miércoles, 7 de junio de 2017

PALABRA DE GINZBURG (I)






   Aunque a veces tarde muchísimo tiempo (años incluso), creo que siempre termino por cumplir las promesas que hago en lo que a melodías del arpa se refiere, no olvido que aún tengo en la columna del debe textos sobre Emilia Pardo Bazán, Rosa Chacel o Eduardo Galeano, por citar sólo tres ejemplos de los muchos “próximamente” que he anunciado, hay muchos agradecimientos que este lector quiere hacer y no van a quedar sin expresarse, es cuestión de tiempo (y de inspiración, de momento idóneo), como no dejo de devorar libros la lista sigue aumentando, pero en esta ocasión no he hecho esperar demasiado puesto que fue el pasado 14 de abril cuando, tras detenerme en Natalia Ginzburg y A propósito de las mujeres (https://elarpadebecquer.blogspot.com.es/2017/04/seres-que-no-se-sienten-libres.html), anuncié mi intención de regresar a esa autora, en concreto al volumen aparecido como Ensayos en abril de 2009 (publicado por Lumen en su impagable tarea por recuperar y difundir la obra de Ginzburg). Como las frases que uno va anotando, las páginas que señala, las reflexiones que comparte, las revelaciones experimentadas se van acumulando, he optado por presentar sólo una parte ahora e ir desgranando el jugoso contenido de este libro apabullante en varias entregas (no creo que con una segunda tenga suficiente), invitando a todo el mundo a que se sumerja en unos textos de apariencia sencilla, incluso candorosa, en los que hay mucho material para paladear, para sentir, para reír, para emocionarse, para la diversión, para el debate, para el descubrimiento, para el escalofrío al reconocerse en muchas de sus páginas, un abrirse en canal pleno de honestidad y humildad, Ginzburg se confiesa, se analiza, se expone sin pudor ni reservas, con desgaire y sin afectación, sin pretensiones, quitándose importancia, destilando verdad en cada frase, escribiendo desde lo más recóndito, descubriéndonos lo más íntimo sin que nos sintamos invasores. Al respetar el orden en que se presentan los ensayos (según la fecha de su publicación), al reproducir mi lectura (sólo habrá algún pequeño salto si algún asunto vuelve a repetirse posteriormente), todo lo que se va ir desgranando a continuación pertenece a Nunca me preguntes, el primer libro de los dos reunidos aquí, traducido por Flavia Company (No podemos saberlo, traducido por Mercedes Corral, es el otro); intentaré estorbar lo menos posible, sólo si es necesario contextualizar algo o explicar por qué llamó mi atención o provocó mi asentimiento (e incluso vivir una cierta epifanía -o completa-).
   Como en un principio me asomé a los ensayos buscando algún aporte para lo que iba a escribir tomando A propósito de las mujeres, anoté frases que me parecieron significativas por el modo en que la escritora se autorretrataba, sentencias lapidarias como “(…) siempre necesito, en mis iniciativas de naturaleza práctica, que me acompañe la aprobación de otra personas”, textos como La pereza en que expone sin tapujos: “En el 44, en el mes de octubre, vine a Roma para buscar trabajo. Mi marido había muerto durante el invierno [modo excesivamente sutil de dar noticia de lo sucedido: Leone Ginzburg, un intelectual antifascista de origen ruso, fue torturado y asesinado en la cárcel de Regina Coeli, tras haber sido desterrado durante tres años por Mussolini]. En Roma había una editorial en la que mi marido había trabajado durante años. Pensaba que si pedía trabajo en aquella editorial me lo darían, y sin embargo pedirlo me disgustaba, (…) hubiese querido que alguien me diera un puesto sin conocerme y por mis habilidades. Lo malo es que yo no tenía habilidades. (…) acariciaba sueños de trabajos interesantes, como hacer de niñera o escribir la sección de sucesos para algún diario. El obstáculo principal para mis propósitos de trabajo consistía en que no sabía hacer nada. No me había licenciado, porque me había bloqueado ante un suspenso en latín (materia que, por aquellos años, no suspendía nadie). No sabía lenguas extranjeras, aparte de un poco de francés, y no sabía escribir a máquina. Durante mi vida, exceptuando criar a mis hijos, hacer las tareas domésticas con extrema lentitud y poca destreza, y escribir novelas, no había hecho nunca nada. Por otra parte, siempre había sido muy vaga. Mi pereza no consistía en dormir hasta tarde por la mañana (siempre me he despertado al alba y levantarme nunca me ha costado) sino en perder un tiempo infinito sin hacer nada y fantaseando”. Es un sano ejercicio reconocer los defectos, procurar enmendarlos, ser autocrítico, pero puede decirse que lo de Natalia Ginzburg roza lo patológico, por otro lado uno percibe muy pronto que su bandera es la sinceridad extrema en lo que a sí misma se refiere, que no va a jugar al despiste, que no va a adornar ni tergiversar nada, que no va a defraudar al lector.
   En La vejez dice cosas que algunos calificarán de terribles, y lo son, pero no puede negarse lo lúcidas y precisas que resultan: “Podemos convertirnos en chatarra abandonada en algún descampado o en ruinas gloriosas a las que se visita con devoción; mejor dicho, quizá seremos a veces una cosa y a veces la otra, puesto que la suerte es mudable y caprichosa, pero tanto en un caso como en el otro, no nos sorprenderemos, nuestra vieja imaginación de toda una vida ya habrá usado y agotado en su seno cualquier suceso posible, cualquier cambio de la suerte, y ninguno de nosotros se sorprenderá, tanto si somos chatarra como si somos ruinas ilustres, no hay sorpresa en la devoción prodigada a la antigüedad, y menos aún en toparse con un montón de chatarra que se oxida entre ortigas. Por otra parte, no hay ninguna diferencia apreciable entre ser una cosa u otra porque tanto en un caso como en otro el cálido río de los días fluye por otras orillas.” Y, aunque al principio pueda sonar paradójico (porque vivir se nos antoja algo veloz y voraz), nos hace comprender a qué se refiere cuando señala “la extrema lentitud con que envejecemos” porque lo apostilla así: “Conservamos durante mucho tiempo aún la costumbre de creernos “los jóvenes” de nuestro tiempo, de modo que cuando oímos hablar de “jóvenes” volvemos la cabeza como si se hablara de nosotros, costumbre que tiene raíces tan profundas que quizá no la perderemos hasta habernos convertido del todo en piedras, es decir en la vigilia de la muerte”.
   Es muy divertido constatar que Las tareas de casa, un breve relato que ocupa cinco páginas, podría equipararse a aquel engendro supuestamente bucólico, cursi y pedante a más no poder (empapado de la soberbia que Rosa Regàs derrocha en todo lo que acomete), con tufo a nacionalcatolicismo, ese pregonado canto a lo libertario que devenía en ranciedad y pacatería y no se despegaba del lenguaje de consignas y catequizador (da igual el posicionamiento ideológico, es el modo de imponer ideas y practicar el proselitismo a toda costa) que tan propio le es a la autora de Azul (la novela por la que dieron el Nadal, no la canción de Christian Castro), es un regocijo que Natalia Ginzburg escriba su propia Abuela de verano, años antes que Regàs, sin andarse por las ramas y, por supuesto, contándolo y escribiéndolo infinitamente mejor. Hace un retrato impactante de Emily Dickinson, en carne viva, envuelta en sus palabras, puede que identificándose con su figura, con sus creaciones, con su aislamiento, con sus “versos [en los que] jamás asoma la piedad por sí misma. (…) Nunca hay lágrimas. La suya es una afirmación de soledad voluntaria, inexorable y trágica.” Algo de eso sobrevuela casi continuamente por la obra ensayística de Ginzburg, aunque también se muestra dispuesta a encontrar motivos para una cierta esperanza, no todo lo condena sin remisión, a veces transforma lo negativo de una conclusión si hechos posteriores le permiten un optimismo relativo, una matización a reflexiones anteriores: “Hace tiempo un periódico me pidió que respondiera a la pregunta de si creía que la novela estaba en crisis, pero no respondí, porque las palabras “crisis de la novela” me parecían detestables y su sonido me sugería solamente malas novelas, ya muertas y bien muertas, cuyo destino me resultaba indiferente. Creo que pensé que no tenía sentido reflexionar tanto sobre la novela y que, si éramos o habíamos sido novelistas, tal vez lo mejor era intentar escribir algunas novelas, aunque fuese para enterrarlas en un cajón en el caso de que no estuvieran vivas. Más tarde leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, colombiano que vive en España. (Su editor en Italia es Feltrinelli.) Desde hacía tiempo no leía nada que me impresionara tan profundamente. Si es verdad, como dice, que la novela está muerta o a punto de morir, saludemos entonces a las últimas novelas que han venido a alegrar la Tierra.” Mientras podamos regresar a intelectuales (porque así hay que calificarla sin tapujos) como Natalia Ginzburg, habrá un resquicio para la esperanza y un motivo para la alegría. Ponemos un punto y final momentáneo, aún queda mucho por reseñar (más lo que cada quien añada cuando haga su propia lectura).