domingo, 3 de mayo de 2020

FRONTERAS DIFUSAS (PERO NO CONFUSAS)







   Hay algo que ni quiero ni debo ocultar (al contrario, estoy muy orgulloso y feliz de poder decirlo) a la hora de encarar el escrito de hoy: Magda Kinsley es mi amiga. La conocí a través de mi/nuestra Pepa Muñoz, en principio era una escritora más con la que mantener un encuentro (un tanto especial porque fue antes de poder leer su novela), alguien con establecer contacto para, así, ir fraguando y cimentando una de nuestras citas literarias. Ella llegó, como muy pronto descubrí que es seña de identidad, con un cargamento de sonrisas, de buenas vibraciones, de humildad, de cariño para repartir, una persona que destila magia, una auténtica hada como nunca me había topado en el llamado mundo real, lo que menos le importaba era hablar sobre su libro (que nos regaló a todos, “pero sólo leedlo si os apetece, no hay obligación”), quería participar del entusiasmo por la literatura; por ello, se incorporó muy pronto al grupo habitual de lectura, en seguida fue una compañera sagaz que lee entre líneas, que escudriña (y ama) las palabras, que pregunta con criterio y sentido porque sabe lo que supone sacar adelante una novela. Y el caso es que, entre unas cosas y otras, ya conocen mi caos habitual, mi interminable y siempre creciente lista de lecturas pendientes, entre esto y aquello, puesto que Magda ya era parte del grupo y lo del prometido encuentro quedó un tanto en tierra de nadie (nos seguía apeteciendo, por supuesto, pero al haber confianza -cada vez más- se iba retrasando sin fecha concreta porque había otros frentes que atender), El enigma de las brujas fue quedando relegado (aunque, lo prometo, todo este tiempo -un año y cuatro meses más o menos- ha estado al alcance a mano, a punto, muy bien colocado), nunca era el elegido cuando me acercaba a los volúmenes que coloco en lo que llamo “parrilla de salida” con la intención de leer en no demasiado tiempo. La gran mayoría de mis/nuestros compañeros fueron cumpliendo encantados la promesa hecha, se sumergieron en las páginas de la novela, escribiendo/diciendo cosas preciosas y muy atractivas, el caso es que yo me iba quedando atrás (de verdad, no por falta de ganas) y la cosa se iba complicando porque, como dije al principio, los vínculos de amistad se hicieron cada vez más fuertes y, quiérase o no, eso interfiere/afecta a la hora de valorar lo que alguien hace. Sin embargo, son muchos los años en que he ejercido mi profesión teniendo que hablar sobre espectáculos, películas, obras literarias, trabajos de gente a la que puedo considerar amiga sin ambages y, creo, al menos lo he procurado, la pasión jamás me ha cegado el entendimiento (¡Hasta entrevisté a Pablo cuando se estrenó La voz hermana y conseguí mantener la distancia necesaria a la hora de adjetivar y aplaudir!); lo que sí he hecho (y hago) es silenciar públicamente aquello en lo que me parece que un amigo se equivoca (con los que me piden total sinceridad y no les vale con mi silencio, sabiendo lo que significa, hablo en privado), es como si esa función, ese libro, incluso esa publicación en redes no existiera, pero, ¿por qué callar/ser tibio/no expresar admiración por los logros de alguien a quien encima conoces y quieres? Es decir, me lancé a la aventura de leer con muchísimo cariño (y anhelo), también con cierto miedo/cierta prudencia, no me sentía obligado a que me gustase (aunque lo anhelaba, por supuesto), tampoco quería que acallar/refrenar la faceta como amigo de Magda me hiciese ser injusto en el elogio o la reprobación (si encontraba motivo para ella), ni pasarme ni quedarme corto, todo fue sencillo cuando di rienda suelta al lector y me olvidé de todo lo demás.

   El enigma de las brujas (todo un éxito de ventas en formato electrónico) fue publicado por Círculo Rojo en agosto de 2017 y la editorial le concedió el premio a la mejor novela de suspense publicada por el sello ese año; lo cierto es que bebe de varios géneros, yo no la catalogaría/enmarcaría en ese en concreto, pero sin duda tiene la dosis perfecta de emoción como para cautivar a los amantes del género, de todos modos eso en sí es lo de menos porque el vendaval emocional que se desata desde las primeras páginas atrapa, involucra, inquieta, avisa de que, en muchos sentidos, estamos ante una obra mágica y distinta. Respetando/recogiendo la larga tradición de leyendas (o no tanto) que jalonan la historia e idiosincrasia de su tierra (nació en Santiago de Compostela), el modo en que allí se mezclan/confunden/funden en uno lo mítico con lo real, Magda escribe una novela fantástica (empleado el adjetivo ahora en el sentido de quimérico e imaginativo, aunque tratándose de Galicia no está tan claro que así sea -yo al menos, que ya lo era antes, imaginen desde que comparto la vida con Pablo, soy de los de “haberlas, haylas”-) que jamás pierde de vista la verosimilitud, lo factible, lo que podría suceder (¿estar sucediendo?) si creemos en otros mundos que están en/conviven con este. Pero si autores de la talla de Emilia Pardo Bazán o Wenceslao Fernández Flórez, aun acercándolos y diluyendo fronteras, marcaban la diferenciación entre uno y otro, Magda logra una mixtura perfecta (excepto cuando conviene al relato), una coexistencia completa entre lo que lo que para muchos es irreal (o al menos como tal lo tratan) y lo cotidiano, sin por ello hurtar datos o confundir al lector que, además, puede escoger desde qué perspectiva leer y afrontar la narración. En mi caso, me fue muy sencillo combinar ambas posibilidades pero no sólo por lo que ya he contado sino por la sencillez y cercanía con que Magda habla e introduce en la acción personajes como Blancaflor, María de Soliña, Pepa a Loba, A Dama do Castro y la Reina Lupa, dándoles similares presencia y profundidad, el mismo tratamiento que da a aquellos que tildaríamos de “reales”, por más que los elementos mágicos sean los que más definen a muchos de ellos, poderes reflejados y explicados como habilidades, como conocimientos ancestrales que se heredan de generación en generación, es impactante la naturalización que se hace de todo lo que podría chirriar o ser rechazado por quien se aleja de todo aquello que se engloba bajo la etiqueta “fantasía”.

   Sin embargo, lo más relevante (y lo que le confiere un carácter propio que la distingue de otras obras similares) es que Magda, por encima de todo, nos cuenta una saga familiar (con algunos parientes insólitos -especialmente en el modo en que los presenta y utiliza, en los que, digámoslo así, los humaniza-), aborda asuntos tan dolorosamente cercanos como los malos tratos, la violencia contra las mujeres, describe a la perfección la psicología de víctimas con las que resulta inevitable empatizar, crea una plétora de personajes femeninos (también alguno masculino) muy potentes, descritos en cuerpo y alma(o, si me permiten la frivolidad de parafrasear lo que cantó Rocío Jurado, nos cuenta lo que se ve de frente y también el otro lado), de arriba abajo, dando importancia a los sentimientos, poniendo el acento y el foco en lo que sienten los corazones, personalidades complejas que se abordan desde distintos ángulos que se hacen converger en un tono común, fundiendo a la perfección esos dos mundos que tantas veces separamos pero que aquí son el mismo (con sus particularidades y diferencias, por supuesto). Y así es cómo nos hace evocar páginas del gran Torrente Ballester (otro que supo manejarse con enorme soltura tanto en el realismo como en lo fantástico, aunque se decantase por uno u otro según el caso y apenas los combinase), descripciones pormenorizadas de usos y costumbres de las diferentes épocas en las que se desarrolla la trama (de 1940 a 2000), demostrando un gusto por el detalle que puedo comprender haya quien encuentre excesivo, pero uno (que siempre ha tendido al costumbrismo) disfruta de lo lindo con esas descripciones prolijas que aportan atmósfera e incluso imprime carácter, aprecia la morosidad que en ocasiones detiene el frenético devenir de los acontecimientos para tomar nuevo impulso y dar un nuevo giro. Por otro lado, nos ayuda a comprender y conocer mejor a los personajes, no se abandona a lo fabuloso porque nunca pierde de vista lo personal, lo íntimo, lo tangible, consiguiendo páginas repletas de aromas, de sabores, de colores (y, al mismo tiempo, de ensoñaciones, las provocadas por todo lo anterior en el lector).

   El enigma de las brujas es una ópera prima meditada, mimada, madurada que despliega con habilidad un saber narrativo que ha de depararnos muchas alegrías en un futuro no muy lejano. Es admirable el modo en que, abordando sin titubeos ni elipsis asuntos muy complejos y terribles, hablando sin tapujos del mal más absoluto que podamos imaginar (y no me refiero sólo a quien, por otro lado, fue ángel primero, sino a aquel con el que convivimos a diario), toda la novela desprende humanidad y bondad, genera sentimientos positivos, sin trivializaciones ni recurrir a esa prosa placebo de la que tantas veces hago mofa demuestra que el amor (sin apellidos, sin matices, en toda su extensión, como fuerza y motor) siempre nos ayuda a triunfar, hasta cuando se acaba, cuando nos engaña, cuando lo sentimos pisoteado, cuando nos decepciona: en realidad, como sentimiento, no tiene final, por más que las personas pasen, lo rechacen, lo olviden, lo finjan, merece la pena seguir el ritmo que marcan los latidos de nuestro corazón (más conectados con la mente de lo que solemos reconocer). Recuerdo que, cuando estaba embarcado en la aventura lectora, le dije a Pepa que, por encima de todo, me parecía una novela muy bonita, sin tapujos, sin tono peyorativo, sin ironías, sin comillas, una novela que, aunque me inquietase, me conmoviese, me doliese, incluso me asustase en algún momento, cuando la cerraba hasta el día siguiente me dibujaba una sonrisa (y no sólo en la cara). Si Magda Kinsey no fuese mi amiga hubiese dicho lo mismo sobre su fantástico (ahora sí en el sentido más encomiástico posible) debut, ¿por qué me lo iba a guardar por el hecho de quererla y disfrutarla en mi vida?