domingo, 17 de mayo de 2020

EN EL BORDE DE LA EXISTENCIA








   El otro día, cumpliendo un anhelo cinematográfico largamente acariciado (ver la estupenda El ciudadano ilustre que, entre otras cosas, así quiso interpretarla este letraherido, supone un plausible y merecido homenaje a la literatura en general y a la argentina -nacionalidad de la cinta- en particular), tropecé con algo que, de un modo u otro, he escuchado decir a un buen puñado de escritores, se ha planteado en mil tertulias, conferencias, simposios, foros, críticas, estudios, un interrogante al que regresar continuamente y que suele dar mucho juego mientras cada autor va suministrando sus propias respuestas en forma de obras y cada lector se apropia de las que le conviene o, directamente, genera las suyas, personales e intransferibles, durante o después de la lectura, eso es lo mejor de la aventura/vida con los libros, al menos para mí: nada es rotundo, todo es susceptible de otra vuelta de tuerca -guiño al maestro de la ambigüedad-, siempre queda tela por cortar, el relato continuará permanentemente vivo hasta quién sabe cuándo. Se trata del, por decirlo en pocas palabras, tema del conflicto, del dolor, de la tragedia, del desamor, es decir, de lo negativo, de la crisis, de lo que mueve a alguien a escribir; creo haber contado antes (y posiblemente más de una vez, no sólo por mi tendencia a repetirme sino porque supone hablar de algo que nunca podré olvidar, de lo que considero un hito profesional y personal) que, cuando el idolatrado (de ahí lo anterior) Mario Benedetti presentó en Madrid La borra del café (y tuve el privilegio de entrevistarle y compartir mesa y mantel), uno de sus títulos más autobiográficos tal y como reconoció, dio con elegante e inteligente ironía las gracias “a los milicos” porque, al obligarle al exilio, hicieron su vida “más entretenida” (puede que dijera “divertida”, ahora dudo) y le proporcionaron material para la escritura, no es que hubiese dejado de hacerlo sin su intervención (dicha la palabra con el matiz eufemístico – y en mi caso mordaz- con que tipos como aquellos la emplean), pero a buen seguro su obra hubiera sido otra bien distinta. En otra ocasión similar, Mario Vargas Llosa compartió con los asistentes a un desayuno de prensa una reflexión sobre la poesía amorosa, afirmando que sin el desamor, sin los obstáculos para expresarlo, sin las contrariedades, sin los sentimientos no correspondidos, aquella no existiría porque todo sería un remanso, incluso un aburrimiento, unos versos, al modo en que lo decía Tolstói, se parecerían al resto, no habría más que decir, se perdería la tensión (necesaria -esto es cosecha propia- aunque sólo sea como posibilidad, como pasado, como reverso), por eso mismo él escogía para ubicar sus novelas, para escribir sobre ellos, periodos conflictivos de la Historia, dictaduras, guerras, necesitaba que sus personajes tuvieran que enfrentarse a dificultades del tipo que fuesen. Y aquí es donde un servidor hace la conexión con algo que también he escuchado/debatido en muchas ocasiones, estudié en las aulas (o sea, viene de lejos), aquello que mencionó Javier Cercas en la puesta de largo de su Premio Planeta hace unos meses, el viejo adagio que sostiene que toda novela es autobiográfica.

   En teoría, dicho así, esto supondría menospreciar/echar por tierra, invalidar/desterrar la imaginación, incluso si me apuran el arte literario (seguiría siendo imprescindible el talento para saber contar, para transmitir, para encontrar las palabras que conformen una voz, pero si se quiere todo eso puede reducirse a mera técnica, a trabajo continuado, a la posesión de determinados conocimientos), ya que, dicho esquemáticamente, tan sólo se trataría de trasladar al papel -a la pantalla de algún dispositivo- aquello que nos ha pasado, hemos visto suceder o incluso alguien nos contó primero; como ya he señalado un poco más arriba, como tantas veces he repetido, por más que ciertos parámetros sean imprescindibles, por más que necesitemos algo a lo que aferrarnos para el análisis/estudio, un nombre con el que referirnos y que los demás reconozcan y asocien a algo/alguien, tendemos a utilizar las etiquetas, los géneros, los movimientos artísticos, las escuelas (en el sentido más amplio del término) con una rigidez extrema, al pie de la letra, reduciéndolos a un esquema que en ocasiones roza el estereotipo o la idealización (cuando no cae en uno u otra y hasta en ambos). Al menos, uno siempre ha creído lo que afirmó Cercas en el sentido de que, inevitablemente, aunque sea de un modo tangencial, sin incidir sobre ello, manteniéndose fuera de foco, muy disfrazado/camuflado/oculto, sin que sea lo primordial, sin que importe, sin que sea perceptible más que para unos pocos (o ni eso), transformado en algo totalmente diferente, pasado por el tamiz de la ficción (y vuelto a pasar varias veces hasta no parecerse en nada), como lejana inspiración, todos los autores ponen algo de sí mismos en lo que escriben, por eso nos cautivan/interesan, por eso nos implican, por eso nos vinculamos a lo que cuentan, es ese factor humano que, como dijo alguien a quien lamento no recordar, podría titular todas las novelas de Graham Greene (y de tantos otros), eso que el autor no tiene que ni por qué haber vivido en primera persona para que posea alma, intangibles que identificamos, que nos resultan familiares, eso que tantas veces denominamos “universales”. Repito que esto no supone quitar valor a la capacidad de fabulación del escritor, al resto de habilidades que posea/desarrolle, a los mundos o microcosmos creados, resulten cercanos o lejanos (en el tiempo y/o en el espacio), parezcan/sean reales o ficticios, esos compartimentos que no son tan estancos como a veces se pretende, es de nuevo la magia de la literatura dando rienda suelta a sus múltiples posibilidades.

    Como tantas veces, solté uno de mis discursitos, reflexiones muy personales que brotan durante la experiencia lectora, para acabar llegando al libro que, en parte, me inspiró lo anterior porque supone un ejemplo sublime de cómo transformar lo testimonial en novela apasionante (o en algo que se lee como tal), dejando en pañales a tanto exhibicionismo sin fuste como ahora abunda, aquello que, por más que se le busque un nombre para conferirle cierta categoría, no deja de ser mirarse el ombligo, creerse el centro del universo (o alguien interesante), al margen de no constituir ninguna novedad (hay de todo, por supuesto: fórmula manida, copia descarada, truculencia impostada o, como en el caso que nos ocupa, un inmenso talento literario). De hecho, Edna O´Brien es una auténtica maestra en escribir sobre lo que ha vivido sin hacerse la protagonista, en retratar lo local, lo particular, lo íntimo y, con apabullante sencillez, sin fanfarrias ni engolamiento, afectar (en todos los sentidos) a quien lee, envolverle, incluirle, hacerle partícipe, transformarle en personaje para que habite sus páginas; por más que no esconda el carácter autobiográfico de  sus novelas, pone el peso sobre el “nosotros”, sobre unas gentes, una comunidad, un lugar, una época, narrando una triste y cruel realidad, metiendo el dedo en la llaga, dando prioridad a la denuncia que pretende hacer, alzando la voz por otras, dejando claro que, por desgracia, lo suyo no es excepcional en el sentido de que es por lo que han pasado/pasan otras muchas, demasiadas. Trabajadora infatigable, siempre combativa, solidaria con el sufrir de las demás (sí, hay que utilizar el femenino porque ella lo defiende, lo reivindica, procura que se le dé el lugar que merece, sus libros destilan y respiran la esencia del auténtico feminismo, ese que tantos desconocen/coartan/reprimen, ese que muchas tergiversan y deforman), la que ha plasmado con valentía y sin paños calientes la vida de Las chicas de campo (primer volumen de la fabulosa trilogía completada con La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas), la que se reconoció con orgullo como Chica de campo (título de sus memorias), a sus casi 90 años (los cumplirá en diciembre) ha viajado hasta Nigeria (vive en Londres) para conocer de primera mano el calvario, la tragedia, las torturas a las que son sometidas las víctimas de Boko Haram y exponerlas/reflejarlas en un libro que sacude por su economía de recursos, por su concisión, por su prodigiosa parquedad, por dejar desnudas las emociones, las heridas, las injusticias, las violaciones, la violencia, por su a veces estilo telegráfico, por lo que insinúa, por lo que sabemos, por lo que olvidamos, por lo que deja de ser noticia, por lo que no se cuenta. Tal vez por todo ello, porque en el fondo no hace falta más, cerrando el círculo, ha prescindido de cualquier adjetivo, complemento o sintagma preposicional y lo ha titulado La chica, publicado en España por Lumen el pasado septiembre con traducción de Ana Mata Buil.

   En El ciudadano ilustre (dentro de mi caos no olvido los porqués, hay un esquema más o menos trazado, las piezas están dispersas y dispersadas sin olvidar el todo, procurando la coherencia, pretendiendo una concordancia) lo que se plantea es si es posible una literatura en un país que no haya sufrido lo amargo, lo terrible, lo dramático, lo trágico, algo que podría concretarse y personalizarse, algo que también se ha discutido en muchas ocasiones y que creo la propia literatura responde a diario porque, por más que sigamos manteniendo lo de ese punto autobiográfico que siempre late/asoma/se hace patente, ni Cervantes ni Lope ni Shakespeare ni Virginia Woolf ni las Brontë, no digamos la tía Agatha, vivieron en primera persona todo lo que plasmaron en el papel, indudablemente ha habido quienes partieron de sus vidas o las camuflaron muy poco (especialmente las hermanas ciñéndonos a la breve lista anterior), quienes cedieron sus tormentos interiores y/o exteriores a sus personajes, quienes (la inmensa mayoría) han fabulado o han sido lo más realistas que han sabido/podido/querido partiendo de la observación, del estudio, de la disección, del conocimiento de las emociones humanas, aquellas gracias a las cuales Miss Marple resolvía los misterios (y por ello resultaba más simpática que Poirot y, sobre todo, que Sherlock Holmes, excesivamente mecánico y cerebral, por momentos artificial y artificioso), si sólo se escribiese sobre lo que uno ha experimentado en sus carnes, corazón y alma, nos habríamos perdido un porcentaje muy elevado de la literatura universal, de los libros que amamos, de los autores que admiramos. Por eso Edna O´Brien es capaz de construir una novela en primera persona dejando hablar a su protagonista, mimetizándose con ella, narrando con sabiduría de maestra, diluyéndose, sin que se note su intervención en lo aparente, depurando su estilo de un modo sublime (y envidiable: con lo barroco y discursivo que soy), siendo sólo conscientes al cerrar el libro, cuando la lectura se reposa y va digiriendo, cuando pensamos en lo leído y lo vamos acomodando en nuestro imaginario, percatándonos entonces del cuidadoso trabajo llevado a cabo, de la habilidad de la escritora irlandesa para exponer lo justo (porque no necesita más: el resto queda flotando y se va aposentando en el ánimo del lector), para permitirse muy pocas licencias, para contener y contenerse, para evitar tentaciones que desvirtúen u opaquen la limpieza ética y estética de su propuesta, para mezclar con sabiduría lo directo del reportaje periodístico con la emoción que solemos demandar de aquello a lo que llamamos novela. En ese sentido, es asombroso y hasta audaz la manera en que pasa, con pasmosas fluidez y naturalidad, del pretérito al presente, de una frase a la siguiente, añadiendo así inquietud, sombras, peligro, no sabemos en qué momento está recopilando sus recuerdos Maryam, la chica del título, hablar en pasado no supone que esté a salvo, el aquí y ahora es como una bofetada porque lo que se nos cuenta no sucedió sino que está sucediendo, sucede ante nuestros ojos, no hay respiro ni alivio, la constante amenaza que pende sobre ella no descansa, la tranquilidad es muy frágil, efímera por no decir inexistente, hay una resignación terrible pero, tal vez, imprescindible para, en la medida de lo posible, sobrevivir: “Estábamos en el borde de la existencia y lo sabíamos”.

   Maryam es, como tantas, una víctima siempre y en todo momento, por desgracia es algo a lo que nos enfrentamos casi a diario, en lugar de ser acogida, apoyada, defendida por quienes se supone son los suyos, es estigmatizada por lo sufrido, por su cautiverio, por haber sido violada, por engendrar el fruto del enemigo, como si tuviera opción de negarse, como si hubiese podido impedirlo, como si inmolarse fuese la única solución, los mártires o que así pueden ser considerados son venerados, las víctimas que sobreviven se convierten en sospechosas, en personas non gratas, en mujeres doblemente mancilladas y repudiadas. Todo ello ennegrece su corazón, por eso, aunque rebusca en lo más profundo su instinto maternal, no puede querer a su hija: “Lloro desde lo más profundo de las entrañas. Lloro desde el rincón en el que debería estar la raíz de mi amor por ella. Babby nunca me había visto llorar con tanta libertad. Baja el dedo y hunde la cabeza en mi pecho, el latido de mi corazón es el único santuario que tiene”. Babby nos golpea, nos hiere, nos aflige, víctima inocente en todas las acepciones de la palabra, demasiados niños en el mundo condenados desde la cuna (o el jergón o el suelo), esos niños con los ojos demasiado tristes de Primera memoria de la gran Ana María Matute, bebés como Babby cuyos suspiros son “tan lastimeros, tan tristes, como [los de] una anciana quejumbrosa”. Con qué tiento y prudencia, con qué talento escoge las palabras Edna O´Brien, empleando las justas, sin entretenerse, sin recrearse, yendo a la médula, barrenando al lector sin alterar el tono, con pleno conocimiento de su oficio, con templanza propia de una gigante de las letras, alguien que sólo necesita decir que Nigeria es “un país de belleza que se ha convertido en un lugar de congoja donde hay “niebla por todas partes, en el cielo, en el ambiente y en nuestro entumecido ser” y se come un bizcocho “de tres colores: amarillo, marrón y verde. Pan de funeral”. Por ello, y por otras muchas cosas más, no puede extrañarnos (pero debería conmovernos y algo más, no basta con sentirlo: actuemos, no justifiquemos nuestra inactividad con aquello de que no sirve para nada, uno es mejor que ninguno), no nos parece insólito, decía, que en un momento dado la protagonista piense (y nos llega como un grito): “¿Conoceré alguna vez el idioma del amor? ¿Volveré a saber alguna vez lo que es un hogar?”.