lunes, 3 de febrero de 2014

MANOS QUE DAN SÓLO PARA ESPERAR







      Hay miles de frases hechas, sentencias, refranes, todo un cargamento de expresiones que conforman lo que da en llamarse “sabiduría popular”, algunas sin un origen claro, otras tergiversadas por el paso del tiempo, por la transmisión oral, mal atribuidas, peor recordadas, dadas la vuelta como un calcetín significando justo lo contrario a lo que afirmaban cuando se pronunciaron/escribieron por primera vez, fórmulas a las que se recurre sólo cuando nos resultan propicias, cuando se adecúan a nuestros intereses, sentencias que rechazamos si no nos convienen (así actúan muchos, por ejemplo, con los premios, especialmente con los Oscar: los tiran por tierra, fingen ignorarlos, arrugan el ceño cuando aparecen en la conversación, comentan entre bostezos y gestos de hastío que no verán la gala, sintiéndose superiores –aunque los hay que la graban para verla después, pero se jactan de no participar del espectáculo en directo, actitud que nunca comprenderé-, pero si les viene bien como argumento, tal vez porque no tienen otro, elevan a alguien a los altares porque logró el premio de la Academia o lo exigen para su adorado de turno o baten palmas ante una nominación porque “ya era hora” -¿Qué más te da si tu consideración sobre el galardón es tan mala?-). Sea como sea, no pude evitar recordar lo que Jesús predica en el Evangelio de San Mateo, precisamente aquello que tantos que viven la liturgia dominical dándose golpes de pecho olvidan apenas salen del templo, no sólo porque sea una enseñanza que intento aplicar en mi día a día, sino porque Emilia (http://www.teatroscanal.com/espectaculo/emilia-claudio-tolcachir-teatro/), la obra escrita y dirigida por Claudio Tolcachir que se está representando en los Teatros del Canal (www.teatroscanal.com), pone el dedo en la llaga en un asunto tan espinoso como por qué damos los afectos, para qué, qué esperamos o dejamos de esperar, contraponiendo el desprendimiento del personaje que da título al espectáculo con el egoísmo de Walter, el niño que ella crio, educó, formó, ese que sólo aparenta haber aprendido la lección, ese que, como muy acertadamente señala Alfonso Lara (quien no en vano le da vida en escena y lo estudia, ajusta y enriquece cada día), “ha puesto precio al amor”; y por todo ello, y alguna cosa más que explicaremos a continuación, volvió a mi cabeza aquello de “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.
   Al comienzo de la función, Emilia (interpretada por una inmensa Gloria Muñoz, quien desde la calma, las miradas teñidas de comprensión y amor, la ausencia de gestos, una capacidad asombrosa para desaparecer, conmueve y zarandea al espectador al hacernos caer en la cuenta de lo ingratos que podemos llegar a ser) se reencuentra con Walter, el chaval al que acompañó, acunó, ayudó a convertirse en el adulto que ahora es, el mismo que puso tierra de por medio sin mirar atrás, sin preocuparse por nadie, rompiendo todos los lazos, el que ahora regresa a su lugar de origen con la familia que ha creado, a una casa nueva desordenada, en plena operación de mudanza, desangelada y sin nada en su sitio, casi como metáfora de la falsa felicidad en que viven los tres futuros habitantes (el propio Walter, Caro y su hijo Leo) que aún caminan desubicados, sin hallarse (sobre todo ella, Caro, una mujer que se nos presenta como un espíritu cuando Emilia habla desde el futuro al dar inicio al hecho teatral y que sigue pareciéndolo durante el largo flashback que constituye el grueso de la función –un gran trabajo corporal de Malena Alterio, aunque en ocasiones parece que su personaje queda abandonado por el texto y por el propio director-), un espacio que los atrapa casi al modo de cómo el maestro Buñuel encerraba a sus criaturas en El ángel exterminador (1962), un desasosiego creciente que se percibe en la platea cuando parece que nadie será capaz de volver a cruzar el umbral de esa puerta para salir, una lástima que en ocasiones los movimientos escénicos permitan que esas paredes que no se ven pero se sienten se rompan como por arte de magia y la claustrofobia anímica y emocional que pesa sobre todos (también sobre el público) se esfume para tardar en regresar. Muy pronto, Emilia, con candor y bondad, sin mala intención, reprochará a Walter su actitud, lo abandonadas que están las tumbas de sus padres, le recordará el perro al que tuvo que abandonar para seguir madurando, estudiando, buscándose la vida y Walter volverá a comportarse como un ingrato cuando se lamente por el animal perdido y apenas se inmute ante el hecho de que ambos (mujer y perro) se quedaron en la calle, juntos pero a la intemperie. Alfonso Lara suena, con toda la razón, satisfecho cuando habla de Emilia y del trabajo realizado: “Claudio se gana sin ningún esfuerzo el hecho de que los actores digan las maravillas que dicen sobre él porque da mucha libertad, permite que se trabaje con tranquilidad. Aquí nos ha dado unos personajes con muchas capas, hay muchas sutilezas, hay que ir intuyendo, y él siempre basa sus espectáculos en los actores, lo que te da una responsabilidad aún mayor que en otras funciones, pero eso es muy de agradecer”. Y hablamos sobre Walter, por supuesto, le comento que me resulta un desagradecido, no sólo en sus comportamientos sino en que no ha aprendido nada de Emilia, aunque en un principio lo parezca y aquí es cuando dice que es alguien que ha puesto precio a su amor y desarrolla: “Mi personaje es como un arpa porque tiene cuerdas que apenas se perciben en un primer vistazo, pero a la hora de desarrollarlo en escena es una cuadriga, no hay quien lo frene: camina hacia el derrumbe total, manera de comportarse que, por cierto, fuimos construyendo en los ensayos y aún seguimos trabajando día a día. Walter se ha planteado la vida como un partido de tenis, pero no comprende que está jugando al frontón, que está solo porque no es capaz de ser natural, de pensar en los demás, de aceptar la ayuda que necesita y no pide porque se considera autosuficiente”. Y nos detenemos en el momento en que salen a colación las tumbas de sus padres: “Parece que acepta el reproche, que reconoce lo mal que se ha portado, pero al mismo tiempo mira a Emilia enfadado porque no quiere afrontar los hechos, no quiere acordarse, es un experto en echar balones fuera, vive desequilibrado pero cree lo contrario porque se contenta con esconder todo lo que le perturba, todo lo que está mal”. También hay tiempo para recordar el episodio del perro: “Es muy definitorio de cómo se toma la vida Walter, me gusta decir que se mantiene en la oscuridad porque, ante el pasmo de los que escuchan, pasa por alto el verdadero drama, que Emilia se quedó en la calle, y sólo emite unos sollozos más o menos sinceros al pensar en su pobre amigo de juegos”.
   Y pronto descubriremos que Leo es sólo hijo de Carol, que ese personaje que se mantiene desde el comienzo fuera de la casa (un gran hallazgo su posición como testigo privilegiado y las preguntas que provoca entre los espectadores) llegará para desvelar que no es alegría todo lo que lo parece (aunque las sombras sobrevuelan desde el principio) y que Walter pasa factura por ese amor que se supone incondicional y sin exigencias (o sea, lo que debe ser querer a alguien). “No queremos dar respuestas, porque no estamos para eso, es cada cual quien debe encontrarlas: el teatro, el arte, tiene que provocar nuevas preguntas, remover”, dice Alfonso y, a buen seguro, Emilia lo consigue porque, por desgracia, resulta fácil pensar (incluso caer en la cuenta de actitudes propias) en personas que sólo son cariñosas, misericordiosas, comprensivas, solidarias, para alardear de ello (o sea, todo lo contrario a lo que aconseja el Evangelio, en el que muchas de ellas dicen creer), para sentirse superiores, para cobrarse las acciones, para convertir la amistad, el compañerismo, la convivencia en parte de un balance, en una transacción comercial, en un trueque, en algo que sólo les vale para reclamar el cobro cuando les conviene, en algo que echar en cara a las primeras de cambio (“yo hice esto por ti”, “yo te ayudé cuando pasó aquello”), es decir, en comportarse justo al contrario de cómo lo hacen los generosos, los que dejan que sus obras hablen por ellos, los que demuestran el movimiento andando, los humildes, los que actúan sin pensar, sin desear, sin buscar ni propiciar unas consecuencias (así, Emilia, sin ir más lejos, se queja por lo que Walter no ha hecho con sus padres o por lo rápido que olvidó a su mascota, jamás le echa en cara nada personal). Son gentes que, como el personaje que interpreta Alfonso Lara, sacan la lista de agravios, de cargos en la cuenta del otro, de favores que se comprueba no eran tales sino inversiones para el futuro, en cuanto las reacciones no se ajustan al contrato que ellos parecen tener firmado y memorizado: “Ese es, tal vez, el mayor acierto de la obra, como siempre sucede con Claudio: habla de seres humanos y es como si pusiera un espejo frente al público; por eso su mayor indicación es que cada uno de nosotros busque a los demás y en cómo vamos dando y recibiendo según avanza la función ésta se va construyendo”; y aunque soy bastante crítico con la manera en que Tolcachir acumula tensión, sin graduar, sin toda la mesura pertinente, desbocando demasiado (recuerdo especialmente cómo aceleró y desvirtuó Todos eran mis hijos de Arthur Miller), Emilia consigue momentos de gran altura y emoción, sobre todo por cómo el resto del reparto se mueve en torno a ese tótem, a esa grande, a una Gloria Muñoz que una vez más alcanza lo excelso, despojada de cualquier aspaviento, dando una lección magistral de cómo debe hablarse en un escenario, y por lo que deja en nuestro ánimo, por lo que nos refresca la memoria, por lo interesados que podemos llegar a ser cuando, en teoría, regalamos amor (pero nos guardamos un cheque al portador para pretender su cobro a la más mínima oportunidad).

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