viernes, 11 de noviembre de 2016

DE HOMENAJES Y OTROS DESASTRES



  

 Suele decirse mucho aquello de “que Dios te libre del día de las alabanzas”, porque bien se ha demostrado que, en cuanto se hace público el fallecimiento de alguien a quien en vida negamos el pan y la sal o, sencillamente, ignoramos (y no nos referimos sólo a prestar más o menos atención, sino a no saber nada sobre su obra y méritos, a, directamente, desconocer su existencia), empiezan a proliferar como las setas después de unas buenas lluvias (sobre todo ahora gracias a las redes sociales) panegíricos, lamentos, obituarios, evocaciones, recordatorios que en demasiadas ocasiones son fruto del copiar y pegar o del compartir que tanto abunda por aquí, ese querer formar parte de lo que se percibe como mayoría, ese no quedarse fuera del sentir general (o de lo que es así llamado) aunque ni se lea lo que se retuitea (y eso que el tope son 140 caracteres, no digamos nada si se trata de artículos, reportajes, textos más largos o vídeos que superen el minuto y medio de duración -seamos generosos con el tiempo que alguien está dispuesto a dedicar a algo antes de seguir navegando, saltando de aquí a allá, pegando más brincos virtuales que una ficha de parchís que se va merendando las del equipo contrario-), hay mucho papanatismo en ciertas glosas que, según de dónde o quién vengan, sólo sirven para confundir al receptor (sin ir más lejos, hoy mismo, al despedir a Leonard Cohen hay muchos que hace apenas un mes recriminaban a la Academia Sueca la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan y ahora, tal vez también lo hicieron en su día, la contradicción es la misma, se deshacen en elogios hacia el jurado que concedió al autor de Suzanne el Príncipe de Asturias de las Letras en 2011 -entonces se llamaba así, ¡con lo fácil que hubiese sido, puesto que es lo que es, denominar al galardón con la palabra Principado y, así, no hubiese practicado, una vez más, ese machismo ancestral, consentido, refrendado, latente y palpable!-, te topas con gente que en infinidad de ocasiones han hecho mofa del modo de susurrar canturreando de Cohen o le han considerado un antídoto infalible contra el insomnio -un servidor, sin ir más lejos, no lo oculto, por eso guardé silencio en mi muro de Facebook, no me alegra su muerte, desde luego, pero tampoco la siento como una pérdida en lo que a mi particular mitología de gentes a las que adorar se refiere-, pero ahí están colgando vídeos del artista o la traducción de alguna de sus canciones y hablando de su maestría y utilizando calificativos de los que se ha burlado mil veces cuando eran otros los que los empleaban para cantar, nunca mejor dicho, las excelencias que ellos encontraban en aquel que musicó esplendorosamente, a cada uno lo que es de cada uno, el Pequeño vals vienés de Lorca -me refiero a conversaciones privadas, a charlas distendidas en las que no se utilizan caretas ni imposturas (o eso queremos creer cuando entramos en el terreno más íntimo), aunque he sorprendido a uno que expresó su descontento en público y ahora parece el admirador más desolado del mundo-). Pero, por otro lado (o siguiendo en el mismo en realidad), en España solemos ser muy ingratos, muy cicateros, muy poco o nada pródigos en homenajes, reediciones, reposiciones, celebraciones, estudios, relecturas (tampoco es que destaquemos demasiado en lecturas, ¡como para repetir! ¡Qué ingenuo es uno!), reivindicaciones, recuperaciones, en la salvaguarda de nuestro legado cultural, ahí está la diferencia entre lo sucedido durante este 2016 en torno al IV Centenario de la muerte de Cervantes y al de Shakespeare, aunque a los ingleses, a los británicos en general, no les hace falta esperar a una fecha señalada para festejar a sus autores, no se ven obligados, como en estos lares, a lanzar fuegos de artificio que no dejan huella, a preparar un tanto a la carrera, cuando se hace, solemnidades huecas que estallan como las burbujas del champán con que en estas ocasiones (y en tantas otras) brindan las autoridades de cara a la galería, organizando y utilizando el acto para su mera promoción personal. Aquí todos los esfuerzos se van en localizar unos huesos, más, de nuevo, como posible medalla que alguien pueda colgarse que como acto de justicia, de honra necesaria, de estímulo y auténtico logro para que un escritor universal forme parte (como sí sucede con el Bardo en su tierra natal) del sentir popular, de aquello que se hereda y siente como propio, que se vive cotidianamente, que no hay que esforzarse para conocer y amar (aunque ellos no bajan la guardia, por eso consiguen esa implantación gozosa, no hay dolor ni sangre, es el público quien lo demanda, son los niños los que aprenden fragmentos o participan en montajes amateurs sin vivirlos como una obligación sino como una diversión), aquí se pierde el tiempo en discusiones que descienden a lo más bajo (e incluso rastrero), que olvidan el motivo principal de las mismas (y la altura intelectual, las posibles aportaciones, la devoción que a veces es tan sólo supuesta por Cervantes) para saldar cuentas pendientes y poder exhibir el título de “máxima autoridad” con que sentirse por encima del resto, pero de hacer pedagogía, de enseñar, de infundir y difundir, de aquello que consiguió con enorme naturalidad y proporcionando disfrute y deleite una serie de animación (que uno no dejará de añorar y reivindicar), consiguiendo que, con apenas 10 años, más de uno intentase (y concluyese) la maravillosa aventura de adentrarse en las páginas de ese libro al que siempre nos referimos como El Quijote.
   Así, por ejemplo, el pasado 29 de septiembre se cumplían cien años del nacimiento de Antonio Buero Vallejo, un nombre imprescindible para hablar, entender y amar el teatro español del siglo XX, pero no había en cartel ninguna de sus obras, algún acto aquí (sin la dimensión ni la proliferación que hubieran sido deseadas) y una exposición allá (un tanto raquítica y mal promocionada) ha sido todo a lo que ha podido recurrir el espectador que anhela mantener la memoria viva y activa (y a la página web de RTVE donde, con cierto descuido -característica general, por desgracia, del modo en que se trata ese magnífico archivo de lo que en su día fueron emisiones que inyectaban el dulce veneno del teatro-, pueden encontrarse algunas páginas doradas de los espacios dramáticos que TVE emitía en horario de máxima audiencia -sí, era la única, sí, siempre ha sido un juguete a mayor gloria de quien detentase el poder, sí, se ha utilizado sin recato como difusora de propaganda, ¡pero hay que ver cuánto le debemos en lo que bagaje cultural se refiere!-, muchas de las cuales se deben a escritos originales del dramaturgo guadalajareño). Algunos han escurrido el bulto alegando la poca o nula predisposición y colaboración de los herederos de Buero, aquiescencia que no es imprescindible en según qué asuntos, por un lado, aunque esto colisiona frontalmente con lo que su viuda, la actriz Victoria Rodríguez, declaraba recientemente en una entrevista concedida a ABC cuando Juan Ignacio García Garzón se extrañaba de que ningún teatro público hubiese programado este año alguna obra del autor: “Claro, parece que para eso no hay dinero. Y además, le voy a contar más cosas, ha habido un director que quería montar Las cartas boca abajo y yo hice gestiones para que en Castilla-La Mancha le programaran en algún teatro. Pero no ha sido posible, y si usted ve las cosas que hay allí anunciadas se le caen los palos del sombrajo. Supongo que es consecuencia del chanchulleo político que hay, no quiero pensar que sea por no hacer un Buero”. El caso es que, más allá de que se le siga estudiando en institutos y universidades (aunque ignoro con qué intensidad y detenimiento, al menos cuando cursé COU, entre 1987 y 1988, Historia de una escalera era uno de los textos obligatorios en la asignatura de Literatura, de hecho fue una de las preguntas que hubo que responder en el examen de Selectividad), Buero Vallejo siempre queda un tanto arrinconado, hay quien no le perdona su aparente connivencia con el franquismo, se le reprocha que optase por seguir escribiendo pese a la censura, se pasa por alto su condición de represaliado (lo importante es lo que escribió, pero ya que algunos sacan a relucir lo meramente político para considerar dignos de recuerdo a unos, que no siempre merecen la atención que se les presta, convendría entonces conocer también la peripecia vital de alguien que, por ejemplo, estuvo afiliado al Partido Comunista y trabajó por su reorganización tras la Guerra Civil, compartió presidio con Miguel Hernández, estuvo condenado a muerte, fue prohibido por esa censura contra la que hay quien llega a afirmar no luchó, la esquivó con argucias literarias, con sutilezas, alegorías y simbolismos que conforman un espléndido corpus dramático que todavía apabulla y conmueve), se ignora qué y cómo cuentan injusticias, miserias, tragedias, enfrentamientos contra el opresor, cómo se persigue, aboga, defiende y clama por la libertad en creaciones como la ya citada Historia de una escalera (estrenada de tapadillo y para cumplir con las bases del Premio Lope de Vega, que sorprendentemente obtuvo, puede que el jurado se quedase en lo superficial, como tantas veces la censura que sólo prohibía lo obvio, lo que no se andaba con tapujos ni recurría a subterfugios -aunque les colaron golazos de antología-, o aquellos que debían controlar el fallo no supieron hacer su trabajo represor, un éxito clamoroso e inmediato que no se pudo evitar/ocultar), se desconocen La fundación, Un soñador para el pueblo, El tragaluz, El concierto de San Ovidio u Hoy es fiesta, impactos en plena línea de flotación del franquismo aunque algunas puedan parecer ingenuas, conformistas, nada combativas.
   Sí lo fue, y mucho, otro nombre a recuperar, Alfonso Sastre, de hecho se enfrentó a Buero, el llamado y reconocido posibilista, su opuesto porque Sastre abogaba y denunciaba la imposibilidad de escribir bajo el yugo de la censura, presentando a pesar de todo (o precisamente por ello) un teatro claramente comprometido, vigoroso, potente, todo un escupitajo en el rostro del Régimen que, en cuanto fue consciente de la fuga que suponía Escuadra hacia la muerte en su férreo muro de contención, se aplicó con la furia represora habitual y prohibió las representaciones de esa función en el María Guerrero en 1953 (dirigida por Pérez Puig e interpretada por, entre otros, Adolfo Marsillach y Juanjo Menéndez), sólo tres días después del estreno, no regresando a las tablas comerciales, al teatro público o privado (sin embargo, era el texto que más elegían estudiantes como trabajo de fin de curso o carrera, así como muchas compañías amateur), hasta hace poco más de un mes en que, en un acto de pura justicia, se reestrenó con todos los honores en el mismo lugar en que fue apeada de escena, es decir, el María Guerrero, actualmente una de las sedes del Centro Dramático Nacional. Es una lástima que Paco Azorín haya pensado que el texto debía retocarse, manipularse, variarse, reforzarse (como si lo necesitase) con las palabras de Bertolt Brecht (por mucho que entronque con Sastre, cada uno es cada uno y merece su espacio y nuestra atención sin interferencias ni remezclas, en todo caso, que se anuncie que el texto es un refrito, una adaptación, una versión, una inspiración, que no se utilice el nombre de nadie en vano o dando, en parte, gato por liebre), recargarse con proyecciones, sonidos, no dejarlo expresarse por sí mismo, ahogándolo en una escenografía que termina por jugar en contra del montaje al fagocitar lo fundamental, es decir, la palabra, aquella que se prohibió, reprimió, silenció, la que es magnífico se pueda conocer, representar, difundir y, de nuevo, sin tener que incidir en lo político para que alguien lo lleve a cabo, claro que hay mucho de ello en cada palabra, en cada personaje, pero lo que queda es el conjunto, la calidad de un autor más allá de posicionamientos, ideologías y filiaciones, una época a seguir estudiando que no precisa de actualizaciones, retoques, atribuciones, estrambotes, reinterpretaciones, al menos hasta que la conozcamos suficientemente, y si algo se queda antiguo, porque así sucede, si lo que en su día fue rompedor, novedoso, bien recibido (o prohibido) pierde validez, fuerza, pertinencia -ojalá así fuese en parte, ojalá se pudiese hablar en pasado de ciertas catástrofes, de ciertos dramas, de muchos desastres, aunque el triunfo de Trump, por no referirnos a lo que tenemos más cerca, hace pensar que aún se necesitan autores como Sastre o Buero que, con un tono u otro, den esperanzas o aporten desolación (cuando no las dos cosas alternativamente), den voz a los que sufren, a los que no se escucha, saquen a la luz los desmanes, los crímenes, los abusos-, si algo queda como testimonio de otro momento, así debe ser, es decir, no negar la Historia, no cambiar las palabras de nadie. De todos modos, a pesar de la estridencia del montaje, de ese ruido que, dando al término el sentido que tiene en el mundo de la comunicación, ensucia el mensaje, obstruye el discurso, a pesar de ese clamoroso error de casting que es Julián Villagrán, a pesar de que se ha reducido a Sastre y menguado su voz tronante, si Escuadra hacia la muerte les pilla a mano puede ser un buen primer paso para entrar en el universo de un autor que debe seguir representándose, igual que Buero Vallejo y tantos otros.   

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