jueves, 2 de julio de 2020

DE TAREAS SOLITARIAS Y OTRAS DECISIONES







   “Entre los policías dedicados a la lucha contra el terrorismo, más allá del dolor, la rabia, el sacrificio o la frustración que formaban parte de su vida diaria, había una enorme cantidad de historias así. Absurdas. Cómicas. Difíciles de creer. Pero ciertas”. Podría decirse que ese/este fue el punto de partida, el impulso, aquello que llevó a Fernando Benzo a escribir Nunca fuimos héroes, su por el momento última novela publicada por Planeta a principios de año, y fue así en gran medida, pero conviene matizar el fragmento extraído de la misma que ha servido como introducción al presente texto, comenzando por señalar que, aunque tiene muchos elementos tomados de la realidad, aunque el autor ha utilizado los conocimientos y la experiencia adquiridos a lo largo del tiempo en el que es el asunto principal de la obra (o uno de ellos, ahora iremos con eso), aunque nos anticipa que algunas de las historias absurdas, cómicas y que pueden resultar difíciles de creer que se cuentan en sus páginas son totalmente ciertas, el autor deja muy claro que ha escrito una novela, una ficción, eso sí, muy pegada a la verdad, a hechos que no son tan lejanos (y no deberían parecerlo ni tratarse como tales), a (e incide en eso) personas que han entregado su vida (por desgracia, así ha sido literalmente en demasiadas ocasiones) para proteger y salvaguardar la de los demás. Tuvimos la oportunidad y el inmenso placer (buscado y propiciado por el propio Fernando, generoso y agradecido como pocos) de encontrarnos con el escritor en el que fue (quién lo iba a pensar en ese momento, por más que la amenaza ya se sentía -comentario hecho sin ninguna intención política, por más que habrá quien se la dé-) el último encuentro físico que pudimos celebrar antes del confinamiento, el estado de alarma decretado apenas una semana después, esa película apocalíptica/de terror en la que todavía andamos inmersos a pesar de la inconsciencia de tantos (y aquí, como en la novela de Fernando, cabemos todos); fue a comienzos de marzo cuando, orquestado como siempre por mi Pepa Muñoz, pudimos pasar de la virtualidad de las redes sociales al cara a cara, a la charla distendida y amistosa, a la confidencia porque, como muy bien señaló Fernando, ya nos conocíamos, compartíamos películas, libros, ídolos, nos teníamos muchas ganas, nos limitamos a retomar la conversación que, especialmente a través de Instagram, habíamos iniciado meses atrás (y que, en mi caso, pudo ser algo más personal e íntima, aunque estoy encantado de que Pepa la grabase para, así, poder compartirla con todo el mundo: https://www.youtube.com/watch?v=6uAgqcuFvfM&t=2s).

   Nunca fuimos héroes empezó a fraguarse hace cosa de dos décadas, aunque entonces iba a ser algo muy diferente: “Este libro tiene algo más de veinte años, pero hay una regla que siempre he mantenido: una cosa es mi vida profesional y otra mi vida como escritor, algo que nunca había incumplido hasta ahora. En 2001, otro compañero del Ministerio del Interior [Pedro Gómez de la Serna] y yo escribimos un libro que nada tiene que ver con este, puesto que se trataba de un ensayo sobre la lucha policial contra el terrorismo desde los comienzos de la banda hasta aquel momento. Sin embargo, desde el principio habíamos dicho que si las personas utilizadas como fuentes nos pedían que no lo publicásemos no lo haríamos, pacto que no dudamos en cumplir cuando así sucedió. Pero, como a Gabo, me quedó una deuda pendiente: contar aquello”. Gabo es el impresionante protagonista de la novela, una absoluta creación, alguien que recoge (con enorme verosimilitud) el testigo de tantos personajes crepusculares de la novela policiaca/negra, alguien más allá del dolor, de la pérdida, del afán por hacer justicia, alguien que resurge de sus cenizas (o se revuelca aún más en sus miserias, en los detritos en que ha convertido su existencia, en los reproches crueles y desproporcionados con los que se fustiga, en los lastres que se ve incapaz de soltar) para saldar una cuenta que, por mucho de profesional que tenga, es básicamente emocional, son los cavidades del alma de Gabo las que vertebran la historia, lo amarrado que permanece a aquel pasado inconcluso, quebrado, con grietas, con derrumbes, moviéndose entre escombros, con vacíos inmensos que le absorben y continúan, valga la redundancia, vaciando, con heridas en las que en gran medida le complace escarbar, la obsesión (tal vez sería más preciso decirlo en plural) que arrastra es su cárcel y al mismo tiempo su motor, en una novela que acepta con holgura (y pertinencia) diferentes etiquetas, es el tratamiento dado a Gabo lo que permite celebrar a Fernando Benzo como autor de novela negra, por más que él, con infinita humildad, piense que no le corresponde semejante título; lo cierto es que bebe de varios géneros, pero a todos imprime un sello propio, se resiste a la clasificación y eso la hace aún más grande y apasionante, eso rubrica la magnífica e indudable madurez alcanzada por el escritor.

   Por lo tanto, como se ha dicho, había un material que Fernando quería recuperar, el escenario actual era, por fortuna, muy diferente en lo que al terrorismo se refiere, pero en el tiempo transcurrido, en la evolución demostrada en lo literario, en la dedicación continua y casi plena a la escritura, en la asunción total de la condición de novelista (este es su octavo título), se impuso lo concreto, lo humano, lo vital, lo que ya afloraba en aquel trabajo inédito aunque entonces el foco estaba puesto en los hechos, en lo sucedido, en lo general, lo que aquí queda y sirve para presentar/comprender aún mejor a los protagonistas de la ficción: “En aquel libro aparecían muchas de las anécdotas concretas y reales que he rescatado ahora porque me parecía que la gente tenía que conocerlas. Me puse a escribir con un planteamiento diferente, ya estaba inmerso en la literatura, me apetecía escribir una novela que pudiera ser considerada policiaca, de hecho esa parte fue creciendo mucho según avanzaba, al principio pretendía algo más intimista, pero esa trama me atrapó y, por otro lado, nunca perdí de vista el carácter histórico. Eso sí, no voy a detallar qué es real y qué no porque creo que ha quedado muy fusionado”. Lo cierto es que cuesta saber dónde está la frontera porque Fernando dota a su relato de mil detalles que mantienen la verosimilitud en todo lo alto, da igual si es porque los reproduce al milímetro o porque los imagina partiendo de lo que conoce/ha vivido, profundiza en las almas de sus personajes de tal manera que, aunque nos sorprendan, ninguna de sus acciones/reacciones nos resultan insólitas, llena los posibles arquetipos de latidos, nos hunde en lo más profundo, en lo más recóndito, en lo que convierte realmente en héroes (esa palabra tan sobada y empleada sin ton ni son) a aquellos que rechazan tal título porque dicen que se limitan a cumplir con las obligaciones de su trabajo, no buscan reconocimiento, sólo cumplir con lo que les corresponde: “La carga emocional de este tipo de tareas es terrible, eso es lo que quería contar: se sacrifica absolutamente todo, no hay horarios, en los casos más extremos no hay vida. Se suman culpas, lealtades, sacrificios, esfuerzo, la derrota, todo eso hace que los admire enormemente: son personas”.

   Y es algo que, para quien pueda olvidársele, para quien no caiga en la cuenta (o no quiera caer), para los propios y para los ajenos, queda muy claro durante la lectura de Nunca fuimos héroes, es lo que se aposenta en nuestro corazón y ya no nos abandona, como en mi caso, meses después de haber cerrado el libro; si alguien quiere hacer una lectura política (que lo habrá, es inevitable en general, mucho más en el asunto que se trata en la novela) de lo que Fernando escribe, ahí la tiene en su máxima esencia porque por encima de todo defiende a esas gentes a las que exponemos, a las que damos por sentadas, a las que tratamos con distancia, menosprecio, ignorancia, gentes que renuncian a todo, a una vida como la del resto, a los vínculos de cualquier tipo, a los sentimientos, a lo natural, tienen que ser témpanos, mantenerse distintas, no implicarse en nada/con nadie salvo en su cometido profesional, cualquier mínima fisura emocional puede anularles, enajenarles, hacerles sentir culpables de los fracasos del resto, responsabilizarse de lo que hubiese sucedido de todos modos, gentes a las que se hace pasar página cuando otros lo decretan, los mismos que al final se cuelgan las medallas, se llevan los méritos, buscan los flashes y las cámaras: “Acabamos con la banda. Una gran frase. Primera persona del plural. Y ahí cabemos todos. Los políticos de todos los partidos, los pisamoquetas, los héroes de café, copa y puro. Y también los muertos, las familias despedazadas, los compañeros caídos y los que se rindieron por el camino, los soplones y los traidores, los viejos asesinos reconvertidos en camareros caribeños. Hay sitio para que todos puedan encontrar una razón a la medida para sentirse arropados, consolados, perdonados o reconocidos en esa frase. Aquí paz y después gloria y no toquemos los huevos con deudas pendientes ni historias sin terminar”. Así de afilada es la prosa de Fernando Benzo, así de contundente, de honesta, de lapidaria, de brutal, de testimonial, precisa, pulida, certera, incisiva, milimétrica, como corresponde a una obra sumamente compleja en estructura y contenido que el autor transforma en fluida, con un ritmo marcado con diapasón, el de los latidos del tortuoso y torturado corazón de Gabo, logrando unas transiciones perfectas (y hasta imperceptibles en algunos momentos) entre pasado y presente, manejando los tiempos y el tempo con gran coherencia y suma meticulosidad, encogiéndonos el alma en las elipsis, dejándonos intuir el dolor y el horror antes de explicarlos, zambulléndonos sin conmiseración (pero con una elegancia formal infinita y exquisita que redunda más en el azote, el escalpelo afilado, llegar a la médula, al hueso, hasta que no queda nada más que desolación) en una vida a la que cuesta calificar como tal porque se forja a base de renuncias, de soledad, que provoca que, al reingresar en lo digamos convencional, al recuperar el trato con otras personas, uno se quede instalado “a medio camino entre la desconfianza y un resquemor recíproco”, porque indefectiblemente se devuelve aquello que se recibe/percibe.

   “Decisiones, Gabo. Nunca son fáciles. No siempre son comprendidas. Decidir es siempre una tarea solitaria”, así se lo dice El Dandy, uno de sus compañeros en el País Vasco, así se habitúa a sobrevivir (aunque cada vez lo haga más por inercia) el expolicía, en soledad enquistada en los huesos que inunda a quien se le acerca (“Nunca había estado seguro de qué palabra ponerle a su abandono. Solo. Sí. Esa no era mala. Lo había dejado porque se sentía solo. Porque todos se habían ido. Uno tras otro. Hasta su fijación. Le habían dejado solo”), decidiendo (o dejando que lo hagan por él) enfrentarse una vez más a su fijación, la única por la que no le importa regresar al punto en que la llaga supura y duele con la mayor virulencia, la posibilidad de apresar a Harri, el terrorista huido hace veinte años, aquel que ha llenado hasta los topes un equipaje emocional imposible de cargar: “La culpa es un bicho insaciable. Siempre está ahí, susurrándote al oído que sigue a tu lado, vigilándote, persiguiéndote, con una garrapata aferrada a los recuerdos. La peor compañera de los días sin luz y las largas noches sin sueño”. Ese es otro de los máximos aciertos de la novela: el personaje de Harri, abordado sin estereotipos, sin deformaciones que hagan perder la perspectiva, tratado con la misma verosimilitud que el resto, eso es lo que le hace tan terrible, tan espantosamente real: “Gabo recuerda aquello que solía decir el Dandy. No son monstruos con cuernos y rabos. Son personas. También se acatarran o les hace reír una película tonta. El Dandy no lo decía para defenderlos. Todo lo contrario. No permitáis que eso os lleve a confusión, les advertía. Matan, secuestran, destruyen. Pero son personas. Y recordarlo tiene que ser tu fortaleza, no tu debilidad”. Estamos ante una novela a la que habrá que regresar cuando se quieran comprender ciertas cosas, cuando se quieran evitar visiones sesgadas, parciales, interesadas, electoralistas, propagandísticas, tergiversadas sobre una de las lacras más terribles que ha sufrido este país (sus ciudadanos, sus Fuerzas de Seguridad) y cuyo peaje, cuya falta de asimilación, de tratar de frente, aún seguimos pagando: “¿Quién debía marcar los límites? ¿Los jueces? (…) ¿Los políticos, siempre esclavos del prestigio electoral, la autojustificación y la crítica y el rédito electoral? ¿O mejor apelar a los límites morales? ¿Delimitados por quién? ¿Por unos curas complacientes y comprensivos que reparten pecados y perdón a su capricho? ¿Por los propios policías, tentados por la soberbia de creerse a la vez dioses, jueces y verdugos? E incluso, una vez fijadas las líneas divisorias entre lo permitido y lo prohibido, ¿qué decidiría las inevitables excepciones? ¿La tesis del mal menor, del daño colateral, de la legítima defensa?”. Fernando Benzo sabe poner el dedo en la llaga y evitar los múltiples errores de apreciación (por no profundizar más en algo que excede en mucho lo que este texto pretende) que conlleva tratar una realidad poliédrica como si fuese lineal: “Nos empeñamos en reducir siempre todo a preguntas que solo admiten respuestas sencillas, pensó. Sí o no. Inocente o culpable”. La sentencia está muy clara, pero llegar a la misma supone una introspección y exploración (individual y colectiva) a la que esta novela coadyuva sin perder de vista lo fundamental: el disfrute del lector.

domingo, 28 de junio de 2020

CUANDO LO NEGRO VIENE DEL NORTE





   Por más que rehúyo todo lo posible el tono bronco, el enfrentamiento, la polarización, los insultos (y algo aún peor: la imputación de delitos falsos) que campan por sus respetos en las redes sociales, especialmente en Twitter, hay momentos en que uno no puede más, sobre todo para que el silencio no devenga en complicidad o en otorgamiento de la verdad, para dejar claro mi parecer, mi disconformidad, mi defensa, para que nadie se crea impune, para reclamar convivencia, igualdad, respeto. Así, hay gente a la que prefiero ignorar, silenciar, dejar de frecuentar, procurar que los cauces legales actúen como se supone deberían, que las leyes se apliquen en/con rigor, pero no dedicarles ni un minuto de atención, no seguirles el juego, aunque en demasiadas ocasiones resulte imposible permanecer impasible/al margen; también, por supuesto, bloquear sus perfiles, para que no puedan expandir su miseria moral, mental y humana por el mío, para que su veneno no afecte a mis amigos (o lo haga con escasa virulencia), a la gente a la que admiro y aplaudo, en mi casa entra quien yo quiero y es bien recibido quien considero lo merece, no tengo que explicar más. Del mismo modo, excepto con los más cercanos y/o con los que se puede discutir en el sentido en que hablábamos recientemente a raíz de La maestra de Sócrates (es decir, dialogar y disentir, incluso con vehemencia, pero con buen rollo), hace mucho que no irrumpo (que es lo que suele hacer la mayoría) en una conversación ajena para decir lo poco o nada que me gusta esa serie/novela/película/canción/lo que sea de que se declara fan alguien que, rizando el rizo, no se cuenta entre mis contactos, ni siquiera conozco, pero a quien me siento obligado a sacar de su error (eso afirman quienes así se comportan). Por cierto, ya que lo he mencionado, hay quien te bloquea como medida preventiva/cobardía, es decir, antes de que puedas hacerlo tú (sólo con la intención de evitarlos, en serio, lo que me importa es perderlos de vista) para, así, poder seguir tus tuits y, sobre todo, poder publicar lo que se les antoje sin temor a réplicas, sin dar la oportunidad de responder; eso es lo que hicieron las tipas (perdón, pero soy incapaz de emplear un término menos despectivo, es poco para lo que merecen) que motivaron mi decisión de eliminar la posibilidad de comentar los textos de este blog, gentecilla que pulula por ahí envidiando lo que hacen otros, sin reflexionar (¿para qué?) en que son sus actitudes, malos modos, peores acciones (o viceversa), la cizaña que diseminan, la hostilidad que emanan, los privilegios que exigen (sin hacer nada por intentar ganarlos, todo lo contrario), su escasa repercusión más allá de los de su cuerda, es por todo eso (entre otras razones) por lo que se van quedando sin zonas/personas en las que influir (que es, además, lo que pretenden: sectarias hasta el final); para colmo, su modo de buscar acólitos es atacar indiscriminadamente a todo aquel que no está con ellas (cuando ni las conoces ni te ocupas de ellas -en contra de lo que pensáis, almas de cántaro, nadie habla de vosotras ni va impartiendo consignas u organizando escaramuzas, algo que sí se os puede echar en cara; otra cosa es que, lógicamente, obligáis, como ya he dicho, a pasar a la acción, y tampoco en ese caso hay una estrategia pergeñada en conciliábulo-), intentar desacreditarte porque tu amiga (y lo digo bien alto) es alguien a quien jamás podrán compararse en nada, pero su única forma de hacerse valer es insultar, denostar, lanzar el enjambre, demostrar por qué, aun sin saberlo, has escogido bien junto a quien ríes, celebras, compartes, vives.

   Y traigo hoy aquí este asuntillo a colación porque aquellas que no saben escribir (me he documentado, hijas mías, y aún me duelen los ojos) ni tienen idea de lo que es una reseña (ni las hago ni lo pretendo, siempre lo recuerdo) ni mucho menos tienen preparación/sensibilidad para llevarla a cabo (pero dan lecciones sobre ello -quedan más en evidencia aunque crean lo contrario, al igual que con sus tuits insidiosos en los que se atreven a decir a las editoriales “que se lo hagan mirar” por ignorar sus requerimientos y hasta sus provocaciones-), esas que sólo saben destripar la novela sobre la que abaten sus garras más allá de cualquier consideración (especialmente la abeja reina, la única que, al menos, demuestra algún que otro conocimiento), son las que ponen en marcha cada cierto tiempo una lectura conjunta en Twitter que se limita a ir extrayendo frases del libro que toque sin medida ni freno, copiando literalmente párrafos enteros, añadiendo (o ni eso) una frasecita como único comentario (sí, la primera acepción en el DRAE señala que una reseña es una “narración sucinta”, pero se espera algo más de quien acomete tan noble tarea), anticipando al posible lector gran parte de las peripecias, de las sorpresas, de aquello que debería descubrir por sí solo. Puedo comprender que haya autores que se involucren, que formen parte de la iniciativa, lo consideran promoción, visibilidad, que haya un hashtag con el título de alguna de tus obras dando vueltas siempre es positivo, también sé de alguno que se ha desmarcado con infinita elegancia para lo que ellas han escrito antes/durante/después sobre él, me consta que hay quien les ha pedido encarecidamente (sin perder la educación) que no desvelasen determinados aspectos de una obra (y, precisamente por ello, se han dedicado con mayor delectación a hacerlo), otros han marcado convenientemente las distancias (hay fans que mejor no tenerlos), lo que se me hace más cuesta arriba (aunque es algo que, por desgracia, se da mucho en esta mi profesión -no la vuestra, por cierto-) es que todavía hay alguna editorial que las tiene en cuenta y las coloca por delante de medios de comunicación/programas/publicaciones/páginas web con audiencias millonarias/numerosos seguidores (son demasiados los personajillos -lacra enquistada en el oficio desde hace décadas por no decir siglos- que consiguen un insólito acceso a actos/presentaciones/ruedas de prensa/entrevistas que se niegan sistemáticamente a profesionales -y no lo digo por mí, ya que en este momento sólo ejerzo a título personal, por más que lo he vivido en otras épocas, sino por lo que constato como receptor-). En fin, prefiero dejar aquí y así las cosas, entrando en materia de lo que me importa y, eso sí, explicando el porqué de semejante (y extenso) exordio.

   Cuando Maeva lanzó la muy esperada segunda novela de Ana Lena Rivera, Un asesino en tu sombra, un servidor andaba envuelto en esos asuntos que me mantuvieron alejado un par de meses de este ángulo oscuro del salón (los mismos que, intermitentemente, han interrumpido el flujo de escritos), con todo el dolor de mi corazón tuve que decirle a mi Pepa Muñoz (¡Amiga adorada!) que no podría participar en el encuentro previsto con la autora (y que este infierno que hemos vivido -y aún no hemos superado, ojalá no lo reavive tanto descerebrado como anda suelto- obligó a postergar -ojalá podamos celebrarlo pronto aunque sea a través de Zoom-), por los mismos motivos no pude lanzarme a sus páginas como hubiese deseado, fue entonces cuando las susodichas de los párrafos anteriores empezaron con su lectura conjunta; sí, como apunté, la mayoría me bloquearon incluso antes de interactuar -de algunas ignoraba su existencia hasta el momento en que el bicho mayor las lanzó contra mí, todo por osar escribir (poco, es verdad, tampoco me iba a esforzar con un supuesto compañero que esgrime excusas fácilmente reconocibles como baratas para negar la entrevista prometida en una presentación en la que, por cierto, no le arroparon estas ni la (ir)responsable de prensa), comentar algo, como digo, sobre un autor que publica con un sello que consideran propio y del que a tanta gente han alejado-, pero siempre queda algún cabo suelto por ahí, gente que captura pantallas en lugar de retuitear, el caso es que hay posibilidades de fuga de esa “información” que no deberías ver (porque así lo quieren algunos y yo tan contento, lo malo es que se escudan en ello para seguir zahiriendo -y plagiando dosieres que venden como originales, será que le parecen buenos-) y, por lo tanto, de leer esos mensajes que, repito, tanto revelan sobre lo que uno quiere leer a su ritmo, a su modo, cuando así lo elige, no porque alguien lo pone delante de tus ojos (como ocurre, por otro lado, con tantos talifanes de series que presumen de ser los primeros en haber visto un capítulo haciendo todos los spoilers imaginables). De un modo u otro, en gran medida por estar volcado en la tarea encomendada que debía entregar en un plazo concreto, conseguí no saber apenas nada de la novela hasta que, por fin, pude sentarme con ella (y, lo anticipo, devorarla) y regresar al Oviedo en que habita Gracia San Sebastián, uno de los personajes más originales, sorprendentes y atractivos que ha dado la novela de intriga en nuestro país (y en el resto del mundo) en los últimos años.  

     He escrito “novela de intriga” con toda la intención, los leales a este rincón saben la de veces que hablo sobre el género y sus posibles etiquetas (empleadas erróneamente en demasiadas ocasiones, a veces con la artera intención de confundir/engañar al lector, todo hay que decirlo), que tiendo a decir (y a aclarar) que cuando me refiero al “género negro” lo hago por economía (yo, afectado por una verborragia incurable), por resumir, utilizo el término en la máxima extensión, versatilidad, incluso polisemia posible, pero en este caso (a pesar, ahora iremos con ello, de lo mucho que las sombras han crecido y lo bien que le quedan al conjunto) recurro a la otra etiqueta porque es, con todo acierto, la que prefiere la propia autora, porque Ana Lena Rivera es, ante todo, muy honesta y se presenta ante el lector con las cartas boca arriba (ya se guardará, en lo que a la trama imaginada se refiere, los ases pertinentes en la manga para intentar -y lo hace- sorprendernos, para que la solución al misterio no sea fácil de vislumbrar); así nos lo contó en el primer (lo considero de ese modo porque estoy convencido de que pronto tendremos el segundo) encuentro que mantuvimos con ella el pasado septiembre (qué lejano parece) y del que se dio noticia en este blog: https://elarpadebecquer.blogspot.com/2019/10/cuando-la-heroica-ciudad-desperto-de-la.html (perdón por la autocita, pero remitiéndome a aquel texto evito repetirme más de lo debido -aunque ya saben que soy redundante en mí mismo-). Un asesino en tu sombra confirma y aumenta todas las percepciones positivas nacidas con Lo que callan los muertos, ópera prima de por sí muy sólida, germen de este particular microcosmos que Ana Lena expande y enriquece sin perder sus máximas virtudes, sin abusar de ellas, dosificando con sumo acierto las apariciones de los imprescindibles secundarios, evitando caer en reiteraciones y rutinas que anquilosen la serie desde casi el origen (como, por desgracia, hemos visto estrellarse a más de una), midiendo muy bien los pasos, trabajando el texto para que, como sería deseable ocurriese siempre (otra cosa es que el título en concreto que cada lector va a preferir), más allá de que la novela pueda ser comprendida por quien no conozca la anterior, la serie que ya está en marcha (y que arrancó de modo inmejorable por más que naciese como historia única) vaya incorporando elementos, evolucionando, creciendo al mismo tiempo que lo hacen sus personajes, encajando con suavidad pero con firmeza, al modo en que lo hacen las diferentes entregas de Benjamin Black con Quirke como protagonista o (ni lo escojo por azar) las de Henning Mankell con Wallander.

   Me fui inevitable (y muy gozoso) pensar en uno de los maestros del género negro escandinavo (cuánto bueno nos ha llegado y llega desde aquellas latitudes, cuánto se ha revitalizado este tipo de historias gracias a sus modos, ritmos, crímenes, idiosincrasias) en cuanto la endiablada y absorbente trama pergeñada por Ana Lena me fue envolviendo, sin renunciar al imprescindible color local que le ha conferido voz propia desde su debut, con la dosis adecuada de costumbrismo para lograr un escenario (del crimen y de todo lo demás) y, sobre todo (es su máximo aporte, su gran creación), unos personajes verosímiles y cercanos, percibí (como siempre, hablo de mi experiencia lectora, es una sensación personal) que esta segunda entrega era más oscura, las sombras importan y mucho (ya el título advierte de que el asesino se oculta en la tuya, más próximo no puede estar), hay una atmósfera ominosa convocada a través de una prosa pausada, que introduce tensión y misterio no sólo en lo digamos obvio, en lo que se espera de una novela de este tipo (y el impactante prólogo ya deja claro que la autora lo tiene muy en cuenta), sino en la cotidianidad de su protagonista, es en ese tratamiento/desarrollo, en la humanidad de Gracia San Sebastián (qué bien maneja la autora los arquetipos literarios, las convenciones del género, dándoles un aire propio y evitando los clichés), donde empecé a establecer conexiones con Wallander, con Hedström y Flack (las criaturas de mi admirada Camilla Läckberg -por cierto, que no les engañen: los crímenes de Fjällbacka sólo pueden leerse en castellano en Maeva-), en Saga Norén (inolvidable en El puente, gran serie sueco-danesa). Pueden, por lo tanto, imaginar mi sorpresa, también mis enérgicos movimientos de cabeza aplaudiendo la elección, mi complacencia como lector al comprobar que Ana Lena no deja ningún detalle al albur, incluso solté un “¡bravo!” cuando la acción de la novela se desplaza de Oviedo a Copenhague, me pareció un modo fascinante de ir cerrando círculos (o abriendo otros, así funciona -con pasmosa maestría alcanzada en sólo dos novelas- la escritora: abre interrogantes de mayor o menor consideración sin tregua -y sin precipitación-, mantiene activos el interés y la(s) intriga(s)  en todo momento). Sin copiar/imitar a nadie, la escritora ovetense consigue tejer una tela de araña en la que quedar atrapado/caer rendido porque nada sobra o es baladí, cada pieza cumple con su función, no hay páginas de transición, la investigación policial avanza y, al mismo tiempo, perfectamente ensamblada, lo hace la vida de su protagonista, así como el resto de subtramas, los afluentes que alimentan el cauce principal, ese espléndido torrente (guiño particular con la autora) que es Un asesino en tu sombra.

viernes, 12 de junio de 2020

AÑORANDO UNA BUENA DISCUSIÓN







   A pesar de padecer verborragia desde la infancia, a pesar de hablar a enorme velocidad y a un volumen demasiado alto (intento rebajarlo, me esfuerzo, pero me sale de natural a un nivel excesivo -y no tiene nada que ver con estar enfadado: también expreso el contento de una manera estentórea-), aunque a las primeras de cambio tomo las riendas de cualquier conversación y la transformo en un monólogo (o, cuando menos, hago un parlamento demasiado largo, al estilo de mis párrafos, esos que los leales tienen a bien soportar con infinita paciencia -e incluso demandar, todo hay que decirlo, gracias por la paciencia-), tengo a gala ser un magnífico oyente, un podría decirse escuchador profesional, algo que vino dado por mi predisposición casi natural (la vocación que aunque tardó en dar la cara ya estaba pujando por asomar la cabeza y robarme el corazón) a todo lo relacionado con la radio y la televisión: la primera fue mi despertador desde bien pequeño, lo he contado en infinidad de ocasiones, la tía Carmen me levantaba con Radio Hora “a través de EAJ2, Radio España”, las voces de Carlos Sainz, Ferrera Álvarez y Enrique Dausá (hubo otros, sí, pero ese es el trío que yo recuerdo, dichos de ese modo y en ese orden -y de patéticos intentos por revivirla, cuando no plagios descarados ya entonces, prefiero no hablar-) daban “la hora exacta minuto a minuto” mientras desgranaban noticias y otros contenidos de lo más variopinto entre los que destacaba (de 8.30 en adelante) “el cuento corto de hoy”, alimento indispensable junto al desayuno antes de salir hacia el colegio (que al principio estaba a un par de minutos de casa como mucho, en 3º de EGB me cambiaron a otro que estaba algo más lejos -tampoco demasiado-, por lo que podía escucharlo en su totalidad); luego estaban las tardes de merienda y juego de cartas con la abuela escuchando Peticiones del oyente en Radio Intercontinental (qué lejos estaba de imaginar que frente a esos micrófonos debutaría profesionalmente y pasaría algunos de mis años más felices), fui oyente compulsivo de radio a cualquier hora dependiendo de los horarios lectivos y las diferentes edades. La televisión también me capturó desde siempre (incluso demasiado, puede, pero viendo -o mejor aún: no teniendo ni idea- dónde fueron a parar o cómo se desarrollaron las cosas -permítanme el eufemismo y guardar silencio- con quienes lo reprobaban y daban la tabarra a los tíos para que no me dejasen ver más que los dibujos animados -con cuentagotas- creo haber demostrado que los equivocados -en eso y en tantas cosas- eran ellos), no sólo la variada y cuidada programación infantil de TVE, las series, los programas, las películas, no importaba lo que comprendiese o no y siempre que el contenido no fuese totalmente inapropiado para un chaval, en ese sentido recuerdo que no pude ver Holocausto (sí, por ejemplo, la segunda parte -también la primera, claro- de Hombre rico, hombre pobre, que la madre de mi amigo Joaquín consideraba muy perniciosa por “reflejar una América corrupta” -argumento inapelable, ¿verdad? Aún me provoca carcajadas-). Y muy pronto me gustaron los programas de tertulias, entrevistas, debates (tantos y tan espléndidos: La clave siempre en lo más alto, desde luego, Autorretrato, Esta noche, Su turno, A fondo,  Buenas noches, imposible enumerarlos todos), los que, sin ser entonces consciente de ello, fueron mis mejores libros de texto para lo que estudiaría y, sobre todo, ejercería años después, programas en los que saciar mi eterna curiosidad, en los que conocer mejor a personas a las que ya admiraba o a las que me enganchaba después de escucharlas, horas frente a la pequeña pantalla (que no caja tonta, por más que se empeñasen quienes, en lugar de apagarla y dar ejemplo, despotricaban sobre sus contenidos con pelos y señales, fijándose hasta en el más mínimo detalle-) en las que aprendí a dialogar, razonar, exponer, conversar, escuchar como ya dije (algo que en muchas ocasiones me han agradecido los oyentes a lo largo de mi ya un tanto olvidada y lejana trayectoria profesional), fueron mis primeras lecciones de retórica (en realidad las únicas porque, salvo muy contadas excepciones, en las aulas no la enseñaban -ni practicaban-).

   Y, no podía ser de otro modo centrándose en los personajes en que lo hace, es algo que recupera/reivindica de un modo natural y gozoso Laura Mas en su ópera prima, La maestra de Sócrates, recientemente publicada por Espasa, el título que ha supuesto el regreso de los encuentros con escritores organizados y moderados por mi Pepa Muñoz aunque, por el momento, deban ser a través de Zoom, cada uno en su casa, en su ventanita de la pantalla, tesela de un mosaico cuyo conjunto es una conversación fluida y coral pero ordenada y correcta, sin interrupciones a deshora, sin palabrería hueca o excesiva más allá del momento en que se tiene el turno para hablar (en ese sentido, aunque uno, a pesar de su querencia al anacoretismo y su carácter más bien asocial, prefiere el contacto directo, se agradece infinito lo que este sistema propicia). Y antes de entrar verdaderamente en materia, aunque ya digo que es asunto central en la novela que nos ocupa, por si alguien piensa que el título del presente texto es irónico o busca la confrontación pura y dura (o saben de mi bien ganada fama, lo acepto, de porfiador -si creo, si estoy seguro de tener razón, sobre todo en lo que se refiere a un dato concreto, me embalo-), diré que me remito, como tantas veces, al DRAE, donde “discutir” (que, por cierto, viene del latín discutĕre y se traduce como “disipar” o “resolver”) es en su primera acepción y “dicho de dos o más personas: examinar atenta y particularmente una materia”, mientras que la segunda habla de “contender y alegar razones contra el parecer de alguien”, es decir, hay un podríamos decir tono belicoso, pero muy sosegado y contenido, se trata de razonar y llegar a conclusiones, más aún cuando atendemos a que “discusión” se define como “análisis o comparación de los resultados de una investigación, a la luz de otros existentes o posibles”. En este mundo rebosante de gritos, ruido (en singular, como se estudia/identifica en Teoría de la Comunicación Social), insultos, discursos que no merecen tal nombre, faltas de ortografía incluso al hablar, ninguna argumentación, con la capacidad lingüística totalmente mermada (por no ponernos más drásticos), con un vocabulario reducidísimo en el que la mayoría de las palabras ha perdido su verdadero significado, algo que se ha exacerbado en estos últimos terribles y procelosos tiempos (en redes sociales, en los medios, desde los balcones, en la sobreabundancia de comportamientos incívicos cuando no directamente imprudentes y hasta temerarios/peligrosos, en el odio galopante y cada vez más generalizado, en el todos contra todos del que algunos extraen rédito), se añoran programas como los evocados, discusiones de las que salir enriquecidos y con lazos más estrechos, poner la mente a trabajar, hacernos preguntas, interesarnos por las respuestas que aportan los demás y seguir construyendo diálogo, razonamientos, observaciones, utilizando nuestra mejor herramienta para expresarnos, comunicarnos, explicarnos, puliendo las palabras, queriéndolas y dotándolas de vida, acuñando otras, dándoles sentido y contenido.

   Como señalaba anteriormente, y es fácil colegirlo por el título, Laura Mas recupera las más puras esencias de este método de estudio/investigación, las raíces más hondas de aquello a lo que llamamos filosofía: su novela se trenza y desarrolla fundamentalmente en base a diálogos mediante los que los personajes se dan a conocer, se explican, se interrogan, se manifiestan, se revelan, indagan y se indagan, analizan, descubren, se confunden, capta a la perfección y reconvierte en muy atractivo material novelesco el espíritu de la mayéutica socrática, el modo en que hemos conocido al considerado/indudable padre de la filosofía política, así lo estudiamos en COU, aunque eso parece poco para referirse al pensador de cuyas palabras dimanan de una forma u otra todas las grandes cuestiones a las que, unos veinticinco siglos después, aún seguimos (o deberíamos) dando vueltas, aquel que puso la dialéctica en el centro de su método, dialéctica imperfecta cuando (y tenemos demasiados ejemplos de ello hoy en día) se polariza, cuando se restringe a los extremos, cuando podemos decir se vuelve maniqueísta, simplista, cuando se contenta con un par de absolutos, cuando rechaza/no contempla/impide la existencia de terceras (y cuartas y quintas) vías: “Tu manera de debatir tiene una carencia, Sócrates. ¿No te has dado cuenta de que existe algo intermedio entre los opuestos? Hay cosas que no obedecen a la dualidad, que no son un sí ni un no. Y el amor es una de ellas. De ahí viene su misterio”. Así se lo afea/reprocha/reclama Diotima, la auténtica protagonista de la novela, la que la titula, la que supone todo un descubrimiento, el personaje que Laura Mas rescata del olvido, del desconocimiento de las palabras que Platón puso en boca de Sócrates, cuando en El banquete le hace decir: “(…) Voy a hablaros del discurso sobre Eros que un día escuché de labios de una mujer de Mantinea, Diotima, quien era sabia en estos y en otros muchos temas (…). Ella fue precisamente quien me instruyó también a mí en las cosas del amor”. Aunque al menos queda así reconocida, la sacerdotisa que libró a Atenas de la peste en el 440 a.C. lleva demasiados siglos entre sombras, diluida, sepultada, anulada, y eso a pesar de que los historiadores se han ocupado de ella: “Cuando empecé a documentarme, me sorprendió que Diotima aparece mencionada en muchas obras, por más que sea un personaje que nos resulta desconocido; eso sí, sólo me la he encontrado en ensayos, por eso pensé que una novela era la mejor manera de reivindicar su figura”. Elección de género que hay que alabar porque Laura hace un enorme ejercicio de honestidad (“No soy historiadora”) al presentar su trabajo bajo los auspicios de la invención literaria, ya que no de otro modo conocemos a Sócrates, quien es el máximo ejemplo de ese fenómeno que se conoce como “el autor sin obra”: es Platón quien transmite el saber de su maestro, Sócrates es un filósofo netamente oral, no escribió ni una sola línea, no estoy diciendo que su discípulo se lo inventase, pero es a través de cómo él lo plasmó en sus escritos como hoy seguimos estudiándole y conociéndole, que Laura incida en el aspecto novelístico entronca directamente con la propia formulación del pensamiento socrático. La honestidad de que hace gala la escritora también se nota en el mimo puesto a la hora de recrear la época, el modo de hablar/narrar, capturando con destreza y exquisitez el aire, la cadencia, el vocabulario, el modo de contar, sin caer en la falsa erudición, en la rimbombancia, poniéndoselo fácil al lector, acercando con sencillez la vida cotidiana y por encima de todo la manera de hacer filosofía (iba a decir “filosofar”, pero por desgracia para muchos es un término peyorativo, pasando por alto/ignorando su etimología), de desarrollar el conocimiento, de codearse con la sabiduría como algo habitual, el amor a todo eso (“philos” y “sophia”, las dos palabras griegas reunidas en una) es lo esencial para poder hablar de una asignatura que no puede dejar de impartirse, que debe ser columna vertebral de todo plan de estudios que quiera ser poder llamado así, asignatura que apoyándose en textos tan ricos, reveladores, placenteros y fáciles de leer (esto, que es un mérito que no está al alcance de cualquiera, también es peyorativo para mucho elitista que nunca ha leído a Platón) como el de Laura Mas sería mucho más atractiva y ganaría adeptos.

   “El amor no emana de las cosas y los cuerpos, sino de los ojos de quien mira… De quien mira con amor”, es una de las enseñanzas que Diotima regala a Sócrates (a los lectores), una de las muchas reflexiones que se hacen en torno al asunto principal del libro, aquel al que la maestra del filósofo dedicó gran parte de su vida (“Toda su filosofía se basa en descifrar a Eros: es romántica, idealista y defiende el amor más allá del físico”), sentencias que dialogan con nosotros sin que nos demos cuenta, así de sutil es Laura narrando (y, como se ve, aplicando el método socrático), del mismo modo, puesto que ha tenido que fantasear, completar la historia, escribir una novela firmemente asentada en lo que está documentado/escrito, la autora se ha permitido algunas licencias, incorporándose al diálogo aunque sin que se note, pero es algo de lo que advierte porque no pretende engañar a nadie: “Las ideas que se expresan en el libro están basadas en “El banquete”, pero no las copio literalmente: he hecho un híbrido con mis conclusiones y reflexiones de la lectura de Platón”. Laura Mas ha construido sus personajes manejando una documentación que se percibe exhaustiva pero que no pesa porque la coloca al fondo, como base, sustentando la verosimilitud, pero sin que interfiera, sin que moleste, sin que fagocite la novela, sin excederse, son guiños para el conocedor, estímulos para el curioso, destellos aquí y allá para aquel estudiante de COU de finales de los 80, un magnífico acercamiento/reencuentro a una época y unos personajes que no se deberían perder de vista. Porque, efectivamente, sé que más de uno lo estará pensando, aparece Pericles, no puede ser de otro modo, pero junto a él, soportándole (en toda la polisemia del término, por más que se amasen con fervor), creándole, ayudándole, con personalidad propia, con una obra que resaltar, reivindicar y descubrir, con una vida que merece más que un par de líneas o una nota a pie de página, encontramos a Aspasia, una mujer impresionante, audaz, inteligente, un personaje muy bien jugado por la autora para que, sin merendarse al resto, deje clara su categoría y cautive irremisiblemente al lector.

   “Nadie sabe a ciencia cierta cómo era Sócrates: nos ha llegado sobre todo a través de lo que cuenta un discípulo que le admira muchísimo”, nos dice Laura a la hora de explicar lo mucho que ha disfrutado (y trabajado -esto lo añado yo-) creando a su filósofo, el que ella misma ha ido descubriendo, intuyendo, imaginando mientras escribía: sorprenderá mucho lo relacionado con su aspecto físico/poca higiene, pero no conviene olvidar que hablamos de otra época, y que ese asunto aparece recogido en textos considerados canónicos (mi profesor en aquel lejano COU lo mencionó en alguna ocasión y hasta se permitía algún chiste sobre ciertos tufos), sin embargo un servidor se ha quedado más impactado con su faceta guerrera (que desconocía por completo), hombre del Renacimiento antes de tiempo (recuérdese, por ejemplo, a Garcilaso de la Vega: el ideal en ese tiempo era el hombre que combinaba las letras con la guerra), aunque si llamamos así a ese periodo porque resurgieron los saberes clásicos tal vez es algo que, simplemente, hemos echado en el olvido o, al menos, un servidor jamás había reparado en/sabido de ello. Sin embargo, sí recuerdo que en aquellas clases se habló/discutió (en el sentido antes expresado) sobre la concepción del amor como ciencia, algo que Laura recoge cuando Sócrates expone: “He llegado a la conclusión de que no hay ninguna ciencia que desconozcamos tanto como la del amor. Y, sin embargo, esa fuerza ignota gobierna el mundo y a aquellos que vivimos en él”. Por eso, por lo mucho que queda por descubrir (y vivir), porque no hay que dar nada por sabido (sólo que no se sabe nada, realidad palmaria se pongan algunos todo lo ufanos que se pongan, aupados a la soberbia de su mediocridad e ignorancia), porque nunca dejamos de extraer enseñanzas y hacer descubrimientos, porque son más actuales que nunca, hay que regresar/no hay que abandonar a los clásicos, por eso es una magnífica noticia que La maestra de Sócrates nos acerque a estas mentes pensantes de un modo tan cercano y accesible, que nos deje en la cabeza (y el corazón, que es de lo que se trata), conclusiones tan certeras como la que formula Diotima ante su discípulo en un momento dado: “Es un misterio y es bueno que así sea. Porque si pudiéramos comprender el amor, descifrar sus leyes como el arquitecto calcula las dimensiones y pesos al proyectar un edificio, entonces no valdría la pena vivirlo. Tal vez por eso son tantos los que temen a este poderoso sentimiento, porque es un misterio que no pueden descifrar”. Gracias a Laura Mas, le perdemos el miedo (o parte al menos) y le despojamos de algún que otro velo, dialogando con la novela y con nosotros mismos.

viernes, 5 de junio de 2020

PERDER LA GRACIA









   La concesión de cualquier galardón provoca controversia, es inevitable, la unanimidad resulta imposible en un jurado formado por los miles de millones de personas que leen/ven cine/valoran y/o juzgan la obra/trayectoria de alguien y, además, en muchísimas ocasiones no se conoce a todos los candidatos, a los posibles premiados, por definición seremos injustos, sobre todo cuando generalizamos. En ese sentido, el Nobel (en cualquiera de sus categorías, aunque uno se centre en la única de la que puede hablar con cierto conocimiento de causa) despierta siempre suspicacias, quejas, reproches, al fin y al cabo, por muy ecuánimes/analíticos que nos pongamos, se trata de gustos personales, de emociones sentidas, de placeres vividos, de conversaciones privadas con los escritores a través de sus obras, da igual lo que digan los demás, incluso lo aprendido en las aulas, las investigaciones llevadas a cabo, las tesis propias o ajenas sólidamente armadas, las fuentes consultadas, los años de experiencia lectora, la dedicación profesional al amor de siempre (los libros), no digamos las cifras de ventas: es una cuestión de piel (me refiero, por supuesto, a quienes leen algo del autor que sea antes de juzgar, no a los que se dejan llevar por los prejuicios extraliterarios y pretenden transformarlos en opiniones -aunque sería mejor decir “sentencias”-, esos que hablan/escriben sin leer).

   Por muy incontestable que parezca el dictamen anual de la Academia Sueca, siempre hay voces que se alzan para hablar de una distinción inmerecida y enarbolar otros nombres que, considera quien manifiesta su disconformidad (más o menos violenta), hubiesen sido “ganadores más justos”, olvidando quien así se expresa (un servidor en alguna que otra ocasión, ¿para qué negarlo?, es la visceralidad del admirador la que habla -o truena- en esos momentos) que su endeble argumento puede trazar una trayectoria de bumerán; por más que lo apuntale con el juicio crítico de voces consideradas autorizados, por mucha prosopopeya que le eche al asunto, por más que razone con lógica, al final, volvemos a ello, no deja de ser la expresión de su gusto particular que, además, se basa en aquello que ha leído (y, sobre todo, en lo que no, en lo que ignora). Son muchos los que se enfurruñan (o algo peor) cuando el premio va a parar a manos de alguien a quien tildan despectivamente de “desconocido”, como si eso le invalidase para ser distinguido, olvidando que son ellos quienes no le conocen, nada más, que precisamente el Nobel ha propiciado una mejor difusión o primera publicación en castellano de autores que se han convertido en nuestros favoritos (hablo por mí, desde luego, aunque también por amigos que han vivido epifanías semejantes); viví como un triunfo personal la concesión a Saramago (aunque, las cosas como son, le leí mucho más de lo que lo había hecho a partir del premio), Doris Lessing o Vargas Llosa, me decepciono cuando, año tras año, no lo consigue alguno de mis eternos favoritos (y lo peor es que Martín Gaite, Delibes o Matute ya han muerto), pero sin el Nobel nunca hubiese llegado o al menos hubiese tardado más en hacerlo a las páginas debidas a Herta Müller, Naguib Mahfuz, Toni Morrison, V. S, Naipaul, Svetlana Aleksiévich o Alice Munro (este caso en particular ya lo conté en detalle en su momento: https://elarpadebecquer.blogspot.com/2013/12/leer-con-el-nobel-sobre-la-cabeza.html). Por otro lado, están aquellos que se niegan a que sea laureado con el Nobel alguien con éxito comercial, con legiones de admiradores, sobradamente conocido en el universo lector, esos aupados a sus propios pedestales de elitismo que en tantas ocasiones consiguen el efecto contrario, es decir, que la gente huya de los títulos/autores que sancionan y prestigian, extendiendo certificados de calidad que, se supone, están reñidos con un número abultado cuando no desorbitante de ejemplares vendidos (lo que, por esa regla de tres, invalidaría a gran parte de los que han sido premiados), premisa por la que invalidan a nombres que lo merecerían por la riqueza, variedad e influencia de su obra y, de paso, con la que colocan una etiqueta que indica “aburrimiento seguro” en aquellos escogidos por la Academia Sueca.

   Hablando estrictamente de literatura (al menos en mi caso: puede que detrás de las reacciones de alguno haya también una intención política, algo que no se puede descartar tratándose de este escritor), cuando se anunció que el Nobel de Literatura 2019 iba a parar a las manos de Peter Handke hubo quien comentó (y, expresado de un modo u otro, lo leí en varios lugares) que ya no era el momento de premiarle, que hace años puede, que el galardón llegaba a deshora (por lo tanto, se colegía de esas palabras, no era merecido). Por un lado, recordé (aunque sólo en algún caso puedo afirmar que lo decían los mismos) que más de uno se llevó las manos a la cabeza porque Orhan Pamuk era muy joven y sólo había escrito siete novelas o porque la obra de Kazuo Ishiguro (también, casualmente, compuesta hasta ahora por siete títulos) les parecía escasa para semejante reconocimiento, algo que también se dijo (y de qué modo) en lo que atañe a Svetlana Aleksiévich (es decir, en ese sentido, Handke cumplía ambos parámetros: 76 años -en el momento de la concesión- y una amplia, variada y cuantiosa producción); por otro lado, pensé, a un nivel mucho más particular, en que leí alguno de sus títulos a mediados de los 90 y que, con las mismas, dejé de hacerlo, no por decepción o aburrimiento, tampoco por desinterés o disgusto, simplemente no se dio la oportunidad y, siendo honesto, tampoco lo propicié, tal vez pensé que mi relación con él ya estaba cubierta y eso que guardo un grato recuerdo de El miedo del portero al penalti o En una noche oscura salí de mi casa sosegada, puede que en ese sentido yo también considerase (aunque no lo expresase/sintiese así) que el Nobel llegaba tarde, cuando el escritor parecía haber perdido la gracia/el interés que me provocó años atrás. Puesto que, casi coincidiendo con el acto de entrega del galardón, Alianza Editorial (que ha publicado la casi integridad de obra) presentó La ladrona de fruta a finales de 2019 (apareció en alemán en 2017), pensé que era un momento excelente para recuperar el contacto con Handke y ver en qué punto estábamos.

   Lo primero que debe hacerse es agradecer el cuidado y la atención puestos tanto por la editorial eligiendo a una gran profesional como, especialmente, por Anna Montané Forasté, la traductora, para que el verbo del autor llegue con toda su fuerza, su riqueza, su complejidad, su subtexto, sus particularidades, sus meandros, su ambigüedad, su mezcla de voces/estilos, su beber de otras fuentes, su poner en comunicación/conexión unas obras con otras; no se pierdan la nota final en que la traductora hace un sobresaliente y revelador acercamiento al autor, una guía de lectura que no marca el camino porque no pretender imponer un criterio, pero lo desbroza, lo señala, nos coge de la mano para que no nos sintamos demasiado perdidos de un modo muy particular de narrar, sobre todo si somos neófitos o, como en mi caso, llevamos muchos años sin frecuentarlo. Peter Handke no presta atención al argumento, al menos a lo que solemos por tal, se lanza sin red, se transforma en personaje, nunca deja de ser narrador ni de marcar su presencia, se desdobla, interactúa con el lector, habla consigo mismo, reflexiona con sus criaturas, se detiene en un detalle, un olor, una calle, un paisaje y le dedica varias páginas, dispersa y aleja piezas, no todas las vuelve encajar, tampoco parece ese su objetivo. Es un maestro del deambular en todos los sentidos, especialmente en el de jugar con las palabras, enfrentarlas, mezclarlas, diseccionarlas, también en el de instalarse en una especie de espacio onírico en el que todo es posible y al mismo tiempo resulta fantasmagórico, soñado y/o intuido, verosímil e intangible, propone sensaciones, las convoca, instila en el lector estados de ánimo de los que no se es plenamente consciente hasta que se han adueñado de uno, le deja a su libre albedrío, sugiere, no concreta, exige participación, nos pone en movimiento, también nosotros deambulamos (y lo hacemos con placer).

   “Aquel día, el silencio soñado se abalanzó sobre mí, aunque, efectivamente, solo durante un segundo, como la onda expansiva de una catástrofe de alcance mundial. Y por un momento tuve también claros los motivos, no eran imaginados -eran tangibles, sólidos, innegables-: semejante hundimiento de los alrededores, el silencio de ahora, ese silencio, en lugar de dar ánimos, amenazaba y lamentaba; era un silencio amenazante, un silencio horroroso y mortal a la par: horrorosamente silencioso, horrorosamente paralizante”. En esa constante ambivalencia se mantiene el narrador, la misma con que se desarrollan los hechos, en la que instala a sus personajes y a los lectores, nada se puede/debe dar por hecho incluso cuando hay constancia inapelable de ello, todo es susceptible de cambiar de un segundo al otro, especialmente si tenemos en cuenta que jamás llegaremos a conocernos del todo: “Con el paso de las décadas me había dado cuenta de que la mayoría abrumadora, en todos los sentidos, de los bípedos, comúnmente llamados «humanos», de raza amarilla, blanca, negra o de la que sea, pertenecen a la raza de los inaccesibles. Un número superior, una mayoría no expresable en porcentajes, es, o fue desde siempre, inaccesible; nada ni nadie puede acceder a ella, y mucho menos yo, o alguien como yo. Nada le sorprende. Nada le hace agudizar los oídos. De nada, pero absolutamente de nada, le alcanza un destello o un reflejo. Lo que en su día se decía «tener oídos para» o «tener ojos para»: los inaccesibles, esos no tienen oídos ni ojos para absolutamente nada de lo que hay en la Tierra; para absolutamente nada de lo que en tiempos se llamó «Madre Tierra», sea naturaleza o mundo de los humanos”. Y cuanto más intentamos comprendernos, cuanto más nos analizamos, más claro (o todo lo contrario) parece que no somos quiénes pensábamos, equivocados en gran medida por el lenguaje que utilizamos o el uso que damos a determinadas palabras: “Propiedad, eso era algo radicalmente distinto a lo propio a mí. O, dicho de otro modo: lo propio de mí no tenía nada que ver con aquellas cosas -así pensaba yo- que me pertenecían, con aquello sobre lo que yo tenía un derecho de propiedad. Lo propio de mí: ni me correspondía, ni yo podía apostar y confiar en eso. Y, no obstante, aunque de manera distinta a las posesiones, en cada caso había que conseguirlo, y también adquirirlo, andarlo, rodearlo”.

   De este modo, Alexia, la podríamos decir protagonista (todo es relativo en un texto de Handke, esa es otra de sus virtudes), acepta ser llamada con el apelativo que da título a la obra (su propio padre se dirige a ella de ese modo), aunque, al mismo tiempo, rechaza lo que ese sobrenombre conlleva, al menos tomado literalmente: “La ladrona de fruta detestaba robar, sustraer, las raterías, los hurtos. De entre todos los malhechores sentía asco únicamente por los ladrones. Bandidos, violadores, asesinos, asesinos en masa: eso era algo diferente. Por lo demás, lo secreto, que no tenía nada en absoluto que ver con lo que de alguna manera era íntimo, la atraía de una forma particularmente adictiva. Por otra parte, a su juicio, lo secreto del robar, del birlar, era, ya solo por los gestos, de lo más repugnante que existía bajo la capa del cielo. Por mucho que tratara de convencerse, siendo testigo por ejemplo de un pequeño hurto en el supermercado, de que eso pasaba por necesidad o de que, de todos modos, la mercancía robada apenas tenía valor: ella despreciaba al ladrón por su maniobra. (…) Todas las fechorías hacían daño, causaban dolor, cada una a su manera”. Y como ella no pretende tal cosa, se contempla bajo otro prisma: “Su ladronería era, por el contrario, otra cosa. Practicada bajo el signo de la impunidad, era, además, algo agradable. Y era decoroso. Y era algo bello. Algo ejemplarmente bello. Sí, es cierto: lo que hacía cada vez que robaba era algo torcido. Pero para ella también esta expresión tenía otro significado distinto del habitual. Ella se sentía como en casa ante todo lo torcido, aunque lo fuera levemente, intuía aquel secreto que tanto anhelaba, especialmente viendo cosas torcidas, una aguja de coser torcida, un lápiz torcido, un clavo torcido”. Dicotomía (o carácter poliédrico) que, como decimos, está en la base y en el centro de la manera de narrar/abordar la complejidad del ser humano que viene desarrollando Handke desde sus primeras obras, dicotomía que el padre de Alexia es capaz de sintetizar en pocas palabras: “¡Ay!, tu corazón: cómo está hecho, está hecho y pensado para romperse por nada, en vano; igual que tú, hecha y pensada para que el sudor de la muerte te empape y tengas miedo de no despertar nunca jamás… A la vez, ¡nadie más alegre, más llena de alegría, más dotada para la alegría que tú, ladrona de fruta!”.

   Hace cosa de una semana, publiqué en Instagram un texto sobre una película que me ha dejado profunda huella y un entusiasmo creciente según la voy interiorizando, Lazzaro felice; un antiguo y leal oyente que sigue interesándose por mis desvaríos me comentó que, tras leerme, la vio y, un tanto en broma (porque me aclaró que le había gustado, precisamente por el debate posterior que provocó), me pidió que se la explicase cuando, como queda dicho, le había pillado el punto, es decir, la gracia, la misma que perdería de dar por buena una única versión, el filme escrito y dirigido con brillantez por Alice Rohrwacher (galardonada en Cannes por su guion -premio que sabe a poco y, para colmo, fue ex aequo-) tiene una conclusión pero acepta/propicia que cada espectador la haga a su manera e incluso añada matices/interpretaciones, esa es la magia del arte, eso es lo que Handke consigue: nos hace vivir la obra, discutirla, rechazarla, no comprenderla, la pone en nuestras manos, no quiere respuestas sino nuevas preguntas, que abatamos esquemas, que pongamos en duda lo que se presenta como absoluto, que rebatamos lo estipulado, que el movimiento no se detenga, que no nos conformemos, que perdamos el miedo a la duda, a lo inconcreto, a lo desconocido, a lo imposible, que seamos como su personaje central: “En lo inexplicable ella se sentía como en casa”. Así me he sentido yo, regresando al hogar de un viejo amigo, procurando quebrantar el hermetismo provocador de Peter Handke.

domingo, 31 de mayo de 2020

LAS TINIEBLAS DEL CORAZÓN






   Lo de la fascinación por el mal viene de lejos, aunque un servidor prefiere hablar de curiosidad (lo del morbo, que no lo niego, que lo ponga cada cual en la dosis que considere más adecuada/aceptable), de interés por aquello que, se supone, nos resulta ajeno, por aquello que, siendo honestos, entendemos más cercano de lo que querríamos (no hay más que mirar alrededor/acceder a las redes sociales en estos tiempos de confinamiento y pandemia para comprobarlo), algo que sabemos anida en nuestro interior y en no pocas ocasiones se muestra como una tentación muy apetecible ante las injusticias (o que consideramos tales) sufridas o los obstáculos encontrados a lo largo del camino profesional y/o personal, nos gustaría que esa fuese nuestra respuesta ante quien así se comporta pero no nos atrevemos a ello o, sobre todo, no tenemos las herramientas/capacidades para ello (lo que suele traducirse en que no poseemos el rango/cargo que nos haga sentir inmunes y nos consienta actuar con impunidad). No se trata, como tantas veces se denuncia/discute, de que los personajes que pueden ser tildados de negativos, los que comúnmente se presentan como antagonistas (aunque no son pocas las oportunidades en que se erigen en protagonistas -y no es algo novedoso ni moda reciente-), queden justificados, se acepten sus fechorías/delitos e incluso se defiendan, se les humanice (en el sentido en que se emplea el verbo para mostrar desagrado -o, perdón que lo diga así de clarito, para no entender nada e, incluso, hablar sin conocer-), se dé la vuelta a la historia (por no decir, aunque lo haremos en seguida debido a la novela que hoy nos ocupa, en la Historia), sino de que el malvado resulta atractivo porque es el que aporta miga, tensión, intriga, el que hace avanzar la trama, el que la enreda, el que la desarrolla (ahí tenemos a J. R. Ewing, Angela Channing o la insuperable Alexis Carrington Colby -y algún apellido más- a la que diese vida Joan Colins), el que permite que el héroe (en cualquiera de sus posibilidades/variantes) se luzca; por mucho que nos indigne/asuste o lo que corresponda, al final es el malo (como decimos desde niños) el que mola, siempre que no esté reducido a su mínima expresión o utilizado como mera excusa para que el vaquero pegue tiros y encima se le presente como un salvaje que sólo sabe torturar y matar y no como alguien que defiende lo que es suyo.

    Y, como decía, la fascinación que sentimos por personajes de este tipo la desarrollamos desde pequeños: esperábamos impacientes cada sábado el nuevo monstruo con el que el doctor Infierno intentaría vencer a Mazinger Z, de hecho identificábamos los capítulos por el ingenio mecánico que se enfrentaba al robot (queríamos que venciese pero, por así decirlo, que le costase, que el contrincante estuviese a la altura y obligase a sus creadores a inventar nuevas defensas o capacidades); en una relectura de adulto, fui consciente de que el indudable y poderoso carisma que despliega Long John Silver cautivando a Jim y a cualquiera que pose sus ojos en esa maravilla titulada La isla del tesoro se cimenta mucho más en su parte oscura, en su inquietante pero atractiva personalidad, en su aspecto patibulario que en los aires de aventura y libertad que representa; Salgari, otra de las lecturas clásicas de los primeros años, nos coloca siempre del lado de los piratas (y, por cierto, nadie se llevó en su día las manos a la cabeza porque nuestro ídolo fuese Sandokán, todo lo contrario, bien que gustaba a las hermanas mayores y a las madres -aunque por razones distintas, claro-); recuerdo a Paula Gardoqui en octubre de 1983 anunciando la emisión en Sábado Cine de la gloriosa adaptación de El prisionero de Zenda dirigida por Richard Thorpe y destacando el inolvidable duelo de espadas final y lo magnífico que estaba James Mason encarnando al malo. Los ejemplos, como tantas veces, podrían ser miles, más desde hace unos años (ya bastantes porque la película se estrenó en 1991) en que a partir del furor desatado con El silencio de los corderos abundan las películas/novelas/series en torno a psicópatas, asesinos, mentes criminales de lo más variado con una seña de identidad común: hacer el mayor daño posible, sembrar el mal.

   La irrupción de Hannibal Lecter en nuestras vidas (a la que no es ajena la prodigiosa interpretación de Anthony Hopkins) reactivó e incluso polarizó el debate en torno a cómo se presentan a las audiencias los personajes crueles, sanguinarios, voraces (en cualquier sentido, pero en este caso dicho con toda la intención), cómo despiertan admiración, cómo se convierten en iconos, cómo provocan una legión de imitadores, escandalizando a los de siempre, es decir, a quienes niegan al público su capacidad de discernimiento, de lógica, de inteligencia, de comprensión, esa gente que tiene una percepción muy distorsionada (por no decir falsa) de la realidad y habla en términos absolutos, sin introducir matices, y a fuerza de aplicar esquemas maniqueos reduce aquello de lo que (se supone) quiere advertir y/o mantener a salvo a los que no tenemos su perspicacia a un como mucho triste remedo, cuando no una caricatura que obra el efecto contrario al deseado: dar risa o resultar patético, pero no el miedo que nos dicen deberíamos sentir, y que tantas veces sentimos, por supuesto, lo que no está reñido con que el personaje nos resulte, por unas cosas u otras, atractivo (sin necesidad de glorificarle ni querer igualarle). Cuando se estrenó El hundimiento, la estremecedora, claustrofóbica, terrorífica y espléndida película que recrea con verismo atroz los últimos días de Hitler, se alzaron muchas voces en su contra (ya antes del estreno, como suele ser habitual, ¿para qué esperar a verla y hablar con conocimiento de causa?) porque, volvemos a lo señalado antes, “humanizaba” al genocida cuando se trataba precisamente de eso, es decir, si recurrimos a parodias, histrionismos, mofas, exageraciones, perdemos de vista lo fundamental: aunque nos parezca increíble y nos resulte difícil llamárselo, Hitler era una persona, alguien como cualquiera de nosotros, alguien que, como otros muchos, se quedó en esa parte oscura con la que, lo aprendimos también de chavales con El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (¿Se han dado cuenta de lo mucho que nos ha influido -y nos ha hecho disfrutar- Robert Louis Stevenson?), todos nacemos, al menos con su posibilidad, con ese envés imprescindible para definir el haz, sabemos lo que es el bien porque existe el mal, digan lo que digan, tenemos que agradecer a Eva su curiosidad, sólo de ese modo podemos disfrutar de lo que nos resulta placentero (en caso contrario, simplemente estaríamos en el Edén, pero no lo valoraríamos). Y me he marcado uno de mis rollos habituales (pero, repito como tantas veces, ya saben que aquí no se hacen reseñas: se trata de reflexiones/sensaciones/evocaciones despertadas por la lectura) para llegar a donde quería: Carlos Bardem ha hecho eso mismo en su estupenda novela Mongo Blanco, editada por Plaza y Janés hace un año y que ha alcanzado al menos cinco ediciones (lo escribo así porque no he podido confirmar si, como me suena haber leído, se ha publicado la sexta -si no lo ha hecho aún lo hará y alguna más también-).

   “Yo, don Pedro Blanco, negrero. Un loco. Gigante o monstruo. El Mongo Blanco. El Gran Mago-Espejo-Sol. El Rey de Gallinas. El Pirata. El Padre. El Hermano. De los arrabales de Málaga al trono de África, de la gloria de La Habana a un manicomio de Barcelona. Una pistola. Si tuviera una pistola mancharía una pared con mis sesos. Esta es mi culpa y mi penitencia. Esta es mi historia”. Carlos encontró a su protagonista en una nota a pie de página, relegado como tantos personajes que, de una manera u otra, han construido la Historia, olvidado o, tal vez, ocultado, al fin y al cabo hablar de él supone escarbar en miserias que muchos consintieron, en toda una maquinaria de hacer dinero a costa de la esclavitud, del suplicio, de la trata de personas (a las que se negaba tal condición y, de ahí para abajo, todos los derechos naturales y, desde luego, los legales, los otorgados, los adquiridos, los reservados para los que se consideraban -desde el nacimiento- superiores), en lo sencillo que resulta (por mucho que nos creamos a salvo) pasar al otro lado, transformarse en negrero, en explotador, en dictador, en déspota, en criminal. Fue un auténtico placer conversar con Carlos Bardem (siempre lo es) sobre esta novela que a mi juicio le consagra como escritor, no porque lo anterior no mereciese la pena (y mucho), sino porque los cuatro años empleados en su investigación/redacción han dado como fruto una obra riquísima, compleja como sólo lo es eso que solemos llamar alma y es lo que aquí desnuda dejando al aire los recovecos más recónditos, los desconocidos, los poco o nada explorados, aquellos a los que no nos atrevemos a asomarnos, introspección y hasta vivisección que, como los grandes autores, hace a través de un personaje, pareciendo en ciertos pasajes que habla de cualquiera, de todos; además, el trabajo de reconstrucción/recreación de la época en que transcurre la acción (siglo XIX) es muy meritorio, sobresaliente, nos zambulle en la época con todo lujo de detalles, datos, personajes, con una narración torrencial, imparable, de las de dejarse envolver y llevar, una escritura en la que un servidor encuentra ecos de Roa Bastos, García Márquez o Miguel Ángel Asturias y que, como muy bien me señala en la entrevista inmortalizada por mi Pepa Muñoz (https://www.youtube.com/watch?v=4-x_urmOjy8), también posee tintes conradianos (y sombras, por no repetir la obvia referencia del título de este texto).

   Durante el encuentro que mantuvimos parte de los miembros habituales del club de lectura el pasado febrero en la Casa del Libro de Gran Vía, Carlos fue enormemente generoso al compartir con nosotros muchas de las entretelas de Mongo Blanco, entre ellas cómo fue (re)construyendo un personaje un tanto esquivo en el sentido de que no es fácil de encontrar, hay que rastrear, investigar, a ratos suponer, también especular, recurrir a la documentación manejada (y a los conocimientos de un licenciado en Historia como es él) para ir completando el cuadro, lo que es una ventaja para el novelista en el sentido de que puede dar rienda suelta a la creatividad, pisando firmemente en lo estudiado pero permitiéndose licencias narrativo-creativas que son las que, en definitiva, dan cuerpo, alas y solidez a la irresistible propuesta que supone este título. Porque, siguiendo admirablemente una de las citas que sirven como pórtico a la obra, tal y como dijo su tocayo el grandísimo Carlos Fuentes, “el que recuerda, imagina. El que imagina recuerda”, Bardem pone al protagonista a dialogar consigo mismo, crea un impactante juego en que el narrador se va apostillando, contradiciendo, mintiendo a quien le escucha, engañando, disculpándose, buscando eximentes, hurtando información a la que da rienda suelta en la soledad de su celda, en sus delirios, enfrentándose a sí mismo (“Loco. Pero elijo lo que os cuento. Aún levanto mi mentira como un castillo que me proteja del mundo, de los demás, de su desprecio. A falta de dos pistolas y buen pulso, yo me defiendo con mi memoria”), sin subterfugios ni medias tintas, reconociendo sus fechorías, incluso regodeándose en ellas, sin presentar atenuantes, sin expresar arrepentimiento (“Yo siempre tuve una razón, mi razón, pues nunca culpé cobardemente ni a Dios ni al diablo por mis actos, para hacer lo que hice. Y las recuerdo, todas y cada una de esas razones”), un malvado consciente de serlo (lo que aún horripila más) lo que no le incapacita para sentir/expresar amor honesto por alguna persona, por eso sus palabras y sus actos nos sacuden de la manera en que lo hacen, ese es el vibrante y vívido retrato de la amalgama de pasiones/pulsiones que anidan en cualquier corazón que logra dibujar (por no decir radiografiar) el escritor, radiografía a la bestia y de ese modo deja a la vista su condición humana para que la contemplemos como si estuviéramos frente a un espejo, la misma que el Mongo niega a sus víctimas para, así, hacerse su dueño: “Que alguien te sonría te hace sentir más humano. Yo nunca dejé que los marineros sonrieran a los esclavos, no quería darles esperanzas”.

   Es portentoso el modo en que Carlos nos va colocando a uno u otro lado de esa difusa frontera (y en tantas ocasiones inexistente: todo está mezclado por más que nos empeñemos en analizarlos como si estuviesen en compartimientos estancos) entre lo consensuado o dictaminado como bueno y lo que se considera malo, anatema, pecado, ofensa (al menos para los que tienen capacidad para decretarlo de ese modo) y, así, sin que nos ponga de su parte (hay que repetirlo mucho para todos esos susceptibles -o algo peor- que van a sentenciar sin leer), Pedro Blanco desmonta discursos falsamente humanitarios, realidades que aún se aceptan hoy en día como inevitables: “Es bueno tener perspectiva de las cosas, ver para qué se hacen. Toda la actividad del ingenio La Fortuna, de los cientos de ingenios que se extienden laboriosos por los valles de Cuba, siempre humeante la chimenea, siempre los rodillos de los trapiches moliendo el gabazo de caña a fuerza de esclavos y látigo, era finalmente para endulzarle la vida, el café, las melazas y el ron, al resto del mundo. Para hacer panes de azúcar”. Sus irreprochables argumentos no le justifican, pero al menos dejan al descubierto el cinismo y/o la doble moral de muchos: “La esclavitud desapareció cuando dejó de ser rentable. Solo entonces tuvieron eco y visibilidad los discursos humanistas y filantrópicos, querido doctor. Solo cuando sirvieron a los nuevos intereses de los poderosos”. De ese modo, como tantas veces, algunos reescribieron la historia para que les fuese favorable: “Si los ingleses se dedicaron a perseguir la trata tras abandonarla fue solamente para que nadie más se hiciera con tan lucrativo negocio, no os engañéis. Hicieron de la necesidad virtud y lo vendieron muy bien. Los británicos abandonaron la trata directa, sí, dejaron que los demás nos manchásemos las manos de sangre mientras ellos se las manchaban con la tinta de contabilidades y asientos”. Admiro particularmente los momentos en que Mongo Blanco se enfrenta directamente a la locura, tan etérea, tan complicada de definir, tan esquemática o esquematizada, utilizándola en su beneficio, reconociéndola o negándola, analizándola como pocas veces se ha hecho, contemplando las dos caras de la moneda. De este modo, primero dice: “No estoy loco. Yo sé lo que es la locura, la locura que asesina o que suicida. La que convierte a leones en guiñapos llorosos. La que te hace feroz e invencible. No estoy loco”. Y lo repite varias veces para, pocas páginas después, reconocer sin ambages: “Sí, ahora sí estoy loco. La locura es esa voz que no quieres oír y que no calla, ese susurro atronador que no para, ese grito que no quieres gritar y te despelleja la garganta, esa mano que se engarfia, ese temblor, esa furia homicida que no sabes de dónde sale pero que no te asusta, que te calma y te permite dormir. Sí, imágenes de muerte y destrucción que te traen paz y un sentimiento de justicia. Eso es la locura. Demonios que no te avisan, que no esperas, que se presentan de improviso y te despedazan, te agujerean, te desgarran, de los que es imposible librarse hasta que ellos mismos no deciden irse tan de improviso como se presentaron. El miedo a que vengan es también la locura”. Porque, efectivamente, pueden venir, sabemos que no están muy lejos, es la eterna lucha entre Jekyll y Hyde, por más que creamos al primero a buen recaudo somos conscientes de que hace falta muy poco para darle rienda suelta.

   “Siempre respetaré a quien lucha y mata por su vida y su libertad. Amigo o enemigo. Solo si estás dispuesto a morir por tu libertad la mereces. No es tanta la gente así. Blancos, negros o amarillos, las personas se resignan pronto a la esclavitud, a la dominación. Les resulta más cómoda, es como si les quitaran una responsabilidad insoportable de encima”. ¡La de veces que pensé en este párrafo durante la polémica por la (correcta, acertada y hecha con conocimiento) utilización del término “tío Tom” que hizo Carlos recientemente en redes! ¡Y cómo demostraron los que aprovecharon para insultarle y tildarle de racista no haber leído la novela citada ni, mucho menos aún, conocer la figura de su autora, la activista Harriet Elisabeth Beecher! La cabaña del tío Tom es una novela que aboga por la abolición de la esclavitud, que apareció como serial en un periódico que mantenía esa línea editorial (The National Era), a la que el propio Lincoln reconoció como motor imprescindible para la causa y, consecuentemente, para la Guerra de Secesión, al dejar al descubierto lo que se ocultaba tras la imagen idílica e incluso romántica con que el Sur se pintaba a sí mismo. ¡Ay, si leyéramos (y reflexionáramos) un poco más! Mongo Blanco es un magnífico alegato contra cualquier tipo de esclavitud, precisamente porque la muestra/cuenta desde el punto de vista del negrero, del que captura, del que trata como mercancía a sus semejantes, porque consigue incomodar puesto que “el hombre nunca está preparado para la revelación del sentido de su existencia” y lo hace con honestidad infinita, combinando lo mejor de la doble condición de historiador y novelista del autor para conseguir una novela que transpira, que hiede, que se agita, que late en nuestras manos, que cobra vida, que la exuda, una obra admirable, un título por el que Carlos Bardem será recordado.

miércoles, 27 de mayo de 2020

EL SILENCIO QUE SE TRAE DE VUELTA








   Cuando tuve el placer de conversar con María Sirvent, momento que, como suele ser habitual, inmortalizó mi Pepa Muñoz (pueden verlo en https://www.youtube.com/watch?v=dQqrY0Wf-18&t=397s), le anticipé que tardaría en poder escribir sobre su segunda novela, Los años impares, publicada por Espasa en los días (principios de febrero) en que tuvo lugar uno de nuestros (antaño -aunque ya estamos de regreso y pronto se lo contaré-) habituales encuentros del club de lectura, y que el título de mi texto sería ese mismo que acaban de leer, algo que ella escribe en un momento dado: “Qué raro, no llevan el silencio que se trae a los sitios, sino el que se trae de vuelta”. Sentí un escalofrío grato, cómplice, ante la conexión establecida cuando me confesó que el párrafo/poema que concluye con esa frase es, tal vez, su momento favorito de la novela, una especie de corazón de la historia, un fragmento que ella misma ha escogido para leer/reproducir en alguna entrevista; se interesó vivamente por mis motivos para destacar precisamente eso y me preguntó por qué hacía esa elección, cuál era el significado que yo daba a sus palabras. Le hablé de muchas madrugadas (incluso días siguientes) en que volvía a casa después de haber bailado/cantado/bebido casi como un poseso (más los dos primeros participios que el tercero, aunque no voy a negar ahora el alcohol consumido en aquel tiempo -que, las cosas como son, sólo un par de veces me hizo perder la conciencia o afectó a  mi conducta/razonamiento-, me remonto a los últimos años de la década de los 90 del siglo pasado), con mi sexualidad reconocida (al menos de cara a los más íntimos), frecuentando locales gais (a los que tardé demasiado en entrar), más o menos pletórico, diríase que con el ánimo en buen estado, pero era sólo en apariencia, ya que en realidad me sentía frustrado: al igual que me pasaba cuando me pensaba/quería ser/actuaba como heterosexual, rara era la ocasión en que cruzaba algún beso con alguien que me gustase o hubiese conocido esa misma noche, si había salido porque se suponía que había algo naciente entre otro y yo al final todo quedaba en agua de borrajas, tenía amigos con pareja, otros con relaciones efímeras que no pasaban de eso o se iban afianzando, aquellos que ligaban casi siempre, los que no parecían demasiado preocupados por el asunto porque, de alguna manera, lo tenían resuelto, mientras en torno a mí parecía existir una especie de cordón sanitario (ahora que tanto se lleva la expresión) que todos parecían percibir y nadie osaba traspasar; a pesar de haber tendido siempre a la soledad, al recogimiento, de cumplir casi a rajatabla el decálogo del perfecto anacoreta (lo que no estaba reñido con esa sociabilidad y si se quiere desenfreno que derrochaba entonces, sobre todo en el ámbito profesional), sentía un inmenso vacío en mi interior que se agrandaba cuando regresaba a mi habitación y, aunque la noche hubiese estado genial y ni siquiera hubiera pensado un momento en el asunto (más allá de mirar a ese, intentar hacer contacto ocular con aquel, soñar un instante con unos brazos, una boca, un cuerpo -y, sí, un culo, me parece absurdo ponerme modoso a estas alturas-), me hundía por unos minutos en lo más oscuro de mí mismo, dando rienda suelta a mi amargura más de una vez mediante lágrimas espesas e incontenibles, regresando a un silencio buscado y anhelado para leer, ver alguna película, quedarme en el ostracismo que no sentía como condena, silencio que mientras me quitaba la ropa impregnada de sudor (propio nada más, aunque la olfateaba con ansia desesperada buscando un mínimo recuerdo de otros olores, fragancias, pieles) y humo de tabaco (era la única huella que algunos dejaban: yo nunca he fumado) me dolía, oprimía y aplastaba, silencio que se abatía implacable sobre mí, que más que traer de vuelta se quedaba esperando, el caso es que ahí seguía.

   Bueno, a pesar de mi tendencia a la verborrea sea en vivo o por escrito (otro de mis rasgos contradictorios: procuro aislarme, me oculto detrás de lecturas, escritos y demás tareas que me ayuden a evitar la interrelación con los demás -y no lo oculto-, pero si abro la espita brotan palabras sin cesar), pueden imaginar que no le solté semejante discurso, le dije lo fundamental, que identificaba ese silencio como propio, que sabía de lo que hablaba, que me había sentido vinculado a sus personajes a los que, por cierto, reconocía muy bien incluso en lo que no tenían que ver directamente conmigo porque he conocido a muchas personas en/con las situaciones/vidas que ella describe admirablemente. En estos días, mientras recuperaba mis notas y empezaba a dar forma al texto, vino a mi cabeza la magistral secuencia final de esa obra maestra de David Lynch que en España se estrenó como Una historia verdadera, película que emparenta en varios aspectos con la novela de María, sobre todo en la claridad y sencillez expositiva, en narrar lo preciso, en emplear un estilo escueto, directo, elíptico que invita a participar al lector/espectador sin que este se sienta confundido/perdido, en saber construir un interlineado/fuera de foco que tiene tanta o más fuerza/importancia que lo evidente y que no es difícil de percibir, basta con querer implicarse en la fantástica aventura de adentrarse en sus páginas/imágenes; esa secuencia es una de las más emocionantes, humanas y sinceras que uno recuerda haber contemplado, una secuencia en la que no hacen falta palabras para sentirnos concernidos, golpeados, sacudidos, un silencio compartido con un significado muy hondo, un silencio que resume, explica y pone punto final al distanciamiento, al rencor, a la incomunicación, un silencio necesario para ahogar el ruido de los corazones, para soltar lastre, para dejar sangrar la herida una vez más, un silencio clamoroso (no es un oxímoron) que siempre se trae de vuelta porque está dentro de uno y no se acalla (no es una contradicción) más que a ratos. Ese es el silencio al que María Sirvent sabe poner palabras con precisión de orfebre, el silencio que ha recogido aquí y allá a la hora de construir sus personajes, el vacío insondable al que tantas vidas han sido/son condenadas antes de que tengan posibilidad de defenderse, el que se recibe como herencia irrenunciable y el que se forja/acumula cada uno, ese que a veces se acepta como tradición, buenas costumbres, lo que se ha de hacer, deuda contraída incluso antes de nacer, ese que otros imponen, ese que pensamos refugio y torna en calabozo del que no podemos/sabemos fugarnos.

   “Podríamos adornarlo y ponerle puentes o escribir posdatas y decir que la luz, que el pasado, que los trenes, que los rusos, que todo lo que suene a tiempo, pero no vamos a hacerlo. Fue así, de verdad, no hubo música”. Efectivamente, la banda sonora sólo aparece en las películas para subrayar, ambientar, sublimar, impactar, en la vida real -como contó en una ocasión José Luis Garci- besas a la chica (o al chico, añado yo) y no irrumpe la música para elevar el momento, es entonces cuando el chaval cinéfago (e igualmente lector compulsivo y omnívoro) descubre las diferencias/fronteras entre lo que le pasa en el día a día y lo que vive gracias a la pantalla/los libros, algo inevitable que no debe suponer ningún trauma, es parte de la magia de lo que vemos/leemos; lo triste, y María Sirvent lo plasma sin paños calientes, sin metáforas ni ornamentos, es que muchas personas nacen con esa losa pesada sobre su cabeza, gentes a las que se les cercenan y extirpan (incluso antes de expresarlas/descubrirlas) las posibilidades de cambiar el destino prefijado, el que otros han diseñado para ellas, el mismo que aquellos heredaron, la carga que soportaron (y soportan), el futuro de rulos del que uno de los personajes mejor acabados (y más dolorosos) de la novela advierte a su mejor amiga: “Nieves, llevo toda la vida viviendo sobre un futuro de rulos”. Mari Campos (ya el nombre es todo un acierto) duerme sobre el ajuar que su madre empezó a reunir casi desde el día que nació, único horizonte/objetivo posible para alguien como ella, casarse, procrear y preparar a sus hijas para repetir y seguir perpetuando el modelo, algo que Nieves también siente sobre su cabeza cuando es “engullida por las circunstancias” y decide dejar a un lado sus aspiraciones, su sueño, optando por “retirarse del mundillo de la música porque, en esencia, nada tenía sentido”. Es la lapidaria rutina que se abate sobre el mundo rural (con especial virulencia sobre las mujeres, siempre llevan la peor parte), esa que de visita, de vacaciones, durante unos días nos parece pintoresca y hasta deseable, sobre todo cuando eres niño y el pueblo es el lugar donde te mueves con una libertad y permisividad de los adultos de las que careces en la ciudad, cuando creces puede que empiece a inquietarte e incomodarte, pero al fin y al cabo queda a desmano, no interfiere en tu cotidianeidad, camuflas o niegas lo que en tantas ocasiones es pura resignación, asunción de una condena injusta porque, como Segismundo, el único delito cometido es el de haber nacido, algo que nunca es voluntad propia. Pero la prosa directa, telegráfica, concreta y aguda de María hace justicia con esas mujeres a las que siempre les sobra día (frase de impacto por lo certera, por lo implacable, por las vendas que quita, por las disculpas que abate, por cómo señala con el dedo), esas mujeres a las que más de uno (tal y como ha hecho un servidor) pondrá un nombre (o varios) cuando lea párrafos tan contundentes y necesarios como este (y puede que hasta suelte alguna lágrima de culpabilidad o, al menos, de reconocimiento, un lamento tardío que tanto oprime como expande el corazón al pensar en alguien concreto): “Paca, la abuela, ciega e incapaz de caminar, se convertiría en un arpa, en el arpa del poema de Bécquer, se volvería remota y echaría los días sentada en su silla de ruedas en el ángulo más oscuro del salón, con los ojos casi blancos, llenos de manchitas blancas, allí donde moría el mueble bar”.

   Durante el encuentro que mantuvimos con la escritora, salieron a la luz muchas historias personales, la lectura de Los años impares nos hizo mirar a nuestro alrededor y establecer paralelismos, fue una de las reuniones más íntimas que hemos celebrado, una en la que reímos mucho pero también tuvimos tiempo para exorcizar algunos de nuestros fantasmas, compartir con los demás rencores y reproches, prueba palpable del modo en que la novela atrapa y dialoga de frente con el lector, sobre todo gracias a una escritura honesta, limpia, con una enorme capacidad para sugerir, para llegar a lo más profundo sin tremendismos, sólo con la verdad desnuda, con la brutal naturalidad con que se tildan de “normales” actitudes, comportamientos, estigmas, muros infranqueables como los que aquí se recogen y de los que, dicho con toda la intención, se da buena cuenta: “El adiós de un pueblo es otra cosa [que el dicho en la ciudad]. Es un adiós y es un hasta mañana. Dices adiós, das media vuelta, te comes cuatro pipas y se te aparece un hola, qué haces tú por aquí. Eso es el adiós de un pueblo. Es lo mismo que un «ahora te quise» y un «mañana te dejé», es un puñado de tiempos verbales caminando juntos por la misma plaza, por la misma frase y por el mismo día por falta de espacio, no por nada más, porque lo demás es campo”. Es un escenario que la autora conoce muy bien y de primera mano, en el que a pesar de lo que cuenta se siente cómoda precisamente por ello: “Las ciudades me resultan ajenas aunque haya vivido en muchas: soy del mundo rural, es mi hábitat, son las historias que me contaban de niña, es lo que conozco, el pueblo, las mujeres, el ajuar”. No duda en poner nombre al lugar, no es un lugar de La Mancha del que no quiera acordarse, la novela transcurre en gran parte en Argamasilla de Alba, y hay quien le pregunta si no teme la posible reacción furiosa de sus habitantes: “No es un libro que ensalce las virtudes del pueblo, que por cierto es precioso: es un libro en que las gentes del pueblo lo sienten como un problema, como una limitación, pero no es por tratarse de Argamasilla de Alba, sino porque el tamaño del pueblo, su enclave, provoca que los personajes sientan que tienen que salir de ahí. También hay que tener en cuenta que sitúo la acción en los 90 y se habla de gente que quiere triunfar como artista, en gran parte abordo una situación y un momento concretos”. Y ese es el otro gran tema de Los años impares, indisolublemente unido al de tener aspiraciones y querer impedir que las circunstancias te fagociten/trituren, ese en apariencia éxito fácil, triunfo al alcance de cualquiera que luche por él: “Hay gente que siente que lo mejor, el futuro, está en otra parte, no donde vive. El personaje que ganó un concurso de televisión y ahora está de camarero introduce el tema del éxito y el talento, que sobrevuela a todos los personajes y en todas las épocas. Quería reflexionar si estamos entregando mucho a esa noción de éxito que se nos vende y nos vendemos, todo es más complejo de lo que parece: no siempre triunfa el mejor ni fracasa el peor, no siempre puedes dedicarte a lo que te gusta, no siempre se llega lejos en algo por mucho que te esfuerces”.

   Los años impares esconde bajo su apariencia de novela leve, divertida, dinámica (y como tal puede leerse sin que el disfrute se vea mermado) un ejercicio de introspección (llegando a profundidades abisales) que tiñe la narración de amargura, de aflicción, de sonrisas y lágrimas que se confunden/solapan, no siempre las primeras por alegría ni las segundas por dolor, es la ambivalencia de un texto riquísimo en imágenes y contenido que hace de la concisión su mejor baza, dejando por así decirlo muchos puntos suspensivos, muchas cosas al margen o entre líneas, una atmósfera que se expande en el lector más allá de las palabras escritas. Es una novela que rehúye con enorme habilidad las etiquetas porque es tan inclasificable y polisémica como lo es la vida la mayoría de las veces: “Yo he procurado ser fiel a la realidad que trato de crear, a la que me inspira, no me planteo ser optimista o pesimista”. Por eso María acepta encantada nuestras opiniones/lecturas, deja que elucubremos/desbarremos y para lo demás remite al texto, lo que está escrito es lo que es, cada cual es muy libre de ir lo más allá que quiera, aunque se reconoce en algunos aspectos: “El humor que se destila, lo que pueda tener de acidez, incluso de corrosivo, es mío: me gusta reírme de mí, no lo puedo evitar, me siento fuera de lugar, ridícula, pero lo disfruto mucho”. Es un buen modo de darse cuenta de aquellas cosas que no funcionan o provocan interferencias: imaginarse a uno mismo haciéndolas o siendo su sujeto, ponerse frente al espejo deformador del esperpento bien entendido (María Sirvent tiene mucho de Valle-Inclán y no necesita cargar la mano para demostrarlo), congelar las carcajadas despóticas del que se piensa mejor/superior sólo por el lugar de nacimiento, abatir la suficiencia con que se contempla/juzga a aquellos que, aunque creamos lo contrario, son tan prisioneros de las voraces circunstancias como lo somos nosotros, porque, como recuerda la escritora durante nuestra charla, “la maquinaria del éxito tal y como se entiende ahora necesita de mucha gente que fracase”. María Sirvent consigue el triunfo literario de interesar y entretener (y mucho), y, si el lector así lo quiere, de invitar al diálogo íntimo con la novela, de reflexionar (o, cuando menos, caer en la cuenta), aunque tan sólo sea en aquello que escribe Paca, la abuela que también habita en el ángulo oscuro del salón: “Lo de los días es tremendo, te despiertas y hay uno”.