sábado, 4 de junio de 2016

LAS PENAS CON AMOR, ¿SON MENOS?






  Tengo un cierto hábito en comenzar citando escritos anteriores, pero créanme si les digo que no es por egolatría sino por redundancia, porque soy muy pesado con aquello que me gusta, porque siempre estoy dando vueltas a lo mismo, porque procuro ser espectador agradecido y eso me fuerza a regresar una y otra vez a los mismos argumentos, motivo por el cual hoy vuelvo a utilizar la fórmula “ya he citado en alguna ocasión” para iniciar el enésimo panegírico al inmenso e inagotable talento de una actriz a la que admiro casi desde que tengo uso de razón, es por eso por lo que iba a comenzar evocando algo que, en realidad, he contado innumerables veces, bien en este blog, en algún libro, sin duda en la radio, y es hablar de la manera sencilla y natural en que los de cierta generación, los cuarentañeros orgullosos de serlo (en algunos casos más cerca del medio siglo que otra cosa), los que contamos experiencias sin temor a que la gente eche cuentas y sin falsear las fechas intentando desmentir al DNI (y en la mayoría de los casos sin engañar a nadie -y eso que, ya que nos ponemos, uno puede presumir de que casi nunca adivinan la edad correcta porque siempre se quedan cortos-), los que éramos críos en los 70-80 del siglo pasado (puede abrirse la horquilla incluyendo los 60) nos familiarizamos con un buen puñado de rostros, de actores que, aunque suene trillado e incluso tonto, se consideraban de la familia porque estaban en la pantalla a cada rato, bien en las adaptaciones que nos hicieron conocer y amar el teatro, en los programas infantiles nunca suficientemente aplaudidos (en breve, por fin, cumpliré mi promesa de hablar sobre Las aventuras del hada Rebeca, en lo que planifiqué como homenaje a la querida Conchita Goyanes y que ahora, por desgracia, también servirá para hacer lo propio con Miguel Picazo), en aquella Primera sesión de los sábados o en múltiples ciclos y programas en los que nos partíamos de risa (al margen de la abundancia de títulos del género, a esa edad se tiende a la comedia, ya habrá tiempo para dramas) con Manolo Gómez Bur, Gracita Morales, José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Paco Martínez Soria, Florinda Chico, Rafaela Aparicio, Tony Leblanc y, por supuesto, Concha Velasco. He intentado rememorar cuándo me fijé en ella por primera vez y soy incapaz de concretar, se me mezclan películas, sé que me caía muy bien, que me parecía muy divertida, dinámica, explosiva, estupenda, auténtica, que con el tiempo fui descubriendo su versatilidad, que tuve la fortuna de ser testigo de aquel Buenas noches, madre que la reunió con la que ella siempre ha considerado su maestra, la prodigiosa Mary Carrillo, que le pedí al tío Miguel como regalo de cumpleaños una entrada para ver Mamá, quiero ser artista, que olvidando mi proverbial timidez, esa vergüenza que no me ha abandonado en tantos años de periodismo, ese lastre que debo soltar para poder desempeñar mi trabajo (eso sí, una vez lo hago no hay quien me pare), pregunté si podía bajar a los camerinos para saludarla y llevarme firmado el programa de mano (que aún conservo como un tesoro, porque no otra cosa es), pero lo que estaba celebrando eran mis quince años, ya era admirador incondicional, ¿cuál fue, entonces, el punto de partida? Tengo muy fresco el recuerdo de ir al Cine Carolina (que no existe desde hace mucho -demasiado- tiempo), uno de esos locales de sesión continua en los que alimenté mi cinefilia, a ver lo que ya había sido un exitazo a finales de los 60, por eso la tía Carmen quería repetir, no me cuesta esfuerzo recordar cómo nos reímos con Pero… ¿en qué país vivimos?, cómo me fascinaba esa señora que se enfrentaba musicalmente a Manolo Escobar, una intérprete muy completa aunque en ese momento yo tan sólo pensase que era genial que cantase, bailase y nos hiciera compartir un rato maravilloso; pero no podría asegurar si eso sucedió antes o después de que una tarde de viernes me muriese de risa viendo con la tía y la abuela Los que tocan el piano, cuyo plano final quedó para siempre en mi memoria: el comisario al que da vida José Bódalo (otro que tal: ¡Lo que me ha gustado siempre!) pide un suizo y algo más (hasta ahí no llego) para que les lleven a la celda a los interfectos y de la cabeza de Concha sale una viñeta en la que se ve vestida de novia, pero de su vestido asoma la típica bola con grillete con la que solía dibujarse a los presidiarios en los tebeos. Por lo tanto, entre ritmos pop enfrentados a los flamencos y ladrones de medio pelo, así fue como Concha Velasco se abrió paso en mi corazoncito de espectador.
   Y, desde ese momento, el delirio, no me importa que haya presentado programas infumables o haya participado en películas que no la merecían, le he sido fiel con delectación y empeño, tengo la fortuna de compartir esa devoción (como tantas otras) con Pablo, ¡incluso vimos aquello de Mi abuelo es el mejor!, el otro día me dio por enumerar, un tanto someramente, las muchas mujeres que ha sido y, así quedó la cosa tal y como pudieron leer mis contactos en Facebook:  la chica de la Cruz Roja, la de Bringas, Teresa de Jesús, el águila de fuego, la chica ye-ye, Hécuba, la de la hora bruja, una abeja de la colmena celiana, la que bailaba el tiro-liro mientras se escuchaba un "pim, pam...¡fuego!", la hechicera en palacio, Carmen Carmen, Filomena Marturano, Dolly, Palmira Gadea, Mata Hari, la que se bajaba en la próxima, la que temblorosa pero dispuesta al martirio por su fe se atrevió a decir "mamá, quiero ser artista", la que supo imprimir tintes trágicos a un simple "buenas noches, madre", la que interrogaba "¿qué hizo usted ayer?", la encantada de la vida, la que tocaba el piano, la que sólo quería bailar, Julia (la del celacanto) y, aunque ahí me detuve, hubiese podido añadir a la Mariana Pineda arrecogía en el beaterio de Santa María Egipciaca, a doña Inés (tanto la de Zorrilla como la desabrochada de Antonio Gala), a La Truhana, a Carmen Orozco, a la de las galas de Nochevieja en directo, a la muchachita de Valladolid (eso siempre, más allá del personaje, excepto en Mamá, quiero ser artista donde era de Burgos), a la que tenía que servir, a Serafina delle Rose, en fin, a muchísimas, cada cual que elija sus preferidas. Y esta enumeración vino provocada porque, poco antes de ponerme a escribir compulsivamente, habíamos sido testigos de algo que ha nacido histórico, antológico, cumbre interpretativa, un espectáculo que quedará para los anales, una página teatral que se graba a fuego en el espectador, consciente de que está ante algo muy especial cuando apenas han pasado unos minutos: ¡Concha Velasco interpreta (es mucho más, pero dejémoslo ahí por el momento) Reina Juana! ¡Vayan reservando todos los premios! ¡No se la pierdan! (aunque para la temporada anunciada en La Abadía ya no quedan entradas, incluso después de haber prorrogado -imagino que regresará, búsquenla en la gira si les cae a mano-).
   Juana, la hija de los Reyes Católicos, conocida con el sobrenombre de la Loca, esa de la que tenemos una imagen un tanto distorsionada a causa del texto de Tamayo y Baus que, previa adaptación de Carlos Blanco y Alfredo Echegaray, Juan de Orduña convirtió en estupenda película (le pese a quien le pese: la revisé hace no demasiado y mantiene su vigor, responde a los cánones del momento pero se asumen con dignidad y se aprovechan para construir un filme apasionante -todo lo contrario a la versión de Vicente Aranda, plúmbea y acartonada, estática y sin vida, a pesar de una esforzada Pilar López de Ayala y una soberbia Susi Sánchez como Isabel I-), Juana, la de Locura de amor, a la que Aurora Bautista confirió todo su dramatismo, su timbre vibrante y plañidero, su histrionismo aquí muy bien encauzado para que una frase quedase en la memoria colectiva: “No le despertéis, silencio, el Rey se ha dormido”, Juana, cantada en coplas, no podía ser de otra manera, de hecho Paco Valladares parodiaba zumbón los amaneramientos de la época entonando aquello de “Reina Juana, ¿por qué lloras, si es tu pena la mejor? / Porque no fue mal cariño, que fue locura de amor” (¡Vaya consuelo!), Juana, a la que comprendemos en toda su complejidad gracias a un magnífico texto de Ernesto Caballero que no se pierde en vericuetos ni en demostrar todo lo que ha estudiado, Juana es una mujer que vive cautiva, que tiene mucho guardado en su corazón, más vivo de lo que muchos querrían, en su mente, más lúcida de lo que a tantos les gustaría, en su alma, más atormentada de lo deseable, en sus palabras, más certeras y reveladoras de lo que su confesor podría esperar, Juana desgrana recuerdos, pesares, frustraciones, triunfos, jolgorios, odios, una cruel y larguísima partida de ajedrez en la que ha sido tratada como un mero peón a pesar de su testa coronada, Juana no tiene nada que esconder, al fin y al cabo está amparada en el secreto de confesión, no tiene nada (más) que perder, se expresa sin tapujos y el autor consigue que lo que importe sea lo humano, lo anímico, lo íntimo, el que quiera saber más tendrá que acudir a los libros de Historia, pero los datos fundamentales e imprescindibles para contextualizar al personaje y entender sus porqués (o las justificaciones dadas por otros para tratarla de esa manera) están ahí, es un buen tratado, una lección bien explicada que sabe transformarse en texto dramático, al que Gerardo Vera ha sabido insuflar vida con lo mínimo, utilizando con muchísima inteligencia y cuidado las proyecciones, jugando con las penumbras, con la oscuridad en que Juana está inmersa, no sólo en su celda de Tordesillas sino en lo más hondo, en sí misma. Y, por supuesto, por encima de todo, Juana es Concha, habitando el personaje, fundiéndose con él, capturando al público desde el primer minuto, manejando su característico e inimitable “tono Velasco” para velar la voz casi hasta lo inaudible y sacudirnos con su dolor, estallando de rabia sin transición, riendo desesperadamente, rememorando su enamoramiento con gracilidad y decir un tanto atiplado, anegándose en lágrimas que llevan años enquistadas en sus ojos, reclamando la gloria que le corresponde por nacimiento, moviéndose por el escenario como si fuese muchas mujeres, imprimiendo un ritmo incansable que mantiene en vilo (y en silencio: ¡Oh, milagro!) al patio de butacas, el que no puede evitar prorrumpir en una ovación que se quiere inacabable, todo parece poco para celebrar lo contemplado, lo disfrutado, la ceremonia teatral como pocas veces se ha visto, gritos de júbilo coronan a la que ya era reina pero no se ha dormido en los laureles, comprometida con su arte, con sus seguidores, con los que seguimos encontrando razones para continuar en reclinatorio rindiéndole pleitesía. ¡Gracias por existir, señora Velasco! Hablar de prodigio, de portento, de cima, de gloriosa, de poderío, de abracadabrante, de lo que ustedes quieran, es quedarse muy corto porque no es que Concha Velasco lo haya vuelto a hacer, es que se ha superado, se ha reinventado, se ha magnificado, se ha salido, hay que crear nuevos adjetivos, otras categorías, ya nada es igual desde que la Reina Juana tiene la voz, el rostro, las manos (¡Esas manos! ¡Cómo las maneja!), el nombre de Concha Velasco.

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