sábado, 20 de octubre de 2018

LAS BUENAS GENTES DEL PUEBLO








   Siempre es un gusto regresar a La Regenta, aunque sólo sea para quedarse en lo obvio, en su primera frase (fabulosa pero también muy cacareada, sobre todo por gente que apenas ha pasado de ahí y se las da de sabihonda), esa que, por más que se repita, descontextualice, utilice sin ton ni son y/o trivialice, no pierde fuerza ni capacidad evocadora o inspiradora, cómo no intentar anticipar todo lo que puede venir detrás de una sentencia tan enigmática, sorprendente, descriptiva, concisa y al mismo tiempo ambigua, tan si se quiere chocante, una sentencia que, por más que la conozcamos, mantiene intacta su capacidad de sorpresa y es cosquilleante promesa de lo que vendrá a continuación. “La heroica ciudad dormía la siesta”. ¿Se puede decir más con menos? Sin exagerar ni un ápice, es posible afirmar que en esas seis palabras se resume toda la novela, ahí queda recogida cuando menos su esencia más profunda, aquello que en gran medida caracteriza y unifica a la amplia nómina de personajes que habita sus páginas (y, por ende, a Vetusta, esa heroica ciudad tan similar a Oviedo, de ahí las ampollas que en su día –1884- levantó la obra, algunas de las cuales siguen hinchándose y doliendo -molestando, si les suena menos punzante- hasta hoy mismo), son seis palabras, como diría el bolero, de las que destilan pasiones, miserias (sobre todo morales), dobleces, angustias, el propio caldo de cultivo en que se cuece todo ello (y más) en ese microcosmos que, como tantos que reciben ese nombre, es una mera representación a escala de lo que en rasgos generales es igualmente propio de otros que también merecen ese nombre literaria y si se quiere vitalmente hablando, al final del mundo entero (ya dijo no sé quién que las cosas grandes son tan sólo bloques de menudencias). Y en uno de estos mundos pequeños, cerrados, aislados (no sólo geográficamente, aunque en el caso que nos ocupa el paisaje, la naturaleza, los fenómenos naturales tienen mucha influencia en este aspecto, en realidad lo condicionan, propician, potencian, exacerban), en, como se anuncia en la contraportada, “un pueblo pequeño en mitad de Castilla en las postrimerías del franquismo”, en un entorno físico y psicológico que posee ecos no sólo de don Leopoldo Alas sino, especialmente, de Aldecoa, Delibes, Pinilla, Martín Gaite, Matute y gran parte de la nunca suficientemente aplaudida y brillante generación que batalló contra la censura, bien directamente, bien con ingenio, sutilezas, dobles sentidos, subtextos y otras espléndidas argucias artísticas y narró (durante y después -salvo, por desgracia, en el caso del primer citado, fallecido en plena madurez creativa-) sin paños calientes ni voces oficiales lo que sucedía en aquella España que, querámoslo o no, no ha desaparecido del todo (incluso se ha reproducido en otros paisajes, en otros escenarios, ya estaba ahí y todavía está, como el dinosaurio de Monterroso), en un microcosmos asfixiante, opresivo y claustrofóbico sitúa Enrique Llamas la acción de Los Caín, su deslumbrante ópera prima, publicada por Alianza de Novelas.

   Como otras tantas canciones y voces consideradas subversivas (algunas estuvieron prohibidas -y los surcos de los discos en que estaban grabadas rayados para evitar tentaciones, descuidos o atrevimientos-, otras silenciadas, amordazadas y/o exiladas, las hubo que permitidas, aunque con muchos reparos y retoques obligatorios, cuando no tachones, para superar la barrera que suponía la censura y ser publicado -también hubo quien, como se indicó más arriba, de esta nada deseable circunstancia sacó inspiración para burlarla con ingenio y soltura-, de algún que otro disco me decía la tía Carmen que no contase en el colegio que lo teníamos en casa), El maestro de Patxi Andión ha formado parte de mi banda sonora desde que tengo uso de razón, antes de comprender del todo lo que su letra (aunque no he dejado de analizarla y de extraerle contenido, todavía es muy necesaria, no habla de algo del pasado como sería de desear) denunciaba sin medias tintas, de ahí que hubiera que maquillar/cambiar alguna palabra para ser grabada, de ahí que durante un tiempo no fuese fácil encontrarla, de ahí que siga arrasando y perturbando con la misma intensidad (o puede que con el valor añadido que aportan los años del oyente en lo que a experiencia y conocimiento se refiere) desde ese comienzo diríase fantasmal, con poco más que una nota sostenida muy en segundo plano que deja casi desnuda la voz del cantautor, rotunda y afilada aunque contenida para estallar en la palabra final de la primera estrofa, precisamente la que da título a la canción (“Con el alma en una nube/ y el cuerpo como un lamento/ viene el problema del pueblo,/ viene el maestro”). Y, como dice la propia canción, por estas y otras razones he escogido una de sus frases para dar título a este texto, fue inevitable acompañar mi lectura con el tarareo interior (aunque a veces se me escapó el canturreo por entre los dientes) de la creación de Patxi Andión, ya que un maestro, un extraño, un ajeno, un elemento indeseado, uno de fuera, una pieza que no encaja, un forastero llega al ficticio pero tan real Somino, trasunto de tantos pueblos (o villas o barrios o comunidades, da igual el nombre cuando se trata de un grupo que se siente diferente al resto y que proclama su singularidad excluyendo a quien no pertenece a ese círculo), es su historia la que sirve como hilo conductor en esta novela coral en la que, por más que casi todos estén identificados con nombres, apellidos y hasta motes (la mayoría burlones, hirientes, despectivos, utilizados para señalar), el auténtico protagonista es el conjunto, la atmósfera ominosa que se cierne sobre aquel punto, el compartimento estanco en que los habitantes/dueños del pueblo (y de sus gentes) salvaguardan sus tradiciones, sus rituales, sus costumbres, es decir, sus odios, sus deudas pendientes, sus prejuicios, sus luchas enquistadas y heredadas, los comportamientos que consideran propios y naturales y que no consienten nadie les venga a juzgar y cambiar, perpetuando inquinas y enfrentamientos cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y cuyas causas desconocen las nuevas generaciones, sólo saben que deben continuar la labor de sus ascendientes, que deben alimentar (y aumentar) la herencia recibida.

   “De algunas cosas sólo sabemos que nos oprimen cuando estamos exentos de ellas” se dice en un momento dado de Los Caín; incluso aunque se vea la situación con ojos más o menos limpios, poco o nada contaminados por lo que en el lugar es cotidiano, inmerso en ella resulta más complicado analizarla, contemplarla con distancia, aunque el que llega de fuera posee otros referentes, otro modo de pensar y actuar, trae consigo una aureola de renovación (por el mero hecho de venir de otro lugar), un aire fresco que alerta y resulta peligroso para la comunidad cerrada en sí misma que sospecha de cualquiera (y lo condena en juicio sumarísimo en que impera el instinto y no la razón, sin escuchar los razonamientos del otro, ¿para qué si sólo existe una verdad, es decir, la suya?, aplicando sus propios códigos, ejecutando una y otra vez sentencias ancestrales y personales que han transformado en leyes), no es insólito (ni mucho menos casual) que la canción citada entronque directamente con esta historia de la que vamos a ocuparnos o con aquella que Manuel Rivas supo concretar en unas cuantas páginas en las que se masticaba el dolor (La lengua de las mariposas no precisaba más, algo notorio en la tan estirada versión cinematográfica -por más que utilizase otras narraciones del mismo autor- que sólo un prodigioso Fernando Fernán-Gómez sacaba adelante). El auténtico maestro, aquel o aquella (no podemos olvidar a las muchas mujeres que, con absolutas vocación y entrega procuraron que los niños de entonces gustasen de la lectura, los números, la Historia) que merece ese nombre más allá de la profesión que ejerce, supone el acceso al conocimiento, a la independencia, al pensamiento propio, al discernimiento, oxigena mentes, abre ventanas, abate barreras, estimula la curiosidad, rompe con lo establecido aunque no sea esa su pretensión, por eso es alguien a conquistar (es decir, convencer, adherir a la causa, fagocitar, anular) o a abatir (o, simplemente, a batir), más aún, como decíamos, en Los Caín, puesto que Héctor, el joven e inexperto maestro, viene desde la capital y sólo por un año, motivo más que suficiente para impedirle alterar ninguna de las condiciones que hacen de Somino un hábitat tan, valga el oxímoron, poco habitable (para el extraño, aunque no sólo para éste). Enrique Llamas no se anda con chiquitas, su prosa es afilada, cortante, árida como aquello y aquellos a los que retrata, su verbo posee la contundencia de lo inevitable, de lo que no se quiere cambiar, la rudeza de lo agreste (utilizando el adjetivo tanto para definir el paisaje como el interior de las gentes) y, al mismo tiempo, una lírica en bruto (nunca mejor dicho), una poética que se escurre entre las palabras intentando horadar la endurecida y sólida coraza bajo la que laten rencores, enemistades y duelos (en uno u otro sentido) de los que ya nadie recuerda de forma clara los motivos o porqués. Como ejemplo del modo prodigioso en que el joven autor hace convivir estas dos pulsiones que alimentan la novela y la convierten en una experiencia inolvidable, valga el modo en que describe el paisaje que Héctor encuentra a su llegada, cuando se ha perdido buscando un pueblo verdaderamente abandonado de la mano de Dios, pero lo que ve (o no ve) a su alrededor es igual de desolador y desolado: “No tenía nada que lo hiciera siniestro, pero le sobraba algo para dejar de parecerlo. Los vientos amarillos se plegaban a las suaves ondulaciones de un terreno que, según la sensibilidad de las yemas de los dedos, al atardecer ya tenía las sombras frías”.

   Enrique Llamas combina los tiempos y hasta las voces narrativas con dominio de maestro, con mano firme que suele decirse corresponde a un escritor maduro y así es como hay que considerarle, no importa su juventud (la edad, como tantas veces se afirma, es una mera circunstancia), como alguien que, aunque a buen seguro nos va a deparar muchos motivos para la sorpresa y la algarabía, tiene bien formada y forjada su escritura, alguien que demuestra oído, gusto, delectación, alguien que debe haber emborronado muchas páginas (o borrado muchas líneas de ordenador o al menos lo ha hecho anímica, mental, vitalmente, se nota que lleva la escritura en las venas, en el corazón, que desborda las yemas de los dedos, que detrás de cada palabra hay una búsqueda -y un hallazgo-). Así, el hecho de que cuente la historia desde el presente, evocada, recreada, sublimada, el hecho de que la narre alguien a quien se la contaron y a veces tiene que imaginar, rellenar los huecos, despejar las incógnitas, detectar incoherencias es, por así decirlo, una vuelta más de tuerca en torno al asunto principal: lo que se lleva diciendo en el pueblo muchos años, lo que está allí antes de que más de dos y de cinco hayan nacido, los estigmas que uno arrastra por sus apellidos, lo que se da por probado aunque no haya sucedido, ese constante runrún que no deja escapatoria, lo que llega sin tener muy claro su origen y sobre todo su realidad pero emponzoña, asfixia, deja huella: “Supongo (…) que lo que sí crece hoy en mis palabras es la hipérbole de lo acontecido aquellos días, porque Somino es de esos lugares que vive de la exageración del recuerdo y la exaltación del detalle”. Y son los niños la semilla para seguir sembrando y, al mismo tiempo, el terreno más fértil para que las deudas se sigan satisfaciendo, mientras otras se generan automáticamente, sin solución de continuidad, esos niños que son aún más impenetrables que sus padres y familiares varios, esos que traen la única lección que allí importa muy bien aprendida (y aprehendida) de casa y, con su corta edad, expresan los sentimientos sin cortapisas ni filtros, en su estado más primigenio, provocando pavor, hablando “(…) como si con sus palabras cavara un hoyo para sepultar a alguien. Había odio, odio claro y depurado en su forma de hablar, odio fino. Jamás se acostumbraría a ese odio en los críos. Odio nítido y negro, venenoso y, sobre todo, con tendencia al contagio”.

   Los Caín sacude en cada página, en cada frase, en cada palabra que parece esculpida, trabajada con cincel, porque así están grabadas en las mentes y los corazones de los habitantes de Somino, al menos lo que éstas explican a los ajenos, ellos ni se las plantean, ni las buscan, optan por seguir alimentando la oscuridad, la cerrazón, la ceguera que les hace comportarse como animales heridos, siempre revolviéndose, atacando antes de/que dejarse vencer, prisioneros y carceleros de un círculo vicioso cada vez más ceñido y con menos diámetro, por eso les estorba cualquier elemento (persona) extraño, mucho más si representa una autoridad a la que (se supone al menos) tienen que plegarse: “(…) aquello no salió de las molleras de los del pueblo, y la Guardia Civil no consiguió, en todas las veces que estuvo con la familia de Julio, averiguar qué había ocurrido en aquel cultivo ni cuáles eran las causas de la afrenta. Su dueño temía que la Benemérita indagara en los motivos por lo que su campo había amanecido muerto y encontrara otros nada agradables. Probablemente dieran con aquello que le hizo, meses ha, robarle un lechal al Llano. (…) Y así un motivo tras otro, perdiéndose en la lejanía y confundiéndose entre ellos, al igual que las copas de los árboles empiezan a parecer la de uno solo cuando forman un bosque. Un bosque que había estado siempre, antes que los abuelos de los abuelos, antes incluso que los muros de la iglesia y sin el que no se concibe el paisaje”. Puede decirse (en parte tal vez lo he insinuado yo mismo) que Enrique Llamas recupera una tradición, en realidad lo que consigue es demostrar la vigencia de modos narrativos que algunos han querido desterrar o dar por obsoletos (cuando el envejecimiento inmisericorde se nota especialmente en el contenido, en historias que dejan de interesar, la manera de contarlas viene después), vigorizándolos y haciéndolos suyos, demostrando su pertinencia y vigencia, porque aquello que nos cuenta no está muy lejos, porque no hace falta mirar al pasado o a los lugares pequeños, perdidos, abandonados/olvidados, y deja clara su perspicacia al hablar de algo sucedido cuarenta y pico años atrás, antes incluso de nacer él, porque al leerlo nos damos cuenta de que el tiempo es lo de menos, de una manera u otra siguen sucediendo hechos (tragedias) similares y es en ese momento cuando el libro adquiere su dimensión plena de documento/testimonio y, al mismo tiempo, de realidad de ahora mismo, escarbando en la memoria de algunos lectores, dando a conocer a otros, haciendo reflexionar a todos, estableciendo puentes entre generaciones que se sienten más despegadas y diferentes de lo que en realidad son. “Lo cuento todo del mismo modo en que se escriben los sueños inmediatos para evitar perderlos -por claros que parezcan- en la neblina de la luz del día”. Que lo siga haciendo, que refrende las veces que crea necesario este auténtico triunfo de la literatura.

domingo, 7 de octubre de 2018

ONDA EXPANSIVA






   El proverbio chino sólo decía (¡Y no era poco!) que el aleteo de una mariposa podía escucharse en el otro lado del mundo, las investigaciones del matemático y meteorólogo Edward Lorenz fueron la base fundamental para denominar efecto mariposa a un concepto vinculado a la Teoría del Caos y que suele resumirse, en un claro parafraseo del adagio mencionado, en una especie de fórmula que asegura que el aleteo de un insecto en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York. De una forma u otra, es algo que experimentamos casi a diario o que establecemos a toro pasado cuando analizamos determinados acontecimientos y buscamos sus causas, tal vez a veces sin demasiada verosimilitud, tan sólo porque queremos creerlo así o porque nos sentimos más seguros (o más tranquilos o menos responsables o sea por lo que sea) si encontramos una explicación a lo que en muchas ocasiones no la tiene (o no rotunda, no total, no cerrada, puede que estemos en medio de un proceso que aún no puede ser observado en su totalidad y con la distancia pertinente); si bien es cierto que lo que los estudiosos y expertos en la materia buscan con el efecto mariposa es confirmar que el universo, como todo buen sistema caótico que se precie, es impredecible, que un acto o hecho concreto desencadena una secuencia interminable de ellos que terminan por tener consecuencias impredecibles, siempre está la tentación, tan humana, de recorrer el camino a la inversa intentando llegar al germen, al origen, al vórtice, a veces nada sencillo de encontrar. Y así es como vidas en principio ajenas se mezclan, se influyen, se transforman en una sola, afectan a su vez a otras, por más que no convenga olvidar aquello tantas veces dicho y que puede considerarse una reformulación (más pedestre y de andar por casa, si se quiere, sin duda más determinista -pero real-) del efecto mariposa que señala que toda acción produce un resultado, así se construyen muchas novelas, así se cuentan muchas de las historias que nos cautivan, algo de todo eso encontramos en La noche de las medusas, la nueva obra de Jacinto Rey publicada por Suma de Letras a principios del pasado septiembre.

   Podríamos recurrir a la extendida alegoría de las matrioskas o las cajas chinas (incluso se reconoce con ese nombre a la técnica literaria a que vamos a referirnos) para sintetizar la enrevesada (por personajes, escenarios, sucesos, épocas) estructura de esta novela, pero aquí se trata más del modo en que algo sucedido hace un tiempo sigue haciendo notar sus efectos, cómo los círculos producidos por una piedra arrojada al agua no dejan de formarse, cómo la onda de choque no decrece, así lo expresa el propio autor en la solapa: “Hay momentos que definen nuestras vidas. Una noche de 1945, un ejército de medusas luminiscentes convertirá la cosa de Tánger en un paisaje onírico, haciendo que la vida de nuestros personajes cambie para siempre. Una historia de búsqueda, autodescubrimiento, venganza, expiación y redención”. No sé (o nunca me lo había planteado hasta ahora en estos términos) si es por gustar del efecto mariposa (siempre lo había atribuido más a una cierta deformación profesional, a la experiencia de construir textos), el caso es que han sido muchas las ocasiones en que me he preguntado (con admiración, con asombro) cuál habrá sido el punto de partida de una novela compleja con diferentes subtramas por más que todas, en mayor o menor medida, alimenten la principal, cuál habrá sido ese primer fogonazo que se fue multiplicando en la imaginación y el ánimo del autor, cómo se comportó la onda expansiva de esa inspiración primigenia hasta adoptar su forma definitiva, por dónde (no siempre es por lo que al final se reconoce y utiliza como cimientos) se empezó a levantar todo el edificio y, privilegios de este oficio, también han sido muchas las oportunidades en que la respuesta me ha llegado de boca del propio autor, tal y como sucedió hace poco más de dos semanas cuando, junto a mi Pepa Muñoz, compartí conversación con Jacinto Rey en las oficinas que el grupo editorial al que pertenece el sello que le edita tiene en Madrid. Como ha quedado dicho y el título expresa/anticipa, esa noche de las medusas (lo que sucede en ella) será el detonante de lo que aquí se narra, también fue lo que puso a Jacinto a escribir una vez más: “El punto de partida fue la imagen de esa noche de las medusas en el Tánger de 1945. Desde ahí empecé a tirar de los cabos para ir construyendo una historia que, fundamentalmente, trata de una venganza, algo muy literario y que puede servirse cruda, fría, ser inmediata o calculada, irascible, la de aquí se va cociendo a fuego lento y permite ir dosificando la acción”.

   Ahí reside una de las mayores virtudes de la novela: su ritmo medido e imparable/implacable, una perfecta combinación de velocidades, un magnífico control del acelerador y de cuándo conviene levantar el pie del mismo, un pulso firme al volante que permite al escritor ahondar en las psicologías de sus personajes, detenerse en aquellos detalles que serán relevantes en algún momento, dar las pinceladas precisas para esbozar (y hacer evocar) una época (o dos, para ser preciso), dosificar los momentos vertiginosos, que las sorpresas no dejen de sucederse pero como algo natural (volvemos al comienzo), como algo inevitable, llámese efecto mariposa, llámese daño o efecto colateral, llámese como se quiera, Jacinto Rey prefiere hablar de “destino”: “Aparece un destino que persigue a algunos personajes, incluso a través de varias generaciones, hay secretos que pertenecen a los padres pero tienen consecuencias en sus hijos. Así, el destino se vuelve trágico y golpea de diversas maneras a los personajes, me gustan las historias en que ese viaje es largo y complejo”. Puesto que uno habló antes de “estructura enrevesada” y que ahora el propio autor habla de un “viaje largo y complejo”, conviene aclarar (y aplaudir) que La noche de las medusas es una novela asombrosamente corta para todo lo que cuenta, un proyecto ambicioso (en el mejor sentido del término) que su autor ha sabido reducir al mínimo, incluso dejando con ganas de más, algo muy de agradecer en estos tiempos en que tantos libros llegan a nuestras manos con muchas más páginas de las deseables, algo especialmente notorio en el género histórico y, aunque aún nos resulten/estén cercanas en el tiempo, La noche de las medusas recala en épocas pasadas: “Cuando empleamos mucho tiempo en investigar algo existe la tentación de demostrar la erudición alcanzada, exhibir toda la documentación, amortizar ese tiempo, pero creo que en las novelas menos es más y es lo que funciona. Aquí tenemos dos épocas concretas, el Tánger de 1945 y Madrid en 1969, coincidiendo con la llegada del hombre a la Luna, aunque no sea un dato relevante en la novela; en alguna de las anteriores ya había utilizado este recurso de utilizar determinados acontecimientos como contexto para adentrarme en el universo de los personajes, en su intrahistoria, en este caso en aquel momento de gran esperanza, de gran optimismo y también de cierto desencanto y desasosiego porque se cumplía un sueño que había acompañado al hombre durante mucho tiempo. Me parece importante dar a la historia esa forma, aportar ciertos sabores, que quede un aroma, pero que el plato se lo coma el lector a su gusto”.

   Y no es baladí la imagen gastronómica porque este aspecto tiene mucha trascendencia en el desarrollo de la historia, porque lo sensorial tiene gran presencia y permite que cada lector incorpore su propia gama de olores, sabores y colores, una de las formas en que la novela gana en velocidad sin tener que recurrir a lo obvio o disparatar y derrochar adrenalina sin sentido es por lo escueto y certero de las descripciones de personajes (tanto en lo físico como en lo íntimo, salvo en lo que es imprescindible para que la historia no quede coja o resulte incomprensible), ambientes y hasta situaciones: “Hablando como lector, me gusta aportar algo en base a unos detalles que pueden ser como los de un cuadro impresionista. Al final, las novelas son de los lectores, son estos los que las construyen. Por eso no me gusta dar excesivos detalles sobre los personajes cuando escribo y opto por dejar una puerta abierta para que el lector complete aquellos puntos oscuros”. Lo que no significa que La noche de las medusas no esté acabada o deje cabos sueltos (o recurra a explicaciones inverosímiles o que desentonen con el resto de la obra), sino que hay mucho interlineado, muchos márgenes, muchas posibilidades para que cada uno rellene los huecos como prefiera, porque Jacinto Rey a veces sólo esboza, deja intuir, directamente no cuenta lo que considera accesorio o reiterativo, lo que no aporta nada, lo que es fácil colegir de lo que sí se narra, optando por una escritura telegráfica, efectiva y nada morosa que coadyuva (es, de hecho, ingrediente básico para que eso suceda) a que la lectura se haga a un ritmo continuado y un tanto hipnótico, ocultando certezas (que a veces no serán tales) hasta que conviene confirmarlas para que la intriga y la emoción no decaigan, utilizando con comedimiento lo trepidante, dejando respirar a la historia, lo que no es óbice para que uno sienta que la novela le quema en las manos por la velocidad interna que posee, por lo admirablemente que maneja las cualidades del folletín (ya saben los fieles lo mucho que uno gusta de este género), no en vano hablamos de venganza, de secretos, de ambigüedades morales, de engaños más o menos piadosos (o llevados a cabo con la intención de no perjudicar y/o hacer daño), ¿cómo no evocar, por ejemplo, El conde de Montecristo (aunque sólo se asemejen en el asunto principal, en el motor que mueve a gran parte de los personajes, en lo que los envuelve, oprime y afecta a todos)?

   La cuarta acepción recogida por el DRAE para la palabra “culpa” es “acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” e indica que es el significado que se utiliza en Psicología. No puede decirse que todos los personajes de La noche de las medusas arrastran una culpa (o varias), no al menos que así lo sientan, pero es cierto que casi todos son responsables (aunque sea, como se ha dicho, con la mejor de las intenciones -tema recurrente, por cierto, en varias de las novelas que hemos comentado en los últimos meses-) de haber marcado, perturbado, afectado, condenado el devenir (por no decir el destino) de alguien, ninguno puede ser considerado inocente en un sentido estricto del término: “Todos los personajes tienen claroscuros y cuando conseguimos iluminarlos comprobamos que ninguno es lo que parece, incluso aquellos que podríamos calificar como “malos” tienen raptos de bondad, intentan redimirse luchando contra ese destino trágico que les persigue sin tregua. Y los personajes que, en teoría, son más bondadosos resultan ser, como cualquiera, un reflejo de la imperfecta naturaleza humana y tienen muchos grises”. Y esta característica a la hora de dibujar caracteres entronca directamente con algo que siempre interesa mucho a Jacinto Rey y le sirve para elaborar el caldo de cultivo en que desarrollar sus tramas: “Encuentro fascinante el modo en que nos comportamos según las circunstancias que nos toca vivir. Pienso, por ejemplo, en la II Guerra Mundial y en que es muy sencillo opinar sobre lo que hubiéramos hecho de haber vivido al lado de un campo de concentración, tan cerca como estaba Dachau del centro de Múnich, sus habitantes sabían perfectamente lo que sucedía allí. ¿Qué hubiésemos hecho de haber tenido que afrontar todo aquello?”. Cuando un autor consigue que el lector se plantee esta pregunta (o similar), da igual si se la formula directamente o responde a ella implicándose en la historia, viviendo las encrucijadas de los personajes como propias, identificándose con unos y sus acciones, rechazando a otros y otras, cuando uno siente que ha viajado al Tánger de 1945 o al Madrid de 1969 y que ha conocido o se ha reencontrado con algo vivido, es que el trabajo está bien hecho y así sucede con La noche de las medusas, su onda expansiva aún no ha menguado.