domingo, 25 de abril de 2021

AULLIDOS Y RUGIDOS

 

Lunes 19:

 

APLAUSOS QUE SE HEREDAN

 

   Como tantas veces he contado, fue José Luis García Sánchez quien, durante una entrevista que tuvo lugar hace ya un buen número de años, me bautizó como “crítico feroz”, valorando “muchísimo” por esa condición que según él me distinguía los elogios que estaba dispensando a una de sus películas (Tranvía a la Malvarrosa, que me resultó mucho más divertida que la novela de Manuel Vicent en que se inspiraba). Sí, lo he sido, en parte lo sigo siendo, cuando algo me disgusta, cuando me aburro, cuando no disfruto de la lectura, cuando se me hace bola lo que estoy viendo, cuando un libro o una película/obra de teatro/serie me apasiona (porque se da también, incluso más agudizado, en ese caso), suelo estallar, no tengo freno, me explico y procuro justificar pero (repito que especialmente antes) voy a degüello, expresando mi criterio de manera clara y hasta expeditiva (que comprendo que a más de uno pueda parecerle falta del mismo -y lo respeto, siempre que sea capaz de argumentar su opinión-). Pero me he moderado bastante, sobre todo en lo que a literatura se refiere, en parte porque sólo escribo sobre aquello que me gusta (aunque me guarde tiritos, por supuesto, la auténtica validez de mis críticas -y de la de cualquiera que merezca ser llamada de esa manera- se apuntala en que las hay de todo jaez, lógicamente no todo puede complacer -ni todo enfurruñar, eso también-). Las cosas como son, nunca he pretendido ser alguien especialmente terrible, si me sale es de natural, haber tenido y tener el placer/privilegio/gusto de leer tanto y tan variado me regala una perspectiva muy amplia, no digo que no me las dé de resabiado, tal vez a veces soy un pelín cínico, me expongo tal cual al mismo tiempo que disecciono (algunos dirán que me quedo corto con este verbo) lo que en ese momento haya caído en mis manos, no sé por qué le doy tantas vueltas a la cosa si al fin y al cabo esto son una meras anotaciones en un diario, vuelvo a ser como tantas veces juez implacable conmigo mismo, y no es que me arrepienta de nada o me reproche algo (bueno, sé que he podido ser injusto, excesivo, incluso un tanto intolerante, tampoco he tenido reparos en rectificar o reconocer que me equivoqué, que no tenía el día, que no vi aquella película o leí tal novela en el mejor momento), es mi tendencia natural al diálogo interior (no monologo: me respondo -y a veces en voz alta pasando al soliloquio con enorme facilidad-).

 

  Me ha dado por pensar de nuevo en este asunto debido a que se tiende a olvidar a quienes son, tal vez, los receptores directos de esas críticas que tantas veces hacemos con crueldad, de manera torpe, desproporcionada, buscando hacer daño, dando eco a campañas difamatorias, escudados en los prejuicios, ocultos tras un avatar, vocingleros de redes sociales (incluso delinquiendo, pero esa es harina de otro costal), es decir, los familiares, los amigos (los de verdad, no los del postureo que es igualmente pan de cada día en Twitter), las gentes que quieren (y conocen) a actores, escritores, directores, periodistas, artistas, personas con mayor o menor proyección pública. Como ya señalaba antes, también soy vehemente, grandilocuente, impetuoso, cuando algo me toca, me emociona, me deleita, me apasiono buscando ditirambos con los que transmitir lo que una obra de arte me ha hecho sentir, del mismo modo procuro expresar mi agradecimiento sin ambages a aquellas personas a las que debo tantos pasos dados, tantas satisfacciones, tantos momentos que han dejado poso, tantos apoyos, las cosas pueden haber terminado de un modo u otro, eso no impide que reconozca a quien me ayudó, me allanó el camino, me enseñó, creyó en mí, me quiso. Por eso me emocionó recibir en su día un correo electrónico de la hija de Natividad Gutiérrez Val, Nati, profesora del instituto que nunca me dio clase (impartía Ciencias Naturales) pero fue maestra de lecturas, cómplice que me descubrió autores, universos, que me abrió puertas, abolió prejuicios, agradeciéndome el que siempre será pequeño homenaje a quien es uno de mis pilares en lo que a literatura se refiere. Del mismo modo, recientemente han contactado conmigo el hijo de Enriqueta Antolín y el nieto de Antonio Giménez-Rico por un motivo similar: me limité a contar mi parecer/experiencia como lector/espectador, me alegra saber que esos aplausos nacidos del corazón han encontrado receptores, han volado en la dirección correcta.

 

Martes 20:

 

HABEMUS SAGA

 




   Se cuenta que la segunda novela, especialmente cuando la primera ha tenido repercusión, es más difícil porque no se escribe con la misma libertad, aumenta la presión, hay expectativas ajenas que pesan el doble o el triple que las propias; aunque de otro modo, esas asechanzas también se ciernen sobre el lector, la decepción es una afilada espada de Damocles, el descontento brota sin casi necesidad de abono, el entusiasmo se da de bruces con el sólido muro del aburrimiento, incluso, así lo aconseja la experiencia, uno procura reprimirse, no dejarse llevar por sus propios cantos de sirena, infundirse paciencia, dejar que cada libro obre su efecto. Pero todo eso me sirvió de poco ante La sangre de Baco, el segundo título de la que desde el principio se anunció como Saga de Marco Lemurio, publicada al igual que su predecesor por La Esfera de los Libros, le tenía muchas ganas por diversas razones y sólo puedo decir que me ha dejado sin aliento, que el envite ha sido impresionante, que se nota (algo de lo que tantas dizque series adolecen) que Luisma (me permito la confianza y cercanía que él otorga) tiene la columna vertebral de lo que indudablemente es saga y como tal la va desarrollando muy sólidamente armada, que Oscura Roma fue, en todos los sentidos, una novela de aprendizaje, un tanteo, un trabajo prudente, un asentamiento, se percibía que había mucho más, que se había quedado corto (sin que eso suponga una crítica, todo lo contrario) a propósito. De ese modo, La sangre de Baco es una novela de total maduración, una historia muy bien tejida que, además, sigue ramificándose con soltura y osadía, un continuo disfrute, la constatación de que tenemos un autor, tenemos saga y nos queda mucho por gozar y compartir con Marco Lemurio. Fue igualmente placentero el reencuentro de algunas de las gentes del club de lectura con el autor, mi Pepa Muñoz lo volvió a hacer/conseguir, aquí puede verse íntegro: https://www.youtube.com/watch?v=kMRfv47QIyw&t=5s.

 

Miércoles 21:

 

¿DÓNDE ESTÁ LA MAGIA?

 

   Hace cosa de dos meses, leí El jardín secreto de Frances Hodgson Burnett, todo un clásico infantil, (se publicó en 1910), un regalo que me hizo Pablo, una edición (o reedición) hecha en 1994 con motivo del estreno de una adaptación cinematográfica dirigida por Agnieszka Holland y que, de no haber sido por esta circunstancia, tal vez no hubiese regresado a las librerías en España. ¿Qué más da cuándo y por qué te interesas por un libro/título? El caso es llegar a él, conocer a quien también es autora de El pequeño lord y La princesita, de hecho me puse a la tarea porque llegaba una nueva versión, versión que vemos en una de las plataformas que tenemos contratadas y que nos deja descorazonados porque le han borrado toda la magia, toda la alegría, un personaje fundamental, todo lo que destila/convoca/construye la escritura de Frances Hodgson Burnett, destaqué en aquel texto de Instagram su sensibilidad, su perspicacia infantil, prístina, sincera, el modo en que trata a los niños como personas, con cerebro y corazón, sabiendo llegar a los adultos con honestidad, buscando lo mejor que tenemos/podemos ser. Es una mirada pulcra, sencilla, rebosante de auténtica magia, un regalo sensorial y emocional, una lectura inolvidable, por desgracia, nada de eso se percibe en lo que Marc Munden ha perpetrado (y, para colmo, ha arrastrado a Julie Walters y Colin Firth).

 

Jueves 22:

 

ETERNIDADES MOMENTÁNEAS

 



   Un nuevo encuentro con el Club de Lectura LL, mi Pepa Muñoz siempre buscando títulos interesantes, y encontrándolos tal y como sucede con la ópera prima de José Antonio Lucero, La vida en un minuto, publicada por Ediciones B. Es la recuperación de un terrible accidente ferroviario que ocurrió en los primeros días de 1944 y que el Régimen silencio/ocultó (con la connivencia/complacencia de la prensa afecta, con la imposibilidad de escribir libremente), negó a las víctimas, impidió que sus familias pudieran llorarlas y despedirlas como se hubiese debido, es una emocionante historia de amor, una impactante reconstrucción de una época, de un momento gris, triste, de represión y miseria, una novela de estructura compleja a la que no se le notan las costuras, que fluye, que guarda muchas sorpresas y nos hace caer en la cuenta, una vez más, de cuántas historias, cuántas realidades, cuántas vidas no se han contado o se han pasado por encima, dejado de lado, dado por sabidas, no han despertado el más mínimo interés. Como siempre, aquí dejo el enlace por si alguien desea ver el encuentro completo: https://www.youtube.com/watch?v=J5M3kheubkw&t=7s.

 

Viernes 23:

 

…Y ADEMÁS APRENDO

 

   A mi hermano y a mí siempre nos ha unido la pasión por la lectura, por el cine y algunas otras artes/disciplinas más, lo más curioso es que compartimos un par de títulos que ninguno de los dos logró terminar: uno es La segunda muerte de Ramón Mercader de Jorge Semprún (y eso que otras obras suyas me han como poco interesado sobremanera) y el otro, El hombre de Apulia de Horst Stern, un ladrillo de dimensiones épicas (por cierto, conocí a alguien en la Universidad a la que le pasó algo similar, su nombre no viene al caso). Sin embargo, de sus páginas saqué una sentencia que me ha acompañado desde entonces, una cita de Solón de Atenas, una verdad tan palmaria (y tan revitalizante) como “envejezco, y además aprendo” (así la recuerdo, así la tengo apuntada en un viejo cuaderno). Lo dice uno de los Siete Sabios de Grecia, ¿cómo no grabárselo a fuego? Somos eternos aprendices, nunca estamos de vuelta de todo y, lo mejor, es que nunca sabemos dónde o quién nos puede enseñar (incluso sin pretenderlo, sobre todo en esos casos) lecciones que nos ayuden a crecer, que nos mejoren, que nos (re)construyan, experiencias como la que narra con sencillez emocionante (o viceversa) Craig Foster en Lo que el pulpo me enseñó, el documental dirigido por Pippa Ehrlich y James Reed que a ratos me hace aullar de felicidad, olvidando cualquier atisbo de tristeza y/o fiereza, limitándome a sentir las sensaciones que Foster vive/revive frente a la cámara, siendo como tantas veces (como no deberíamos olvidar) alumno de la naturaleza, de la vida, de lo mucho que nos queda por aprender.