lunes, 4 de noviembre de 2019

NO ES LO MISMO CRITICAR QUE HACER CRÍTICA






   Aunque lo haya explicado muchas veces, conviene insistir que cuando abjuro de/demonizo/ataco a las redes sociales lo que repruebo/rechazo es el uso que, por desgracia, tantos hacen de las mismas, especialmente en lo que se refiere a Twitter (es la que menos utilizo/frecuento), esa fosa séptica que, para colmo, limita la capacidad expresiva a 280 caracteres, la reduce, es como si la anulase (en realidad, muchos la traen anulada de casa, en tan abundantes casos, viendo el vaso medio lleno, bien está que los efetos nocivos puedan atenuarse a causa de la impuesta brevedad -si la vomitona les da para ello puede que abran un hilo, pero como se supone que la mayoría no lee más allá del máximo permitido ya que superando ese mínimo brota la confusión, su de por sí escasa capacidad de atención se diluye, discursos más o menos armados/sofisticados les superan, todo lo que se grite/ofenda/difame/insulte/delinca a partir del segundo tuit cae en gran medida en saco roto, es un esfuerzo innecesario si atendemos a los parámetros/estándares/algoritmos con que se controlan estos lugares-). Como en tantas otras ocasiones, piedra con la que tropezar así pasen los siglos, el periodismo se metió en la ciénaga sin ningún tipo de reparo, se rebajó, se minusvaloró, consintió en ser absorbido/confundido por lo que se difunde a través de las redes, en lugar de utilizarlas como complemento, apoyo, herramienta, optó por tomarlas como voz autorizada, como fuente, tratándolas de igual a igual e incluso por encima de sí mismo, confundiendo la parte (si llega a tanto) con el todo, confiriéndoles una categoría que no pueden tener, y no se trata de creerse superior ni tener miedo a lo que algunos llaman “democracia” y otros “la voz del pueblo” (como si sólo hubiera una, ahí encontramos la primera y nada delgada grieta de un discurso que intenta erigirse en único) mientras adquiere sin rubor la forma de campañas de desprestigio, acoso, derribo, calumnias, tergiversaciones de la Historia cuando no invenciones puras y duras, teorías conspiranoicas, juicios inquisitoriales, amenazas nada sutiles (las hay de muerte, sin medias tintas, proferidas con total impunidad -pero la foto de un pezón femenino se considera poco menos que un crimen, una ofensa que atenta con las normas comunitarias que se aplican en estos foros, laxas cuando no consentidoras en prácticamente todo lo demás-), misoginia, homofobia, xenofobia, exaltaciones variadas que devienen a las primeras de cambio en apologías castigadas en el Código Penal; de lo que se trata, decía, es de separar la paja del trigo, como siempre debe hacerse, se trata de lo que se exige a un abogado, a un médico, a un fontanero, a cualquier profesional para ser considerado como tal, mientras que en esta a pesar de todo amada profesión cualquiera puede llamarse/ser llamado (y lo peor: por quienes merecen tal nombre) periodista por el mero hecho de sentarse en un plató de televisión o frente a un micrófono en la radio, también por haber publicado algún artículo (o muchos) -cuando para eso siempre ha habido un término que adoro como es el de “articulista” y que grandes nombres/firmas dignificaron de un modo que, precisamente por ello, se estudia en las Universidades-, por ejercer funciones que no le corresponden, para las que no está preparado (no todo en esta vida es práctica, por más que el oficio se aprenda especialmente de ese modo y el título se haya ganado tantas veces así -y con todo merecimiento- y no por pasar por las aulas -al menos cuando había maestros de los que aprender, cuando todavía se podía hablar sin rubor de “ética y deontología profesional”, asignatura de la carrera que ignoro si se sigue impartiendo, tal vez haya fenecido por una casi total ausencia de ejemplos actuales a las que recurrir-).

   Y, repetiré las veces que haga falta, soy el primero que agradece (e intenta fomentar), que gusta la comunicación, faltaría más, que incluso la busca (es mi vocación, de ahí que sea capaz de sobreponerme a mi carácter cada vez más asocial, a veces con tintes agorafóbicos, en ese sentido he convertido las redes en aliadas, no hace falta salir de casa para estar presente y mantener vivas relaciones de cercanía que en algunos casos eclosionan en amistad), la participación, la posibilidad de conocer casi en tiempo real diferentes interpretaciones de un hecho, la conversación, el debate, el empleo de la dialéctica, el disfrute de las palabras, mi gusto por la verborrea es, además, la mejor defensa contra aquello que más aborrezco de todo este invento, ya se ha dicho, la brevedad que conduce/obliga al reduccionismo, a los dogmas, a frases de gurús, a quedarse en los titulares, a no practicar la comprensión lectora, todo llega más que masticado, incluso deglutido, es lo que hay, es lo que hay que decir, es la tendencia del día, no hace falta análisis, discernimiento, no se escucha a nadie que ose intentar una valoración/opinión propia, vivimos enclaustrados en el antagonismo, lo llevamos incrustado, la gama de grises se ha suprimido, no se aceptan posiciones equidistantes, términos medios, se está con o contra algo/alguien, no hay más opciones. Por eso, vamos llegando a donde quería, diré las veces que haga falta que yo no hago reseñas (agradezco que así las consideren gentes del medio literario en el sentido de que alaban el contenido de estos textos, pero, vuelve la mula al trigo, cada género/estilo tiene un nombre precisamente para distinguirlos), pero es que tampoco las hacen muchos de los que presumen de ello, primero porque no se limitan a una narración sucinta (como indica el DRAE), después porque (y seguimos incidiendo en lo que hoy me interesa) el/la firmante de muchos de estos comentarios que se apropian (o lo intentan) de cierta pátina profesional no tiene ni autoridad ni conocimientos ni preparación para elaborar tales reseñas, emite una opinión (puede que incluso bien fundamentada y expuesta -y sin faltas de ortografía y con un uso correcto de la sintaxis, que no sea lo que abunde no significa que no se encuentren ejemplos de ello-) pero no elabora una crítica, género periodístico y literario que debe ser recuperado como merece y que de un tiempo (ya largo) a esta parte es denostado inmisericordemente por causas ajenas a quienes lo ejercen puesto que, valga la redundancia (o no, al fin y al cabo hay que acentuar sílabas distintas), cuando se critica la crítica (por cierto, se tiende a olvidar que puede ser positiva, que de hecho lo es en múltiples ocasiones, hay asociaciones de críticos que conceden premios) o tal se afirma que se hace, la mayoría de las veces se están refiriendo a lo que se ha leído en redes e incluso se ha convertido en viral, muy pocas a verdaderas muestras del género (casi me atrevería a decir que ese cuestionable honor recae en exclusiva en Carlos Boyero, precisamente por comportarse del modo kamikaze, sin red y a las bravas, que tanto se aplaude virtualmente -y siendo de lo más honesto con filias, fobias, bostezos, emociones y demás, por más que desbarre como hacemos casi todos alguna vez, exhibiendo una competencia y un saber para el asunto que ya quisiera la mayoría-).

   Y el caso es que, en lugar de aportar su propia visión, esgrimir sus argumentos, compartir sus impresiones sobre alguna obra, abundan quienes se limitan a ensuciar y echar por tierra el trabajo de los demás (aquí sí igualo, quien se toma en serio lo de publicar algo -y se nota en seguida quien lo hace- merece todos mis respetos, aunque sea una diversión/afición lo encara con un talante que, todo hay que decirlo, más de un llamado profesional ha olvidado -o no ha conocido-), a creerse con derecho a demandar privilegios (que, a veces, tampoco recibe aquel a quien atacan) por el mero hecho de estar opinando por aquí, a querer ser considerados lo que no son, a reprobar en otros lo que ellos hacen (o harían, lo dejan muy claro) y que poco o nada tiene que ver con la auténtica crítica; blogueros que se limitan a transcribir el dosier de prensa y lo publican como entrada propia (lo hacen algunos, esos que dividen el mundo en libros buenos y malos, hablando como los niños -y hasta peor, que los hay bien precoces-, no dan para más), lecturas conjuntas en las que se destripan todas las sorpresas, personajes, situaciones del libro, copia de párrafos completos que se considera promoción y recomendación, reseñas incorrectamente llamadas en las que se dan mil y un detalles sobre el argumento, las relaciones entre los personajes, incluso se revelan circunstancias que no deberían publicarse, avatares y nombres propios (abunda más lo primero) que, desconociendo el oficio, reclaman profesionalidad sin saber que lo que reprochan, lo que dicen que no debe ocurrir es lo que sucede en prensa, radio y televisión, es así como se hace la crítica, a uno (en este caso hablo por mí, pero me consta que no soy el único, por eso me fío de lo que algunos publican/recomiendan) no le ata las manos el hecho de que la editorial te haga llegar un ejemplar para que lo valores, es cierto que he moderado mucho mi tono, que me he ido suavizando (salvo con grandes nombres/éxitos, esos no necesitan apoyo), que he ido perdiendo ferocidad (como diría José Luis García Sánchez), en parte porque así lo he querido, porque (es algo que, en realidad, llevo haciendo mucho tiempo, ya en la radio rechacé alguna entrevista para poder sentirme libre de expresar mi juicio negativo sin que el autor tuviera que comerse el sapo en directo -tampoco se trata de eso, no soy tan agresivo como pueda parecer- o, aún con más motivo, porque no iba a fingir una opinión falsa, sólo por quedar bien o intereses más espurios -eso, el de Los Ángeles-) he optado por hablar sólo de libros que me hayan gustado, que me hayan interesado, de los que haya sacado algún provecho, libros que a buen seguro compraré para algún regalo, que prestaré a quienes supongo también los van a disfrutar. A veces, el silencio es la mejor crítica (aquí sí dicho con el tono más negativo posible), no dedicar espacio a algo, pasar por encima, pasar página (nunca mejor dicho) como también hago ahora con cualquiera que se parezca a los especímenes mencionados arriba.

   Pero se da el caso de que, a veces, hay lecturas que no llegan al grado de excelsitud que uno encuentra en, por fortuna, un buen puñado de títulos cada año, igual que pueden hablar de mi furia cuando algo me disgusta, pueden hablar de mi encendido e inagotable entusiasmo cuando algo me toca, me llega, me transforma/trastorna, me conmueve, me atrapa, por eso regalo adjetivos encomiásticos casi sin freno y, como me gusta decir, me coloco en el reclinatorio (hago reverencias, literalmente, sé que habrá quien lo haya visto por las redes -precisamente-, en breve les cuento más), son lecturas que, sin provocar una ovación, cumplen con creces su papel, en este caso concreto el de saber graduar y mantener la tensión, el de jugar limpio, el de no pretender dárselas de nada, el de entretener (arte noble que tantos desdeñan para dárselas de eruditos y/o cultos), sólo por ello (y no es poco) merecen atención, dar cuenta de su existencia (eso sí es reseñar, lo dice de nuevo el DRAE), allanarles el camino hacia un público que busca un divertimento de ese tipo. Esto es Naranja de sangre, la ópera prima de Harriet Tyce que Suma de Letras publicó el pasado septiembre (con traducción de Ana Momplet), una historia bien trenzada que, aunque cae en algunos lugares comunes (sobre todo en lo que se refiere a personajes un tanto planos o, sobre todo, unidimensionales), sabe distanciarse de títulos de gran éxito que hacen todas las trampas del mundo para epatar, recurren a mil argucias con tal de que la autora (pongamos Gillian Flynn) quede por encima del lector a base de hurtar datos, ser inverosímil, vulnerar el pacto implícito con el lector que toda novela de intriga/misterio debe cumplir. Mezclando un poco de La chica del tren con Perdida (es increíble que se haya convertido en referente, más aún con el modo ramplón en que la propia autora la adaptó al cine) y recordando a La mujer en la ventana de A. J. Finn (la mejor acabada, más sorprendente y honesta de lo que se ha dado en llamar domestic noir que un servidor conoce), Naranja de sangre tiene un comienzo un tanto titubeante (y no del todo creíble en lo que a la voz narradora se refiere -algo que, sin embargo, medía a la perfección el último título citado-) pero muy pronto toma su propio camino y enriquece la trama un tanto habitual de este subgénero con la preparación de un juicio por asesinato que ocupa el primer plano de modo que la autora puede ir preparando el terreno para unos giros que, incluso aunque alguien los anticipe, están muy bien situados y controlados para sorprender sin estafar, para dejar con un agradable sabor de boca, esperando que en la próxima novela la autora perfile su propia voz/personalidad con mayor contundencia y acierto, que no la ahogue tanto con repetición de esquemas o, esa es otra, pensando lo que el público demandó/aprobó en su día. A pesar de estas rémoras, Naranja de sangre proporciona un buen (o mal, según se mire, pero eso es lo que muchos, no lo neguemos, queremos con libros de este tipo) rato y me ha hecho caer en la cuenta de algunos títulos que no se han asomado al blog por ser demasiado estricto, prometo que no volverá a pasar (y si me quieren criticar por ello, adelante: ustedes tienen derecho a ello, debo responder a la confianza que ponen en mí, en parte por eso he desnudado un poco mi tarea, también para ver si el panorama se despeja un poco de tanto mal llamado crítico/reseñista que, en ocasiones, sólo consiguen el efecto contrario al deseable, es decir, que se lea menos).

martes, 29 de octubre de 2019

TODO EN LA VIDA ES COMO UNA CANCIÓN





   Aunque me he moderado con el tiempo (o atemperado con los años, cosas de la edad que jamás niego -50 años en febrero-), sigo teniendo fama/me sigo comportando en muchas ocasiones como aquel “crítico feroz” al que bautizó de semejante modo José Luis García Sánchez, feliz de que su Tranvía a la Malvarrosa me hubiese resultado una película divertida y bien resuelta; algo más de dos décadas después de esta anécdota que tanto me gusta recordar (porque sucedió en medio de una de esas entrevistas gozosas que he tenido el privilegio de mantener con gente a la que admiro), he aprendido gracias al constante ejercicio de mi profesión (que he procurado tener siempre presente en mis comentarios en redes sociales, por más que la mayoría los haya hecho a título personal, no como periodista) a aplicar convenientemente las enseñanzas de maestros a los que nunca dejo de citar/agradecer como fueron Mercedes Gómez del Manzano, Bernardino M. Hernando, Teófilo Ruiz y, por supuesto, Luis Landero, es decir, a exponer/argumentar/razonar o a procurarlo al menos, identificando como lo que son visceralidades, filias, fobias, estallidos en caliente, apreciaciones poco o nada meditadas, sin perder tampoco de vista aquello que demandaban/valoraban en mí mentores como Miguel Ángel Yáñez o Beatriz Pécker (y algunos de los anteriormente citados), es decir, aportar mi valoración, mi criterio, mi gusto/disgusto, poner de verdad en práctica el género de la crítica (el que puede/debe/merece ser llamado así, en breve tengo pensado reflexionar con ustedes con más detenimiento sobre este asunto), no resultar tibio, es decir, no tener validez al no dejar clara la postura adoptada frente a una obra artística o al mantener un día esta y al siguiente la contraria según convenga (algo en que era/es experto aquel que, gracias sean dadas a quien correspondan, cruzó el Atlántico), reconociendo con franqueza, cuando existan, los condicionantes que nos llevan a decir esto o aquello (e incluso evitando la ocasión, inhibiéndonos para no emitir lo que sería un juicio viciado/interesado/inauténtico). Sé que en ocasiones resulto demasiado categórico, eso también se debe a la edad (tengo la suficiente como para no andarme con paños calientes o absurdas correcciones políticas que no dejan de ser autocensura), pero procuro dejar claro qué provoca el tono acre y hasta intransigente que puede adoptar mi discurso, reconociendo incluso la irracionalidad de algunos pareceres plenamente viscerales (no digamos mis contradicciones, si ya saben los leales que el oxímoron -utilizarlo y encarnarlo- es mi perdición).

   El caso es que volví a recurrir a una introducción más extensa de lo pensada para terminar llegando a lo que hubiese debido ser punto de origen, pero creo que así se comprende mejor el exabrupto (que no lo es tanto) que viene a continuación: todos tenemos un género favorito, a estas alturas no puedo ocultar (aunque tampoco lo he pretendido jamás) que el mío es el policíaco/negro/de misterio, me parece muy bien que haya quien no quiera leer nada que se salga de lo que le gusta, pero eso le invalida para juzgar con propiedad otro tipo de obras (a las que desprecian por no ser, pongamos por caso, románticas, pero no se preocupan/ocupan de conocer, todo lo sustentan en un -perdón si suena fuerte, puede que si conocen algún caso coincidan conmigo- fundamentalismo atroz), son lectores unidireccionales (con, todo hay que decirlo, faltas de ortografía, pésima redacción, abundancia cuando no exclusividad de frases hechas, ignorancia supina y osada -hablo de lo que se puede leer/escuchar por ahí sin tener que buscar demasiado-), que rechazan con furia y sin miramientos aquello que se sale del esquema que conocen/consideran perfecto/único, es como si un servidor exigiera a todos los escritores del género que imitasen/plagiasen a la tía Agatha (cuando, al revés, es algo que me enerva sobremanera) y se negase a leer (ni tan siquiera a empezar, basta con lo que hayan dicho los considerados iguales o, las cosas como son, con lo que se exponga en la solapa o contra del libro) cualquier obra que no se parezca a Asesinato en el Orient Express. Y al poner este ejemplo es cuando entro de verdad en materia, puesto que me sirve para enlazar con algo que contó Paloma Sánchez-Garnica durante el apasionante encuentro que mantuvimos con ella el pasado septiembre en Casa del Libro de Gran Vía para hablar sobre La sospecha de Sofía, su por el momento última y muy exitosa novela (Planeta la lanzó a finales de febrero -justo el día de mi cumpleaños, era una señal- y hace pocos días anunciaba la octava edición): “Creo que es importante que el lector salga de su zona de confort y se ponga en la piel de cada personaje, algo que yo procuro hacer durante el proceso de escritura”. En seguida iremos con las aristas de algunos personajes, con personalidades que van evolucionando, con el corazón que se puede inocular en los arquetipos (y, al fin y al cabo, a eso podemos reducir a la mayoría de las criaturas que pululan por las páginas de la literatura universal), quedémonos un momento en lo de la zona de confort puesto que es de lo que estábamos hablando y mantenerse en esa cápsula provoca que seamos (con plural mayestático y sálvese quien pueda) como poco injustos con muchos escritores, no ya porque (repito, sin conocerlo) hayamos decidido (¿en base a qué?) que lo suyo no nos interesa, sino porque no aceptamos que un escritor a quien seguimos cambie mínimamente los que consideramos sus parámetros, los que lo fueron antes, nos comportemos (vuelvo a citarla, me asusta lo presente que la tengo -y eso que aún no empecé la segunda temporada de Castle Rock en la que han recurrido a ella-) como Annie Wilkes (o como los seguidores de Juego de tronos) y pretendamos dictar al escritor aquello que queremos leer (o ver en pantalla), cercenando la creatividad, es decir, regresando por un momento a la tía Agatha para cerrar este párrafo como si sólo la apreciásemos por haber escrito no sé cuántas variaciones de (me voy a uno de sus primeros triunfos) El asesinato de Roger Ackroyd, como si sólo aceptásemos constantes reescrituras de la misma, lo que invalidaría tanto Testigo de cargo como El tren de las 4.50, Diez negritos como La casa torcida y hasta la perenne La ratonera (vaya esto como una poco sutil andanada dedicada a los que dicen que todas sus historias son iguales).

   Empecé a pensar en este asunto bastante antes de escuchar a Paloma Sánchez-Garnica decir lo que transcribí en el párrafo anterior, casi desde que llegó a mis manos La sospecha de Sofía porque (en alguna otra reunión similar a la que no sólo acudimos los lectores habituales -que hicimos pleno, por cierto, con mi Pepa Muñoz como abanderada, por supuesto, en el acto en que, ahora lo podrán comprobar, la escritora fue enormemente generosa a la hora de contarnos su método de trabajo y el arduo proceso de creación de esta novela-), había escuchado por ahí, como les decía, algunas voces disconformes con el nuevo trabajo de Sánchez-Garnica (si bien es cierto que son de las que mantengo en permanente cuarentena por mucho de lo ya expuesto) y muy pronto comprendí a qué respondían: al hecho de que, una vez más (porque esa es otra), la autora tomase un camino distinto al ya transitado. En realidad (y por desgracia), hay quien se quedó prendado de La sonata del silencio (para no hacerlo), el título que la consagró definitivamente hace un lustro, olvidando/desconociendo sus títulos anteriores (El Gran Arcano o El alma de las piedras), y sólo espera nuevas melodías que no lo sean tanto y suenen del mismo modo que aquella, ritmo, compás, cadencia, elegancia y capacidad evocadora que son reconocibles en cada novela sin que eso suponga copiarse a sí misma, se reconoce su impronta, su sello, su manera de construir y desarrollar las historias, su estilo, su personalidad literaria que adapta sin aparente esfuerzo a lo que quiere contar en cada momento (antes de continuar, aclararé que no son tantos como pueda traslucirse de mis palabras los que así se comportan, lo que ocurre es que suelen tocarme cerca en estos eventos y, para colmo, noto sus nefastos efectos en gente conocida que, al ver lo que estoy leyendo, me dicen “¡Ah, eso es como La sonata del silencio pero con el Muro de Berlín!”, lo que no tendría por qué ser negativo de ser así, pero no es el caso). Abandonar la zona de confort (es algo que digo yo, no la autora) también supone leer sin esquematismos ni (demasiadas) ideas preconcebidas, dejándonos asombrar y capturar, algo que se le da de perlas a Paloma aborde el asunto (y la época) que aborde, sembrando el texto de mil sorpresas no todas relacionadas con giros, revelaciones, golpes de efecto, incógnitas por resolver, finales de capítulo en alto, sino que lo suponen en sí mismos tanto el propio planteamiento de la historia como la estructura, dejando cabos sueltos que se retoman en el momento idóneo para provocar mayor impacto, por más que alguno pueda intuirlos/esperarlos (pero no todos -en ambos sentidos: lectores y sucesos).

   Como les decía, Paloma Sánchez-Garnica hizo todo un alarde (sin darse/-le importancia) de generosidad (ella lo llamó agradecimiento a lectores fieles) puesto que no tuvo reparos en desgranar el proceloso y complicado proceso de creación (sobre todo de puesta en marcha) de esta novela que, además, se complicó con un asunto de salud que minó sus fuerzas y ánimo; sin entrar en intimidades (aunque fue enormemente discreta, más allá de alguna mención), dejemos que sea ella quien narre, como ella sabe, el modo en que La sospecha de Sofía comenzó a andar: “Soy muy disciplinada, sólo me dedico a la escritura y me siento todos los días frente al ordenador; estuve probando con diferentes historias que, algunas más pronto que otras, se me iban deshaciendo, me encontraba bastante perdida: sólo puedo seguir escribiendo si me apasiona lo que escribo y por el momento no me pasaba, llegué a tener 200 páginas de algo que al final no avanzó más, estar así es una sensación muy frustrante e insegura, pero seguí buscando la historia y me apropié de la frase “no me voy a rendir”. Concibo la escritura como un refugio, un lugar de protección. Cuando la situación me ahogaba me ponía a leer, es algo que hago a diario pero en esos momentos me volcaba, fue leyendo como tuve la primera chispa, algo saltó: la espera, alguien que espera a un ser querido, la incertidumbre. Como tenía claro que quería escribir sobre el final de los años 60, los 70, la época que viví de adolescente, cuando salías de casa y no había WhatsApp ni nada similar, si te ibas de viaje al extranjero podías estar sin llamar a casa varios días, comprendí que lo de la incertidumbre me venía bien. Entonces leí [cita dos libros que prefiero obviar para no dar pistas a quien aún no ha leído la novela] en apenas dos días, me puse a escribir y en seguida supe que ya tenía historia”. Y dejó, como siempre hace, que esa historia y, sobre todo, los personajes que la viven se adueñasen de ella: “Escribo con brújula, como se suele decir, empecé sin saber nada más que alguien estaba espiando a una familia, ese es el arranque: me tengo que dejar llevar, escuchar a los personajes, por eso necesito un espacio propio, aislarme, lejos de todo el mundo, que nadie me interrumpa, tengo la fortuna de tener el mejor compañero posible [su marido], es algo que he hablado con otros escritores y que se demuestra necesario. Como digo, escucho a los personajes, les tengo un respeto reverencial, tanto que me hicieron entrar en un territorio que jamás había pisado, el del espionaje, pero el asunto se presentó y, además, fue fascinante investigar sobre la época”. Y aquí aparece la gran sorpresa porque, al más puro estilo Paloma Sánchez-Garnica (es decir, primando las emociones de los personajes, el retrato sentimental de estos, poniendo el foco en las relaciones afectivas), La sospecha de Sofía es una muy meritoria y bien armada novela de espionaje en el sentido más clásico del término, puesto que la historia comienza en abril de 1968, pocos días antes de que Massiel gane Eurovisión, y muy pronto nos lleva hasta el Berlín dividido por esa infamia llamada Muro, reconstrucción de una época que, como es seña de identidad en la escritora, hace a través de los personajes, de cómo se comportan, cómo piensan, qué roles ocupan/aceptan/anhelan, de mil detalles cotidianos que nos acercan/vuelven a traer (depende de la edad del lector) el pasado (más o menos reciente) en una recreación llena de viveza y sensaciones ineludibles, convocados por el verbo preciso, rico y profusamente documentado (y cuidado) de Paloma: “La base de mi documentación es siempre la lectura: novelas que traten la época de que se trate o hayan sido escritas en aquel momento, busco la historia en minúsculas, lo que le pasaba a la gente, la literatura es la historia de las personas comunes, proporciona personajes de carne y hueso; también ensayos, por supuesto, en este caso diarios del mayo de 68 que me ayudasen a encontrar la mirada de Sofía sobre aquellos acontecimientos. Me sirvió mucho también “La vida de los otros”, al igual que “Soñadores” o “Good Bye, Lenin!”. Además, tuve la fortuna de estar el 18-19 de septiembre de 1989 en la RDA [justo estamos reunidos un 19 de septiembre treinta años después], hice el mismo viaje que mis personajes, sentí el mismo agobio que describo en el puesto fronterizo, en un minuto pasé de una ciudad alegre, vitalista, moderna, con aires de libertad a otra detenida en el tiempo, gris, escaparates enormes y vacíos, todo muy triste, nadie pensaba que apenas 40 días después caería el Muro”.

   Explicando la historia real que inspiró Libre a Armenteros y Herrero (esa canción que, aún hoy en día, mucha gente canta pensando que es una mera metáfora) en un breve prólogo, Paloma Sánchez-Garnica empieza a extender su habitual tela de araña (por el modo en que envuelve al lector y por cómo va expandiendo la historia), dando muy pronto la primera sorpresa puesto que la Sofía del título, a priori la protagonista (que lo será), desaparece durante un buen puñado de páginas para que la vida de los otros (perdón por el robo descarado), ya que no le han dejado vivir una propia, la arrolle sin concesiones ni avisar, mientras construye ese personaje digamos en ausencia, la autora aprovecha para ir presentando/desarrollando otros de importancia y magnetismo similares, magníficamente armados porque la autora les ha permitido ocupar el lugar que les corresponde: “Para mí, escribir es como leer un libro en el sentido de que no sé lo que va a pasar; es cierto que soy muy disciplina y estoy cada vez más convencida de que la inspiración viene cuando estás trabajando, pero durante los primeros pasos van apareciendo personajes, personas que no conozco, algunas llegan con el nombre clarísimo y otras no, voy escribiendo lo que ellos van contando, algún secundario se hace fuerte, como Elvira en este caso [la secretaria del bufete, todo un homenaje a tantas mujeres de aquel entonces -que no es tan lejano-, con un par de escenas que laceran], así es como día a día dejo que me colonicen y se apoderen de mis rutinas, mis silencios, mis horas de natación, mis lecturas, mis vigilias, de modo que cuando armo la primera estructura ya los conozco muy bien. Entonces llegan las relecturas en las que empiezo a definir, a perfilar muy bien, a pulir, a determinar cada escena, ya los he hecho míos. Pero la fase de escupir la historia es a ciegas, en las primeras novelas hacía esquemas que no me valieron de nada”. Pero Paloma se toma muy en serio su oficio, está verdadera y absolutamente comprometida con la literatura y con los lectores, de ahí que sus novelas se noten trabajadas, mimadas, armadas y si se me permite el neologismo almadas, con, como decía el bolero, alma, corazón y vida, abordando temas que ya ha tocado en obras anteriores (y en eso la reconocemos, es lo que se llama universo propio, lo de menos es el género escogido) pero haciéndolo desde una nueva perspectiva, tomando en esta ocasión como inspiración a una grandísima mujer: “Sofía se puede reconstruir en la novela gracias a su compañero, era algo que no podía dejar de contar: buscando mujeres como referencia para crear el personaje me fijé en la figura de Margarita Salas, gran investigadora, discípula de Severo Ochoa, hizo el posdoctorado en Química en Nueva York, regresó en 1968 junto con su marido, Eladio Viñuela, también investigador. Al abrir su laboratorio de Bilogía Molecular, todo el equipo se dirigía a ella como la mujer de él, sin darle su lugar, por lo que, siendo muy generoso, se quitó de en medio, se retiró a su propia investigación y ella quedó como directora a la que todos tuvieron que tratar como tal”. Si alguno de los recalcitrantes llegase hasta aquí, puede que detectase los nexos de unión entre La sospecha de Sofía y La sonata del silencio, porque lo importante no es el cómo (que también, pero sé que comprenden en qué sentido lo digo) se cuenta sino el qué se cuenta y en Paloma Sánchez-Garnica siempre es jugoso, palpitante, emocionante, melódico y armonioso (tanto que esta novela tiene su propia banda sonora compuesta por uno de los hijos de la escritora, Javier de Jorge).