miércoles, 30 de julio de 2014

PUNTOS SUSPENSIVOS



  



 Durante un tiempo, la extinta Punto Radio (cuántos medios van pasando y qué poco se preocupan algunos y nos ocupamos los que deberíamos de que eso no suceda con tanta asiduidad, aceptándose como algo natural, alegrándose muchos inconscientes porque caen los enemigos, olvidando que no habrá nadie para defenderlos cuando vayan a por ellos, pensando que sus barbas van a lucir frondosas hasta el infinito y más allá), aquella emisora que no se supo gestionar/defender de la mejor manera, un mero corralito para unos y otros, Punto Radio, decía, gustó de presentar programas en los que se hiciera alusión a su propio nombre y, así, todo era no sé quién en su punto, el punto de tal o cual y expresiones similares (no, puedo jurarles que lo de “punto filipino” no apareció por ningún lugar, al menos hasta donde a mí me conste); el caso es que Pablo, que siempre está haciéndome bromas sobre posibles espacios que podría presentar y busca los títulos más esperpénticos para que yo me revuelva, decía que debería ofrecer un proyecto llamado El punto de López o ¡López, qué punto! u otras combinaciones similares con las que, por un lado, nos moríamos de la risa y, por otro, yo volvía a mi eterno discurso sobre los programas que se diseñan para engordar el ego, esos que necesariamente llevan el nombre de su presentador/director/creador como recordatorio permanente de a quién debe rendirse pleitesía (me sucede lo mismo con cualquiera que, incluso como error –y yo mismo no he sabido evitarlo en ciertas ocasiones, reprochándomelo a posteriori- hable de “mi programa”, “aquí les espero”, “mis colaboradores”, todo impregnado del “yo, mi, me conmigo”, como si sólo él o ella hiciese posible la emisión, como si no hubiese un equipo detrás, como “menos mal que estoy yo aquí”: no, señores, en el micrófono, delante de la cámara, salvo en momentos en que uno habla por sí mismo y no involucra a nadie más, se utiliza la primera persona del plural, incluyendo a todos, a ver si nos olvidamos de lo guapos y maravillosos que somos –que nos creemos-) y es cierto que, por comodidad, hábito, fácil memorización, todos decimos lo de “voy a ver el programa de Fulano”, “¿qué día es el programa de Zutano?”, lo que no es disculpa para que sea una variación de dicha frase hecha la manera de identificarlo en la parrilla. El caso es que, después de las risas (era una broma recurrente), siempre terminaba por decir que me gustaría hacer un programa de marcado contenido literario que podría llamarse Punto y coma puesto que, a pesar de haber acuñado para mí mismo el mote de “don comas” con el que tantas veces me presento –intento vano de reproducir el modo en que Plenilunio de Muñoz Molina envenenó, alteró, enriqueció, potenció mi estilo narrativo, ese que quiso ser novelístico hasta que encontró acomodo y placer en el ensayo, en textos periodísticos, en mil y una posibilidades que dejan la fabulación para los que tienen talento para ella, metamorfosis completada cuando José Saramago entró en mi ánimo para quedarse, no llegando ni de lejos a la intención, estilo, magisterio que ambos destilan a la hora de puntuar con acierto, hondura y personalidad-, a pesar de mi traición hacia Luis Landero (maestro y espléndido escritor que decía una y mil veces en las aulas que el español es idioma de pocas comas, que otra cosa son las pausas naturales, las cadencias que no implican necesariamente el uso de mi frecuente recurso), siempre me ha resultado simpático ese signo ortográfico que nunca sabían explicarte demasiado bien cómo usar, cuándo era correcto, pero tantas satisfacciones me da cuando lo uso como nexo, como continuidad, como mínima pausa a mi irrefrenable verborrea; y llegados a ese punto (nunca mejor dicho), a pesar de mi querencia por el mismo sobre la coma, concluía que, en realidad, por sugerente, por ofrecer múltiples posibilidades, por resultar atractivo, por prometer continuación, por establecer lazos cómplices para que cada cual los completase, me encantaría poder titular al espacio Puntos suspensivos.
   Nada como la magia de una conclusión que deja en el ánimo del lector las ganas de continuar soñando, una puerta que se queda entornada, un cierre que no es definitivo, que se atreve a torcer la mano de ese habitual, idílico e irreal “…y comieron perdices” con que nos enseñaban de pequeños a finalizar todas las historias, colofón obligatorio que impedía hacerse preguntas, imaginar alguna continuación (recuerdo, por ejemplo, que en uno de esos gozosos tomos conocidos como Películas en que se alternaban historietas sobre personajes Disney con las protagonizadas por el divertidísimo universo que debemos al ingenio de Hanna y Barbera, aparecía una que se presentaba como Vuelve Blancanieves, muy comentada en el colegio porque no teníamos muy claro por qué regresaba o a quién podía interesarle eso más allá de la clásica historia que todos nos sabíamos); no es que uno reniegue de grandes finales que zanjan la narración en el momento conveniente, los hay impresionantes, pero durante tanto tiempo nos hicieron creer que los finales abiertos eran decepcionantes, frustrantes, tramposos, demostraban las carencias del narrador, la poca consistencia de la historia, enfurecían al público (¿Qué decir de Lo que el viento se llevó, éxito de ventas, clásico cinematográfico, rentable desde hace casi un siglo, libro interrumpido porque Margaret Mitchell decidió guardar el resto para un segundo volumen, apabullante conclusión con esa frase legendaria –“Mañana será otro día”- que tanto promete y a tanto invita? Mi tía Carmen tiene toda una teoría en cómo afrontará Escarlata ese nuevo amanecer y jamás se ha sentido estafada porque no hay beso final –tantas veces metido con calzador y a toda costa-), un montón de fruslerías que empequeñecía nuestro horizonte, esa manía de imponer tres o cuatro reglas estrictas, esa forma de minar el ánimo lector que sistemáticamente se ha practicado entre los pequeños ofreciéndoles textos aburridos, inadecuados, adoctrinadores, falsamente magistrales que en tantas ocasiones se limitaban a repetir un esquema, el que se glosaba como el único posible, el verdadero (sí, ya sé que no vamos a empezar por Flaubert o Blasco Ibáñez o, mira, tal vez sí si repasamos todas sus creaciones y encontramos narraciones accesibles y atractivas que nos familiarizan con esos u otros autores –en un libro de texto de mis primeros años de EGB aparecía El gigante egoísta de Oscar Wilde como lectura obligatoria: en ese momento, te quedas con una interpretación, con los años vas más allá de lo meramente literal-), nos implantaban tantos prejuicios que hubo un momento en que, volando libremente, uno cogió aversión a esos desenlaces en los que todo parecía atado y bien atado (qué pronto me rebelé ante esta frase sin tener claro ni quién la había pronunciado) y buscaba casi con desesperación esos otros en que pudiera hablar de tú a tú con los personajes, quedarse rumiando un tiempo, interiorizando los estímulos recibidos durante la lectura. Lo cierto es que no se puede ser categórico y, como en tantas entrevistas respondimos Pablo y yo cuando presentamos Finales de cine, nuestro primer libro conjunto, lo único que exigimos, aquello por lo que seleccionamos esas 77 películas de entre las más de 200 que reunimos en un primer listado, lo que nosotros entendemos por “buen final” es que sea coherente con todo lo demás, no un quiebro forzado pensando en las ventas, una obviedad presentida mucho antes de que suceda, una repetición del hallazgo de otro sin añadidos ni variantes, una vuelta de tuerca sin sentido sólo para provocar una sorpresa poco duradera, en definitiva, cualquier añagaza que no acepta la revisitación, el replanteamiento, puntos suspensivos diseminados con destreza y talento por el autor, pausa que le garantiza la inmortalidad.
   Esta satisfacción de quedarte con la miel en los labios no por escasez sino por grandeza, por sutileza, por capacidad evocadora, por magnífica descripción de sentimientos, por viveza de sensaciones, por saber economizar palabras pero ofrecer con las justas un caleidoscopio con el que jugar, este continuo regalo lo he experimentado durante la lectura del volumen El Garden Party y otros cuentos de Katherine Mansfield. La autora neozelandesa es capaz de concretar existencias completas en unas cuantas páginas (Vida de Ma Parker es el relato que mejor lo ejemplifica de los aquí reunidos), pasar de momentos luminosos a oscuridades muy íntimas, de lo lúdico, frívolo e incluso tonto a lo más trascendente, con pequeñas dosis va variando y ampliando tonos, una gran sinfonía que sólo muestra los acordes precisos (pero los que quedan en off dejan sentir su exo), capta con naturalidad ambientes, circunstancias, detalles con múltiples significados y cuando tiene al lector interesado, inquieto, regocijado por su talento narrativo, implicado con la historia, remata con brío y audacia para que se sienta un pellizco en el alma y esos personajes se queden con nosotros, para que ahoguemos una sonrisa, un gemido, una lágrima, para removernos, para dejar al ser humano al descubierto, para levantar acta de su impiedad, su inconsciencia, su crueldad, su ceguera ante el sufrimiento de los otros, su escaso conocimiento y/o preocupación por los  afectos de los demás, su nulo análisis sobre los propios, en definitiva, una prosa en apariencia intrascendente que va calando en nuestro ánimo gota a gota, sin sentir, hasta que resulta imposible desasirse de ella, hasta que cala en lo más hondo y nos quita el antifaz. Teniendo aún demasiado reciente (en realidad, siempre queda ahí) la lectura de Al faro de Virginia Woolf, fue inevitable evocar a la fantástica autora al abrir el libro por el primer relato –En la bahía- y reconocer esa manera de quitar capas para inspeccionar lo que realmente sucede en el interior de los pechos y las cabezas de los personajes, rodeados por un paisaje idílico, con descripciones bucólicas que transmutan en párrafos amenazantes, crueles, inquietantes, según la ocasión lo requiera hasta que, tras algo más de 50 páginas –es la narración más extensa de las agrupadas-, cuando no puede haber marcha atrás, Mansfield cierra la historia con el siguiente párrafo: “Una nubecilla serena pasó ocultando la luna. En aquellos segundos de oscuridad el mar resonó con eco más profundo y agitado. Luego la nube pasó y el sonido del mar volvió a ser un arrullo difuso, como si hubiese despertado de un oscuro sueño. Todo estaba en calma”. Como puede comprobarse, nada se desvela al descontextualizar estas frases, en apariencia meramente descriptivas, pero que cobran múltiples sentidos al estar precedidas por todo lo anterior, especialmente ese lapidario “todo estaba en calma”: cuando es alguien es capaz de provocar tales embates emocionales con una frase tan sencilla e ingenua, tan clamorosamente simple, tan cotidiana, nos encontramos ante una escritora prodigiosa con una capacidad inagotable para escarbar, para profundizar, para taladrar, para sondear esa realidad inaprensible que tantas veces diríase ficticia, soñada o utópica llamada “naturaleza humana”.
   Y lo fabuloso es que jamás tienes nada claro con Katherine Mansfield, jamás puedes anticipar por qué meandros va a moverse, a cuántos desequilibrios te va a forzar, pero siempre juega limpio porque narra desde la distancia, la observación, la mera exposición, llevándote al límite sin que lo percibas hasta que ya es tarde porque su prosa es adictiva, porque sus diálogos son certeros, porque sus monólogos interiores son torrenciales, porque apela directamente al lector, porque le hace partícipe (y a veces responsable) del destino de sus personajes (ese momento estremecedor en que, precisamente en El Garden Party, Laura sólo sabe balbucear “¿No es la vida…?”, sin encontrar las palabras precisas para expresar y explicar su conmoción, y su hermano tan sólo le responde “Lo es, querida” –la cursiva aparece en el libro-). Y plasma con determinación lo absurdos que podemos llegar a ser por pensar demasiado las cosas, por preocuparnos por la mirada de los demás, los cuales tal vez ni nos ven pero nosotros los sentimos ojo avizor (Las hijas del difunto coronel), cómo consentimos ser prisioneros de convenciones sociales que no deberían afectarnos (El señor y la señora Palomo), cómo paralizamos nuestra vida y la de los demás y somos crueles por diversión (La adolescente –esa muchacha a la que su madre siempre deja esperando-, Mariage à la mode –en la que cambiamos de perspectiva y de forma de analizar un matrimonio en cuestión de cuatro frases, gracias, una vez más, al modo en que Mansfield ofrece las múltiples caras de lo aparentemente sencillo-); y, por encima de todo lo demás, nos tropezamos con esa Ma Baker antes citada, esa mujer que sólo se duele de no poder dar rienda suelta a su dolor (“¡Ay!, ¿no existía ningún sitio en donde pudiese esconderse, estar sola tanto como quisiera, sin que nadie la molestase y sin molestar a otros? ¿No existía ningún lugar en el mundo en donde pudiese, por fin, solazarse llorando?”) o con la señorita Brill, pariente muy cercana de aquella de Trevélez que inmortalizó Carlos Arniches (y que inspiró Calle Mayor, la obra maestra de Juan Antonio Bardem) o de la que sin nombre, tan sólo señorita, dio título a la demoledora canción de Rafael de León y Juan Solano, esa mujer que sufre el menosprecio, el insulto, el salvajismo de aquellos que miran con sorna al diferente, que condenan al solitario, que fingen indiferencia para lanzar el ataque más despiadado, que provocan lágrimas, desencantos, que ensucian la tierra, que se erigen en jueces. Mansfield retrata con mano firme, con inmensa y envidiable concisión, terminando el relato donde otros muchos lo empezarían, esa es su diferencia y su virtud: capta la vida con precisión de microscopio y nos alienta a que la continuemos, a que pongamos nuestras propias palabras sobre su alfombra de puntos suspensivos.    

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