miércoles, 27 de julio de 2016

UN PRESENTE QUE QUIERE SER PASADO






  Como en otras ocasiones, este texto ha esperado demasiado tiempo para salir del bloc de notas, de la entrevista transcrita, del esquema mental al que se iban añadiendo datos mientras otros se suprimían, el arpa ha estado muda durante algo más de un mes, la materia prima para escribir llevaba algo más acumulada, el caso es que la realidad, como tanto se empeña en hacer para dejar claro quién manda aquí, ha superado a la ficción, en el sentido de que la ha convertido, casi, en una especie en peligro de extinción, al menos en el caso concreto que nos ocupa, y eso que, aunque camuflada de novela, la historia de la que vamos a ocuparnos tiene mucho de verdad, de experiencia propia, de apunte del natural; pero todo dio un vuelco con los resultados del referéndum celebrado el pasado 23 de julio en Reino Unido y Gibraltar, ese que dio su apoyo al llamado Brexit y a la consiguiente escisión de lo que aún conocemos como UE, resultados que, aunque siguen siendo muy matizados y puestos en duda (en el sentido de su viabilidad) por muchos (ahí está la ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, poniendo condiciones -en su país ganó la opción a favor de la permanencia, aún está reciente su propio referéndum y, obviamente, se celebró en circunstancias muy diferentes a las que ahora se plantean- y dejando las cosas claras a la recién llegada primera ministra británica, Theresa May, tras la espantada del irresponsable David Cameron -sí, le honra haber dimitido, pero de ese modo arroja la patata caliente que él ha calentado en manos de otros para que intenten capear el temporal y solucionar el entuerto del que es máximo responsable-), resultados, decíamos, que, mirándonos nuestro propio ombligo, invalidan en gran medida mucho de lo que hablamos quien esto suscribe y Alba Lago en torno a Andrea contra pronóstico, su primera novela publicada hace pocos meses por Suma de Letras. Lo cierto es que nuestra charla se centró en lo que se narra en sus páginas, una historia que, si los efectos del referéndum son los que se prevén, aquellos aprobados en las urnas y buscando los cuales (o su descarte) se planteó la consulta, se quedará obsoleta, pertenecerá al pasado, cambiará radicalmente el modo en que un nuevo lector deba enfrentarse con lo que, en el momento en que un servidor lo leyó, tenía aires de documental, de radiografía urgente de lo que estaba sucediendo, de metáfora (con raíces bien hundidas en la realidad) y modelo verosímil de lo que, a grandes rasgos, muchas jóvenes (y también muchos, aunque el componente femenino sea fundamental para singularizar el relato e incorporar determinados ingredientes que no se darían con un protagonista masculino) estaban viviendo casi en tiempo real mientras uno leía soltando alguna carcajada y bastantes asentimientos de reconocimiento. Pero, como diría aquel, no consintamos que algo que todavía es un futurible, un asunto en el que se está trabajando, una posibilidad que muchos no pensaron tener tan cerca (de un lado y de otro) y cuya proximidad ha paralizado a casi todos, eche por tierra el tiempo empleado ni el escrito más o menos previsto porque, además, ni la entrevistada ni un servidor trajimos a colación el tema del Brexit durante la conversación (al fin y al cabo el referéndum estaba próximo a celebrarse) y porque, sea como sea, lo que está escrito ahí está, en un momento concreto que al plasmarse negro sobre blanco queda detenido para siempre, que con el tiempo pueda verse como un documento del pasado es algo que, precisamente, sólo el tiempo dirá y ni quita ni añade a lo que es en sí Andrea contra pronóstico tal y como llegó a mis manos y a la de aquellos que, en estos cuatro meses que lleva en el mercado, han paseado por sus páginas (en realidad, este exordio no deja de ser una de mis idas de olla: también Galdós o Dickens eran cronistas de su momento y ahora acudimos a ellos, entre otras cosas, para saber cómo eran los de entonces e intentar desentrañar el alma humana, asombrados de lo poco que, en esencia, hemos cambiado).
   El caso es que quería comenzar recordando cómo el querido y talentoso amigo Emilio Delliafonte, contemplando las fotos de nuestro último viaje a Londres (aquel histórico Sunset Boulevard con Gleen Close), me hizo caer en la cuenta de que, en general, siempre que visitamos aquella ciudad luce el sol y el tiempo es benigno, echando por tierra el estereotipo que habla de permanentes lluvias y niebla espesa (bueno, este aspecto ya ha quedado muy superado y circunscrito a la literatura y recreaciones históricas en torno a Jack el Destripador y por ahí). Lo cierto es que incluso en una ocasión en que estuvimos muy poco antes de Navidad, con un frío de mil demonios, pudimos visitar el castillo de Warwick y pasear por sus alrededores bajo un cielo despejado en el que el llamado astro rey había perdido su corona porque sus rayos apenas calentaban, pero ninguna nube atrevida le hacía sombra (nunca mejor dicho) y, si no recuerdo mal, no fue hasta nuestra cuarta visita cuando tuvimos que hacer uso del paraguas (no me detendré demasiado en la cuestión, pero nunca tuvimos un tiempo tan terrorífico como en mayo de 2010, coincidiendo con los efectos de la erupción de aquel volcán islandés cuyo nombre me veo incapaz de reproducir incluso copiándolo -única forma de escribirlo correctamente, por otra parte-, inclemencias -estas en concreto y en otras ocasiones- que siempre van asociadas a la presencia de cierta lapa de la que durante un tiempo nos fue imposible despegarnos, parásito sin vida propia que intervenía en la de los demás, que la alteraba, en la que se acoplaba sin recato ni atender a indirectas tan directas y claras como “aniversario”, “viaje de pareja”, “regalo sorpresa”, en seguida compraba una entrada, un pasaje para las mismas fechas e incluso, si sólo se le contaba un proyecto, intentaba que se cambiaran si no le venían bien). Y es Londres la ciudad en que transcurre gran parte de Andrea contra pronóstico, pero del tiempo no hablamos nada y eso que Alba Lago se encarga de la información meteorológica en Tele 5 (o precisamente por ello el asunto quedó aparcado desde el principio), esa ciudad a la que, a pesar de muchos pesares, resulta imposible (al menos al que suscribe) no querer, no echar de menos, no desear volver, eso sí, sólo por unos días, por un tiempo limitado, de visita, para hacer turismo, para ir al teatro, para ver exposiciones, para hacer excursiones, para pasear; bien lo decía no hace mucho Mary Beard, galardonada con el Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2016: “Siempre nos quejamos de que Londres está en el lugar equivocado: es por los romanos. Es útil para las comunicaciones desde un punto de vista romano, no si eres británico”, tal vez esta incomodidad se ha grabado a fuego en su idiosincrasia (y su afán por sentirse diferentes y únicos), de ahí que en general los londinenses (muchos de ellos, todo hay que decirlo, con rasgos y colores de piel que indican ancestros cuando no lugares de nacimiento muy lejanos) parezcan hostiles (no diremos que lo son, no seremos rotundos, lo dejaremos en la apariencia, en el primer contacto, en la coraza) y eso contagie a una ciudad que no se muestra acogedora, es uno el que se zambulle en ella con los ojos llenos de fotogramas, con el alma acunada por sus poetas, dramaturgos y novelistas, con el peso de una Historia que saben mantener viva y de la que alardean -y conocen- sin complejos, pero Londres mantiene las distancias, pagada de la famosa flema británica, no te abre los brazos, mucho menos cuando llegas a buscarte la vida, como hace Andrea, el personaje central de la novela, que ella misma narra: “No lo ponen nada fácil: los tenemos idealizados y ellos se lo trabajan bien para que así suceda, pero luego te miran por encima del hombro, son mucho más hostiles de lo que se piensa, pero no se puede negar que son muy puros, fieles a sus esencias, ensalzan sus tradiciones, su cultura, su idioma, su forma de vida, igual no son para idolatrar, pero en ciertos aspectos saben montárselo de miedo. Además, como dices, no es lo mismo ir por turismo que vivir allí: es una ciudad prohibitiva, tremendamente clasista. Tienes que buscarte la vida, pero desde lo más básico, desde lo elemental, desde eso que casi das por hecho, y el caso es que acabas de salir de tu zona de confort, ellos no te lo ponen nada fácil y encima sólo ganas dos duros. Indudablemente, como turista te fascina pero cuando llegas en busca de una oportunidad Londres se muestra soberbia y se recubre de cierta oscuridad”.
   Tal y como se percibe desde las primeras páginas, hay mucho de la autora en el personaje principal, en lo que se cuenta, de ahí en parte que su escritura sea tan fluida, tan frenética, tan fresca, tan vívida: “La historia de Andrea es en parte la mía, por supuesto, pero sí quiero matizar que no es una autobiografía aunque hay mucho tomado de la realidad. Por eso, para remarcar que es una novela, no llamé a la protagonista como yo y elegí ese nombre porque es difícil de pronunciar en inglés, ¡esa “r” española que tanto les cuesta, jajaja! Luego, ya puesta, incluí erres en todas las palabras del título para complicarles aún más la existencia, ¡con lo mal que te lo hacen pasar cuando no pronuncias como ellos consideran correcto y, aunque te estén comprendiendo, se quedan mirándote con extrañeza o reprobándote tu mal inglés!”. Como contrapunto al relato de Andrea aparecen unos capítulos en los que conocemos a su abuelo Jacinto en 1952, cuando emigró a Buenos Aires con las mismas expectativas y similares intereses a los que su nieta lleva en el equipaje (con el importante añadido de que el abuelo dejaba atrás una mujer y unos hijos); ese fue el auténtico punto de partida para Alba, el motivo principal que la empujó a escribir (no en vano el libro se presenta con la frase “en memoria de mi abuelo”), dar voz a una generación a la que no prestamos la atención debida y de la que desconocemos su historia: “Con los años siempre nos arrepentimos de no haber escuchado a los mayores, no debería ser así; como la narración de Andrea es estrepitosa, rápida, muy de la calle, inmediata, la historia de su abuelo me venía muy bien para frenar la vorágine, es más reflexiva, es una rememoración y, además, me sirvió como moraleja, era el broche perfecto para cerrar el reato: Andrea está enfadada con el mundo, no ve salida, no sabe por dónde tirar, pero es pertinente recordar que esto ya había pasado y mucho más al límite, sin redes sociales, a muchas horas de viaje, no hay que ponerse tan dramáticos porque mucho peor lo tuvieron otros y sobrevivieron”. Comenta Alba que algunos lectores le han comentado que Andrea les ponía un poco nerviosos porque nunca parece saber lo que quiere, y es así de vulnerable y contradictoria como ella la quería: “Es tremendamente pasional, muy de extremos, parece que tiene una personalidad definida pero es sólo fachada. Me interesaba mucho hacerla evolucionar, siempre la imaginé muy voluble, llena de incongruencias, un poco como todos si estuviésemos en esa situación, sé que mucha gente se está reconociendo y eso me alegra porque la historia sólo puede funcionar si consigo implicar al lector”. Como suele suceder con personajes llenos de vida, Andrea se ha enfrentado a su creadora: “Aunque quise explotar el humor, aplicar mi retranca gallega para desdramatizar lo que parece o se vive como una situación límite, nunca pretendí que Andrea fuese graciosa, la quería muy corriente, que brillase y se potenciase gracias a las acciones de los secundarios, pero en ocasiones notaba que ella buscaba su propio camino y confieso que me dejé llevar y estoy satisfecha con el resultado”.
   La ciudad es más que un escenario, se adueña de muchas páginas, imprime su huella, destila su catálogo de olores, sensaciones, colores, rituales, se materializa con acierto ante los ojos de aquel que la conoce, pero nunca pierde de vista cuál es la voz narradora: “De alguna manera, puede tomarse un poco como una guía para el emigrante [es aquí donde entra lo que comentábamos al principio: por el momento sigue siendo válida, no sabemos si dentro de poco quedará como testimonio de lo que fue, lo que no le quita ningún mérito como lo que es, una novela dinámica e iconoclasta con un punto de melancolía], por eso, entre otras cosas, tiene tanta importancia el metro, aunque hemos caído en la cuenta de que, si llegamos a la segunda edición, habría que incorporar un plano porque aquel que no lo conozca puede sentirse un poco perdido en algunos momentos” (e incluso alguno que lo conozca, añadiría uno, por lo enrevesado de su quilométrico trazado). Aunque el humor es un ingrediente básico y utilizado sin límite en la novela, Alba no suaviza ni pone árnica en ciertas experiencias, en ciertos peajes, en los obstáculos con los que alguien como Andrea puede topar, sabiendo contener lo caricaturesco y dejarlo a un lado cuando conviene, sin dejarse llevar por tentaciones demasiado rocambolescas o un esperpento mal comprendido, equilibrando el tono con pericia. ¡Léanla antes de que el Brexit ponga las cosas aún más difíciles!

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