martes, 12 de mayo de 2015

CUANDO QUISE SER RUBIA



  



 Supongo que el título de este escrito habrá hecho pensar a más de uno “¡Vaya, por fin lo confiesa!” o “¡Ya lo sabía!” –o “¡Te lo dije, te lo dije!”, si hay alguien cerca con quien compartir el comentario malicioso- y nada más lejos de la realidad porque, tras años de castigo, fingimiento y anulación de mí mismo, hace mucho que pisé firme y decidí dejar de cercenar mis preferencias, mis anhelos, mis posibilidades, mis afectos, ya quedó muy atrás aquel que pretendía convencerse a sí mismo de que su primera experiencia sexual fue una equivocación, una precipitación, algo inevitable pero que no apetecía repetir, un error que había que olvidar, una equivocación de la que huir como del agua fría cuando uno se ha escaldado (en realidad, la historia duró dos años, es decir, fue mucho más allá de un furor irreprimible, de un tanteo, de una prueba o experimento, y su final abrupto me dejó descolocado, dolido, acabado –tenía dieciocho años: lo viví con demasiada intensidad pero, como diría Serrat, sabía muy poco más y pensé que era una relación sólida y para siempre, espejismos que se piensan reales porque los únicos referentes que te pillan a mano son canciones, películas, palabras cuyo verdadero significado se desconoce porque hay que vivirlas primero y porque, en realidad, aceptan una polisemia infinita, la que aporta cada uno en concreto-). Por otro lado, lo de hoy no deja de ser un guiño a una presentadora por la que siempre he sentido debilidad, admiración, honda devoción, una mujer de la que, sin ser consciente de ello cuando la contemplaba en televisión, aprendí muchas lecciones que pude aplicar cuando comencé (y cuando seguí) en este a pesar de todo bendito y amado oficio, una persona que siempre será uno de mis referentes profesionales (e incluso personales, aunque eso ha venido después, cuando he tenido la oportunidad de tratarla un poco, de compartir conversación, de que haya tenido la generosidad de permitirme acceder a parte de su intimidad), una maestra que me inoculó el dulce veneno de una vocación que anduvo aletargada hasta que Luis Landero encontró la veta de la que extraer el periodista que, cual David en un bloque de mármol, pugnaba por brotar sin que un Miguel Ángel osase en aplicar el cincel (pero, por fortuna, en mi caso llegó un tocayo del Buonarroti: Yáñez, instructor, mentor, propiciador, piedra fundacional, ejemplo a seguir, amigo protector). Porque, como tuve ocasión de contarle a ella misma, Mayra Gómez Kemp fue un rostro popular y muy pronto querido (y buscado) que hablaba de cosas que me interesaban (primero, en 625 líneas, después en ese gozoso programa que tuvo varios títulos pero que jamás olvidaremos al compás de aquella sintonía que decía “trata siempre de conservar la inocencia para soñar: canta Dabadabadá”), hasta que llegó la resurrección del Un, dos, tres y, directamente, se transformó en alguien fundamental, necesario, imprescindible, en, como ya he dicho, alguien que cimentó mi pasión por el mundo de la comunicación, más allá de mi experiencia como espectador, porque lo que yo quería era formar parte de aquel maravilloso invento, colocarme detrás de la mesa de la subasta, dar paso a lo que fuese o sorprenderme con el público ante la irrupción de algún cómico, entregar calabazas y leer tarjetitas (sólo, por supuesto, hasta donde se pudiese), en definitiva, yo quería ser rubia y presentar el concurso de nuestra vida, el que nunca será superado pero tantas veces se pretende imitar (y sin reconocerlo, que es lo peor).
   Mayra es alguien en quien confiar porque sabe explicar con sencillez y simpatía lo que vamos a ver durante la próxima semana en televisión (en la época se criticaba a 625 líneas que hacía parecer la programación mejor de lo que era -¡Ay, esos sabihondos que hablan desde esferas superiores! ¡Ay, esos expertos que se consideran paladares exquisitos y por eso han de denostar lo que gusta a una amplia mayoría!-), alguien que te sorprende cantando y bailando con acierto y gracia (“claro –te cuentan en casa-, si era una de las Acuario”), protagonizando sketchs junto a Andrés Pajares en el programa Ding Dong (no hay nada inventado y, además, no se daba gato por liebre –ahora, con el rubor habitual, con el prejuicio clásico, se intenta camuflar como “contenido cultural” lo que no deja de ser un divertimento (para quien lo sea, que esa es otra), es decir, MasterChef-), una amiga que habla a los niños sin afectación ni infantilismos, de igual a igual, la única maestra de ceremonias posible para llevar a buen puerto cada viernes ese enorme paquebote que, con sus manos en el timón, parece casi que sucede en directo, con enorme sencillez, como si no fuese un mastodonte al que conviene manejar con mimo pero con firmeza, equilibrando continuamente para que no se desmande, imprimiendo el ritmo y la viveza necesarios para que resulte corto, para que cuando se llega a los tres últimos regalos siempre se te encoja el estómago y digas “no, por favor, un poco más”, un mecanismo de relojería endiablado pero perfectamente engrasado por Chicho Ibáñez Serrador para que, en un momento en que no hay pinganillos ni teleprompter, Mayra se lo eche a la cabeza, a la espalda, a la sonrisa, al carisma, a su preparación, a su templanza, a su condición de mujer orquesta. Y lo cuento en presente para expresar la inmediatez con la que lo viví, la callada y dulce manera en que fue fraguándose mi única realidad posible porque, además, no conviene olvidar que Mayra es periodista de carrera y también de ejercicio, por lo tanto me parecía lo natural que, para hacerse cargo de un programa como Un, dos, tres, al margen de otras cualidades y particularidades que pueden entrenarse, aprenderse o conseguirse, además de ciertas facultades que uno debe poseer, había que estudiar mucho, había que poseer un impresionante músculo cultural, había que cursar estudios de Periodismo (luego, ya se encargarían unos y otros, fundamentalmente los propios medios, de desengañarme, de desmentirme, de frustrarme, pero no he cambiado un ápice mi apreciación: por mucho que en la Universidad cada vez se enseñe menos, por mucho que no se tenga claro qué contenidos son los idóneos, por mucho que la profesión lleve demasiado tiempo desvirtuada, cautiva del intrusismo, amordazada por los conglomerados empresariales, agonizando dramáticamente, hay que procurar imbuirse del espíritu de aquellos que se pusieron al servicio del periodismo y no al revés, hay que mantener vivo el talante curioso, crítico –hacia uno mismo y hacia el resto del mundo-, incluso impertinente, el interés por lo que sucede, la capacidad analítica, las enseñanzas de los que han escrito páginas brillantes, los que han traducido en imágenes y palabras de las que todavía seguimos aprendiendo y extrayendo conclusiones este lugar que llamamos mundo y que no valoramos ni preservamos como merece).
   Y llegó un día muy triste, preludio de unos cuantos más, pero éste se me grabó a fuego tal vez porque fue el primero y porque no fui consciente (no pudimos serlo: los análisis, los médicos, la manera en que mi padre hablaba, se movía y se comportaba hasta casi el último momento) de que habíamos entrado en tiempo de descuento hasta que era demasiado tarde (ya lo cantó Ana Belén: “La muerte, siempre presente, nos acompaña en nuestras cosas más cotidianas” y uno añadiría que nunca llega cuando se la espera, sino cuando le apetece, a traición y con alevosía), un día a cuyo término escribí en Facebook “Hoy he vuelto al barrio de mi infancia (y de muchos años más), como hago a menudo, pero en esta ocasión mi ánimo estaba muy minado y me di de bruces, porque los reviví, con aquellos domingos tristes, oscuros, con escasas posibilidades, con casi todo cerrado, para colmo lloviznaba, un niño arrojaba al suelo una peonza, entregado al juego con la rabia que proporcionan el aburrimiento y la soledad, la noche se estaba enseñoreando del cielo, en el corazón se me abrió un boquete. Y todavía faltaba llegar al hospital y recorrer esos lugares infectos en que apiñan enfermos, esa permanente sensación de seres desvalidos, desasistidos, desahuciados, ser testigo de cómo el hombre que te dio la vida se consume, no puede valerse solo, queda con la cabeza gacha, sin energía, a punto de ser fagocitado por el colchón. ¡Qué crueles han sido siempre los domingos! Menos mal que llegué al hogar y me recibieron con un abrazo cálido y Dobby retozó como si me hubiese ido hace diez años”; sí, mi padre había sido ingresado en urgencias apenas veinticuatro horas antes, aún seguía en el box porque querían hacerle nuevas pruebas, porque era fin de semana, porque no había cama libre en la planta de Oncología, aunque se le veía tan mermado aún parecía dispuesto a presentar batalla, nos decían que era una reacción más o menos lógica al tratamiento de quimioterapia, todo se precipitó justo una semana después (cuando ya estaba en una habitación) y con ese peso en el ánimo fui a las oficinas de Penguin Random House en Madrid para entrevistar a Mayra con motivo de la publicación de sus memorias. Se me notaba el fardo en los hombros, en la mirada, en el rictus, pero en cuanto la tuve delante todo cambió: le hice la reverencia que consideraba necesaria (y ella, sin poder evitar la risa pero con cierto apuro, me pidió que “por favor, levanta, ¡no me hagas esto!”, porque es humilde como sólo puede serlo alguien tan grande), le recordé que ya la había entrevistado hacía muchos años y que me concedió el privilegio de, una vez estuvo parada la grabadora, contarme las verdaderas razones de su ausencia al frente del Un, dos, tres cuando éste regresó en 1991, confidencia que me hizo porque “me has demostrado que conoces mi trayectoria, no te lo has aprendido ahora, agradezco el interés y el cariño”, algo que le custodié porque lo consideré un nexo de hermanamiento, porque no podía creerme un vínculo tan íntimo con Mayra, y al rememorar el hecho (algo que, además, sólo había compartido con Pablo, la tía Carmen y pocos más, gente tan considerada como yo con los secretos de los demás) ella sonrió diciendo que no se había equivocado, ahí estaba la prueba, que sabía que en alguna ocasión lo había revelado y que si me escogió fue porque captó que podía confiar en mí, “como así has demostrado”. Y hablamos, claro, del cáncer, de todo lo que está en su libro, y me animó, me confortó, me habló con sinceridad, como ella hizo y hace sobre su enfermedad, manteniendo a buen recaudo la dignidad, sin desfallecer pero sin ñoñerías ni diminutivos (le conté cómo me horripilaba el modo de hablar de algunas enfermeras y de la doctora de mi padre y ella también renegó de ese discurso que se resume en “la mejor medicina es no dejar de sonreír”), me reanimó, me hizo admirarme aún más, me concedió una hora inolvidable con la que reconciliarme con la profesión e incluso conmigo mismo.
   Como parte de lo que dio de sí aquella charla apareció publicado ya hace tiempo en una web, pero siempre he pensado que su espacio natural era este blog, en lugar de poner el link, por si alguien quiere recuperarla, volver a leerla, descubrirla, opto por copiar la entrevista a continuación, como nuevo y continuado homenaje al talento de esta mujer a la que siempre consideraba la primera y casi única opción como presentadora en cualquiera de los formatos que hube de proponer en diferentes asignaturas a lo largo de mis años universitarios, la compañera soñada (para aprender en primera línea, para babear aún más, para enamorarme de su personalidad sin remisión –aunque eso sucedió hace mucho-), la maestra con la que, soñar es gratis y libre, no descarto coincidir, puesto que, a pesar de ciertas limitaciones y de la merma física, Mayra aún está ahí y puede hacer muchas cosas y si no es posible que, como explica en el libro, pueda concursar en Tu cara me suena, me atrevo a proponer a Antena 3 que varíe el formato, que los famosos, los profesionales se conviertan en mentores, en entrenadores, que ayuden a unos desconocidos a progresar en el programa, vamos, que Mayra y un servidor formemos equipo para esa aventura y, aunque canto bastante mal, seguro que con su ayuda y magisterio salgo a flote y potencio ciertas habilidades (voy haciendo pruebas y, sin pecar de inmodesto, hay unos cuantos artistas a los que me aproximo bastante –e incluso me he atrevido a ensayar en italiano, en francés, en portugués, en idiomas que hasta ahora han quedado fuera en las imitaciones-); nada sería como que ella pudiese concursar, pero creo que le haría sentir orgullosa (hasta he practicado con su voz, por si hay que convertirse en Mayra Gómez Kemp, algo a lo que no he renunciado).

ANEXO: ENTREVISTA

Su libro de memorias, ¡Y hasta aquí puedo leer!, es un éxito de ventas

MAYRA GÓMEZ KEMP: “No quería que nadie contase la historia por mí”

La presentadora aborda en el volumen publicado por Plaza y Janés aspectos inéditos de su vida, desvela hechos que sólo conocían sus íntimos y recorre sin tapujos su trayectoria profesional y su lucha contra el cáncer.

    Aunque le da pudor ser considerada de ese modo, estamos ante uno de los rostros legendarios de la pequeña pantalla, una profesional todoterreno que pasó de ser una buena amiga de los niños (a los que siempre se dirigió como personas, sin ñoñerías ni voz de pato) a convertirse en la presentadora más valorada, querida y respetada cuando Chicho Ibáñez Serrador la puso al frente del concurso de los concursos, el Un, dos, tres. Mayra ha sido actriz, cantante, monologuista, una comunicadora versátil que conserva intacta su energía, que superó las mejores expectativas de sus médicos, que volvió a aprender a hablar para seguir siendo ella misma.
   PREGUNTA.- Son unas memorias muy sinceras, se nota desde las primeras líneas…
   RESPUESTA.- Estoy muy orgullosa de que el público lo esté percibiendo de esa manera porque mi mayor objetivo, una vez me embarqué en el proyecto, fue ser honesta conmigo y con los lectores. Podía haber escrito algo al modo “Mayra en el país de las maravillas”, pero no me pareció de recibo y por eso aquí está mi verdad, lo que he vivido con sus luces y sus sombras.
   P.- Siempre has sido una persona muy prudente, muy pudorosa, cuidadosa especialmente con tu vida privada y, a pesar de lo mucho que exteriorizas, te mantienes fiel a esa esencia…
   R.- ¡Me encanta que digas eso de pudorosa porque recuerdo que en un reportaje que nos hicieron cuando Acuario un pie de foto decía que María [Durán] y Beatriz [Escudero] estaban monísimas y yo llevaba un “bañador anti porno”, jajajaja! Hablando en serio, por eso el título, al margen de ser una frase tan popular, viene como anillo al dedo: me he callado muchas cosas, las que no me parecían necesarias, y he reescrito infinidad de páginas hasta que me parecía que todo quedaba claro y era justa con las personas involucradas. Además, como decía antes, no quería edulcorar o mentir, no quería defraudar…
   P.- Hablas de tus padres y no ocultas cómo su matrimonio estuvo a punto de romperse…
   R.- Por momentos, la escritura del libro ha sido una auténtica catarsis, he comprendido que verbalizar algo es superarlo: hasta hace poco, hasta que lo escribí, no podía escuchar el chirrido de las ruedas de un coche sin sufrir un ataque de ansiedad (referencia al momento en que su padre tuvo que abandonar la casa familiar debido a una relación extramatrimonial) y ahora ya no me lo tomo igual… Pero, por encima de todo, quería revisitar los muchos momentos felices compartidos y reconocer la deuda de gratitud que siempre tendré con mis padres, el apoyo que de ellos recibí, lo mucho que me enseñaron personal y profesionalmente.
   Su padre, Ramiro Gómez Kemp (eligió presentarse ante los demás con sus dos apellidos “por el deseo de que si algún cubano me veía en el teatro o en la televisión me reconociera inmediatamente como [su] hija”), fue escritor, cantante, guionista y director de televisión, mientras que su madre, Velia Martínez Febles, fue actriz, cantante y presentadora. Mayra habla de ellos con orgullo y amor, con un brillo especial en la mirada, el mismo que se agudiza cuando en la conversación surge el nombre de su marido, el actor argentino Alberto Berco.
   P.- ¿Cómo le contaste que ibas a escribir tus memorias?
   R.- Lo cierto es que en alguna ocasión me había dicho que debería hacerlo, que tendría que dar mi versión sobre algunas cosas y ese fue uno de mis mayores empujes: no dejar que nadie contase la historia por mí. Además, creo que Alberto merecía leerlas, no tenía sentido escribirlas más tarde, es una satisfacción compartida: para él, poder hacerlo y para mí, saber que lo ha hecho. Le consulté cómo o en qué forma quería que contase su lucha contra la depresión, los momentos más oscuros, pero él me dio total libertad, me dijo que confiaba plenamente en mí y que sólo leería el original cuando estuviera terminado. Y así lo hizo: un día, llegué a casa y sólo me dijo “ya lo leí, Mayra”, y cuando le pedí que me explicase qué le había parecido apostilló “he llorado”. ¡Fue un gran alivio porque vi su emoción y reconocimiento!
   Como no podía ser de otra manera, el Un, dos, tres ocupa gran parte del libro (“quería que el público conociese el backstage”), ese programa mítico cuya grandeza se refuerza con el paso del tiempo (“fue el último programa que se vio en familia”), ese espectáculo que, bajo la batuta certera e incluso implacable de Chicho, Mayra condujo con sabiduría y pulso firme en un momento en que no había pinganillos ni teleprompter, ausencias que aún complicaban más un programa que en sí mismo era como varios en uno solo.
     P.- Muy pocos pensaban que saldrías airosa del reto…
     R.- Sólo creían en mí Alberto y Chicho, todos los demás esperaban que me diese el batacazo… ¡Una mujer al frente de un concurso y, para colmo, el buque insignia de TVE! Además, como en este país todo se veía por parcelas, se pensaba que la que presentaba un programa infantil no podía dar el salto a otro tipo de contenidos… Todos tenemos límites, por supuesto, pero sólo los que el talento nos pone. Por fortuna, las mujeres se convirtieron en mis mejores aliadas, al margen de los niños, claro.
   P.- ¿Cómo fue esa primera bajada de escalera?
   R.- ¡Lo peor fue el temblor de manos e intentar disimularlo! Pero en cuanto comenzó la grabación todo fue fluyendo y me fui relajando… Era consciente de que me habían regalado un caramelo envenenado que bien podía elevarme o hundirme sin remisión. ¡Es algo que también experimentó Andy García y caigo en la cuenta de que no lo he contado en el libro! Trabajó con mi madre cuando era jovencito y siempre fue un encanto con ella; en una ocasión coincidimos y le pregunté qué sintió cuando le llamaron para El Padrino III y me dijo exactamente lo mismo: no puedes dejar pasar esa oportunidad aunque seas consciente del riesgo que comporta.
   P.- Y, tras muchos años sin responder a nada relacionado con tu salida del Un, dos, tres o a tu ausencia en el programa del vigésimo aniversario, lo explicas con mucha calma en el libro…
   R.- Como decía, esa era una de mis intenciones, pero sin reproches, sin escarbar en la herida: sencillamente, contando las cosas como las viví. Ahora que Chicho y yo volvimos a acercarnos y dejamos claros los malentendidos era la ocasión perfecta para contarlo y creo que he sido bastante justa con todo el mundo.
   Con esa misma calma y con esa misma honestidad, sin victimismos pero sin eufemismos, Mayra aborda el asunto de sus dos enfrentamientos al cáncer, de sus dos victorias sobre la devastadora enfermedad que, a pesar de las visibles secuelas físicas, no ha impedido que, en contra de los pronósticos, siga sonriendo y comunicándose.
   P.- Cuentas este episodio casi desde la asepsia, pero llamando a las cosas por su nombre…
   R.- Mi sentido del humor es a prueba de bombas, no puedo evitar llevarlo todo al tono más distendido posible, sin tomarme a broma lo que no debe ser tomado de esa manera, por supuesto. En este caso, puedo afirmar en primera persona que el enfermo sólo quiere la mayor normalidad posible, que no podemos ocultar lo que sucede ni evitar pronunciar la palabra maldita, que eso supone una carga tan amarga como el propio cáncer.
   P.- Echas por tierra con apabullante sencillez ese mito de “mucho ánimo y alegría, que eso cura más que los tratamientos”, te consientes lágrimas lo que no impide que plantes cara a la adversidad…
   R.- ¡Claro que sí! Es que dar palmaditas en el hombro, decir frases bonitas es como un castigo, como si no te comprendiesen, parece que estás obligado a poner buena cara y que quejarte está mal. A más de uno, cuando se comporta así, le he dicho “pierde primero el pelo por efecto de la quimioterapia y ya luego me cuentas lo contento que estás”. Si mi testimonio puede servir para reconfortar a alguien, y al mismo tiempo para demostrar que no pasa nada por protestar cuando vienen mal dadas, me doy por satisfecha.
   Y bien puede estarlo al comprobar que incluso las generaciones posteriores al Un, dos, tres la quieren, respetan y consideran parte de su vida, de recuerdos heredados que sienten como propios. Ella, que no necesita apellidos para ser identificada –“mi nombre es raro, las cosas como son”- y que está pletórica por las muestras de cariño que recibe constantemente, “aunque sólo espero sobrevivir a la promoción, jajaja”. A buen seguro, aún nos dará ocasiones para celebrarla y aplaudirla, pero… ¡hasta aquí puedo leer!

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