lunes, 24 de febrero de 2014

LA CASTA QUE APORTA EL GALGO





   
   Es lógico que, con la edad, uno tienda a contar batallitas y se convierta en un trasunto del abuelo Cebolleta, historias interminables que a nadie interesan porque sólo sirven para cantar las supuestas glorias del narrador, quien normalmente exagera, inventa, maquilla, retoca los hechos o miente sin recato al no poder llevarle nadie la contraria; en mi caso, tengo la fortuna de que estos avatares despierten la curiosidad de personas muy generosas y pacientes que llegan a reclamármelas (¡Benditas sean!), aunque tengo claro que, más allá de lo que puedan decir sobre mí o de los valores de un servidor que puedan quedar al descubierto, en realidad gustan por los verdaderos protagonistas, por los otros implicados, del mismo modo que me encanta narrarlas por el orgullo, la oportunidad, la buena suerte de haberme topado con gentes admirables en su oficio, a las que he podido atisbar o conocer en su cotidianidad, en lo que son cuando no están cantando, escribiendo o actuando, a las que he podido contemplar desde butaca de orquesta, en un primerísimo plano, privilegio de la vieja profesión periodística, de la curiosidad convertida en categoría. Aunque en esta ocasión he de hablar de alguien a quien puedo y me precio de considerar amigo, porque ya son muchos los años que hace que nos tropezamos por primera vez y porque siempre sabemos por dónde anda el otro aunque pase bastante tiempo entre una comunicación y la siguiente, porque me ha tratado antes y ahora con la misma consideración, con el mismo cariño, y no como tantos que sólo te valoran por la promoción que puedes hacerles o por lo que puedan sacar de ti, de la posición que ocupes en determinado medio de comunicación (no es algo que me haya pillado de nuevas porque mi experiencia en este oficio es un grado – y también he visto pelar unas cuantas barbas a vecinos de escritorio para así escarmentar en cabeza ajena-, pero en este último tiempo he podido confirmar cómo las cosas no cambian y las ratas abandonan muy pronto un barco que piensan va a hundirse, sobre todo aquellas que te advertían sobre la fragilidad de la amistad de los demás –por cierto, esos que vaticinabas serían buitres continúan cerca y, sin embargo, tú te alejaste buscando alguien que te aportase algo, precisamente lo que tú no das-). Por lo tanto, sin que la pasión me ciegue el entendimiento, hablaremos del actor Jacobo Dicenta, mi amigo.
   La versión que Denis Rafter dirigió de No hay burlas con el amor para la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 1998 será uno de los Calderón de la Barca que jamás podré olvidar haber visto representado: fue la confirmación, el verdadero descubrimiento de lo que podía hacer sobre las tablas una señora llamada Blanca Portillo, disfruté con el buen hacer de Antonio Vico, Fernando Conde, Carmen del Valle, José Caride y Paula Soldevila y, sobre todo, conocí a Jacobo. Como en aquella época todo era fácil porque la añorada Pura Roy se encargaba de los asuntos de prensa de la Compañía, mujer siempre jacarandosa, activa, amante del teatro (después llegó una funcionaria, María Jesús Barroso, que allí sigue sentada por mucho que los actores y la prensa se quejen las veces que haga falta de su nulidad profesional y humana), uno podía sentirse libre para abordar cada montaje como le apeteciese (¡Esos años en que todo lo que salía de aquel lugar era vibrante, te dejaba ojiplático, provocaba ovaciones cerradas e inacabables! –no sé si habrá sido contagio de la grisura de la antes mencionada, pero hay que ver lo bajo que ha caído la CNTC, da igual quien la dirija o quien venga a ponerse al frente de la función, ahí está ahora mismo en cartel esa nadería que Lluis Pasqual se ha atrevido a titular El caballero de Olmedo, pasándose a Lope de Vega por el arco del triunfo, permitiendo a Carmen Machi volver a recurrir a sus trucos más facilones y obvios-). Y fue así como, tras gozar en el patio de butacas del Teatro de la Comedia -¿Lo recuperaremos algún siglo de estos o será una de tantas obras inacabadas, uno de tantos coliseos que se deja morir?-, le dije a Pura que me apetecía entrevistar a Fernando Conde, porque me parecía que no se le estaba haciendo justicia, uno de los actores que mejor dice el verso para muchos seguía siendo “ese que se marchó de Martes y 13”, y a Jacobo Dicenta, porque el apellido estaba reverdeciendo laureles a pasos agigantados y había que celebrarlo (de hecho, antes de ver la función no sabía qué lugar ocupaba en la dinastía, fue luego cuando me enteré que era el hijo pequeño de don Manuel, aquel señor del que la profesión y el público que había tenido la fortuna de verle u oírle cantaba tantas excelencias). No creí exagerar ni un ápice cuando, con la aquiescencia y beneplácito del estupendo Fernando Conde, dije durante la entrevista que, obviamente, el apellido otorgaba una impronta, llamaba la atención, confería un prestigio, pero que Jacobo le daba más lustre, lo hacía brillar por sí mismo, era un orgullo para su estirpe: su manera de plantarse en escena, de paladear los versos de Calderón, el impresionante dúo que conformaba con la no menos valiosa Carmen del Valle, todo me hizo recordar a esos intérpretes que uno admira desde crío y que, como en el caso del gran José Bódalo o el propio Manuel Dicenta, siempre va a lamentar no haber podido disfrutar en directo. El caso es que Jacobo ha dejado pequeño mi panegírico de aquel momento porque su crecimiento como actor ha sido imparable, primando la calidad sobre la cantidad, buscando personajes y proyectos que le enriqueciesen, dejando que la sangre, los genes, su herencia, su patrimonio vital, fuesen expresándose hasta tomar cuerpo definitivo en un animal escénico que parece haber nacido para decir el verso, para hablar al modo del Siglo de Oro como si eso fuese lo que hace a diario, para entregarnos espectáculos tan mágicos y prodigiosos (no en balde elegimos estos dos adjetivos, en seguida lo explicamos), tan dignos de agradecimiento como El Buscón que ahora ofrece todos los martes en el Infanta Isabel de Madrid, al margen de ir cumpliendo con otros bolos que, por suerte, van surgiendo.
   Como tantas veces, Jacobo y un servidor nos sentamos a una mesa para hablar de teatro, es decir, para no mirar el reloj y olvidarnos de todo lo demás y aunque se supone que voy a entrevistare para el blog, en realidad estoy ahí para escuchar, para reír, para compartir un lenguaje común, una manera de enfrentarse a la vida, para convocar a nuestros ídolos, para conocer un poco más a este chaval que perdió a su padre muy pronto (apenas tenía tres años cuando don Manuel falleció) pero con cuya presencia ha vivido siempre gracias al cuidado que puso su madre en que lo conociese, en que lo respetase, en que el teatro se manifestara y fuese parte de su vida; he tenido el privilegio de conocer la casa familiar y Jacobo me ha enseñado los libretos de su padre, los guiones radiofónicos, sus libros, la vida del actor a través de las palabras que pronunció, a las que dotó de vida, incluso me hizo trabajar un poco con alguno de ellos: resulta que vino a la radio en la época en que Ángeles Martín colaboraba en el programa y representábamos cada noche algunas escenas de teatro (mi pasión y sobre todo mi osadía nunca han tenido límites) y, puesto que en el archivo de la emisora estaba la versión de Cyrano de Bergerac de su padre, preparó uno de los monólogos para darle la réplica, es decir, lo repartió entre los dos y fue un momento emocionante e inolvidable cuando las voces de padre e hijo se mezclaron en las ondas (y para que la escena se comprendiese, un servidor hubo de decir dos frases breves… ¡siendo interpelado por don Manuel! ¡Ay, Jacobo, siempre me lías! –pero qué momentazo, claro, sólo igualado porque mi Dicenta se empeñó en ser don Juan Tenorio y para ello necesitaba un don Luis Mejía, o sea, aquí yo mismo, el que estaba más a mano (aunque ensayarlo con él, rodeados por los recuerdos de su padre, va a ser para siempre una de las experiencias más increíbles que podré vivir relacionadas con el teatro)-). Aún con mis oídos, ojos, con todos los sentidos empapados e inundados por la portentosa recreación que Jacobo hace en escena del texto de Quevedo, le digo que pude imaginarme a don Manuel asintiendo orgulloso y diciendo “así se hace”, y él sonríe satisfecho y reconoce que “a veces, los genes me asombran: por mucho que haya oído a mi padre, por mucho que le haya estudiado, no comprendo cómo a veces encuentro tonos, incluso gestos según me dicen los que le conocieron, que le traen conmigo al escenario… ¡Es cierto eso de la fuerza de la sangre, sin duda!”. Para contar cómo Jacobo ha llegado a ser don Pablos, la criatura quevediana, hay que remontarse al momento en que estaba inmerso en la gira de El mágico prodigioso de Calderón de la Barca (ahí tienen los dos adjetivos de antes) y regresó a Zamora (ya la habían representado antes), hecho que coincidió con una sustitución en el reparto: “Habíamos quedado para ensayar con el nuevo actor, pero me levanté con cuarenta de fiebre, hecho un guiñapo, sin voz; no sé ni cómo llegué al Teatro Principal, me tumbé en una butaca, en realidad me dejé caer, todo lo veía como entre las brumas de la fiebre, y de repente oigo al director del teatro, Daniel Pérez, decir que viéndome ahí doliente, hecho polvo, sin energía, se le ocurre que sería un Buscón como pocos”. No era, lógicamente, un momento para reaccionar, pero la semilla ya estaba plantada y así fue cómo, años después, Daniel le envió un tratamiento de la celebérrima novela (“esa que, al leer obligados en el colegio, al no ser bien explicada, en realidad nadie ha leído hasta que lo hace de adulto, hasta que, como yo, me puse a cotejar el original con el texto de Daniel”), una versión actualizada, “en la que incluso había un botellón”, que Jacobo rechaza, “sobre todo una vez me pongo al día con Quevedo y compruebo que poco hay que enmendarle la plana”; es entonces cuando contacta con el autor y éste le confiesa que lo primero que escribió seguía la prosa original, variando sólo lo que podría ser ininteligible y recortando algunos episodios, “y entonces lo tuve claro: ¿por qué me no envías ésa y nos ponemos a la tarea?”.
   Obviamente, en un monólogo de algo más de una hora no puede condensarse la novela, pero uno de los mayores aciertos del montaje es no intentarlo; puesto que la estructura de este tipo de historias se construye a través de episodios independientes, se han seleccionado los más significativos, “los que permiten dar unas pinceladas certeras sobre el personaje, sobre la época, los que permiten que el espectáculo avance, los que tienen mejor traducción dramática, los que más parecen escritos ahora mismo”. Y es que, quitando aquí y añadiendo allá, estando mínimamente atento e informado, resulta muy sencillo para un espectador del siglo XXI empatizar con don Pablos y trasladar la crítica de aquella época a personajes de la actual, he ahí la vigencia de lo que es clásico con toda justicia; porque siempre se habla de la picaresca española, pero malentendiéndola, utilizándola para rebajar la condena que deben recibir los así considerados, nunca falta el que, en medio del debate sobre Bárcenas, los ERE andaluces, el caso Nóos, hace mención a nuestra idiosincrasia y compara a los implicados en estas tramas con Rinconete y Cortadillo, Lázaro de Tormes, el propio don Pablos y otros personajes de aquel momento, olvidando que todos ellos sólo querían comer, que agudizaban el ingenio para llevarse algo a la boca, ese es el auténtico pícaro: “El Buscón es honesto, es buena persona, sólo quiere prosperar y tener una educación, salir de la miseria, como él mismo afirma, profesar honra y virtud, que no le estigmaticen porque su padre fue ladrón y su madre alcahueta”.
   Es un placer (y un lujo) contemplar a Jacobo mientras habla de teatro, de este proyecto que tantas satisfacciones le está dando, de esta reivindicación del hecho teatral en estado puro (un actor, la palabra, caja negra –aunque en el Infanta Isabel se ha aprovechado algo de la escenografía de la función con la que comparte escenario-, los aportes musicales de Dulcinea Juárez como vehículo para recrear la época -¿Para cuándo los musicales en España estarán en manos de personas que los merezcan, los amen, estén preparados y capacitados para ello en el escenario y en los despachos? Mientras que nos siguen dando gato por león, intérpretes del calibre de Dulcinea, quien salvaba ella sola aquel despropósito que se quiso hacer pasar por Los productores, pudiera pensarse que ven desperdiciados sus mejores años (pero se marcan un Forever Young, un Buscón y lo que haya de venir)-, es un orgullo sentirme parte de lo que Jacobo va desgranando, de que imite (asombrosamente) al gran José Tamayo –“al que tanto debo, sobre todo que me mandase a prepararme cuando con diecisiete años le dije a mi madre que quería ser actor”- o a Pepe Sacristán en El hombre de la Mancha –“uno de esos momentos que nunca olvidaré como espectador y como actor”-, de que desgrane recuerdos, repase su recorrido hasta el momento actual –“nunca fui niño de camerino, no tuve tiempo, perdí a mi padre con apenas tres años, pero lo fui de patio de butacas gracias a mi madre, que se empeñó y logró que supiese quién fue él, qué hizo, de dónde venía yo”-, me conceda su intimidad, su complicidad, para referirme sucesos que quedan entre nosotros, que si salen a la luz lo harán por indiscreciones de otros, me enseñe el vestuario de la función que él mismo lava en casa y prepara para la siguiente (más Juan Palomo que nunca), evoque a aquel chaval que jugaba en su casa a reproducir las funciones que veía con su madre o las que habitaban entre los libros y legajos de don Manuel, me cuente un sueño recurrente: “Llevo una temporada que, más que soñar como tantas veces y tantos compañeros, que olvido texto, que no ensayé lo suficiente, que no sé qué debo decir, me veo en escena, diciendo la letra sin problemas, pero en un momento concreto empiezo a ser consciente de que según digo una frase voy perdiendo las del final, es decir, que según avanzo llegaré a un punto en que no podré seguir porque habré perdido lo que queda… ¡Una de esas paranoias de actor, jajajaja!”. Su grandeza en escena, su concienzuda preparación, sus condiciones y facultades como intérprete son tales que, si de repente la mente se le quedara en blanco, como ya le sucedió en una ocasión en que sólo fue consciente a posteriori y porque se lo señalaron desde fuera (varió ocho versos pero los endecasílabos sonaron y rimaron como los originales), sería capaz de reinventar a Quevedo sonando como él, pareciéndose a él, siendo, como lo es cada martes en el Infanta Isabel, el Buscón don Pablos al modo en que lo soñó el grandísimo escritor (y algunos otros personajes a los que también presta voz y movimientos en un despliegue de cualidades, en un alarde de gran actor).     

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