miércoles, 30 de julio de 2014

PUNTOS SUSPENSIVOS



  



 Durante un tiempo, la extinta Punto Radio (cuántos medios van pasando y qué poco se preocupan algunos y nos ocupamos los que deberíamos de que eso no suceda con tanta asiduidad, aceptándose como algo natural, alegrándose muchos inconscientes porque caen los enemigos, olvidando que no habrá nadie para defenderlos cuando vayan a por ellos, pensando que sus barbas van a lucir frondosas hasta el infinito y más allá), aquella emisora que no se supo gestionar/defender de la mejor manera, un mero corralito para unos y otros, Punto Radio, decía, gustó de presentar programas en los que se hiciera alusión a su propio nombre y, así, todo era no sé quién en su punto, el punto de tal o cual y expresiones similares (no, puedo jurarles que lo de “punto filipino” no apareció por ningún lugar, al menos hasta donde a mí me conste); el caso es que Pablo, que siempre está haciéndome bromas sobre posibles espacios que podría presentar y busca los títulos más esperpénticos para que yo me revuelva, decía que debería ofrecer un proyecto llamado El punto de López o ¡López, qué punto! u otras combinaciones similares con las que, por un lado, nos moríamos de la risa y, por otro, yo volvía a mi eterno discurso sobre los programas que se diseñan para engordar el ego, esos que necesariamente llevan el nombre de su presentador/director/creador como recordatorio permanente de a quién debe rendirse pleitesía (me sucede lo mismo con cualquiera que, incluso como error –y yo mismo no he sabido evitarlo en ciertas ocasiones, reprochándomelo a posteriori- hable de “mi programa”, “aquí les espero”, “mis colaboradores”, todo impregnado del “yo, mi, me conmigo”, como si sólo él o ella hiciese posible la emisión, como si no hubiese un equipo detrás, como “menos mal que estoy yo aquí”: no, señores, en el micrófono, delante de la cámara, salvo en momentos en que uno habla por sí mismo y no involucra a nadie más, se utiliza la primera persona del plural, incluyendo a todos, a ver si nos olvidamos de lo guapos y maravillosos que somos –que nos creemos-) y es cierto que, por comodidad, hábito, fácil memorización, todos decimos lo de “voy a ver el programa de Fulano”, “¿qué día es el programa de Zutano?”, lo que no es disculpa para que sea una variación de dicha frase hecha la manera de identificarlo en la parrilla. El caso es que, después de las risas (era una broma recurrente), siempre terminaba por decir que me gustaría hacer un programa de marcado contenido literario que podría llamarse Punto y coma puesto que, a pesar de haber acuñado para mí mismo el mote de “don comas” con el que tantas veces me presento –intento vano de reproducir el modo en que Plenilunio de Muñoz Molina envenenó, alteró, enriqueció, potenció mi estilo narrativo, ese que quiso ser novelístico hasta que encontró acomodo y placer en el ensayo, en textos periodísticos, en mil y una posibilidades que dejan la fabulación para los que tienen talento para ella, metamorfosis completada cuando José Saramago entró en mi ánimo para quedarse, no llegando ni de lejos a la intención, estilo, magisterio que ambos destilan a la hora de puntuar con acierto, hondura y personalidad-, a pesar de mi traición hacia Luis Landero (maestro y espléndido escritor que decía una y mil veces en las aulas que el español es idioma de pocas comas, que otra cosa son las pausas naturales, las cadencias que no implican necesariamente el uso de mi frecuente recurso), siempre me ha resultado simpático ese signo ortográfico que nunca sabían explicarte demasiado bien cómo usar, cuándo era correcto, pero tantas satisfacciones me da cuando lo uso como nexo, como continuidad, como mínima pausa a mi irrefrenable verborrea; y llegados a ese punto (nunca mejor dicho), a pesar de mi querencia por el mismo sobre la coma, concluía que, en realidad, por sugerente, por ofrecer múltiples posibilidades, por resultar atractivo, por prometer continuación, por establecer lazos cómplices para que cada cual los completase, me encantaría poder titular al espacio Puntos suspensivos.
   Nada como la magia de una conclusión que deja en el ánimo del lector las ganas de continuar soñando, una puerta que se queda entornada, un cierre que no es definitivo, que se atreve a torcer la mano de ese habitual, idílico e irreal “…y comieron perdices” con que nos enseñaban de pequeños a finalizar todas las historias, colofón obligatorio que impedía hacerse preguntas, imaginar alguna continuación (recuerdo, por ejemplo, que en uno de esos gozosos tomos conocidos como Películas en que se alternaban historietas sobre personajes Disney con las protagonizadas por el divertidísimo universo que debemos al ingenio de Hanna y Barbera, aparecía una que se presentaba como Vuelve Blancanieves, muy comentada en el colegio porque no teníamos muy claro por qué regresaba o a quién podía interesarle eso más allá de la clásica historia que todos nos sabíamos); no es que uno reniegue de grandes finales que zanjan la narración en el momento conveniente, los hay impresionantes, pero durante tanto tiempo nos hicieron creer que los finales abiertos eran decepcionantes, frustrantes, tramposos, demostraban las carencias del narrador, la poca consistencia de la historia, enfurecían al público (¿Qué decir de Lo que el viento se llevó, éxito de ventas, clásico cinematográfico, rentable desde hace casi un siglo, libro interrumpido porque Margaret Mitchell decidió guardar el resto para un segundo volumen, apabullante conclusión con esa frase legendaria –“Mañana será otro día”- que tanto promete y a tanto invita? Mi tía Carmen tiene toda una teoría en cómo afrontará Escarlata ese nuevo amanecer y jamás se ha sentido estafada porque no hay beso final –tantas veces metido con calzador y a toda costa-), un montón de fruslerías que empequeñecía nuestro horizonte, esa manía de imponer tres o cuatro reglas estrictas, esa forma de minar el ánimo lector que sistemáticamente se ha practicado entre los pequeños ofreciéndoles textos aburridos, inadecuados, adoctrinadores, falsamente magistrales que en tantas ocasiones se limitaban a repetir un esquema, el que se glosaba como el único posible, el verdadero (sí, ya sé que no vamos a empezar por Flaubert o Blasco Ibáñez o, mira, tal vez sí si repasamos todas sus creaciones y encontramos narraciones accesibles y atractivas que nos familiarizan con esos u otros autores –en un libro de texto de mis primeros años de EGB aparecía El gigante egoísta de Oscar Wilde como lectura obligatoria: en ese momento, te quedas con una interpretación, con los años vas más allá de lo meramente literal-), nos implantaban tantos prejuicios que hubo un momento en que, volando libremente, uno cogió aversión a esos desenlaces en los que todo parecía atado y bien atado (qué pronto me rebelé ante esta frase sin tener claro ni quién la había pronunciado) y buscaba casi con desesperación esos otros en que pudiera hablar de tú a tú con los personajes, quedarse rumiando un tiempo, interiorizando los estímulos recibidos durante la lectura. Lo cierto es que no se puede ser categórico y, como en tantas entrevistas respondimos Pablo y yo cuando presentamos Finales de cine, nuestro primer libro conjunto, lo único que exigimos, aquello por lo que seleccionamos esas 77 películas de entre las más de 200 que reunimos en un primer listado, lo que nosotros entendemos por “buen final” es que sea coherente con todo lo demás, no un quiebro forzado pensando en las ventas, una obviedad presentida mucho antes de que suceda, una repetición del hallazgo de otro sin añadidos ni variantes, una vuelta de tuerca sin sentido sólo para provocar una sorpresa poco duradera, en definitiva, cualquier añagaza que no acepta la revisitación, el replanteamiento, puntos suspensivos diseminados con destreza y talento por el autor, pausa que le garantiza la inmortalidad.
   Esta satisfacción de quedarte con la miel en los labios no por escasez sino por grandeza, por sutileza, por capacidad evocadora, por magnífica descripción de sentimientos, por viveza de sensaciones, por saber economizar palabras pero ofrecer con las justas un caleidoscopio con el que jugar, este continuo regalo lo he experimentado durante la lectura del volumen El Garden Party y otros cuentos de Katherine Mansfield. La autora neozelandesa es capaz de concretar existencias completas en unas cuantas páginas (Vida de Ma Parker es el relato que mejor lo ejemplifica de los aquí reunidos), pasar de momentos luminosos a oscuridades muy íntimas, de lo lúdico, frívolo e incluso tonto a lo más trascendente, con pequeñas dosis va variando y ampliando tonos, una gran sinfonía que sólo muestra los acordes precisos (pero los que quedan en off dejan sentir su exo), capta con naturalidad ambientes, circunstancias, detalles con múltiples significados y cuando tiene al lector interesado, inquieto, regocijado por su talento narrativo, implicado con la historia, remata con brío y audacia para que se sienta un pellizco en el alma y esos personajes se queden con nosotros, para que ahoguemos una sonrisa, un gemido, una lágrima, para removernos, para dejar al ser humano al descubierto, para levantar acta de su impiedad, su inconsciencia, su crueldad, su ceguera ante el sufrimiento de los otros, su escaso conocimiento y/o preocupación por los  afectos de los demás, su nulo análisis sobre los propios, en definitiva, una prosa en apariencia intrascendente que va calando en nuestro ánimo gota a gota, sin sentir, hasta que resulta imposible desasirse de ella, hasta que cala en lo más hondo y nos quita el antifaz. Teniendo aún demasiado reciente (en realidad, siempre queda ahí) la lectura de Al faro de Virginia Woolf, fue inevitable evocar a la fantástica autora al abrir el libro por el primer relato –En la bahía- y reconocer esa manera de quitar capas para inspeccionar lo que realmente sucede en el interior de los pechos y las cabezas de los personajes, rodeados por un paisaje idílico, con descripciones bucólicas que transmutan en párrafos amenazantes, crueles, inquietantes, según la ocasión lo requiera hasta que, tras algo más de 50 páginas –es la narración más extensa de las agrupadas-, cuando no puede haber marcha atrás, Mansfield cierra la historia con el siguiente párrafo: “Una nubecilla serena pasó ocultando la luna. En aquellos segundos de oscuridad el mar resonó con eco más profundo y agitado. Luego la nube pasó y el sonido del mar volvió a ser un arrullo difuso, como si hubiese despertado de un oscuro sueño. Todo estaba en calma”. Como puede comprobarse, nada se desvela al descontextualizar estas frases, en apariencia meramente descriptivas, pero que cobran múltiples sentidos al estar precedidas por todo lo anterior, especialmente ese lapidario “todo estaba en calma”: cuando es alguien es capaz de provocar tales embates emocionales con una frase tan sencilla e ingenua, tan clamorosamente simple, tan cotidiana, nos encontramos ante una escritora prodigiosa con una capacidad inagotable para escarbar, para profundizar, para taladrar, para sondear esa realidad inaprensible que tantas veces diríase ficticia, soñada o utópica llamada “naturaleza humana”.
   Y lo fabuloso es que jamás tienes nada claro con Katherine Mansfield, jamás puedes anticipar por qué meandros va a moverse, a cuántos desequilibrios te va a forzar, pero siempre juega limpio porque narra desde la distancia, la observación, la mera exposición, llevándote al límite sin que lo percibas hasta que ya es tarde porque su prosa es adictiva, porque sus diálogos son certeros, porque sus monólogos interiores son torrenciales, porque apela directamente al lector, porque le hace partícipe (y a veces responsable) del destino de sus personajes (ese momento estremecedor en que, precisamente en El Garden Party, Laura sólo sabe balbucear “¿No es la vida…?”, sin encontrar las palabras precisas para expresar y explicar su conmoción, y su hermano tan sólo le responde “Lo es, querida” –la cursiva aparece en el libro-). Y plasma con determinación lo absurdos que podemos llegar a ser por pensar demasiado las cosas, por preocuparnos por la mirada de los demás, los cuales tal vez ni nos ven pero nosotros los sentimos ojo avizor (Las hijas del difunto coronel), cómo consentimos ser prisioneros de convenciones sociales que no deberían afectarnos (El señor y la señora Palomo), cómo paralizamos nuestra vida y la de los demás y somos crueles por diversión (La adolescente –esa muchacha a la que su madre siempre deja esperando-, Mariage à la mode –en la que cambiamos de perspectiva y de forma de analizar un matrimonio en cuestión de cuatro frases, gracias, una vez más, al modo en que Mansfield ofrece las múltiples caras de lo aparentemente sencillo-); y, por encima de todo lo demás, nos tropezamos con esa Ma Baker antes citada, esa mujer que sólo se duele de no poder dar rienda suelta a su dolor (“¡Ay!, ¿no existía ningún sitio en donde pudiese esconderse, estar sola tanto como quisiera, sin que nadie la molestase y sin molestar a otros? ¿No existía ningún lugar en el mundo en donde pudiese, por fin, solazarse llorando?”) o con la señorita Brill, pariente muy cercana de aquella de Trevélez que inmortalizó Carlos Arniches (y que inspiró Calle Mayor, la obra maestra de Juan Antonio Bardem) o de la que sin nombre, tan sólo señorita, dio título a la demoledora canción de Rafael de León y Juan Solano, esa mujer que sufre el menosprecio, el insulto, el salvajismo de aquellos que miran con sorna al diferente, que condenan al solitario, que fingen indiferencia para lanzar el ataque más despiadado, que provocan lágrimas, desencantos, que ensucian la tierra, que se erigen en jueces. Mansfield retrata con mano firme, con inmensa y envidiable concisión, terminando el relato donde otros muchos lo empezarían, esa es su diferencia y su virtud: capta la vida con precisión de microscopio y nos alienta a que la continuemos, a que pongamos nuestras propias palabras sobre su alfombra de puntos suspensivos.    

miércoles, 23 de julio de 2014

LA CUÑADA DE CHARLES DICKENS PASÓ POR AQUÍ



  




 Fue uno de los viajes a Londres que recuerdo con más cariño, con más emoción, una de nuestras mejores visitas a la ciudad del Támesis, una de esas conjunciones astrales (de las que tanto sabe Vanessa Montfort: “Se dan casualidades mágicas: hay algo que conspira para que todo termine por encajar”) en las que todo se combina para que las expectativas queden superadas desde el primer minuto: eran los primeros días de diciembre y todo estaba engalanado para recibir a la Navidad al modo en que los anglosajones adornan estas fechas, como si el tiempo se detuviese, como si estuviéramos dentro de una de esas esferas que al darles la vuelta ofrecen un paisaje nevado, con el ambiente, espíritu y predisposición que vemos en las películas o que envidiábamos en nuestras lecturas cuando éramos chavales, con una insólita atmósfera de bondad que lo impregnaba todo, reencontrando ese espíritu que uno creía haber desterrado mientras la vida va haciendo su implacable labor de zapa, recuperando una mirada infantil e ingenua, emocionándonos con un mercadillo a la entrada de un templo, con los magníficos escaparates de Fortnum & Mason en los que recreaba la historia de la Reina de las Nieves, consiguiendo unas entradas de ensueño una hora antes de la función para deleitarnos con Sunset Boulevard (el centro de la fila siete y, como remate, a mitad de precio), conociendo el castillo de Warwick en el que todo estaba preparado para vivir las fiestas (al modo medieval, por supuesto), visitando el que se anuncia como “lugar de nacimiento de William Shakespeare” en Stratford-upon-Avon (y comiendo una pizza estupenda en un restaurante encantador cuando pensábamos que, tal vez, comeríamos un sándwich y a la carrera), en definitiva, una de esas experiencias tan nuestras, con teatro, música, ese universo común y propio en el que nos entendemos sin apenas palabras, pasiones enriquecidas al compartirlas con el único cómplice posible, sin interferencias, disfrutando cada instante, el mero hecho de pasear y curiosear tiendas. Y, además, fue la ocasión en que saldamos la deuda con uno de nuestros escritores favoritos, con alguien que aprendimos a adorar desde niños gracias a aquellas impagables Joyas Literarias Juveniles de la editorial Bruguera (y al posterior salto a la colección Historias con sus diferentes series –Grandes Clásicos, Julio Verne, Leyendas y Cuentos, Mujercitas, Sissi-), hubiera supuesto un crimen de lesa majestad lleno de saña no visitar el Museo Charles Dickens cuando la Navidad que anhelábamos en nuestra infancia (sin un Scrooge cerca, por supuesto) estaba inspirada en gran medida por una de sus narraciones más populares y, al menos el que suscribe, envidiaba las estampas familiares en las que todo era alegría y buenos sentimientos, en las que nadie quería más que ese bienestar y el sentimiento festivo (por desgracia, estos días tan señalados obligaban a reuniones en las que uno siempre se encontraba tenso y con miedo a que la fingida armonía se quebrase –si bien es cierto que eso sucedía, por la presencia de determinada persona a la que no me apetece nombrar, en cualquier celebración y que en este momento concreto del año sólo en las tardes del día 25 y del 1 de enero-). Y nos fuimos hasta el número 48 de Doughty Street, a la vivienda que fuese del escritor desde marzo de 1837 a diciembre de 1839 y, como no podía ser de otra manera, encontramos su salón principal con todo dispuesto para brindar por la Navidad y, con el realismo que sólo los británicos saben imprimir a cualquier reproducción, como si hubiésemos entrado en el túnel del tiempo, pudiera decirse que de un momento iba a aparecer el autor de Oliver Twist (una de las obras que escribió en esa casa) para atendernos en su despacho, consultar algún volumen de su biblioteca (en la que conviven ediciones de sus novelas en diferentes idiomas) o dar un último toque junto a su mujer a la decoración navideña; mi (nuestro) entusiasmo lector no dejaba de sentirse reavivado, estimulado, respirando la atmósfera en la que se habían redactado las últimas correcciones y añadidos a lo que ahora conocemos como Los papeles póstumos del Club Pickwick y la totalidad de Nicholas Nickleby, cuando, de repente, subiendo por la escalera (es una vivienda de cuatro plantas) en busca de nuevos tesoros, sentí un escalofrío que me paralizó, Pablo notó que me quedaba helado durante un segundo o dos, en seguida recuperé mi ser y lo achaqué a alguna corriente de aire mientras nos asomábamos a la siguiente habitación en la que otros visitantes estaban en completo silencio, alrededor de una cama, leyendo un texto que explicaba que ese era el lugar en que había muerto Mary, cuñada del escritor, fallecimiento que le inspiró el de Nellie, la angelical protagonista de la tristísima Almacén de antigüedades. Resultaba imposible salir indemne de la estancia, sobre todo al conocer las lacrimógenas páginas en las que Dickens dio rienda suelta a su dolor, pero cualquier tipo de predisposición (que no niego, todo lo contrario, y que además espoleo, propicio, requiero cuando visito lugares históricos, sitios por los que han pasado personas a las que admiro, escenarios de aventuras reales o ficticias) no servía para justificar el temblor que me invadió antes de traspasar ese umbral puesto que ignorábamos a donde encaminábamos nuestros pasos; desde ese momento, al principio como una broma, después con convencimiento (e incluso deseándolo), Pablo me dijo que había sentido pasar a la cuñada de Dickens y lo cierto es que una energía diferente flotaba por ahí y yo experimenté sus efectos (y estoy encantado de que haya sucedido; si algún día alguien me demuestra que sólo fue un cambio brusco de temperatura, un breve ataque que tenga explicación científica, seguiré soñándolo).
   Se lo cuento entre risas a Vanessa Montfort, puesto que ella recuerda este episodio en su deslumbrante y motivadora novela La leyenda de la isla sin voz, publicada por Plaza y Janés, en la que articula “una historia que no debería haberse escrito” (así la cataloga en la primera línea) en torno a Charles Dickens y su estancia en la isla Blackwell, frente a Manhattan, muy cerca de Nueva York y sin embargo muy lejos de su historia, un capítulo oculto, olvidado, desconocido, sepultado por la indiferencia y la desidia (de hecho, ahora se llama Roosvelt Island y eso puede mover a equívocos), que se impuso a la escritora en una visita casi por sorpresa “porque, para empezar, hay quien la confunde con otros lugares, lo del cambio de nombre lo complica todo, había quien me hablaba de una isla residencial con unas vistas espectaculares; quise conocerla sin tener muy claro por qué y qué iba a encontrar. Ya el escenario es impactante: ruinas góticas, árboles saliendo por las ventanas, me metí por un agujero en una de las verjas y encontré un letrero del antiguo hospital… El caso es que, justo cuando nos íbamos a ir, me dio por asomarme a un pequeño quiosco y, entre fotos de enfermeras y otras personas que habían trabajado allí en el XIX, cuando funcionaba como penitenciaría, hospicio, hospital, manicomio, me topé con Charles Dickens y no podía dar crédito”. Así fue cómo conoció a Judith Berdy, la señora que estaba allí sentada, sin hacerse notar, tan campante, otra alma inquieta que un día pidió permiso para poder instalarse en aquel lugar tan apartado del interés de la gran urbe y solicitar la colaboración popular en su intento por recopilar instantáneas, testimonios, la herencia viva de los descendientes de las gentes que trabajaron y habitaron esos parajes, armándose de paciencia y logrando que la historia de Blackwell no se pierda, la que alienta las adictivas páginas que, con su pericia habitual para trenzar argumentos interesantes y mezclar lo imaginado con lo real con una honestidad a prueba de bomba (“no me gusta que en algunos sitios se la haya calificado de novela histórica porque es ficción pura y dura”), con una audacia que no conoce más límites que los de la verosimilitud (“el que quiera realidad, que se la invente, como he hecho yo”), con un respeto absoluto por la figura central y su obra (“cada lector tiene su Dickens y hay que mantenerse en permanente equilibrio para que nada chirríe: yo busqué su voz y personalidad en su correspondencia, en sus cartas, ya que me interesaba mucho más el hombre, el liberal, el filántropo, que el novelista”), Vanessa Montfort despliega sus mejores artes de narradora para abducir tanto al iniciado como al neófito (“hay mensajes ocultos para el que ha leído a Dickens, pero me preocupé de que pudiera leerse sin que ese bagaje fuera necesario”).
   En un paso de gigante en su sorprendente trayectoria, siendo una de nuestras voces más frescas, sabiendo combinar esquemas clásicos con rupturas, transgresiones, mixturas en las que nada resulta chocante por la naturalidad con que fabula (recupérese su espléndida Mitología de Nueva York, Premio Ateneo de Sevilla), Vanessa Montfort se reinventa en La leyenda de la isla sin voz con la sencillez que la caracteriza, lo que impide que sus proyectos sean gigantescos y sus logros insuflen savia nueva al siempre en mutación género novelístico (porque cada autor, cuando posee una verdadera voz, lo transforma a su antojo): “Pienso mucho las estructuras, incluso lo hago de más, llego a obsesionarme pero no me gusta que el lector pueda perderse, aburrirse, no se trata de demostrar lo lista que soy: mi objetivo es sorprender pero desde una escritura sencilla y clara”. En esta ocasión, por primera vez, ha recurrido a un narrador omnisciente, en parte a ella misma, alguien que está presente no sólo en lo sucede en el momento sino en el futuro de los personajes, estableciendo paralelismos y conexiones con sucesos reales, insinuando, dejando intuir, dejando un rastro por si queremos seguirlo (y no seré yo el que desvele algunos de estos momentos que pudieran compararse con una epifanía o identifique a algunos de los personajes que aparecen en sus páginas: es labor del que quiera ponerse a la tarea –eso sí, si a alguien le apetece que busque en Google la combinación “Nellie”, “Pulitzer”, “Blackwell” y vaya abriendo boca o, como en mi caso, que lo reserve como gratificante estrambote a la lectura porque una cosa es saber de quién se nos habla y otra muy distinta conocer ciertos aspectos de su vida-): “Pensé que el mejor narrador era el más tradicional, el que engancha con sus primeras palabras, el que te dice “te voy a contar el cuento”. Me fue difícil hallarlo, al principio no terminaba de sentirme cómoda o de encontrar la voz que precisaba porque siempre he dejado que me hablen los personajes, pero sólo con ese recurso podía plasmar el microcosmos que me fue naciendo según investigaba”. Desde el principio quiso que ese escenario fuese una metáfora, “un pequeño mundo en el que se fragua el liberalismo, todos los avances sociales que trajo el XIX y que debían venir de la mano de un autor que siempre fue un gran activista, un convencido defensor de la igualdad, de la consecución de derechos, de hacerlos extensivos a cualquiera, alguien que conoció la miseria, la cárcel, esa persona que vuelve desencantada de un viaje a lo que consideraba una de las cunas de la libertad y arremete sin piedad contra su falsedad, sus contradicciones, sus rémoras: Notas de América refleja este revés, el que sufrió como persona primero y, a resultas de su publicación, como escritor, puesto que los lectores estadounidenses le volvieron la espalda, ofendidos por su prosa incendiada, por su filípica, por hablar claro y sin tapujos”.
   Y para salir del atolladero financiero, para congraciarse con los que antaño esperaban impacientes la nueva entrega de cualquiera de sus creaciones, para inyectar liquidez a su mermada economía, ofreció a su editor el relato que conocemos como Cuento de Navidad y Vanessa Montfort ha tenido la feliz idea de imaginar su fabricación, su gestación, en algunos de los pasajes más regocijantes y enriquecedores para el admirador de Dickens: “He tenido la osadía de inventarme un posible making of, pero debo decir que inspirada por algunas de las personas que son nombradas en Notas de América o por otras que vivieron en Blackwell en ese momento. Han sido momentos fantásticos porque me he permitido desbarrar emocionalmente, ya que siempre me aferro mucho a la técnica, soy controladora de manual, no dejo ni un resquicio al sentimiento, apenas lo meramente necesario, pero el contexto, el personaje, las propias referencias a Cuento de Navidad me obligaban a dar este paso”. Lo cierto es que el reto se salda de manera muy favorable porque consigue que el lector se sienta parte de la polifonía que va conformando el devenir de Mr. Scrooge, sonriendo con complicidad cuando anticipa o reconoce algún momento de la narración original, quedando noqueado cuando la intrepidez de Vanessa ofrece soluciones visuales que amplían las emociones dickensianas, gozando como pocas veces nos regala un texto, contagiando pasión, reafirmándonos en nuestra admiración, lanzándonos hacia uno de los autores más enormes e imprescindibles de la literatura universal, confirmando que Vanessa Montfort va a seguir dando sorpresas muy gratificantes.