lunes, 17 de agosto de 2020

TOCAR EL FONDO DEL RECUERDO Y NO TENER MÁS MIEDO





 

   Por desgracia, hace mucho que se desterró de la vida pública (y de la privada) el auténtico debate, no digamos el diálogo, la argumentación y contrargumentación, el raciocinio, incluso el vocabulario (al menos, uno variado, cuidado, correctamente utilizado), lo mismo puede decirse en lo que se refiere al discernimiento, la mayéutica, el ejercicio del conocimiento por uno mismo, es decir, el descubrimiento, la interiorización, la comprensión lectora (como se demuestra en Twitter a cada minuto, todo se toma de un modo literal -o directamente equivocado, a veces por desconocimiento/ignorancia, otras muchas por cinismo, mendacidad o cualquier otra intención dolosa-, no hay tiempo para metáforas, alegorías u otros tropos, son peores tiempos de lo habitual para la lírica); ahora lo que imperan son los refuerzos, textos de mayor o menor extensión (preferiblemente cortos, reducidos, sintéticos, incompletos -hay ideas/comentarios/realidades que no se pueden resumir en 280 caracteres-, torticeros casi por definición al primar la ocurrencia y/o lo incendiario, lo que llame la atención) que responden a lo que sus receptores quieren escuchar, a aquello en lo que creen/defienden, lo que traen impreso y aceptado de casa, dogmatismos a tutiplén, esquematismos, categorizaciones, generalizaciones, propaganda por arrobas, incurriendo en delitos con total impunidad, amparados en el anonimato, en los vacíos legales, en la buena educación y pocas ganas de lío del resto, la autocrítica que se reclama y exige en los demás brilla por su ausencia en tantas proclamas, arengas, soflamas, catequizaciones varias disfrazadas (o ni eso) de discursos, artículos dizque periodísticos, alocuciones de diverso cariz, declaraciones aparentemente inocentes y espontáneas. Ya se ve lo que sucede en cuanto alguien a quien considerábamos “de nuestra cuerda” (léase, por no irnos más lejos, José Sacristán) ejerce su libertad de pensamiento y se atreve (según quienes extienden certificados de idoneidad y buen comportamiento) a expresar en voz alta su descontento, su crítica, su distanciamiento, su visión propia, sus dudas, su mear fuera del tiesto de una ortodoxia rígida que considera disidente a quien no dobla la cerviz: se le expulsa, se le ataca, se niega o borra todo lo trabajado/logrado anteriormente, se le trata como un apestado y se le retira el saludo (y todo lo demás).

 

   Del mismo modo, imbuidos de ese afán que podemos llamar redentor, revisionista, políticamente correcto y/o purista (en el peor sentido posible), la ficción lleva tiempo sometida a un escrutinio feroz, buscando en ella a los culpables de ciertas derivas políticas/económicas/sociales, acusándola de los males que la mayoría de las veces denuncia y saca a la luz, identificando en sus páginas/imágenes a los modelos que siguen criminales o terroristas (es decir, como si no existiesen de antes), anatematizando a autores por lo que sus personajes hacen o dicen (en lugar de ir al origen, es decir, de dónde emanan, qué los inspira, por qué resultan tan estremecedoramente reales), se ha perdido (se reprueba, hace burla y ningunea desde los propios creadores) la diversión, la inocencia, a todo hay que buscarle una intención (más o menos oculta), una carga de profundidad, una enseñanza, una idea preconcebida, todo se interpreta aplicando un maniqueísmo de lo más ramplón, sin matices, sin ambigüedades (el día a día está lleno de ellas, la escala de grises no se pierde por más que tantos se la salten), sin estados intermedios. Por fortuna, son muchos quienes no atienden a este esquematismo y nos entregan personajes muy diferentes a nosotros, a lo que vivimos, a lo que sentimos, a lo que pensamos, nos enfrentan a lo más oscuro del ser humano, a lo que sólo en apariencia parece ajeno, lejano, imposible (seguimos contemplando con pavor cómo la realidad supera una y otra vez lo que en muchos casos ha dejado de ser distópico/apocalíptico), son creadores que nos ponen a dialogar con sus criaturas, con su universo, con ellos mismos, es decir, uno sigue leyendo para aprender, para conocer, para asombrarse, para acceder a verdades que en gran parte le están vedadas en su cotidianeidad, a lo que otros imaginan, para dialogar con la historia (también con mayúscula, depende del contenido/género del libro de que se trate), con los personajes, con el autor, para discrepar de todos ellos, para pensar, para vivir, si todo complace, si todo es más de lo mismo, si todo es lo que ya sé (aunque sea nada, ya entienden en qué sentido digo la frase), ¿para qué leer?

 

   Con este talante desprejuiciado y enemigo de lo apriorístico fue como afronté la lectura de Nadie me contó, la primera novela de Astrid Gil-Casares publicada por La Esfera de los Libros el pasado febrero, un libro notoria y maravillosamente femenino (lo que no nos excluye, señores, todo lo contrario, no pongáis excusas vanas para intentar justificar vuestra falta de interés -por no decir algo mucho peor, ya lo dejáis claro más de lo que sería deseable-), un libro que coloca los sentimientos en primer plano, los analiza, los afronta, los escruta, intenta desentrañarlos (tarea siempre inacabada, así discurre el vivir), por eso, como dejó claro John Donne, es un libro que atañe a cualquiera, como sucede con tantos (con todos, incluso con los más sencillos -dicho por poco complejos, por huir de complicaciones-), aunque sea, volvemos a lo de antes, para no sentirnos identificados, para rechazar el modo de ser y/o actuar de algún personaje, para marcar distancias de un modo u otro con lo narrado. En los agradecimientos que cierran el volumen, Astrid lo deja muy claro: “Este libro es una novela. Sé que algunos querrán ver una biografía (sin embargo, la vida de Gaelle no es mi vida, las experiencias de Gaelle no son las mías) (…)”; volvemos al punto de partida (sí, mis exordios suelen ser inacabables pero tienen un porqué -al margen, como repito tantas veces, de que en este ángulo oscuro del salón no se hacen reseñas, sino que se da cuenta de las experiencias lectoras de un servidor-): puesto que estamos ante una autora novel y, al margen de la lectura, vamos a participar en un encuentro vía Zoom coordinado por mi Pepa Muñoz, uno desempolva sus costumbres periodísticas (las que nunca abandona, especialmente en lo que se refiere a lo que aprendí de mi inolvidable maestra Mercedes Gómez del Manzano, es decir, cómo encarar y vivir cada lectura) y consulta en Google lo que pueda haber en las redes sobre Astrid (puesto que, como se lee en la solapa, escribió anteriormente el guion de la película ¿Qué te juegas?). No voy a contar lo que encontré, en realidad abandoné rápido la búsqueda porque la mayoría de los datos me parecieron ruido (utilizado el término, como otras veces, con el significado que se le da en comunicación, es decir, como distorsión, estorbo, borrón, alteración del mensaje o impedimento de su transmisión), no me ayudaban nada a la hora de acercarme a lo que (hagamos hincapié en ello) es una novela, es decir, lo que importa (al menos a quien esto escribe) es lo que se cuenta en sus páginas, no cuánto hay de real, lo peor que se puede hacer con ella es leerla de ese modo (para eso, mejor no la abran).

 

   Astrid Gil-Casares se muestra muy receptiva a nuestros comentarios (para ver el encuentro, no hay más que pinchar en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=hzzuhYj30C8&t=23s), no esquiva ninguna pregunta por más que pueda ser algo invasiva, comprende que cada uno ponga sus vivencias, sus sentimientos, sus deseos, su realidad y la compare con lo que ella cuenta (es algo en lo que, en algún momento, todos caemos: juzgar -y condenar- a los personajes de un libro/una película/una serie como si nosotros fuésemos el único modelo posible -como si no nos equivocásemos nunca-), es consciente de que más de uno/una llegará con la crítica afilada injustamente desde casa (y no la cambiará ni un ápice), pero por otro lado confía en lo que ha escrito, una estupenda carta de presentación porque, ya que estamos con lo extraliterario -eso es por mucho que inspire, por mucho que sea el motor que la ha llevado al teclado, por mucho que una parte de su vida se haya hecho pública-, si nos ponemos a establecer paralelismos entre la autora y la protagonista, Gaelle es el personaje más frágil, más minado, más imperfecto, con más debilidades, que más cosas se reprocha, que más lastres arrastra, que más intenta comprender (y defender) a los demás, que más culpable se siente por las acciones de los otros, que más cortapisas se pone, que menos se lanza a vivir y, aunque con furia contenida (y comprensible: de hecho, uno está deseoso durante gran parte de la novela de que la deje estallar, le dé rienda suelta), no escribe con rencor, con odio, sí con frustración, con dolor, con pena, pero no es demasiado misericordiosa consigo misma, se fustiga más de lo debido, se niega la posibilidad de enderezar el rumbo, no oculta sus errores/complejos (todo esto es lo que yo pienso y valoro del personaje, pero lo pongo en común con Astrid dedicado a todos aquellos que, quedándose en la superficie y en lo que hayan leído por ahí -o en lo que hayan vivido-, esperen/reprueben una novela que no es esta, todo lo contrario). Esa es la mejor apuesta de la novela porque consigue implicarnos desde la diferencia, desde lo que no querríamos hacer (y tal vez hemos hecho en circunstancias parecidas), nos coloca frente a un espejo cuyo reflejo nos perturba (o debería hacerlo) tal vez porque lo negamos, no queremos verlo, porque de alguna manera (o de muchas) lo tenemos más cerca de lo que creemos (las cosas como son, no siempre en el terreno de la víctima, no es tan difícil ser verdugo en lo sentimental, en lo amatorio/amoroso, en lo afectivo) y, por mucho que hagamos examen de conciencia y propósito de enmienda (con uno mismo y con los demás), no es plato de buen gusto mirarlo de frente.

 

   Creo que nunca he sabido vivir con ligereza, y que siempre he sido intensa. He sido social y superficial (a veces, incluso, frívola), a la vez que reservada y comprometida… He sido segura y seductora y a menudo insegura y celosa. Seria y concienzuda, y en ocasiones también irresponsable y huidiza. Mais… je ne sais rien prendre à la légère [Pero… no sé tomarme nada a la ligera]”. Como se ha dicho, Gaelle está muy minada, demasiado hundida/herida, sabe que debería salir a flote, incluso es consciente de que es capaz de hacerlo, pero el miedo a abundar en el error, a tropezar en la misma piedra (o en obstáculo parecido), la conciencia de que no ha resuelto su conflicto interior (esa madeja siempre enmarañada) le impide tomar/aceptar decisiones, buscar lo que (piensa) jamás va a encontrar: “Siempre había argumentado que hay una enorme diferencia entre la autoestima (la seguridad de valer algo) y el amor propio (la seguridad de merecer ser amada). Siempre había dispuesto de la primera menos los últimos años de mi matrimonio con Sebastián, que me habían desposeído de todo, también de eso (aunque no de sus raíces que fueron las que me «salvaron»). Pero nunca había tenido lo segundo. No sabía cómo encontrarlo”. En ese aprendizaje constante (como el de cualquiera), Gaelle no está sola (ya da gracias muchas veces por esos privilegios), tiene unas amigas que desmienten (como tantas que conozco) ese mito de que las mujeres no estrechan lazos de amistad porque viven compitiendo y enfrentadas (trampa/error en la que caen, por supuesto, de la que se contagian, que se dejan inocular, pero que cada vez -hablo de lo que vivo- está menos extendida) y, sobre todo, una hermana, Olivia, fuente constante de inspiración, ejemplar en/por su imperfección, sus defectos, su impagable lucidez: “Pues me temo que vas a tener que decidir ser de nuevo vulnerable. Pero poniendo límites. En el pasado no has respetado tus límites, no te has respetado. No has dicho «basta» en el mismo momento en que te han pisado, porque elegiste la amnesia emocional a la dificultad de la decisión. Eso ya no sirve. Ahora tendrás que elegir la verdad, la que te grita la acción en vez del deseo. Tú decides. Ahí tienes tu libertad. Tómala, pero hazlo de verdad. Y no te olvides de gritar «Basta» cuando haya que hacerlo”. Astrid ha tomado la libertad de escribir, ha hecho un buen uso de ella, se ha desdibujado en sus palabras dejando un buen rastro de honestidad, verdad y corazón, por eso nos llega, por eso nos deja huella, por eso se/nos cuenta lo que nadie le había contado, aquello con lo que hay que tener cuidado ahí fuera, en la vida.

 

 


lunes, 10 de agosto de 2020

"¡ESTÁN LOCOS ESTOS ROMANOS!"

 


   Una de las cosas buenas de aquellos larguísimos veranos de la infancia era que algunas mañanas acompañaba a la tía Carmen a las casas en las que limpiaba y, siempre con el permiso de sus dueños (incluso a veces con su presencia, como era el caso de la que llamábamos “señorita Mari Carmen” por más que era casada y con hija, que hasta me preparaba el terreno), mientras ella atendía sus tareas yo me sentaba en algún lugar donde no la estorbase y devoraba los tebeos de los jóvenes de la familia, así como aquellos maravillosos tomos llamados Películas u otros similares; así fue como leí prácticamente completas las colecciones de Tintín y Astérix, tebeos (así los llamábamos aunque estuvieran mejor encuadernados y tuviesen otros formatos, así los sigo llamando con emoción y devoción, con la misma ilusión y aún más admiración) que me han acompañado (tengo todos los tomos de la primera y no cejaré hasta poder hacer lo mismo con la segunda), me han forjado, me han divertido (y divierten) y me han enseñado muchas cosas (como a tantos de diferentes generaciones: hablo en primera persona porque son mis vivencias, no porque crea que soy el único al que le ha pasado -los hay que sí, en esto y en mil circunstancias más, dándose una importancia que ni tienen ni tendrán-). Centrándonos en la irreductible aldea gala, que es lo que toca hoy, una diversión compartida con mi hermano (y en esos años no éramos muy dados a tal complicidad, debo confesar, pero ante ciertas películas, series o lecturas no había discusión), recuerdo con especial intensidad el momento en que descubrí que no iba a tener que renunciar a las aventuras y desventuras de sus habitantes cuando creciese (para demostrar que ya eras mayor, sobre todo en el colegio, había que renegar de todo aquello que se consideraba para niños) puesto que la tía Acracia (“la tía francesa”, la cuñada de la abuela, así conocida por más que fuese española -obviaremos hoy, que el asunto es jocoso, el porqué de este apelativo, aunque en alguna ocasión me he referido a ello-), en una de sus visitas se confesó fan acérrima de la creación de Uderzo y Goscinny, “porque no deja de ser Historia, aunque muchas cosas estén alteradas o inventadas”.

 

   Nos familiarizamos con detalles, personajes, topónimos de la época, incluso aprendimos algunos rudimentos de latín, eran libros de texto que no sentíamos como tal, desde el principio los tomábamos como lo que eran, o sea una ficción, pero iban dejando un poso que era muy gratificante reconocer en lo que teníamos que aprender/memorizar para superar los exámenes, aquello que demasiados profesores no sabían transmitir ni narrar ni hacer atractivo, todo lo contrario, incluso algunos renegaban de Astérix y de otros acercamientos similares acorde con nuestra edad, ellos sólo entendían una letra que entrase con sangre (es decir, hiriendo, doliendo, así no hay manera de interesarse -ni de nada más-), no estimulaban sino que imponían, si resultaba divertido/simpático no les parecía lo suficientemente serio, menos mal que otros muchos no pensaban como ellos (o, mejor dicho, sí lo hacían mientras estos permanecían pétreos, con el ceño permanentemente fruncido, sacudiendo de palabra y obra) y tuvimos a nuestro alcance mil y una posibilidades para aprender de manera natural, sin sentirlo como una obligación sino como un pasatiempo, un entretenimiento, un disfrute, seguro que los leales a este ángulo oscuro del salón ya han anticipado lo que a viene a continuación, es decir, el agradecimiento a aquella programación infantil y juvenil de TVE en la que los contenidos culturales abundaban, Gloria Fuertes leía sus poemas, los referentes literarios abundaban en las peripecias de los Chiripitifláuticos o los Plaff, los programas matinales de los sábados iban sembrando nombres, títulos, escritores, los dibujos animados adaptaban a Cervantes, a Twain, a Dumas, a Verne, Petete abría su libro gordo y, como decía la canción que el propio pingüino (con la maravillosa voz creada por Mari Carmen Goñi) cantaba con Parchís, lo mismo se fijaba en las diferentes clases de nubes o explicaba por qué la raíz no sube, si lo de enumerar es lo mío, en este caso podría seguir horas y horas, pero creo que la intención ya está más que clara y el introito ya ha sido suficientemente largo (por no decir excesivo, pero es marca de la casa, no lo puedo ni quiero evitar).

 

   Es una pena la de información/conocimientos que uno ha perdido (o no ha querido fijar como acto de rebeldía una vez aprobada la asignatura correspondiente) o a los que nunca se ha acercado debido a lo mucho que se ha aburrido en clase o con determinados libros que solían ser los escogidos por los docentes como lecturas obligatorias y objeto de examen (menos mal que en algún momento aparecieron Margarita, Nati, Mari Ángeles, Luis, Bernardino, aquella que será por siempre mi maestra y tendrá un lugar destacado en mi memoria, una huella profunda en cada texto: Mercedes Gómez del Manzano), por fortuna Emilio del Río ha recopilado muchos de estos datos (y otros que un servidor desconocía) en su a ratos desternillante Calamares a la romana, que Espasa publicó hace unos meses. Bajo el lema Somos romanos, aunque no nos demos cuenta, el doctor en Filología Clásica ha recogido aquí y allá mil detalles para reactivar las conexiones que nunca debimos perder (que no hemos perdido) con aquellos que a juicio de Astérix y los suyos no estaban muy bien de la azotea (su empeño un tanto suicida o cuando menos masoquista en atacar mil veces la aldea y sufrir un varapalo efecto de la poción mágica que convertía a los galos en invencibles así lo confirma). Gracias a los buenos oficios de mi Pepa Muñoz mantuvimos el pasado mes de junio un encuentro vía Zoom (que pueden ver en el siguiente link: https://www.youtube.com/watch?v=D1jUodblg-M&t=3s) tan desopilante como el contenido del libro, un estupendo ejercicio de síntesis (que abre las ganas de recuperar/descubrir autores, libros de Historia, reportajes), una mixtura perfecta entre erudición y didáctica que nunca pierde de vista su mayor propósito (y acierto), aquello que, no en vano, emana del Ars poética de Horacio: instruir deleitando. Con ánimo jocoso, con una narración muy bien trenzada en que cada nueva anécdota se engarza a la perfección y va conformando un conjunto que nos acerca con viveza la vida cotidiana de la Roma clásica, estableciendo paralelismos muy acertados y lógicos, no hace falta forzar la metáfora o la semejanza: en algunas cosas no hemos cambiado/inventado nada.

 

   Del mismo modo en que en este rincón apenas se esbozan argumentos, en que se procura animar al lector a zambullirse en el libro sin desvelar demasiado, en que se habla de sensaciones/emociones pero no se especifica qué las ha provocado, al igual que intento no anticiparles/reventarles las sorpresas (e incluso, a pesar de la inevitable adjetivación que exprese mi sentir, no condicionar su lectura, sólo despertarles las ganas), hoy no voy a hablar de mis pasajes preferidos, de los momentos en que más me he carcajeado o alzado las cejas y abierto la boca al más puro estilo de La Máscara, cada uno debe hacer su propio camino y escoger lo que le parece digno de ser destacado; me limitaré a comentar que Calamares a la romana es una magnífica oportunidad para reconciliarnos con la Historia, para dar la importancia debida a lo que tantas veces era denostado en las aulas por anecdótico (cuando eso es lo que mejor cuenta/explica quiénes fueron aquellos que nos precedieron y por qué, aunque nos parezcan locos, actuaban del modo en que lo hacían), estamos ante un libro que estimula nuestra curiosidad, que nos ilustra, que nos descubre/redescubre un periodo que tanta impronta dejó y que todavía hoy (en sus páginas lo comprobarán) sigue presente, como señala el autor en la contraportada “este es un libro pensado para los que no tienen ni idea del mundo clásico, para los que lo conocen pero no les interesa o incluso lo odian (se van a reconciliar) y, por supuesto, para los que lo aman”. Algunos anacronismos o historias mal o imprecisamente contadas quedarán desterrados, ciertas leyendas se desvanecerán ante la evidencia de los datos comprobados, determinados hechos quedarán bien fijados gracias a la labor documental y docente y al buen humor de Emilio del Río.


jueves, 6 de agosto de 2020

NADA SE ROMPE COMO UN CORAZÓN




   Cuando Jake Gyllenhaal y su cuñado Peter Sarsgaard visitaron Madrid para presentar la tan decepcionante Jarhead dirigida por Sam Mendes, en uno de esos encuentros con la prensa (sí, hay un término en inglés para ellos pero lo rehúyo todo lo que puedo) en que, a pesar del siempre escaso tiempo y de ser unos cuantos a preguntar (en esta ocasión creo que ocho -y hasta puede que alguno más-), se establece un cierto vínculo más íntimo y cercano de lo habitual (gracias en gran medida a la disposición de las estrellas que se prestan a ello con amabilidad y profesionalidad), intenté resumir sus a mi juicio muy interesantes y plausibles carreras diciendo que ambos solían estar vinculados a proyectos que podían ser denominados valientes, cintas que de un modo u otro defendían libertades, estaban muy recientes los estrenos de Brokeback Mountain y Kinsey (en realidad, la primera aún no había llegado a España, lo haría poco después, pero algunos periodistas la vimos cuando Ang Lee pasó por el Festival de Valladolid y tuvimos el inmenso honor/placer de entrevistarle), no hacía falta remontarse muy atrás, me preguntaba si ellos buscaban especialmente películas de ese tipo o se las ofrecían de manera natural, tal vez debido a lo señalado. Gyllenhaal tomó inmediatamente la palabra y, con unos ojos penetrantes e hipnóticos que miraban de frente al interlocutor, me replicó que ojalá esos y otros títulos no tuvieran que ser calificados de ese modo porque todo estuviese más normalizado, no se siguiera considerando peligroso (y hasta ilegal, matizó con ahínco) demostrar el amor, practicar sexo consensuado entre adultos sin prohibiciones ni estigmas; lo cierto es que durante un momento me pareció que le había molestado mi afirmación y me la estaba reprochando, pero muy pronto dejó claro que comprendía la intención de mi comentario, que su respuesta un tanto desabrida iba dirigida a quienes habían hecho una campaña furibunda contra los filmes citados y otros similares; de todos modos, me apresuré a aclararle que estaba completamente de acuerdo con su reflexión y que, en todo caso, lo que pretendía era transmitirles mi agradecimiento por promover/facilitar con su participación (aunque sería más preciso decir implicación, ambos han dejado clara en multitud de ocasiones su posición claramente activista con respecto a determinados temas) que llegasen a buen puerto (y a los cines) películas así. Mientras recogíamos micrófonos, grabadoras, cuadernos y demás para dejar el salón despejado para el grupo siguiente, puesto que, como digo, ambos se mostraron en todo momento cercanos y atentos, en ese inglés macarrónico que se vuelve más fluido cuando tengo delante a alguien a quien admiro, repetí lo dicho a un muy sonriente y atractivo (por qué ocultarlo) Gyllenhaal y aproveché para decirle que, aunque ambos me parecían grandes actores, saludase de mi parte a su hermana Maggie porque me parecía maravillosa en todo lo que hacía dentro y fuera de la pantalla; él sonrío aún más abiertamente, los ojos le brillaron de un modo especial, dijo a boca llena que era la mejor y que, “you know”, era alguien muy importante tanto para él como para Peter (su pareja desde dos años antes, aún siguen juntos -y casados-).

 

   Me he marcado esta historieta de viejo periodista como extenso introito porque en todo este tiempo (el encuentro, si no recuerdo mal, tuvo lugar en diciembre de 2005) he recordado en más de una ocasión el lamento del actor, ante muchas (y, precisamente por ello, se me antojan demasiadas) obras artísticas he sentido ese escalofrío, esa rabia porque aún sea necesario demandar derechos, reclamar libertades, enfrentar injusticias, afrontar tragedias, topar contra impunidades (iba a escribir “aparentes”, pero por desgracia son reales -y abundantes-), denunciar crímenes de diversos tipos, dolerse y condolerse de que se trate de historias reales aunque se pretendan ficticias, extraídas de lo más hondo de corazones torturados, desposeídos del placer, enseñados a cohibirse, a anularse, a negarse, a flagelarse, crueldades cotidianas que en muchos casos son bien conocidas y consentidas/promovidas/encubiertas (cuando no igualmente cometidas) por muchos que callan, ocultan, desmienten, niegan, disimulan, miran hacia otro lado, esconden la basura moral debajo de la alfombra, esgrimen abstrusas justificaciones sobre el funcionamiento de la empresa/sistema/sociedad, aplastan sin recato laboral, económica, social, íntimamente a personas a las que niegan su derecho a ser. Precisamente como un canto a esto último ha concebido la periodista Minerva Piquero su primera novela, Nacida libre, publicada en octubre de 2019 por Ediciones Alfar, sobre la que pudimos por fin (estaba previsto hacerlo a principios de año, pero hubo que retrasarlo y después ya saben lo que pasó/está pasando) conversar con ella los miembros del club de lectura en un encuentro vía Zoom coordinado por mi Pepa Muñoz (si lo desean, pueden verlo en YouTube, es jugosísimo y apasionante, es fabuloso ver a la magnífica comunicadora en acción: https://www.youtube.com/watch?v=LOvHJo3v1B0), un libro que nace “de mi propia rebeldía”, que da voz a muchas mujeres, destacando aquellas a las que se les pretende negar su verdad, su identidad, su femineidad (y por desgracia son otras mujeres las que atacan con mayor saña, las que se sienten amenazadas sin razones para ello, las que se reducen a sí mismas a algo que habría que tildar de anecdótico si les parece tan fácil de borrar), aquellas que son perseguidas, castigadas, encerradas, expulsadas, consideradas aberraciones y otras cosas aún peores por atreverse (de nuevo esa valentía que no debería ser necesaria, que no debería exigirse, que no tendría que pagarse tan caro -incluso con la vida-), es decir, las mujeres transexuales, realidad que tantas veces se utiliza como insulto, como estigma, que se esgrime con odio, negando lo importante, lo único que importa, esas mujeres son mujeres y punto (lo mismo, por supuesto, vale para los hombres, pero esta novela habla de lo femenino -aunque, obviamente, aparece lo masculino, es imposible desligarlos-).

 

   Minerva Piquero demuestra saber de lo que habla, hay muchos párrafos que golpean con su crudeza al expresar/reflejar sensaciones que, a buen seguro, en algún momento se han adueñado de nosotros, esa es una de sus mayores virtudes: sin desvirtuar ni recurrir a simplificaciones/generalizaciones que tanto daño hacen a la convivencia, a la imprescindible igualdad legal/social, a la justa reivindicación, la novela se empapa de un mensaje claramente feminista y femenino sin pretender dejar fuera a nadie, sin crear guetos ni ahondar en las grietas, todo lo contrario, enarbolando la auténtica bandera del movimiento, sin caer en errores que provocan el efecto contrario (cuando no lo buscan, pero ese es otro debate, otra reflexión, otra crítica que ahora no importan -y que aquí aparece en su justa medida, es decir, como telón de fondo, como caldo de cultivo, como pesado lastre-). “Cuando te rompen el corazón la sangre que bombea se vuelve de plomo, y las venas ya no pueden sujetarla, por eso el cuerpo entero se desmadeja y uno camina arrastrándose lastimoso, cabizbajo, moribundo”, así lo cuenta Cora, una de las dos narradoras de Nacida libre, y resulta muy sencillo empatizar con ella, por más que hasta en esto los hombres hayamos tenido unos privilegios (creo que, por desgracia, debería utilizar el verbo en presente), también un castigo puesto que se supone que no lloramos, no sufrimos, estamos por encima de lo que se tilda de sentimentalismos, “es una cobardía que ninguno debe hacer, que, por mucho sufrimiento que haya dentro de sus vidas, en los hombres hay heridas que nunca se dejan ver”, como cantaba Raphael para reivindicar que, “se diga lo que se diga”, lloramos también cuando perdemos el amor. Pero a pesar de la magnífica canción de los hermanos García Segura (primer gran éxito, por cierto, del de Linares, o sea, que había muchos que estaban deseando volver fuente sus ojos como Maruja Limón sin sentir vergüenza por/de ello), no podemos negar que el fracaso/la necesidad de una relación se echa sobre los hombros de la mujer, se la considera como poco sospechosa si se muestra independiente, fuerte, capaz, autónoma, creativa, creadora, satisfecha y realizada más allá de las cárceles de oro (y, con perdón, de mierda y miseria que son las que abundan) a las que son reducidas en el esquematismo machista/misógino que ha imperado durante siglos: “Cuánto miedo da asomarse al abismo de la nada. Mirarse al espejo y tener el valor de enfrentarse a esa mirada que todo lo muestra, que no podemos engañar, que nos desnuda el alma”, sí, Cora, os han educado (ejem) para sentirlo, para que creáis que ahí no hay nada, pero la mirada puede cambiar, debe hacerlo, al principio hay que ser valiente, después también (lo siento, Jake, pero aún no es tan sencillo), pero con muchas como tú conseguiremos que un día dejemos de aplaudir novelas como Nacida libre por el valor (en su más pura esencia) para hacerlo por sus valores.

 

   Cora se redescubre, se reinventa, se da nuevas oportunidades, se pone en marcha y nos regala páginas desternillantes (que invitan a la reflexión, ahora con ello) y plenamente sexuales, ese territorio con tantos tabúes que reventar, con tantos mitos que derribar, con tantos fantasmas (en ambos sentidos) que exorcizar, esa parte de nosotros a la que atender y satisfacer con la misma naturalidad que al resto, ese instinto al que dar rienda suelta sin prejuicios ni maniqueísmos, esa liberación que sentir, ese gozo que alimentar, ese inicio rompedor de la novela que muy pronto se integra en el argumento (“El sexo que aparece en la novela no es gratuito”) y se convierte en uno de los pilares básicos, no en vano es una rémora más, un enorme peso que no deja avanzar a la protagonista, un compendio de culpabilidades, traumas, sinsabores y frustraciones que tantas mujeres heredan y les impide disfrutar (eso es pecado/vicio). Y mientras estas escenas se suceden (muy bien dosificadas y, ¡olé tú, Minerva!, muy bien descritas, con viveza, jadeos, morbo, excitación y éxtasis), como digo, uno se va dando cuenta de lo mucho que aún queda por desterrar, de lo fácil que es caer en la trampa, de cómo, aún sin quererlo, uno emplea un lenguaje agresivo/insultante, claramente superior, como es el hecho de llamar “consoladores” (no te queda otra, bonita) a lo que ya por fin son “estimuladores”, juguetes sexuales que utilizar sin recato (obvio) y sin culpabilidad/ocultamiento. Y ahí es donde aparece Rita, un personaje a idolatrar, una mujer a admirar (con huellas/cicatrices de algo que la autora ha sufrido muy de cerca, en el vídeo de YouTube pueden comprobarlo), una superviviente emocional que puede construir fantasías muy reales porque se ha dado de bruces con lo más tenebroso y se atreve a decirlo en voz alta: “El amor es una falacia, eso decía Rita. «Una mierda que te incrustan desde que naces. Te adoctrinan en esa gran mentira para hacer que todo siga funcionando. La sociedad, el sistema. Princesas. Dragones y valientes caballeros. Ángeles con alas y rosas con bombones. Te quieros y para siempres que nunca duraban. La farsa de una dependencia que te llevaba al deseo de posesión y te hacía creer que, además, tenías derechos sobre esa otra persona. Y un día descubres que el amor es para tontos. Qué paradoja. Te mueres por tener un amor y luego el amor te mata. Así somos de ridículos. Todo son problemas porque al final todo son decepciones. Cuando amas dependes de otra persona. Sufres por ella. La necesitas hasta para respirar. Sufres porque tienes miedo de no ser correspondido, miedo de que no te piense a todas horas como tú haces con ella. Estás todo el día en un estado de idiotez sublime, esclavizado, dependiente, ingrávido, como tocado por el polvo mágico del hada ñoña. Pero estos polvos mágicos caducan. El amor siempre se acaba. Y cada vez cuesta más volver a pegar todos los trocitos de tu desmadejado corazón. Nada se rompe como un corazón». Yo sabía lo que era eso”.

 

   La otra narradora de la novela es Valentina, “una mujer olvidada por Dios y castigada por los hombres a pedir perdón el resto de su vida por ser lo que era”, llega a España huyendo de México, de una familia y un entorno que la tratan como una abominación, como un monstruo, porque en su documentación figura otro nombre y otro sexo –“Rubén Mendoza, así fui bautizado por mi mamá”-, sólo ha recibido el cariño y las enseñanzas de su abuela, mujer sabia que le transmite aquello que Minerva Piquero defiende y alienta su novela, de ahí el título –“Nacida libre es una actitud”-: “Nana Sara me enseñó que si la serpiente moría, el cascabel quedaba pegado a la piel. Las serpientes mudan la piel muchas veces a lo largo de su vida para poder crecer. Una vez que son adultas pueden hacerlo hasta cuatro veces al año. Las culebras no son como el resto de los reptiles, a veces necesitan volver a cambiar de piel para poder curarse una herida o una quemadura. Solo cambiarse la piel les permite seguir vivas”. Y de eso se trata: de aprender a mudarla y a no sentirse mal por ello, es una cuestión de crecimiento, de maduración, de supervivencia, de transformarse en aquel/aquella que queremos ser, sin chantajes emocionales, sin peajes, sin cortapisas, sin negarnos a nosotros mismos, sin morir, sin matarnos (renunciar a nuestros sueños, a la verdad que fluye por nuestras venas, es la condena más terrible y provoca una muerte muy lenta, agónica, dolorosa más allá de cualquier umbral): Minerva Piquero no da fórmulas magistrales porque no existen, no diseña un cuento de hadas, no ilumina lo que siempre va a ser tenebroso, pero construye una novela que impulsa, anima, apoya, grita, da visibilidad, demanda una sociedad más igualitaria, más justa, donde ser libre sea sencillo, un derecho y no un castigo, por más que, como ella recuerda, “la libertad, al menos al principio, es un camino de soledad”. Qué fantástico poder hacerlo y sentirse acompañado con Nacida libre en el corazón.


lunes, 3 de agosto de 2020

QUERER SER (Y VER A) NERO WOLFE




   Este es uno de esos textos que llevo bastante tiempo pensando, queriendo escribir, uno de los muchos proyectos que voy acumulando/abandonando (aunque la mayoría se queda por ahí pululando y de vez en cuando bate sus alas con furia para que no olvide la promesa/el propósito), algo que tenía muchas ganas de hacer por lo que implicaba, es decir, releer/leer libros que de un modo u otro me marcaron el camino, recuperar/poner al día lecturas, en definitiva, refugiarme una vez más en ese amigable y cálido abrazo que siempre es correspondido, regresar a aquel niño que no necesitaba más para sentirse pleno, para ser feliz, para soltar lastre; pero, cruel paradoja, resulta que al final lo he hecho (lo empecé a hacer) en los momentos más duros del confinamiento, en las semanas en que la salud se me quebró por varios sitios, en que somaticé de un modo desproporcionado la tensión acumulada por diversas circunstancias, el pavor que llegué a sentir cuando bajaba a Fosco a que hiciese sus necesidades (sobre todo en los primeros días, cuando lo menos que podía suceder es que la policía te parase y pidiese la documentación), el pánico porque Pablo siguió acudiendo a su puesto de trabajo y cuando le veía salir de casa se me encogían las tripas (y el alma), la rabia porque (como sucedió con otros colectivos) nadie lo agradecía ni recompensaba (y mira que, aunque hubiese tenido balcón, no estuve nunca por la labor de salir a aplaudir -ni a escudriñar, insultar, proferir soflamas de cualquier signo-, pero resulta feo celebrar a unos e ignorar al resto), todo ello sumado a un trabajo en que andaba inmerso y que, por todo esto, se complicó demasiado y se volvió una losa, un infierno, un peso que el pago prometido (y ya recibido, por cierto -en eso fueron rápidos, debo decir en honor a la verdad-) no aligeraba (pero que, por fortuna, quedó atrás, aunque, siendo honesto, si surgiese una oportunidad similar volvería a aceptarla, no queda otra). Fue en aquellos momentos febriles, casi permanentemente somnoliento porque apenas ingería bocado y para colmo abandoné el café (no me sabía a nada y me alteraba demasiado), con el cuerpo más sudoroso que nunca y zonas de la piel muy irritadas por sus efectos (lo de “irritación” es poco para lo sufrido, pero tampoco voy a entrar en detalles un tanto desagradables), enclaustrado por necesidad imperiosa, no por decisión propia, fue entonces cuando me pareció llegado el momento adecuado (¿Qué más tenía que pasar?) para dedicar tiempo a quien tantas veces, un poco como broma/impostura, me he referido como mi ídolo porque transformó en un arte lo que envidio mucho más de lo que pueda pensarse, es decir, no salir de casa (porque así lo quiere, no por imposición/seguridad): el detective Nero Wolfe.

 

   Hace unos meses encontré en una librería de segunda mano (que ya he podido volver a visitar y de donde salí revitalizado -por esta y alguna razón/persona más es por lo que matizo lo de querer imitar al personaje creado por Rex Stout-) un volumen que contenía tres novelas (en realidad, dos y un tercer título formado por tres historias) protagonizadas por Nero Wolfe entre las que se encontraba su presentación, Fer-de-lance, publicada en 1934, nada mejor que rastrear los orígenes de un personaje que, puede decirse, nació en tercer acto y, posiblemente, sin que su autor pensase utilizarlo durante tanto tiempo (publicó, hasta 1975, un total de 47 títulos, a los que se sumó diez años después uno póstumo). Así, Stout fue añadiendo detalles de la biografía (y la personalidad) de su peculiar detective según iba publicando nuevas entregas, si bien es cierto que, como ocurre con la tía Agatha y sus más reconocidas y populares criaturas (Poirot y Marple: ella misma reconoció en su autobiografía que los hubiera creado más jóvenes de haber sabido que iban a acompañarla tanto tiempo), resulta un tanto complicado (por no decir imposible) trazar una cronología que respete la lógica, hay que tomar cada caso como si fuese único (en realidad, ya lo hacíamos con los Hollister que tuvieron los mismos años -y varios veranos, algunas Navidades, vacaciones aquí y allá- a lo largo de 33 aventuras), es una serie al estilo clásico, un fantástico entretenimiento, no hay que esperar nada más (y tampoco lo necesita), lo que importa es el caso, la investigación, lo que no quita para que se ahonde en ciertos caracteres psicológicos, especialmente cuando tanto influyen en cómo se desarrolla la historia.

 

   Esa peculiaridad a la que tantas veces me remito fue la que distinguió muy pronto a Wolfe del resto de detectives que abundaban en aquellos tiempos (algunos de similar fortuna/inmortalidad, otros muchos opacados por el brillo de los que gozaron desde el principio del favor del público): resuelve los misterios sin abandonar su casa, para el trabajo de campo cuenta con la inestimable colaboración de Archie Goodwin, narrador de las historias al modo del doctor Watson o el capitán Hastings (aunque Poirot voló solo muy pronto), su inmensa humanidad -en torno a los 150 kilos- se mantiene resguardada en su domicilio de la Calle 35 de Nueva York, cerca del Hudson, donde mantiene unos horarios estrictos en lo que se refiere al cuidado de sus orquídeas de incalculable valor en el invernadero de la azotea del edificio que ocupa, así como en lo relativo al consumo de cerveza (es, de hecho, como le conocemos en Fer-de-lance, con el agravante de que, por lo que se indica, la acción se sitúa cuando la ley seca aún está vigente -y, por lo tanto, el propio Wolfe compra bebida de contrabando-). En La bombonera roja (la otra novela del volumen citado -y leído-), Archie escribe: “Llevaba nueve años trabajando para Nero Wolfe, y había cosas de que yo no podía dudar un instante. Por ejemplo: de que era el mejor detective privado al norte del Polo Sur. De que estaba convencido de que el aire de la calle sólo sirve para congestionar los pulmones. De que la menor molestia cerraba el cortocircuito de su sistema nervioso, provocando la descarga de su mal humor. De que se habría dejado morir de inanición debido a su firme creencia de que sólo los guisos de Fritz [su cocinero, que también reside en la casa] eran cosas apropiadas para la alimentación. Había también otros puntos de que estaba yo no menos convencido, pero los pasaré por alto, porque Nero Wolfe leerá estas páginas y podría disgustarse”. Sin embargo, Goodwin no tiene empacho en incidir en la tacañería de su jefe, en sus abruptos cambios de humor, en su altanería (“Wolfe nunca intenta disimular su vanidad ni tampoco su orgullo”, escribe en Cinco segundos antes de morir), en su furia incontenible, en sus inamovibles hábitos, en sus rarezas (y pintarlas como tales), en la superioridad moral de que se siente poseedor, así empieza, precisamente, La bombonera roja, con el detective negándose a aceptar un caso porque un posible cliente le pide “olvide usted por una vez sus rarezas… le sentará bien. Los defectos resaltan la perfección (…). Un taxi nos llevará allí en ocho minutos”. Tras afirmar que “Wolfe se agitó en su asiento; parecía a punto de estallar”, Archie reproduce la siguiente andanada: “¡Hablar de mis rarezas, de mis manías! ¡Y pretende usted llevarme en frenética carrera, a través de la vorágine del tráfico callejero… en un taxi! ¡Sepa usted que yo no entraría en un taxi ni para resolver el más complicado enigma de la Esfinge, con todas las riquezas del Nilo como recompensa! ¡No ha dicho usted nada! ¡Un taxi!”. Y, ante la insistencia de su interlocutor, que alega un crimen cometido y la posibilidad de que tal suceso se repite, el investigador remata: “¿Espera que me enrede en una defensa de mi conducta? ¡Tonterías! Si una muchacha ha sido asesinada, ahí está la policía. ¿Están otras en peligro? Cuentan con mi simpatía, pero no tienen opción a mis servicios profesionales. Yo no puedo alejar los peligros con un movimiento de mi mano, y no montaré en un taxi. No montaré en vehículo alguno, aunque se trate de mi propio coche y lo guíe míster Goodwin, excepto para asuntos de mi personal conveniencia. No soy inconmovible, pero mi carne siente una repugnancia constitucional a los desplazamientos repentinos y violentos”.

 

   Parafraseando la tan popular despedida de Ernesto Sáenz de Buruaga, así es Nero Wolfe y así nos lo cuenta Archie Goodwin, no le glorifica más que en lo puramente detectivesco, en su habilidad para sonsacar a los sospechosos/testigos, en sus métodos anárquicos, heterodoxos, imprevisibles, efectistas pero efectivos, aunque es de justicia señalar que tampoco dibuja una imagen idealizada de sí mismo, todo lo contrario: “Yo sé bien cuáles son mis habilidades. Aparte de mi función primordial de actuar de alfiler para Wolfe, impidiéndole que se durmiera o despertándole a las horas de las comidas, sólo sirvo para dos cosas: para husmear algún asunto antes de que otro prójimo meta las narices en él o para recoger piezas de rompecabezas para dar trabajo a Wolfe (…). No presumo de estar muy fuerte en matices. Fundamentalmente soy del tipo expeditivo y por eso nunca podré un buen detective”. Ese es, para mí, uno de los puntos fuertes de esta serie: el tono irónico sin fisuras ni rebajas, la manera descarnada y muy poco (o nada) complaciente con que se habla de los demás y de ellos mismos, el modo en que refleja sin eufemismos una relación que es fundamentalmente laboral y se mueve permanentemente en el filo de la navaja, sin ningún tipo de camaradería impostada, con continuos enfrentamientos, una furia soterrada que recorre todas las historias y que, por más que algunos se empeñen en decir lo contrario (como de tantos clásicos del género), aporta la dosis suficiente de humanidad (porque, repito, eso no es lo que se demanda -y mucho menos antes- en este tipo de narraciones). Lo que sí se puede matizar, habiendo leído casi sin solución de continuidad los títulos ya mencionados a los que deben sumarse El sustituto y A falta de evidencia (que, junto al relato homónimo, integran Cinco segundos antes de morir) y la novela La base del prisionero (un título de la renovada de los 80 e igualmente mítica Colección Reno que me regaló en su día la tía Carmen), es que Wolfe sale de casa más de lo que pudiera pensarse, no mucho, siempre por algo muy excepcional que de un modo u otro hace avanzar la trama, pero es algo más habitual de lo que yo creía cuando le conocí de chaval en un momento al que no puedo poner fecha exacta aunque debió ser en 1982 o 1983, el momento en que se emitiese en TVE la serie protagonizada por William Conrad, puesto que, eso sí lo tengo claro, ya leía compulsivamente a la tía Agatha y el pistoletazo de salida fue El tren de las 4.50 que mi padre me regaló en los Reyes del año del Mundial de España.

 

   También por aquel tiempo, se publicó en el dominical de Diario 16 un reportaje sobre algunos de los detectives más famosos de la literatura de género que incluía a Holmes, Poirot, Marple, Maigret, el padre Brown, no estoy seguro si alguno más o el listado se detenía en Wolfe, algunas de cuyas hazañas leí muy pronto gracias a una estupenda colección de libros que tenía mi madre (y que aún conservo) llamada Emoción, intriga, misterio donde hay algún título de Erle Stanley Gardner o sus heterónimos, otros menos populares, y dos firmados por Rex Stout: Las arañas doradas y Tres puertas a la muerte (de nuevo, un volumen con ese número de historias más breves). Me sirvieron como premio de consolación, puesto que TVE programó la serie citada que adaptaba algunas de las novelas de Wolfe e incorporaba guiones originales inspirados la fatídica tarde de los domingos, esa que durante tanto tiempo suponía la visita de los Cela y/o de la tía Nieves y su marido, esa en que había que socializar y mantener la falsa armonía que exige Bernarda Alba, motivo por el que en gran medida mitifiqué mi querencia hacia ese señor que, volvamos al punto de partida, se negaba a abandonar su domicilio (el asocial que soy ya estaba ahí por más que tuviese fama de lo contrario, a pesar de mi carácter huraño y de mi notorio enfado por tener que prescindir de, en este caso, Nero Wolfe -y de tantas otras antes y después-). Y ahora me divierte leerle de nuevo, seguir envidiándole (en parte), disfrutar con el ritmo vertiginoso que, casi sin sentir, Stout imprime en cada línea, desear poder algún día recuperar la serie (en formato doméstico o en plataforma) y vivirla junto a Pablo, a salvo de las inclemencias sociales y meteorológicas, en casita, en el hogar, resguardados, haciendo justicia a un magnífico personaje: Nero Wolfe.