lunes, 17 de junio de 2019

HABITAR LOS LIBROS






   Son ya tantos (y tan largos, verdaderos testamentos como siempre bromea -pero acierta- mi Pepa Muñoz, gracias a quien llegué a la novela que hoy nos ocupa) los escritos perpetrados para este ángulo oscuro del salón que no estoy seguro de, como sí he hecho en Facebook y no una sola vez, haber nombrado, rendido admiración, mostrado mis eternos respetos personales y profesionales a alguien a quien, con toda justicia y hechos que así lo avalan, debo llamar maestro porque eso fue desde el primer día en que coincidí con él en una rueda de prensa y me atendió/ayudó con  sus habituales elegancia y exquisitez en formas, maneras y decires, alguien a quien tuve la inmensa fortuna de poder transformar en inspiración casi cotidiana porque, con el tiempo, pasé muchas horas a su lado junto al micrófono, el gran hombre de radio y excelso poeta (o viceversa) Javier Lostalé, una de las pocas personas verdaderamente bondadosas que me he encontrado en este oficio y en la vida en general. Aunque uno ya hiciese algo similar sin ponerme nombre, aunque pertenezca a esa generación inevitable y maravillosamente encarnada en Bastian (a quien queríamos imitar antes de que Michael Ende publicase La historia interminable), aunque uno sintiese la llamada de los libros y se dejase absorber/abducir por la letra impresa, fue gracias a/a partir de Javier, porque él lo fue en las ondas como muy poca gente será capaz de serlo alguna vez (son necesarias grandes dosis de sabiduría, emotividad, honestidad, pulcritud, sensibilidad, calidades artísticas y humanas y algunas virtudes más de las que carece sobradamente aquel poeta huero que tanto se aprovechó de él para medrar -y ridiculizarle, menospreciarle, procurar (sólo eso, no daba para más) opacarle-, especialmente de su desbordante humanidad, de su candor, de su confianza en la bondad de conocidos y desconocidos), fue Javier quien me hizo tomar conciencia de esa condición de habitante de los libros que llevo impresa en el alma desde que tengo uso de razón, esa pasión desbordada que te lleva a fundirte con el objeto de tu deseo/amor y que nos hermana con aquellos que la viven de modo similar, ese algo intangible pero identificable en miradas que brillan, manos que tiemblan, palabras que se atropellan/encienden, corazón que se dispara, temblor incontenible en que se agolpan las emociones, algarabía variada al escoger, husmear, acariciar un libro, estar rodeado de ellos, sumergirse en la lectura con el anhelo de no tener que regresar a las rutinas, pasar, como Dorothy, de un mundo en blanco y negro (con muchos grises) al colorido (no importa el tono, el hecho de fundirse con los renglones proporciona harta felicidad a quien lo hace) de nuestra imaginación espoleada por las palabras que alguien reunió para dotarlas de vida.

   Un episodio nacional, la vibrante y estimulante novela de Carlos Mayoral que publicó Espasa hace unos meses, ha avivado de manera superlativa (en todos los sentidos) este fuego del letraherido que siempre quiere ir un poco más allá en su inacabable idilio con la letra impresa, no en vano fue/es gracias a Galdós (sí, el título es tal como referencia directa a él, uno de los protagonistas de la historia que se narra) cómo conseguí atravesar el espejo y habitar en las páginas de un libro (o verlas aparecer ante mis ojos en mi vida cotidiana), experimenté con intensa viveza la dichosa epifanía (que repito a diario, en seguida lo explico) cuando leímos en el primer curso de Bachillerato Misericordia, uno de cuyos escenarios principales se encontraba relativamente cerca del instituto y a cuyas espaldas (más o menos) vivimos nosotros desde hace ya seis años. La profesora de aquel año (Carlota) nos invitó a buscar las huellas todavía presentes del Madrid de aquel texto en la realidad o a señalar con precisión y conocimiento propio las localizaciones galdosianas, los lugares en que se hallaban edificios ya desaparecidos, especialmente el Hospital cuyo nombre dio título a la novela, creo que muy pocos de los que se agolpan cada Navidad para corear lo de “Cortilandia, Cortilandia, vamos todos a cantar” son conscientes de que doña Benina y Almudena (y tantos menesterosos y demás paisanaje) aún aletean/sobreviven por allí (de hecho, acabo de saludar a los espíritus de unos personajes que siempre ensoñaré con los rostros de mis admirados María Fernanda D´Ocón y José Bódalo, puesto que interrumpí la escritura para pasear a Fosco después de su cena y nuestra ruta habitual pasa por la Plaza del Celenque). Y aunque uno no ha leído (y, sobre todo, releído) a Galdós todo lo que debiese/le habría gustado, le considero uno de mis autores de cabecera porque le respiro y evoco cada día (me centro en Misericordia por haber sido el punto de partida -aunque conociese Fortunata y Jacinta a través de la insuperable versión televisiva debida a Mario Camus, no había leído antes a don Benito más allá de una versión de Marianela reducida y adaptada al público infantil- y por la impronta dejada en aquel/este lector que se siente más vivo entre/a partir de palabras escritas que hacer suyas y, como en este caso, revivir a diario), por ello la novela de Mayoral me atrajo desde el principio, el entusiasmo y el disfrute no hicieron sino aumentar a pasos agigantados durante la lectura, por todo esto y lo que ahora viene le dije sin ambages (y sintiéndolo sinceramente) durante el apasionante encuentro que mantuvimos con él el pasado mes de marzo que, en gran medida, ha escrito la novela de mi vida, una de las que mejor puede resumir mi bagaje/experiencia como lector puesto que la narración arranca el 2 de julio de 1888, fecha del que ya siempre será llamado crimen de la calle Fuencarral, momento en que Galdós vive un fogoso (así lo demuestra la correspondencia entre ambos) romance con Emilia Pardo Bazán, la magnífica escritora, la activista, la pionera, la rompedora, una feminista a la que seguimos necesitando, una mujer de la que tomar ejemplo.

   Para ir dejándome a un lado y adentrarnos en Un episodio nacional, que es de lo que se trata, señalaré que estudié Bachillerato y COU en un instituto de la calle Santa Brígida que ya no existe (sí el edificio y aún se destina a actividades docentes/educativas), justo enfrente del Teatro Martín (desaparecido), centro que rendía tributo a doña Emilia, de ahí su nombre, sito, como es fácil comprobar, no demasiado lejos del 109 de Fuencarral en que sucedió el mencionado crimen, emplazamiento cercano al que fuese domicilio de la Pardo Bazán (San Bernardo, 37), ya ven que no estoy sublimando o exagerando nada, casi todo en mi vida me he llevado/mantenido de un modo u otro cerca de ambos literatos y, por lo tanto, me ha ido preparando para una lectura tan gozosa como la de la novela de Carlos Mayoral, con quien, además, charlamos en Cervantes y Compañía, librería ubicada en la calle Pez cuya esquina con San Bernardo aparece en la novela (y yendo para allí vivimos una escena que parecía extraída/copiada de sus páginas, pero mejor no entrar en detalles para anticipar lo menos posible de lo que puede encontrarse en el libro que deseo lean los leales visitantes de este rincón -casi les exhorto a ello, estoy convencido de que nadie quedará defraudado-). Un episodio nacional, por así decirlo, tenía que llegar, una novela consecuencia directa y feliz de la labor que Carlos lleva a cabo en redes sociales (busquen @LaVozdeLarra en Twitter, si es que no son todavía seguidores) y en su trabajo como periodista cultural en el que, aunque atienda diversos frentes, siempre aparece el XIX como faro: “Soy muy decimonónico, nunca lo he escondido, y creo que este periodo de la Restauración está demasiado denostado para lo mucho que se coció en él: España ha dejado atrás su momento de máximo esplendor, dicho así en términos imperiales, el siglo XIX está atravesado por grandes conflictos, pero este momento concreto viene a detenerlos, a ponerlos sobre la mesa, a ser el punto de partida para más o menos dos décadas en que se lleva a cabo un análisis, se fragua el regeneracionismo de Joaquín Costa, ya asoman los noventayochistas, es el momento en que destacan dos grandes literatos, los dos grandes personajes de esta novela: Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán”. Narración pura y netamente literaria que va mucho más allá, que nunca olvida su carácter de ficción histórica, que sabe combinar su indudable labor divulgativa con el entretenimiento que proporciona sin consentir que la balanza se incline hacia ningún lado, sabiendo integrar en la trama, en el ambiente descrito, en la época recreada, la información necesaria para que sea digerible (y apasionante) para un neófito en la materia y al mismo tiempo complacer y resultar novedoso (por el tratamiento, por escribir con mirada del siglo XXI) e igualmente adictivo para quien la conoce: “Recuerdo que, ya con la novela terminada, le preguntaba a mi editora en qué género podríamos encuadrarla: histórica, de crímenes, romántica. No sé si llegamos a alguna conclusión, pero me fui a casa con la sensación de que, teniendo matices de todas estas etiquetas, es una novela muy de homenajes, creo que es el mejor modo para definirla. Y no sólo los más obvios, sino por los arquetipos del XIX que me apeteció introducir: el amor a tres bandas, presente en “Madame Bovary”, “La Regenta”, “Los pazos de Ulloa”, “Ana Karenina” o “Fortunata y Jacinta”, también el auge de los regionalismos que empiezan a emerger, los movimientos sociales que llegan a España con retraso, menciones a enfermedades que son de la época. Y ese fue el mayor problema en el proceso creativo: introducir en una novela del siglo XXI todos estos elementos tan del XIX y que tuviese sentido y pertinencia. Fue así cómo nació Melquiades, el personaje que analiza y da cuenta del momento”.

   Gran hallazgo este Melquiades que narra en primera persona y se convierte en interlocutor del lector, mientras conocemos a Galdós y a Emilia a través de la tercera, profundizando en sus personalidades pero sin pretender imitarles (lo que hubiese sido inevitable de haberles convertido en narradores), analizándolos desde fuera, tratándoles con sumo respeto (y conocimiento de ambos): “Me daba mucho miedo el tratamiento que dos personajes como Galdós y Emilia merecían, había que reflejar su amor tórrido, está en sus cartas, pero me costaba mucho imaginar una escena de cama al uso entre ambos, por todo ello me venía muy bien la tercera persona y reservar la primera para Melquiades, así podía observar y establecer una distancia intelectual, como si mirase un púlpito. Y, aunque no lo tenía previsto, mi mirada y la de Melquiades terminaron por coincidir en muchas percepciones, en juicios morales, se dan muchas analogías. Y es que, aunque pensaba que no iba a ser capaz de recrearlos, una vez terminada la novela puedo decir que me sentí más cómodo en el hilo narrativo que se refiere a Galdós y Emilia que con los personajes inventados por mí”. Respetando el momento en que Melquiades escribe, Mayoral le regala una prosa rica, profusa, medida, minuciosa, con aliento galdosiano, algo que señalo y destaco durante el encuentro, por más que esté de acuerdo en la matización que el autor hace con respecto a esa etiqueta: “Galdós tiene muchas caras, es algo lógico en quien estuvo cuarenta años escribiendo, no sé si se puede hablar de “prosa galdosiana” queriendo ser precisos, pero sí hay algo que le caracteriza, que recupera de Cervantes y ya deja fijado para siempre, que es jugar con los registros y mezclarlos, ampliando matices sin que jamás chirríe ni resulte forzado”. Y lo mismo sirve para describir lo que él consigue con una novela maravillosamente escrita, en la que se perciben tanto el disfrute como el mimo puestos en cada frase, espléndido homenaje a unos escritores (y no sólo a los protagonistas, es hasta emocionante la habilidad y facilidad con que Carlos va cuajando el texto de referencias literarias y de apariciones estelares que sorprenden en parte por -habrá quien lo considere así- su audacia, pero sobre todo por su pertinencia), una de esas lecturas que invita a seguir en ello, a buscar, a regresar, a saldar deudas (como la mía con doña Emilia, confío en hacerlo de una vez dentro de no mucho -y con intereses, faltaría más-), a revisar en la web de RTVE el capítulo de La huella del crimen dedicado al crimen de la calle Fuencarral (un tanto fallido, no estaba Angelino Fons en su mejor momento tras dirigir a Ángel Cristo en El Cid Cabreador, resultan muy divertidos Luis Escobar y Francisco Nieva y Carmen Maura un poco desubicada a ratos), también es Un episodio nacional una excelente crónica judicial (“Los testimonios de los testigos están inspirados en los originales recogidos en las actas del juicio, incluso hay alguna frase literal, el sumario está completo en la Biblioteca Nacional, tiene más de mil páginas y está muy bien escrito”), un título a celebrar en sí mismo y por lo que representa (y en lo que puede/debería convertirse): “Lo más positivo que he sacado de la novela ha sido poder nombrar, tratar, hablar de tantos autores que en aquellos años, y hay que reivindicarlo, nos convirtieron, de nuevo, en potencia cultural, especialmente en lo literario, algo que se ningunea desde la base, o sea aquí mismo. Hay que rescatarlos, republicarlos, potenciarlos, darles el lugar que merecen, quitarles el estigma”. Efectivamente, hay que leerlos (y a Carlos Mayoral también, desde luego).

miércoles, 5 de junio de 2019

LO QUE SE APRENDE EN LOS TEBEOS





   Jamás lo cuento con presunción, sino con pasión, con alegría, con la emoción de recordarme siempre con un tebeo, cuento, libro entre las manos, daba igual, la letra impresa (sobre el material que fuese, no en vano el tío Miguel me enseñó las letras en las matrículas de los coches durante nuestros paseos) ha sido y sigue siendo mi auténtica vocación, me reclama, me atrapa, me cautiva, leyendo me siento más pleno que viviendo (algo, por cierto, que en gran medida hacemos por inercia, respiramos sin ser conscientes de ello la mayoría de las veces), por eso el universo Bruguera era (y es, ¡gracias por regresar!) tan mágico y maravilloso, más para alguien como un servidor que, en ciertos aspectos (no precisamente en los gastronómicos, al menos en la niñez), es de paladar agradecido y amplio, un letraherido al que, hablando en términos generales (ya llegarían Javier Marías, Álvaro Pombo y algunos otros a provocarme bostezos y urticarias varias, lista que va aumentando de manera considerable y a gran velocidad en los últimos tiempos), cualquier posibilidad de lectura le resulta apetecible, un chaval (y lo mismo puedo decir ahora a mi edad provecta) que en aquella casi infinita panoplia de personajes tenía muy pocos aborrecidos, tanto me gustaban las grandes estrellas como aquellos que no terminaban de despuntar y, aunque mantenían su página, no figuraban entre los favoritos de la mayoría. Y había quien confundía eso con la tibieza, con no tomar partido, con la equidistancia (cuando el término aún no se utilizaba, no al menos con el carácter insultante con tantos lo enarbolan en los últimos tiempos), parece mentira que empezásemos a razonar o algo similar (hablo de los de mi generación, que nadie se sienta señalado) en el momento de gloria del consenso y el diálogo, también es cierto que empezábamos a conocer el fenómeno fan en toda su extensión y virulencia y, por lo tanto, había que mojarse y si se seguía a Pecos había que hacer burla de quienes se decantaban por Miguel Bosé, en el colegio se lanzaban constantes pullas los partidarios de Pedro Marín y los de Iván, no digamos nada cuando Mecano entró en juego mientras bailábamos al son de Alaska y los Pegamoides, del mismo modo, te miraban como a un bicho raro (algo, debo decir, a lo que siempre he estado acostumbrado) si afirmabas, como así era, que te gustaban tanto las aventuras de Mortadelo y Filemón como las de Zipi y Zape (algo que Joaquín secundaba en privado, cuando pasábamos tardes en su casa jugando y leyendo, pero negaba como un bellaco mientras se reía de mí como hacía el resto -excepto Manolo, que siempre fue por libre-).

   Es de esos casos en que uno no tiene claro quién llegó primero, en realidad lo hicieron en bloque gracias a las diversas publicaciones que Bruguera lanzó, también a través de aquellos volúmenes de Magos del Humor o Súper Humor que me hacían salivar más que el chocolate (¡Eran tan grandes y tenían tantas páginas!) y que recopilaban algunos números de la colección Olé!, pero lo cierto es que, aunque los tebeos (y de lo más variado, aunque ahora toque centrarse en Bruguera) nunca faltaron en casa, durante bastante tiempo mi padre me compró el ejemplar semanal de la revista que llevaba el nombre de los gemelos más famosos y gamberros de la historieta nacional (y me atrevería a decir, con permiso de Hernández y Fernández -que son más bien torpes que otra cosa-, mundial) y, de ese modo, Zipi y Zape se convirtieron en cita ineludible y anhelada por lo que, de algún modo, fueron mis elegidos, por más que jamás renunciase al resto y les traicionase mil y una veces leyendo con delectación tanto a los agentes de la T.I.A. y otros muy populares como a los que no lo eran tanto pero fueron (y siguen siendo) mi debilidad (a no tardar mucho, hablaremos un poco más sobre ellos, en concreto sobre Gordito Relleno del que se ha lanzando un estupendo volumen recopilatorio recientemente). Todo hay que decirlo, la predilección de algunos por Mortadelo venía por las fabulosas aventuras largas, menospreciando el por otro lado tan complicado tramo corto (como tantas veces ha ocurrido -y aún lo hace- en literatura, considerando que la novela es el género mayor en detrimento del cuento), ese en el que Ibáñez (por alusiones) también era/es un maestro (una sola viñeta de 13, Rue del Percebe contiene más ingenio y talento que páginas de otros), terreno en el que Zipi y Zape no eran tan prolíficos como sus compañeros (aunque protagonizaron unas cuantas, ojalá se recuperen poco a poco todas) pero en el que tuvieron algunos éxitos, no en vano eran una creación del maestro Josep Escobar quien siempre se esmeró en los guiones, plagados de ocurrencias y gags, y en el dibujo (no sólo gráfico) de los personajes, logrando secundarios tan potentes como el matrimonio Zapatilla, los progenitores de las criaturitas, es decir, don Pantuflo y doña Jaimita, don Minervo y su esposa doña Hipotenusa, Sapientín, Peloto, los Plómez (reales como la vida misma, el propio nombre lo indica) o El Manitas de Uranio. Recuperando poco a poco su legado (que, bien se demuestra, está tan vivo como entonces) y dando su espacio a cada personaje, Bruguera Clásica reeditó no hace mucho en dos álbumes de Magos del Humor las que un servidor recuerda (sobre todo la segunda) como las historietas largas que más se leyeron y comentaron (e imitaron en los recreos): La vuelta al mundo y El tonel del tiempo.

   Ambas respetan el formato más habitual de este tipo de aventuras que, en realidad y puesto que se iban publicando por entregas, tenían un hilo conductor pero cada cuatro páginas cambiaban de escenario, asunto o peripecia, así en la primera los Zapatilla en su viaje alrededor del planeta llegan a otro país y en la segunda Zipi y Zape utilizan una vez más su invento para viajar a otra época (y recorren desde la prehistoria hasta el futuro, pasando por su propio nacimiento). Por otro lado, son espléndidas rarezas en lo que solía ser lo habitual y característico de la serie, puesto que, salvo una excepción en el comienzo de El tonel del tiempo, no hay cuarto de los ratones (aunque en un momento dado del periplo mundial don Pantuflo preguntará si existe un habitáculo similar en que castigar a sus vástagos), tampoco aparece la escuela ni los sempiternos ceros (en conocimiento y conducta) ni los vales para canjear por piezas de la deseada bicicleta, incluso las travesuras son diferentes, a veces nada premeditadas (lo planifican y llevan a cabo con la mejor intención del mundo -aunque sólo sea buscando su beneficio o escapar del castigo-, pero la cosa se les descontrola), son Zipi y Zape en su esencia más pura y desternillante y al mismo tiempo renovados, reforzados, demostrando que se bastan y se sobran para provocar carcajadas, da igual donde los pongan, muestra clara del inagotable talento de Escobar para la sorpresa, para crear el caos, para destrozarlo todo, para inventar nuevas argucias de los hermanos y encadenar trastada tras trastada y explosión tras golpetazo, carambolas desopilantes que siembran de chichones (de ahí para arriba) las viñetas. Y el caso es que nadie veía a Zipi y Zape como un mal ejemplo, nadie pensaba que fuesen políticamente incorrectos (que lo eran, como el resto de personajes de Bruguera), nadie hablaba de la crueldad que supone tener un cuarto lleno de ratones para encerrar a los niños que no se portan bien (o como los padres quieren que se porten, que esa es otra), entendíamos (mayores y pequeños) a la perfección lo que era el mundo a través de un tebeo, nada de lo que allí aparecía se juzgaba como pernicioso (sí, la censura eliminó muchas cosas, pero se las seguían colando por la escuadra), nadie temía que los imitásemos (y lo mismo podía decirse al contrario, por más que en casa de una de mis tías tenían el que llamaban “cuarto oscuro” en el que amenazaban con encerrarme -era su idea de lo que era una broma, gracia tuvieron siempre más bien poca por aquel lado-), hoy más que nunca, Zipi y Zape siguen siendo un huracán de libertad, son totalmente subversivos, indomables, incontenibles y absolutamente necesarios.

martes, 4 de junio de 2019

FUEGO LENTO PARA UN PLATO FRÍO





   Dentro del marasmo habitual de lecturas en que a uno le gusta vivir inmerso, éstas adoptan a veces un orden que, aunque sea aleatorio porque depende más de compromisos adquiridos (posibilidad de entrevistas y/o encuentros, elaboración de un dosier, petición expresa de opinión que no se puede dilatar) que de un acto de voluntad, se torna en lógico cuando se echa la vista atrás, según se van cerrando volúmenes, se diría que todo obedece a un plan, y no hablo, por supuesto, como en otras ocasiones nos hemos lamentado, de títulos clónicos, copias de plagios (o viceversa), aplicación de fórmulas exitosas hasta la extenuación (y más allá, como diría Buzz Lightyear), sino de aquellos que tocan esos asuntos que, no sin razón, suelen reunirse bajo la etiqueta de “universales”, los temas que llevan inquietando/moviendo a la raza humana desde que, como escuché a no sé quién, alguien de la tribu se subió a una piedra y empezó a contar algo a los demás, no en vano se refieren a sentimientos que expresamos o dejamos de expresar, lo que está dentro de cada uno, lo que mueve nuestra sangre, incluso aunque no nos detengamos a reflexionar sobre comportamientos propios o ajenos. Por eso, no me ha resultado extraño que la conclusión de un volumen de relatos (cuatro historias cortas, ya conocen la ambigüedad de ciertos términos) que tuve que abandonar hace unos meses por algunas de las razones anteriormente expuestas se haya solapado/mezclado/compartido con la de una muy interesante novela de la que pronto (es mi deseo) nos ocuparemos en este ángulo oscuro del salón -Los ojos con mucha noche de Emilio Calderón-, novela gracias a la cual rememoré en Facebook una de esas películas que considero imprescindibles, la todavía (por sus virtudes y por lo que expone) estremecedora La historia oficial, ese latigazo que conviene no dejar de sentir (y lamentar) para hacer justicia con tantas víctimas que mantienen inalterable su infame condición (en Argentina y en, por desgracia, tantos lugares), porque (y es el meollo de la novela citada, en ese núcleo radica su punto de contacto -mucho más que eso- con las narraciones en que a continuación ahondaremos) no es lo mismo perdonar que olvidar y porque a nadie se puede/debe obligar a que conceda (o lo procure) uno u otro (o los dos), mucho menos uno prefabricado, establecido, pautado, copiado, forzado, no sirven modelos anteriores (al menos asumidos literalmente), cada quien debe acuñar los suyos, los que le satisfagan, los que le sirvan para sus propósitos, los que le consuelen.

   Y, más allá de los motivos en concreto (que dejo para su momento) que me llevaron a (que me reavivaron) la cinta de Luis Puenzo que valió a Norma Aleandro un incontestable premio de interpretación en Cannes, existen muchos más puntos en común de lo que pueda parecer a simple vista (o leyendo las sinopsis) entre ésta y La venganza del perdón, el libro al que me vengo refiriendo y que, con traducción de Mª Dolores Torres París, publicó Alianza de Novelas en los últimos meses de 2018, libro que supone (como ocurre con todos los suyos -como los que he leído, cuando menos-) la reconfirmación de una de las escrituras más elegantes, sugerentes y dúctiles (sin renunciar a un tono muy característico y reconocible en su sencillez, en su facilidad para narrar con las palabras y los elementos precisos, en su capacidad para profundizar -y hasta escarbar- sin que lo parezca, sin histrionismos ni pirotecnias) que puedan encontrarse (y paladearse, así es como se le lee: saboreando las palabras) en la actualidad, un autor que analiza (y hasta disecciona) eso tan inaprensible y por definición etéreo e invisible que solemos denominar alma (ahí tienen de nuevo -nunca se van en realidad- a “los universales”) sin perturbaciones aparentes, sin sentir, sin que se note, pero que nos hace viajar hasta nuestras propias catacumbas, esas en las que tantas veces (por decisión personal o por imposición/convivencia) sepultamos (y olvidamos) nuestra verdadera esencia: Éric-Emmanuel Schmitt. Aunque las cuatro historias son muy diferentes entre sí (en modo de abordarlas, en el asunto central, en desarrollo, en el regusto que dejan en el lector), todas emparentan en aquello que resume el título de una de ellas, el escogido para unificarlas (La venganza del perdón), unas dialogan con las otras en cómo los personajes se enfrentan al tema que vertebra el volumen, el lector, casi de manera inconsciente, compara a los protagonistas de un relato con los del anterior (con los del resto según avanza), no puede evitar pensar qué pasaría si los intercambiase o si las narraciones se mezclasen, así, por ejemplo, la que podríamos señalar como piedra angular de lo que el autor plantea no se encuentra en la que da título al conjunto sino en la última (Dibújame un avión): “Daphne tenía razón: no perdonamos algo, perdonamos a alguien. El acto sigue siendo malo, pero la persona no se vuelve así. No puede ser reducida a su gesto dañino. Perdonar equivale a considerar a la persona completa, devolverle el respeto y el crédito que merece”.

   Es asombrosa y digna de encomio (y de admiración) la manera en que Schmitt nos lleva de un relato a otro como si se tratase del mismo, el modo en que, con infinita sutileza y economía de recursos, con una prosa diáfana, con una exposición nada alambicada, marcando notorias diferencias y sin complicar la existencia al lector pero consiguiendo una unidad formal (y si me apuran emocional) sin fisuras ni esfuerzo notorio, sin apelotonar, sin que se note el truco (precisamente porque no lo tiene), poseedor de una coherencia estilística, temática y personal (en lo que a él se refiere, en lo que del autor hay en el texto, pero muy especialmente en lo que a la construcción y el alma -de nuevo- de los personajes se refiere), decía que es muy loable cómo Schmitt logra que sus cuatro piezas encajen como una sola sin perder entidad ni particularidad (en la mayoría de volúmenes de cuentos -dejemos ahora a un lado los matices y la extensión- suele haber al menos un momento en que algo chirría y el conjunto se resiente), así pasamos de una narración que hubiese podido ser base de otra de las grandes películas de Claude Chabrol (Las hermanas Barbarin) a una intriga emocional que sirve para diseccionar la ambición y la impunidad de los poderosos (Mademoiselle Butterfly) para recalar después en una historia (la homónima del volumen) que, si llega a conocerla, hará las delicias de Stephen King y concluir el viaje con el mejor homenaje posible a El Principito que se nos pueda ocurrir, saliendo indemne de todos los clichés posibles (Dibújame un avión). Y como sucede con los grandes escritores, como es seña de identidad en Schmitt, hay mucho más debajo de lo fácilmente detectable, de lo que se indica en esas dos palabras que se imponen desde la portada, en esa (aparente) paradoja que supone fraguar con cuidado, con mimo, sin precipitación, esperando el punto justo para servir un plato que hay que dejar enfriar (así, Moïsette, una de las hermanas Barbarian, “llamaba cariño a esa larga costumbre que tenía de su hermana, su contigüidad física, su proximidad animal; llamaba cariño al hecho de referirse a ella constantemente; llamaba cariño a su bienestar al lado del ser que nunca la rechazaba; llamaba cariño a su envidia, a su lujuria, a su rencor, a sus deseos de venganza, a sus ramalazos de agresividad; llamaba cariño al odio enconado hacia su hermana mayor”), ese perdón que bien administrado supone, sin duda, la más gratificante de las venganzas porque da la vuelta a la tortilla, confiere el poder a quien fue víctima (da igual el grado concreto en que lo fuese, si se reclama/espera -ese es otro tema al que volveremos cuando nos ocupemos de la novela de Emilio Calderón- de alguien es que sufrió en su día un agravio, ya especificaremos cuando sea pertinente), no es patrimonio de todos, tal vez fuese preferible no tener en un momento dado la capacidad para otorgarlo por lo que esa posibilidad implica (aunque hay quien, como se señala en Mademoiselle Butterfly, se sitúa “más allá del perdón”), por lo sucedido para llegar a ese punto en que nos lo demanden (por más que en el mismo relato se recuerda -y ahí radica otra de las cuestiones capitales- que “el hombre está hecho de tal forma que la culpabilidad pertenece a las emociones fugitivas, el sentimiento permanente sigue siendo la autoestima”). Dicotomías que Éric-Emmanuel Schmitt plantea con agudeza y, sobre todo, sensibilidad, queriendo movernos y conmovernos, buscando nuestra complicidad en el sentido de hacernos caer en la cuestión, reflexionar sobre ella, abordarla, clarificar nuestras actitudes y sensaciones, ayudarnos a caminar sin dar recetas ni hacer proselitismo, tan sólo (de)mostrando que no somos de una pieza, que eso no es posible/factible, que no hay manual de instrucciones que tenga todo previsto, que la experiencia sirve en parte (faltaría más) pero llega un punto en que cada cual actúa como puede, quiere, le nace en ese momento, sin tiempo para pensar por más que llevase tiempo cocinando su reacción. Leer a Érica-Emmanuel Schmitt reconcilia con la vida, nos hace mirarla a los ojos, separar la paja del trigo, equilibrar antagonismos que, se quiera o no, hay que conocer/experimentar, sólo así podremos darles nombre y llenarlos de contenido.