jueves, 8 de mayo de 2014

PALOMA DE CONCORDIA





   A los amigos los elegimos, es uno de nuestros pocos privilegios, y sin duda podemos ser definidos a través de esas personas con las que nos gusta pasar el tiempo, compartir los malos momentos, los fracasos, los dolores, las angustias (prueba de fuego que hace a más de uno abandonar el barco a las primeras de cambio dejando clara su verdadera condición), con las que sentimos y experimentamos una conexión particular que supera cualquier barrera (hay compañías sinceras, perennes y sustentadoras que no entienden de distancias, mientras que otras son efímeras, endebles, ficticias a pesar de la proximidad, grandes burbujas que estallan para hacer patente la nada que les daba forma); y tiene su intríngulis que sean precisamente ciertas personas que han demostrado con creces no comprender el significado genuino de esa palabra (a la que hay que llenar de contenido cada día, aportar una acepción propia, querer habitar y ejemplificar sin atender a otras razones que a las irracionales –sí, pedazo de oxímoron, pero estoy convencido de que más de uno, el que lo probó como diría Lope de Vega, sabe de lo que hablo-, sin poder ni querer explicarnos el porqué, limitándonos a desarrollarla, sin apuntes ni cuentas de resultados, aprehendiendo las satisfacciones de que tenga lugar), esas que antes o después ponen precio al acto más nimio (recuérdese a Antonio Machado, por favor, y cómo calificaba a los que confundían lo que pone en la etiqueta con lo intangible, con lo que queda, con lo que importa, con lo que es valioso) y sopesan las consecuencias de posicionarse, de apoyar, de defender, y sólo actúan en la dirección que les permite seguir disfrutando de sus privilegios (o sea, haciendo todo lo contrario a lo que es esperable de un amigo, sobre todo porque no lo exiges, no lo demandas, no lo impones, casi puedes llegar a comprender la salvaguarda de sí mismo, pero no es necesario porque se inmola por ti antes de que tengas ocasión de exigirle lo contrario –y no intenta enredarte en explicaciones lastimosas, dar la vuelta a la tortilla, hacerte compartir su retirada, confraternizar con su cobardía, con su endeble actitud, vender humo apelando, precisamente, a la amistad que os une para cimentar su nulidad como tal-). Son esos dogmáticos (de vaya usted a saber qué en realidad), esos totalitarios, esos que sólo ven el haz que les interesa, que ignoran el necesario envés que imprime carácter a aquel, que le da carta de naturaleza, el contrario, lo opuesto (sin que eso implique enfrentamiento: tan sólo la perdida y añorada dialéctica, el diálogo que debería centrar la existencia y que es el auténtico motor que ha hecho avanzar por momentos el periplo del ser humano sobre este mundo), el hecho de que hay luz porque existen las sombras, apreciamos –o deberíamos- las bonanzas porque conocemos las penurias y, en definitiva, regresando como tantas veces a las palabras certeras de Serrat, “cada uno es como es, cada quien es cada cual y baja las escaleras como quiere” y esa variedad es la que hace apasionante el día al día, son esos incapacitados para respetar y añadir matices, para poseer una paleta anímica en la que seguir jugando con los colores básicos y ampliar su gama hasta el infinito, los que osan censurar, denostar, hablar de tus idas de olla (obviaré otras palabras más gruesas o directamente groseras, hirientes, injustas, porque eso supone sepultar un poco más en el olvido a gentes que, por propia decisión, puse muy lejos –aunque, tal vez, volvamos dentro de poco, no a ellas, sino a las sensaciones provocadas por sus actitudes, pero será en otro texto), mover la cabeza con repulsa e incomprensión (aunque tampoco les interesa saber: se sienten más cómodos encastillados en sus esquemas, ciertamente esquemáticos, reduccionistas, maniqueos) cuando expreso mi orgullo por haber conocido y sentirme cercano (amigo es una palabra, como se ha dicho, demasiado importante como para usarla alegremente, pero me consta que la intención de seguir abonándola existe por ambas partes) a una periodista que desborda humanidad, comprensión, conciliación, apertura de miras, sabiduría (de la de verdad, la mundana, la cotidiana, la que nunca deja de expandirse si estamos dispuestos a ello –“será que soy muy cotilla” dice en más de una ocasión y yo me reconozco en esa definición: “Por eso nos hicimos periodistas, ¿no? Porque somos curiosos y tenemos la fortuna de poder saciar en parte ese ansia”-), una verdadera encantadora de serpientes a la que es imposible resistirse (incluso aunque vayas predispuesto a lo contrario: su cordialidad, su temple, su bondad, su capacidad narrativa te desarman en un minuto), una mujer de la que sólo se conoce (y muy someramente) la superficie, a la que se constriñe en un estereotipo que no le corresponde, imagen pública de la que no reniega pero que no la define ni le hace justicia; y es por eso, entre otras cosas, por lo que hoy quiero hablar de mi querida Paloma Gómez Borrero.

   Son ya muchos los años en que nos vamos tropezando aquí y allá, en el ejercicio de la profesión, a veces compartiéndola, otras como autora a la que entrevistar, últimamente como compañera de conversación (nuestros encuentros no son meros compromisos de una promoción: son un disfrute, una alegría, un placer, “Óscar, ¡otra vez! ¡Qué bueno!” –ese fue su saludo hace unos días cuando nos sentábamos a charlar-), siempre como referente por su pulcritud a la hora de informar, todo un descubrimiento para mí, debo reconocerlo, desde el momento en que la acompañé en un taxi hasta los estudios de Radio Intercontinental en 1996 donde nos esperaba Miguel Ángel Yáñez -¡Cuántas cosas buenas a su lado!- para que fuese la invitada especial del Cita a las dos de esa jornada. Yo, y ella lo sabe porque se lo he contado, llegaba a esa ocasión con escepticismo, incluso con prejuicios, nunca he sido muy religioso desde que tuve capacidad para decidir ciertas intimidades por mí mismo, no tenía nada claro cómo enfrentar el diálogo con alguien como Paloma (con alguien con la imagen que yo tenía de ella), por un lado me apetecía la oportunidad de verla de cerca, por otro me podía mi sempiterna curiosidad, quería encontrar mis propios adjetivos, mi habitual diplomacia, la educación que me dieron en casa, me hizo esperarla en la acera con la mejor de mis sonrisas, la que se ensanchó y tornó en franca pocos minutos después, los necesarios para que Paloma extendiese sus redes (en las que nunca pretende confundirte) al asomar por el portal muerta de la risa (“Miguel Ángel me estaba llamando porque no tenía claro si venías a recogerme y yo le decía que me llamó alguien muy simpático que decía que tenía mi libro lleno de pósits, con muchas preguntas que hacerme, y él no lo ha dudado: “Entonces, hablaste con Óscar”. Y, claro, cuando además suena el portero automático y me dices que eres tú, yo le suelto: “Oye, parece que un Óscar está aquí, ahora nos vemos, a no ser que sea un secuestrador muy educado. ¡Qué gracia!”), al iniciar una conversación de igual a igual, tratándome como colega, sin ponerse en un escalón superior, hablando de mil cosas, ninguna relativas a Juan Pablo, amigo, el libro que venía a presentar, interesándose por mi trabajo, por mil cosas ajenas al Vaticano. “En realidad, la mayoría de las veces son los demás los que sacan el tema: se quiera o no, el Papa interesa, ese pequeño Estado en medio de Roma, ese lugar estudiado en Arte, que sale en los telediarios, en mil películas, que rezuma Historia, despierta interés, tiene una aureola propia que no tiene nada que ver con las creencias, nadie es inmune”, y puedo dar fe (nunca mejor dicho, aunque lo que sentí estremecerse en mi interior tuvo más que ver con el vértigo de los siglos, con la belleza que me rodeaba, con esa sensibilidad que llevo tan a flor de piel cuando me enfrento al eco de los que nos antecedieron, cuando me coloco ante cualquier manifestación artística), pude constatar que eso sucede cuando miras ese balcón tantas veces visto en fotos o televisión, esa Basílica impresionante, esa columnata de Bernini que quita los sentidos por su perfección geométrica, por su juego óptico, por su contundente realidad.

   Paloma siempre me pregunta por Pablo, no arruga la nariz, nos dedica los libros a los dos, insiste en que tenemos que ir a verla a Roma (¿Se imaginan tenerla como cicerone? Yo, desde luego, sólo de pensarlo me pongo a temblar por la emoción, porque con ella sería como entrar en el libro de texto al modo en que Mary Poppins se llevaba de excursión a los niños al interior de la baldosa dibujada por Bert), me habla de Madres de película (uno de nuestros reencuentros fue durante la promoción del mismo y se llevó un ejemplar a Roma), es una persona que no niega el saludo a nadie, que no pretende catequizar, que no esconde sus creencias pero no las impone, que acepta la oposición siempre que se cimiente, se explique, mantenga un discurso coherente, huye de lo incendiario, es una Sherezade que sabe tejer la historia para hipnotizarte (el modo en que, regresando de un Premio de Novela Ciudad de Torrevieja, paralizó a todos los que íbamos en su vagón contándonos el día en que pensó que habían asesinado a la revisora del tren de cercanías en que regresaba hacia Roma es digno de una maestra del suspense –es largo, y pierde al escribirse, al margen de que es su anécdota, pero puede que algún día, sobre todo si ella me da permiso, la transcriba-), sus ojos son vivaces, sus manos no paran quietas, es vitalista, infatigable (como va y viene de Roma y sólo estaba en Madrid poco más de un día la cita es a las nueve y cuarto de la mañana, pero cualquiera diría que ha dormido diez horas y te contagia el entusiasmo –“No me digas que este madrugón no te lo pegas por nadie más, que no sé qué decir”, “Es que es cierto, Paloma: ahora, para mi desgracia, tengo demasiado tiempo libre, pero lo de levantarse tan pronto como que no, jajaja. Pero no es un reproche: es necesidad de verte, ganas por estar un rato juntos” “No, si al final me sonrojaré”-). Sé que, de nuevo, habrá alguna voz que me acuse de sufrir el síndrome de Estocolmo, pero no se trata de eso porque lo que me gana es la persona, la colega cariñosa y respetuosa, la conversadora amena, a la que le preocupa poco si hablamos sobre Juan Pablo II: Recuerdos de la vida de un santo, su último trabajo publicado por Plaza y Janés, aunque lo hacemos, por supuesto, ya que gracias a este volumen –“Es una deuda que tenía pendiente, pero tenía muy claro que sólo iba a saldarla cuando le canonizasen; de no haber llegado ese momento, no lo hubiera escrito”- nos enteramos de que el Papa Wojtyla invitó a Liliana Cavani al Vaticano para ver junto a ella su película Francesco (ella, como Pasolini, como Saramago, como Scorsese, como tantos, se hace preguntas al margen de la ortodoxa, no pudiendo resistirse a lo que es una pulsión del ser humano, “y en contra de lo que algunos dicen, yo no lo veo una ofensa, porque su intención es la de comprender, comprenderse, son pensadores que engrandecen su objeto de estudio”, dice Paloma, “y así lo entendía el Papa, por eso quiso poner en común con Liliana lo que ella plasmó en la pantalla… ¡y mira que le dijeron que era como invitar al demonio!”), se reviven momentos muy conocidos a los que la autora aporta su visión, su recuerdo (“Es un libro que he ido anotando en mi corazón, es un archivo emocional, todo lo que no tenía cabida en las crónicas, sensaciones, evocaciones, los detalles esos que tanto me gustan, incluso más que el propio acontecimiento pero es al que toca prestar atención cuando ejerces como periodista”), mantiene sus opiniones (“No me hubiera gustado verle en sus últimos días, sé que no quiso esconder su agonía, que casi exigió aparecer en aquellos momentos terribles, muerto literalmente de dolor, sin poder emitir más que ese sonido gutural estremecedor, pero hubiera preferido no quedarme con esa imagen”), se descubren otros inéditos, insólitos, sorprendentes (“No escondo mi predilección, es comprensible, han sido 27 años y medio muy cerca de él; mi devoción es otra cosa, pertenece a mi intimidad, como debe ser. De todos modos, no quiero imponer ni convencer a nadie de nada: es un libro para los incondicionales, sí, pero no es excluyente, aunque tengo muy claro a quién agradará y a quién no”, y yo le digo que, a pesar de todo, cualquiera que la conoce la quiere y, de nuevo, deja que el candor coloree sus mejillas, mientras que empiezo a echarla de menos y a anhelar un próximo encuentro).

martes, 29 de abril de 2014

CICATRICES IMPOSIBLES DE BORRAR





   Uno, que tantas veces se ha reconocido aficionado al género policiaco, que tantas horas ha empleado (en contra de lo que le aconsejaban a veces “porque resulta indigno de un lector como tú perder el tiempo en esas novelas” -¡Ay, cuántos aupados a pedestales que no les corresponden y lo que se pierden allí subidos!-) en beberse todo lo que caía en sus manos si prometía asesinato, misterio, robo, rompecabezas (y, así, sentí que me hacía adulto en mi afición al interesarme por un libro que rezaba algo así como “una detective se hace internar en un manicomio para resolver un crimen”, es decir, Los renglones torcidos de Dios), del mismo modo ha sido (y es) fiel seguidor de las series (no de todas, tarea titánica por su modo de proliferar, pero sí de unas cuantas cada temporada) y películas que se articulan en torno a este tipo de tramas, vive con especial emoción el momento (por fortuna, muy prolongado en el tiempo) en que la crítica no es reacia a alabar las bondades de los autores (antaño sólo los más grandes, los indiscutibles, los que se consideraba que ejecutaban obras que, aunque camufladas bajo determinada etiqueta, poseían un fuste, una ambición, una altura literaria que se negaba a lo que era mirado con desdén por su carácter ínfimo –e incluso a escritores que hoy casi nadie discute se les ninguneaba o aplaudía lo justo o, en ocasiones, no se quería reconocer que eran los más ortodoxos para no rebajar el nivel de los que se congratulaban de sus hallazgos y por eso inventaban acepciones, eufemismos, otra categorización que eludiese el adjetivo maldito-), en que la oferta es muy abundante (incluso excesiva, siempre sucede así), en que este tipo de narraciones ha recuperado una de sus principales características (el análisis de la sociedad, sus taras, sus miserias tangibles y las que se intentan sepultar bajo una gruesa alfombra de apariencias, las corrupciones de cualquier poder, actualizando los esquemas, incorporando si conviene las novedades tecnológicas, en definitiva, utilizando las convenciones del género para preguntarse, sacar a la luz, diseccionar el aquí y el ahora –no olvidemos que ese era el interés primordial de señores como Raymond Chandler, Chester Himes, Horace McCoy o Ross Macdonald, lo que no era óbice para que diseñasen tramas apasionantes, historias entretenidísimas, búsquedas de criminales llenas de giros, sorpresas y pistas esquivas-). Y, por otro lado (o abundando en lo mismo: en la ausencia de complejos), podemos divertirnos enormemente con novelas que sólo buscan la evasión, la adicción, el juego de lógica, el que sigue funcionando (y deleitando, asombrando y complaciendo) si lo plantean Agatha Christie, Arthur Conan Doyle, Rex Stout o tantos otros, el que heredaron y engrandecieron Patricia Highsmith, Ruth Rendell, Donna Leon, P. D. James, Anne Perry (se me permitirá que, con toda la intención, sólo seleccione mujeres), el mismo que en España ha gozado y goza de muy buena salud gracias a la aportación y particularización llevada a cabo por Manuel Vázquez Montalbán, Francisco González Ledesma, Alicia Giménez Bartlett, Jerónimo Tristante y tantos otros que harían esta lista interminable (y no se me diga que mezclo churras con merinas, que uno escritores de muy diverso aliento, con intencionalidades muy distintas e incluso antagónicas, puesto que el propio género lo propicia al no aceptar una única denominación y todos los nombrados asumen, aceptan, reivindican el escapismo, la emoción, la turbación, alejándose de engolamientos o intelectualizaciones innecesarias, llamando a las cosas por su nombre y escribiendo maravillosamente bien–y cuando alguien sea capaz de no engañar al lector al modo en que lo consigue la autora de El asesinato de Rogelio Ackroyd con lo que podría quedarse en un pie forzado pero es una de las resoluciones más brillantes (y copiadas, aunque sin rozar el mismo resultado) y transgresoras jamás llevadas a cabo, aceptaré algunos de los epítetos que le dedican los que, en su mayoría, no se han molestado en abrir uno de sus libros-), sin olvidar la espléndida y sorprendente revisión llevada a cabo por lo que se engloba bajo el epígrafe de “novela negra escandinava”, otro ritmo, otro tono, una atmósfera ominosa y opresiva, narraciones psicológicas en las que importa tanto o más a dónde llevarán o cómo influirán las investigaciones en los que las llevan a cabo que el propio embrollo en sí (y ahí están Henning Mankell, Johan Theorin, Anne Holt, por no mencionar el fenómeno mundial que rompe moldes conocido como Millenium, aprovechando la ocasión para recomendar encarecidamente la serie Bron, la original, la producida entre Suecia y Dinamarca –igual que une a los dos países el puente que le da título-, con un personaje que, por derecho propio –y por la interpretación de Sofia Helin-, ya figura en los anales del género: Saga Norén).

   Y el caso es que Pablo acaba de terminar su acercamiento al universo de Patricia Cornwell al leer la primera novela protagonizada por la doctora Scarpetta (y está entusiasmado porque está muy bien escrita y porque, dice, es de esas historias que tanto nos gustan “en las que aparentemente no pasan nada”, esas ante las que más de uno que luego se las da de intelectual arruga el hocico porque en el fondo sólo quieren lo más elemental, esas que se paladean, que envuelven, que dosifican, esas que van dejando un poso y un peso, esas que no precisan de golpes de efecto, esas que trabajan por acumulación, es decir, y perdón por repetirme pero conviene hacer hincapié en ello, esas muy bien escritas) y que un servidor estuvo leyendo estos días una muestra más del inagotable y prodigioso talento de Georges Simenon, nombre fundamental a la hora de comprender el modo en que, por así decirlo, la novela policiaca se hizo mayor y varió los cánones; un magnífico creador de tipos, de ambientes, estudiando la influencia que ejercen en los caracteres, en las rutinas, en las acciones, en los impulsos criminales, el lugar en que uno reside, los locales que frecuenta, quiénes son sus vecinos, primando lo íntimo, lo anecdótico, los sucesos históricos, lo cotidiano, por encima del misterio al uso, aunque sabe trenzarlo y desarrollarlo con maestría cuando lo precisa, en cuyo epicentro encontramos con una de las creaciones más apabullantes que ha dado la literatura mundial: el comisario Maigret, huraño, bronco, con una furia interna que no siempre controla, comprensivo con el que piensa que lo merece sin importarle de que esté acusado, desconfiado, incluso rencoroso, ante cualquier privilegiado, enorme sabueso que olfatea el mal, que lo identifica por una variación en el aire, tremendamente sensible a los fenómenos climatológicos, terrible pero irresistible. Precisamente he terminado La muerte del señor Gallet, uno de los títulos en que a Simenon menos le importa ir diseminando pistas, ya que no busca la complicidad del lector desde esa perspectiva (aunque sabe crear unas cuantas incógnitas que nos obliguen a mover la materia gris) sino implicarlo emocional, social, personalmente (si bien es cierto que se dirige a personas que vivían en Francia en 1930, el asunto principal aún resulta relevante), y ha sido la mejor manera para poner colofón a una lectura que me ha satisfecho enormemente y que me hizo rememorar al escritor belga y a su criatura (por eso necesité zambullirme en algunas de las páginas a él debidas en las que el comisario fuese protagonista): me refiero a Clavos en el corazón de Danielle Thiery que ha publicado hace poco en España La Esfera de los Libros con traducción de Julia Alquézar.

   Desde sus primeros compases, hay un eco en sus páginas que lleva a pensar en Maigret, sin que eso suponga un mero ejercicio de imitación o sin que el neófito quede excluido por el uso de un código restringido: es una comunicación interlineal que apuntala la narración, un referente que sobrevuela, un guiño cómplice que aporta seguridad, un reconocimiento que resulta confortable al iniciado, puesto que el comandante Revel tiene un aire familiar, una personalidad pareja a la de su antecesor, aunque no se queda en el mero remedo y muy pronto comienza a desarrollar la suya propia. Daniele Thiery posee una escritura muy rápida, muy efectiva, lo que no le impide fijarse en los detalles, ilustrar perfectamente escenarios y sobre todo temperamentos, idiosincrasias, hacer reconocibles a sus criaturas, humanizarlas para que, más allá del necesario artificio que debe mover una historia de este tipo, establezcamos comunicación con ellas, las comprendamos o rechazamos a conveniencia del tono, de la situación, de la progresión, pero jamás nos resulten ajenas; Revel llega a nuestras vidas con un equipaje demasiado pesado, con un interrogante grabado a fuego en su corazón, con la autodestrucción como forma de vida (todo un oxímoron filosófico, para que se compruebe el alcance de la narración, sin que eso suponga parrafadas abstrusas o meandros prescindibles), una manera de encarar su profesión, las relaciones con los demás, que se convierte en el elemento central en torno al cual pivotan el resto de subtramas y, por supuesto, las incógnitas, los crímenes que deben resolverse. Que el comandante posea estos rasgos tan poderosos, que a veces nos mueva a la piedad, otras al dolor, algunas a la admiración y muchas a la incomprensión, enriquece enormemente una clásica trama jugada en dos tiempos (al modo de lo que ha conseguido con mano maestra Toni Hill en sus dos primeras novelas, El verano de los juguetes muertos y Los buenos suicidas, de las que esperamos impacientes la continuación), ese eterno retorno a los casos no resueltos, a los que continúan abiertos, a los que impiden que las heridas emocionales restañen, más agudizado aquí, puesto que Revel querría poner punto y final a lo que desde hace diez años es su obsesión, un martilleo constante en su conciencia, un barrenar constante que le horada el alma, que le incapacita para las relaciones de ningún tipo, que le lleva a obsesionarse hasta la extenuación y la aniquilación física y mental con lo que debe resolver como policía, que le hace involucrarse más allá de cualquier límite lógico, dar vueltas a lo sucedido cierta noche de diciembre de hace diez años en que su mujer desapareció sin dejar rastro, momento en que el mundo pareció detenerse, culpabilidad que arrastra y con la que se hiere con saña, la misma que arroja sobre los demás, víctima y verdugo en una ambivalencia peligrosa que toma una deriva hacia el abismo, sin remisión y con una onda expansiva de amplio diámetro.

   Clavos en el corazón sabe escarbar, profundizar, llevarnos a extremos desasosegantes (¿Cómo reaccionaríamos nosotros en circunstancias parecidas? –sí, ya sé que no son deseables ni susceptibles de ocurrir, aunque están narradas con tal verismo que, qué quieren que les diga, la experiencia demuestra que la realidad siempre termina por superar a la ficción-), pero, por encima de todo, es una novela que cumple la función fundamental del género en que se inscribe (tal vez sólo pueda achacársele que la resolución, creíble, honesta, plausible, lógica, se haga mediante informes policiales, fríos, solemnes, profesionales, que rompen un tanto con la humanidad del resto de la narración) y que, al tiempo que nos obliga a leer compulsivamente, hace que pensemos en esas llagas que, aunque creamos sanadas, están más a flor de piel de lo que desearíamos, demasiado cerca del corazón, acumulando sangre y pus, latiendo frenéticamente, a punto de estallar en cualquier momento y supurar torrentes incontenibles de humores que envenenen nuestra existencia.               

miércoles, 23 de abril de 2014

LA SABIDURÍA DE LA SIMPLICIDAD






Hoy pudiera parecer un día para escribir, y sin duda lo es, pero quiero hacer hincapié en la celebración del Día del Libro (el único de este tipo que espero, anhelo, venero, respeto, cumplo, aunque en realidad lo hago todos y cada uno de los 365 que tiene un año -366 si toca bisiesto-) y, por lo tanto, aún mejor que dar forma a algo que pueda ser leído es colocarme en la posición que más me ha gustado desde que tengo memoria, compartir el placer siempre satisfecho que no se agota, el disfrute buscado en cualquier momento y lugar, la aventura de asomarme a unas páginas, la irresistible atracción que ejercen sobre mí las palabras de los demás (con ciertas excepciones que ahora no vienen al caso –ni nunca lo harán, ¿para qué?-), la satisfacción del lector, el deleite de dejarse arrastrar por los vientos, por los huracanes convocados por la imaginación, el talento, la entrega de personas que se preguntan, indagan, escarban, profundizan, se divierten, sufren, asesinan, descubren, aman, lloran, olvidan, recuerdan, denuncian, ocultan, persiguen, evocan, fabulan, suponen, creen, inventan a través de sus personajes y nos regalan el billete que no conoce fronteras, que no pierde vigencia ni posibilidades de uso, que encuentra nuevos itinerarios con suma facilidad; por eso, hoy más que nunca me reivindico como lector y me encanta compartir ese nirvana, ese estado de flotación, esa sensación tan difícil de explicar pero tan maravillosa de vivir, con tantos que así se sienten, con los que convertimos en un acontecimiento cada nueva incorporación a esa biblioteca que por muy abarrotada que esté, por mucho que los volúmenes se hacinen, a pesar de que nos vemos obligados a guardarlos en cajas, en triples filas, en un lugar más insólito, jamás consideramos completa o bien surtida. Y con toda la intención del mundo guardé para hoy una recomendación que, en realidad, no he dejado de hacer desde que tuve noticia de su existencia, aunque gracias a Alianza Editorial podamos disfrutar de uno de sus mejores títulos, de una de sus obras más aplaudidas y deslumbrantes, de una novela que ya no hay que buscar desesperada e infructuosamente, puesto que ahora mismo puede encontrarse en las mesas de novedades de cualquier librería: mi permanente devoción es para Elena Poniatowska, centrándome en esta grata sorpresa que es la reedición de Hasta no verte Jesús mío.

   “Algún día que venga ya no me va a encontrar; se topará nomás con el puro viento. Llegará ese día y cuando llegue, no habrá ni quien le dé una razón. Y pensará que todo ha sido mentira. Es verdad, estamos aquí de a mentiras; lo que cuentan en la radio son mentiras, mentiras las que dicen los vecinos y mentira que me va a sentir. Si ya no le sirvo para nada, ¿qué carajos va a extrañar? Y en el taller tampoco. ¿Quién quiere usted que me extrañe si ni adioses voy a mandar?”, así se presenta Jesusa Palancares, una de las creaciones más deslumbrantes de esta escritora y periodista, de este referente ético y profesional, de una de las mujeres (y hombres) más lúcidas, humildes, generosas, entregadas, trabajadoras e inteligentes que he tenido la fortuna de conocer, de tratar, de abrazar, una franca sonrisa, unos ojos vivaces y poderosos, una capacidad apabullante para plasmar en pocas palabras el sentir, el dolor, las reivindicaciones, las emociones, los pensamientos de los arrinconados, de los explotados, de los olvidados (nunca mejor el guiño al maestro Buñuel a la hora de agasajar a esta gran dama de las letras mexicanas, de las letras universales), una lucha permanente que supera los dogmatismos, los discursos fáciles y huecos, lo aparatoso, el afán por figurar, un compromiso que destila por cada poro, en cada escrito, sin ínfulas, sin darse importancia, escribiendo quedito pero sin doblegarse, acariciando con su voz que arrulla (así lo hace igualmente su prosa), pero llamando a las cosas por su nombre y presentando batalla sin amedrentarse, clamando en todas direcciones, fiel a sí misma y por encima de todo a cualquiera que sufra, que pase calamidades, que sufra injusticias vengan de donde vengan. Así, por ejemplo, resume la revolución mexicana en un momento de su obra maestra, ésta que nos ocupa: “Allí fue donde los mariscaleños, la gente de Mariscal, comenzaron a balacear a Julián Blanco que era carrancista. Había sido zapatista lo mismo que Mariscal, pero cuando los carrancistas se hicieron del puerto, todos se voltearon a ser carrancistas. Se olvidaron que eran zapatistas. Así fue la revolución, que ahora soy de éstos, pero mañana seré de los otros, a chaquetazo limpio, el caso es estar con el más fuerte, el que tiene más parque… También ahora es así. Le caravanean al que está allá arriba encaramado. Pero adoran el puesto, no al hombre. La prueba es que de cuando se acaba su tiempo, ya ni quien lo horque”; ésta es Elena Poniatowska: clara, directa, sencilla, asombrando en cada frase por su limpieza de estilo, por su continua innovación, por su enriquecimiento del lenguaje, por beber de todas las fuentes, por no ponerse límites, por aprovechar todas las posibilidades del riquísimo español de América, por expresarse con aplastante mundanidad, con lo que para tantos imbuidos de autoridad que hiede a naftalina serían barbarismos o incorrecciones o jergas o coloquialismos, por encontrar el punto en que, con las particularidades de cada uno, todos nos comprendemos porque poseemos un mismo idioma.

   Y con esa facilidad para encontrar la palabra justa, con ese despojamiento de artificio, Poniatowska no se entretiene en lo accesorio, en lo decorativo, desaparece en el texto (y ese es su mayor virtuosismo, su mejor característica: que se note su mano, su tono, su sabiduría, sin enrocarse en culteranismos ni parrafadas abstrusas, en saber suprimir) para que sea su personaje el que se explique, el que nos provoque más de una carcajada, muchas reflexiones, nos emocione, nos indigne (no todo lo que dice ha de ser compartido), nos deje con la boca abierta, sea la más autocrítica, la más mordaz, la más inmisericorde consigo misma: “Soy como los húngaros: de ninguna parte. No me siento mexicana ni reconozco a los mexicanos. Aquí no existe más que pura conveniencia y puro interés. Si yo tuviera dinero y bienes, sería mexicana, pero como soy peor que la basura, pues no soy nada. Soy basura a la que el perro le echa una miada y sigue adelante. Viene el aire y se la lleva y se acabó todo… Soy basura porque no puedo ser otra cosa. Yo nunca he servido para nada. Toda mi vida he sido el mismo microbio que ve… (…) Pero no estoy triste, no. Al contrario, vivo alegre. Así es la vida, vivir alegre. Y ya. Vive uno. A pasar. Porque no puede uno correr. ¡Ojalá y pudiera uno correr para que se acabara más pronto la caminata! Pero tiene uno que ir al paso como Dios disponga, siguiendo a la procesión”. Y golpea con su verbo a todo aquel que lo merece, explicando por qué, incluso cuando se deja llevar por lo irracional, por esos arrebatos que nadie sabe explicar pero no pueden refrenarse: “Las monjas me caen todavía más gordas [que los curas] aunque no estén embarazadas. Yo las he visto, y por eso les digo con toda la boca: mustias hijitas de Eva, no se hagan guajes y denle por el derecho a la luz del día. Además, curas y monjas ¡qué feo!, unos y otros tras de sus naguas. Porque hay mujeres amantes de las naguas negras y del olor a cura. Las he visto. Las he oído rechinar. Si no, no les echaba la viga. No le hace que vaya yo a asarme en los infiernos pero es la mera verdad. Todos los curas comen y tienen mujer y están gordos como ratas de troje. Antes, las monjas eran sus queridas. (…) Y eso no es justo. Al pueblo lo engañan vilmente. No creo que haiga buenos. No lo creo. Ése es el único defecto que he tenido: que no creo. No hay bueno, ni buenas. Todos somos malos sobre el haz de la tierra”. Y no tiene reparos en decir que “estuve en varios sindicatos pero cuando vi que todos eran puros convenencieros les dije: -Allí les dejo su arpa, ya no toco” y abundar en el asunto: “Con el sindicato fregaron tanto al que puede como al que no puede. ¡No es chiste! ¡Ni siquiera le ayudan a uno! Al contrario, lo arruinan. Y no nomás arruinan a dos o tres; arruinan a todos los que se dejan, a todos los necesitados que no tienen más remedio que apechugar. ¡Al que no está sindicalizado no le dan trabajo, hágame favor! Así es de que ése se aguanta el hambre y si está sindicalizado, le sacan sus centavos: que cuota para esto y cuota para lo otro. Total: un desmadre. Y luego los discursos: “Compañero, en el acuerdo de la junta del pasado mes de octubre…”, total otro desmadre. A mí que no me anden compañereando”. ¡Quién diría que escribió Hasta no verte Jesús mío en 1968 y que está narrando sucesos de la primera mitad del siglo XX! Estoy convencido de que no se arrepentirán si leen a Elena Poniatowska, es una verdadera intelectual, una periodista infatigable y honesta, una escritora brillante y una mujer necesaria.

   P.D.: No me resisto a copiar el regocijante discurso con el que ha agradecido el Premio Cervantes 2013 que hace unas horas le fue entregado en la Universidad de Alcalá de Henares:


«Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.

   >>Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.

   >>La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.

   >>A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.

   >>María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.

   >>Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: «Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato».

   >>Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema «Primero sueño». Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.

   >>Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela-testimonio «Hasta no verte Jesús mío», no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.

   >>Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el «Marqués de Comillas», el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos «a la inmensa vida de México» —como diría José Emilio Pacheco—, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.

   >>Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: «¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?»

   >>Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. «Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó». O esta que es aún más aterradora: «Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!»

   >>Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.

   >>Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra «gracias» y pensé que su sonido era más profundo que el «merci» francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: «Zona por descubrir». En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: «Descúbranme». El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.

   >>¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados.

   >>Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: «Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren».

   >>Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. «Vivos los llevaron, vivos los queremos».

   >>La última pintora surrealista, Leonora Carrington, pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.

   >>Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.

   >>«¿Quien anda ahí?» «Nadie», consignó Octavio Paz en «El laberinto de la soledad». Muchos mexicanos se ningunean. «No hay nadie» —contesta la sirvienta. «¿Y tú quién eres?» «No, pues nadie». No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: «Pues póngame nomás Juan», no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.

   >>Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado «La Bestia» con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.

  >>En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una «Homérica Latina» en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en «angelitos santos», la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos —en México los llamamos boleros—. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: «Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más». Habría sido mejor que dijera «un limpiabotas venido a menos». Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.

   >>Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz.

   >>Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos, quisiera contarles que tuve un gran amor «platónico» por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri —cárcel legendaria de la ciudad de México—, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados «conejos», nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.

  >>Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.

   >>Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, «ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas». Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.

   >>El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.

   >>A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó:
—Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?
Paula le dijo su edad y Luna insistió:
—¿Antes o después de Cristo?
Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el «Excélsior», que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: «Espero alegre la salida y espero no volver jamás».

   >>A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.

   >>En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar «cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando». Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección».