miércoles, 6 de mayo de 2015

DIFÍCIL ASIGNATURA, MUJER



  



 Durante el tiempo en que, a trancas y barrancas, arañando minutos aquí y allá para poder desarrollar el asunto (siempre a contrarreloj, esquivando el desinterés de quien, por otro lado, me había pedido que lo hiciera –pero, claro, pronto se dio cuenta de que su verborrea no era necesaria y entonces el trámite había que pasarlo a velocidad de crucero para ir a otra cosa-), pude poner en marcha en la radio una sección llamada La hora del lector (intentando recuperar el espíritu y plagiando el nombre de aquel estimulante programa que Luis Carandell –y posteriormente, Olga Barrio- presentaba en la tantas veces añorada TVE, cuando la cultura brotaba espontáneamente en la parrilla y a cualquier hora, de hecho éste se emitía a las ocho de la tarde–aunque mi auténtico sueño sería poder repetir tal cual ese formato en que el invitado no venía a hablar de su libro, sino de uno que hubiese leído, ¡la de títulos que anoté y descubrí de ese modo!-), en aquellas charlas que me vi obligado a emitir troceadas y recortadas para no invadir el espacio, haciendo hincapié en que el personaje interesaba también y mucho como lector (por ello, no sólo desfilaron escritores como Eduardo Mendicutti, Scott Turow o Nuria Barrios, sino los buenos amigos Fernando Cayo –quien explicó a la perfección cómo asume la lectura de guiones u obras de teatro antes de optar por un trabajo u otro- y Jacobo Dicenta, un productor e intérprete inquieto como Carlos Sobera –más allá de su imagen televisiva- o un respetado y querido colega como Ramón Sánchez Ocaña), la conversación siempre concluía con “la pregunta del millón” (y el irónico, jocoso y fantástico José María Pou, justo cuando daba una nueva muestra de su magisterio encarnando a Orson Welles –precisamente escribo en el día en que hubiese cumplido 100 años, tal vez el único momento en que algunos se acuerden de su nombre-, retrucó “¿me lo pagas si acierto?”), ese interrogante que, querámoslo o no, no tiene una única respuesta porque depende de estados de ánimo, del momento en que se haga, de cómo nos sorprenda, esa terrible pregunta (porque en el fondo nos pone en la cuerda floja, nos enfrenta a nuestro recorrido libresco y queremos hacerle justicia, porque en muchas ocasiones se responde más de cara a la galería que con auténtico sentir lector) que suele formularse en los términos “¿cuál es tu libro favorito?” (en las ondas prefería que el invitado respondiese cuál era el que más veces había regalado o el que sentía muy adentro o el que recomendaría en esos momentos o ese que nunca iba a olvidar, cada uno ponía los adjetivos que considerase pertinentes a la hora de explicar su decisión, daba muchas opciones porque se trataba de ir construyendo una biblioteca ideal con las aportaciones de personas conquistadas por la letra impresa, no de un examen para saber quién era el más listo de la clase). En millones de cuestionarios suele aparecer la misma cuestión con el añadido de una isla desierta (¿Qué libro te llevarías?) y en una ocasión (por desgracia, no recuerdo quién) alguien respondió que no podía escoger ningún título porque la lectura de cualquiera le llevaría a evocar, anhelar, pensar en otros y el suplicio de no poder echártelos a la vista y al corazón sería aún peor que el de estar condenado a imitar a Robinson Crusoe (y sin un Viernes cerca con el que soportar la condena) –por cierto, nunca he terminado de comprender esta pregunta porque si es decisión propia, o sea si quiero huir del mundanal ruido y ser uno de los pocos sabios que glosaba Fray Luis de León, seguro que me preparo una biblioteca bien nutrida entre otras comodidades en ese buscado retiro, pero si tengo la mala fortuna de naufragar y encuentro cobijo en un islote a lo personaje de viñeta de Forges, ¿aparecerá entre mis manos el volumen deseado por arte de magia?-.
   He pensado muchísimo en esa inteligente respuesta porque últimamente he acometido varias lecturas que, aunque ninguna me llevó a la otra directamente, se han ido relacionando entre ellas, por sus puntos en común, por los asuntos tratados, porque me han pillado en un momento en que, precisamente, estaba especialmente receptivo a determinados aspectos, porque tienen vasos comunicantes por los que, a través de los siglos, sigue fluyendo la savia que los alentó, la realidad que los motivó (o que, sobre todo, intentó que no salieran a la luz), son el mejor testimonio del modo en que a la mujer se la relegaba a un papel secundario (seré benévolo: lo escribiré en tiempo pretérito aunque el talante, el sentir, las políticas directa y plenamente discriminatorias no han hecho sino adquirir nuevos bríos y maneras de atacar, incluso auspiciadas y sancionadas por leyes, tantas veces reprobadas sólo con la boca pequeña por los que podrían y deberían extirparlas de raíz, amparadas en el silencio cómplice que es en sí mismo un delito), cómo se cumplía a rajatabla el lastimoso dicho “con la pata quebrada y en casa”, cómo se la sojuzgaba, cómo se la consideraba una propiedad, un derecho, cómo se le negaba cualquier aspiración (y, a pesar de eso, tal vez precisamente por eso, la Historia está llena de mujeres fascinantes, poderosas –no sólo en el sentido del acumulado, del ostentado, sino del que emana de cada quien-, inteligentes, osadas, que han hecho avanzar el mundo, que lo han enriquecido, aunque no se deje de lamentar cuántas potencialidades se han quedado sólo en eso, cuántas carreras se han impedido, cuánta riqueza se ha desperdiciado). Puede decirse que todo comenzó con la lectura de un texto delicioso que, como tantas veces, Pablo rescató, un título hoy prácticamente inencontrable (aunque hay ediciones más o menos recientes que aún pululan por ahí) que en su época causó auténtico furor (se publicó por primera vez en 1898) y que, precisamente, apareció anónimamente, puesto que su autora prefería pasar inadvertida, en gran parte para no ensuciar el apellido familiar, para no llamar la atención, porque no estaba bien visto que una mujer (especialmente ella, casada con un aristócrata prusiano) se dedicase a esos asuntos (ni a ninguno creativo, artístico, intelectual): Elizabeth y su jardín alemán de Elizabeth von Arnim, más o menos popular en estos momentos gracias a Un abril encantado (aunque de la película protagonizada por Miranda Richardson ya haga más de veinte años, demasiados para la velocidad y el ansia de constante novedad que se ha impuesto como forma de vida). Estas breves memorias de sus primeros años en la propiedad familiar de Nassenheide en Pomerania son un testimonio vivaz y agudo, escrito con brío y complacencia, por el puro deleite de narrar, una confesión emocionante por honesta, por prístina, por delicada, por bella (en el sentido más estético del término) de una mujer que crea literatura porque tiene mirada lectora y un talento natural para escoger las palabras más certeras, para dejar fluir sus emociones, sus pensamientos, para transformar un momento rutinario y muy personal en algo inolvidable que nos implica e importa, para convertir su intimidad en paradigma, para, sin darse ninguna importancia, enhebrar una historia con mucho trasfondo, con un interlineado apabullante y revelador.
   “¡Qué mujer tan feliz soy viviendo en un jardín, con libros, niños, pájaros y flores y todo el tiempo del mundo para disfrutarlos! Y sin embargo mis conocidos lo ven como si estuviera en una prisión, o enterrada en vida, y no sé qué otras cosas; cortarían el aire con sus alaridos si se vieran condenados a una vida así. A veces siento como si hubiera sido agraciada entre mis congéneres por poder encontrar tan fácilmente la felicidad. Sólo necesito que brille el sol para sentirme bien, y en un día radiante sería feliz incluso en Siberia. ¿Y qué placeres puede ofrecer la vida de la ciudad equiparables a la delicia de cualquiera de las apacibles noches que he pasado este mes, sentada a solas en los escalones de la terraza, rodeada por el perfume de los brotes de alerce y la luna de mayo colgada bajo las hayas, y el hermoso silencio que se hace todavía más profundo en su paz con el distante croar de las ranas y el ulular de los búhos?”. Uno, que es urbanita convencido, que nunca ha experimentado los supuestos placeres de la paz campestre, que reconoce su alma burguesa en lo que a estar cómodamente arrellanado en el sillón escogido con un libro entre las manos, no puede menos que sentirse conmovido y reconocido en esta declaración de intenciones que hace Elizabeth von Arnim ya en las primeras páginas, especialmente cuando no mucho después cuenta una cena en la que coincide con las esposas de algunos vecinos, todas extrañadas de que haya soportado el invierno en la finca, “apartada de todo el mundo y en ocasiones aislada por la nieve durante semanas”, casi indignadas porque ella se declara feliz ante lo que las demás consideran un encierro, negando la posibilidad de sentirse dichosa en semejante situación, y ella les explica que ha dado paseos en trineo, ha patinado, compartía el tiempo con sus hijos y tenía muy a mano “estantes y estantes llenos de… -Iba a decir libros pero me detuve. La lectura es una ocupación de hombres; para las mujeres es una reprobable pérdida de tiempo”. ¿Han sentido el cosquilleo? Es inevitable sentirse cómplice de alguien que lee porque no le parece posible poder hacer otra cosa, una persona dispuesta a silenciar su pasión, a coartar sus loas, a negar su afición delante de los demás, pero no a ignorarlo, a cruzar la frontera de lo prohibido, a reírse en privado de los prejuicios, de las imposiciones, de los inquisidores (e inquisidoras, muy importante aquí la distinción de género a la hora de calificar; de hecho, una amiga que la visita una Navidad coincide en la finca con Minora, amiga de una amiga de Elizabeth, la cual le ruega encarecidamente que la reciba porque no tiene otro lugar al que ir en fechas tan señaladas –y von Arnim, el marido al que ella nombra en el texto como “el Hombre Airado”, al escuchar que en la carta se la presenta como “muy trabajadora” afirma que “eso significa que no es bonita. Sólo las mujeres feas trabajan duro” y cuando se añade que “es muy inteligente” completa la brutalidad verbal con un “no me gustan las chicas inteligentes, son tan estúpidas”- y cuando ambas coinciden y se entera de que Minora viene dispuesta a escribir un libro no puede por menos que decir “¡esto es peor de lo que imaginaba! Una chica rara puede ser un aburrimiento entre buenos amigos, pero generalmente una puede soportarlo. Pero una chica que escribe libros… ¡pues eso no es muy respetable!”).
   Y se dio el caso que, de Elizabeth von Arnim (también leí Un abril encantado, pero ya le dedicaremos espacio en otra ocasión), pasé a un título que recomendé no hace mucho en Celuloide y Candilejas, la página que Pablo creó: El sabor de las penas de Jude Morgan, una apasionante novela sobre la vida y obra –imposible disociarlas- de mis muy admiradas hermanas Brontë (http://pablovilaboy.wix.com/celuloideycandilejas#!LAS-HERMANAS-BRONT%C3%8B-Sangre-en-el-papel/c1kod/55292df20cf21d84af948c1b ), tres mujeres que se enfrentaron a todo, que puede decirse dieron la vida por sus escritos, que se mantuvieron firmes en su propósito, que se volcaron en las palabras que salían de su pluma con furia, como un torrente imparable, como única opción de vida, continuando el juego infantil de crear un mundo propio e imaginado al que volver tangible a través de la escritura, empapándose de realidad para dar aliento a algunas de las páginas más tormentosas y atormentadas que puedan hallarse, también de las más rutilantes y maravillosas. E inmerso como uno está en el año de Santa Teresa, la encuentra reavivada en Malas palabras de Cristina Morales, del que hablábamos no hace mucho (pueden encontrar en este mismo blog la reseña publicada a mediados del mes de abril), y, tal y como ella misma hace en abundantes ocasiones a lo largo de su Libro de la vida (del que en breve daremos cumplida, merecida y necesaria cuenta), la Santa, la escritora, duda, teme, recela, porque no se tiene por letrada, porque no se cree merecedora de tantos dones y satisfacciones (“Sea el Señor bendito por todo, que a una como yo quiere y consiente hablar en cosas suyas, tales y tan subidas”) y así podemos leer, resultando muy creíble que Teresa de Jesús se dirigiese en esos términos a su confesor, “pensará vuestra reverencia (…) que hago literatura, como una dama cualquiera aburrida de festines que se lanza a las novelas”, teniendo muy en mente que “la Inquisición, si quiere, me procesará por el hecho de ser una mujer y escribir sobre Dios, y ni eso: por ser una mujer y escribir, por ser una mujer y leer. Por ser una mujer y hablar”. ¡No se lo crean: no hemos evolucionado tanto! (pero, le pese a quien le pese, podemos seguir leyéndolas y esa es la mejor de las venganzas –aunque soy consciente de que la abulense no compartiría este sentimiento y diluiría el posible rencor en versos encendidos-).

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