jueves, 19 de septiembre de 2019

¿QUÉ TIPO DE SANGRE CORRE POR TUS VENAS?




   Aunque es una frase hecha y hasta recurrente en el universo lector, confieso que es la primera vez que puedo decirla, nunca antes la había llevado a cado, cuando un libro me atrapa, me seduce, me hipnotiza, me secuestra, aprovecho cualquier segundo para avanzar en su lectura; no se trata, por cierto, de que la obra se venda como “trepidante” (adjetivo que de un tiempo a esta parte se cuestiona demasiado, tal vez por utilizarlo más de lo debido/incorrectamente o por no profundizar en lo que se quiere señalar -o no saber hacerlo debidamente- cuando se emplea), se trata de poseer un ritmo preciso, bien medido, el idóneo, uno marcado con metrónomo, ese que te lleva a pasar páginas casi sin sentir, una atmósfera envolvente que cuesta abandonar para atender otros asuntos, sensación que un servidor ha experimentado tanto con Virginia Woolf como con Agatha Christie, con Don Quijote de La Mancha como con Los renglones torcidos de Dios, con una novela de aventuras como con un relato íntimo, ya digo que, al menos en lo que a mí respecta, la velocidad lectora no viene marcada por el género (o no sólo, no específicamente) sino por el talento de quien escribe para interesarme en lo que viene a continuación, en la trama de la historia, algo que se logra en más ocasiones de las que se promociona y/o aplaude con prosa fluida y profusa, con riqueza expresiva, con capacidad para emocionar, con sabiduría literaria (ahí siguen imbatibles en tantos aspectos los grandes novelones del XIX), trepidante no tiene por qué ser sinónimo de frases cortas, diálogos picados, concisión expresiva (que se pone en valor cuando demasiadas veces deja a las claras las limitaciones de quien escribe). Lo que intentaba decir antes de enredarme en una de mis habituales digresiones es que nunca había ralentizado una lectura, es la primera vez en mi vida que me he resistido al impulso de seguir leyendo para dilatar el placer, he dosificado las páginas (y eso que pasan de las 700) con toda la prudencia de que he sido capaz, me he reprimido para no devorar (que es lo que me pedía el cuerpo) Los hijos de la Diosa Huracán de Daína Chaviano que Grijalbo publicó el pasado mes de abril, temía el momento de llegar al final porque anticipaba la inevitable desolación, la nostalgia que sabía me iba a invadir (tal y como sucedió) cuando lo cerrase definitivamente, lo muchísimo que iba a echar de menos vibrar tal y como añoraba aquel lector de Huckleberry Finn que, no reconociendo al autor en un viaje en tren y viéndole con un ejemplar entre las manos, envidió a Mark Twain por (pensó él) estar leyéndolo por primera vez, por estar descubriéndolo, por tener las emociones aún nacientes y prístinas.

   Han sido trece los años que Daína Chaviano ha estado trabajando en esta arrebatadora novela, aunque nadie lo diría obnubilado por una prosa fresca que parece fluir sin esfuerzo, imbuida del espíritu (en plural sería más preciso) de las fuerzas que mueven a los personajes de la novela (que es como decir a la vida misma, cuando la lean lo comprobarán), poseedora de incontables matices y colores, prosa que fusiona con pericia y respeto osado (no es un oxímoron, es el perfecto equilibrio entre dos extremos) varios géneros de los que toma estructuras, esquemas, modos de desarrollo (no los oculta ni pervierte como hacen algunos, tampoco se aprovecha de ellos para llamar la atención y al final dar gato por liebre), aunque imprimiéndoles y dotándolos de energía y voz propias. Gracias como tantas veces a los buenos oficios de mi Pepa Muñoz, los componentes habituales del grupo de lectura casi hicimos pleno en un ameno, muy amigable e interesantísimo encuentro con la autora durante su visita a Madrid el pasado junio coincidiendo con la Feria del Libro, momento mágico (no podía ser de otro modo viniendo de su mano) en que Daína tuvo la gentileza y la generosidad de compartir interioridades del proceso creativo, interesarse viva y sinceramente por nuestras impresiones durante la lectura, por el poso que esta nos había dejado, demostrar que el corazón que late en las páginas es indudablemente (y por motivos muy diferentes) el suyo, que está implicada emocionalmente con las peripecias de sus personajes, con lo que viven o pudieron vivir (en la novela se alternan dos planos temporales: uno transcurre en un futuro que la autora querría muy cercano -en seguida explicaremos por qué-, el otro arranca en 1509), sea imaginado/anhelado o esté inspirado por la Historia, cuya ocultación y/o manipulación supone uno de sus motores a la hora de escribir, dejemos que sea la propia autora la que lo cuente con su facilidad para narrar (y apasionar) mientras traza una espléndida autobiografía literaria, una magnífica introducción al mundo que ha alumbrado en su obra, coherente como pocas, producción que gira en torno a un eje: Cuba, su país (y sus gentes).

   Este libro es el resultado y la culminación de un proceso: después que salí de Cuba, empecé a escribir una serie de novelas a la que llamé “La Habana oculta”, quería mostrar la Cuba que no sale en los folletos turísticos, la que no enseñan en la escuela, aunque hablo de toda la isla la represento en La Habana porque es mi ciudad natal, ciudad en la que los mortales se cruzan con los fantasmas, ocurren cosas un tanto extrañas, es así cotidianamente. Me fijé en ello porque me interesaba ahondar en los orígenes del pueblo cubano, ¿cómo hemos llegado a la situación actual?, para poder entenderlo y encontrar respuestas tenía que irme a los primeros siglos, buscar mis propios orígenes. Esta exploración me llevó a escribir novelas como “Gata encerrada”, donde se toca el tema de la reencarnación, “Casa de juegos”, novela erótica y surrealista en la que se mezclan los dioses afrocubanos con los habaneros. Después llegó “El hombre, la hembra y el hambre”, que fue Premio Azorín en 1998, con la que iba al pasado colonial de la isla, novela en la que la protagonista tiene tres espíritus que la rondan: una esclava negra muerta tres siglos atrás, un mulato chino que fue dueño de un prostíbulo y un indio mudo que la advertía de ciertos peligros. Cuando empecé a trabajar en “La isla de los amores infinitos”, aunque soy muy de trabajar con esquemas, planificando, dejando un resquicio no demasiado grande a lo que surja, reapareció el fantasma del indio mudo cuando no entraba en mis planes; traté de quitarlo pero el personaje se me colaba, se impuso en esa escena en la que surgió y luego dos o tres veces más, esa irrupción se me quedó en la cabeza, pensé que debía significar algo. Leyendo documentos del pasado colonial, remontándome incluso hasta el XVI, a la llegada de los españoles, fui encontrando episodios que no me concordaban con lo que me habían enseñado en la escuela, seguí investigando, incluso releí los diarios de Colón pero lo hice con otra mirada, leyendo entre líneas, descubriendo cosas que no había visto antes, por eso me decidí a explorar el pasado indígena de Cuba, una época que nos han enseñado poco y mal, tratando de redescubrir, por decirlo de algún modo, aquella época, esa fue la semilla de esta novela”. Novela que, sin embargo, arranca en algún momento de un futuro que, como se ha dicho, la autora querría fuese muy cercano (“aunque no me engaño, pero lo he escrito a ver si así ayudo a que se cumpla ese deseo de tantos”), un futuro en que están a punto de celebrarse elecciones en Cuba y todos los partidos tratan de inclinar la balanza a su favor utilizando cualquier ardid, una trama de espionaje/thriller en que muchos quieren impedir que se dé a conocer el contenido de un texto del siglo XVI, un manuscrito encontrado en una tumba indígena cerca de La Habana, la voz de una mujer que pone en cuestión con su testimonio gran parte de lo que se ha sancionado y difundido como historia oficial.

   Los hijos de la Diosa Huracán consigue mantener la atención del lector en todo momento, ninguna página resulta prescindible, las escenas que podrían considerarse de transición también tienen un porqué, Daína no deja ningún cabo suelto, arma un conjunto armónico en el que nada chirría, gracias en gran medida a su habilidad para transmitir la inevitable parte mágica con la naturalidad y sencillez con que se vive en Cuba (al modo en que sucede en México o, no hace falta irse tan lejos, en Galicia), elemento que podría pensarse ajeno a una novela que desea pisar tierra firme pero que, precisamente por ello, no se puede obviar a la hora de reflejar la idiosincrasia cubana, algo ancestral de que aún quedan muchos resabios (y realidades): “Me gusta trabajar en base a desafíos, en cada novela hago algo que nunca haya intentado antes, por eso en esta incorporé el thriller, pero sin repetir lo ya hecho, quería usar las herramientas clásicas creando mi propia versión. El caso es que hice lo peor del mundo porque el elemento racional y lógico es la base del género y yo introduje un elemento sobrenatural, pero no quería romper la lógica ni engañar al lector, quería jugar limpio y ser creíble, que las voces, el otro mundo, que lo mitológico se fundiese de manera natural con el mundo de los mortales, esta convivencia se daba en los pueblos indígenas cubanos, es algo común a muchas culturas antiguas, por eso incorporé esa visión a la parte del thriller: Alicia, la protagonista, oye voces, es real lo que le sucede, el lector está advertido desde el principio”. El nexo de unión entre las dos líneas temporales que conviven en la novela no es propiamente argumental, encajan por aspectos como el descrito por la autora, hay una ligazón muy profunda entre ambas que motiva y consigue que, aun contando historias ciertamente diferentes, se lean como una sola, no se interrumpan ni estorben, que cada vez que pasamos de una a otra queramos seguir con la que estamos, es decir, igualmente enganchados a los sucesos del presente/futuro (no es por hacer un guiño a los X-Men, lo que es futuro para nosotros es el presente de los personajes) como a los del pasado.

   En su afán por cuestionar aquello que (al menos en gran parte) se ha demostrado falseado y manipulado, cuando no directamente inventado por más que se imparta en los centros educativos (ejem) como Historia (con mayúscula, que así nos hacían escribir las asignaturas durante la EGB), Daína no tiene reparos en hablar alto y claro sobre la tan traída y llevada leyenda negra española (a la que cuadran a la perfección en un altísimo porcentaje los adjetivos utilizados anteriormente -y algunos sinónimos o similares-): “Es mentira que los españoles exterminasen a los indígenas en Cuba, los documentos lo prueban: la Corona otorgó la libertad a los esclavos muy pronto y los indígenas se incorporaron a la población, esa parte de la Historia es la que yo quería contar. Claro que hubo matanzas, algunos episodios de la llamada leyenda negra ocurrieron, pero no fue todo así de radical, hubo muchos grises. No digamos ya de esa demagogia política que exige pedir perdón a gente que no tuvo nada que ver en lo que sucedió hace varios siglos o, en todo caso, nos remontamos al principio y ya se verá que todo el mundo tiene que pedir perdón por algo, que no lo llamen justicia que todos deben responder de algo”. Ella busca lo contrario, habla de encuentro, de colaboración, de unión, por eso incorpora muchos detalles auténticos para permitirse fabular sólo en parte, destacando siempre la conexión, la fusión entre unos y otros: “Quería crear un vínculo muy especial entre los indígenas y algunos de los primeros españoles que llegaron a la isla; por eso, y porque siempre me ha fascinado, incorporé la masonería, sus rituales, los muchos secretos que fui buscando como una hormiga aquí y allá, rastreando para que, aunque inventase muchas cosas, el más mínimo detalle de la novela estuviese tomado de algo real. No hay nada maligno ni conspirativo en la masonería, la que llamo Hermandad la inventé a partir de ahí y necesitaba esa unión entre unos y otros, la misma razón por la que incorporé el silbo gomero, tan importante para la comunicación sólo entre quienes lo conocen”.

   Los trece años de trabajo han dado como fruto una novela vibrante, sobre todo por lo que transmite, por el modo en que la autora ha sabido inyectar emoción y verdad en cada palabra, latiendo y haciendo latir, moviendo la sangre en nuestras venas, esa que se dice siempre llama y cuyo discurrir se percibe claramente a lo largo y ancho de Los Hijos de la Diosa Huracán, bien se ha preocupado Daína Chaviano por llegar hasta sus propios orígenes, por comprender por qué le interesaban tanto: “Es curioso porque ya en mi primera novela, que por cierto se publicó por fin en España no hace mucho [se refiere a Fábulas de una abuela extraterrestre], hablé de la memoria genética, algo en lo que yo siempre he creído: niños que sienten atraídos por cosas de sus bisabuelos a los que no conocieron, creo que todo, la profesión por ejemplo, queda grabado en los genes, eso se hereda. Yo misma he tenido ciertas atracciones, que podría llamar fatales, jajaja, hacia determinados temas: por ejemplo, la mitología grecorromana, también la celta desde que era niña, mucho antes de saber que mi bisabuelo era asturiano y acabo de enterarme de que tengo genes irlandeses, escoceses, galeses, toda esa zona, me hice la prueba de ADN en la web de GEDmatch y para mi fascinación he descubierto que tengo genes indígenas, también griegos y del norte de África, o sea, mi memoria genética me condujo a ciertos temas mucho antes que yo”. Pero eso no nos permite anticipar por dónde la conducirán sus próximos pasos literarios: “No tienen ni idea de la documentación que he manejado y no he utilizado, pero ya les dije que me gusta hacer algo diferente cada vez: el caso es que tengo el compromiso de entregar una novela en dos o tres años, ahora no me dejan demorarme más. Puedo anticipar que voy a escribir una novela histórica, no centrada en Cuba, aunque aún no sé si me pegaré mucho a la Historia o no. Eso sí, me he enamorado del mundo que he explorado en esta novela, sé que volveré a él”. Los lectores ya nos hemos quedado entre sus páginas para siempre.

sábado, 14 de septiembre de 2019

QUIÉNES SOMOS (Y QUÉ HACEMOS) EN (Y CON) INSTAGRAM





   De un modo u otro, siempre estamos mirando hacia el futuro, se diría que es lo conveniente (y lo dice uno de los innumerables miembros del club de los poetas muertos desde su digamos inauguración, la vimos apenas una semana después de su estreno e hicimos nuestro el revitalizante y estimulante carpe diem que el profesor -maestro- Keating inyectaba a sus alumnos en mente y corazón), el caso es que lo hacemos mucho más de lo que pudiera creerse, tal vez sin ser conscientes de ello la mayoría de las veces, puesto que nos llega a través de la ficción (o de la que consumimos como/queremos tomar por tal). De un tiempo a esta parte, dicho sea sin ánimo jocoso ni despectivo, se diría que, al igual que de otros géneros/subgéneros, se está creando (si es que no la hay ya) una burbuja distópica, es decir, se da una sobreabundancia de productos audiovisuales y literarios que alertan de/imaginan (casi siempre lo peor, aquí si me permito la ironía de señalar que ponerse en ello, viendo lo que se ve día a día, es de lo más realista) el apocalipsis que se avecina, que tenemos muy cerca, en el que ya estamos inmersos, no hace falta irse a un futuro muy lejano, ahí tenemos Years and Years (ojalá fabulase más, por desgracia es lapidariamente cercana), El cuento de la criada (se publicó en 1985 pero no ha perdido pertinencia -todo lo contrario-, así lo demuestran una adaptación televisiva transformada en fenómeno social y el hecho de que Margaret Atwood haya regresado con Las confesiones, recientemente publicada en castellano, a su ficticia -o no tanto- Gilead) y hasta si me apuran la incesante búsqueda del lado oscuro de los superhéroes, sus conflictos éticos, sus intimidades fieramente humanas, salvar el mundo de la destrucción supone un desgaste emocional y personal, incluso el descrédito, la ingratitud de los salvados, sentimientos negativos que no compensan (si llegan, que esa es otra) los honores y logros alcanzados, aunque sólo sea la satisfacción por un trabajo bien hecho. Ya somos varias las generaciones que hemos crecido leyendo a Julio Verne, asombrándonos ante los inventos y avances científicos que predijo, pasmándonos ante otros que resultan plausibles, viviendo como futuribles historias cuya acción se sitúa (muy preciso siempre con las fechas el autor francés) en el siglo XIX, a mediados de los 70 el año 1999 parecía muy lejano (y se decía erróneamente -y se sigue diciendo- que marcaba el final de un siglo y un milenio) y lo imaginábamos (bueno, lo hicieron otros por nosotros) de lo más sofisticado tecnológicamente hablando (o lo que en aquel entonces nos parecía como tal), repetíamos mil veces la frase de inicio de la película (y de las que fueron llegando) pero obviábamos lo de “hace mucho tiempo” para pensar que en el futuro portaríamos espadas láser, la franquicia en torno a Érase una vez… el hombre empezaba a ampliarse tras la serie madre con Érase una vez… el espacio, no nos olvidemos de La fuga de Logan, Galáctica, El planeta de los simios o Star Trek (en cine y en televisión), eso por abandonar aquí la enumeración para no desviarnos más de lo hecho del verdadero objeto/objetivo de este texto.

   Más allá de amenazas de cualquier tipo, científicos con ansias de ser los amos del mundo, seres venidos de otros planetas (o hallados al llegar a ellos), máquinas que se rebelaban y cobraban (más) vida propia, el caso es que el futuro, centrándonos en ese aspecto, se nos antojaba cómodo porque las puertas se abrirían solas (o a nuestra orden/indicación), los ordenadores nos suministrarían toda la información necesaria para actuar/sobrevivir/conocer, podríamos teletransportarnos en cuestión de segundos (y hasta menos) a cualquier lugar por lejano que estuviese, infinidad de innovaciones e inventos que nos harían la vida más sencilla, el hecho de que apareciese algún personaje que los utilizara de modo pernicioso o en su único provecho lo tomábamos como algo necesario para que la acción de la película/serie/novela tuviera lugar más que como advertencia de algo que viene ocurriendo desde que el mundo es mundo y que, de alguna manera, propició la creación de los Premios Nobel (aquel que les dio su apellido y los instituyó en su testamento no quería ser recordado como “el mercader de la muerte”, así le habían llamado en un obituario publicado por error -era su hermano el fallecido- ocho años antes de su muerte). Y eso es lo que sucede con las redes sociales, más allá de lo mucho o poco que nos gusten, que son dañinas, nocivas, tóxicas, peligrosas, todo lo que ustedes quieran (y un servidor suscribe, de hecho he tardado en entrar en ellas, las he profesionalizado todo lo que he podido y he reducido casi al mínimo mis comentarios sobre otros asuntos, en concreto apenas tengo actividad en Twitter -es un estercolero, yo mismo suelto bilis, es preferible mantenerse al margen- más allá de lo que comparto desde Instagram), sí, pueden buscar adjetivos negativos y casi todos parecen cuadrar, pero tendemos a olvidar/silenciar que somos nosotros los que aportamos el contenido (los que lo somos) de las redes sociales, más allá de las inasibles, etéreas y permisivas normas comunitarias de estos lugares (excepto a la hora de censurar arte, hechos naturales, amor) por las que se cuelan apologías, delitos, infamias, acosos de todo tipo y (mala) condición, somos los usuarios los que transformamos un lugar de comunicación, entretenimiento, ocio e información (hablando en general, que esa es otra, y tanto vale para los que “ejercen” la profesión por/desde esa vía como por los que le dan tal carta de naturaleza al usarla como fuente fidedigna -lo del llamado “periodismo ciudadano”, al que pongo comillas, sobre todo a la primera palabra, con toda la intención, lo dejo para otro día, aunque ya le he dado en el lomo en otras oportunidades-), somos nosotros (sálvese el que pueda) quienes minamos de mil maneras diferentes el camino/la convivencia, también en las redes sociales.

   Berta Bernad fue pionera en Instagram, de hecho lo fue también (y antes) como bloguera, supo aprovechar lo que estas herramientas le ofrecían para crecer en su trabajo y difundirlo, la revista Vogue afirmó que “su estilo ecofriendly ha creado escuela”, fue premiada como comunicadora digital e influencer, llegó a tener más de 100.000 seguidores (cuando no se compraban ni falseaban), el caso es que un día decidió que hasta aquí había llegado y canceló su cuenta de un día para otro. Los motivos, los porqués, los razonamientos, lo que pasó y lo que vino le han servido como inspiración para su primera novela, Mi nombre es Greta Godoy, publicada por Planeta el pasado mes de abril, parte/eje de un proyecto que incluye música y vídeos, diferentes disciplinas artísticas que se pueden conocer a través de la cuenta de Instagram @greta_godoy (la autora no quiere volver a las redes, lo tiene muy meditado, pero comprende que su criatura lo necesita, que es la mejor plataforma posible, advierte de sus peligros pero no reniega de sus ventajas, es positivo para su personaje/alter ego, no para ella, no es incoherente en absoluto, basta con leerla y escucharla para percibirlo). Berta Bernad tuvo la gentileza de abrir su casa a algunos blogueros o similares (me cuesta utilizar los términos en inglés, ya lo saben, y aún más atribuírmelos, por ello agradezco doblemente la invitación y la oportunidad, sé lo que en mi caso valoran y me siento honrado y recompensado), gente con mucha presencia/actividad en redes y muchos seguidores como mi Pepa Muñoz, nos recibió una calurosísima tarde de finales de junio, nos acogió, nos refrescó, nos presentó/anticipó canciones e imágenes nacidas tomando su novela como inspiración, como motor, diferentes piezas de un universo que puede conocerse en el orden/modo que se quiera, es decir, si ahora mismo les apetece (y tienen cuenta en Instagram) pueden buscar el perfil mencionado más arriba, se mostró sin disfraces ni artificios, una de las máximas razones por las que optó por abandonar la red que la había hecho muy popular y, sobre todo, le había proporcionado un medio de vida: “En Instagram existen clichés fotográficos, estándares que no inspiran, se aspira a la instantánea más que a la vida que, en realidad, es falsa”. Conviene decir ahora (o recalcar, porque ya se ha insinuado antes) que Berta Bernad no mantiene ninguna cruzada contra las redes sociales (de hecho, sigue trabajando en/para ellas a través de su agencia de generación de contenidos), sólo se muestra como el mejor ejemplo de lo perjudiciales que llegan a ser cuando consentimos que dirijan nuestra vida o la que queremos presentar frente a los demás, asunto capital de la novela, tela de araña de la que resulta complicado despegarse, círculo vicioso que genera sin parar ondas concéntricas, falsedad bien ensayada que diría La Lupe, anhelos sublimados transformados en instantáneas, patrocinados, subvencionados, preparados, idealizados y ofrecidos como si fuesen verdaderos, como si esa fue la cotidianeidad de los fotografiados, resumida en frases hechas/huecas plagiadas de ocho mil manuales que hicieron lo propio con enseñanzas filosóficas o espirituales y hasta con fábulas de Esopo, palabras placebo que provocan el efecto contrario (o buscado por los expertos en marketing) y generan ansiedad, envidia, tristeza, incluso odio a uno mismo por no ser capaz de conseguir aquello que diríase está al alcance de la mano de cualquiera, deseos inoculados como perentorios, exhibicionismo sin límites (o exposición sin control, lo que es aún peor): “Salí de Instagram porque me superó lo de estar en todos los sitios, en todos los titulares, tener que estar pendiente a todas horas, competir aunque no quisiera”.

   Mi nombre es Greta Godoy no es un manual, tampoco una autobiografía, Berta lo deja muy claro al explicar cómo fue dando forma a la novela: “Yo había escrito un libro de no ficción con toques de humor a partir de mi experiencia, los capítulos se titulaban “Cómo sobrevivir a Instagram” o “Mama, quiero ser influencer”, pero conocí a quien ahora es mi agente y me sugirió que lo pasase a novela, que me buscase un apoyo literario, que me distanciase un tanto de lo que escribía, así nació Greta”. Y como tal puede leerse, es decir, el mensaje, la moraleja, la experiencia personal de la autora está latente en el libro pero no entorpece la historia, da igual qué rostro pongamos a la protagonista, las peripecias profesionales y sentimentales de Greta se sustentan por sí mismas, habrá quien las lea como una historia contemporánea con momentos románticos, otros de humor, también de desesperación, el tono y las emociones van cambiando como sucede en la vida (en la de verdad, no en la fotografiada -y retocada-), el caso es que la novela acepta que cada lector profundice hasta donde quiera puesto que Berta no pretende imponer nada, sólo ofrece su experiencia por si a alguien le es útil: “Me consta que ha habido mucha gente que, tras varios años usando Instagram, ha encontrado mucho consuelo en esta historia y me alegra poder hablar de este tema de las redes sociales, la gran enfermedad del siglo XXI. Bueno, siempre aclaro que me refiero a su mal uso, por supuesto. El otro día escuché que alguien decía que se ayuda más a tomar una decisión insinuándola que imponiéndola y es lo que hago con esta novela a través de un personaje inventado sólo en parte”. No oculta su discurso, no lo camufla, está a la vista, pero como testimonio, para que alguien escarmiente en cabeza ajena y no se despeñe por la misma pendiente que autora/personaje, para que las reglas del juego empiecen a cambiar, para que Instagram mantenga sus virtudes: “Es una herramienta muy útil, pero hay que saber utilizarla porque, si no es así, condiciona cómo actúas, cómo reflejas tu vida, qué cuentas y en qué manera. Ahora mismo, se ha convertido en una paradoja de la vida, todo está magnificado, intensificado, hay que saber desconectar y no tomárselo todo de manera literal, no crearnos necesidades ficticias”. Alejada de cualquier tono didáctico, Mi nombre es Greta Godoy ayuda a separar la paja del trigo y, tal vez a su pesar, a que queramos contribuir a conseguir un Instagram más humano, auténtico y variado (un servidor, por ejemplo, hace textos larguísimos, es inevitable, la imagen es en muchas ocasiones la excusa para compartir opiniones/reflexiones con los demás, no creo que sea una batalla perdida, llegará el día en que los likes vendrán por ese motivo y no por haber escogido una fotografía de Aidan Turner, como sucedió ayer -el resto, si lo desean, búsquenlo en mi perfil de Instagram-).