viernes, 12 de abril de 2019

ANTAGONISMO COMPLEMENTARIO




   Puede que no tenga nada que ver con lo que voy a contar (no sería yo si no me fuese por las ramas incluso aunque todo termine por encajar), el caso es que dando vueltas a lo que ahora voy a escribir (y he tenido tiempo para rumiarlo: asuntos profesionales remunerados -aunque escasos y esporádicos- me han forzado a abandonar este ángulo oscuro del salón, algo que no puedo dejar de celebrar por más que eche de menos lo que siento como mi refugio) me fueron viniendo a la cabeza las palabras de algunos de los grandes escritores a los que he tenido el inmenso placer de conocer; así, recordé cuando, con su mesurado y elegante humor, con su ironía de tan afilada casi imperceptible (pero contundente), Mario Benedetti, echando la vista atrás (no en vano presentaba La borra del café), reconoció que debería dar las gracias a los milicos por haberle hecho escribir, que tal vez no lo hubiese hecho tanto o tan activamente sin su por otro lado indeseada aparición en su vida. Del mismo modo, coincidiendo con la publicación de Los cuadernos de don Rigoberto, Mario Vargas Llosa, comentando las diferencias de esta novela con gran parte de su producción, habló de las posibilidades literarias que ofrece una dictadura, un periodo difícil, un conflicto bélico, cualquier enfrentamiento, mientras que los tiempos considerados de paz en los que impera la placidez son veneno para el escritor (no lo dijo exactamente así, pero ese era el sentido), no inspiran porque no remueven, no es necesario tomar partido, no hay una chispa que prenda el ánimo, de ahí pasó brevemente a la poesía para indicar que, si nos detenemos un poco en la que más nos gusta o más popular se hace, en la mayoría de los casos trata sobre el desamor en cualquiera de sus posibilidades, si valoramos (o deseamos) el amor es por lo mal que nos sentimos cuando no lo tuvimos/lo perdimos (a veces, añade un servidor, influenciados por canciones, películas, frases hechas, sublimaciones varias -poemas incluidos-).

   Más allá de estos ejemplos más o menos pertinentes, no se puede negar que si buscamos/procuramos/añoramos la paz, la felicidad, el bienestar, estados y sensaciones que nos reconfortan, es porque conocemos la otra cara de la moneda, sin reverso no hay anverso, muchos términos/realidades perderían su razón de ser, su significado, su contenido, de no estar enfrentados a lo antagónico, a su contrario, a lo que se les opone, que ambos se necesitan y están indisolublemente unidos por más que tendamos a separarlos. Pocos escritores han entendido esta dualidad intrínseca a cualquier cosa como Jesús Ferrero, pocos le han sacado tanto partido emocional e intelectual, pocos la han situado en el eje de su obra tal y como vuelve a hacerlo en Las abismales, novela con la que obtuvo el Premio Café Gijón 2018 y que Siruela publicó el pasado febrero, momento en que tuve la inmensa fortuna de participar en el encuentro organizado en la sede de su editorial junto a mi Pepa Muñoz y muchos de los compañeros habituales en estos placenteros avatares lectores. El autor sitúa la acción en un Madrid muy reconocible, muy actual, poco o nada fantasmagórico, una ciudad de la que se va adueñando una atmósfera de destrucción, de desolación, de muerte, aunque las fronteras entre la considerada última frontera y lo que llamamos vida están muy diluidas, sean imprecisas, los propios personajes no las tengan muy claras, el lector deba manejarse como mejor crea/pueda/considere, libertad/intervención que Ferrero demanda/posibilita siempre, es una de sus características/premisas, es una de sus señas de identidad dentro de una producción variopinta y múltiple, maneja con enorme oficio y obteniendo resultados impactantes lo que habrá quien considere ambigüedad pero un servidor prefiere llamar maleabilidad de la realidad (o, entrando de lleno en el asunto, de lo que como tal recibimos, a lo que la convención sanciona de ese modo): “Yo quiero que mis novelas creen un tejido de emociones que va transportando al lector hasta el final y si al concluir consigo que se haga alguna pregunta me doy por satisfecho. Pero las novelas son máquinas de imaginar en las que el autor pone el texto y el lector todo lo demás, de una manera aún más intensa y plena que en la música o el cine, allí hay cosas que ya vienen dadas, mientras que el lector construye mentalmente la novela y crea sus propias imágenes”.

   Desgranar el argumento de una novela de Jesús Ferrero es un territorio peligroso porque, aunque sea sin pretenderlo, se puede adelantar más de lo necesario o porque cada uno dará su versión, la contará a su modo, tal vez condicione más de lo debido la lectura de los demás, algo que se agudiza en el caso de Las abismales puesto que es una narración muy sólidamente construida que, al mismo tiempo (precisamente por ello), se comporta como un caleidoscopio, no da nada por sentado, interroga y se interroga, cambia de registro con pasmosa facilidad, puede que no sea polisémica pero sí es poliédrica, dejemos que sea el propio autor quien cuente su génesis, sirva esto como aproximación a la trama: “Mis novelas suelen empezar con ideas bastante abstractas que tienen que ver con mis obsesiones: ya en mi ensayo «Las experiencias del deseo. Eros y misos» me hacía la pregunta de qué miedo podía ser más inquietante o más devastador para la conciencia, si el miedo a lo conocido o el miedo a lo desconocido y el origen de esta novela es esa misma pregunta. Una vez la idea empieza a flotar en mi cabeza, sin yo pretenderlo, aparecen personajes que la encarnan, que me poseen tal y como lo hacen los fantasmas o el recuerdo de alguien que murió, que se ponen a hablar, no tomo apuntes, suelen pasar años, llega un momento en que compruebo que la historia que quiero contar está más o menos plena y es cuando empiezo a escribir, aun sabiendo que todo se va a ir modificando en el transcurso de la escritura, de hecho de esta novela he hecho unas cinco o seis versiones, me ocurre con todas. Serafina, uno de los personajes más importantes, no apareció hasta la última reescritura, lo mismo sucedió con su caballo y sin ambos la novela quedaría coja, que es como estaba hasta ese momento”. Esa podríamos decir sensación de obra en constante transformación se percibe para bien en sus páginas en el sentido de que hay algo inasible pero muy notorio que se nos contagia, el autor nos impregna con sus inquietudes, con sus reflexiones, con sus dudas, con lo que los personajes dicen y/o experimentan, la novela es un organismo vivo que continúa latiendo en manos del lector, se produce la mayor de las complementariedades posibles, la que nunca descuida Ferrero, la que se da entre su escritura y quien la lee, aquella afecta a este y viceversa, hay una sucesión casi interminable y heterogénea de clics, depende del modo en que se encare la lectura, se reproduce lo que el propio escritor experimenta durante el proceso de creación: “Cuando estás trabajando en una novela, todo ocurre de una manera bastante mágica y extraña, las teorías que haces sobre ella son a posteriori y son tremendamente embusteras, puedes decir cualquier cosa. Pero cuando aparecieron Serafina y el caballo sentí que la novela se completaba y lo hicieron juntos e inseparables. Siguiendo con ello, aquí empiezo con un desbordamiento. ¿Tú crees que lo tenía pensado? ¡Se me ocurrió al final! Y la saqué de algo real que había escuchado contar a mis padres”.

   Como intento de aproximación a Las abismales podríamos escoger unas cuantas palabras, algunas ya han surgido en este texto de boca del propio autor, otras las ha citado el que suscribe (y escribe), se habla de lo conocido y lo desconocido, de la vida y la muerte, del miedo y la tranquilidad, de dicotomías a las que nos enfrentamos día a día, de dualidades que constituyen una única realidad: “Juego con algo que viene de la física cuántica: la fábula del gato que está vivo y muerto al mismo tiempo. Se da, además, la circunstancia de que muchas de las historias que está generando la ciencia llegan a nosotros en forma de mito, cumplen a la perfección la definición de mito y por qué y para qué se elaboran. El caso es que hay muchas dudas, en la novela, sobre si Berenice está viva o muerta, casi ni yo mismo lo sé, lo que está claro es que David percibe que ahora ella posee su ser más que cuando estaba presuntamente viva. También, en un momento dado, la ciudad va a parecer una pesadilla, inconscientemente, fui buscando una especie de unidad dialéctica entre la vigilia y el sueño, que nunca se tuviese claro si David vive o sueña, nunca aviso al lector de en qué dimensión estamos. Cuando estás escribiendo una novela, el inconsciente juega un papel muy importante, cuando estoy en plena creación, los sueños me ayudan mucho, me levanto casi sonámbulo a escribir y, aunque luego tengo que corregir, del sueño surgen ideas muy aprovechables, necesito entrar en la dimensión de la mente que es la escritura para que eso suceda, tengo que estar en un estado de transporte o no puedo escribir”. Jesús Ferrero mantiene tan rozagante como el primer día su compromiso con la literatura, su coherencia estilística, su personalidad desbordante al margen de modas (todo lo contrario, las ha creado -cómo olvidar el modo en que sus primeras novelas pasaban de mano en mano en la Universidad-), siendo el primer sorprendido (y prisionero, refiriéndome con ello al inevitable enganche que se siente con sus palabras) por lo que sus novelas cuentan/reflejan/convocan/desvelan: “Cuando la terminé me di cuenta de que, sin haberlo querido así, tenía la atmósfera de nuestra época: eso que posee Madrid y que no sé si llamar siquiera una entidad, eso que no se sabe si es algo real o fruto de una alucinación colectiva -yo mismo como autor lo he dudado, ahora ya no-, se convierte en la metáfora de lo que nos asedia continuamente, ahí tenemos lo que está sucediendo en Francia con los chalecos amarillos, una situación desconocida al menos por el modo en que se está desarrollando aunque se puedan encontrar referentes históricos o momentos similares. No digamos en España, es algo habitual en el sentido de que la Historia nos enfrenta a situaciones desconocidas de las que a veces se sale bien y en otras mal y los miedos colectivos se gestionan muy mal por parte del Estado”. Lo que sí tuvo claro casi desde el principio fue el escenario perfecto para que Las abismales pudiese resultar verosímil y no diese pábulo a (re)interpretaciones no deseadas ni mucho menos intencionadas: “Escogí Madrid como escenario para que la novela tuviese las dimensiones justas que yo quería que tuviese y no se pudiesen hacer lecturas políticas que no están en mis intenciones, es decir, darle una interpretación venenosamente política que se comiera toda la historia. Es algo, la elección idónea de dónde ocurre la acción, que tenían muy claro los griegos, no hay más que revisar su teatro”.

   Otra palabra que no puede olvidarse a la hora de esbozar las líneas maestras de la novela es el mal, motor, de un modo u otro, de casi todo lo que sucede: “Esa entidad que se adueña de la ciudad no tengo claro que sea el mal, es algo que tal vez lo representa ante los que sienten sus efectos, pero el caso es que depende de cómo te relaciones con ella los resultados pueden ser unos u otros totalmente opuestos. También responde a algo que ya ha aparecido en mis escritos y es que creo que el mal no desaparece, simplemente se desplaza, incluso en uno mismo, el mal personal de cada uno que se manifiesta en forma de obsesiones más o menos negativas”. Y así aparecen en David, un estudioso de los mitos, hermano de Berenice, aquella conectada con el tiempo profundo con un alma “de una profundidad que espanta”, David, quien, aunque llega a la lapidaria conclusión de que los mitos no resuelven nada, comprende que es necesario un relato: “David pensó que tejer todo lo que estaba ocurriendo en una misma narración podía ser muy peligroso, pero, al mismo tiempo, ver la sucesión de hechos como elementos deslavazados y sin relación alguna resultaba cada vez más difícil. Desde sus orígenes, la humanidad había concebido relatos de cuantos fenómenos habían jalonado su difícil existencia. Las culturas lo interpretaban todo a partir de relatos, y un fenómeno sin un relato que lo explicase de algún modo resultaba demasiado abismal y podía generar un miedo muy superior a todos los miedos imaginables, porque se convertía en miedo a la propia respiración. Todo se envenenaba, también el aire. Y se envenenaba el sueño, y se envenenaba la vigilia, y el miedo se convertía en una sustancia tan vasta como absorbente”. El anterior fragmento es un magnífico ejemplo del poder adictivo de la prosa de Jesús Ferrero, de su manera de penetrarnos y envolvernos, de su capacidad para aunar saberes en pocas palabras y ajustarlos al engranaje de la maquinaria novelística, un escritor de potencia y profundidad inigualables que construye personajes capaces de sintetizar la condición humana (sea esta la que sea) en unas cuantas líneas: “Es común decir que el hombre teme sobre todo lo desconocido, pero yo pongo en duda esa presunta verdad. Es posible que temamos más lo conocido, y la historia nos indica que ya hemos estado muchas veces en el infierno. Imagine que se repiten de nuevo los aquelarres sangrientos a los que se entregaron nuestros abuelos no hace tanto tiempo. Imagínese que regresan los campos de exterminio, las depuraciones étnicas, la irracionalidad, la perversidad extrema y las exterminaciones en masa… Los delirios, hijo, son el motor de la historia, aunque algunos crean que son las ideas, y lo creen porque no miran atrás con los ojos bien abiertos. A veces me digo que no merecemos el privilegio de estar vivos”.

jueves, 21 de marzo de 2019

"VOY A MATARME POR LLEGAR"




    Aunque tiendo a escoger como título de estos desvaríos frases de canciones u otras procedencias (pero abundan las primeras) y, por así decirlo, me las apropio (procuro que, con mayor o menor fortuna, se integren en el texto, formen una unidad, algo difícil de ver en ocasiones, lo acepto, ya que abuso de un código casi restringido a mí mismo), normalmente aparecen tal cual, sin comillas que las identifiquen como cita, diré en mi descargo que es una práctica muy habitual en periodismo, publicidad, hasta para titular libros y películas, se busca la complicidad del lector, una rápida identificación, en general se trata de temas muy conocidos por y para la gran mayoría y, en todo caso, volviendo a lo particular, jamás negaría la autoría a quien correspondiese si se me preguntase (algunas veces, alguien me ha dicho que la frase le suena pero no sabe de qué), pues, empecé diciendo, aunque esa que he descrito suele ser una dinámica habitual, hoy he colocado el signo ortográfico bien grande para que no haya dudas, es decir, para dejar claro que uno no llega a esa intensidad o, mejor dicho, la disimula un poco, la refrena y se oculta detrás de lo que otro (Miguel Bosé, por si hay quien no lo recuerda/reconoce) escribió y cantó primero. Pero, las cosas como son, aunque quiera rebajar mi manera tremenda de tomarme las cosas (especialmente las que más deberían resbalarme o apenas afectarme), sólo en muy determinados momentos soy capaz de no dejarme llevar por lo que durante bastante tiempo le robaba (es lo mío, ya lo ven) a Olé Olé para afirmar que “no logro reprimir el vicio de vivir” e incluso pregonaba esta manera habitual de comportarme como algo positivo, como muestra de mi estar en este mundo, de mi ir a mil (o llegar desde el cero a esa cota en menos de un segundo), de mi interés por y/o implicación con lo que o quien fuese, con lo que provocase esa reacción desorbitada, cuando en realidad es una cruz, un lastre, una carga muy pesada y no sólo para uno mismo sino, especialmente, para los que me rodean y sufren los furiosos oleajes de una hipersensibilidad tan extrema (agudizada en los últimos tiempos por varios motivos que no justifican mis desbarres -porque así los vivo, los mastico, no los digiero, me los reprocho-) que me hace caer en la irracionalidad más desatada, lanzándome al vacío incluso cuando soy consciente de ello (ya me conocen, un oxímoron andante, contradictorio a pesar de mis esfuerzos, ciclotímico imparable -de nuevo un clavo ardiendo al que agarrarme porque si sé que soy tal cosa, puedo estar alerta y embalsar el embate todo lo posible-).

   Podría decirse que lo anterior, como tantas de mis extensas parrafadas, es la mejor muestra de todo esto que cuento (y de lo que haya quedado fuera pero los sufridos y leales visitantes de este rincón conocen bastante), en gran parte porque, como se ve, la frase que lo encabeza me representa y habla por mí por más que la camufle entre comillas, también podría haber escogido alguna de las muchísimas frases (y casi páginas enteras) que he sentido como mías, que me han sacudido, conmovido, lacerado, impactado, me han hecho temblar, llorar, mirarme en un espejo, contemplar la radiografía más potente (por no decir disección y hasta autopsia) de muchos sentimientos que se agolpan (y golpean) en mi interior, da igual que las circunstancias concretas sean otras, es lo mismo que a ratos hable de cosas bien distintas y ajenas (aunque a veces sólo en apariencia, por eso hay que rascar, horadar, llegar al tuétano), como digo podría, sencillamente, haber plagiado descaradamente a Daria Bignardi y hacer pasar por propias unas palabras que suscribo y rubrico, que (me) hablan de mí como pocas veces he experimentado, que, como se dijo en la presentación de su libro en Madrid hace cosa de dos semanas (robando el comentario a una lectora), me representan. Y es que Historia de mi ansia, que aparece en castellano con traducción de Montse Triviño y publicada por Duomo Ediciones, habla precisamente de eso que anuncia su título, no oculta sus cartas, no se anda con metáforas, lo que no es óbice para que haga esta prospección a lo más oculto/oscuro/terrible de cada uno con suma sensibilidad, con precisión y equilibrio, desgranando ansiedades y latigazos contra uno mismo sin aparente furia casi más como suplicio malayo que barrena lenta pero implacablemente, arrastrando (al menos en mi caso, pero fue sensación compartida con las habituales compañeras lectoras -allí estuvimos gracias, como siempre, a los buenos oficios de mi Pepa Muñoz-) al lector en la caída, puede que decir inmersión sea más preciso/útil porque, ya puestos, mejor encarar la lectura con esa actitud de autoexploración, de identificar al enemigo (nosotros mismos, eso ya se sabe, sólo queda afrontarlo de verdad y emplear esa ansiedad en desterrar lo que no nos gusta, lo que nos hace sentir mal, lo que daña a quienes queremos, lo que nos impide demostrar nuestros afectos sin tapujos ni medias tintas, sin equívocos, sin restricciones, sin cobrar peaje y sin pagarlo), mucho mejor (aunque uno se sienta/sepa involucrado) escarmentar en cabeza ajena, es decir, en la de Lea, la narradora: “No reprimo mis impulsos, sino que los agoto. Siempre he trabajado demasiado. Lo que me impulsaba a excederme no era la ambición: era el ansia de hacerlo todo y hacerlo siempre lo mejor posible. Mi trabajo era la parte más fácil, pero sentía la obligación de no faltar a ningún ensayo ni a ninguna entrevista con los profesores, de llevar a los niños al pediatra, preocuparme por sus amistades, sus deportes, su alimentación… Quería ocuparme de todos los detalles de su vida”.

   Podría volver un momento a la citada canción de Olé Olé que, durante mucho tiempo, utilicé como bandera (y aún lo hago de vez en cuando, no ha perdido vigencia en lo que a mi ánimo se refiere), rememorar, por ejemplo, lo de “voy a mil y no puedo parar, inútil controlar mis deseos”, ese querer llegar a todas partes e intervenir/participar en todo (y mira que cada vez soy más asocial y anacoreta, pero hasta eso me lo tomo a la tremenda), ese no saber delegar (y si se hace siempre brota el arrepentimiento, a veces en forma de autoflagelación descarnada), aquello que reconocía Jane Fonda en sus memorias casi con las mismas palabras que acabo de citar y que Daria Bignardi pone en boca de su protagonistas, en modo similar a lo que Elizabeth Smart hacía hasta un extremo casi insoportable (aunque había que parar para tomar aire ante la nula empatía consigo misma que demostraba) en esa terrible pero al mismo tiempo formidable joya, en ese testimonio desolador e implacable que era En Grand Central Station me senté y lloré; lo que diferencia sensiblemente (en toda la extensión de la palabra) a Smart de Bignardi es que esta crea un personaje que, aunque se recibe de un modo muy directo e inevitablemente nos lleva a preguntarnos cuánto habrá de la autora en él, da voz a mucha gente (ella misma lo explicó: ha tomado de aquí y de allá, a veces no está de acuerdo con lo que Lea hace/dice), alguien que sacude por su verdad pero que, en última instancia, es un ente de ficción (y no por ello, todo lo contrario, perturba y duele menos, es un magro consuelo porque lo que importa, los sentimientos, son más que verosímiles, son auténticos), un personaje que, además (y ahí se distancia por completo de la otra escritora), se encuentra/coloca en una encrucijada por motivos de salud, porque debe enfrentar un diagnóstico poco halagüeño, eso la lleva a colocarse bajo un microscopio y a hacer lo mismo con los que la rodean, a erigirse en juez implacable ya desde las primeras definitorias y lapidarias frases -“Shlomo sostiene que enamorarnos fue una desgracia. La primera vez que lo dijo me dolió, pero luego comprendí que tenía razón: juntos somos infelices”- rematadas pocas líneas después con un “Juntos no estamos bien, pero tampoco podemos separarnos” que es mucho más que una carga de profundidad, que remueve e incomoda por certero, por sentencia (también en todos los sentidos) sobrecogedora en su brutal sinceridad, la misma que vertebra, da carta de naturaleza, engrandece toda la novela, tanto en lo referente a las relaciones sentimentales como en lo relativo a la enfermedad, buscando razones, porqués, haciendo justicia con tantos enfermos a los que se mira mal, se silencia, se apabulla con placebos en forma de palabras y actitudes que supuestamente van a provocarles una mejoría cuando no la cura, a los que se culpabiliza cuando no aceptan tales “remedios”. Lea es escritora, se ha ocupado en otras ocasiones de cosas que no le han pasado, cosas que sólo cree conocer hasta que las vive en primera persona: “Pienso en mis novelas, en cuando hablaba de las enfermedades como si fueran pruebas, oportunidades, incluso momentos de redención. Y es verdad, mientras solo afecten a los personajes. El dolor físico es un asco. (…) Y le tengo pánico a las náuseas. No quiero hablar de la enfermedad, ni de cómo me encuentro ni de médicos y tratamientos. No quiero recordar las analíticas ni los tratamientos intravenosos. No puedo, me entran ganas de vomitar, como si me estuvieran torturando”. Pocas veces he leído una defensa tan encendida y necesaria del derecho del enfermo a quejarse (qué bien me lo contó Mayra Gómez Kemp, precisamente cuando mi padre estaba ingresado en urgencias y, sin ser conscientes de ello todavía, apenas le quedaba una semana de vida), a decir que le duele, a que no le vengan con zarandajas ni buenismos, a pisotear discursitos de diversa índole que hablan de pruebas, sacrificios y/o heroísmos: “No sé qué me esperaba. Me siento estúpida: infravaloro las cosas importantes y sobrevaloro las que a la postre son irrelevantes. No estaba preparada para el disgusto que me llevo cada vez que me miro al espejo. Toda la vida me he dicho a mí misma que era audaz, que no le tenía miedo a nada, pero en realidad soy como los demás. Peor que los demás. Me da vergüenza que los chicos me vean, no quiero que se pongan tristes. Los jóvenes no tienen anticuerpos para la desolación. No sé qué pensaba: ¿que me raparía el pelo como Sinead O´Connoer o como Demi Moore en “La teniente O´Neill” y que estaría igual de guapa que ellas? La verdad es que no hay mucho que rapar: estoy desplumada y mi aspecto impresiona. La quimioterapia no tiene nada de heroico. Solo náuseas, miseria, fragilidad y veneno”.

   Y, como se ha dicho, Lea parece encontrar las razones (o gran parte de ellas) de su enfermedad en su manera de ser (“Tal vez es que al sentir demasiado nos consumimos, enfermamos, morimos. ¿Mi ansia creativa se ha vuelto destructiva?”), en esa ansia que, piensa, heredó de su madre, aunque por otro lado se pensaba a salvo precisamente por afrontar la vida de ese modo (“Creía que el cáncer era algo que afectaba a las personas que no afrontan sus penas. Yo siempre he desentrañado las mías”), se comporta como un animal herido (es lo que es, es lo que somos, tanto en lo que se ve o puede detectar más o menos a simple vista como, especialmente, en lo que anida -y se enquista- en nuestro interior), es intensamente injusta (o viceversa) consigo misma y con los que la rodean (“«No tienes piel», me dijo una vez Shlomo, enfadado. Soy emotiva, impulsiva y, según él, irracional. Pero sin piel las emociones se sienten más intensamente y mi ansia era la gasolina para todo: escribir y vivir”), incluso con aquellos con los que tiene motivos para comportarse del modo en que lo hace (“Descubrir que tienes una enfermedad te catapulta hacia una dimensión de libertad. No puedes programar nada, excepto el tratamiento. De repente, dispones de más espacio en el disco duro del cerebro. No digo que enfermar sea una suerte. Me irritan los místicos de la enfermedad: ponerse enfermo y curarse no tiene nada de heroico, se hace y ya está. En todo caso, existe cierta nobleza en la discreción”). Y precisamente por las lágrimas vertidas durante la lectura, por los encogimientos de alma y corazón sufridos, por palabras que golpean aunque sea con delicadeza literaria, por la honestidad de la propuesta y de su acierto a la hora de desarrollarla, porque, sin necesidad de enfermedades ni torturas (sobre todo de las segundas, que son las que podemos evitarnos -también a los demás-), todos tendríamos que ser a veces Lea (incluso en la intensidad si eso nos lleva a reaccionar), Historia de mi ansia se ha convertido en ello, es decir, el adjetivo posesivo me representa, la he hecho mía, como creo que, da igual por qué motivos, frases en concreto o sentimientos, hará cualquiera que se asome a sus páginas (y no podrá/querrá evitar la zambullida): “Si no me hubiera matado a trabajar, si me hubiera protegido más, si hubiera comido un poco de todo, si hubiera actuado con moderación, de forma racional, si no hubiera planteado preguntas difíciles, si no me hubiera metido en todas las batallas y no hubiera aceptado todos los desafíos, si no me hubiera casado con un hombre que me hace sufrir, si me hubiera conformado con disfrutar del viento entre las ramas y no me hubiera obligado a superar mis límites, tal vez mi cuerpo habría sido capaz de mantener a raya la enfermedad. Pero no lo hice. Mis errores son lo que queda. Las alegrías, los impulsos, las emociones y las pasiones, los riesgos que he asumido…, todo eso es mi vida. Los errores han hecho de mí lo que soy”.