lunes, 12 de noviembre de 2018

DOS (O TRES) VECES BUENO





   Hoy no me remonto a los romanos ni me pongo a buscar mil antecedentes, hoy no toca rememorar experiencias resucitadas/reavivadas/puestas al día gracias a la lectura, puesto que, por así decirlo, vienen de fábrica con el volumen que acabo de cerrar hace apenas una hora, se mantiene muy vivo y presente el recuerdo de tantas horas de felicidad y jolgorio (nunca desaparecidas del todo por más que, por razones lógicas, fueron disminuyendo con el paso del tiempo) asociadas a los tebeos y libros de la editorial Bruguera; ya sé que muchos contarán la parte negativa, el ocaso de la empresa, los contratos draconianos (y puede que me quede corto) que sometían a los creadores y hasta les despojaba de la paternidad de sus criaturas, la mala gestión, lo que se quiera decir y puede ser demostrado, pero no es eso lo que ahora me interesa (ni lo niego ni lo oculto, bien se ve, pero permítanme que me quede sólo con lo bueno), puesto que es el momento de celebrar como merece la oportunidad de recuperar/descubrir/regresar a los tebeos a los que tanto debemos (hablo por mí, pero me consta que son sentimientos y agradecimientos compartidos con muchos y muchas, de generaciones muy diferentes además). Y aunque ese catálogo no se había perdido del todo gracias a diferentes ediciones (a veces poco cuidadas en lo que a contenido y/o tratamiento del material se refiere, se apelaba sin disimulos a la nostalgia y el entusiasmo de los lectores utilizando -más o menos arteramente o sin responder a la realidad- los nombres de autores y personajes míticos), resulta emocionante volver a tener entre las manos un Súper Humor en el que, como puede comprobarse en la foto que encabeza este texto, aparece el famosísimo logotipo del gato negro, nombre original de la editorial cuando fue fundada en 1910 por Juan Bruguera y que mantendría hasta que en 1939 -él había fallecido seis años antes- sus hijos y herederos decidieron homenajearle llamando a la empresa con el apellido familiar, el mismo que aparece junto a la palabra “clásica” en la contraportada (instantánea que reservo para Instagram).

   A pesar de los tebeos semanales (durante años coleccioné los Zipi y Zape, después la nueva época de Pulgarcito con el personaje homónimo de Jan como estrella principal -una de las historietas, con toda justicia, mejor valoradas de aquel universo, este en el que seguimos moviéndonos y gozando-), de los almanaques especiales, de las posibilidades que ofrecía el cambio de ejemplares en tiendas en las que surtirse para un tiempo (hubo una muy cerca de casa en la que creo que experimenté por primera vez en mi vida, antes de saber nombrarlo, el síndrome de Stendhal), un tomo de Súper Humor nos parecía lo más, era el regalo habitual (y anhelado) en Navidades o cumpleaños, un porrón de páginas (360 se anunciaba en las portadas de los primeros libros aparecidos con este nombre) de nuestros personajes favoritos (aunque, obviamente, cada uno teníamos querencia especial por alguno/-s en concreto, lo cierto es que la gran mayoría lo eran), varios ejemplares de la colección Olé (porque de eso se trataba) reunidos y no sólo los dedicados a los más famosos aunque estos se llevasen el gato al agua (eran los más deseados, todavía sucede, por eso es estimulante saber que, poco a poco, van a ir apareciendo -ya lo están haciendo- volúmenes monográficos dedicados a autores que no pueden ser dejados en el olvido -nombres a reivindicar o a situar al lado de los de sus creaciones que, en tantas ocasiones, se han comido al padre- y a personajes que, aunque permanecen en el recuerdo, se han visto un tanto silenciados o arrinconados por el brillo fulgurante de las primerísimas figuras). Y los intercambiábamos en el colegio, pasaban de unos a otros, regresaban a las manos originales y se releían como si fuesen nuevos, como si no hubiese un mañana, recordábamos situaciones en el recreo y nos partíamos la caja como si fuese la primera vez, rastreábamos qué aventuras aparecían en el número cuatro o en el nueve, por ellas los identificábamos a veces, también porque en aquel aparecían las hermanas Gilda y en este doña Tecla Bisturín (la enfermera de postín debida al talento de Raf), leíamos transversal, anárquica, deleitosamente, pasando de don Pío a Sir Tim O´Theo, yendo del profesor Tragacanto a Petra, alternando al botones Sacarino con doña Urraca, con tiempo para el repórter Tribulete, La Panda, Pepe Gotera y Otilio, Carioco, el doctor Cataplasma, la familia Trapisonda (y la Cebolleta) y lo que nos echasen, sin olvidar (cómo hacerlo) a los habitantes del 13, Rue del Percebe, los ya mencionados hermanos Zapatilla (es decir, Zipi y Zape), Rompetechos o Superlópez (que tuvieron su momento en este blog -el primero en https://elarpadebecquer.blogspot.com/2018/09/mi-vivo-retrato.html y el segundo en https://elarpadebecquer.blogspot.com/2018/08/uno-mas-de-la-familia.html-, pero volverán a aparecer a no tardar mucho porque siguen generando novedades editoriales) y, por supuesto, Mortadelo y Filemón.

   Y a la vieja usanza (del tirón y disfrutando del recopilatorio), he estado viviendo hasta llegar a la última página y lanzarme al ordenador momentos explosivos gracias al tomo 63 de Súper Humor, en el que se reúnen las que eran, hasta su aparición el pasado mes de septiembre, las tres últimas aventuras largas de los agentes de la TIA (muy poco después, en octubre, se publicó Urgencias del hospital… ¡fatal! con Rompetechos como artista invitado), la ya comentada en este rincón El 60 aniversario (https://elarpadebecquer.blogspot.com/2018/03/estar-hecho-y-seguir-siendo-un-chaval.html), la cita de cada cuatro años con el fútbol (Mundial 2018) y la disparatada y repleta del sabor clásico de la serie (en estructura, en la manera de encadenar diferentes episodios en una trama central, cambiando de argumento cada pocas páginas pero dotando de unidad y coherencia al conjunto) Por el Olimpo ese. Además, algunas aventuras de 8 páginas y el suculento (aunque breve) añadido del primer Tete Cohete, el original, el que Ibáñez creó/presentó haciéndoselas pasar canutas a Mortadelo y Filemón. Y la ocasión es propicia para rendirse de nuevo ante la inventiva del maestro, ante su dibujo veloz y detallista, ante su pasmosa facilidad para el gag (visual o textual, en ambos terrenos brilla), ante su humor blanco, alocado, desopilante, sin malicia, combinado a la perfección con guiños adultos, con referencias muy directas a lo que leemos en la prensa, con ironías, coñas y sátiras políticas, caricaturizando (a veces lo justo puesto que la realidad sigue empeñada en superar a la ficción) a mandatarios y famosos de distintos ámbitos, con chistes que tienen diferentes niveles de lectura, en definitiva, con unos personajes que continúan en plena forma (al igual que su creador), algo que también sirve para esos imprescindibles secundarios como son el Súper, el profesor Bacterio (que tiene en esta ocasión mucho tiempo para el lucimiento -o para todo lo contrario, es decir, sus apariciones más estelares (la mayoría) se deben a sus continuos y estrepitosos fracasos a la hora de inventar gadgets que, al más puro estilo 007 (eso querría él), ayuden a Mortadelo y Filemón en la resolución de los casos encomendados-) y Ofelia, al margen de otra desternillante colaboración de Rompetechos en Por el Olimpo ese. Como ven, hay motivos más que sobra para el regocijo, historieta a historieta o, como en este caso, juntando varias para que no nos quedemos con ganas de más (aunque, en realidad, el número de páginas es lo de menos: siempre queremos otra y, gracias a Bruguera Clásica, vamos a estar muy bien surtidos y nutridos).

lunes, 5 de noviembre de 2018

SI YO PUDIERA...





   El tío Miguel decidió comprar un vídeo para que pudiésemos estrenarlo en Navidad, al final se retrasó un poco y, lo que son las cosas, llegó con los Reyes Magos de 1985; gracias a muchas tardes de domingo (por fortuna, las hubo -a veces, cierto es, espoleados por la urgencia de que llegaría alguna de esas visitas que interrumpían todo-) y a días festivos (o, sencillamente, cuando en televisión no había algo interesante -y, con sólo dos cadenas, eso ocurría sólo esporádicamente-) pude alimentar mi cinefilia, mi pasión audiovisual, accedí a películas que, por edad o porque no hubo oportunidad, no había podido ver en cine pocos años antes (¡Esos primeros años 80, es decir, Gente corriente, Justicia para todos, Veredicto final, En el estanque dorado, las que irían llegando!), tuve opción de conocer aquellas de las que oía hablar a los tíos (y en menor medida a mis padres que no eran tan aficionados) desde hacía tiempo (El crimen de Cuenca, El expreso de medianoche, Rocky, incluso Cristóbal Colón, de oficio… descubridor, todo era bien recibido, todo era en sí mismo un acontecimiento cuando el título deseado nos había dado esquinazo en diferentes tentativas de llevarlo a casa -y te topabas con la carátula ostentando el indeseado cartelito de “alquilada”-), fue mi lanzamiento definitivo hacia el género de terror, ¡con qué poco -y con qué pocas personas- era sumamente feliz, a salvo por unas horas de los deberes, exámenes y demás padecimientos propios del estudiante! Y el vídeo sirvió para que, los que éramos de una generación posterior, hiciéramos de Clint Eastwood nuestro ídolo; sí, por supuesto que seguía trabajando (como ahora mismo), estoy hablando de los años en que estrenó El jinete pálido o El sargento de hierro, pero en los recreos o entre clase y clase los aficionados al cine (y nos juntamos unos cuantos en el instituto) compartíamos entusiasmo por lo que podíamos alquilar en el videoclub, títulos como El fuera de la ley, Cometieron dos errores, Infierno de cobardes y Harry el sucio, que es donde quería venir a parar.

   No nos parábamos a hacer otro tipo de análisis, éramos maniqueístas por definición y casi por naturaleza, era el momento de las adhesiones incondicionales (y también de los rechazos sin contemplaciones), discutíamos sobre esto y aquello, algunas asignaturas (algunos profesores, los escasos que pueden ser llamados maestros) invitaban a ello, lo facilitaban, proporcionaban argumentos, pero tendíamos a ver la vida en blanco y negro, nos perdíamos la gama de grises (algo que se deja atrás lo mismo que la adolescencia, aunque la realidad lo desmienta), por eso veíamos a Harry Callahan como un héroe, porque no se sometía al código restrictivo que le impedía terminar con los malos, porque se jugaba su carrera, su posición, sus medallas, las palmaditas en la espalda de los jefes con tal de defender a las víctimas, porque perseguía al criminal hasta que conseguía abatirlo, porque no le dejaban ser policía y a él se la sudaba (o no, pero no se dejaba amilanar ni cejaba en su empeño). Eran también los años en que triunfaba Charles Bronson con Yo soy la justicia y El justiciero de la noche, secuelas ambas de El justiciero de la ciudad, estrenada en 1974 (de la que, por cierto, protagonizó Bruce Willis un remake hace poco), pero incluso en este asunto nos regíamos por el binomio buenos/malos, es decir, los que nos gustaban y los que no, el caso es que proliferaban títulos (fue una especie de subgénero y se filmaron bastantes productos de serie B -o menos-, muchos destinados directamente a televisión o al formato doméstico) en que alguien se tomaba la justicia por su mano y nosotros le aplaudíamos e incluso queríamos imitar sin parar mientes en nada más, al menos comprendíamos que no era posible, que yo sepa ninguno pasó a la acción, nadie imitó lo que ocurría en la pantalla, pero en más de una ocasión, en nuestro fuero interno o en encendida conversación con los colegas, nos lamentábamos “ay, si yo pudiera…”. Y ese, no lo neguemos, deseo que tantas veces rebrota (y con enorme virulencia) cuando leemos un periódico, vemos o escuchamos un informativo, navegamos por Internet, cuando nos damos de bruces con tantas víctimas que lo siguen siendo (vivas o muertas) porque los criminales quedan impunes o reciben un castigo mínimo que casi parece una burla (o lo es o se recibe como tal por las declaraciones de ciertos abogados, por hirientes legalismos, por leyes que calificamos de injustas), porque se llega a dar la vuelta a la tortilla y considerar y tratar a las víctimas como culpables de lo que les sucedió, porque se pisotean sus derechos en aras (se supone/dice) del mantenimiento del Estado de derecho, ese caldo de cultivo tan espeso en el que día a día intentamos mantenernos a flote (a veces dudo de que lo consigamos por más que sigamos respirando y eso en sí mismo parece una victoria la mayor parte del tiempo), ese, vuelvo a decir que no podemos negar que así lo sentimos/expresamos, no nos hagamos los inocentes, ese, decía, anhelo de hacer justicia, de erradicar lacras, de hacer pagar el daño infligido, esa rabia contenida (por diferentes motivos, ahora lo veremos) estalla en el hipocentro de Talión, una impactante y vertiginosa novela que Planeta publicó el pasado mayo, ese “si yo pudiera” constituye la columna vertebral del soberbio debut como novelista de Santiago Díaz.

   Uno de los aspectos más inteligentes en una narración que abunda en ellos, tal vez el más capital, el que más atrapa al lector porque le consiente libertad para juzgar y hacerse preguntas (o, simplemente, dejarse llevar por el vértigo de lo narrado, por un thriller soberbiamente construido, volver a ser aquellos espectadores adolescentes que no nos planteábamos dilemas morales -es un modo de leer que Talión acepta sin perder emoción, intensidad, motivo de elogio-), es el hecho de que el autor no juzga a sus personajes, sobre todo a Marta Aguilera, la periodista que deviene en justiciera, expone los hechos que lleva a cabo, profundiza en sus motivaciones, en sus dilemas, en sus porqués, los traslada, nos los plantea, consigue que nos paremos a pensar, que estemos de acuerdo con ella en una página y no la comprendamos/compartamos sus acciones, sus sentencias, sus juicios sumarísimos. Porque una cosa es indignarse del modo en que describí antes, proferir aquello del ojo por ojo y diente por diente (es decir, la conocida como ley del Talión, principio jurídico de justicia distributiva, por más que algunos crean que viene de las películas del Oeste), afirmar con rotundidad que a hierro debe morir quien a hierro mata (olvidando que en el Evangelio es una advertencia, o sea, que si tú lo haces se volverá en tu contra), y otra bien distinta llevarlo a cabo, de hecho era por ese lado por donde aquello que llamábamos y vivíamos como heroicidad se nos iba resquebrajando y nuestros mayores (y nosotros mismos con el paso del tiempo), nuestros estudios, el estar en el mundo (incluso nuestra experiencia) nos iba haciendo caer en la cuenta de que, por un lado, yendo a lo más obvio, no es tan sencillo tomarse la justicia por propia mano, prisioneros de un sistema económico/laboral que obliga a comulgar con muchas ruedas de molino si uno quiere seguir recibiendo un sueldo (por mísero que sea) todos los meses, incluso para eso habría que ser un privilegiado y podérselo permitir, no sólo en lo personal/profesional sino en cómo sufragar gastos para poder ejecutar (nunca mejor dicho) nuestros planes sin dejar pistas (por ahí surge también otro aspecto nada desdeñable a tener en cuenta -o no, depende de la desesperación de cada uno-). Todas estas consideraciones (e igualmente las éticas/morales) las salva con solvencia y mucho acierto Santiago Díaz con la posición vital/económica que concede a su personaje principal, aquel que cuenta su parte de la historia en primera persona, detalle que le permite llegar a la médula del asunto y sugerir la inquietante pregunta que sobrevuela durante la lectura: si lo tuvieras todo a tu alcance para ello, si no tuvieras miedo a las represalias, a las leyes, a lo que tus acciones provocarían, a tu propia inmolación, ¿te vengarías?

   Junto a Marta Aguilera, compartiendo protagonismo, aparece otro personaje muy potente, una absoluta creación que (ojalá) merece otra (u otras) novelas, porque se enfrentará a nuevos casos que resolver, porque aún queda mucho por descubrir, porque tiene muchas aristas que limar, porque exuda verdad, porque está llena de inseguridades, de rencores, de debilidades, porque es poderosa en el desempeño de sus funciones pero dolorosamente humana (con todo lo que eso conlleva): la inspectora Daniela Gutiérrez es la viga maestra de la novela, alguien con quien empatizar y con quien dirimir los conflictos anteriormente descritos, de nuevo Santiago Díaz nos lleva hasta el límite (y cómo lo disfrutamos) para volver a preguntarnos de qué modo actuaríamos. Y el caso es que entendemos a ambas, ambas nos atraen por más que Marta nos lleve a zonas muy oscuras (que a ella misma sorprenden), tampoco es que lo de Daniela sea placentero, lo correcto, lo que debe hacerse, aquello en que se supone creemos y defendemos, la deontología profesional colisiona con los dolores particulares, con la cólera, con la ira, con el odio que, además, compartimos y calificamos como justo, no lo olvidemos, se trata de impartir nuestra justicia, la que sentimos como tal por más que nos la refrenden, la que no aparece en los códigos o es reinterpretada por jueces y abogados, sí, suena terrorífico (y es lo que tantas veces nos revuelve frente al televisor, lo que nos lleva a escribir tuits preñados de amenazas -no dejan de serlo por más que nos amparemos en la condición de víctimas-), pero no se puede arreglar lo que no nos gusta llegando a ciertos extremos (por más que, volvemos al principio, así nos nazca, por más que ese sea nuestro instinto y lo demás una mera construcción para convivir -aquello del pueblo de demonios que dijo Kant y dio título a un espléndido libro de Adela Cortina-).

   Y de todo ello (y de muchas cosas más) habla Santiago Díaz en Talión sin enredar las cosas tanto como yo, es decir, construyendo una trama muy sólida con personajes que, como ya se ha dicho, insinúan estos asuntos, los plantean con sus palabras, con sus hechos, pero cualquier discurso por bien armado que pueda estar, no digamos cualquier tentación moralista, queda fuera de la historia, en los márgenes de lo escrito por más que esté en su corazón, que sea elemento fundamental (diríase incluso imprescindible -para que la novela sea lo que es, un dardo que da en el centro de la diana en todos los sentidos-) de su contexto, los nudos que sustentan la fabulosa red literaria (y real) que el autor despliega con la sabiduría de experto narrador, que lo es por más que debute en estas lides en concreto. Y en esto demuestra también su talento el reputado guionista de largo y fructífero recorrido que se transforma en novelista con todas las de la ley: recoge lo mejor de su oficio a la hora de saber combinar y mezclar diferentes historias, enriqueciendo continuamente la principal, integrando a la perfección unas subtramas en otras sin que nada provoque distorsiones o desacordes, moviendo, alterando, atendiendo al conjunto mientras utiliza cada pieza para que, así, todo siga encajando cuando la investigación de Daniela, la carrera contrarreloj de Marta, el núcleo de la novela vuelve a quedar al descubierto; dibuja personajes con precisión (por sus comportamientos, por sus palabras), dotándoles de verosimilitud, de sangre, de piel, de alma (da igual su relevancia, su participación, su protagonismo o carácter episódico, jamás cae en el arquetipo, en lo fácil, se nota el trabajo de construcción individual para que cada uno tenga personalidad, por más funcional que pueda ser su aparición). Santiago lleva muchos años demostrando lo fantásticamente que dialoga, ahí está su trabajo diario en El secreto de Puente Viejo (por no irnos más lejos), aquí lo deja claro una vez más pero esa brillantez queda, si me permiten decirlo así, opacada por las cualidades que demuestra a la hora de narrar, de describir espacios, situaciones, momentos desbordantes de adrenalina, de su tremenda habilidad para crear escenarios y mover en ellos a sus personajes.

   Talión combina, ya lo apunté más arriba, pasajes en primera persona con otros muchos en tercera; en aquellos, Marta Aguilera habla consigo misma, nos interpela, provoca que nos posicionemos (incluso contra nosotros mismos, volvemos a la dicotomía entre respetar el consenso establecido -las leyes- para -se supone- garantizar la convivencia y el instinto de venganza), nos enfrenta a nuestras contradicciones, a nuestras ambigüedades, a cómo reinterpretamos el significado de las palabras (y acciones) según nos convenga, a cómo nos justificamos (o lo pretendemos) cuando, a pesar de todo, sentimos titilar una alarma en algún rincón que nos dice que, por más que queramos revestirlo de justicia, estamos actuando de un modo tan o más punible que aquel a quien castigamos (aunque sólo sea con el pensamiento, si el remordimiento hace acto de presencia es muy complicado acallarlo, incluso aunque llevemos a cabo lo planificado -o nos dejemos llevar por el impulso del momento-), pero que nadie espere un tratado a lo Dostoievski porque aquí se trata de que reflexione el lector ya que el personaje no puede detenerse en ello (ya que estamos, conviene señalar -y alabar- que el manejo del tiempo -y del tempo- es portentoso como debería ser capital en todo guionista que se precie). Las partes en tercera persona permiten a Santiago trazar un cuando menos perturbador recorrido por algunos de los horrores cotidianos que enfrentamos, por heridas que no dejan de supurar, por enfermedades sociales (por darles un apellido) enquistadas en nuestra cotidianidad por más que queramos considerarlas ajenas, actúa como notario implacable, como cronista ejemplar porque no se anda con chiquitas ni elude la confrontación con asuntos espinosos, haciéndonos una vez más sentir el vértigo del dolor, de la rabia, de la desesperación, metiéndonos de nuevo en la vorágine de a qué atendemos primero, le sucede a Marta Aguilera, pero también (y de qué estremecedor modo) a Daniela Gutiérrez. Como siempre (sí, hablo sin parar pero bien saben los habituales que no me gusta destripar -ni tan siquiera esbozar en la medida de lo posible- argumentos), no les cuento más porque Talión es una novela que hay que vivir, simple y llanamente.     

viernes, 2 de noviembre de 2018

GOLPEANDO DOS VECES





   Lo de seguir la cronología es algo por lo que siempre tuve querencia: por más que se tratase de series en las que cada capítulo poco o nada tenía que ver con el anterior (ahora las llamamos, así en general, procedimentales o antológicas, me refiero sobre todo a las policiacas o de misterio/terror, esas en las que había un personaje -o varios- que se repetía y todo lo demás cambiaba o aquellas que cada semana contaban una historia diferente -cómo olvidarse de Alfred Hitchcock-, algo que también pasaba con frecuencia en los dibujos animados y en el resto de productos dirigidos a los chavales –había muy honrosas excepciones y seriales con una trama global de fondo que unificaba de alguna manera las aventuras), aunque no hubiese ninguna continuidad entre los diferentes episodios y pudieran verse descolocados sin perder ni un ápice de comprensión (incluso aunque recuperasen situaciones o personajes episódicos aparecidos anteriormente), me recuerdo desde muy pronto, pasando ahora al tema literario, queriendo leer en orden la serie de Los Cinco (que tiene coherencia y unidad temporales por más que cada historia se entienda en sí misma) o la de Los Hollister (todo lo contrario: en cada volumen se especificaba la edad de los cinco hermanos, inalterable a lo largo de 33 libros). Lo mismo puedo decir en lo que a la tía Agatha se refiere: por más que empecé el asalto y seguí con el atracón por donde me fue posible, aunque ella misma hizo chistes en alguna ocasión sobre las edades de Poirot y la señorita Marple (no echen cuentas, que no salen), aunque en nada se alteran las emociones y el disfrute si se lee Asesinato en el Orient Express antes que El asesinato de Roger Ackroyd (citemos dos cimas, no nos andemos con chiquitas) por más que la segunda se publicase ocho años después que la primera, una vez tuve en mis manos su deliciosa autobiografía que incluía como apéndice toda su producción ordenada por la fecha de aparición empecé a colocar de ese modo mi colección (e incluso a hacer relecturas concretas aunque aún me queda la definitiva, es decir, desde El misterioso caso de Styles hasta Un crimen dormido deteniéndome en todas las paradas intermedias, libros de relatos incluidos).

   Pero, contradictorio como bien saben ustedes que soy, me cansa bastante que, casi por definición, por decreto (no querría decir por defecto, pero ahí queda, con toda la doble intención del mundo para algunos nombres en concreto), porque vivimos de repeticiones, de fórmulas, de trivializaciones, porque se tiende a la clonación en lugar de a buscar (y valorar) la excepcionalidad, lo que se sale de la norma (o lo que por tal parece tomarse aunque no se la llame de ese modo), lo que rompe, lo que destaca por diferente no lo que sobresale entre iguales (que también es digno de aplauso, por supuesto, pero ahora hablamos de otra cosa), hace tiempo que me provoca algún que otro bostezo, me despierta muchos temores y todos los prejuicios (o viceversa), me hace mirarlo con suspicacia e incluso que aleje -y mira que es raro- un libro de mí, que gran parte de lo que se publica se anuncie como “el inicio de una trilogía” (es lo más recurrente aunque también se utilizan con profusión y no siempre precisión palabras como “saga” y la misma “serie”) o, aún peor, cuando lo que se percibe claramente previsto para un volumen se estira o se va ramificando hasta el infinito (y más veces de lo debido -o deseable- con poca o ninguna destreza, forzando la maquinaria, traicionando el origen, sacando de la manga artificios que sonrojan -por ser suave-). Claro que hay, por fortuna, muchos ejemplos en que sucede todo lo contrario, de algunos ya se ha hablado en este ángulo oscuro del salón y otros llegarán en breve (se trate de trilogías, novelas que se completan -o complementan- unas a otras o series bien trenzadas que, aunque permitan que sus piezas puedan descolocarse, conviene leer en el orden previsto por el autor para vivir la evolución de los personajes, de la historia troncal/central si existe o del modo en que las nuevas se van engarzando en las anteriores o, sencillamente, del modo en que se va ampliando/modificando el particular universo que se esconde en sus páginas), pero a veces gusta (y lo mismo sirve para televisión) que algo dure lo que estaba previsto o poder disfrutar con una pieza (capítulo/novela) en concreto sin necesitar el resto del puzle. Y, tras la agradabilísima sorpresa que supuso La maniobra de la tortuga, la novela en la que Benito Olmo presentó al inspector de policía Manuel Bianquetti, llegó hace unos meses (publicada al igual que la anterior por Suma de Letras) La tragedia del girasol para confirmar que aquello no fue fruto del azar y que, con sólo dos títulos, estamos ante una de las series más estimulantes, entretenidas y satisfactorias que nos ha dado el género negro español (y de cualquier otro lugar) de los últimos años.

   Para no parecer más inconexo, absurdo e incoherente de lo habitual, empezaré por lo último, es decir, por el placer que supone reencontrarse con el aroma de aquellas novelas que me proporcionaron tantas horas de diversión (y aún lo hacen cuando regreso a esos u otros títulos similares) cuando estaba descubriendo (y aún lo hago, que es lo mejor) el maravilloso mundo de la literatura (en el que, como tantas veces he contado -y las que quedan, perdón por la insistencia/redundancia-, aterricé en la pista de lo policiaco, dicho así en grandes términos) y es algo que digo a varios niveles, el primero, como intento explicar, referente a lo que podríamos denominar series clásicas, de nuevo (y siempre) aparece tía Agatha, junto a ella Simenon, las juveniles que ya cité, Los Tres Investigadores, Conan Doyle (aunque le leí menos, lo confieso), Erle Stanley Gardner, autores que pueden abordarse por cualquier lado sin que eso suponga una merma (o varias) en la apreciación (en el sentido más amplio del término) que haga el lector de la novela en concreto que escoja (lo que también sucede con nombres señeros, con maestros de la altura de Vázquez Montalbán o Giménez Bartlett, también en señoras que me entretienen tanto como Anne Perry o Donna Leon-). Y, de este modo, aunque conocer los orígenes de Bianquetti, su pasado, lo que sucedió en La maniobra de la tortuga, cómo es el personaje (y algunos de los secundarios) ayuda a iniciar la lectura pisando firme sobre terreno conocido/territorio amigo, cualquiera que llegue a la tragedia del girasol sin saber nada de lo sucedido en el título anterior jamás se sentirá perdido o ignorante de un código restringido que le deje fuera de la novela porque no existe tal cosa, sólo una historia que se comprende de principio a fin porque todo se explica en sí mismo sin necesidad de repasar/tener fresco/verse obligado a leer (para poder avanzar y captar esencias y significados) lo publicado anteriormente. Ya en este detalle (fundamental, al menos para este lector) demuestra Benito Olmo su conocimiento de los clásicos del género, su gusto por una narración compacta con algún que otro eco de sucedidos que podrían quedarse en eso, que no necesitan más para integrarse en lo que se está contando en ese momento (que se lo digan a Chandler, que se dejaba cabos sueltos aquí y allá, sucesos que no tenían desenlace o solución, atisbos de otros que jamás llegaban a exponerse del todo), La tragedia del girasol tiene entidad propia, se sustenta en su trama sólidamente construida, en sus páginas llenas de acción, en un personaje carismático por su osadía, por su cabezonería, por su sentido de la lealtad, por su sensibilidad, por sus lastres, en definitiva, porque a veces no le comprendemos (o estamos en las antípodas de lo que hace/piensa) pero no podemos evitar quererle/admirarle (y el punto de rechazo que a veces nos brota termina por devenir en mayor atracción -eso que sucede con los opuestos y nos explicaban en el colegio, ya saben-).

   Otra de las causas por las que tanto me ha entusiasmado esta novela es porque, teniendo en cuenta la anterior (aquí sí viene bien), Benito Olmo no se repite, no da más de lo mismo (sólo en aquello que da unidad, características de escritura y de ambiente que son su huella, su marca, aquello que por el momento -veremos qué caminos sigue en las próximas entregas (esperamos/deseamos)- mejor define a la todavía incipiente serie de Bianquetti); si La maniobra de la tortuga era una magnífica puesta al día (o, tal vez dicho con más propiedad, pasada por su tamiz) de la novela de investigación más ortodoxa, La tragedia del girasol hace primar la acción, elemento imprescindible en autores como el ya citado Chandler, Ross Macdonald, James Hadley Chase o James M. Cain (al que volveremos en seguida, de ahí que el título de este escrito sea un homenaje a su obra más popular), también en lo patrio (Vázquez Montalbán logra escenas impactantes en, por ejemplo, Asesinato en el Comité Central), pero una acción bien dosificada que no sólo imprime velocidad a la lectura y fuerza a lo escrito sino que ayuda a que el otro tipo de acción (el que hace referencia al argumento) se vaya desarrollando de manera conveniente/convincente (rizando el rizo, podríamos decir que la acción física tiene acción sobre la narrativa y ambas se retroalimentan consiguiendo un conjunto digno de aplauso). Aunque ciertos nombres hayan sido reivindicados y colocados en el lugar que merecen, hay ocasiones en que se hace de menos a varios de los autores citados (de la época dorada y de las posteriores), encerrándolos en una etiqueta que todavía se dice con bastante displicencia y mirando por encima del hombro, olvidando que eran escritores de variados registros (James M. Cain, para sorpresa de muchos, no es sólo el autor de El cartero siempre llama dos veces sino de Mildred Pierce, cuya versión cinematográfica en 1945 sirvió a Joan Crawford para ganar un Oscar, y de la que un sublime Todd Haynes firmó una esplendorosa adaptación televisiva con una sobrecogedora Kate Winslet), que Manhattan Transfer o ¿Acaso no matan a los caballos? también pueden (y de hecho lo son, especialmente la segunda) ser consideradas novelas negras, que en algunas de las páginas más memorables del género (lo son precisamente por ello) hay espacio para la lírica, para la emoción, para explorar el alma de los personajes. También Benito Olmo sabe hace eso con inmensa sensibilidad, limando el filo de su prosa para acariciar corazones (y estrujarlos un poquito -hablo de los de los lectores, desde luego-) y conseguir imágenes, metáforas, realidades tan sensibles como aquella a la que hace referencia el título -el espléndido título- de esta novela y que, por supuesto, no explicaré para que sean ustedes mismos los que descubran (y tal vez compartan -o lo hayan hecho en algún momento-) cuál es la tragedia del girasol y puede que, como un servidor, cierren el libro con un suspiro, un tanto temblorosos, impactados, pensativos, indudablemente cautivados y con ganas de que, muy pronto, Benito Olmo vuelva a dar el golpe (si es con Bianquetti, mejor que mejor).