lunes, 28 de junio de 2021

VELANDO LAS ARMAS

 

Domingo 6:

 

QUERER Y NO QUERER

 

   Siempre busco (y encuentro) excusas para no escribir, justificaciones que no termino de creerme/aceptar, pero me sirven para escaparme por la tangente, incluso aunque tenga ganas, aunque deba cumplir con unos plazos, es una rémora que arrastro desde hace muchos años, es una de mis máximas contradicciones, puedo pasar horas dando forma en mi cabeza a un texto, incluso alguno de bastante extensión, siento los dedos cosquilleando, como si fuesen a disparar letras (no sé hacerlo de otro, lo mío es aporrear el teclado, dejar caer las manos, organizar una buena zarabanda), pero a la mínima posibilidad me escurro, me despisto con toda la intención, lo dejo para después (o para mañana, como el hermano de Inés que no contaba la cosa más brava que hubiera podido oírse sobre don Lope de Sosa, residente en Jaén, porque daban las once y le entraba sueño, aunque entre medias había descrito pormenorizadamente todo lo que cenaban -qué grande Baltasar de Alcázar-); nunca entregué un trabajo de clase después del día previsto (incluso los hubo terminados antes de tiempo), jamás he pedido una prórroga en el ejercicio de mi profesión (salvo en muy contadas excepciones), en parte porque eso no existe cuando trabajas para un informativo, la pieza ha de estar a una hora para ser emitida, pero antes de dar por concluida la tarea he remoloneado lo mío, no lo oculto, no digamos nada si se trata de algo particular, escrito para mí, por más que adquiera cierta trascendencia al publicarlo en mis redes sociales.

 

   Esa rutina (sin sentirla como tal) es algo que me he impuesto para mantener el músculo narrativo entrenado, para no dejar que me venza la apatía, para no perder ese olfato, ese tirón, esa energía/necesidad que me ha llevado desde pequeño a emborronar cuadernos, a trenzar historias con mayor o menor fortuna, a escribir recuadros/columnas/artículos (incluso antes de pensar en estudiar periodismo), esa grafomanía que se fue apaciguando, que fui matando a base de pereza, que dejé apagar en parte sin ser capaz de encontrar explicación. Pero el caso es que al final sigo en ello, doy prioridad a los textos (largos y prolijos, un tanto torrenciales, casi poseído por la escritura automática -algo que también ha menguado: antes escribía más del tirón, apenas corregía-), empiezo por ahí la mayoría de las veces, la instantánea que los va a acompañar (algo imprescindible en Instagram) aparece/la busco cuando he armado mentalmente lo que quiero expresar, últimamente me fustigo con este asunto casi a diario porque tengo durmiendo el proyecto que nació en una noche/madrugada de estallido/rabia/dolor hace casi un año, la autobiografía de lector que en gran medida he ido/sigo trazando en este ángulo oscuro del salón, regresaré a ella, sé que lo haré (en parte porque lo necesito, porque no quiero que se quede dentro), pero por el momento me conformo con las pinceladas que, en gran medida, son las publicaciones en redes, estas anotaciones diarias, los programas de televisión, perdón por convertirlos en excusa.


Lunes 7:

 

DEJARSE SORPRENDER

 

   Aunque sigue bullendo en mi interior, aunque asoma la cabeza de vez en cuando (en lo privado sobre todo), hace mucho que dejé a un lado la condición de crítico feroz que García Sánchez supo ver en mí y que durante algunos años fustigó sobre todo a cineastas desde los micrófonos de la radio, rebajé el tono de mis palabras en Facebook, hui de la bronca imparable que es Twitter, me prometí subir a Instagram sólo fotos de gentes/películas/libros que me gustasen (norma que en ocasiones rompo, más en lo escrito que en lo gráfico -escojo una instantánea de algún intérprete al que salvo y luego arremeto contra lo demás-), opto (como en la vida) por no hacer aprecio por aquello que me merece desprecio (o indiferencia). Precisamente por ello, no conté en su día la decepción que me supuso la lectura de Intemperie, la tan aplaudida ópera prima de Jesús Carrasco, lo facilona y cansina que la encontré, un mero ejercicio de estilo (bastante copiado de otros, mucho menos novedoso de lo que tantos pregonaban) estirado hasta la extenuación (y eso a pesar de no ocupar demasiadas páginas para lo que se diría habitual), una novela con buenos mimbres (por ahí resuenan ecos de Aldecoa, Delibes, de Cormac McCarthy -en este caso, los que menos me han interesado de tan gran autor, es decir, La carretera, también aquí me distancio de la mayoría-) pero, a mi juicio, con escasos resultados.

 

    De ahí que, hasta el otro día, me hubiese mantenido alejado de su adaptación cinematográfica y eso que aquello en lo que pone sus manos, su corazón, su cámara Benito Zambrano siempre llama mi atención y suele satisfacerme, pero este oficio asumido con gusto de espectador/lector omnívoro me llevó a buscarla en una de las plataformas a las que estamos suscritos y me he quedado con la boca abierta en cualquiera de los sentidos posibles. Los hermanos Daniel y Pablo Remón (junto al director de la cinta) han entrado directamente al corazón de la novela, han rebuscado en las entrañas de sus personajes, han eliminado la afectación descriptiva, han trabajado las sensaciones, han dotado de alma (agreste, endurecida, opresiva) al paisaje, lo han trabajado al modo en que hizo el maestro Saura en su prodigiosa La caza sin recurrir a manierismos ni preciosismos/feísmos, evocando el tremendismo tan caro a parajes y gentes como los que aquí aparecen pero sin recargar las tintas, sin inflamar las imágenes, la amenaza se siente y presiente, se concreta en el rostro, los andares y la voz de un magnífico Luis Callejo, nos sacude, perturba y lacera en los ojos, los hombros y el temblor de un impresionante Jaime López, justo es destacar también el trabajo matizado, rehuyendo cualquier tentación/ostentación, que lleva a cabo un estupendamente comedido Luis Tosar que, al igual que los otros intérpretes, supera con creces los arquetipos que no pasaban de ahí de la novela. ¡Gracias, Benito Zambrano y resto del equipo, por quitarme el mal sabor de la lectura y regalarme una inolvidable experiencia como espectador!


Martes 8:

 

UNA VOCACIÓN, UN MODO DE VIDA




 

   Una obra de arte puede hablar de uno mismo de muchas formas posibles, a muchos niveles, el caso es que se da una identificación, se percibe el vínculo casi desde el primer momento, te toca, te llega, te hace suyo, algo así he vivido durante la lectura de El custodio de los libros, título que valió a Rodrigo Costoya el IX Premio de Novela Histórica Ciudad de Úbeda. Porque habla de tantos que han dado su vida (literalmente) por que el conocimiento se expandiese, por el acceso a la cultura, por que los libros no se prohibieran, quemasen, destruyesen, por abatir fanatismos, por invitar a razonar, a dialogar, por el simple deleite de acariciar un libro, por poder sumergirse en sus páginas, por poder seguir aprendiendo, porque es una novela maravillosa, de dimensiones colosales (a la que, por cierto, no le sobra ni una palabra) no sólo en cómo se cuenta sino en lo que cuenta, un gozo para aquel chaval que, una buena mañana de sábado, puso la televisión y, sin conciencia, sin saber lo que se avecinaba, sin más, se dejó atrapar por Fahrenheit 451, descubrió de golpe a François Truffaut y a Ray Bradbury, vivió una de las epifanías artísticas más mágicas y fundacionales que recuerda, se convirtió para siempre, con toda la humildad posible, en un custodio de los libros. Gracias a mi Pepa Muñoz tuve la oportunidad de conversar con Rodrigo Costoya y agradecerle su novela, su modo de encarar la Historia, su vigor narrativo, el alma que ha puesto en cada página, el mensaje bibliófilo que tan poco cuesta apropiarse y difundir: https://www.youtube.com/watch?v=A9Q9l1THwas&t=24s.


Miércoles 9:

 

BENDITA LOCURA

 

   Con esto de escribir a diario, me vi, por así decirlo (sin ninguna pretensión), velando las armas al modo en que, al principio de la primera parte, lo hace don Quijote como paso previo/imprescindible antes de ser armado caballero, es decir, cuando al menos nominalmente (en su cabeza hace tiempo que no) sigue siendo Alonso Quijano. Y este detalle me llevó a recordar (aunque necesito pocos estímulos para ello, me pasa lo mismo con el tío Miguel) a mi abuela que, cuando me veía enfrascado en mis lecturas casi a cada momento, en cada rato libre/suelto, en el patio, en la cama, en algún sillón, me decía (si bien es cierto que muerta de risa y con notorio orgullo -siempre fomentó, como los tíos, como mis padres, el gusto por la lectura, el que no había podido adquirir porque las circunstancias no lo propiciaban, porque las pasó de mil colores y ninguno especialmente alegre-) “¡Deja de leer o vas a terminar más loco que don Quijote”, a lo que yo siempre le replicaba “el que se vuelve loco es Alonso Quijano: don Quijote es el fruto de esa locura” (puede que lo haya redactado mejor de cómo sonaba, pero no voy a negar que fui redicho desde pequeño, tal vez porque vivía -y vivo- de frases leídas).


Jueves 10:

 

EL LUGAR DONDE QUIERO VOLVER

 

   Sigo muchas series, incluso demasiadas, tal vez debería centrarme en unas pocas y, según las vaya terminando (o la temporada en curso si se trata de ese caso), ir incorporando otras, pero me ocurre como con la lectura, soy voraz, compulsivo, me gusta sentirme activo/en proceso. Sin embargo, hay casos en los que voy poco a poco, a mi ritmo, dosificando, no me importa acumular temporadas, todo lo contrario, la impaciencia que me consume se vuelve paciencia a la hora de dejarlas pasar y, así, tener de repente un porrón de capítulos por ver y, si entonces me apetece, darme el atracón. Y así fue como, después de tanto éxito, una vez la clausuraron, con un spin off también muy alabado en curso, empecé a ver The Big Bang Theory, estoy empezando la tercera temporada (creo que el próximo es el séptimo capítulo -el octavo en su defecto-), la consumo a píldoras, al final de la jornada, como colofón antes de acostarme (tras sacar a Fosco), un regalito que me pinta una sonrisa (y provoca alguna carcajada) y me reconcilia conmigo mismo, lo mismo me sucede con Anatomía de Grey (en este caso estoy con la decimoquinta temporada, voy con dos de retraso), a ratos me encojo, me conmuevo, hay más de drama que de comedia (por más que el tono sea muy digamos benévolo), pero me siento cómodo, a gusto, como entre amigos, adoro regresar a sus personajes, es jugar en casa, por eso abjuro de la etiqueta “placer culpable”, ambas (y otras) son puritito placer, sin complejos ni sandeces.

domingo, 20 de junio de 2021

GRADO PERFECTO (Y NECESARIO) DE MADURACIÓN

 

Martes 1:

 

DIME CÓMO CAMINAS…

 

   Entre unas cosas y otras, de un tiempo a esta parte, en gran medida por mi propio ánimo bronco y asocial tan disparado/reforzado (y con el que estoy encantado, no me importa reconocerlo, todo lo contrario), también por mi proverbial torpeza generalizada (que me lleva a protagonizar lo que llamo “un Viyuela” sin tener las virtudes acrobáticas del fantástico actor), moverse por el barrio, pasear con Fosco se ha convertido en una suerte de videojuego (por tomarlo con cierto tono lúdico/jocoso) en la que es facilísimo perder la vida (entiéndase la metáfora aunque son constantes las agresiones que uno recibe en forma de socavones, zonas de obras mal señalizadas, invasivas y hasta invasoras, bicicletas y patinetes campando a sus anchas o abandonados en cualquier parte, vehículos de variado volumen que no respetan las horas de reparto ni las zonas reservadas, lo que, sumado a otros obstáculos de los que ya he dado cuenta por aquí, convierte en tarea casi imposible la de regresar a casa incólume, impertérrito, ileso). Y, para colmo, como (casi) siempre, está esa gente que pasea por zonas/aceras/calles estrechas que no están diseñadas para eso (que, como decía en uno de sus monólogos Paco Martínez Soria, son sólo para pasar), que camina especialmente despacio, que entorpece, hace tapón, puede que absorta en el móvil, puede que con la cabeza gacha, atenta a la pantalla, puede que contemplando una tienda cerrada (o abierta), un edificio a medio erigir, un solar, una ventana, el escaso o amplio cielo que se ve, las famosas musarañas, también hay quien simplemente deambula, me inquietan especialmente quienes se encuentran parados y no parecen tener intención de seguir su camino (o de iniciarlo, a veces creo que una nave alienígena acaba de depositarlos ahí, al más puro estilo Sin noticias de Grub). Por supuesto, los que más abundan (ya de antes, no nos acostumbremos a echar la culpa de todo a la pandemia, no echemos balones fuera, no busquemos disculpas) son los que no saben/no quieren saber salvo que les “beneficie” que se conduce (y camina) por la derecha, no es tan complicado, no hay que pegarse a la pared como si esta te estuviese abduciendo, depende de por qué acera y en qué dirección vayas, no es tan difícil, revisad Barrio Sésamo, se aprende en una tarde (claro, que viendo lo que se vota/defiende/justifica/vomita en Twitter me doy cuenta de lo mucho que hay que explicar en lo que a derechas -e izquierdas- se refiere).


Miércoles 2:

 

VOCACIÓN (NO) FRUSTRADA




 

   Durante unos años, hasta aquel tercero de BUP del curso 1986-87, hasta que conocí a Luis Landero, profesor de Lengua y Literatura en mi instituto, decía a boca llena (y así lo pensaba/deseaba) que iba a estudiar Derecho, me tiraba muchísimo el mundo de las leyes, de hecho lo sigue haciendo aunque desde otra perspectiva, descubrí muy pronto que no me hubiese gustado ejercerlo, que en realidad no tengo pasta para ello, que me había dejado encandilar por la visión más o menos romántica que tantas películas (y series y novelas y obras de teatro) han instalado en nuestros corazones, que por más que haya un trasfondo/contenido real lo que se ve en pantalla es una recreación, una sublimación, una (dicho en todos los sentidos) representación, algo, además, que se parece muy poco (incluso en ejemplos rodados aquí) a lo que sucede en la mayoría de las salas de juicio españolas. Pero tampoco puedo negar que el aprendizaje hecho a través de la ficción (y de tantos títulos “inspirados en hechos reales” -donde los diálogos, a veces, se han extraído de las transcripciones de los procesos-) me ha venido muy bien como ciudadano y como periodista, me ha familiarizado con conceptos, leyes, penas y demás y, dejando a Perry Mason en lo que es (un personaje estupendo), he seguido en contacto con un campo/mundo que, como digo, me sigue resultando muy atractivo, por más que no fuese la vocación por la que tomé lo que no pasaba de querencia/interés (que no he dejado de abonar en lo profesional, en lo personal y como espectador).

 

   Por lo tanto, es fácil comprenderlo sólo con su título, he celebrado muchísimo, ya antes de su lectura, el volumen Cine y Derecho. Togas en la gran pantalla que ha escrito con proverbial sabiduría el magistrado Emérito del Tribunal Constitucional Rafael de Mendizábal y que publicó el pasado febrero la editorial Berenice (con prólogo de Eduardo Torres-Dulce, quien también aúna en su persona ambos mundos). Es un amplio, particular, documentado y apasionante recorrido por aquellas películas que más han interesado/cautivado al autor en su doble vertiente de jurista y cinéfilo (aunque es vocablo que no le agrada especialmente -yo lo empleo como sinónimo de apasionado por el séptimo arte, sin las ínfulas dizque intelectuales con que algunos lo revisten/se lo arrogan-), traza con viveza la biografía del espectador que ha sido (y es) poniéndola en contacto con su labor profesional, analiza con sumo tino y, sobre todo, conocimiento exhaustivo de la materia que da unidad a la curiosa (por huir de algunos lugares comunes, de lo demasiado obvio) y certera selección de títulos explicados, comentados, vividos, diseccionados, contemplados desde una perspectiva inédita en algunos casos. Puede, en parte, tomarse con un manual de Derecho en cuanto a los temas escogidos, abordados/esbozados en las películas, germen o esencia de los guiones, así como por los que preocupan al jurista, aquellos sobre los que diserta con el aval de su experiencia, con su formada y sedimentada sapiencia. De este modo, títulos tan amados como Matar un ruiseñor, Doce hombres sin piedad o ¿Vencedores o vencidos? adquieren otra perspectiva, son valoradas (emplear “juzgadas” hubiera sido un chiste fácil) no sólo (o no exactamente aunque también) por lo cinematográfico sino por lo que transmiten/revelan, por los fundamentos jurídicos sobre los que sustentan/construyen sus tramas. El libro proporciona unas  cuantas sorpresas (como el hecho de incluir la deliciosa La costilla de Adán, ese prodigio de George Cukor donde Katherine Hepburn y Spencer Tracy gozaron y hacen gozar de lo lindo, una brillantísima comedia que es, también, “una de juicios” -como decíamos antaño-), despertando ganas incontenibles de revisar todos los títulos (o verlos por primera vez) y reaviva en parte aquella pulsión adolescente que me hizo considerar Derecho como mi primera opción universitaria, por más que no me arrepiento de haberlo dejado a un lado, sigo apreciándolo gracias a obras tan apasionantes y valiosas como la de Rafael de Mendizábal.


Jueves 3:

 

UN ROSTRO DE MUJER

 

   Alguien (y lo peor es que es una periodista) escribe un artículo que se pretende encomiástico, que en gran medida lo es, pero que se sustenta en una tesis digamos que errónea (por ser suaves), se presenta con un titular un tanto ofensivo, tramposo, que busca llamar la atención, que no responde a su contenido, que pone el foco en un asunto al que no debería concederse ni media línea (que, por otro lado, está ampliamente superado tanto por la actriz a la que atañe como por quienes llevamos admirándola desde que la descubriéramos en aquella joya debida a Peter Jackson y titulada Criaturas celestiales), un titular que supone reducir la excelente miniserie Mare of Easttown y la portentosa interpretación de su protagonista, Kate Winslet, a un detalle que, en todo caso, debería servir para alabarla y aplaudirla aún más, algo si me apuran anecdótico con todo lo que hay para destacar y vitorear en uno de los más grandes productos audiovisuales que hemos disfrutado en los últimos tiempos. No voy a reproducir el titular, prefiero ignorar en lo posible la inquina que brota con excesivas facilidad y virulencia, especialmente en ese pozo infecto conocido como Twitter, cuando de hablar del aspecto físico de los demás se trata, Kate Winslet me resulta fascinante porque me la creo, porque me hace vibrar, porque me parece bellísima al mostrarse tal cual, tal y como debe ser su personaje, porque hace olvidar que es una actriz, porque dota de alma, de  brillo, de presencia, de verdad, a la mujer a la que da vida (pocas veces puede escribirse esta frase hecha con tanta propiedad), porque no piensas en maquillajes ni en embellecedores, porque no se trata de eso, porque ya la insultaron (y de qué manera -eso que aún no había redes sociales, miedo da pensarlo-) cuando fue la heroína de Titanic (y lo mejor del filme con permiso de Kathy Bates -otra que tal-) por no responder a la estética imperante, por no plegarse a la dictadura de lo que se llama “belleza normativa” (qué hubiera sido del arte si los creadores no hubiesen buscado sus propias formas de expresión, tantas veces al margen de lo imperante/impuesto), porque no pienso si está de este modo o de este otro (según algunos, claro), sólo sé que ella por sí sola inunda la pantalla de talento, de feminidad, de atractivo (y no sólo en lo meramente físico), de una madurez impagable e incluso envidiable (ya lo señala el DLE, hermanándose con las palabras que Lillian Hellman dedicó a su amiga Julia: es “el periodo de la vida en que se ha alcanzado la plenitud vital”; después dice algo sobre la vejez, tan relativo como lo anterior, sí, porque eso, al final, depende de cada uno -del que mira y juzga y, para colmo, deja por escrito su mala baba-).


Viernes 4:

 

OTRO ROSTRO DE MUJER

 

   Recupero en una de las plataformas que tenemos en casa El doble más quince, dirigida por Mikel Rueda, y me resulta muy interesante el tratamiento naturalista y natural que hace de un asunto con muchísimas aristas, el modo en que sabe arrinconar el moralismo para intentar adentrarse en los sentimientos de sus personajes, que no tome el camino más fácil (y que, no nos engañemos, le hubiese deparado más espectadores), por más que me quede con la sensación de que es, en parte, una ocasión desperdiciada. Pero la impresionante química que se establece entre su pareja protagonista me mantiene pegado a la pantalla, Germán Alcarazu (al que conocía por un largometraje anterior del mismo director, A escondidas) me impacta con su aparente facilidad para reflejar el cerebro y el corazón desbocados de un chaval con infinidad de preguntas y ninguna respuesta, no recurre a ningún cliché, a lo que por desgracia es habitual en tantos a los que cuesta llamar actores pero acumulan seguidores en redes (y proporcionando espectadores, no lo voy a negar). Maribel Verdú es de esas actrices que necesita encontrar carne que morder, asidero al que agarrarse, terreno firme que pisar; cuando no es así, su indudable oficio hace el resto pero deja un regusto amargo en quien la conoce y valora desde que tapase tantas bocas en Amantes, uno se queda con la sensación de que no ha podido dar todo lo que tiene, aunque se haya elevado (lo ha hecho muchas veces) por encima del conjunto, incluso de lo exigido (que esa es otra). En este caso, llega hasta la médula, construye el personaje con valentía, con absoluta entrega, transpirando verosimilitud, superando el arquetipo, regalándonos (también a la película, a la que hace subir enteros) un plano final antológico donde sus ojos, sus hombros, su expresión, su rostro, cuentan y transmiten mucho más de lo que hay en el guion (o de lo que ha quedado por ahí esbozado/desaprovechado).


Sábado 5:

 

SIN RENEGAR DE LO LEÍDO

 

   Leía todo lo que caía en mis manos, también algunos compañeros de colegio (las chicas sobre todo, creo que lo he señalado -y agradecido- muchas veces), nada nos llamaba más que la atención que los libros que conocíamos a través de películas y/o series, qué decir si además llevaba la etiqueta del escándalo, el sambenito de lo prohibido, provocaban la alarma y hasta la furia de la madre de Joaquín (en parte, fue culpa suya que leyera a Harold Robbins y otros de aquella cuadrilla). Así nos atrapó El valle de las muñecas, ¿por qué no recordar lo que en su momento fue un hito? Por encima de todo, leemos como diversión, como entretenimiento, los bostezos y la “altura” se la dejamos a otros, así como la impostura y la dizque erudición, por eso Pablo nos cuenta chascarrillos sobre Jacqueline Susann y su novela más famosa y pasamos un rato estupendo como puede comprobar quien pulse sobre el siguiente enlace: http://www.dejatedehistorias.es/wordpress/2021/06/05/el-valle-de-las-munecas-y-jacqueline-susan-el-arpa-de-becquer-dejatetv/.

domingo, 13 de junio de 2021

EN FEMENINO, COMO EL ARPA

 

Jueves 27:

 

TÚ ERES ESA (Y ESTA Y AQUELLA)

 

   Han sido muchos años pensando en masculino porque me refería al blog, desde hace algo más de un par de meses pienso y hablo del programa, para colmo hablo a velocidad de crucero, soy más consciente de este defecto (de esta dificultad para hacerme entender) de lo que pueda parecer aunque no lo corrija todo lo que debería, sobre todo cuando estoy delante de un micrófono/una cámara, es algo (demasiado) natural, me disparo, siempre llevo la mente en multitarea y contagio mi verborrea con múltiples bandazos, quiero decir varias cosas a la vez, se me apelotonan las palabras. Pero reconocerlo no sirve como disculpa, se trata de manejar las palabras con habilidad, soltura y, sobre todo, propiedad, es mucho más que mi trabajo como muy bien señaló Alejandro Sanz, es mi modo de vivir, entre ellas, con ellas, para ellas, soy consciente de que por más que la interiorice y asuma como necesaria la enmienda va a seguir quedándose (al menos en un porcentaje muy alto) en propósito, pero me lo he grabado a fuego a costa de equivocarme más de lo debido. El arpa, esta arpa, cualquiera, por más que para evitar la cacofonía lleve artículo determinado masculino es un sustantivo femenino, hay que hablar de “esta”, hay que adjetivarla acorde con su género, metí la pata hasta el fondo cuando, en la primera emisión del programa, dije (por dos veces, ¡mátame, camión!) “este es el arpa de Bécquer”, hace poco me volvió a pasar algo similar pero, por fortuna, caí en la cuenta según cometía el error y rectifiqué: es arpa y es femenina y me encanta que así sea, a no ser que me refiera en concreto al formato televisivo o a este ángulo oscuro del salón prometo no volver a las andadas, faltaría más.


Viernes 28:

 

MÚSICA EN EL AIRE



 

   Nunca podré agradecer lo suficiente el hecho de haber recibido con inmensa naturalidad, como disfrute cotidiano, como alimento para el alma, como vivencias, como abono para mi pasión, como regalo de vida, las músicas que me acompañaron desde que tengo memoria e incluso antes, ese mundo tan rico, variado e inagotable conformado a base de zarzuelas, coplas, boleros, tangos, cantes flamencos, musicales de Broadway (aunque con el tiempo descubrí que muchos éxitos nacieron/se forjaron en el West End londinense, ese lugar donde tan felices hemos sido y al que, lo sabemos, algún día regresaremos) y/o Hollywood, las diferentes canciones que tarareaban la abuela, la tía Carmen, mi madre o las vecinas mientras tendían, las que sonaba a todo trapo por el patio cuando Isabelo escuchaba (y nos hacía escuchar al resto) Feria de coplas (“Una noria con la gloria de los cantes”, ¡no era nadie Miguel de los Reyes”), las que nunca faltaron en las tardes de invierno haciendo tiempo hasta la cena después de haber cumplido con los deberes escolares y visto Barrio Sésamo, las que aprendí junto a mi hermana y sus amigas, es decir, canciones que, aunque no me correspondiesen por época o edad, hice mías y se han quedado en mi memoria, todavía acunan mi corazón y me reavivan, también me humedecen los ojos de añoranza, de tristeza por lo que no se puede repetir, por los que ya no están aquí (aunque sigan conmigo).

 

   Gracias a la estupenda Flor de arrabal de Carmen Santos, publicada por Grijalbo, he vuelto a canturrear muchos de los cuplés que acompañaron tantas horas, que aprendí de aquella histórica grabación de Lilian de Celis con acompañamiento de la orquesta del maestro Cisneros, del tronchante El primer cuplé que se marcó en su día Lina Morgan (con monólogos presentando cada tema que aún hoy soy capaz de repetir), así me reía con La chica del 17 o La Lola, me arrebataba con La cruz de guerra (el favorito de la tía), me sorprendía con La regadera (especialmente cuando, unos años después, entendí el doble sentido de la letra), me enamoraba al modo de sus protagonistas con y de Bajo los puentes del Sena, de donde he robado el título de este escrito (“Luces en el cielo claro de París, / música en el aire, / aspas del Moulin, / él como Roberto, / yo como Mimí, / nos sentimos presos en un mismo afán”). La novela de Carmen recrea de manera brillante un momento histórico (o varios, puesto que su acción se extiende por la primera mitad del siglo XX), una sociedad, una cotidianeidad descrita a través de olores, vestidos y harapos, fríos, oscuridades, tradiciones, sentimientos, una verdad que la autora captura con precisión y minuciosidad y transforma en relato vívido y vivaz que no se puede abandonar. Es también (o sería más correcto decir “sobre todo”) un homenaje a tantas mujeres (y también hombres, aunque en menor grado) que se sacrificaron lo indecible por salir adelante, por dar de comer a sus familias, por respetar y obedecer a quien no lo merecía, que fueron sometidas y relegadas en lo doméstico, en lo profesional, en lo educativo, en lo social, tantas que ni se atrevieron a buscar su propio camino, tantas que lo pagaron muy caro, tantas que a pesar de conseguir el triunfo no dejaron de ser vilipendiadas, menospreciadas, infravaloradas, consideradas productos de usar y tirar.

 

   Carmen Santos se mueve (y mueve al lector) como pez en el agua en la tradición folletinesca (esa que tanto defendemos y de la que tanto gustamos por aquí), manejando con soltura los mejores ingredientes del mismo para dotar a la narración de un interés que no decrece, sin precisar/recurrir a rocambolescos giros para mantener la atención, consiguiendo la complicidad y complacencia del lector sin trucos efectistas, recuperando un brío y una naturalidad esenciales en el género que, por desgracia, han olvidado quienes se tienen por herederos de creadores a los que, como mucho, plagian (o lo intentan, porque hasta en eso fallan). Con guiños muy propicios y sutiles a El último cuplé de Juan de Orduña, la película que convirtió en estrella/mito a Sara Montiel, poniendo de fondo el devenir de los acontecimientos históricos de cada momento, sin precipitación ni morosidad, con un ritmo muy bien medido, Flor de arrabal es una invitación irresistible a recuperar aquellos tiempos del cuplé (y de otras composiciones). Gracias a mi Pepa Muñoz, los del club de lectura LL compartimos una tarde de lo más completa con Carmen Santos en la que, como ella mismo dijo, sólo nos faltó echarnos un cantecito. Pueden verlo en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=kh93lis1kuM&t=9s.


Sábado 29:

 

COMPAÑERA Y COMPAÑÍA

 

   Entrevistar a alguien de la profesión siempre me pone más nervioso de lo habitual, sobre todo cuando se trata de alguien que ha hecho infinidad de entrevistas, no sé cuantísimas horas de radio y televisión, ha participado en un montón de tertulias, conoce a la perfección los resortes y recursos del oficio, es una comunicadora de probada solvencia, de larguísimo recorrido, periodista de y en mil batallas, también escritora de éxito en diversos géneros. Pero Marta Robles lo pone todo muy fácil, rema en/a tu favor, se integra a la perfección en el tono del programa, colabora, participa, da lo mejor de sí, hace sonar el arpa con jocosidad y conocimiento, cuenta su Pasiones carnales (y otras cosas) con el mismo embrujo con el que lo ha escrito, como puede comprobarse en este link: https://www.youtube.com/watch?v=fBqf4YKmoPU&t=59s.   ¡Gracias, compañera, por tu generosidad!


Domingo 30:

 

LO PEQUEÑO NO ES INSIGNIFICANTE



 

   Abrir un libro escrito por Elizabeth Strout es adentrarse en lo más profundo de nosotros mismos o de nuestros semejantes (que no deja de ser lo mismo, como señaló y expresó con magnificencia John Donne), escudriñar los sentimientos más ocultos, asomarse al abismo de lo que no decimos, de lo que no expresamos, de lo que reprimimos, de lo que callamos, de lo que evitamos y, sin embargo, está a la vista, aflora sin que seamos conscientes de ello, tanto en nuestro caso como en el los que nos rodean, hay que ser un observador muy fino, muy empático, incluso muy audaz, para captar las señales mínimas que los otros lanzan, que cada uno de nosotros emite de manera muy imperceptible. Strout alcanzó fama y prestigio gracias a la misma obra, Olive Kitteridge, título por el que consiguió un premio Pulitzer y que se transformó en miniserie protagonizada por una sublime (aunque eso no sea novedad) Frances McDormand; en Luz de febrero, publicada por Duomo a principios de año con traducción de Juanjo Estrella, continúa la historia de esta mujer, en realidad la de los habitantes de Crosby, un pequeño pueblo en la costa de Maine, puesto que la novela (al igual que su predecesora) se estructura en forma de relatos que se van superponiendo, completando unos a otros, en los que va avanzando el tiempo, narraciones a veces autónomas aunque mantengan vasos comunicantes más o menos claros con las demás, un microcosmos con entidad propia donde, a veces, Olive Kitteridge es alguien que aparece un momento, que pasa por allí, una mera mención, su presencia se percibe, su sombra sobrevuela, pero son otros personajes (hermanados por hilos sutiles pero firmes, por la atmósfera creada, por la sensibilidad con que la autora los describe a todos) los que ocupan el primer plano.

 

   Elizabeth Strout aborda sin tabúes ni medias tintas asuntos muy dolorosos, pero lo hace con exquisitez, fijándose en los pequeños detalles que son los que mejor expresan tantas tragedias cotidianas que se pasan por alto o se asumen como “normales”, hurgando sin saña pero con contundencia en las fisuras de la máscara tras la que escondemos la frustración, el desarraigo, la soledad, los afectos desordenados, los no correspondidos, los hurtados, los negados, levantando corazas no tan sólidas como pretendemos y que, al final, nos desprotegen y no funcionan como escudo sino como prisión. A pesar de la dureza implícita (y a ratos explícita) de muchas de sus páginas, Luz de febrero (como el resto de títulos que conozco de la autora) se lee con sumo deleite porque acoge, consuela, anima, hace caer en la cuenta, nos alerta de cosas que no hacemos como deberíamos, de palabras que negamos, de personas a las que damos por sabidas, de ocasiones que perdemos (aunque no lo creamos así), de vida que desperdiciamos pero que, en algunos casos, aún podemos recuperar/reciclar. Podría escribir mucho más, pero como Pablo se ocupará en un próximo programa de este título y de su autora, prefiero esperar el momento.


Lunes 31:

 

ROMPER LA RUTINA

 

   Hoy he creído que me confundía de día, casi doy la vuelta al calendario, por un momento he pensado que era martes y, por lo tanto, ya estábamos en junio, me ha pasado lo mismo que a los habitantes de Königsberg cuando, absorto en la lectura del Emilio de Rousseau, Kant no dio su habitual paseo, aquel que servía para poner los relojes en hora porque nunca se retrasaba ni un segundo. Hay una tienda en el barrio que, desde hace cosa de un año, sólo abre martes y jueves, así lo anuncia en su escaparate, así podía leerse hoy, lunes, aunque el cierre estaba subido. Mi estupor creció al confirmar que, efectivamente, atendían al público y, por lo tanto, tuve mis dudas de que si estaríamos a martes (lo del jueves se me antojaba más lejano/imposible), he tenido que hacer memoria para confirmar que no estaba equivocado, que era el aviso el que no debería estar ahí, vamos, que es lunes para todo el día.

jueves, 3 de junio de 2021

CENTRO DE GRAVEDAD PERMANENTE

 

Viernes 21:

 

REINO DE HECHIZOS

 

   Hubo un tiempo en que Franco Battiato sonaba insistentemente, encadenaba un éxito tras otro, gustaba a gente de cualquier edad, unos se dejaban envolver por la melodía, por el ritmo, por la atmósfera conseguida en cada composición, algunos escudriñaban sus un tanto imposibles letras, buscaban los mensajes ocultos, las referencias, intentaban simplificar lo que era -creo- una de sus máximas virtudes, una indudable complejidad temática, el uso de conceptos/realidades/ficciones impensables en lo que solía entenderse por música comercial, la fascinación de lo extraño, lo inexpugnable y al mismo tiempo fácil de asumir, tardé mucho en entender mínimamente lo que decía/sugería en Cuccurrucucú pero no podía dejar de tararearla, y eso que es una canción un tanto difícil de cantar porque rompe la métrica sin cesar; esa era otra de sus cualidades, no tomaba el camino trillado/popular, pero nos hechizaba cual flautista de Hamelin, yendo a contracorriente, bebiendo de los clásicos para malearlos, olvidarlos, buscar su propia voz, ganando tanto adeptos que se las daban de intelectuales (y que tal vez eran los que menos se enteraban de la historia) como muchísimos seguidores fascinados por su presencia, por su personaje, por su personalidad, battiatanos que a lo que menos atendían era a la música, del mismo modo que la mayoría (y hablo de personas muy diferentes: amigos, familiares, críticos, gente a la que escuché opinar sobre él, incluso a cosas que he leído en estos días con motivo de su muerte) no nos hacíamos ninguna pregunta, no buscábamos respuestas, simplemente aceptábamos su invitación a transportarnos, a imaginar, a soñar, a evocar, a descubrir a los balineses en días de fiesta, a ser nómadas que encontraban su rincón de tranquilidad mientras todo giraba en torno a la estancia.

 

   Un día, de repente, dejé de escucharle, era un recuerdo indestructible, seguía admirándole pero en sordina, en ausencia, sin regresar a su música, esa que he recuperado como homenaje y que ha preservado tantas emociones de entonces, de ahora, jirones de aquel corazón que, en gran medida, sigue siendo este, porque ni la distancia ni el digamos olvido han hecho que varíe lo que pienso (y siento) de algunas cosas, de alguna gente.


Sábado 22:


NUESTROS CLÁSICOS, LOS DE TODOS

 

   Pablo y yo seguimos rindiendo tributo a aquellas lecturas de cuando éramos chavales, muy niños en algunos casos, lo primero que fue cayendo en nuestras manos gracias en gran parte a la se supone nefasta televisión, la bestia negra de tantos padres de aquella época, el origen (se suponía) de todas las desdichas, el comecocos a evitar (y, sin embargo, perdón por la pedantería, un servidor la veía compulsivamente, capturado también por las historias contadas en imágenes, y exhibía un expediente escolar que no podían ni soñar aquellos -sus padres- a los que se les prohibía y apagaba). Gracias a los dibujos animados fueron/fuimos muchísimos los que, de un modo natural, nos sumergimos en las páginas protagonizadas por Heidi, Tom Sawyer, Don Quijote, Tarzán y algunos más a los que recordamos en el programa de esta semana: http://www.dejatedehistorias.es/wordpress/2021/05/22/libros-que-se-convirtieron-en-anime-y-viceversa-el-arpa-de-becquer-dejatetv/.


Domingo 23:


“SEMOS EUROPEOS”

 

   Sin esperarlo, sin buscarlo, sin planificarlo, de un modo puede decirse orgánico, a través del WhatsApp, he vivido un Festival de Eurovisión a la vieja usanza, casi como el de aquellos años en que la fecha estaba marcada en rojo, era una cita imperdible, nos sentíamos privilegiados, era como abandonar la rutina, la grisura, el devenir, de pronto estábamos comunicados con Europa, veíamos lo mismo a la vez, la fiesta solía prolongarse hasta altas horas de la noche, no había sueño, aquello se veía y vivía hasta el final. Resulta que Natalia, una de las componentes del club de lectura, cuenta en el grupo general que lo está viendo, yo le regalo una de mis ironías sobre las canciones que llevamos, creo que cuatro hasta ese momento, Yoli también escribe, Ana (que está viviendo una situación personal muy delicada) dice que se lo ha puesto como terapia/anestesia, alguna más se une, para no saturar ni dar la lata nos trasladamos a otro grupo abierto ex profeso para la ocasión, nos desatamos, nos morimos de la risa, nos cae fatal el ñoño del suizo (más aún si Carlotiña Corredera va a atribuirse -seguro que sí- parte o todo el triunfo si lo consigue), despellejamos a propios y extraños, es un rato fantástico en el que se diría que no ha pasado el tiempo, que hay cosas que permanecen (aunque echemos de menos el antiguo ritual de votaciones y temazos como Save Your Kisses for Me o la esplendorosa verticalidad de Betty Missiego).


Lunes 24:


A QUÉ LLAMAMOS EJEMPLAR




 

   Como no fue en forma de dibujo animado, Pippi Calzaslargas no apareció en el recorrido que Pablo y yo hicimos en el programa, pero también a ella la conocimos primero como protagonista, como heroína, como referente, a través de una antológica serie de televisión. Una chica libre, libérrima, libertaria, independiente, valiente, admirable, una huella que por desgracia hemos enterrado, un icono al que nos referimos con un tono entrañable pero poco (o nada) más, como algo pasado y superado. Por fortuna, una escritora especializada en los más pequeños, en los chavales, María Menéndez-Ponte, la reivindica reconociéndose heredera de la criatura de Astrid Lindgren en su hilarante y emocionante (en todos los sentidos) Verónica Torres se rebela contra el mundo que, con magníficas ilustraciones de Ayesha L. Rubio, ha publicado recientemente Duomo. Dice la autora que este es el libro que más le han pedido sus lectores, una especie de memorias, una historia autobiográfica, la niña que fue (y que sigue siendo) revive en estas páginas a ratos nostálgicas, siempre estimulantes y contagiosas. A buen seguro, más de uno encerraría a Pippi, la prohibiría, la condenaría al ostracismo (ya en su día había quien decía ciertas lindezas que prefiero no repetir), María demuestra todo lo positivo que hubo, que sigue habiendo en alguien como ella, su gran corazón, su hedonismo práctico, su inteligencia natural, su saber sacarse las castañas del fuego, su “aquí estoy yo”, su lucha contra las injusticias tanto sociales como emocionales, su impagable y honesto feminismo, su arrebatador humanismo. Todo eso y algunas cosas más nada baladíes se respira en este gozoso libro.


Martes 25:


LA COMIDA NO SE TIRA

 

   Los paseos con Fosco siguen siendo problemáticos en el sentido de lo que uno se encuentra, de gente con la que se topa, de la inconsciencia reinante, del egoísmo cada día más desatado, del incivismo generalizado, de los múltiples obstáculos de cualquier tipo que hay que esquivar. Una de las cosas que me pone de peor humor es la de comida que literalmente hay tirada en la calle, no hablo sólo de aquellos desperdicios que rebosan contenedores, que hacen estallar bolsas poco, mal o nada cerradas, los miles de rastros de quienes se sientan en cualquier parte a comer y desperdician más que engullen, así lo atestiguan las alitas de pollo, trozos de pizza, patatas fritas, bebidas derramadas, latas y/o vasos de cartón pisoteados, vidrios, un cuadro desolador. No puedo evitar pensar en tanta gente que pasa hambre, que incluso muere de ella, mientras se desperdician cada día cantidades industriales de comida, no sólo la que compramos de más, la que no consumimos, la que nos caduca, de la que nos cansamos, sino esa que alfombra las terrazas de bares/restaurantes, las aceras, nuestro transcurrir cotidiano, no es que me enfurezca, es que me lleno de odio (lo digo como lo siento).


Martes 25:


VALOR SEGURO




 

   Como decíamos, cada uno interpreta a su modo (incluso las frases menos complejas) las canciones de Franco Battiato, por eso, aunque soy de pocas certezas, aunque siempre he sido más de seguir preguntando y preguntándome, aunque me gusta pensar que siempre estamos a tiempo de mejorar, de evolucionar, de seguir creciendo, me siento seguro cuando reafirmo algunas cosas, cuando compruebo/confirmo que, como en este caso, hay escritores en los que puedo seguir confiando, que no voy a sentirme decepcionado, que la aventura lectora junto a ellos gana enteros, que renuevo entusiasmado mis elogios y parabienes. Y eso es lo que he experimentado con Pleamar, el nuevo título de mi tan querido Antonio Mercero que ha publicado Alfaguara, la constatación de que en el género negro ha encontrado su territorio, una novela que (y prometo que lo tenía difícil porque lo que consiguió allí me parece insuperable -desde luego, inalcanzable para muchos-) puede compartir sin complejos honores con sus trabajos anteriores, las dos historias protagonizadas por Sofía Luna, ese personaje admirable en sí y como creación. Antonio sabe enganchar, atrapar desde las primeras líneas, maneja con soltura y eficacia los resortes y convenciones (que no convencionalismos) del género, no da gato por liebre, no confunde (pero sí despista, es lo que toca, es lo divertido, es el reto para el que lee), no engaña (en la resolución final, antes lo procura -y consigue- para que no la tengamos clara) y, encima, se saca de la manga a los inspectores Darío Mur (lector voraz, cómo no empatizar -a ratos- con él) y Nieves González, dos personajes (es norma de la casa) bien acabados, poliédricos, con enormes posibilidades, personajes con recovecos, con mochilas emocionales muy cargadas, que, sin embargo, como ya sucedía con Sofía Luna, no anulan lo primordial, es decir, la investigación policial, el enigma por desentrañar, el crimen a resolver, eso que tantos que (afirman) escriben novela dizque negra suelen olvidar. Antonio Mercero es un escritor de infinita honestidad que pone la trama y a los lectores por delante de sí mismo, por eso se le lee con gran intensidad y enorme disfrute.

sábado, 29 de mayo de 2021

AHÍ DONDE MÁS DUELE

 

Domingo 16:

 

VER

 

   Procuro rehuir las frases hechas, incluso dichas con la mejor intención del mundo, incluso con su parte (o su totalidad) de razón (cuando la tienen, cuando uno lo percibe así), no digamos nada si están integradas en/extraídas de esa prosa placebo que, contra viento y marea (aprovechándose de estos y otros imponderables de cualquier condición, de los episodios de crisis reales o imaginadas -y a veces inoculadas, perverso círculo vicioso que hace funcionar el negocio: te “sano” de aquello de lo que previamente te “enfermo”-), vende cada año millones de ejemplares de puro humo (que cada quien crea en lo que más beneficios/seguridad/tranquilidad le reporte, pero no me digan que lo de los Coelho, Bucay y demás es efectivo porque bien se ve que no -si sus fábulas, historias, consejitos fuesen tan milagrosos, tan sanadores, el invento se terminaba mañana y, ahí está el detalle, las borrascas mentales y emocionales que nos azotan-). Así, no deja de escucharse una de las sentencias (sea dicho con toda la retranca posible) más crueles, falsas y desconsoladoras (por más que pretenda lo contrario) cuando se produce el fallecimiento de algún ser querido: “Ya te acostumbrarás”. Por supuesto, por fortuna (y no en todos los casos), el primer dolor se atenúa, rebaja su intensidad, se agazapa, pero jamás pasa, se queda ahí esperando la ocasión para reaparecer, para lacerarnos incluso con más fuerza, para recuperar toda su esencia, para alcanzar su latido más furioso, aprendemos (cada uno a su manera) a convivir con la pena, con la ausencia, con el agujero en el alma, pero (hablo por mí) resulta imposible acostumbrarse a su profundidad, a su hueco: cuando menos se espera, cuando más vulnerable está uno, todo se reproduce.

 

   Así, tener que salir de casa con Fosco en brazos en busca de un taxi para llevarle a urgencias porque, tras un par de días en que ha estado raro, comiendo algo menos, rechazando su pienso habitual, muy apagado, empezó a llorar durante el paseo de la tarde, a quejarse queda pero insistentemente, a sentarse en el suelo y no querer caminar, por más que mientras hablo con la clínica en casa parece más tranquilo y se ha tumbado en su rinconcito, sentir su agitación, sus gemidos, volver a la calle acunándole, procurando no dejarme llevar por el nerviosismo y el miedo, provoca que experimente una angustia similar a la de la noche en que envolví a Dobby en su mantita y lo llevé a urgencias, aquella última noche que llevo clavada (y, sobre todo, la tarde del día siguiente cuando todo terminó), la herida que aún sangra. Para colmo, las calles están a rebosar, las terrazas de los locales son hormigueros, es la inconsciencia y/o el egoísmo de cada día, para colmo es festivo, hace una temperatura muy agradable (incluso un poco excesiva), hay manifestaciones (me entero después de que han coincidido dos) en Callao, la parada de taxis de la Plaza de Isabel II (porque por más que la llamemos “de Ópera” ese es su nombre, a ver si algunos se enteran) está despoblada, hay un grupo de gente bailando chotis frente a la parte trasera del Teatro Real, un caos, empiezo a temblar y sudar (más), tengo que dejar a Fosco en el suelo para poder llamar a un coche y el pobrecito casi se tumba, deja la cabeza muy gacha, nos transmitimos nuestras ansiedades. La peripecia para llegar a la clínica (una de 24 horas, al menos no está demasiado lejos) es surrealista pero no me apetece describirla, dejémoslo en que di algunos gritos, me indigné ante la burricie de quien incluso con un cartel delante niega la evidencia, solté varias lágrimas, pedí perdón al conductor que nos recogió porque era el menos culpable de lo sucedido.

 

   Al menos, más allá de su notoria incomodidad, Fosco no parece estar grave, incluso me da algunos besitos en el coche cuando estallo, me sosiega y reconforta, inmediatamente bajo el tono y le acaricio diciéndole que no estoy enfadado con él, que se está portando muy bien, que en seguida va a sentirse mejor. La entrada en la clínica es muy diferente a la que hice en su día con Dobby, hay mucha luz todavía y aquello ocurrió una noche de febrero, hacía frío y no había nadie más esperando; aquí hay varias personas con sus animales, algunos ya están siendo atendidos, lo de las urgencias veterinarias no se diferencia mucho de las de cualquier hospital, si alguien se pone a la tarea saca una serie que dejaría en pañales a Urgencias, de ahí que piense que el título perfecto sería VER, en inglés por seguir el original (ER), las siglas de Veterinarian Emergency Room. El peor momento es cuando un chaval de no más de diez años llega junto a su madre llorando sin parar y llevando en los brazos a una cobaya (Henry) que apenas responde a los estímulos, al borde del desfallecimiento total (por no pensar/decir algo aún peor), todos los presentes enmudecemos mientras la mujer explica en la recepción cómo el animal se ha ido apagando/abandonando desde hace unos días, la situación no parece pintar demasiado bien, en el tiempo en que a Fosco le exploran, le detectan un bulto en la mandíbula, le hacen una citología, me lo devuelven para que esperemos los resultados (en total, pasamos unas tres horas en la clínica), Henry es ingresado, el niño se marcha abrazado a su madre sin parar de llorar, nadie habla durante un par de minutos, confieso que tengo que hacer esfuerzos para contener las lágrimas, las horas finales de Dobby se adueñan de mi ánimo, nunca me repondré de aquel desgarro, al menos lo de Fosco se localiza, se descarta algo maligno, lo más probable es que tengan que hacerle una pequeña intervención, le prescriben medicación, hay que esperar unos días para comprobar cómo evoluciona, por fin volvemos a casa donde, con algo de esfuerzo, cena tan ricamente y le saco a pasear para que haga sus necesidades y recupere sus rutinas, algo complicado cuando las aceras, las calles peatonales, todo en general sigue ocupado por hordas de gente que, se diría, tienen mucho que celebrar (sobre todo, que beber).


Lunes 17:

 

QUE SUENE Y RESUENE

 




   Es mágico regresar a un autor al que se admira, seguir descubriéndole, que se mantenga vivo y con la frescura de cuando se llegó a sus páginas por primera vez, como si no hubieran pasado más de treinta años de aquello. Gracias a Ediciones Alfar y su magnífica colección Clásicos del Siglo XIX, vuelve a ser estimulante y gozosa novedad Solos de Clarín, el primer libro publicado por el inmortal escritor en 1881, un recopilatorio de su importante, punzante y espléndida labor crítica, de sus imprescindibles textos periodísticos, de algunas narraciones que revalidan (aunque no lo necesita) su magisterio y magnificencia en el relato, el género que más frecuentó, la columna vertebral de su corpus literario; La Regenta lo es en sí misma, desde luego, con esa novela le hubiera bastado para pasar a la Historia, pero no conviene echar a un lado (y en las aulas se ha hecho) el resto de su producción, las razones por las que hay que continuar leyendo y venerando a Clarín. Esta recuperación, esta reedición, este acontecimiento se completa con la cuidadosa edición crítica de Antonio Checa Godoy, apostillando lo justo, contextualizando, acercándonos nombres y obras de los que Leopoldo Alas se ocupa (con ironía, sin piedad, sin ocultar sus fobias, explicándolas, igual que su aplauso cuando le nace), facilitando la legibilidad y el disfrute de unos textos llenos de pasión, de expresividad, de conocimiento, de osadía, de viveza, que nos sumergen en la realidad/el presente de aquellos años en lo que a la literatura y especialmente a la escena se refiere, recuperando a muchos autores hoy (e incluso casi en su momento) olvidados/desconocidos, ayudando las precisas notas del profesor Checa Godoy a la total comprensión de lo que Clarín escribía en caliente y que llega a nosotros con la misma intensidad, con valor acrecentado, los Solos de Clarín resuenan con la brillantez de antaño que la edición crítica restaura y restaña (y, entre otras cosas, permite aunque sea de modo tangencial la toma de contacto con quien fuese el primer Nobel de Literatura español: José Echegaray -que, las cosas como son, como prologuista del volumen original no hace méritos para ello-).


Martes 18:

 

ESPÍRITU TANGIBLE

 

   Amazing Grace, el histórico trabajo en directo de Aretha Franklin, el álbum más vendido de su carrera, admirado y amado por millones de personas en todo el mundo, estuvo a punto de ser también una película, pero el director encargado de su realización, Sydney Pollack, olvidó utilizar la claqueta durante el rodaje, lo que hizo imposible la sincronización del audio. El material grabado (se calcula que unas 200 horas) fue archivado (por no decir oculto) en la Warner hasta que, a punto de morir, el cineasta (según cuentan, sin reconocer plenamente su error) cedió los derechos sobre el mismo al productor musical Allan Elliot para que completase el trabajo, topando este con un escollo importante: la propia Aretha Franklin (de hecho, fueron sus herederos quienes dieron luz verde al estreno). Lo que se experimentó en aquellas por derecho propio dos míticas e históricas noches de enero en la que con el tiempo sería conocida como “Capilla Sixtina del Góspel” (la iglesia bautista misionera de New Temple) acepta cualquier adjetivo, el ditirambo más encendido, los calificativos más encomiásticos y jamás llegaremos a hacer justicia, era algo notorio ya en la grabación musical, no en vano los orígenes del término están en el vocablo godspell, es decir, “palabra buena”, hay algo notoriamente benéfico, más allá del sentir religioso de cada uno, en estas composiciones que nacen de lo más profundo, de lo más sentido, de lo más doloroso, de lo más esperanzador, de la gratitud, del lamento, de la hermandad, del espíritu. Amazing Grace no es un documental, ni tan siquiera un documento, no es la plasmación en imágenes de un concierto, sino de una ceremonia, de una comunión, de un diálogo con las creencias íntimas por más que sean colectivas, es una experiencia transformadora, enriquecedora, impactante por la verdad que destila, Amazing Grace es un trozo de vida, una reunión de múltiples talentos (en lo artístico y en lo emocional, en lo particular, en lo humano, en lo espiritual) que trascienden cualquier etiqueta, que apelan a algo que todos tenemos/portamos y que no debe ser restringido ni mucho menos impuesto por nadie, lo de menos es cómo lo llamemos o a quién nos dirijamos cuando nos contagiemos del sentir de esa gracia que, repito, no es patrimonio de la religión, es algo universal.


Miércoles 19:

 

EL OLVIDO QUE (YA NO) SEREMOS

 



   Sin permiso del rey, obra de María Teresa Telleria publicada por Espasa, es una magnífica biografía novelada, un concienzudo trabajo de investigación, un hacer justicia necesario, la recuperación (casi el descubrimiento, tan oculta/negada se encontraba la protagonista) de una grandísima mujer, la primera en dar la vuelta al mundo, Jeanne Baret, botánica sin formación académica pero dotada de un amplio, cotidiano y pragmático conocimiento del mundo vegetal, de las plantas que sanan, ayudan, condimentan, también de las peligrosas, de las venenosas, de las mortíferas, descubridora (cuando menos partícipe, recolectora, testigo) de varias especies, otra de tantas borradas, desposeídas de sus méritos, alguien que regresa al lugar que nunca debió perder gracias a este magnífico e inclasificable libro, un prodigio de contención, totalmente legible para un neófito (por no decir ignorante) en la materia, un auténtico regalo para el lector omnívoro enamorado de las historias y de la Historia. Conocer a la autora es aún más maravilloso, más mágico, más inolvidable: los buenos oficios de mi Pepa Muñoz propician, una vez más, que los del club de lectura LL vivamos una tarde apasionante y ampliemos nuestros horizontes en cualquier sentido (y queramos que María Teresa escriba más -sobre todo, sus memorias, viendo el vídeo comprenderán por qué-): https://www.youtube.com/watch?v=gfqpfJE4gus&t=50s.


Jueves 20:

 

LA URGENCIA VA POR BARRIOS

 

   Fosco tiene revisión, todo va mejor (aunque la cosa no termina aquí), al menos esta vez no coincidimos con animales en estado grave (o que lo parezcan), nadie llega por una urgencia (o que por tal se tome), hay una tranquilidad general que se contagia y me viene muy bien, soy demasiado intenso, la ciclotimia me hace pasar de la euforia a la desolación en pocos segundos pero no aprendo a frenar, tanto levito como me despeño, me lo reprocho a menudo, de hecho algunos de mis momentos más depresivos/deprimidos vienen por reacciones extemporáneas que no consigo desterrar, hago propósito de enmienda muy a menudo, pero sigo tropezando en la piedra de mis torpezas anímicas/emocionales, esas que Fosco olvida en seguida para darme lametones o subirse al sofá para poner la cabeza en mi regazo. ¡Cuánta lealtad sin pedir nada a cambio (bueno, a veces reclama un premio, una chuchería, una nadería comparada con lo mucho que me aporta, esa paz que se me agita demasiado y a la mínima)!

domingo, 23 de mayo de 2021

PERDER (O NO) LOS PAPELES ANTE EL HORROR

 

Lunes 10:

 

LA PASIÓN DE LA ADICCIÓN

 

   Hay cosas/películas/lecturas que se te quedan grabadas aunque no quisieras que así fuese, experiencias que te gustaría olvidar o, cuando menos, sepultar con remembranzas más gratas, pero el ruido de la calle te lo impide, no se deja de hablar de ello o, aunque no exista un clamor mayoritario, parece que siempre acabas llegando a lo mismo (o no sales de ahí), en este caso, Another Round, el oscarizado título de Thomas Vinterberg, tan aclamado, aupado, laureado, encomiado por gente que se esponja para hacerlo, se siente importante por eso, extrae/imparte lecciones de vida que no aceptan discusión, siguen la tendencia tan generalizada a crispar, a dividir, a enfrentar, a contar la vida en blanco o negro, sin matices. He ido dejando por ahí mi parecer, mi estupor, mi decepción, es decir, iba convencido, con ganas, me gusta (y mucho) gran parte de la filmografía del cineasta, admiro a Mads Mikkelsen (a quien, por cierto, tuve el placer de entrevistar hace ya unos cuantos años: amable, profesional, con un punto de timidez que le hacía muy cercano), tal vez por eso quedé tan desolado y me muestro especialmente susceptible cuando leo lo que leo por ahí. No termino de comprender (más allá del engorde de ego de quienes en realidad se aplauden a sí mismos, porque captan lo que, dicen, a un simple mortal se le escapa) cómo pueden reconocerse tantas virtudes en una película (bien filmada/narrada) que apesta a apología, una visión podríamos decir romántica, bucólica y atractiva, del alcoholismo, una visión blanda y ñoña de lo que es un auténtico problema (algo que se olvida en la película, lo nefasto queda fuera, en las elipsis, tampoco parece tanto, algún efectillo secundario), una última secuencia que como tal es esplendorosa y hasta brillante (repito, Vinterberg conoce su oficio e incluso provocándome un rechazo que va en aumento según avanza el metraje me mantiene atento a la pantalla), el mismo tipo de colofón que tantos de los que asienten, pregonan, exhiben su complacencia (y, por ende, su perspicacia, su inteligencia, su dizque exquisitez) abochornan, degradan, tildan de lo peor (llegando a insultar a autores y, sobre todo, al público que paga su entrada) si viene desde Hollywood o su zona de influencia.

 

   Y entonces llegamos a Gambito de dama, la miniserie dirigida por Scott Frank que, no me extraña, se ha convertido en un fenómeno mundial. Aquí se habla de adicciones sin paños calientes ni blandenguerías, se disecciona una personalidad adictiva tanto en lo bueno como en lo malo, desde pequeña lo vive así, se deja arrastrar hasta el final, se convence de que sólo de esa manera puede rendir como debe, triunfar, demostrar su excelencia (dicho en román paladino, que sólo puesta hasta las cejas, sólo “colocada” juega bien -como el profesor de la película de Vinterberg, sólo que este pasa de ser el más aburrido a ser magnífico, vivaz, genial, todo un Keating-), incluso siendo consciente de que eso la lleva al abismo, de que sus inseguridades no se esfuman, todo lo contrario, pero las camufla (o cree hacerlo) mientras sus verdaderas y casi congénitas facultades se ven en realidad mermadas, anuladas, asfixiadas. Un círculo vicioso de dependencias y carencias afectivas y emocionales, una telaraña pegajosa y muy letal que incapacita a la protagonista hasta el extremo de no hacer nada por despegarse de la misma, una trama contada con la intensidad necesaria, con un pulso muy firme, con un clasicismo que incluso emociona en estos tiempos (a pesar de algunas veleidades “artísticas” en la dirección que, por fortuna, quedan en poco), una historia tomada de las páginas escritas por Walter Tevis, autor que extraía lo mejor del descenso a los infiernos, a los abismos del alma de sus personajes, de los mundos/submundos en que procuraban mantenerse a flote (no en vano también firmó El buscavidas y su continuación El color del dinero -tan a reivindicar en lo que a su versión cinematográfica se refiere-). Más allá de los diversos aspectos que pueden y deben destacarse (ambientación, ritmo, atmósfera, interpretación -colocando en lo más alto a una espléndida Marielle Heller que, por cierto, deja en pañales a los de Another Round y sin necesidad de truculencias/tremendismos-), si la serie resulta hipnótica es por la colosal Anya Taylor-Joy, una auténtica diosa, una estrella como las de antes, como las de siempre, una actriz descomunal que actúa sin que se le note, ofreciendo emociones de tal honestidad que duele, perturba, incomoda, captura, implica al espectador, le hace vivirlo con ella, le rinde a su magnetismo, a su verdad, se convierte en su favorita, en dama vulnerable pero pétrea, genial pero errática, un crisol de sensaciones, un trabajo que ya ha entrado en la historia (y, si me apuran, en la leyenda).

 

Martes 11:

 

CUANDO EMBISTE LA VIDA

 



   “Cuando oigo decir que la unidad de cuidados paliativos es el lugar al que se va antes de morir, en vez de mosquearme, en vez de explicar con más o menos paciencia que también tratamos el dolor en casos que no suponen una muerte inminente, en vez de hacer eso, les doy la razón, muestro mi mejor sonrisa, digo amablemente que así es, que muy bien visto, y añado de inmediato que, en realidad, podría decirse lo mismo de todos los servicios del hospital, de cualquier hospital, porque, al fin y al cabo, todo lo que merece la pena llamarse vida, ¿acaso no es el conjunto de cosas que hacemos antes de morir? Y créame que la frasecita siempre consigue producir su efecto”. Así lo expresa Mireille Gosselin, la jefa de la unidad de cuidados paliativos del hospital universitario de Ruan donde (entre abril y diciembre de 2015) pasó varias semanas el escritor argentino afincado en Burdeos Eduardo Berti, recogiendo los testimonios de las personas (en su inmensa, muy inmensa mayoría, casi totalidad, mujeres) que atienden este servicio, con los que ha construido un libro emocionante, de esos pocos que merecen la etiqueta de “imprescindible”, una auténtica maravilla que, con traducción de Pablo Martín Sánchez, publicó en España Alianza Editorial hace unos meses: Una presencia ideal.

 

   Del mismo modo que construye sus obras la Nobel Svetlana Aleksiévich, Berti presenta una sucesión de declaraciones, de relatos, cede la voz a sus personajes, a sus interrogados, a sus testigos, desaparece para no estorbar, para que las palabras lleguen con la mayor pureza posible, para no quitarles (ni ponerles) un ápice de sí mismo, un trabajo invisible que sólo se percibe en el perfecto funcionamiento de la maquinaria, en cómo las piezas (aquí hay capítulos de apenas unas líneas) encajan, se completan, son autónomas pero adquieren un sentido mayor leídas consecutivamente, el orden en que aparecen se demuestra como el único posible, ahí está el autor, al fondo, en la sombra, sin estorbar, sin imponerse, sin señalar su presencia (sirva el título escogido para aplaudirle y reconocerle). Transcurriendo donde transcurre, abordando el asunto que aborda, se comprenderá que la lectura de este libro no resulta fácil/agradable, pero no tampoco puede decirse que sea terrible en el sentido de que el tono es reposado, nada enfático, muy natural, por momentos aséptico, acercándose a los estremecedores extremos alcanzados por Joan Didion en El año del pensamiento mágico, pero consintiendo unas bocanadas de aire, algún que otro respiro mientras que la californiana (se) los negaba. Hay un dolor sosegado pero continuo e imposible de acallar que vertebra el conjunto, una pena ante lo inevitable que lo empaña todo, una asunción de que la muerte ha ganado la partida de antemano que le confiere un pragmatismo (el de las personas que conviven con ella a diario) que no evita las fisuras, el desánimo, incluso las lágrimas o su mero atisbo, tal y como le señala (y agradece) la esposa de un paciente a Dominique Louiron, médica residente: “Hace tiempo que quería decirle que me gusta verla así, al borde de las lágrimas… Sí, resulta reconfortante ver la emoción de los médicos. Es agradable, porque es humano. Y, sobre todo, tranquiliza a los familiares y amigos. Sabe a lo que me refiero, ¿verdad?”.

 

   Una presencia ideal es, por encima de todo, vitalista, sin frasecitas para enmarcar, sin prosa placebo, sencillamente porque no de otro modo pueden (y quieren) afrontar su trabajo los profesionales que acompañan el tránsito, perdón por el eufemismo, lo diré como se debe, que esperan la muerte junto a los pacientes, al lado de los familiares, con la singularidad de cada una (“(…) los tópicos, la verdad, dejan de funcionar en cuanto nos enfrentamos a la enfermedad y a la agonía”), con lo que todas tienen en común (“Si hay algo que se aprende rápido en este oficio es a callar cuando no se tiene respuesta”). El mejor y más sincero aplauso, la manera más sincera de respetar, apoyar, homenajear a quienes no quieren ser considerados/tratados como héroes (y menos todavía con discursitos vacíos, agradecimientos rutinarios y con hora que se esfuman al día siguiente), es dejarles hacer su trabajo, ayudarles en lo posible, acercarnos con prudencia y a través de lo que ellos quieran compartir/expresar: “No, yo no hablo de lo que pasa en la unidad ni con mis amigos ni con mi familia, excepto con mi madre. Es la única que no me desaconsejó venir aquí hace dos años. Es la única que me hace preguntas que van más allá de las banalidades habituales. Los demás apenas me hacen preguntas; los demás no entienden nada. En el fondo, me digo, no quieren entender. Hablar de la muerte y del sufrimiento no está al alcance de todo el mundo. Así que me callo. Y los protejo”. Basta con saber que están ahí siempre, que no dan un paso atrás, pero es de agradecer que alguien como Eduardo Berti les haya hecho justicia y lo haya puesto negro sobre blanco para la posteridad.

 

Miércoles 12:

 

APLAUSO INTERMINABLE

 

   Confieso que no siempre lo logro, pero cada vez más procuro quedarme con lo que, a pesar de la nostalgia, de la añoranza por lo que no regresará, me hace feliz, con los buenos momentos vividos, con lo placentero de aquellas tardes de sábado en que nada (ni, sobre todo, nadie) perturbaba la paz, en que descubría cantantes, grupos, músicas, canciones, en que celebraba a mis ídolos, en que compartía la pasión con los tíos, en que veíamos Aplauso y se ampliaba mi eclecticismo, el mismo mamado en casa donde igual se escuchaba a doña Concha Piquer como a Patxi Andión, Luisa Fernanda o Jesucristo Superstar, donde convivían sin problemas Barbra Streisand y Antonio Machín. Por eso, entre otras muchas cosas, era genial aquel programa donde lo mismo veías a Parchís como a Duran Duran, a Massiel como a Kiss, a Iva Zannicchi como a Pecos; durante muchas emisiones el realizador del programa fue Hugo Stuven, quien ha muerto hace unos días, es como si otro trocito de mi infancia, de la de tantos, se desprendiese del corazón, aunque siempre habrá un rinconcito para recordar tantos buenísimos momentos. ¡Gracias, maestro!

 

Jueves 13:

 

FANTASÍA EN LIBERTAD



   De vez en cuando, hay libros que te llevan de viaje en cualquier sentido posible, que te hacen regresar a los tiempos en que querías leerlo y descubrirlo todo (en realidad, continúo inmerso en ellos), que te reaviven tu placer por el género de fantasía y lo que por tal aprendiste a degustar desde muy pronto, incluso antes de tener plena conciencia y la capacidad mínima para ir más allá de la mera aventura (razón más que suficiente para devorar tantos títulos). Y ese es uno de los goces provocados por Viajeros de un mar de nubes, el novelón (si no pongo el aumentativo me parece que le hago de menos) que se ha marcado Borja Vaz y que ha publicado recientemente Martínez Roca. En esta ocasión, nos voy a dar la vara porque lo mejor para abrir boca y ganas es escuchar lo que el autor compartió con los del club de lectura LL en el encuentro que mantuvimos con él, donde una vez más ejerció como hada madrina mi Pepa Muñoz: https://www.youtube.com/watch?v=NJ8vDbOiI88&t=9s.

 

Viernes 14:

 

¿Y EL LUGAR DE LOS DEMÁS?

 

   Las calles están abarrotadas, mañana es festivo en Madrid, perdón por resultar alarmista, no es mi carácter anacoreta (que no oculto), casi mi condición, pero creo que no nos podemos permitir este desfase, este libertinaje, esta manga ancha, esta complacencia, este “hay que ponerse en el lugar de los jóvenes, tanto tiempo confinados”. Bueno, no caeré en ese cierto absurdo de comparar unas edades con otras, unos tiempos (no tan diferentes, no nos hagamos ahora los formales) con otros, pero no puedo dejar de pensar en ese egoísmo (que, por cierto, no sabe de años cumplidos o por cumplir) implícito/explícito en la frasecita de marras: me pongo en ese lugar, por supuesto, a pesar de querer ser Nero Wolfe he sufrido las restricciones de movilidad, el no poder ver a la tía Carmen y a mi madre durante casi tres meses, he perdido posibilidades de trabajo, de ocio, de estar con los amigos, pero no queda otra, al menos así lo creo, así lo voy a seguir haciendo. ¿No podéis poneros por un momento al menos en el lugar contrario? ¿No tengo derecho a reclamarlo?

 

Sábado 15:

 

MAESTRA EN/DE LETRAS

 

   Viene Concepción Valverde al programa, la llamo así porque de ese modo firma sus novelas, pero la quiero como Concha, además me pide que me dirija a ella con esa familiaridad, con esa cercanía que tenemos aunque es la primera vez que nos vemos cara a cara, hasta ahora nuestro contacto ha sido a través de Facebook, el primero que mantuvimos fue cuando leí El último fado (publicado por Almuzara, al igual que su ópera prima, La biblioteca Fajardo) y quedé cautivado por una prosa rebosante de sabiduría literaria, de una exquisitez plácida y placentera, de un indudable conocimiento de la pulsión narrativa, una gran lectora que devino en magnífica maestra (tuvo que serlo, no hay más que disfrutarla mientras evoca algunos de los títulos/autores que la envenenaron de palabras, de historias, de sueños), una estupenda escritora que en breve presentará Las soledades del Inca y de todo ello (de lo que da tiempo) habla con verbo encendido y pasión incontenible y contagiosa en la versión televisiva de este blog: http://www.dejatedehistorias.es/wordpress/2021/05/15/conocemos-a-la-escritora-concepcion-valverde-y-sus-libros-favoritos-el-arpa-de-becquer-dejatetv/.