pero quiero comentar contigo: la primera, Luisito Rey.

   R.- ¡Qué malvado en la serie!

   P.- Como te llevo unos años, para mí fue conocido antes de ser “el padre de Luis Miguel”, antes de que el niño empezase a cantar…

   R.- Yo lo conocí por la serie de Netflix, claro, serie que nos marcó tanto que mi novia y yo investigamos sobre Luis Miguel, sólo escuchábamos su música y, claro, descubrimos a su padre, personaje fascinante.

   P.- Asunto Murakami, más aún con lo del Nobel tan reciente [mantuvimos la entrevista al día siguiente de su concesión]: “El hombre que todo lo hace bien, el tipo sereno, el típico majo”. Me ocurre como a ti: no le soporto.

   R.- Me sabe mal, pero soy hater, que abundan, aunque también tiene muchos fans, desde luego. Es alguien que genera odios y amores extremos, pero yo deserté.

   P.- Aquí sí vuelvo a citarte: “Todo aquel que se pare a pensarlo tendrá una opinión sobre cuál es la frase más mítica de la historia del cine. Da igual: «A Rizzo le han hecho un bombo» no será superada nunca”. ¡Y eso que no viviste el estreno, lo que fue entonces!

   R.- Claro, yo la vi en televisión de pequeño, la ponían y ponen mucho, y creo que hizo mucho en favor de los anticonceptivos, jajaja. Es una secuencia genial y flipé con esa frase. Soy muy fan de “Grease”.

   P.- Me gusta que pidas “un respetito” para Boyero, hace poco escribí sobre el asunto en Instagram: lo fácil es decir que si está gagá, que si no interesa su opinión, pero hay que analizar por qué dice lo que dice, lo que argumenta, sin olvidar que los tuits después del pase para la prensa de la película que terminó ganando la Concha de Oro y casi todo el palmarés fueron demoledores en su mayoría. Pero sólo nos quedamos con que él reconoce haberse salido de la proyección…

   R.- Hay figuras a las que resulta fácil atacar de un modo tramposo y tirarlas abajo con lo mismo de lo que critican, “qué crítica fácil”, tal y cual, vamos, lo suyo está muy elaborado, sí, jajaja. Es alguien que polariza, desde luego, pero gracias a lo que él ha escrito he visto “Mad Men” o “Los Soprano”, he leído “Suave es la noche”, uno de los libros de mi vida, por eso pido un respetito, tiene una trayectoria que le respalda.

   P.- Y, además, es honesto porque reconoce que se salió de la sala, no vende la moto, no finge haber visto lo que no, como hacen muchos en la crítica en general…

   R.- Él se moja siempre y sabes que está opinando lo que piensa, te puedes fiar, no se pliega a nada, no se corta, se la pela, jajaja…

   P.- Por último, una frase que veremos si sigues estando de acuerdo con ella: “Hoy me hicieron otra entrevista para la tele. No he aprendido a contestar sin hacer el ridículo, pero sí a no contar a nadie dónde ni cuándo sale”.

   R.- Sí, no me has sacado ninguna frase de la que me avergüence, jajaja. Y, sí, aún me pasa: nunca sé muy bien lo que digo cuando me preguntan cosas hasta que lo leo después o me veo en la tele o me escucho en la radio y no me gusta nada hacerlo, pero hago ese ejercicio por si puedo mejorar para la siguiente. Pero lo que ya no hago es avisar sin haberme visto o espero a leerla para compartirla en redes, depende de cómo me vea, jajaja. También me pasa con las fotos: si utilizan unas que no me gustan, no comparto la entrevista.

   P.- Yo creo que esta la compartirás, pero ya la leerás y me dirás…

   Y espero su respuesta, otra más, la última, también puede que la primera, según lo miremos, puesto que en la despedida me lanza un guante cómplice que recojo: dice que en otra ocasión debo decirle aquellas frases con las que no estoy de acuerdo, de las que discrepo o matizo, y me parece una idea sensacional, eso sí, puede que entonces haya que hablar de una entrevista impertinente, ya lo veremos dentro de un tiempo (eso si, tras leer esta, queda contento con lo que ha dicho -algo de lo que no puedo responsabilizarme-).

jueves, 22 de octubre de 2020

CUANDO EL RÍO AÚN NO TENÍA SU NOMBRE

 



   Lamento decepcionar a quienes esperasen algo especial/diferente, cambios más o menos notorios a en este ángulo oscuro que hoy, a pesar de no querer/ prescindir de fanfarrias, pirotecnia ni foco de luz directamente al rostro, inaugura un nuevo ciclo; en realidad, como ya se apuntó en el último escrito, es algo que sucede en mi interior, en mi ánimo, en mi modo de encarar las publicaciones, de no haberlo hecho público sólo se hubieran enterado de ello los directamente afectados (en cualquier sentido y bien que siento el negativo, el que implica daño, el que podría haber evitado), al fin y al cabo voy a seguir en las mías, a mi aire, con párrafos largos (por no decir inacabables/inagotables), compartiendo el entusiasmo lector, la experiencia de sumergirme en los libros, mi alimento, mi refugio, mi forma de vida. Mientras tanto, las piezas siguen colocándose en su sitio de manera natural: amenacé con clausurar este rincón, con ponerle punto final, algo que en realidad no quería y sin embargo estuve a punto de llevar a cabo, cuando, en esas horas un tanto cruciales en que tantas cosas pasaron por mi cabeza y corazón, vino al rescate, sin saberlo, mi cada vez más admirado no sólo por motivos literarios José Zoilo Hernández, cerrando un círculo y abriendo el siguiente, invitándome a continuar, ayudándome a atemperar la borrasca y procurar desfacer el entuerto (he empezado a releer a Cervantes y es tan fácil empaparse de su prosa). Conocí al escritor canario gracias a mi Pepa Muñoz, fue uno de los invitados del año pasado en el Certamen Internacional de Novela Histórica “Ciudad de Úbeda”, del que dimos buena cuenta por aquí (la IX edición arrancará el próximo 10 de noviembre pero, a pesar de haber recibido de nuevo la amistosa invitación del director del evento, no podré acudir y bien que lo lamento, más después de saber que él sí lo hará para presentar la novela de que hoy nos ocupamos aquí), fue uno de los escogidos para las entrevistas que tanto me gustaba mantener para el canal que Locura de Libros tiene en YouTube (y aquí pueden verla completa: https://www.youtube.com/watch?v=EWSCYd1_4kc&t=20s) y que ojalá pudiéramos retomar pronto (incluyendo abrazos, besos, manos estrechadas, rostros al aire), pero como apenas hubo tiempo para demasiadas lecturas antes del certamen me senté frente a Zoilo (permítanme que le llame así, con la familiaridad que nos concedió desde los primeros minutos) con el dosier de prensa muy estudiado, con la información que él había proporcionado (y lo que habíamos hablado) durante la presentación que tuvo lugar la tarde anterior, con el rápido vistazo que pude echar en Madrid a algunas páginas de El alano, primer volumen de su trilogía Las cenizas de Hispania, la obra que, tras ser un éxito en Amazon, publicó con todos los (merecidos) honores Ediciones B y, así, con los tres tomos bajo el brazo, llegaba a Úbeda el ya consolidado autor (por más que afirmaba sentirse extraño cuando alguien se refería a él de ese modo). Le confesé la circunstancia, nunca he fingido haber leído lo que no (otra cosa es que eso no se note durante la entrevista, ahí entra la pericia del profesional tanto en lo periodístico como en lo lector -permítanme la inmodestia-), pero le prometí que me pondría al día, a pesar de que El alano, Niebla y acero y El dux del fin del mundo, los tres títulos que conforman el tríptico, suponen un total de más de 1.700 páginas (cantidad a la que este lector no tiene miedo, el único problema es el indicado antes, es decir, un día sólo tiene veinticuatro horas y, por desgracia, no pueden dedicarse todas a leer). Hace unos meses se anunció la edición en formato de bolsillo del primer tomo, qué mejor ocasión para cumplir con la palabra dada, pero la pandemia que aún nos asola y desuela dio al traste con ello (aunque, ya saben que me gusta ser lo más honesto posible, tanto Zoilo como yo nos enteramos bastante después de que los ejemplares no habían llegado a las librerías -lo que sucederá, crucemos los dedos, durante la próxima Navidad-), entre dimes y diretes y mientras no sabía ni qué hacer conmigo mismo llegó, como decía, el mensaje salvador, el que tiró de mí, al que me así con mis entonces mermadas fuerzas, no porque me obligase a nada, sino porque supuso el aliento, el apoyo, el empujón, la bofetada que me hizo despertar y, ya lo ven, seguir aquí, volver por unos fueros que aún no había abandonado más que de boquilla (o de bocaza).

 

   Ediciones B lanzó en septiembre la muy esperada nueva novela de José Zoilo Hernández y él mismo me anunciaba que iba a pedir a la editorial que me hiciese llegar un ejemplar, no me decía más, no me pedía que escribiese sobre ella, ni siquiera que la leyese, se limitaba a decirme que quería que la tuviese y más después del chasco vivido con lo de El alano (que queda pendiente, faltaría más: tendrá su espacio aquí cuando vuelva a ser novedad); le respondí inmediatamente, poniéndome a su disposición, invitándole a que hiciera sonar alguna tonada con el arpa, reactivando lo que no llegó a pararse/morir, entendiendo que debía seguir, que lo necesitaba, organizando una entrevista telefónica que mantuvimos a principios de mes, es decir, se convirtió en el primer cómplice de este viraje de timón que, repito, lo es al modo lampedusiano, al menos en lo externo (en lo más recóndito de un servidor los cambios son muy perceptibles). Y, colmando/superando cualquier expectativa, no podía recomenzar/continuar de mejor manera puesto que El nombre de Dios confirma todos los parabienes recibidos, todas las esperanzas depositadas, supone la consolidación de una voz fresca, alejada de esquematismos, la voz de alguien que ama la Historia, que huye de lo trillado para buscar asuntos/personajes/épocas poco, mal o nada tratados tanto en los libros como, sobre todo (¡Ay, dolor!), en las aulas, sobre los que se pasa muy rápido o ni se mencionan, que se reducen a fechas, a unos cuantos datos la mayoría de las veces cargados de ideología y precisamente escogidos por/para ello, que se tergiversan, que se pintan con un maniqueísmo atroz (e incluso completamente falso, sin base histórica por muy superficial/somera que sea). En el caso de que se ocupa ahora, además, existen muchas lagunas, datos que no están confirmados, leyendas tomadas por hechos probados, los historiadores no se ponen de acuerdo (dimes y diretes que quedan perfectamente explicados en la magnífica e imprescindible nota histórica -hay que leerla, entre otras cosas por la pasión con que está escrita-), lo que alienta la curiosidad de quien siempre ha gustado de la Historia aunque decidió estudiar Biología e inspira la imaginación de quien se descubrió como novelista gracias al impulso y la fe de su mujer, la maravillosa Esther (con quien fue igualmente un placer coincidir en Úbeda), narrador de historias vocacional y natural que, estoy totalmente de acuerdo, era una pena que quedara como tal sólo para su círculo cercano.

 

   Dentro de ese batiburrillo de fechas, nombres, gestas, momentos a memorizar al menos el tiempo suficiente para aprobar el examen, hay algunos que permanecen indelebles, si bien prendidos con alfileres, descontextualizados, sin verdadero contenido, una mera enumeración, una somera descripción, el niño de entonces, el que empezó la EGB en octubre de 1976, no olvida que “los moros llegaron a la península en el 711 y empezaron la conquista tras ganar la batalla de Guadalete, derrotando al rey visigodo don Rodrigo” y para de contar porque en aquel entonces ya no era obligatorio/imprescindible saberse del tirón la lista de los reyes godos en España (por cierto, en realidad son visigodos, pero tampoco esa diferencia la explicaban convenientemente). Y ese es el punto de partida de El nombre de Dios: “La época siempre me ha gustado mucho, por poco tratada, por desconocida; siempre me ha dejado boquiabierto que en apenas diez años, tras la llegada de 10.000 bereberes, la España visigoda no existiese. Por lo tanto, quería aprender, indagar, saber algo más, pero lo que me llevó a escribir sin posible vuelta atrás fue la leyenda de la Mesa de Salomón, me di cuenta de que ahí tenía un hilo conductor y el puzle encajaba”. Y ahí comienza el trabajo del novelista, tomando partido por una de las posibilidades, por una de las corrientes historiográficas, procurando reconstruir una época con el mayor detalle posible, con verosimilitud cimentada en el rigor, con minuciosidad, pero dejando volar la imaginación, rellenando los huecos, rastreando los hechos, completando lo que aún hoy es desconocido/no se tiene claro, armando su historia, es decir, creando (y dejándonos con la boca abierta): “Es una época muy difícil por muchos aspectos y los historiadores no se ponen de acuerdo en algunos que son sustanciales. Además, hay fuentes árabes y fuentes cristianas, resulta complicado poder contrastarlas porque cada una tira para su lado y lo cuenta de una manera. Hay, por otro lado, una dificultad añadida y es que ninguna de esas fuentes es contemporánea de lo que cuentan, son fiables hasta cierto punto; lo cierto es que no planificaba redactar una nota histórica tan extensa como ha resultado, pero no quería dejar cabos sueltos en ese sentido y mostrar que hay varios caminos posibles, que tuve que elegir, algo a lo que también he aprendido escribiendo esta novela: no hay una única verdad, hay verdades interesadas, por eso quise mostrar qué opción he escogido a la hora de tejer mi ficción”. Este es un reflejo más de la pulcritud, honestidad y humildad con que Zoilo acomete su tarea, por eso priman la acción y el desarrollo de personajes (incluso de los históricos) sobre el aparataje histórico, magníficamente integrado en las descripciones, en los pensamientos, en los actos, en la trama general en la que nada es accesorio ni supone un exhibicionismo desmesurado de la erudición del autor que detiene (o abandona) el discurrir de la narración (sí, Victor Hugo lo hacía, también Tolstói, no digamos Melville en Moby Dick -clásico con el que mantengo una particular relación de amor/odio-, pero su prosa poseía un virtuosismo sublime y difícil de alcanzar que, al menos, enciende el ánimo del lector aunque, dicho un poco a las bravas, todas esas páginas aporten poco o nada a lo que -se supone al menos- se está contando).

 

   Las cenizas de Hispania, a pesar de los tres volúmenes, nació como una sola novela (“me salió un poco larga, es verdad, jajaja”); por lo tanto, José Zoilo Hernández se ha enfrentado aquí al reto de la segunda novela, ese que muchos autores confiesan más complicado e incluso ingrato que el de la primera puesto que, si se ha tenido cierta repercusión, supone escribir con las expectativas del público sobre la cabeza, uno se siente (aunque sea de un modo inconsciente) menos libre, hay una presión añadida, se es consciente de que se escribe para otros: “Aunque sea la cuarta novela, yo la siento como la segunda, ya que “Las cenizas de Hispania” es una aventura única y así la escribí: al día siguiente de terminar el primer libro empecé con el segundo y lo mismo pasó al terminar este y empezar directamente el tercero, no hubo discontinuidad. Quise cambiar y hacer algo diferente, por más que confieso que la novela escrita en primera persona es algo que me ha llamado siempre, me gusta muchísimo, pero corres el riesgo de repetir siempre el mismo personaje, aunque sea en épocas distintas. Además, ya tenía en mente esta idea y era imposible narrarla desde un único punto de vista, por lo que no me fue difícil tomar la decisión de tirar por otro camino: la historia lo pedía”. Y él cumple con creces con lo que esta necesita, manejándose/llevándonos con infinita soltura por diferentes escenarios, distintos personajes, es una obra un tanto coral en la que el lector jamás se siente perdido por el modo en que se caracteriza a los varios (y variados) protagonistas, por cómo se mantienen vivos y abiertos los frentes (nunca mejor dichos) necesarios para que se comprenda de un rápido vistazo la complejidad geográfica, política y social de la época, por la abracadabrante sencillez con que se hacen las elipsis, por contar sólo lo imprescindible y, al mismo tiempo, suministrar muchísima información, saber priorizar los datos, demostrar sin alardear las indudables horas y horas de documentación e investigación, la precisión en los detalles, en el uso de los topónimos del 711 (para cualquier duda hay un estupendo glosario al final -también de términos y de personajes donde se detalla cuáles son históricos y cuáles debidos a la fértil inventiva del autor-). Así, por ejemplo, nunca existen referencias a la conocida como batalla de Guadalete (que, hagamos hincapié en ello, es tan sólo una parte jugosa y espléndida pero si me apuran pequeña en el desarrollo de la novela) porque en ese momento no se conocía al río con tal nombre (de hecho, guada  es como se dice en árabe río, difícilmente podía utilizarse el término en el 711), que alguien lo llamase de esa manera resultaría, entre otras cosas, una falsedad innecesaria porque, además, no hay duda de a qué se refiere: “Como lector, me chirría encontrar un topónimo actual en una novela histórica, me saca de la historia. Por eso aquí, igual que en Las cenizas de Hispania, que transcurre en el siglo V, escribí “Baética” opto por escribir “Betica”, un nombre algo menos latino, soy muy puntilloso en ese aspecto. Por eso nunca hablo de Guadalete, el nombre al río se le puso posteriormente. Si la novela engancha, el lector lo va a entender, sabe de qué se habla sin necesidad de caer en el anacronismo”.

 

   Uno se detendría a comentar aquellos aspectos de algunos de los personajes principales que más le han marcado, pero eso sería anticipar demasiado, conviene irlos conociendo según el autor nos los presenta, dejar que cada uno ocupe el lugar que le corresponde, intuir algunas cosas, temer que sucedan otras, sorprenderse como el propio Zoilo que, aunque tenía las ideas muy claras (sobre todo en lo relativo a que lo que ahora conocemos como Guadalete fuese un mero episodio sobre el que construir el resto y en dónde, cómo y en qué punto poner el final), consintió en que sus criaturas tomasen las riendas (en la acción en sí y en el proceso creativo): “Cuáles son los personajes principales es algo que, en realidad, se descubre al final: hay que dejarlos evolucionar, ver dónde llegan, qué importancia adquieren en el relato y en el conjunto”. Conjunto repleto, no puede ser de otro modo, de luchas, de escaramuzas, de batallas, algo que suele agotar a quien suscribe porque se pierde entre la jerga bélica del momento, los tipos de armas, la impedimenta, las formaciones, las banderas pero que aquí resulta muy accesible porque están narradas en función de lo que los personajes sienten, de lo que la trama precisa para avanzar, sin poder dejar de destacar la viveza con que Zoilo las narra: “Lo de las batallas es algo que me ha gustado siempre y cuando investigo pongo mucha atención en cómo se usaban las armas, cómo se disponían los ejércitos, todo eso me parece algo básico. Además, creo que ayudan a que se comprenda mucho mejor lo que cuenta la novela: la brutalidad con que se acometen, el horror que suponen sirve para describir a los personajes y acercarlos más al lector”. De este modo, uno la ha vibrado como las novelas/películas de aventuras de la infancia y adolescencia, esas que aunque destilasen/dejasen un poso histórico (a veces ciertamente débil, por no decir fantasioso -o algo peor-) se vivían con la misma emoción (o más viendo a donde hemos llegado) que los protagonizadas por los superhéroes de Marvel, esas que jamás perdían de vista la diversión, el entretenimiento, la evasión (en el sentido más amplio y reivindicado de los términos), esas que plantaban semillas en nuestro interés, esas que, bien se ve aquí, a veces despertaban vocaciones: “La novela histórica no puede pretender sustituir a los libros ni a la asignatura de Historia, pero al ser más amena llega a más público y puede que se despierte la curiosidad y cada uno busque información académica para ampliar los conocimientos. Ojalá en muchos casos, sin salirse del necesario rigor, se supiera transmitirla de una manera divertida, hablar más de las vivencias y no dar una mera sucesión de datos; que gracias a lo que se enseña se comprendan mejor tanto cosas que sucedieron inmediatamente después como cosas de ahora mismo”. Aunque sea, en mi caso como en el de tantos, con muchos años de retraso, gracias a José Zoilo Hernández he (re)descubierto que no todo es como lo recordaba, que no todo es como me hicieron aprenderlo, que hay realidades que apenas se esbozaron, que muchos datos quedaron fuera, que la Historia está muy viva, que por obras como El nombre de Dios es por lo que uno aprecia y gusta de la novela que hunde sus raíces en lo sucedido hace siglos (o en lo que pudo suceder).