miércoles, 22 de mayo de 2019

CUANDO LA MUERTE NO TIENE A BIEN DETENERSE





   Por más que intentemos huir de ellas, las comparaciones (al margen de odiosas, injustas, innecesarias -y algún otro adjetivo que ustedes quieran añadir- o todo ello mezclado) son inevitables, especialmente cuando se trata de recomendar/explicar en pocas palabras la obra de alguien que aún no es conocido (o no al menos mayoritariamente) o debuta en las lides de que se trate y lo más fácil es buscar un referente que permita que aquel que nos escucha/lee se haga rápidamente una imagen mental de lo que queremos señalar y/o de por dónde van los tiros (puede no ser lo mismo: depende no tanto de nuestros gustos como del conocimiento que tengamos en la materia, por ahí pueden encontrar de nuevo a esa absurda que pulula por Twitter -es su única red social, alardea de ello, se conforma con 280 caracteres aunque a veces abre hilos o complementa y desbarra sin freno en textos llenos de inexactitudes, errores clamorosos, ignorancia total- que de un tiempo a esta parte, como ha leído una novela, la utiliza constantemente como baremo/espejo, da igual si viene al caso o no, de ese modo -cree- da el pego). Si nos adentramos en la publicidad, podemos afirmar que, en líneas generales, las comparaciones están a la orden del día, se diría que son algo congénito y básico, que están en su base (de hecho, el que fuese archipopular eslogan que animaba a ello -“busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”- tiene múltiples precedentes, no hay más que echar un ojo por las maravillosas publicaciones periódicas de principios del siglo XX), no hay necesidad de citar directamente aquello que puede insinuarse con fórmulas como “las otras marcas” o mediante asociaciones de ideas/conceptos (a veces igual de peregrinos que los de la tal mencionada antes, todo hay que decirlo) al modo de “si te gustó lo que sea no puedes perderte lo que llega”, arma de doble filo que puede generar el efecto contrario al buscado en aquel que no guste de/no conozca/no siga aquello bajo cuyos auspicios se pone el nuevo producto o, todo lo contrario, lo adore/admire/idolatre y esté cansado -o se mantenga alejado- de lo que parece presentarse como una vulgar (y repetitiva) imitación. Y aunque uno comprende y conoce esos resortes (no en vano fueron muchos los años de radio a la vieja usanza con la publicidad integrada en los contenidos del programa, haciéndola en directo), aunque en muchos casos no tienen ninguna intención alevosa, no dejan de parecerme (quedémonos en el mundo de la comunicación) ruido, algo prescindible en el sentido de que quiero hacerme mi propia idea y, sobre todo, no acometer (en este caso) la lectura condicionado de un modo u otro, incluso sin ser verdaderamente consciente de ello.

   Toda esta parrafada viene al caso (o no, ya me conocen) porque prácticamente lo primero que encontré (y no me resulta extraño porque, repito, todos lo hacemos en mayor o medida, es práctica habitual entre los aficionados, seguidores, fans de algo o alguien) sobre El Cuarto Mono de J. D. Barker fueron referencias muy directas, comparaciones claras con el silencio de los corderos, frases de medios de comunicación y/o críticas en que se la señalaba como relevo del título que, sin duda, revolucionó el género (en toda su amplitud y variantes posibles) en los primeros años 90 del siglo pasado, algo que activó todas mis alarmas en dos sentidos (y ninguno positivo): por un lado, temí estar ante el enésimo intento de igualar lo conseguido por una de las películas que no he dejado de adorar desde el primer visionado (cuando apenas sabía algo de ella: septiembre de 1991), encontrarme con un sucedáneo, con un plagio descarado, con un remedo carente de todo sentido y recato como por desgracia tanto abunda (y no sólo en la novela negra/policiaca/de terror); por otro, e imagino que más de uno de ustedes se ha dado de ese detalle, porque, como acabo de decir, lo que un servidor venera más allá de cualquier límite (ya saben cómo soy cuando me pongo en ese plan) es la versión cinematográfica, esa joya absoluta que debemos a la conjunción de los talentos de Jonathan Demme, Anthony Hopkins, Jodie Foster, Scott Glenn, Ted Levine, Howard Shore, Craig McKay, todos los involucrados en el filme, permítanme que destaque a Ted Tally en el guion, porque la solidez de éste es la base firme sobre la que asienta esta obra maestra que, se sigue demostrando/comprobando casi cada día, continúa siendo irrepetible e inimitable. No se puede negar a Thomas Harris, es de justicia, el mérito de haber creado una personalidad arrolladora, impactante, legendaria, un personaje que, literalmente, se sale de las páginas de sus un tanto infames novelas, más atentas a provocar repulsión con truquitos tremendistas y/o efectistas que a graduar la tensión o destilar suspense, con trampas enfáticas y/o giros injustificados o nada desarrollados más allá del simple bandazo, carentes de atmósfera, poseedor de una prosa plana más allá del recurso a truculencias varias que devienen en guiñolescas (recuérdese la traición cometida con quien ya era un icono destinado a perdurar, la espantosa Hannibal con la que Ridley Scott no pudo hacer nada -más que consentir que Hopkins se parodiase hasta el ridículo, algo que, las cosas como son, ya estaba en el original y que Julianne Moore estuviese más perdida que Nemo-), pero Lecter (y todo lo que conlleva) no sería el que/lo que es de no haber llegado a los cines El silencio de los corderos (la mejor prueba de ello es que, por más que después hayan querido convertirla en película de culto, el sobrevalorado Michael Mann adaptó la primera novela en que aparecía el psiquiatra caníbal -El dragón rojo- y la cosa pasó con bastante pena y escasa gloria -con todo merecimiento, hay que decir-). Por lo tanto, como ven, lo mirase por donde lo mirase, tenía muchas razones para mirar de lado -y hasta desdeñándolas- todas aquellas frases que emparentaban una cosa con la otra.

   Debo aclarar que no fue eso lo que me mantuvo alejado de la lectura de El Cuarto Mono cuando fue novedad en las librerías españolas, sino la apretada y nutrida agenda de posibilidades que uno maneja, pero el caso es que hace unas semanas surgió (a través de mi Pepa Muñoz) la posibilidad de asistir a un encuentro vía Skype con su autor, coincidiendo con el lanzamiento en nuestro país del segundo título de lo que ya se anuncia como una trilogía, y queriendo ponerme al día hice una batida por Internet antes de agenciarme un ejemplar del primer volumen que, precisamente, se aparecía en formato de bolsillo ese mismo día. Me habían hablado muy bien de J. D. Barker y, más allá de las referencias a la película de Demme (es a ella a la que todo el mundo se remite, no a la novela de Harris), lo que encontraba firmado por personas cuyo criterio me merece confianza era positivo, así que no dudé en ponerme a la tarea y dejar a un lado la prevención (que, aunque sólo fuese por prurito profesional, había que arrinconar para poder participar en la futura conversación con conocimiento de causa), aunque debo confesar que la desterré en las primeras páginas porque no es que Barker me atrapase, es que me envolvió, me aceleró, me hizo pasar páginas a una velocidad que creía haber dejado muy atrás, aquella con la que me bebía los libros durante los veranos de mi adolescencia, leí El Cuarto Mono en absoluto estado de shock, disfrutando como hacía muchísimo tiempo que no lo hacía (y eso que, los leales lo saben, por aquí se asoman sólo las lecturas que me arrebatan -bien es cierto que se me nota a la legua la predilección por algunas- o, cuando menos, me satisfacen y, gracias sean dadas a quien corresponda, se publica mucho interesante -y demasiado prescindible que quita tiempo y espacio a lo que uno querría leer, sirva como ejemplo esto que ahora estoy contando-), llegando al final sin aliento y cerrando el volumen con regocijo y rendida admiración. Aunque, ya lo señalé antes, yo mismo he recurrido a algunas comparaciones, he citado títulos y/o autores en mi absoluta recomendación personal a gente de mi entorno, lo primero que me nació (aunque se llevaba fraguando desde que fui abducido por la novela) fue decir que Barker no necesita que le pongan etiquetas porque él ya es una en sí mismo, lo que ha conseguido dentro de un género (o subgénero, el de los asesinos en serie) que se ha ido plagando (y abusando, incluso grandes nombres se han convertido en sus rehenes) de tics, manierismos, argumentos trillados, abracadabras previsibles, parecidos excesivos, robos a mano armada (por no decir plagios), lo que Barker ha demostrado (tal vez sea más precioso decir que lo viene/está haciendo, la trilogía está en marcha) es que todavía es posible sorprender/innovar sin pretenderlo (o sin ponerlo por delante/encima de la historia, engañando con habilidad al lector sin preocuparse de epatar sino de que, digámoslo así aunque no lo sea en absoluto, el truco resulte brillante y coherente, que la solución fluya con enorme naturalidad y no sea fagocitada por el proceso, por cómo lo hace, por el notorio regodeo del autor) sin renunciar a convenciones/universales que el público espera/demanda de una forma u otra, logrando una mezcla altamente explosiva (tanto que no lo parece, no se le notan las junturas) entre ortodoxia (o clasicismo, si se prefiere, en el sentido ya indicado) y novedad, una voz muy personal a la que, obviamente, queremos seguir leyendo (pero no sólo por cerrar este ciclo, sino por lo que venga -de hecho, ha terminado una obra en colaboración con James Paterson que verá la luz este mismo año, al menos en EEUU-).

   Tras un prólogo que, como tantas veces, parecerá largo a más de uno (e incluso a mí mismo, pero ya saben que me gusta pormenorizar lo que he vivido antes, durante y después de la lectura, lo que me ha despertado la misma o, como en este caso, cómo la he afrontado, son, repito, memorias/emociones de un lector), entra en escena el personaje principal que, en carambola que no deja de ser una mala imitación de lo que él haría, no es el autor (aunque también) sino el libro que propició la amena y reveladora conversación con J. D. Barker (a través de Skype pero con enorme fluidez, gracias fundamentalmente al magnífico trabajo de la intérprete -que el propio escritor aplaudió-), el que Destino ha publicado recientemente en España (como ya hiciera con el anterior) con traducción de Julio Hermoso: La quinta víctima. Es imprescindible haber leído El Cuarto Mono para entrar en el título que le continúa como merece, conociendo, temiendo, intuyendo, captando los guiños, recolocando piezas, armando el edificio de acuerdo a lo pautado por el autor, asombrándose ante su jugada maestra porque nos entrega una pieza central que amplía horizontes y se erige en tal con todos los honores, no repite fórmula/esquema (más allá de la estructura temporal, detallando casi los minutos), no defrauda sino que va a más, es un segundo título forjado con contundencia y precisión, no es (como tantas veces sucede, por desgracia -o por estirar el chicle, que de todo hay-) un mero capítulo intermedio sino un nudo desasosegante e imprescindible para que los personajes y la trama evolucionen como deben y se expandan hasta hacer lógica (y necesaria) una tercera parte (actúa de la misma manera que, por ejemplo, lo hace Las dos torres, el mejor volumen de los tres que conforman El señor de los anillos -no en vano Peter Jackson, con gran perspicacia y para no desequilibrar el conjunto, retrasó hasta la tercera película algunos sucesos-, lo mismo puede decirse de esa belleza debida a Torrente Ballester y que es Donde da la vuelta al aire -ya sólo el título es una maravilla-, núcleo de Los gozos y las sombras). Haré hincapié en que es imprescindible conocer el primer tomo para, así, volver a incidir en que no estamos ante una continuación forzada/forzosa por el éxito de aquel sino ante una obra compacta repartida en tres libros: “De haberlo querido, podría haber escrito diez libros más sobre esta historia; dicho lo cual, el caso es que sabía desde el principio que en un libro no podría contarlo todo y, así, fui diseminando en el primero detalles que podía recuperar y ampliar en el segundo y lo mismo he hecho ahora de cara al tercero, incluso las dedicatorias dan pistas y anticipan algunas cosas. Siempre y cuando tenga clara la idea general, cuál es el principio, el núcleo y el final, puedo jugar con todo lo demás y van apareciendo muchos detalles que hacen el proceso de escritura muy divertido”.

   Debe pasárselo muy bien escribiendo, se nota en el ritmo, en la fluidez, en el rompecabezas planteado, pero también porque, siguiendo las indicaciones de un auténtico maestro, juega a ser el primer sorprendido: “No tengo un término para describir mi trabajo, el caso es que voy inventándome la historia a medida que escribo, nunca sé cómo va a terminar, es algo que aprendí de Stephen King que me dijo que si yo no lo sabía tampoco los lectores podrían imaginarlo. Por lo tanto, me limito a crear los personajes, a dejarlos en la atmósfera, en el lugar que he escogido para ellos y les permito apropiarse de todo ello. Plantearme retos complica la escritura pero al mismo tiempo es estimulante, a veces el subconsciente va por delante o sugiere detalles que terminan por encontrar su lugar o tener un significado: a veces me veo como en una esquina de una habitación frente a los problemas planteados a los que debo dar solución y encontrar salida”. Y lo consigue con tan pasmosa naturalidad que cuesta creer que algunas cosas no las concretó hasta que las escribió, sabía a dónde quería llegar, como ha dicho, pero no tenía previstas todas las paradas, qué significaban todas las pistas, por qué aparecían en determinado momento, sin duda ese tener que resolver el misterio él primero contribuye a que, a pesar de los muchos meandros y vericuetos, el lector se enrede en sí mismo, en los enigmas, en la asfixia, en la claustrofobia, en cómo el autor estrecha el cerco, pero nunca se sienta perdido ni confundido más allá de lo necesario para seguir leyendo, sólo como parte ineludible para que el inexorable mecanismo de relojería (nunca mejor dicho puesto que la hora a la que cada hecho sucede es básica) funcione con rigor, el mismo que Barker ha aplicado a su escritura, a la estructura, a los detalles, a los tiempos (y el tempo), a que todo resulte plausible: “Empleo mucho tiempo en ser preciso con todos los detalles, especialmente con los referentes al día, la hora, incluso el año, el tiempo que lleva llegar de un punto a otro; del mismo modo, al escoger Chicago como escenario principal, he procurado que todas las ubicaciones existan, porque si no me llegarían mil correos de lectores diciendo que tal buzón no está allí o que esa tienda no está al lado de aquel edificio”. Verosimilitud extensiva a las personalidades que crea, tanto las que amplía y enriquece en La quinta víctima como las que aparecen por primera vez, tanto en lo relativo a los investigadores como a las víctimas y a los demás (mejor no calificar para no revelar más de lo debido), algo que se demuestra no sólo en cómo alterna las diferentes pesquisas, las acciones, cómo cambia de escenario cada pocas páginas (“Ir cambiando el punto de vista de un personaje a otro lo hace todo mucho más interesante y, además, es mucho más realista hacerlo así: las investigaciones se llevan en paralelo, en varias direcciones, cada investigador aporta su visión y tiene destrezas diferentes”), sino los rasgos de humor que se permite, en la verdad que esos momentos destilan, en lo perfectamente que encajan con lo demás (“He pasado mucho tiempo con policías y me he dado cuenta de que sólo los que tienen sentido del humor pueden estar veinte o treinta años en ese trabajo, porque es lo que les permite distanciarse lo necesario de los horrores a los que se enfrentan”), de hecho le confieso que hay un momento en torno a una canción de Neil Diamond que me entusiasma sobremanera (ya de los mini donuts o Clare arrojando objetos a sus compañeros dejo que lo descubran tal cual).

   Antes de empezar a escribir un libro, procuro conocer muy a fondo a mis personajes para que todo resulte creíble: a mis amigos les he dicho alguna vez que si pusiera a Sam Porter en la entrada de Disneyworld sabría cuál es la primera atracción a la que se subirá o qué va a comer en el próximo descanso. Creo que en la ficción se abusa demasiado de personajes totalmente buenos o totalmente malos, algo que no sucede en la vida real. Por ejemplo, tras leer el diario de Bishop, es imposible mantener la primera impresión que nos da, creo que es importante para un autor saber transmitir en algún momento una cierta empatía por los personajes, comprender que hay motivos para sus acciones, turbiedades y matices que hacen crecer a los personajes”. Y eso no significa justificarlos, acusación que ciertas lecturas moralizantes y moralistas hacen al género (recuérdese algunas cosas que se han escrito en torno a Lecter, como si se estuviese glorificando el mal, confundiendo eso que ustedes saben con las témporas), sino hacerlos reales, atractivos y terroríficos a partes iguales precisamente porque nos los creemos, porque sabemos que hay personas así viviendo a nuestro lado (bueno, espero que eso no, a Bishop sólo lo quiero en la ficción), la realidad así lo acredita, el propio Barker ha tenido contacto directo con ellas: “He entrevistado a varios asesinos en serie y todos coincidieron en afirmar que estaban convencidos de que si alguien no les detenía hubieran seguido con su dinámica, creo que es como una adicción, así lo sienten” (de ahí el título de este texto, parafraseando un poema de Emily Dickinson que aparece en la novela). Sin destripar nada (ya me conocen), de hecho, como tantas veces, no he anticipado nada de la trama, no quiero concluir sin, tal y como le dije/agradecí al propio autor, reseñar que el colofón de El Cuarto Mono es uno de los mejores que he leído en mi ya larga vida de aficionado al género negro/de suspense/policiaco, incluso aunque no hubiera tenido continuación: “Fue muy divertido escribirlo, pero debo decirte que no era el original, hay un capítulo más pero nos dimos cuenta de que tenía más sentido terminar así y optamos por eliminarlo. Este, al que llamo “capítulo perdido”, puedes encontrarlo en mi web: aunque hay pistas en el libro que te llevan a él, se puede leer ahí para tener una idea completa de cómo concebí la novela originalmente”. No he querido hacerlo (aunque no sé cómo he sido capaz de contenerme por el momento), quiero esperar a leer el broche de la trilogía (¡Un año!), completar el viaje tal y como se publique y, entonces sí, descubrir después los destinos alternativos, lo que ha ido quedando por el camino, lo que se ha descartado (y ver si estoy de acuerdo o no, igual que con las comparaciones). Mientras tanto, a morderse las uñas toca porque la información que Barker desvela en las últimas páginas de La quinta víctima permite anticipar que la espera se va a hacer muy larga (pero seguro que merece la pena).

domingo, 19 de mayo de 2019

ORFANDAD EMOCIONAL





   Aunque algunos le acusaban de repetirse más que el ajo y de no inventar/proponer soluciones nuevas (y fue algo, cierto es, que pude comprobar con alumnos de años diferentes), el caso es que varios de los trucos/consejos que Juan Antonio Porto daba en sus clases en la Universidad siguen resultando enormemente válidos a la hora de plantear/contar una historia (aunque él enseñase en concreto guion, no dejamos de hablar de recursos narrativos pertinentes -y útiles- para casi cualquier género y/o estilo); así, por ejemplo, nunca olvidaré (sobre todo la emoción con que lo contaba) lo que le parecía un arranque insuperable para interesar, inquietar y atrapar al espectador desde el primer plano: “Llega un tren a una estación solitaria en medio de ninguna parte, sólo baja una persona… ¡y es Spencer Tracy! ¡A ver quién es el guapo que se pierde el resto!”. Sí, es el por derecho propio mítico arranque del filme que aquí conocimos como Conspiración de silencio, pero su esquema es extrapolable a donde se quiera puesto que, de un modo u otro, sea justo al comenzar o en el momento adecuado para incorporar ese elemento extraño (en ese adjetivo radica el auténtico quid de la cuestión) que, aun sin pretenderlo, perturba, conmociona, provoca un terremoto en el lugar en que aparece (y en los que allí habitan o por allá transitan -no se puede dejar de mencionar esa fabulosa entrada de John Wayne en La diligencia con la que John Ford creó un icono, una estrella, una leyenda-), da igual cuándo suceda, cómo, en qué condiciones, el caso es que la irrupción del forastero (dicho con toda la intención) constituye en sí misma un nudo dramático de enorme potencia (el adecuado aprovechamiento depende, por supuesto, de la habilidad/calidad/maestría del escritor). Tal vez por eso, más allá de que protagonizase mi toma de contacto con la tía Agatha (El tren de las 4.50), siempre he sentido debilidad por Miss Marple, un personaje que rompió muchos moldes y normas del género, alguien que no deja de ser -incluso en su propio pueblo- una especie de infiltrada (para otros, sobre todo para los asesinos, una molestia), una persona ajena al trabajo policial/detectivesco a pesar de sus indudables facultades para la resolución del mismo, una visita a la que a veces se llama precisamente para que sirva de ayuda ante un problema (por lo que ha demostrado o solucionado sin moverse de su sillón) y en otras pasa por allí en el peor momento para el criminal (especialmente en El caso de los anónimos, donde sólo interviene en las últimas páginas), podríamos decir que en la mayoría de sus historias es una forastera en toda regla (hasta en los relatos cortos que le concedieron popularidad e inmortalidad -la Christie no pensaba utilizarla tanto ni durante tantos años- se limita a ser una oyente hasta que, sin dejar de tejer, expone la única solución posible a lo que hasta entonces era un misterio indescifrable).

   Ese fue también, y así nos lo cuenta en uno de los encuentros más divertidos y alocados en que recuerdo haber participado junto a mi Pepa Muñoz y algunos de los compañeros habituales (donde, por cierto, también hubo interferencias, cuerpos extraños, gallitos en corral ajeno por más que lo pretendiesen propio, intromisiones que no dan ni para un cuento breve), decía que de una idea similar partió Blas Ruiz Grau para comenzar a pergeñar No mentirás, su ansiado debut en la edición en papel (de la mano de Ediciones B) tras mantenerse como uno de los autores más leídos y vendidos en formato digital con sus anteriores títulos, puesto que reconfirma a la vista de lo que está sucediendo (ahí están las cifras y las reacciones en redes) desde que el pasado mes de marzo llegase a las librerías esta novela, arranque de una trilogía, a la que su autor llevaba mucho tiempo dando vueltas (y en la que ha trabajado varios años): “La novela negra es mi pasión desde siempre, primero como lector, claro. Pero como es lo que más me gusta es lo que más miedo me daba tocar y he esperado a sentirme más seguro, mientras he ido madurando algo que surgió hace tiempo: en 2011, cuando todavía no había autopublicado nada, ya tenía la historia del personaje de Carlos en la cabeza, me parecía muy interesante la figura de ese yuppie acomodado, ante quien todo el mundo besa el suelo que pisa, que le dicen lo que quiere oír, que tiene su vida hecha, y sacarle de su ambiente, que se encontrase en un lugar donde nadie le conoce, donde no es nadie y tiene que adaptarse al medio para averiguar una verdad que al principio no le interesa hasta que descubre que le es básico hacerlo. Él ha construido un Carlos impostado a raíz de que su padre lo abandonó hace dieciocho años, en el pueblo que se ve obligado a visitar empieza a salir el verdadero, el que él mismo desconoce, como digo, me apetecía muchísimo contar ese viaje. Al principio, la novela se centraba en eso nada más, pero vi la oportunidad de desahogarme, de sacar mi lado negro, de contar el pasado de Nicolás Valdés, mi personaje fetiche, que, sí, tiene mucho de mí, ya lo digo yo antes de que lo señale nadie, complementado además con Alfonso. Sin embargo, Carlos sí salió del extremo, de irme a todo lo contrario a lo que yo soy, por más que todos tengamos nuestras manías, ¿eh?”. Por lo tanto, los múltiples seguidores de Blas tienen la oportunidad de conocer los verdaderos orígenes, el paso del protagonista de La profecía de los pecadores y La verdad os hará libres (por eso No mentirás transcurre en 2009), pero quien llegue de nuevas (como un servidor) no tendrá ningún problema, no necesita haber leído lo anterior para, inevitablemente, dejarse atrapar/envolver/asfixiar (hay muchas brumas que despejar, una tormenta interior que no cesa) por un personaje con aristas, con esquinas, con oscuridades, un investigador a prueba consigo mismo, sin duda toda una creación (no en vano ha dado para varias novelas y, como ya se ha dicho, de momento tiene garantizada la continuidad), aunque me permitirán que, en mi querencia por los puntos de inflexión, por las irrupciones inesperadas que constituyen seísmos que dejan chiquita la escala Richter, en mi gusto por los detectives aficionados (o forzados), me quede con Carlos Lorenzo, también por la osadía que supone, por más que el héroe/antihéroe claro sea Nicolás Valdés, poner en el mismo orden de relevancia (es decir, al frente de la novela) a un tipo que, las cosas como son, provoca repulsión, resulta insoportable por no decir odioso, alguien a quien no querríamos parecernos y, sin embargo, puede que identifiquemos, que nos sean familiares (aunque sólo sean como pulsiones que acallamos) su coraza, su soberbia, su incapacidad de sentir empatía, su rencor, reflejo/consecuencia de sus carencias afectivas, del modo en que vació (y le vaciaron) el corazón, es y está huérfano de emociones, tanto se ha alejado de ellas que, podría decirse, es igualmente forastero en ese terreno/territorio.

   Y no contento con esta duplicidad/confrontación de protagonistas, Blas plantea dos tramas, en realidad la misma pero ramificada en dos investigaciones, una si se quiere más ortodoxa (en el sentido de ocuparse dos profesionales o en camino de serlo) y la otra a cargo de dos aficionados que forman una pareja de lo más dispar, lo que permite en algunos momentos la aparición del humor, tanto del más absurdo, como del cruel, del que se regodea en la desgracia ajena de aquel que no nos resulta simpático (o algo peor), el autor reconoce sin problemas que ha dado suelta a su lado más sádico al someter a Carlos a lo que alguien como él con todo reglamentado, organizado, cronometrado y establecido de antemano no puede considerar de otro modo que auténticas torturas; volviendo al origen, a lo del juego de espejos en personajes y resolución de los enigmas, hay que aplaudir al autor porque sale del envite muy airoso y demuestra que tiene muy meditada la jugada siguiente (el segundo volumen): “Necesito alicientes como escritor, ponerme retos, que no sea o parezca sencillo: así surgió lo de la doble trama. También la localización: recurrir a un pueblo de la costa alicantina, evitar el escenario más habitual de este tipo de historias, el pueblo que he tomado como referente es un lugar en el que se acoge a los forasteros, no hay hermetismo, hace buen tiempo casi siempre”, muy diferente a la hostilidad y desconfianza que se respira en cada rincón del literario, un lugar en el que se supone que nunca pasa nada y, sin embargo, las corrientes subterráneas están llenas de excrecencias, algunas de las cuales empiezan a aflorar, a atufar, a envenenar el ambiente, a contaminar el aire, a expandir los malos efluvios (y lo que aún es peor, el número de asesinados). Lugar, por cierto, real que, por supuesto, no se llama Mors, topónimo con el que aparece en la novela: “El pueblo existe, sí, pero no diré cuál es, aunque habrá quien lo reconozca; eso sí, algunos personajes los he llevado al extremo contrario: el carnicero, por ejemplo, no tiene nada que ver. Sin embargo, y se lo avisé, el forense sí está inspirado en uno real, en quien me ayudó a documentarme y me explicó muchas cosas, aunque me dijo que no vería nada que no quisiera ver y a veces fue inevitable, jajaja”. Blas ha querido ser muy preciso en la descripción de los diferentes procedimientos, tanto el policial como el forense, para que la historia sea lo más verosímil posible dentro del endiablado rompecabezas que plantea, sin evitar, manejándolas con acierto e imprimiéndoles un aire novedoso, determinadas convenciones del género de las que, en ocasiones, los personajes se mofan o se quejan, hay todavía demasiada gente que se cree a pies juntillas CSI o series similares (que entretienen lo suyo, sí, pero dejando a un lado las clásicas unidades teatrales, sobre todo la temporal).

   Blas va acumulando piezas, diseminando pistas, dando sorpresas y giros bruscos, aclarando zonas sombrías para sumergirnos a continuación en otra mucho más tenebrosa, se comprende aún sin saberlo cuando se empieza a leer (fue algo que él y su editora hicieron oficial durante el encuentro) que No mentirás no puede agotar la historia sin resultar precipitada, sin desbaratar de mala manera su planteamiento y desarrollo, que por más que la madeja se desteja como es exigible a toda novela del género (en realidad, de cualquiera, es decir, que el lector quede satisfecho incluso aunque haya cabos sueltos -la coherencia a veces exige que eso suceda, al fin y al cabo en la vida no hay compartimentos estancos ni desenlaces cerrados-) para poder contar todo lo necesario sin trampas ni disloques, por lo bien urdido que está todo, es necesaria una continuación que quien no quiera porque le baste con esta podrá ignorar pero, a buen seguro, la gran mayoría de lectores querrá saber qué pasa después, esto engancha y eso se debe no sólo a una trama plagada de asesinatos de lo más truculentos y elaborados (y a una velocidad narradora de vértigo) ni al cuidadoso goteo de piezas que van encajando y dejando huecos con precisión quirúrgica, sino al dibujo hecho con trazo nervioso pero firme de personajes que nos resultan cercanos porque se comportan y hablan (dejando a un lado los crímenes cometidos, desde luego) como cualquiera de nosotros: “Los diálogos me han dado muchos problemas desde el principio, soy consciente de que en mis primeras novelas me quedaban muy planos, incluso metidos con calzador, no eran creíbles, lo asumo sin problema porque es algo que siempre he procurado mejorar. Y fue de las obsesiones que viví con esta novela: meterme en la piel de los personajes, en sus pensamientos, les hice una entrevista para saber cómo se expresaban, qué dirían y qué no, que su forma de hablar sonase espontánea y cuadrase con cada uno”. El resultado de ese esfuerzo salta a la vista y es muy plausible.

   P.D.: No puedo acabar este texto sin señalar algo que, de dejar de hacerlo, aquellos leales que me han otorgado su confianza desde hace años podrían considerar, no sin razón, un engaño por mi parte: aunque no afecte en nada a la estructura, al ritmo, a lo pensada que está la novela, es una lástima que se hayan colado demasiadas erratas, nada que no pueda ser subsanable con otra nueva revisión de cara a posteriores ediciones (igual ya se ha hecho, téngase en cuenta que leí uno de los primeros ejemplares), algo que, como digo, es molesto, sí, da coraje, pero no altera ni afecta a lo que es una novela muy entretenida y adictiva (espero que nadie se moleste más de la cuenta, no es una crítica sino una llamada de atención, pero me consta que a algunas personas no les gustaría que no les advirtiese de ello antes de ponerse a la lectura).