jueves, 15 de agosto de 2019

EL AÑO QUE NACÍ YO...







   Antes de que incluso los leales irredentos y ultragenerosos huyan despavoridos ante lo que parece anunciarse como otra matraca incontenible alrededor de mi ombligo, les ruego observen que el título del presente escrito se completa con unos puntos suspensivos, es decir, hay algo más, no se trata de remontarme a los romanos y hablar de lo que, por cierto, no puedo saber más que a través de otros, imposible tener memoria propia de lo sucedido aquel año que, eso sí, al haber nacido un 26 de febrero conocí (sin tener conciencia ni consciencia ni raciocinio) casi íntegro; más allá de (nunca serán veces suficientes) volver a agradecer la amabilidad, el interés, el tiempo que, así me lo hacen llegar en comentarios privados (queden para otro día, si acaso, los motivos particulares -es decir, con nombres y apellidos, que en algunos casos los hay, al menos no se ocultan tras avatares como alguno(s)- por los que opté por eliminar la opción de publicar comentarios en el blog, la posibilidad que permitía a cualquiera escribir -juntar palabras y faltas de ortografía sería más preciso- y soltar sus bravatas, infamias y demás detritos, insultando de un modo u otro a los autores que por aquí desfilan -algo que, por supuesto, jamás voy a consentir-, en lo que a mí respecta tengo las espaldas muy anchas y ya se desacreditan por sí solos estos especímenes que proliferan por las redes, no merecen mayor atención, tan sólo mantenerlos alejados o blindar en lo posible su campo de acción-), decía que no me cansaré de dar las gracias por la fidelidad de tantos que siguen estas memorias de lector (también insistiré en ello las veces que haga falta: no son reseñas -algo, por cierto, difícil de escribir bien y ajustándose a lo que deben ser tanto en el ámbito académico como en el periodístico, lo digo por alguna que pregona por ahí lo contrario, aunque no predique con el ejemplo ni nos ilustre con su sabiduría, simplemente cae en los desbarres y limitaciones que atribuye a los demás, generalizando como siempre, sobre todo en Twitter donde el espacio es muy limitado y las mentes bien se ve que aún más), saben que estos textos son muy personales y hasta íntimos pero siempre tomando como base y destino alguna lectura, dando (o procurándolo) prioridad a esta, a lo que ha provocado y despertado en mí, de ahí, retomo por fin el hilo, los puntos suspensivos del título ya que, al más puro estilo Imperio Argentina en Morena Clara (secuencia, por cierto, que ha pasado con todo merecimiento a la historia del celuloide), la sentencia se completaría con “…también nació JB” (sí, ni siquiera una intérprete de las facultades de la adorada Malena podría cuadrar la frase en la música sin parecer una oveja -al verse obligada a prolongar la “b” final-, pero no pidan peras al olmo, es decir, a este “compositor” nada talentoso-), que es el que importa hoy, no un servidor.

   Convendrá explicarse un poco más y, así, entraremos realmente en materia: JB es un personaje inventado por Jordi Siracusa, en realidad es un trasunto de quien él fue en su juventud, director de un hotel en la Barcelona de los 70, personaje que vio la luz literaria en 2018 protagonizando Hotel Manila y que ha regresado en 2019 con Los infinitos nombres del diablo, publicada, al igual que la primera de la serie, por Editorial Comuniter. Gracias a mi Pepa Muñoz y a Raúl de Casa del Libro en Gran Vía tuvimos la oportunidad de cerrar el curso en lo que a encuentros (en nada retomamos actividad, ¡madre mía, cómo viene septiembre, también octubre!) se refiere el pasado 4 de julio compartiendo conversación, escuchando absortos a Jordi Siracusa, magnífico narrador también en lo oral, con una enorme sabiduría para hacer confluir diferentes historias en una sola, para ir alimentado las distintas tramas, hablando de cómo la vida y la ficción van de la mano, novelando a partir de sucesos reales, tomando la Historia como punto de partida, permitiéndonos entrar en la trastienda de lo que escribe, en cómo planifica/articula sus creaciones, en su necesidad por comunicarse con los lectores, de ahí que mientras prepara una obra con muchas páginas y mucha tela que cortar (así se refiere a ella, emparentándola con Pingüinos en París (Bajo dos tricolores), novela de la que se siente especialmente orgulloso y no es para menos -publicada igualmente por Comuniter, ya va por su segunda edición-), una en la que lleva trabajando un tiempo y a la que calcula aún dedicará un par de años más, no queriendo perder el contacto, manteniendo viva y activa la llama literaria en el sentido de estar presente con nuevos títulos, se le ocurrió iniciar una serie policiaca inspirada, como se ha dicho, en él mismo, en aquel joven que llegó a director del Malina Hotel (hoy, Le Méridien, allí sigue el edificio, “en pleno corazón de Las Ramblas”), inventando tramas detectivescas en las que JB -Jordi Brotons, ese es el segundo apellido del escritor, Martínez de primero en el DNI-, se involucra/interfiere formando un tándem divertidísimo con el comisario Ripoll. JB, no creo que sea necesario remarcarlo, es, por supuesto, director del Manila Hotel, narrador de ambas novelas, alguien que retoma el contacto con quienes leyesen su anterior aventura o se presenta ante los que lleguen ahora de este modo: “Uno de mis sueños de niño era ser director de hotel, algunas lecturas, un par de películas y la atracción por esos lugares donde nada es lo que parece y los viajeros pretenden convertirlos por unos días en su hogar, me parecía fascinante. Tanto, que no paré hasta conseguirlo. Lo que no sabía entonces es que un hotel es algo más que un lugar de paso, es el lugar donde habita la parte aventurera de cada uno de nosotros, un lugar para los ensueños, los divertimentos, el reposo del viajero… y para algunas pesadillas”.

   Jordi se divierte (y el auditorio lo celebra y comparte las carcajadas, bien motivadas por la sorpresa o por la constatación de una sospecha, por el eterno juego literario envenenando dulcemente la vida -o viceversa, que uno nunca tiene claro qué afecta más a qué-) confesando que es él quien aparece en la portada de Manila Hotel (y lo hace, por cierto, mientras mantiene la misma pose, colgué en su momento una foto en Instagram que daba testimonio de ello) y afirmando que más cosas de las que podemos pensar/creer, no sólo las obvias, están tomadas de la realidad, pasaron más o menos del modo en que aparecen reflejadas en la novela (tanto en aquella como en Los infinitos nombres del diablo), que a veces se ha limitado a dar cuenta/tomar nota, que indudablemente hay ficción (pero le vuelven a brillar los ojos mientras matiza “hay algo de ficción”) pero con abundante base histórica (dicho tanto con mayúscula como con minúscula), si para presentar(se) a JB partió de la destrucción del Sussex en 1916 en la que murieron, entre otros, Enrique Granados y su esposa (el Manila tenía una sala dedicada al compositor en la que se conservaban su piano y la mascarilla de su rostro), en esta ocasión se centra en el enigmático Codex Gigas, a cuya creación dedica algunas de las páginas más apasionantes, espeluznantes y deslumbrantes de la novela, cuya leyenda/realidad recrea/reconstruye con vigor y emoción, integrando perfectamente la Historia en la historia y una narración en la otra para lograr un conjunto muy equilibrado (incluso, si me apuran, uno reclamaría alguna escena más en el siglo XIII, aún entendiendo que no aportaría nada -pero las escribe/describe tan maravillosamente (lo mismo que el resto) que supondría aumentar el deleite-): “Un códice gigante que contenía toda la sabiduría humana y que tenía unas proporciones extraordinarias. Con tremendo esfuerzo depositó en el suelo de su celda el último cuadernillo. Lo acarició, era el postrer capítulo con el contenido de todos los libros y sabidurías que la Orden Benedictina le había proporcionado. Entre las páginas del códice estaba la regla de San Benito; las traducciones latinas de Flavio Josefo y su “Historia de los judíos”; el Antiguo y Nuevo Testamento; la Etimología –Etymologiae u Originum sive etymologiarum libri viginti-, los veinte libros de San Isidoro. Tres tratados médicos dedicados a la medicina práctica, escritos por Constantino el Africano, otro monje benedictino. Otros ocho libros médicos, Ars medicinae, de origen griego y bizantino, utilizados como libros de texto para la enseñanza de la medicina. “La Crónica de Bohemia”, escrita por Cosmas de Praga. Santorales, calendarios, listas de benefactores y miembros de la comunidad monástica; esquelas; antiguas historias; curas medicinales y encantamientos mágicos. Una confesión de los pecados y una serie de conjuros, entre otros textos y escritos. Todo profusamente iluminado y con dibujos de la mano del autor, incluido uno de Belcebú y que sólo Herman conocía el porqué de su terrorífico relato”.

   Los infinitos nombres del diablo se inscribe en la noble tradición de la novela policiaca/detectivesca/negra más ortodoxa en el sentido de plantear una intriga y estar atenta sobre todo al entretenimiento del lector, también en el hecho de tomarse el género muy en serio, que debe leerse con ligereza no significa bajar la guardia como escritor, por ahí respiran Simenon o Chandler, también cumple con el canon al retratar una época, un momento, una sociedad, concediendo la misma importancia (y ahí reside parte de su encanto y de su altura literaria) a lo sociológico (y si se quiere político) que a lo que debe resolverse. Al haber sido testigo de lo que cuenta, Jordi transmite con pequeños pero abundantes y reveladores detalles la atmósfera/realidad de la Barcelona de 1971, hace una evocación muy vívida que tiñe de nostalgia sólo lo justo, entroncando por ese lado social tanto con autores que han magnificado el género cada uno con su estilo y sus maneras, siendo notarios de lo que estaba pasando/pasa (inevitable evocar a Vázquez Montalbán, González Ledesma o Giménez Bartlett) como con los que han hecho memoria o han servido para ello al contarnos su presente (Marsé, Terenci, Maruja Torres, Merçe Rodoreda, las gentes del Bocaccio, escenario fabuloso e ineludible que Siracusa evoca/invoca con honda emoción). Como se apuntó al principio, Jordi tiene muy claro que la serie va a continuar mientras continúa con sus grandes proyectos, su intención es publicar un título de JB al año siguiendo, además, la cronología, es decir, el que ya tiene casi preparado transcurrirá en 1972, el cuarto en 1973 (y le pido que, por favor, haga un guiño a su homónimo, es decir, al J. B. de Torrente Ballester que apareció ese año) y así hasta, al menos, 1980, por eso me he vinculado tanto al personaje, al fin y al cabo hemos nacido el mismo año, puesto que la acción de Manila Hotel sucedía en 1970, lo de menos es que él lo haya hecho con la edad suficiente para protagonizar esta serie que, a buen seguro, va a seguir proporcionando disfrute y provocando admiración.

domingo, 11 de agosto de 2019

CLAUSTROFOBIA A CIELO ABIERTO




   No sorprenderé a los leales (o a cualquiera que tuviese la gentileza de leer el texto publicado ayer) si anuncio que voy a hablar sobre Un matrimonio perfecto, la última novela publicada de Paul Pen (que Plaza y Janés lanzó el pasado mayo), hablando de reventar sorpresas yo mismo lo hice al dejarla para hoy (y dedicarle su propio espacio no el que le permitiese lo que concebí como preámbulo pero, ya me conocen, se me fue bastante de las manos -y de extensión-), me pareció de justicia explicar que aquel desvarío, de un modo u otro, estaba inspirado en su lectura, en lo que hablamos durante el encuentro que mantuvimos en las oficinas de su editorial coincidiendo con su llegada a las librerías, en una conversación entre lectores en la que hay permiso para hablar pormenorizadamente de cualquier cosa que haya llamado la atención, en la que se conoce la resolución, en la que se pueden abordar detalles que, lógicamente, un servidor jamás sacaría a la luz en una entrevista ni, desde luego, va a reproducir aquí (del mismo modo que, me consta, hacen mis compañeros cuando publican sus estupendas reseñas). Las cosas como son, empezamos por ahí puesto que el día anterior había tenido lugar la presentación oficial de la novela a cargo de David Cantero, quien había sido capaz (algo que no debe extrañar en tan estupendo periodista) de disertar sobre ella un buen rato sin desvelar nada importante, sin dar pistas que lleven al lector avezado a desenredar la madeja antes de tiempo, sin contar el argumento, esbozando ideas, haciendo elipsis, sugiriendo, abriendo las ganas de leer (que es de lo que se trata), capacidad (y si me apuran ética profesional -y hasta personal-) que no todo el mundo tiene, de ahí que hubiese dejado a más de uno con la boca abierta (aunque en realidad la cierran pocas veces, dando voz a lo que deberían callar/ocultar). Sí, digámoslo ya, es posible (de nuevo, como decía ayer, hablo del que fue mi oficio tantos años, el que nunca olvido cuando escribo aunque esto no sean más que las memorias de un lector, aun así no creo necesario destripar argumentos para transmitir sensaciones), es factible, digo, e incluso me atrevería a afirmar que debería ser imprescindible hablar sobre una narración (en el soporte que sea) sin explayarse en lo que en ella sucede, sin suministrar demasiada información, permitiendo/posibilitando que cada lector/espectador viva su propia experiencia al llegar a determinado momento (y es algo que se reclama tanto para historias en las que el misterio, la incógnita, la resolución de un enigma es la columna vertebral como para las de cualquier otro género/estilo, ya se enterará cada uno cuando corresponda del destino de los personajes). De todos modos, poniéndonos en lo peor, como Paul Pen no construye sus historias (como tantos) en torno a un golpe de efecto más o menos afortunado (sea dicho por aquellos que ni con esas aciertan, al menos en lo que a un servidor respecta, todo se les va en artificios y ases guardados en la manga, en hacer trampas o -ahí también Paul Pen marca la diferencia notablemente y se distancia de sus competidores- en no soportar una relectura), puesto que es un maestro en complicar la trama de un modo natural (sí, ya saben que tiendo a ello, parece un oxímoron, intentaré explicarlo un poco mejor en seguida aunque estoy convencido de que muchos han entendido por dónde voy, más aún si han leído antes a este autor), a veces lo de menos es conocer el gran giro que en un momento dado dará la narración, la revelación que supone un auténtico seísmo, después de que se produzca aún quedará mucha tela que cortar, el escritor siempre se guarda algo tanto o más sabroso para seguir captando la atención del lector, no todos los interrogantes se resuelven a la vez.

   Quienes no conozcan a Paul Pen (permítanme que les diga que hacen mal, aunque bien sé que por muchas horas que se empleen en la lectura nunca son suficientes) pueden, si lo desean, consultar lo publicado en este rincón hace dos años cuando tuve el placer de entrevistarle con motivo de la publicación de La casa entre los cactus (https://elarpadebecquer.blogspot.com/2017/06/nacen-entre-espinas-flores.html), donde tampoco se toparán con spoilers (alguna vez tenía que emplear la palabreja para no repetir demasiado las otras que prefiero) pero sí con algunas características de su estilo, con lo que podríamos considerar su sello, por más que en cada novela lo plasma de manera diferente, por eso (entre otras razones) nos sorprende y nos atrapa, también porque sabemos (así lo viene demostrando) que no dará gato por liebre, que no nos sentiremos estafados en lo que a la coherencia se refiere, si bien es cierto que, al modo en que lo hacía la gran Patricia Highsmith, el cierre de la historia no busque contentar a todo el mundo e incluso provoque reacciones indignadas y/o encontradas (sin llegar, por fortuna para él, al extremo de los que, por ejemplo, exigen que vuelva a rodarse la última temporada de una serie o pretenden enmendar la plana a la autora de la novela en que se inspira otra cuando apoya la deriva tomada por los adaptadores/continuadores): “No me gusta impartir justicia, de hecho hay lectores que se han enfadado por los finales de mis novelas anteriores, pero yo procuro no posicionarme, que no se note a quién prefiero. Puede que en esta sí haya recurrido algo más a la justicia poética, si es que existe algo así, cada uno lo dirá cuando la lea. Lo que siempre busco es el desenlace que me parece más lógico para los personajes, no me preocupo de quedar bien o de edulcorar el final: que pase lo que tiene que pasar”. Es parte del juego, diabólico si se quiere, porque habla de personas corrientes, de cotidianidades y sentimientos que nos son cercanos, que resultan reconocibles aunque sea por persona (o película o serie) interpuesta, aunque se trate de personajes que se mueven en ambientes ajenos (y lejanos) a los nuestros Paul los dibuja tan íntimamente, los dota de tanta humanidad (en el sentido de que, como tanto abunda, no son clichés, responden a arquetipos y/o convenciones del género sólo en lo estrictamente necesario -si es que lo hacen porque incluso al más episódico le dota de un algo excepcional, de una personalidad que deja huella-), los caracteriza con tanta brillantez que nos parece conocerles de toda la vida (lo que exacerba nuestras reacciones durante la lectura), la verosimilitud que el autor se preocupa por mantener hasta el final (y más allá: como ya se ha señalado, el lector sigue dando vueltas a la historia por más que haya llegado al punto final) está en la raíz, en el modo de construir los personajes, exento de cualquier maniqueísmo: “Me gusta que nunca quede claro del todo a quién puede considerarse bueno y a quién malo, que haya ambigüedad, es algo que exploré aún más en “La casa entre los cactus” porque allí no era posible un final que podamos calificar como justo, al menos uno que satisfaga del todo, creo que eso representa mucho más lo que sucede en la vida real”. Se trata de la eterna gama de grises de que tantas veces hablamos y tantos creadores olvidan, de ahí que este caldo espeso en que Paul Pen nos sumerge hasta el cuello (con aguadillas muy bien -valga la expresión- salpicadas a lo largo de la narración) provoque adicción (y angustia, terror, pánico, mal rollo -escojan lo que prefieran) y lo distinga de otros rebosantes de tics (y lo iguale con autores por los que uno siente debilidad y admiración).

   Como ya hiciera en La casa en los cactus, y después de una novela plenamente claustrofóbica como fue El brillo de las luciérnagas, Paul Pen utiliza un escenario principal muy reducido pero situado en un paisaje inabarcable, una enorme extensión de terreno, se diría que hay mil posibilidades de fuga, por supuesto que la noche y la oscuridad juegan un papel determinante en la tensión creada/acumulada, pero hay muchos momentos en que el suspense se siente y vive a plena luz, a cielo abierto, cuando parece imposible que experimentemos escalofríos ante lo desconocido (aunque ya demostró Tobe Hooper que es posible, sin destripar nada en concreto, conozcan -o revisen o recuerden- el fabuloso y espeluznante final de La matanza de Texas): “Desde hace mucho, por esta cosa de los hogares aislados que tanto me atrae e inspira, sabía que terminaría por llegar a una autocaravana y la primera idea de la novela surge precisamente de eso, de querer utilizar una como base de la historia. Una pequeña parte del final la escribí a bordo de una, la alquilé para contrastar algunas cosas, para no meter la pata, puede decirse que puse la documentación al día mientras hacía un viaje por España”. Sin embargo, como en anteriores ocasiones, Un matrimonio perfecto transcurre en EEUU, cuenta el viaje que hace una familia en su mudanza a Seattle: “He vivido en EEUU y por eso me siento cómodo ambientando allí mis historias, al margen de que, como todos, desde pequeño he conocido su cultura a través de películas y series, también por haber leído sobre ella. De este modo, puedo incorporar detalles que den verosimilitud al relato”. Tal vez sea este un buen momento para recordar/explicar que Paul Pen se llama así en realidad (bueno, su verdadero apellido es más largo -su padre es holandés- y optó por dejarlo en esa sílaba fácilmente pronunciable -que en inglés, además, significa “bolígrafo”, herramienta de un escritor, regalo, por cierto, que hizo a los lectores que acudieron a la presentación y a la Feria del Libro a por un ejemplar firmado-) y que nació en Madrid, algo que muchas veces se duda o desconoce (y hasta se refuta, “no, no, tú hablarás de un español, yo hablo de Paul Pen”, como nos cuenta muerta de risa la querida Estíbaliz que le ha pasado). Unido a su gusto por los espacios reducidos, hasta el momento diría que indisociable, está su predilección por grupos pequeños, por familias de pocos miembros: “Me gustan las familias porque son historias con las que me identifico de un modo inmediato y primario, creo que a todo el mundo le pasa ya que es nuestra primera interrelación social, es la más importante y dura para toda la vida, se quiera o no. Me resulta, además, más interesante escribir historias cotidianas, igual me cansaré con el tiempo, prefiero centrarme en personas del día en día en situaciones extremas que en un detective o un policía, que son historias que me gustan contadas por otro, pero no para escribirlas yo. Escojo personajes que, en general, en un momento dado han dado el salto a lo oscuro, salto que procuro no juzgar, lo que me cuestiono es qué pasa cuando eso ha ocurrido”. Y esa onda sísmica se va ampliando implacablemente al mismo tiempo que Paul se cierne sobre sus personajes, los enclaustra no sólo física sino moralmente, los comprime, aumenta la presión hasta el estallido implacable que sacude irremediablemente al lector.

   Si en sus anteriores novelas había dejado claro que sabe graduar y dosificar perfectamente la intriga, hacer grandes revelaciones mucho antes de la conclusión sin que la tensión se resienta, en Un matrimonio perfecto Paul Pen se revela (o alcanza las cotas más altas si había hecho algo similar, aunque él mismo reconoce haberse sorprendido por el modo en que desarrolló la escena y jugó con la información que el lector posee) como todo un maestro del suspense clásico, el que definió, pulió y manejó como nadie Alfred Hitchcock (a quien nombra con profunda admiración) y, además (en esto, las cosas como son, he caído hace un rato, por eso no se lo comenté), le hace un guiño/homenaje puesto que todo ocurre en una ducha; más allá de este momento concreto en que uno teme seguir leyendo anticipando lo que puede ocurrir, la novela está estructurada de modo que el lector va en algunos aspectos por delante de los personajes lo que aumenta su nerviosismo, siempre hay un recoveco oscuro, siempre queda algo por descubrir (para aquel y para estos) y esto incluye una posible relectura (prueba de fuego definitiva, algo en lo que salen perdiendo gran parte de los títulos que durante un tiempo copan los puestos más altos en las listas de más vendidos) para ir descubriendo las pistas, los anticipos que uno no toma por tales (y es como debe ser, eso demuestra lo sólidamente armada que está la historia), los enlaces subterráneos que Paul Pen ha establecido entre unas páginas y otras, empezando por el sorprendente, rompedor y un tanto incomprensible capítulo 0 que abre la novela: “Se llama así porque surgió cuando todo lo demás estaba escrito, pero quise meter una previa en la que anticipar, sin contarlo, lo que sucedió en un momento dado. Aunque lo imaginé de un modo al final quedó así, pero me gusta porque es lo suficientemente enigmático, tanto que si lo relees cuando has terminado la novela cambia el punto de vista que un tanto inconscientemente adopta el lector, resulta que esa narración la hace otra persona, no la que pensabas”. Esto, como bien saben los leales, es lo que me gusta llamar “el fenómeno Roger Ackroyd”, volver a leer y darte cuenta que el autor ha jugado sus cartas con limpieza, que incluso las ha dejado a la vista pero sabiendo envolvernos de tal modo que no somos capaces de percatarnos de las evidencias/insinuaciones y ese es, tan sólo, otro de los muchos divertimentos que proporciona Un matrimonio perfecto, un rompecabezas sabiamente construido/destruido para que el lector goce (y sufra, que en realidad -no me vengan con remilgos- es de lo que se trata).

sábado, 10 de agosto de 2019

CHANQUETE Y SU MUERTE ANUNCIADA






   Llevamos un tiempo a vueltas con la dichosa palabreja, discutiendo tanto el uso (una vez más) de un término en inglés (que, por cierto, significa cosas muy diferentes según el contexto) como su abuso y proliferación en la vida diaria (algo a lo que, no nos engañemos, han contribuido en modo superlativo las redes sociales y el afán por ser el primero en lo que sea); el caso es que lo de spoiler me suena hasta delicado, un modo incluso amable para lo que (como tantos, me consta) prefiero llamar, remarcando un poco la erre para dar mayor expresividad a su acción corrosiva, “destrrripe”, pues no deja de ser eso lo que se hace cuando se adelanta alguna de las sorpresas que proporciona una narración (seriada, cinematográfica, literaria) o, sencillamente, cuando se anticipa el final de lo que sea a alguien que aún no lo conoce. Un servidor escribió junto a Pablo Vilaboy un libro titulado Finales de cine en cuyo prólogo nos preguntábamos en qué momento se levanta la veda, es decir, cuándo se permite hablar sin tapujos de secuencias capitales que se analizan, diseccionan, emiten, explican, cuestionan dando por hecho que todo el mundo ha visto las películas en que aparecen, motivo por el que tantos (yo mismo en lo que al primer título citado se refiere) han sabido cómo terminaba Casablanca, Thelma y Louise, Psicosis o Atracción fatal (escojo estos títulos en concreto porque sobre ellos voy a procurar apuntalar lo que quiero contar) antes de vivir su propia experiencia como espectadores; sin querer extenderme demasiado, hablando de lo que más me atañe como alguien que se ha dedicado muchos años a la crítica cinematográfica (como género periodístico, es decir, informando de un estreno con un espacio/tiempo muy limitado), no concibo que a algunos que se llaman/consideran expertos (esto va en exclusiva para aquellos que o ejercen de lo que no son o se consideran por encima del resto de los mortales por tener una tribuna o pretenden dárselas de voces autorizadas) les parezca casi imprescindible referirse a la resolución de una historia y que, incluso para aplaudirla, sean incapaces de hacerlo sin recurrir a detalles reveladores de la misma (son, por cierto, los que más reclaman poder seguir haciéndolo, insultando a quienes protestan, demostrando su poca profesionalidad y escaso desconocimiento de lo que debe ser un comentario, un dar noticia, una recomendación o disuasión, un género urgente y del momento, el análisis, el estudio, la comparativa exhaustiva, todo ello vendrá después, en otros lugares, con otro talante -y ahí no hay que avisar porque, lógicamente, se revelan tramas, destinos de personajes, porqués, se habla/escribe para enterados, dicho sea sin el más mínimo atisbo de tono peyorativo, el que se adentra en textos/documentales de este tipo está advertido, no valen quejas en esta ocasión-). No se trata, ese es otro asunto, de que una historia se base en un golpe de efecto, en un giro inesperado, en una solución abracadabrante (o tramposa o artificiosa), sino de que cada espectador (o lector) tiene el mismo derecho que aquellos privilegiados (muchos bostezando, aburridos, plagados de prejuicios, con la crítica hecha antes de la proyección, sin ningún amor por lo que hacen y lo que ven, desencantados o sin entusiasmo desde el principio) que ven gratis la mayoría de las películas (o todas las que ven en su momento) antes del estreno a experimentar sus propias sensaciones, a sacar sus propias conclusiones, a sorprenderse (o no) por sí mismo (y no, no me digan que entonces no deben leer lo que se publica -o escuchar ciertos programas de radio-, porque, repito, una crítica/reseña periodística no consiste en destripar -remarquen la erre, no se priven- el argumento, la acción, la peripecia, el plano final).

   Alfred Hitchcock pedía encarecidamente que no se contase el final de Psicosis (uno, por cierto, de los más estudiados y desvelados), consiguió que las salas no permitiesen el acceso del público una vez hubiera empezado la proyección sin explicar por qué (una de las mayores sorpresas, esa a la que podríamos denominar LA secuencia, otra que ha sido diseccionada y anticipada hasta la saciedad, ocurre a los 48 minutos de metraje, no es posible apreciar la jugada en toda su excelsitud si nos perdemos algún fotograma), nadie (espero) se va a atrever a decir que el maestro/genio/mago del suspense pensaba que la valía de su película radicaba exclusivamente en sendos sobresaltos (ahí está lo que la gozamos en cada visionado), pero sabía que si nos pillaba desprevenidos, sin conocimiento previo, el efecto se iba a multiplicar por mil (como en mi caso, ya que tuve la fortuna de verla en un histórico Sábado Cine de mi infancia sin saber la que se me venía encima); porque no se trata sólo de conocer la identidad del asesino que es a lo que recurren los que antes mencionaba para menospreciar al público (y películas) y pensarse gente de paladar exquisito porque aprecian/se fijan en otras cosas, sino de descubrir en el momento adecuado qué o por quién se decide Ingrid Bergman, claro que Casablanca es mucho más que ese momento, que cuando la revisamos aumenta la melancolía, la tristeza, se anticipa la amargura (o no, dependerá de cada uno) por lo que se sabe inevitable, pero sería deseable poder asomarse a ella por primera vez sin tenerlo claro, lo mismo sirve para Thelma y Louise, da igual las veces que se vea, siempre consigue emocionar, impactar, implicar, su último plano sigue elevando, levantando de la butaca (literal: una sala repleta soltó un mismo y pletórico suspiro), pero nada podrá ser comparable a aquella tarde ya remota en que, recién estrenada, fuimos al cine después de clase (por fortuna, meses antes de que en la entrega de los Oscar las propias protagonistas desvelaran la incógnita a quienes aún no la hubiesen visto). El caso de Atracción fatal es un tanto diferente en el sentido de que se rodó un primer final que fue rechazado masivamente en las proyecciones previas, lo que llevó al estudio a proponer (y rodar) uno muy diferente que, por un lado, inyectaba una moralina estomagante e incluso distorsionaba la percepción que uno pudiera tener de los personajes (por no decir que traicionaba planteamientos y hasta atmósfera insana) y, por otro, fue destripado sin misericordia en un artículo de Diario 16 (del que he olvidado el autor -o no lo tengo claro al cien por cien, por eso prefiero no señalar a quien, a lo mejor, no tuvo nada que ver en el desaguisado-) que aquí el que suscribe leyó justo un par de días antes de ir al cine a verla, recién estrenada, al igual que un buen puñado de títulos que se jugaban los Oscar a entregarse un mes después; gracias a esa película me rendí incondicionalmente a Glenn Close (fue al año siguiente con Las amistades peligrosas cuando la convertí en una de las diosas a las que venerar incluso cuando no aciertan -pero se reconoce-), me entretuvo profundamente, la discutí con los compañeros de instituto, pero fue un poco frustrante cuando la platea soltó un grito y no pude hacerlo porque sabía lo que iba a pasar (al igual que no viví la sorpresa general que siguió a tamaña conmoción).

   Por otro lado, es cierto que los que hay que se quejan de lo que no supone tal destripe sino, en su caso, ignorancia supina: cómo olvidar a algún indignado muy molesto porque Pablo (en su última intervención en Afectos en la noche, lo demás pueden leerlo en 24 horas de un periodista desesperado, su primera novela -no desvelo nada, bien lo saben los leales, incluso cuento menos de lo que debería, no sólo en lo estrictamente literario-), hablando sobre Ágora, contó el final de Hypatia (que está en los libros de Historia) o a todos los que se han quejado de que la prensa les ha anticipado lo que sucede en la serie sensación del momento, Chernobyl, refiriéndose, precisamente, a sucesos y datos que ya habían sido publicados en su día. Es cierto que hay gente (y ahora hablo en general) experta, incluso cuando saben que el interlocutor lo desconoce (o haciéndolo entonces con más hincapié, conozco unos cuantos o te topas con otros en las redes aunque no quieras), en anticipar lo que pasó en el último capítulo de alguna serie, que no es capaz de hacer un comentario sin dar detalles fundamentales (no digamos, volvemos al inicio, “entendidos en la materia” -sí, con muchas comillas-), pero tampoco hay que exacerbar las cosas porque va a llegar el momento en que no se pueda hablar sobre nada, algunos te mandan callar aunque sólo digas que el capítulo tal de no sé qué serie da un giro asombroso o, todavía más críptico, señales lo mucho (o nada) que te ha gustado, siempre hay alguien que manotea y se agita “calla, calla, que no lo he visto”. ¡Anda que si hubiesen vivido aquellos tiempos en que las portadas de las revistas anunciaban la muerte de Chanquete en Verano azul o el intento de asesinato de J.R. en Dallas! No sé cómo reaccionaría ahora con tantas posibilidades, pero en su momento mi abuela compraba y devoraba Tele Indiscreta para enterarse de todo lo que iba a pasar en Cristal antes de ver cada capítulo (y se asombraba igual, arremetía contra unos personajes, defendía a otros, lloraba si había ocasión, inmune a eso que ella no hubiera sabido decir e incluso sufragándolo), del mismo modo yo anticipo que, al haberme quedado demasiado largo (y hasta excesivo) lo que imaginé como introito para hablar de Un matrimonio perfecto, la nueva novela de Paul Pen que Plaza y Janés publicó el pasado mayo, y del encuentro que mantuvimos con él, como considero que el libro merece su propio espacio, opto por concluir aquí prometiendo regresar y retomar desde este punto, es decir, desde lo del destripe (pero creo que diciendo esto no destripo nada, ¿verdad?).