sábado, 10 de junio de 2017

LOS AMIGOS, ¿PARA QUÉ ESTÁN?







   Llevaba un par de días (tiendo a ser redundante) escribiendo en Facebook sobre algo que es, en gran medida, el eje central de Arte de Jasmina Reza y caí en la cuenta cuando la semana pasada fuimos testigos del ensayo general de un nuevo montaje de la función que Josep Maria Flotats convirtió en legendaria en España (ya venía bendecida desde París, Londres o Nueva York) junto a su tocayo Pou y Carlos Hipólito. Pero vayamos primero con eso y hablemos después del espectáculo que ahora dirige Miguel del Arco en el Pavón Teatro Kamikaze hasta el 30 de julio: sin destripar nada puesto que es el punto de partida, recordaremos (apuntaremos para quien no conozca el texto) que todo comienza porque Sergio compra un cuadro completamente blanco, una supuesta obra maestra que cuesta su buen puñado de euros (en aquel septiembre de 1998, cuando se estrenó en el Marquina, aún se hablaba -y pagaba- en pesetas), un lienzo que se supone provoca sensaciones, emociones, se apodera del que lo contempla, hay quien afirma que se pueden distinguir matices en la superficie blanca, aquel que se muestra satisfecho por su adquisición, orgulloso de su hazaña, pletórico y ufano, por encima de aquellos incapaces de apreciar lo que él considera arte, el propietario sostiene que incluso, según la luz y la orientación, puede percibirse un ligerísimo tono rojo, pero Marcos, alguien que se presenta como “amigo suyo de toda la vida”, se ríe con desdén, puede que con algo de cinismo (más por el hecho de que no le ha consultado antes de hacerse con el cuadro), incluso con la misma ostentación soberbia con la que su camarada exhibe su trofeo, no titubea a la hora de apuntar directamente con el dedo y proclamar que el emperador está desnudo (que blanco sobre blanco sigue siendo blanco) provocando un auténtico cisma entre ambos, agudizado por la intervención de un amigo común, Iván, una de esas personas siempre complacientes que no discute con nadie porque da la razón a todo el mundo, no se posiciona, halaga a uno y censura a otro para, sin solución de continuidad, asentir a todo lo que le diga éste mientras que aquel se convierte en el sujeto a reprobar y del que hacer chanza, dando las piruetas que haga falta para, en cada momento, parecer que apoya a quien sea su interlocutor en ese momento. Y era de gentes de ese tipo de quienes uno venía escribiendo (y no era la primera vez), centrándome especialmente (es lo que toca más de cerca -y lo que duele por el respeto que se tiene el oficio, por el amor que se tiene hacia las diferentes manifestaciones artísticas-) en aquellos que hacen creer que ejercen la crítica (como género periodístico, aunque también podrían encontrarse ejemplos en el ámbito literario), que incluso se autoproclaman como tales o son recibidos de ese modo, esos que se limitan a pasar la mano por el lomo (y no siempre de amigos, algo que, cuando menos, es comprensible -siempre que se advierta la circunstancia, aunque sólo sea por ética profesional, por no hurtar datos fundamentales que el receptor debe saber, para que, aunque con un sesgo personal, siga reinando cierta ecuanimidad, para no engañar, porque, y bien lo saben los fieles, por más distancia que tome, por más años de práctica que sume, uno no puede evitar que las casi tres décadas que llevamos compartiendo pesen en mi ánimo a la hora de valorar cualquier trabajo de Juan Mairena -quien está en estos momentos estrenando su versión de Mariquita aparece ahogada en una cesta de Juan García Larrondo que también dirige (la veré la próxima semana cuando Pablo esté de regreso y, de paso, evitando tropezar por varios especímenes de estos sobre los que vengo hablando)-), esos expertos en decir que esto les encanta, que aquello les entusiasma, que nadie debería perderse lo de allí, que lo de allá es lo mejor que ha visto en años (aunque dentro de cuatro días dirá algo similar sobre lo de acullá), palmeros profesionales que regalan los oídos a quienes les financian el asunto, podría emplear una palabra más sonora pero prefiero que cada uno la imagine, a buen seguro que conocen a muchos que lo hacen a todas horas, tipos que, más allá de afinidades, filias, amores o modos de medrar (“hablo sobre aquellos que puedo etiquetar para que vean en qué consideración les tengo y cómo les promociono y que luego me lo agradezcan”), demuestran un escaso (o nulo) conocimiento sobre la materia de la que hablan, incluso alardean de ello marcando distancias y pretendiendo ser, por razones diferentes, la misma élite a la que desprecian, la crítica especializada que tanta urticaria les da, por ese motivo reciben como novedad o revolución lo que en demasiadas ocasiones es un plagio (o una resurrección o la evolución/involución de algo previo).
   Es cierto que también se da el caso contrario, es decir, el que poniendo la sinceridad como bandera se permite ser brutal sin auténtico criterio, porque es lo que toca (o lo que sus seguidores esperan y demandan -la pescadilla se muerde la cola más de una vez en este asunto-), sin reconocer sus fobias, enfermo de envidia ante el talento/éxito de los demás, el que emite su pataleta sin aportar un solo argumento y, lo más importante, ocultando arteramente el porqué prístino, su verdadera motivación, no siendo honesto (ni sincero), tan lleno de prejuicios como los anteriores (por mucho que carguemos la palabra de un sentido negativo, por mucho que la mayoría de las veces suponga una predisposición adversa, cada vez abunda el extremo contrario, el que venimos exponiendo, esos que publican en las redes las fotos de la entrada de lo que van a ver dentro de un rato y pregonan “vamos a por esta maravilla” o sentencias similares -ya tienen claro qué van a decir cuando salgan, no se trata de ganas, de buenos auspicios, de que repitan la experiencia, llevan la crítica hecha y no la varían ni un ápice, y eso, por desgracia, sucede muy a menudo y no sólo entre particulares o público más o menos anónimo-), es el caso de Marcos, el personaje de Arte, lo que menos le preocupa es advertir a su amigo Sergio de que puede haber sido timado (bajo su punto de vista: la cotización del cuadro habla de una excelente inversión -otra cosa es si uno, de disponer del caudal suficiente como para sufragar una compra similar, dejaría a un lado sus gustos y querencias para buscar simple y llanamente el negocio-), él se duele porque no le ha pedido su concurso, porque antes le tenía como referente, porque no daba un paso sin consultarle, porque no discrepaba jamás, porque aceptaba sus dictámenes como propios, porque Sergio se limitaba a cacarear lo que Marcos imponía, es decir, aquello que se reprocha e incluso condena en Iván es lo que se anhela en Sergio, aunque lo molesto de Iván es su veleidad, su adhesión intermitente, que sólo es lacayo a tiempo parcial (y el resto se convierte en el corifeo de otro -palabra paradójica, por cierto, que tanto distingue al director del coro en una tragedia griega como al que es seguidor o partidario de alguien-). Y ese es el epicentro de la obra de Yasmina Reza, por mucho que también sobrevuele continuamente la pregunta de a qué llamamos arte, qué consideramos por tal, una a ratos sutil ironía (en otros el vitriolo desborda) sobre las cifras desorbitantes que se manejan en las subastas, en los despachos, en los contratos, cómo hay quien asume que esta o aquella obra tiene que gustarle sólo por lo que cuesta, cómo el criterio económico abate a los demás, cómo las voces discordantes intentan ser acalladas sólo por ser “antiguas”, “trasnochadas” o “patéticas”, cómo no se promueve (incluso se boicotea) un permanente y necesario debate, una dialéctica que enriquecería el panorama (y eso que Reza escribió Arte hace algo más de veinte años cuando aún no había redes sociales en las que verter odio, infamias, insultos con total impunidad -o en las que convertir a alguien/algo en tendencia, en imprescindible, en ejemplo, sólo por acumular seguidores, “me gusta” y compartir sus instantáneas o frasecitas de Paulo Coelho-).
   La mayor inteligencia de Miguel del Arco como director es la de saber equilibrar el inevitable recuerdo que gran parte del público tendrá del montaje que dirigió Flotats (o de alguno de los que llegaron después) con la sorpresa que aún se puede lograr, tanto entre los espectadores que sólo hayan oído hablar de la obra como entre aquellos que, como en mi caso, casi veinte años después, vivan de recuerdos que, aunque estén muy grabados en la retina y el corazón, no dejan de ser eso (me negué a repetir la experiencia hasta que el reparto y el director me resultasen apetecibles -y hasta irresistibles, como es el caso-). Vaya por delante que no comparto el entusiasmo diríase generalizado que despierta Yasmina Reza en general y Arte en particular, creo que es una autora con buenos puntos de partida, que sabe mantener la atención, que hace reflexionar mientras te divierte, que sabe distribuir empatías (a veces te identificas con un personaje, a veces con otro), pero a la hora del colofón, del remate, del final, todo se antoja un tanto precipitado, da la sensación de que no tiene claro cómo seguir y opta por el camino más corto, a las bravas, frenando en seco más por una cierta incapacidad que por consentir que cada espectador busque en sí mismo e incorpore pareceres (algo que consigue con suma facilidad durante el desarrollo), algo especialmente notorio en el que es su otro texto más popular, Un dios salvaje, Arte hace una simpática pirueta teatral que en las manos adecuadas no deja insatisfecho aunque no hay duda de que lo mejor ha sido el trayecto previo, especialmente cuando los artífices del mismo cumplen con creces. Roberto Enríquez (Marcos) sigue dando muestras de su cada vez más contundente presencia sobre las tablas, desvelando una vis cómica poco conocida o no utilizada con tanto acierto hasta el momento (y ese es también mérito de la dirección que ha sabido explotarla y manejarla para que el personaje muestre sus distintas facetas sin decantarse por ninguna -será el espectador el que a ratos asienta y puede que aplauda o rubrique con una carcajada y en otros se espante por lo que dice Marcos, siempre en el filo, insoportable por momentos, Roberto Enríquez transita con soltura y habilidad por el abanico de inconveniencias y soberbias de su rol sin caer jamás en lo caricaturesco, algo extensivo a sus compañeros-); Cristóbal Suárez (Sergio) se descubre ante quien esto escribe como un intérprete de gran solidez, especialmente por cómo hace cercano un tipo irritante y crecido, pagado de sí mismo (y de lo que puede pagar), elitista extremo revestido de una supuesta autoridad intelectual tan vacía como el propio cuadro que es el origen de la farsa (concepto, por cierto, que, como ya sucediese con Flotats, Miguel del Arco comprende, asume y resuelve con eficacia y precisión, sin reventar las costuras); Jorge Usón (Iván) traspasa batería, es un bólido imparable (aunque controla su histrionismo cuando conviene, por eso cuando mete la directa es tan colosal), su vis cómica es digna de estudio (y de crear escuela), cómo humaniza con pequeños detalles un personaje necesariamente grotesco, cómo pasa del patetismo a lo conmovedor en cuestión de segundos, cómo consigue que en algunos momentos olvidemos al Flotats actor es digno de ovación. A buen seguro en las funciones que llevan desde el ensayo general el ritmo se haya atemperado un poco (al menos, sería deseable: del Arco pisa el acelerador demasiado pronto y no hace falta) y se hayan limado las mínimas asperezas para que el conjunto luzca impecable, con una escenografía muy funcional de Alessio Meloni que se ajusta como un guante a lo que sucede en escena (acompaña, acoge, no se impone, se integra -como debe ser-) y una espléndida iluminación de Pau Fullana. En contra de lo que se pueda pensar, es todo un riesgo elegir un texto tan representado (de hecho hay un montaje en catalán que, debido a la gran acogida recibida, anuncia funciones para 2018 en el Teatre Goya de Barcelona), las comparaciones son inevitables, del Arco y todo su equipo consiguen salir airosos, su propuesta es muy digna, es fantástico reírnos de nosotros mismos, mala cosa si alguien piensa que no se parece en algo a los tres personajes (aunque, si se puede elegir, a uno le gustaría estar muy lejos de Iván, el perrito faldero de quien se ponga a tiro).

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