jueves, 29 de junio de 2017

COSAS DE DOS (O MÁS)






   Si bien es cierto que puede parecerlo (y tal vez en su formulación anidaba esa intención), nunca he pensado que la frase “detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer” sea discriminatoria y/o misógina, en parte porque (al menos es la lectura que me gusta hacer y la creo pertinente y bien fundada) está denunciando algo que durante mucho tiempo se ha ocultado/obviado/negado, algo que muy interesadamente se ha tapado, llegando incluso a mentir, a alterar lo que se ha transmitido como Historia, algo en lo que generaciones posteriores han abundado, por no tener los datos suficientes, por no poseer la capacidad ni, sobre todo, los recursos para acceder a documentos que desacrediten la versión oficial y comúnmente aceptada, también por ese terrible silencio de los mansos, esos que no se atreven a contradecir ni a plantar cara a los expertos, eruditos, autoridades las más de las veces autoritarias (y con muy poco o nada del significado del término en lo que a prestigio bien ganado y crédito merecido se refiere), voces en muchas casos autoproclamadas como autorizadas que imponen su criterio (muy especialmente la falta del mismo) y a las que nadie osa ni toser (véase, sin ir más lejos, el modo en que tantos han optado por imitar a Belinda tras la nueva bravuconería de Javier Marías, teniendo en esta ocasión a Gloria Fuertes como víctima); antes de seguir enrollándome (y calentándome la sangre, para qué nos vamos a engañar), retomo el hilo afirmando que la famosa sentencia de marras me parece una llamada de atención, el recordatorio de que nadie (o casi nadie, sólo algunas personas privilegiadas -y, por fortuna, no sólo hombres-) logra nada por sí solo, que, de una forma u otra, necesita apoyos, ayuda, trabajo en unión, la estabilidad que proporcionan aquellos a los que se considera los propios (y da igual compartir o no sangre: los auténticos lazos de afectividad, los irrompibles por fuertes que sean los vientos -se lo tomo prestado a Roberto Carlos- no entienden de consanguinidad), pone el dedo en la llaga al desmontar (generalizando, sí, pero a veces no queda otra) grandezas, al retirar pedestales, al abrir un resquicio para que puedan ir asomando la cabeza tantas figuras ocultas que han visto cómo los réditos, la gloria, el reconocimiento, la honra, la celebridad proporcionada por sus descubrimientos, por su trabajo, por su ingenio, por su arte, cualquier consideración les era arrebatada impunemente para ser recibida en exclusiva por el varón, más macho de la especie que nunca (también hay quien discute el hecho de que se diga “detrás” y no “al lado”, “junto a” o fórmula similar, pero en este caso no lo veo como un ninguneo, como una jerarquización, porque, continuando con la misma dirección en mi reflexión, “detrás” -e incluso “debajo” o cualquier adverbio que pueda indicar sometimiento- nos habla directamente del modo en que se ha considerado a las mujeres como ciudadanas de segunda clase, el reposo del guerrero, las que tenían que quedarse en casa y con la pata quebrada, las que no podían abrir una cuenta de ahorro, las que apenas tenían acceso a la educación -no digamos a la posible erudición-, de ahí que convenga descorrer ese velo para comprobar quién ha sido dejada atrás -o bajo la alfombra si la imagen es aceptable: no es que uno compare a las mujeres con la suciedad que allí se acumula y que se considera desaparecida al no estar a la vista, pero así se las ha (mal)tratado durante siglos y aún hoy mismo-).
   Dario Fo dejó muy claro que los laureles no eran de su exclusividad, hizo el mejor de los cantos posibles a su compañera de vida y obra cuando reclamó recibir el Nobel de Literatura junto a Franca Rame por su obra no sería la misma sin su intervención, sin su influencia, sin su participación activa, es más, puede que de no haberse encontrado y trabajado juntos la Academia Sueca jamás le hubiese premiado (¡Qué diferencia con aquella arribista que, tras recibir su marido el mismo premio -por lo mucho escrito antes de que se conocieran-, hablaba en primera persona del plural y explicaba cómo era su vida “desde que ganamos el Nobel”! ¡Ay, Marina!), y así lo dejó claro en su discurso de agradecimiento (que dio en solitario porque Franca estaba actuando en Italia) cuando concluyó afirmando “este premio es para los dos”, quedando muy claro en sus palabras previas quedaba por qué esa rúbrica era justa y necesaria, marcando con toda la intención el modo en que debe leerse e interpretarse su obra, sin perder de vista a la talentosa Rame. En el caso de Pareja abierta no hay pie para las suspicacias (siempre aparece el que está dispuesto a negar la mayor -y sobre todo autorías-, el que resiste a reconocer méritos, el que dice “no será para tanto” aunque no conozca nada de la producción de Fo para hablar en términos comparativos, para saber por qué se nota tanto, y para bien, la creación a dos mentes trabajando como si fuese una), puesto que se presenta como una obra escrita por ambos, la firman Dario Fo y Franca Rame, primordial el elemento feminista que impregna el texto, la burla hacia el típico macho latino que sólo busca su satisfacción y que, bajo su apariencia de progre, moderno, liberal, igualitario, mantiene muy vivo su corazón de bestia que intenta camuflar como beneficioso para la pareja lo que tan sólo es expansión propia, maquillaje para su querencia a la infidelidad, a la promiscuidad, a “lo que es propio de hombres” y como tal hay que aceptarlo. Y, a pesar de lo que pueda parecer, en la función también hay tiempo para ridiculizar ciertos comportamientos de la mujer, no hay maniqueísmo, se rehúye cualquier esquematismo, se trata de entender que todos y todas (aquí sí recurro a esta fórmula un tanto absurda, digna de una susceptibilidad que debemos ir venciendo para actuar en lo verdaderamente importante -que algunos se quedan en lo anecdótico para no ir más allá-) tenemos luces y sombras y podemos caer en los errores, en las injusticias, en los abusos que denunciamos en la otra persona. Y es fácil reconocer a muchos en el personaje masculino de Pareja abierta, esos que ven socavada su hombría a las primeras de cambio, incluso aunque su mujer se limite a cumplir sus deseos (vamos, que quiere abrir la pareja sólo por su lado, lo otro es traición), también es identificable (a buen seguro le pondremos nombre -más de uno- y apellidos) el personaje femenino, una esposa atrapada y cautiva de ese rol a la que le resulta difícil borrar de su cabeza el lapidario “hasta que la muerte os separe”, amenazando como el pastor del cuento pero sin que el lobo aparezca (y no es que estemos a favor de ciertos extremos, bastaría con que hiciese su maleta y dejase tirado al prenda que le ha tocado como marido -o que le sacase la suya a la puerta-).
   La versión que ha llegado recientemente al Teatro Marquina de Madrid (ya lleva un tiempo girando… y lo que le queda) actualiza con acierto y soltura un texto que, aunque sigue siendo muy pertinente, aunque deja a las claras que no hemos avanzado tanto como pregonamos, en algunos aspectos se ha quedado un tanto anticuado, es demasiado coyuntural (téngase en cuenta que se estrenó en 1983); además, con el beneplácito del propio Dario Fo (quien cedió los derechos encantado pero no vivió lo suficiente para ver el espectáculo), para reforzar su vigencia en este siglo XXI que sigue avanzando Pareja abierta se ha transformado en un musical de esos que muchos de los que denuestan el género no conocen, es decir, de aquellos (que son la mayoría aunque todos tengan algunas páginas que sólo aportan la belleza de la composición) en los que las canciones hacen avanzar la acción, esos que quedarían cojos si se suprimiesen los números cantados, es, como afirman encantados los dos protagonistas, Víctor Ullate Roche y Carmen Conesa, un musical “muy Sondheim”. Fue la desbordante creatividad de Víctor la que le llevó a hablar con Fo para conseguir los derechos con la intención de, sin alterar lo fundamental, guardando gran fidelidad (nada mejor en esta obra que tanto la cuestiona o la reafirma -cada cual que se quede con su interpretación, con su modo de actuar e interactuar con su pareja, la de ahora, las pasadas, las que puedan venir), respetando el original pero maleándolo para ajustarlo a sus propósitos; gracias a Ferrán González y Xènia Reguant que crearon la partitura y las canciones, a una sorprendente escenografía de Asier Sancho, al aporte en la dirección del probado sentido del tempo de Gabriel Olivares, a la estupenda Lola Barroso (la tercera en discordia, la pianista que acompaña en escena a la pareja) y, por supuesto, a la versatilidad de Carmen Conesa (quien, por otros compromisos, cederá en breve su lugar a la no menos maravillosa Marta Valverde, una de las diosas del musical en España) y a la brillantez que acompaña (e inunda) todo lo que hace Víctor Ullate Roche (canta, baila, actúa, enseña -en su escuela, no se me pongan golosones… o sí, ¡vayan a comprobarlo!-, no tiene límites), Pareja abierta reverdece laureles y nos invita a reflexionar (sobre todo a valorar a la persona que tenemos al lado, aunque no es necesario tenerla para disfrutar con la función), pero sobre todo nos ayuda a hacer autocrítica, a desterrar vicios, insensateces, rémoras que aceptamos y repetimos porque se consideran tradiciones (con esa excusa evitamos debates y evolución) y nos dibuja una sonrisa en el rostro y en el corazón (y no obliga a nada, sólo propone pero, por encima de todo, lo que procura es que caigamos en la cuenta de que una pareja es asunto de dos, que ninguno es superior al otro, que hay que consensuar y que nadie es quien para reprobar el modo en que dos adultos se entienden, complementan y funcionan en armonía -o en disonancia aceptada-).

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