sábado, 24 de junio de 2017

NACEN ENTRE ESPINAS FLORES



  



 Andamos inmersos en la resurrección de Twin Peaks, en realidad para mí es un regreso y para Pablo casi un descubrimiento, puesto que sólo vio algunos capítulos sueltos mientras que yo me metí entre pecho y espalda las dos primeras temporadas cuando se emitieron (pero hace ya tanto de ello, hay tantos personajes, tantas idas y venidas, tantas sorpresas, tantas manos metidas en la masa -David Lynch, al margen de aparecer como actor en un rol que también ha recuperado para la continuación que ahora se está emitiendo, sólo firmó tres episodios como guionista y 6 como director de los 30 que conformaron una serie que hasta el momento se consideraba finiquitada-, hay tanta tela que cortar, ¡han pasado veinticinco años!, se imponía refrescar la memoria y más en compañía para poder compartir lo que, se quiera o no, vuelve a ser todo un acontecimiento y más cuando el creador promete no abandonar el timón y hacerse cargo del conjunto), mientras caminamos hacia el presente (estamos justo en el ecuador de la segunda temporada) vamos reafirmando por qué, a pesar de arritmias, de idas de olla (que a veces entusiasman pero otras crispan sin remedio -léase Inland Empire o el calamitoso tramo final de la hasta momento sublime Mulholand Drive-), de ocurrencias redundantes, de falta de autocrítica, de creerse el rey del mambo hasta cuando duerme (el que ha demostrado ser en varias ocasiones en lo que ya son páginas antológicas de la historia del cine), Lynch será siempre uno de esos autores que estarán en nuestro corazón de espectadores y al que recurriremos en muchas ocasiones como referente, como faro, como artista al que respetar (sobre todo para abochornar a los que tratan de imitarle -cuando no plagiarle-). Nunca olvidaré aquel momento en que, adolescente inquieto y muy interesado por conocer más sobre una de mis pasiones, empecé a ir al cine solo (también junto a compañeros del instituto, pero mi afán por ver todo lo posible -y de lo más variado- provocaba que no siempre encontrase quien se apuntara) más allá de mi barrio y de los programas dobles y/o de cine estudios, ese tiempo en que quería ver las películas candidatas a las principales categorías de los Oscar antes de que estos se entregasen (y cuando soñaba en que se retransmitiese la gala en España, algo que no sucedió hasta marzo de 1988), por eso llegué hasta los Cines Luna para ver Terciopelo azul en aquel febrero de 1987 y viví una de esas epifanías transformadoras, una experiencia imprescindible para que mi cinefilia solidificase sus cimientos (aunque los tenía muy reforzados gracias, por ejemplo, a que los tíos propiciaron que viese en pantalla grande El Padrino, Lo que el viento se llevó, Luz de gas y tantas otras reposiciones o estrenos del momento), un arrebato visceral, mental y emocional, todo un viaje a un universo propio, un vendaval en forma de un lenguaje rupturista (pero muy bien forjado en el clasicismo) que se me impuso y me dejó hipnotizado desde ese comienzo en que lo aparentemente bucólico se quiebra, se enrarece, se perturba para introducirnos en el frenesí de un hormiguero, donde cada uno de sus habitantes parece pisotear y machacar a los demás, donde faltan el aire y el espacio, lo terrible y lo placentero, lo violento y lo pacífico apenas separados por unos metros de tierra. Es lógico que un impacto de ese calibre me llevase a alquilar en cuanto tuve ocasión El hombre elefante y, claro, para qué decir más, pongámonos en reclinatorio y continuemos con el texto (sin olvidar Corazón salvaje -que se estrenó en España después de Twin Peaks- y, por supuesto, Una historia verdadera, filme que por sí solo justifica una carrera).
   Teniendo, por lo tanto, a Lynch muy presente (y con enormes carteles con el rostro de Laura Palmer diseminados por la ciudad -de hecho, el escritor confiesa que viniendo hacia la sede de la editorial en la que nos hemos citado se ha topado con uno sin esperarlo, actualmente no vive en Madrid, y también trae el cineasta en la cabeza y el corazón-), no es raro que le comente a Paul Pen lo mucho que algunas de las páginas de La casa entre los cactus, su tercera novela publicada recientemente por Plaza y Janés, me lo han hecho evocar, especialmente por el modo en que utiliza el paisaje, en cómo lo caracteriza y convierte en influencia irresistible y a ratos irrespirable, por cómo, de un modo casi imperceptible pero implacable, va oprimiéndolo, constriñéndolo, cerniéndolo sobre sus personajes, cómo transforma un paraje soleado en tela de araña, en trampa letal, en prisión, cómo la atmósfera que pudiera pensarse eglógica, idílica, entrañable, deviene en ominosa, peligrosa, oscura en cuestión de segundos (algo que también emparenta, y así lo comentamos, con el final de La matanza de Texas -la de Tobe Hooper, por supuesto-, porque durante toda la conversación vamos compartiendo referencias que el autor no esconde o que este lector ha creído percibir): “Es algo que se va repitiendo en mi literatura: El aviso transcurría en un pueblo residencial apacible o que al menos podía resultarlo. Lo más asombroso de Lynch es que consigue que veas un simple pino, lo que es la cabecera de Twin Peaks, y ya te parezca terrible, es un genio en eso de inquietarte sin que suceda nada. Por lo tanto, que alguien me compare con él o diga que consigo evocarlo me parece increíble. Me percaté de que el pasaje desértico está muy asociado al western, pero no se me han ocurrido muchas películas para una historia dramática o de suspense, sí por ahí están Las colinas tienen ojos o La matanza de Texas, y alguna huella se nota, pero no utilizados de la misma manera. Escribí la novela en ese mismo paisaje, por eso está aún más presente, no despegaba mis ojos de él”. La casa entre los cactus se presenta ante el lector como una historia que transcurre en algún lugar del Desierto de Baja California, México, en algún momento de los años 60, allí donde reside una familia formada por Elmer y Rose, los padres, y cinco hijas con nombre de flor (Edelweiss -fallecida antes de empezar la narración-, Iris, Melissa, Dahlia y Daisy, gemelas las dos últimas): “Todo parte de un viaje que hice por la península de Baja California, quedé totalmente fascinado y el paisaje se me impuso: quise contar una historia que transcurriese allí. En Arizona, en otras partes de EEUU, puedes encontrar paisajes similares, de hecho todos asociamos los cactus a las películas del Oeste, pero a pesar de lo desértico no deja de estar más habitado, se percibe de otra manera, mientras que aquí los dos estados que conforman esta península son, precisamente, dos de los menos habitados de México y en esa carretera parece que estás en el fin del mundo, por eso cuando aparecía una casa solitaria, allí entre los cactus, pensé que era el lugar idóneo para contar algo, al tener la casa muy pronto apareció una familia y empecé a imaginar y desarrollar la idea".
   Puesto que El aviso (su primera y magnífica novela de la que se está rodando su adaptación cinematográfica con Raúl Arévalo como protagonista y Daniel Calparsoro como director) se publicó en una colección de novela negra (erróneamente y es algo en lo que Paul está de acuerdo), por mucho que los lectores del género protestaron y advirtieron de la intrusión (lo que no es óbice para volver a señalar lo adictiva que es su lectura), a Paul Pen le persigue esa etiqueta, ese sambenito, del que reniega en el sentido de que no quiere engañar a nadie: “Creo que ya ha quedado claro que no escribo novela negra: empezaré a decir en las entrevistas que no me gusta a ver si consigo que me quiten la etiqueta, sobre todo porque yo me planteo siempre dramas, con mucho suspense, sí, puede decirse que La casa entre los cactus sería un thriller psicológico, que cada lector elija cómo llamarlo”. Dicho lo cual (en el mismo sentido, para no mover a equívocos, para que nadie considere que le dan gato por liebre -aunque en la contraportada de la novela que ahora nos ocupa no se menciona un género muy alejado de lo que sus páginas contienen-), hablamos de aquello que puede contarse sin destripar demasiado una historia muy bien trenzada y con un tempo espléndidamente medido, aunque el propio Paul Pen asume que sus lectores (y los nuevos que llegan a través de recomendaciones) llegan advertidos (podríamos decir sobre aviso sin querer hacer un chiste) sobre su modo de narrar: “Poco a poco, se me va a poner más difícil engañar, dicho entre comillas, al lector, suena mejor despistar, porque ya se sabe que, en mis libros, lo que más parece no va a ser, lo segundo que pudiera ser tampoco y se pondrá a hacer sus propias teorías buscando cosas que no son. Pero yo seguiré intentando que se sorprenda, aunque igual en la próxima novela todo es lo que parece y así sorprendo más, jajaja” (no sé si esto puede considerarse un spoiler, pero me encantó el brillo pícaro de sus ojos cuando lo decía, lo feliz que demuestra ser imaginando y desarrollando sus enredos, fue una confidencia de escritor que le agradezco enormemente -de todos modos, lo haga a las claras o no, seguro que nos deja con la boca abierta-). Por lo tanto, en ese afán por contar lo menos posible, hablar del punto de partida supone hacer un mero esbozo: “Partí del desierto, ya digo, pero teniendo en cuenta el género que escribo, en seguida empecé a plantearme interrogantes: ¿Por qué vive allí esa familia? ¿Qué hace? Y tenía que ser por algo malo para que hubiese intriga, le fui dando vueltas, pensé que era mejor que hubiesen llegado desde EEUU, así fui sembrando sombras, sospechas…” y, como puede intuirse, como suele suceder en este tipo de historias (y en muchas de las películas del Oeste), aparecerá un extraño… y lo demás deben leerlo ustedes.
   Paul Pen resuelve con gran pericia algo que consideraba capital para que La casa entre los cactus funcionase con precisión: “Venía de escribir El brillo de las luciérnagas, que era literalmente claustrofóbica, eso era lo evidente, y aquí fue un reto conseguir esa opresión en un espacio abierto, con sol, flores, todo es aparentemente bonito. Pero los personajes están atrapados, no pueden escapar, diríase que es una familia feliz pero quise que desde el principio se percibiese que ahí pasaba algo raro, poner en alerta al lector y que jugase conmigo. Y también hacerme un guiño, y a los lectores fieles que conociesen mi anterior novela, porque Iris afirma que estar allí es todo lo contrario a estar atrapada; sí, tienen todo el aire libre del mundo, una gran extensión ante sus ojos, pero no les está permitido alejarse de la casa más que lo justo, sólo tienen trato con Socorro, su profesora particular. ¿Por qué?”. Para ese funcionamiento exacto hay que saber controlar el tiempo y el tempo, la acción principal -eso que en el colegio llamábamos “la cumbre”- sucede en pocos días y es primordial que todo sea creíble, que no se acumulen sucesos torpemente, gradación precisa la llevada a cabo por el autor para que nada desentone ni haga cuestionar la verosimilitud: “Quería que todo fuese muy seguido, prácticamente lineal, por eso no hay capítulos; me preocupaba ir demasiado lento, no quería detenerme más de lo preciso, pero tampoco se trataba de pisar el acelerador, quería ser realista y que nada resultase tramposo. Me pareció fundamental tomarme tiempo para presentar a la familia, sus rutinas, su vida cotidiana, para que los personajes se conocieran bien y para que los imprevistos provocasen una mayor ruptura, que se comprendiesen los comportamientos antes y después”. Hay quien confunde velocidad, ritmo, tensión con precipitación, pirotecnia, aspaviento, por fortuna Paul Pen no cae en esos errores, imprimiendo la agilidad necesaria, la de la lógica interna, para que el lector pase páginas sin freno. Y queriendo que, a pesar de ciertas convenciones del género (aunque al no adscribirse a uno en concreto tiene más posibilidades y las aprovecha), todo sea posible optó por datar la historia en el siglo pasado: “La situé en los 60 para que los conceptos de incomunicación y de aislamiento fuesen los de aquella época, algo que ahora es muy difícil conseguir. Sí, es cierto que puede haber zonas sin cobertura, pero algunas investigaciones de las que se habla serían mucho más sencillas, más veloces gracias a Internet; en los 60 era más fácil irse a una casa entre los cactus y desaparecer del mundo. Además, aunque muchas veces sea una magnífica solución y una ayuda, la tecnología ha estropeado muchas historias de suspense, a veces todo puede solucionarse con un móvil y está casi todo al alcance de la mano, tener que andar aclarando que se acabó la batería o que no hay cobertura hace perder frescura y resulta forzado”. Asimismo, siendo fundamentales los cactus y las piedras que Melissa utiliza como interlocutores, no renuncia al realismo (una decisión muy acertada, hubiese introducido unos matices fantásticos que hubiesen alterado en parte el curso del relato) por lo que jamás escuchamos qué imagina ella que le dicen : “Nunca quise que la voz de los cactus y las piedras apareciese, sólo las respuestas de Melissa a lo que nadie puede oír y que así se comprenda que eso ocurre por una necesidad imperiosa de evadirse y de conocer a otras personas, de relacionarse con más gente”. De una forma u otra, todo es o puede ser reconocible y ese es también uno de sus empeños (y el de alejarse de la novela negra, también): “Todo es pretendidamente doméstico, me interesa cierto costumbrismo, digo lo de cierto porque siempre termino llevándolo a otros lugares; el caso es que, ya lo hemos dicho, se me sigue asociando a la novela negra porque El aviso apareció en una colección concreta aunque no lo era exactamente, y el caso es que nunca he pretendido ajustarme a ese género, sobre todo porque me da pereza documentarme para hacer creíble una investigación policial, no digamos nada los diálogos. Y me interesan los personajes que pueden resultar más cercanos, en concreto, el concepto familia me apasiona”.
   Pensaba acabar hablando de una película que evoqué mientras leí (compulsivamente) La casa entre los cactus, pero me doy cuenta de que citarla provocaría que muchos anticipasen lo que va a ocurrir, por lo que mejor lo dejamos ahí (un secretillo entre Paul y un servidor), pero sí es pertinente citar las referencias que el propio autor reconoce: “Mis referencias conscientes son Las vírgenes suicidas y Misery, aunque ésta llegó durante el proceso de escritura; lo que es la atmósfera en torno a cinco hermanas, eso estuvo ahí desde el principio y es Las vírgenes suicidas, no hay duda”. Y de lo que tampoco hay duda es de cómo pone al lector en un equilibrio muy inestable, cómo socava nuestras creencias y valores, cómo nos enfrenta a dilemas morales al dibujar personajes con sombras, imperfectos como cualquiera, pero rehuyendo el esquematismo, el maniqueísmo, sin condenar, dejando la última palabra en el aire para que cada quien escriba la que considere oportuna: “Cuando escribo me pongo de parte de los personajes, comprendo por qué han actuado del modo en que lo han hecho, no es que los defienda, pero los entiendo: son intereses contrarios que chocan pero cada uno tiene su razón, no todo es blanco o negro, no hay una respuesta moral rotunda. Hay lectores que sí me han reprochado ciertos personajes como si defendiese sus actos o los justificase, especialmente en EEUU donde todo se lee buscando el mensaje que el autor quiere enviar y mis libros tienen muchas ambigüedades, me gusta hablar de las zonas grises, que no todo quede claro, hay mil ejemplos cada día en la realidad. Creo que fue Almodóvar el que dijo, sea el que sea es una frase que suscribo, que su filmografía trataba fundamentalmente de actos horribles que se hacen por amor, y en esa dicotomía me gusta quedarme”. Reflexionar mientras se pasa de miedo (dicho con toda la intención), asumir que todos estamos más cerca de lo que creemos de cometer una infamia, un crimen (sin necesidad de asesinar), un hecho reprobable, ese territorio pleno de ambigüedades, es decir, la vida, sólo es patrimonio de escritores de raza y carácter (aunque Paul Pen sólo transmite bonhomía, amistad y simpatía en la distancia corta, deja lo negativo para sus creaciones) y, hay que decirlo, estamos ante uno de ellos.

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