lunes, 3 de julio de 2017

CUANDO LA(S) ETIQUETA(S) SOBRA(N)



   


  Mi primera intención fue poner el título tal cual, sin recurrir a los paréntesis, quería (y quiero) hacer referencia a la impresionante trayectoria del escritor que hoy nos ocupa, a su continuo ir y venir por géneros diversos, ganándose el favor de público de todas las edades, ampliando la nómina de los mismos mientras su producción crece en progresión geométrica, sin descuidar a ninguno de sus lectores, atendiendo todos los frentes, prolífico hasta la extenuación -ajena, no propia- (“No me planteé superar ningún récord, eso no puedes preverlo; el caso es que cuando me dijeron que era el autor español vivo que más libros había publicado, si no llevo mal la cuenta estoy en los 470, lo primero que pensé fue “no me jodas” porque entonces me caía un sambenito que ya no puedo quitarme de encima y lo seré hasta que me muera [o hasta que venga otro capaz de igualar y/o superar la hazaña, me atrevería a apostillar, aunque tal hecho se antoja imposible, el propio entrevistado lo resulta a ratos: ¿Tanto escrito y con tanta calidad? ¡De traca (y celebración para el lector rendido a sus pies)!], aunque yo paso de todo, intento ser feliz y voy a mi bola”), pero de repente caí en la cuenta de que, jugando de ese modo con los signos, podía dar un sentido polisémico a lo que viene a continuación y, al mismo tiempo, entrar de lleno en el asunto por una vez en lugar de dar uno de mis larguísimos rodeos introductorios antes de meterme en harina. Resulta, como digo, que, tras muchos años pretendiéndolo, deseándolo y buscando la oportunidad (algo nada sencillo porque el entrevistado viaja durante al menos seis meses por todo el mundo, sin dejar de escribir mientras atiende los múltiples asuntos de su Fundación Taller de Letras sita en Colombia con la que fomenta la lectura y presta ayuda a escritores precoces -anualmente premia a un autor menor de dieciocho años- y de la que también lleva su nombre en Barcelona), por fin tenía al otro lado del teléfono a un señor al que llevo leyendo, siguiendo, admirando y queriendo (el roce -visitar frecuentemente su literatura- hace el cariño) casi desde que tengo uso de razón puesto que, entre otras muchas cosas, es uno de los autores que más y mejor frecuenta la escritura para chavales de cualquier edad, por su nombre se hizo familiar y querido (y requerido en la biblioteca) muy pronto; ante producción tan ingente, variopinta y en constante expansión, puede comprenderse que catalogarle como autor infantil y/o juvenil, musicólogo, policíaco, cronista, cualquier intento de clasificación se revela insuficiente porque deja fuera gran parte de lo que ha publicado, de ahí que las etiquetas estén de más. Cuando me siento tan cercano a alguien, cuando tengo la oportunidad de conversar con alguien a quien tantas satisfacciones como lector debo, suelo tender al tuteo porque le considero un amigo, un cómplice, alguien que puede que conozca mis intimidades mejor que yo (aunque no sea consciente de ello) por el modo en que me ha tocado con sus creaciones, pero en ocasiones el respeto me gana y me parece que el “usted” indica la necesaria reverencia, la posición que determinadas personas ocupan en mi imaginario (e incluso en lo más prosaico: espejos en que mirarse, gentes de las que aprender, obra con la que deleitarse y seguir creciendo emocional, ética y anímicamente), sólo de ese modo me pude dirigir cuando tuve la oportunidad a intelectuales como Mario Benedetti, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren, Carmen Martín Gaite o Rosa Chacel, y así lo hago cuando Jordi Sierra i Fabra atiende mi llamada y le saludo con una voz que no puede evitar temblar, pero él abate cualquier posible distanciamiento (que, insisto, no siento como tal, sino como deferencia, como protocolo) muerto de la risa (algo que apenas abandona durante la entrevista: ¡Qué optimismo, qué ánimo, qué jocosidad, qué vigor y pasión transmite en cada palabra pronunciada!), “oye, no me trates de usted que me da urticaria” (aunque igual dijo “una lipotimia”, algo nada extraño porque conversamos en uno de esos días infernales que padecimos cuando la primavera se transformó en verano sin avisar ni atender al calendario). Por lo tanto, también esa etiqueta quedó arrinconada y, desde ese momento, intentando no perder de vista el objetivo final (el presente texto, es decir, un trabajo que pueda ser considerado periodístico -aunque, nunca me cansaré de repetirlo, este arpa es una especie de diario público en el que compartir mis experiencias como lector o espectador (o lo que surja)-), un lector tuvo el privilegio de poder hacer preguntas, comentarios, desgranar reacciones a lo leído, emociones sentidas y que el autor que las había provocado respondiese.
   Ocho días de marzo, precisamente el octavo título de su serie con el inspector Mascarell como protagonista, publicado como todos los anteriores por Plaza y Janés, fue la excusa perfecta para entrar en la trastienda de unas historias (recuperadas ahora con nuevas portadas y numeradas para que sea fácil saber el orden de publicación -y de lectura, aunque pueden disfrutarse de manera autónoma-, no siempre el cardinal del título corresponde con el ordinal como en este caso) que están retratando la Barcelona de finales de los años 40 y principios de los 50 del siglo pasado (el tomo a que nos referimos, aparecido hace unos meses, transcurre en 1951) a través de las desventuras (no era época para muchas alegrías) de Miquel Mascarell, el último policía de la Barcelona republicana, tal y como le conocimos en Cuatro días de enero, origen de la saga aunque en un principio estaba previsto como un único libro: “Escribí el primero sin pensar en una continuación: llevaba unos veinte años dando vueltas a la idea de escribir una novela sobre los cuatro últimos días de Barcelona en 1939 antes de la ocupación por parte de las tropas de Franco, pero no acababa de encontrar ni el tono ni el tema. Pensé en una historia amorosa, que alguno de ellos tuviera que irse al exilio, pero al final me dije “Jordi, policíaco”, porque siempre que tengo alguna duda por algo, ¡tiro a lo policíaco! Fue la gente la que, al enamorarse del personaje, al destacar la integridad de Mascarell, empezó a reclamar más aventuras; pensé que con un par más sería suficiente, pero como no fue así, ahí arrancó de verdad la serie. Y por la calle me paran para decirme cosas, hacerme matices, preguntas, se implican, comentan, hacen peticiones, ¡casi como con los actores de las series a los que insultan confundiéndoles con sus personajes!”. Y, así, desde aquel 2008 en que se publicó Cuatro días de enero, han ido llegando Siete días de julio, Cinco días de octubre, Dos días de mayo, Seis días de diciembre, Nueve días de abril, Tres días de agosto y ahora Ocho días de marzo, colección que ya puede encontrarse numerada convenientemente gracias a esta reedición “para que nadie se líe con los días y los meses”. Y es asombroso cómo consigue concretar la trama en el tiempo que anuncia el título sin que el lector perciba precipitación, acumulación, pérdida de verosimilitud, aunque el autor reconoce que ese aspecto se va haciendo más complejo según escribe nuevas entregas: “En lo del tiempo me han dado más guerra los últimos títulos de Mascarell: al comienzo hacía un guión y a ver cuántos días salían, no había nada cerrado, pero en Ocho días de marzo tenía menos opciones porque me quedaban pocos números por usar (ocho, diez y tres). Reconozco que hice algo de trampa porque el primero y el último apenas ocupan unas páginas, unas cuantas horas, aunque en total son ocho días, eso que nadie lo dude. El libro que aparecerá en marzo de 2018, que ya está terminado, será Diez días de junio, el periodo de tiempo más largo y, además, el caso más complejo porque a Miquel le acusan de asesinato, con el asunto de la pederastia de los curas de aquellos años como trasfondo. Después tengo pensado escribir Un día de septiembre, añadiendo algunos días de octubre o noviembre, será partido, y con ese habré agotado los números del uno al diez. Ya veremos qué haré después, pero aún me quedan dos años para pensarlo, jajaja” (entonces le digo que, de todos modos, aún le quedaría algún mes por utilizar y aún se ríe más, diciendo “bueno, ya se verá en su momento”).
   Como ya se ha señalado, la serie de Mascarell puede empezarse por donde se quiera, alterar el orden, leer sólo un tomo (algo que ocurrirá en muy contadas ocasiones porque uno quiere saber más sobre Miquel y Patro, los dos personajes que aparecen en todas las historias), aunque respetar la cronología supone asistir a la evolución del personaje central, al modo en que el pasado reaparece a ráfagas, a cómo lo sucedido en una historia tiene repercusión en otra posterior, y a través de los casos que el inspector se ve o siente obligado a resolver vamos conociendo aquella Barcelona: “Son novelas policíacas en un contexto histórico, en este caso concreto no hago novela histórica, no es lo que busco, pero no oculto que Mascarell me sirve para pasar cuentas con mi pasado, para ajusticiar cosas, para recordar hechos como la huelga de tranvías en Barcelona en marzo de 1951 [trasfondo de la investigación que ocupa ocho días de la vida de Mascarell, justo cuando está a punto de tener su primer hijo con Patro], aún hay mucha gente que se refiere a ella, había quien tenía que ir a trabajar de punta a punta de la ciudad y lo hacía llorando, con miedo a que le pegasen un tiro: quiero recordar quiénes somos, de dónde venimos, porque la gente olvida muy rápido”. Sierra i Fabra transmite con eficacia y sobriedad sin perderse en la recreación histórica, sin abusar de las descripciones, sin perderse en disquisiciones innecesarias o abrumar con la investigación llevada a cabo para contextualizar y ser fiel a lo sucedido, capta la época a través de pequeños detalles, rutinas, comportamientos, frases, grisuras, miserias, ojos apagados, cuerpos fatigados, breves apuntes que nos dan un dibujo muy preciso y vívido de lo que sucedía, hay mucho de lo que el propio escritor recuerda, de lo que lee en La Vanguardia del momento (siempre da las gracias a “su soberbia hemeroteca”), hay mucha verdad en sus páginas, pero Jordi explica que su inspector no nació como un alter ego aunque el paso del tiempo les vaya haciendo más próximos: “ Mascarell es cada vez más yo, nos vamos acercando mucho, lo tengo muy controlado, me sorprendería que fuese distinto, tiene mucho de mí, también de mi maestro González Ledesma, a veces me parece que estoy hablando de él, mantenemos una dualidad peculiar. Le quiero muchísimo porque es una persona leal, está por encima de ideologías”. Y esa es otra de las grandezas de esta serie: el elemento político y social es imprescindible, es básico, define en gran medida a los personajes, pero ocupa el espacio debido, no interfiere en las tramas más de lo debido, no se trata de hacer proselitismo, el partido está tomado de antemano, se ve claro y no hace falta subrayarlo, especialmente porque, como es norma en Sierra i Fabra, los diálogos (rápidos, certeros, vivaces) hacen avanzar la acción y definen a los personajes mucho más que descripciones pormenorizadas de sus pensamientos: “Una de mis normas es que el narrador intervenga lo menos posible y casi todo se explique a través de los diálogos, que los personajes hablen mucho y a ser posible con frases cortas, a no ser que sea necesario que alguien deba contar algo con profusión de detalles, e incluso en esos casos [sucede, sin ir más lejos, en el arranque de Ocho días de marzo] interrumpo la charla con alguna pregunta o apreciaciones del interlocutor. En muchas de mis novelas, las escenas arrancan directamente con el diálogo y ya se irán dando los detalles para ubicar la conversación, para que se conozca el entorno, esa es la arquitectura que siempre he dominado y en eso, aunque suene feo, debo decir que soy el puto amo, mis novelas son puro diálogo”. Y esa agilidad es la que pasma por más que el lector conozca al autor, nunca deja de sorprender su modo de engarzar las frases precisas, los enredos sólidamente construidos, su habilidad para cautivar e hipnotizar sin dar tregua ni desfallecer, sin firmar una nueva entrega por compromiso: “Un libro de Mascarell lo escribo en unas tres semanas, pero documentarlo, preparar el guión, todo el trabajo previo me ocupa muchísimo más. He escrito toda la vida, creo que se me da bien lo de armar historias, tengo muy desarrollada esa capacidad: no soy el mejor autor del mundo, ni siquiera me considero escritor sino contador de historias, pero tengo una habilidad que es la de comunicar, llegar a la gente sin forzar, tengo el don de conectar con el lector”.
   Si de algo se arrepiente en lo que a esta serie se refiere es en haber empezado el segundo volumen (Siete días de julio) ocho años después del primero: “En el salto temporal que hay entre el primer libro y el segundo me equivoqué, nunca pensé que haría tantos libros y por eso le hice pasar ocho años y medio en el Valle de los Caídos; de haber salido antes lo hubiese hecho algo más joven, cinco años menos o así, pero quise que reapareciese en julio del 47 que fue cuando yo nací. Aunque creo que tampoco los lectores lo perciben como un anciano porque aún está cachondo, jajaja. Mascarell tiene ahora 66 años, cumplirá 67 el 28 de diciembre de 1951 en concreto, pero el caso es que yo voy a cumplir 70 y estoy como una moto, jajaja. Es cierto que, en aquella época, esa era una edad provecta, se era muy mayor, si bien es cierto que tampoco es un héroe de pegar bofetadas, no lleva pistola, no ha matado a nadie salvo en el primer libro, creo que tal y como le hago funcionar tiene cuerda para rato”. Bueno, puede que, como dijo Agatha Christie de Poirot y Marple, Mascarell haya nacido demasiado pronto (o demasiado mayor), pero Jordi consigue que cada escena sea creíble, nada chirría ni la verosimilitud se resiente jamás, en gran medida por sus años de entrega al oficio, por su manejo de las herramientas de escritor, por su probada naturaleza de narrador: “Nací para escribir, no puedo decirlo de otra manera. Descubrí con 40 años que mi padre era hijo ilegítimo de un médico muy famoso de Valladolid y, hasta ese momento, todo el mundo se asombraba de que yo escribiese cuando mi padre no pasó de ser un oficinista y mi madre casi no sabía ni leer ni escribir, mis abuelos eran el uno carpintero y el otro pescador. El caso es que parece que tengo unos genes increíbles: mis bisabuelos o tatarabuelos, los sanguíneos, crearon la primera clínica de autopsias de España en Segovia y parece que todo eso ha dado fruto. Ya con ocho años quise ser escritor y empecé a hacerlo: en el Museo de la Fundación en Barcelona están esos manuscritos, novelas de cien páginas escritas con nueve y diez años, no he hecho nada más que eso. Y tengo la fortuna de saber qué quiero, cómo lo quiero y de trabajar muy rápido, apenas dudo, el instinto es básico y me dejo llevar, escribo de tirón, nunca corrijo porque me aburro, pero el caso es que trabajo tanto su construcción, lo preparo tan minuciosamente, que en el momento concreto el libro sale casi solo porque tengo un guión exhaustivo, todo está medido”. Y se nota en cada página, al igual que transmite la pasión, el disfrute, las ganas y por eso nunca aburre, no cansa, no se repite, va a más y el lector de tantos años sigue celebrando y bebiéndose sus palabras (y lo mejor es que su ritmo de producción no decrece, todo lo contrario y que, él mismo lo ha contado, Miquel Mascarell en concreto aún tiene muchos entuertos por deshacer -a su pesar-).

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