martes, 3 de agosto de 2021

EL MIEDO ES MI/NUESTRO CARCELERO


 


   Hoy me salto el diario, vuelvo a las viejas costumbres (en realidad, más allá de seguir el orden que las fechas señalan, poco ha cambiado este ángulo oscuro del salón), a pesar de mi notoria anarquía a la hora de ir sintetizando (jajaja, si la verborragia no entiende de tal cosa) la vida de lector en estos textos, procuro ser metódico, preciso, no faltar a mi faceta periodística, esa que mantengo viva contra vientos, mareas y poetas hueros (y algún que otro espécimen que anda suelto por ahí), por lo tanto cabían dos opciones para hacer encajar la charla telefónica que mantuve a principios de la semana pasada con Carlos Augusto Casas: atribuirle una fecha falsa (que no hay por qué) o esperar a que las anotaciones del diario llegasen al día concreto en que conversamos, pero estaba deseando compartirlo con los leales (de hecho, ya lo hago con cierto retraso, ¡ni modo dilatar más la ocasión!). Además, en esas carambolas literarias que tanto me apasionan, dejar este escrito como fuera del tiempo, insertado entre dos días concretos (el último indicado en la publicación anterior y el primero de la próxima), supone vivir una especie de ucronía, casi casi (perdón si suena osado o irreverente, nada más lejos de mi intención) plantear una distopía, cuando menos ponernos en una nebulosa (que, sin embargo, es bastante concreta: el propio blog, por defecto, publica la fecha en que aparece cada entrada), una especie de “no tiempo” que sienta como un guante a este género que Carlos Augusto reformula con inquietud y sabiduría periodísticas, con las mejores herramientas del oficio que viene desempeñando con brillantez desde hace algunas décadas (y especializado, además, en el tan necesario periodismo de investigación, el que más debería fomentarse, reconocerse y difundirse).

 

   Aunque, y por ahí comenzamos, El Ministerio de la Verdad, su nueva novela publicada el pasado mayo por Ediciones B, no es tanto una distopía como un futurible, es decir, habla del ahora mismo, al modo en que, en realidad, lo hiciera Orwell, muy pegado al momento en que escribía en gran parte de su obra, han sido otros los empeñados en promocionar (y denostar) como “ciencia ficción” (sobre todo, lo segundo) un libro como 1984 que leído ahora (y no me refiero a este momento ya tan largo de pandemia sino a hace unos cuantos años) aún resulta más real, más lapidario, más grito en el desierto, más advertencia terrorífica, más lapidaria constatación de que en este pantanoso terreno (donde podemos incluir y citar -y de hecho lo hacemos- a Bradbury, a Huxley o a Atwood-) la imaginación siempre se queda corta (o no es necesaria: basta con escudriñar, con indagar, con levantar alfombras): “Ahora que la novela lleva un par de meses a la venta y empiezo a tener contacto con los lectores, la mayoría me dice que no está de acuerdo con considerarla como una distopía, y creo que es así: tiene más que ver con la realidad que con un futuro próximo o posible”. La acción transcurre en el Madrid de 2030, en parte por puro azar, para potenciar los aspectos novelísticos que, en realidad, disfrazan poco lo que (y se lo digo y aplaudo) es un magnífico reportaje que, por desgracia, en ese su formato natural no hubiese tenido salida/sido publicado: “La novela, indudablemente motivada por la pandemia, surgió al reflexionar sobre qué elementos de “1984” se estaban dando o podían dar en la sociedad actual. Después, a medida que fui escribiendo, creció por sí sola y, evidentemente, ese Madrid de 2030 que reflejo está construido a partir del de ahora; en realidad, la situé en ese año por dos motivos fundamentales: uno, porque no quería que ningún lector cayese en la tentación de identificar el Ministerio de la Verdad con ninguna ideología o partido político; en segundo lugar, para hacer algo más verosímil el hecho de que España esté gobernada por los cuatro Ministerios de la novela de Orwell, de situarlo en la actualidad iba a chirriar, pero tampoco me fui muy lejos, apenas nueve años, no quería que mi novela pudiese entrar en la categoría de ciencia ficción; con distopía me siento cómodo, con thriller por supuesto, también con el resto de etiquetas que cada lector pueda ponerle, pero mis motivaciones fueron esas”.

 

   George Orwell, ese autor en gran medida a reivindicar y descubrir, no todo es 1984 y Rebelión en la granja, para muchos alguien superado por el tiempo que intentó vaticinar cuando, en realidad, no fue eso lo que pretendió (pero estos y otros matices son imposibles de entender para quienes condenan sin leer, perpetuando etiquetas inmerecidas -o que no son capaces de justificar-, desconocen una producción de lo más variopinta, ignoran tanto Homenaje a Cataluña como Que no muera la aspidistra, por no extendernos en más ejemplos de su ductilidad literaria), un clásico pese a quien pese, un maestro, una inspiración para muchos, empezando, claro, por Carlos Augusto Casas quien, precisamente por ello, titula a su novela del modo en que lo hace: “Orwell está más de moda que nunca, no sólo por “1984” en sí, sino por la cantidad de veces que los políticos, sobre todo en estos últimos tiempos de pandemia, han citado el Ministerio de la Verdad, al propio autor, han mencionado su obra más famosa, es un referente de la sensación que la gente tiene con respecto a la falta de libertad, el control de cualquier actividad no se sabe bien si por los estados, las empresas o los poderes fácticos. Creo que se ha vivido un rejuvenecimiento de Orwell, es cierto que se le veía como trasnochado o superado, pero ha sido la propia sociedad la que he puesto en valor lo que él contó, tanto en “1984” como en el resto de sus obras”. Orwell, cronista a ratos desoldador e implacable de su época, no podía serlo de otro modo, así Casas nos noquea con apuntes del natural que estremecen por verídicos cuando no vividos por uno mismo: “Escogí un futuro próximo porque, incido en ello, la gran mayoría de elementos de la novela están tomados del presente, empezando por los contenedores llenos de libros, por desgracia no me lo he inventado, los libros ocupan sitio en las casas y se opta por tirarlos, un desprecio total por la cultura y el saber. No me invento tampoco que los ancianos se manifiestan por los derechos de todos mientras los jóvenes hacen cola para poder comprar el último modelo de telefonía móvil. No quería que el lector reflexionase sobre una sociedad futura a la que podríamos ir, sino sobre la sociedad en la que estamos”.

 

   Por eso El Ministerio de la Verdad también transpira el aliento, ya lo hemos señalado, de Huxley, especialmente de Bradbury (al menos para quien esto escribe, y  no sólo de su canónico Fahrenheit 451, sino de la magnífica adaptación firmada por François Truffaut, aquella película que un sábado por la mañana de principios de los 80 transformó mi vida en tantos aspectos), entronca con los grandes títulos distópicos (por utilizar el término más popular y reconocible), parte de zozobras comunes a esos autores: “La idea central del libro, más allá de Orwell, es la importancia de la verdad como bien necesario para cualquier sociedad, que los ciudadanos no estén manipulados. Creo que lo está sucediendo ahora mismo es mucho más peligroso que lo que reflejaba “1984”: tomando de nuevo el tema de los libros, en la novela de Orwell era el Estado dictatorial, controlador, el que los prohibía; ahora se ha conseguido que sea la gente la que decide que no le sirven para nada y, libremente [qué paradójico, pero qué certero Carlos al emplear esta palabra], los tira a la basura. Lo mismo ocurre con la censura, ya no es necesario que se genere desde un órgano estatal: es la propia gente la que la ejerce a través de las redes sociales, se carga contra quien intenta aportar la más mínima reflexión, algún matiz al pensamiento más general; es por eso por lo que un montón de intelectuales se han marchado de las redes sociales, de algún modo se han rendido. Me parece que somos nosotros mismos, de ahí que antes hablase de peligro, los que de un modo u otro hemos elegido, al menos lo aceptamos, vivir en una mentira: elegimos el entretenimiento y se renuncia a conocer la verdad, hay gran parte de culpa en los medios de comunicación que no han sabido captar a un público que rechaza los informativos, no digamos leer un periódico, sin haberlos visto antes”. Aquí llegamos al meollo de la cuestión, tanto de la novela como de la sociedad actual, aquí llegamos a lo que espanta y también remueve, a lo que deja hundido en el asiento y al mismo tiempo enciende una alerta en nuestro ánimo, a lo que Carlos Augusto desnuda sin tapujos mientras ofrece una espléndida novela: “Hay que fomentar el espíritu crítico, pero desde el principio: ser consciente de qué se lee, qué se ve, qué se escucha, buscar diferentes puntos de vista, extraer tus propias conclusiones. Ahora lo que ocurre es que nadie quiere información, sólo que le cuenten lo que quiere oír, que le refuercen su ideología, pero hay algo aún más grave, ya que las nuevas tecnologías han cambiado el paradigma de cómo funciona la información. Antes era el ciudadano el que la buscaba, compraba el periódico y tal, ahora es al revés porque la información llega a través del móvil, filtrada por algoritmos, y es la que cada uno espera, la que le reafirma”.

 

   En un momento dado, El Ministerio de la Verdad lanza una pregunta desesperada que le devuelvo a su autor: “¿Por qué nos cautivan tanto las mentiras?”. Esta es su respuesta: “Las mentiras son más cómodas, cualquier idea que suponga un esfuerzo es rechazada y las mentiras son fáciles, resultan muy atractivas, te salvan de un montón de problemas, aunque sea momentáneamente, por eso se opta por ellas. Yo creo que muchas cosas que señalo en la novela la gente las sabe, pero no está dispuesta a prescindir de su vida más o menos cómoda para cambiarlas, las mentiras han ganado la batalla”. Esto enlaza con otro de los asuntos que vertebra su novela, el miedo, así leemos, por ejemplo, “El miedo es lo que nos hace progresar, superarnos. Miedo a perder el empleo, miedo a que nos deje nuestra pareja, miedo al futuro, miedo a una crisis, miedo a perder lo que tenemos. El miedo es lo que mueve el mundo”. Páginas más adelante se rubrica con “El miedo a perder nuestras ridículas posesiones materiales nos convierte en esclavos. El miedo es el mejor educador de todos los tiempos”. Sí, ese miedo que otorga el poder a quien lo controla, no hay más que mirar alrededor, asumir nuestra podríamos decir complicidad, lo que facilitamos el trabajo cuando, como también se dice en la novela, “hemos cambiado libertad por seguridad”, yo añado que por comodidad, algo que ya ha señalado antes Carlos y que ahora completa: “El miedo te hace caer en la mentira, la verdad es dura y hay miedo a aceptarla. También hay miedo a perder las pocas posesiones que tienes, a que la sociedad cambie, hay formas de expresarlo y todas se fomentan desde el Estado. Con esto tampoco quiero decir que estamos sometidos ni caer en teorías conspiranoicas, pero es así: es más fácil controlar y coartar las libertades individuales en aras de una mayor seguridad, se fomenta el miedo, es algo que lleva pasando desde hace mucho tiempo, se organizan ideologías en torno a ello, consiguiendo que la gente vote visceralmente no racionalmente”.

 

   A pesar de lo que pueda parecer, sin caer en fábulas, nihilismos ni blanqueamientos (ahora que tanto se lleva/denuncia, que tanto se da), hay un optimismo latente en El Ministerio de la Verdad, hay una cierta esperanza de que, aunque sea lentamente, la deriva pueda variar, de hecho, Carlos Augusto cree en ello, aunque es consciente de que aún falta para que se vean resultados, para conseguirlos hay que ser realistas, por más que eso suponga abanderar un pesimismo informado, utilizar un lenguaje que se corresponda con lo que está pasando: “Vivimos una ficción de democracia: el imperio de lo políticamente correcto es como una especie de teatro, una cosa es lo que decimos de cara a la opinión pública, una mentira absurda, otra cosa es la verdad profunda, pero permitimos que lo políticamente correcto nos constriña y el hartazgo de esta situación es la que saben aprovechar partidos como el primer Podemos o VOX. Es algo que también sucede en las redes sociales, se han transformado en un linchamiento constante, se imponen los ignorantes, no es una cuestión de elitismo, se ha forzado que las voces importantes e informadas se callen y hablen los que no saben”. Este ya es motivo más suficiente para leer con interés, ojos despejados, tomando conciencia de que lo que cada uno podamos hacer (aunque tantas veces nos neguemos nuestras capacidades), una novela que funciona como thriller, que perturba como distopía reconocible (o sea, no lo es tanto, volvemos a incidir en ello), que sacude como vigoroso reportaje de un osado y fantástico periodista/escritor.

 

CIUDAD DE APRETURAS Y ESTRUENDO

 



   El título del presente texto recoge parte de una de las varias y variadas definiciones de Bilbao que se hacen en Justicia, la -lo diremos desde ya- estupenda novela de Javier Díez Carmona publicada por Grijalbo el pasado junio, una novela absolutamente negra, no sólo por el género en que se inscribe, sino por el tratamiento dado a los escenarios, a la ciudad, a los lugares por donde transitan, procuran sobrevivir, se enriquecen a costa del sufrimiento, la desgracia y la ruina de otros o son asesinados sus personajes. No está de más recordar de nuevo que el noir tiene muchos matices, muchas particularidades, diferentes características que pueden aparecer o no en cada título en concreto sin dejar por eso de ser una muestra espléndida (y si se quiere decir así canónica) de lo que merece esa etiqueta sin titubeos, no hacen falta gánsteres, crímenes, detectives, ahí tenemos a Horace McCoy o a la en tantos sentidos fundacional Manhattan Transfer. Y uno encuentra muchos ecos de la narrativa de John Dos Passos en Justicia puesto que, como allí, la ciudad, Bilbao, influye decisivamente en la acción, late y siente como una persona, exhibe/esconde (según convenga) su alma, se erige como auténtica protagonista.

 

   Tuve el placer de conversar telefónicamente con Javier Díez Carmona hace cosa de dos semanas y, tras los prolegómenos (y las merecidas felicitaciones) de rigor, le señalé que una de las cosas que más me habían atrapado desde las primeras páginas era precisamente ese tratamiento dado al escenario, algo que imprime mucho carácter a lo que escribe y le confiere aquella particularidad que en su día me señaló la gran Claudia Piñeiro, es decir, un crimen no puede ser igual en Buenos Aires que en El Cairo, no debe, no si quiere ser verosímil, no si se pretende hablar de lo que pasa en una sociedad concreta: “Bilbao es el origen de la novela, lo quise así porque es la tercera que dirijo al público adulto y las anteriores las había ambientado en Nicaragua y Barcelona, respectivamente. Tenía, además, muy claro que quería que transcurriese aquí porque como escenario de novela negra es impresionante, lo tiene todo. Es cierto que el origen de la historia está en la crisis de 2008, pero empecé a escribirla porque, como digo, quería situar una novela negra en Bilbao, ciudad que, diga lo que diga el Ayuntamiento con sus campañas turísticas, es muy negra. Por eso amoldé la novela a los escenarios, algo que me fue fácil porque jugaba en casa, todo vino rodado”. La historia transcurre en los primeros días de noviembre de 2014 y cuando le pregunto por qué recibo una respuesta muy sincera y sencilla: “La empecé a escribir en agosto de 2014 y la terminé por en diciembre, es decir, está escrita en tiempo presente, pero lo de publicar ya es otra historia. El caso que podría haber cambiado la fecha, haberla situado en 2020, y, por desgracia, no hubiera pasado nada”. Así de realista, así de lapidaria, así de crónica del ahora es, otro punto fundamental para inscribirla con todos los honores en ese género que tantos utilizan (mal) para intentar vender más o que malean a su antojo aunque el resultado tenga poco o nada que ver con lo que puede considerarse (sin embustes ni sonrojos) novela negra.

 

   Estamos, no lo olvidemos, ante una historia de ficción que hunde sus raíces en lo más profundo de la actualidad (2014, 2021, más allá de lo notorio, ¿cuál es la diferencia?), que es más plausible de lo que nos gustaría (empezando por su autor), volvemos a lo que expuso Claudia Piñeiro y así Javier va desgranando cómo fue dando forma a Justicia: “Los escenarios me dieron los crímenes, sí, sobre todo los del principio, aunque no puedo dejar de reconocer que Bilbao es una ciudad bastante segura. Por ejemplo, el lugar donde aparece la primera víctima transmite una sensación de inseguridad, más aún a las seis de la mañana de un domingo, es algo que flota en el ambiente; resulta fácil imaginar, a mí me ha pasado, que te salga alguien con una navaja, las calles están muy vacías. Los crímenes están planificados siguiendo la geografía de la ciudad”. Lo dice en plural porque, obviamente, hay más de uno, de hecho, arranca con dos casi simultáneamente: “Los crímenes fueron saliendo, no había planificado la novela hasta ese extremo, sólo tenía pensados, precisamente, los dos primeros, los que suceden el mismo día, pero me dejé llevar. Conviene recordar que en 2014 se cumplían dos años de la desaparición de ETA, un momento en que se pensaba que había terminado todo aquello y entonces yo planto no sé cuántos muertos en una semana, incluyendo un coche bomba. Me interesaba plantear la desesperanza de la población temiendo que se volviese a lo de antes, por eso fue naciendo de ese modo y es así como ha quedado”.

 

   Bilbao, cada personaje la vive a su manera, la siente según lo que le pasa, según se siente tratado, según se mueve por ella (o la evita, de todo hay, por eso alguien la percibe como “una ciudad de apreturas y estruendo”); le digo que me gusta especialmente el momento en que uno de los personajes (Osmany, después nos detendremos en él) camina hacia “el Bilbao de siempre, el de las prisas y los rostros huérfanos de sonrisas”, definición que incluso me provoca un escalofrío porque la reconozco, la he visto: “Ese momento es una contraposición entre dos Bilbaos antagónicos que están tocándose, los separa la ría nada más, parece un foso que cambie dos ciudades: en la Pequeña África, como se la llama hoy en día, la calle San Francisco, Las Cortes, donde siempre ha estado la prostitución y la droga y ahora está la inmigración, te encuentras gente sentada en la calle, ruido, gritos, las mujeres sonriendo, hay quien está trapicheando, hay esa vida que en el otro lado se convierte en días de lluvia, del sirimiri tan presente en la novela, ir con prisas a trabajar, ir con prisas a la tienda, enfadarte si no llega el autobús, son dos Bilbaos radicalmente diferentes”. Y en esa ciudad, por supuesto, están sus habitantes, otro de los aciertos de la novela, su carácter coral, así se van mostrando las diversas caras del lugar, de sus gentes, así el lector se ve absorbido por una especie de colmena celiana (a menor escala, no se asusten, no necesitan papel y lápiz para identificar a todos los personajes que, además, están magníficamente caracterizados y elaborados aunque tengan una aparición episódica): “Tuve miedo pensando que eran demasiados personajes, ha sido un pequeño desafío, soy anárquico escribiendo: ni guion ni escaleta ni nada, voy tirando a ver hasta donde llego. Los personajes son fundamentales, son el alma de la historia, estoy intentando hacer algo vivo, por eso me ocupo de que tengan personalidad”. En esa escritura poliédrica destacan los dos capítulos narrados (en tercera persona, como toda la novela) desde el punto de vista de Sansón, un gato: “Tenía ganas de hacer algo así: la perspectiva de alguien que no participa en la acción pero está presente. Así salió Sansón, fue un reto hacerlo verosímil, transmitir la reunión a través de sus sensaciones”.

 

   A pesar de su magnífica coralidad, y dejando a un lado Bilbao, podríamos considerar que Justicia tiene un claro protagonista, un personaje que destaca por múltiples razones y que se gana el favor (y el corazón) del lecto, ese al que ya nombramos antes, es decir, Osmany: “Osmany se ha ido creando con la novela, no tenía pensado un personaje concreto, sí que fuese extranjero para mostrar ese Bilbao de grises y oscuros a través de los ojos de alguien recién llegado. Escogí que fuese latino para no complicar las cosas con el idioma y no limitarle en ese sentido; después, como he estado Cuba dos o tres veces, la conozco algo, pensé que me sería más sencillo que viniese de allá. Quería que tuviese una cierta edad, la mayoría de mis personajes son sexagenarios, por lo tanto, si es cubano y tiene esos años, tiene una biografía importante, eso me ha servido para hablar de gente como Camilo, su hijo, de los sueños de esa generación cubana que en tantos casos se reducen a querer salir de la isla y enfrentarlos a los de la gente que hizo la revolución que son todo lo contrario” (y aquí se comprueba de nuevo la total actualidad de lo que Javier escribió en 2014). Alrededor de Osmany, el autor crea un pequeño grupo de investigadores amateurs que intentan desentrañar lo que está sucediendo en Bilbao (aunque al cubano le importa más un crimen ocurrido antes de arrancar la novela, la razón por la que ha venido a la ciudad, el de su hijo), personajes espléndidos con los que a este lector que conoció a Miss Marple antes que a Poirot, que quería imitar a Los Tres Investigadores, le resulta facilísimo empatizar: “A la hora de escribir, que el protagonista sea un profesional que hace su trabajo es algo que no me motiva mucho. Era lógico que, con esa cantidad de muertos, apareciese la Ertzaintza, aunque el personaje en que me fijo no lleva el caso, lo que ocurre que es amigo íntimo de Arzamendi, pareja de la primera asesinada, que fue el personaje con el que empecé la novela. Junto a él coloqué a Osmany, que es testigo de ese crimen, y esa confrontación, esa colaboración empezó a dar frutos. Después llego Maruri, el más joven, contratado por el padre de una de las víctimas. Son muy diferentes, pero se dan cuenta de que trabajando juntos pueden llegar a algo, así lo asume Larralde, el único profesional y se integra en su dinámica”.

 

   En mi línea habitual, poco más voy a desvelar de la trama que lo esbozado en alguna de las respuestas o en mis digresiones, como siempre les invito a sumergirse en la vorágine, en dejarse arrastrar, en indicarles que no lean (aunque no haya spoilers) lo que se cuenta en una de las solapas del libro, a que hagan su propio camino, a que la novela vaya creciendo/se vaya construyendo ante sus ojos y la vivan en tiempo real, dejando sobrevolar esa palabra que ya desde el título plantea una cuestión muy espinosa: ¿A qué llamamos justicia? Javier Díez Carmona da total libertad a sus personajes para que encuentren la respuesta, algo que es muy de agradecer y valorar, por eso uno vibra durante la lectura, no se siente condicionado ni mucho menos adoctrinado: “El autor no debe nunca juzgar a sus personajes o señalar a ninguno como el bueno o el malo ni, mucho menos, dar lecciones de moralidad. Yo cuento la historia y que el lector llegue a sus propias conclusiones, que piense si haría lo mismo que el personaje o no, si haría más, si haría otra cosa, que él elija”. Mi consejo, si me lo permiten, es que escojan Justicia como lectura.