miércoles, 5 de julio de 2017

EL TIEMPO PRIMERO DE LA LIBERTAD Y LA VIDA






  A fuerza de práctica, de vez en cuando a uno le da por teorizar sobre el ejercicio de la crítica, sea como género periodístico o literario, en realidad recordar algunas cosas aprendidas en las aulas y en los libros, ciertas normas que no deberían perderse de vista, sobre todo a seguir desarrollando el modo en que Mercedes Gómez del Manzano (esa profesora tantas veces evocada, llorada y reconocida como maestra) transformó mi manera de analizar y juzgar, sin imposiciones, sin dogmas, sin apuntes, sin planillas, invitando a convivir con el texto, propiciando que nos zambullésemos (aunque singularizo porque hablo de su influencia sobre mí, me consta que no fui el único afectado gracias a sus prodigiosas clases) en la lectura con los sentidos muy abiertos, dando rienda suelta a la pasión, a los dictados del corazón, dejándonos empapar (o no) por el mismo, equilibrando y/o refrenando lo espontáneo, lo incontenible, lo meramente emocional con lo racional, con el análisis más honesto y meditado (y universitario, por supuesto: justificando cada afirmación positiva o negativa), aplicando nuestro criterio, ese que nunca deja de construirse (o así debería ser), así quedaba claro en aquellas lecciones magistrales que no pretendían ser tales, que nos proporcionaban herramientas y conocimiento para tener voz propia, que reclamaban, casi exigían en el sentido de que no quería una mera repetición de lo leído o escuchado aquí y allá, quería que cada trabajo presentado fuese personal e intransferible, en sus clases, como digo, se incentivaba y potenciaba la libertad, la independencia, que cada cual fuese capaz de explicar por qué gustaba de tal autor y rechazaba a aquél, por qué había elegido ese título en concreto para leer y examinar, Mercedes jamás impuso qué (ni mucho menos cómo) debía ser materia de nuestros ejercicios, nos introducía en cada época, recorría diferentes autores transversalmente, motivando que todos resultasen atractivos, redescubriéndonos a los que creíamos conocidos e incluso superados (aún hoy recuerda Juan Mairena mi boca abierta, mis temblores, mis lágrimas asomando tímidamente cuando Mercedes describió Macondo con palabras que, a buen seguro, hubiese firmado García Márquez), lanzaba preguntas a las que debíamos dar respuesta pero cada uno elegía a su compañero de viaje durante ese tiempo. Sólo en una ocasión dio ocho nombres (Thomas Mann, Marcel Proust, James Joyce y Franz Kafka a un lado, John Dos Passos, Ernest Hemingway, William Faulkner y Scott Fiztgerald al otro), nos dijo que escogiésemos uno de cada lista y que cruzásemos dos de sus novelas en un único trabajo (ahí tuve la ayuda de Luis Landero, otro maestro, espero hacerle pronto en este rincón la justicia que merece, quien recordó mi entusiasmo adolescente por Muerte en Venecia y me animó a iniciarme en Faulkner con Sartoris, “aunque parezcan, y sean, muy diferentes, tienen puntos concomitantes que sabrás apreciar y, sobre todo, para que no te lances a Luz de agosto en plan suicida y salgas escaldado” -y odiándole, añado, como nos ha sucedido tantas veces por culpa de planes educativos sin sentido diseñados para que nadie se haga lector, no digamos si el que se encarga de ejecutarlo se limita a imponer y hacer sangre (por aquello de la estúpida frase que afirma que eso es lo bueno para que la letra se nos quede dentro)-). Fue la semilla que plantó en mi corazón y en mi cerebro la que me ayudó a, de manera natural, ir centrando mi oficio en la crítica, siempre con el ánimo de entenderme un poco mejor a través de lo que me satisfacía y lo que no, amando aquello sobre lo que escribo/hablo (los libros, el cine, el teatro, la música), mucho más de lo que algunos puedan pensar, de ahí que no sea capaz de evitar cierto tono brusco (e incluso hiriente) cuando me siento estafado como receptor, también cuando creo detectar a personas que, imbuidas de una aureola de prestigio no siempre bien o suficientemente ganada (atribuida en demasiadas ocasiones por la tribuna desde la que pontifican), son como aquellos docentes que se colocan por encima del resto y te tratan con altivez y desprecio (y te suspenden) si no cacareas lo que dictan y dictaminan en sus clases, te hacen sentir inferior (e incluso lo afirman) si no compartes sus gustos (esos, por otro lado, que pocas veces son capaces de explicar con precisión).
   Y gracias a Mercedes intento siempre que puedo regirme por determinadas reglas (a veces, cierto es, estallo sin medida, si bien intento cimentar cada opinión, sobre todo si la emito en el ejercicio de mi profesión -y aunque como parte de la misma los tomo, sobre todo desde hace casi cinco años ya que es una de las posibilidades que tengo de seguir comunicando, ahí no entran, en principio, los comentarios de Facebook, por más que puedan ser extensos y, por lo tanto, se mediten, retoquen, reescriban-), ser lo más ecuánime posible, lo que se traduce en integridad personal y profesional (reconocer filas y fobias -a las que, dentro de su irracionalidad, se les puede encontrar fundamento lógico o, al menos, más allá de la palabra vacía de contenido-), en asumir la necesaria subjetividad (en contra de lo que muchos reclaman -especialmente los que no la practican-, es decir, esa objetividad que nunca puede ser absoluta -¡Gracias, Bernardino M. Hernando, otro maestro de los años universitarios!-, menos aún en un género -la crítica- que es fruto de la reflexión, del estudio, de lo que cada uno valora e incluso quiere demostrar -y por eso escribe un voluminoso tratado sobre este autor, aquel movimiento, una obra en concreto o analiza las que tratan un mismo asunto-), una crítica a veces debe emitirse en cuestión de horas o ejercerse en condiciones poco propicias, también todo eso hay que tenerlo en cuenta y comunicárselo al receptor, con el tiempo uno revisa lo que dijo y se percata de inexactitudes (o cambia radicalmente sus sensaciones -han pasado los años, no se estaba cubriendo un Festival y viendo cuatro películas cada día, la nueva obra de alguien hace que lo anterior cobre otro significado-), se reconocen y asumen los errores (o las visceralidades, la excesiva rapidez, la rotundidad, el prejuicio que ahora queda abatido, la inmadurez), por más que se expongan conclusiones personales (y se crea firmemente en ellas) no se trata de imponer sino de explicar por qué se ha disfrutado (o dejado de hacer o cualquiera de los estados intermedios). Y, eso sí, recordar siempre lo básico: la crítica es un género periodístico o literario, no se puede meter todo en el mismo saco, eso que abunda ahora por Internet no es tal por más que a tantos provoque escozor que se señale (mi añorado compañero Daniel Ampuero dijo en una ocasión en antena que un tweet jamás sería un reportaje y los humillados y ofendidos superaron con creces a los de Dostoievski), son opiniones, a veces muy bien sostenidas y argumentadas (dejamos a un lado los insultos, vejaciones, acosos y derribos, cuando no prácticas delictivas que tantos camuflan bajo la bandera de la libertad de expresión), en realidad iba a empezar por ahí pero ya saben lo que ocurre cuando este viejo periodista queda suelto, mil perdones.
   Más allá de algún comentario a vuelapluma, una charla entre amigos, una ocurrencia más o menos feliz para Facebook (esas que algunos convierten en categoría, igual que aquello que puede escribirse en un máximo de 140 caracteres), uno rehúye los adjetivos absolutos (o lo procura: se baja la guardia, puede que no tan inconscientemente como se pretende, y brotan como setas), esos que deberían quedar fuera del vocabulario de todo crítico que se precie, de todo analista, investigador, de todo aquel que se tome en serio y asuma su función con la imprescindible ética profesional. Decir que tal película es buena (o mala), que este autor no te gusta (o te priva), emplear ciertos giros aceptados (y no dotarles de sentido y/o contenido) es no decir nada por más que sea lo único que alguno va a espetarte cuando intentes replicar o discutir (dialécticamente hablando) sobre el asunto –“¿Cómo puedes decir que esta serie no es buena?”, algo que en realidad no has dicho, por cierto, sino que no te gusta, que te aburre, que la has abandonado-, y, sin embargo, desde que terminé El vino del estío de Ray Bradbury (un libro que sólo puede encontrarse, desgraciadamente, en librerías de lance o webs en las que particulares ofrecen aquellos ejemplares de los que quieren desprenderse), he recomendado su lectura a varias personas diciéndoles que es una de las novelas más bonitas que he leído. Si bien es cierto que, a la que me dan oportunidad, empiezo a pormenorizar y a completar tan somera opinión, no encuentro mejor palabra para resumir la catarata de emociones vividas y revividas, la siempre grata sensación de sentirse parte de lo leído, como si el narrador fueses tú o aquel estuviese al tanto de lo que piensas, lo que has vivido, lo que prefieres, lo que añoras, por qué tu corazón late a otro ritmo en según qué circunstancias o cuando convocas determinados recuerdos, da igual que, como en este caso, se hable del verano de 1928 y Bradbury sitúe la acción en una población ficticia de su Illinois natal, ya desde esa primera escena mágica en la que Douglas, el chaval de doce años que protagoniza la novela, celebra su ritual para dar la bienvenida al verano, el cascabeleo del corazón fue inevitable, sentí el huracán que desde las páginas me arrastraba hasta el mismo seno de la historia y hasta mi propia memoria, mi permanente nostalgia de aquellos veranos en que tanto había por hacer, largas horas de ocio que llenar con lecturas, películas, series, tal vez para muchos pareciesen aburridos, a veces me daba envidia cuando escuchaba el relato que compañeros de colegio hacían de sus vacaciones, fui chico de ciudad en gran medida por gusto, también porque no quedaba otra, el presupuesto familiar no siempre permitía poder viajar aunque fuese unos días (para compensar, fuimos a París cuando yo tenía once años), pero el verano se presentaba cada final de junio como una eterna aventura, como la culminación del trabajo en el colegio (o en el instituto y la Universidad, esa sensación tardó en abandonarme, en realidad quedó adormilada), como un derecho bien ganado, por eso me empeñaba en que, si el curso había terminado un viernes, no me dijesen que estaba de vacaciones hasta el lunes, el sábado y el domingo no contaban, esa era mi forma de darle la bienvenida (y las gracias por llegar), casi como Douglas.
   Fue Pablo, como tantas veces, quien me regaló El vino del estío (la edición de Minotauro de 1996 con traducción de Francisco Abelenda cuya portada puede verse en la foto que hay al inicio de este texto), en parte por ser su autor quien es, en parte porque de la lectura de la contraportada y de algunas páginas sueltas, comprendió que estábamos en un territorio propio, el del verano largo que aprendimos a mitificar gracias a Harper Lee, a Truman Capote (lo quieran o no, van de la mano en múltiples ocasiones), a Enid Blyton, a Stephen King, a muchos que llegarían con el tiempo, esos veranos que nos igualan, que se iniciaban con una agenda bien repleta de compromisos a los que no faltaríamos y de los que no nos cansaríamos, que siempre nos resultaban apetecibles y parecían nuevos, esos días con tantas horas por vivir que no terminaban nunca (salvo que al día siguiente hubiera alguna excursión que hacer, algún viaje que iniciar -y la excitación provocaba que aún durmiésemos menos-), escuchando la radio en la cama, leyendo hasta muy tarde (¡Con lo mal que llevo ahora lo de perder horas de sueño!), esperando que el calor diese tregua y se pudiese descansar, ese verano conformado por muchos con el que uno se reencuentra en las páginas de Bradbury, pareciéndose a alguno vivido incluso en las diferencias (porque sus anécdotas concretas ayudan a que rebroten las propias), ese verano que incluso echamos de menos en lo que nos disgustaba, en aquellas obligaciones que año tras año suponían cada vez más una carga que una diversión, al final en nuestro ánimo otorgamos primacía a lo positivo, por más que su reverso sea muy tenebroso y aún provoque alguna que otra arruga en el corazón (sobre todo en lo que a la tía Carmen hace referencia, tal vez acuso ahora con mayor intensidad el golpe cuando ella no es plenamente consciente de todo lo que sucedió). Bradbury, en tercera persona, transmite con fidelidad lo que un chaval imagina, aventura, anhela, su prosa es fresca, a ratos ingenua, responde con acierto a lo que alguien de doce años podría escribir, combinándolo a la perfección con pasajes evocadores, con la melancolía precisa, haciendo un retrato vívido, casi una instantánea que se tiñe de nostalgia en el mismo origen, ese regusto agridulce implícito en cada día de verano porque íbamos agotando posibilidades a demasiada velocidad, porque el tiempo era voraz, porque, incluso en aquella inconsciencia, en aquella Arcadia, sabíamos que aquello terminaría, que los veranos no volverían a ser lo mismo. Pero haberlos vivido, haberlos sublimado, tener tanto que agradecer y evocar (y tanto que llorar por irrepetible, tantas personas a las que echar de menos, tantos huecos que agrandar en estos momentos), eso no nos lo quitará nadie (sólo una maldita enfermedad que disfruta borrando vidas), ¡y es tan bonito que un escritor de la talla de Ray Bradbury nos refresque e inunde la memoria!

lunes, 3 de julio de 2017

CUANDO LA(S) ETIQUETA(S) SOBRA(N)



   


  Mi primera intención fue poner el título tal cual, sin recurrir a los paréntesis, quería (y quiero) hacer referencia a la impresionante trayectoria del escritor que hoy nos ocupa, a su continuo ir y venir por géneros diversos, ganándose el favor de público de todas las edades, ampliando la nómina de los mismos mientras su producción crece en progresión geométrica, sin descuidar a ninguno de sus lectores, atendiendo todos los frentes, prolífico hasta la extenuación -ajena, no propia- (“No me planteé superar ningún récord, eso no puedes preverlo; el caso es que cuando me dijeron que era el autor español vivo que más libros había publicado, si no llevo mal la cuenta estoy en los 470, lo primero que pensé fue “no me jodas” porque entonces me caía un sambenito que ya no puedo quitarme de encima y lo seré hasta que me muera [o hasta que venga otro capaz de igualar y/o superar la hazaña, me atrevería a apostillar, aunque tal hecho se antoja imposible, el propio entrevistado lo resulta a ratos: ¿Tanto escrito y con tanta calidad? ¡De traca (y celebración para el lector rendido a sus pies)!], aunque yo paso de todo, intento ser feliz y voy a mi bola”), pero de repente caí en la cuenta de que, jugando de ese modo con los signos, podía dar un sentido polisémico a lo que viene a continuación y, al mismo tiempo, entrar de lleno en el asunto por una vez en lugar de dar uno de mis larguísimos rodeos introductorios antes de meterme en harina. Resulta, como digo, que, tras muchos años pretendiéndolo, deseándolo y buscando la oportunidad (algo nada sencillo porque el entrevistado viaja durante al menos seis meses por todo el mundo, sin dejar de escribir mientras atiende los múltiples asuntos de su Fundación Taller de Letras sita en Colombia con la que fomenta la lectura y presta ayuda a escritores precoces -anualmente premia a un autor menor de dieciocho años- y de la que también lleva su nombre en Barcelona), por fin tenía al otro lado del teléfono a un señor al que llevo leyendo, siguiendo, admirando y queriendo (el roce -visitar frecuentemente su literatura- hace el cariño) casi desde que tengo uso de razón puesto que, entre otras muchas cosas, es uno de los autores que más y mejor frecuenta la escritura para chavales de cualquier edad, por su nombre se hizo familiar y querido (y requerido en la biblioteca) muy pronto; ante producción tan ingente, variopinta y en constante expansión, puede comprenderse que catalogarle como autor infantil y/o juvenil, musicólogo, policíaco, cronista, cualquier intento de clasificación se revela insuficiente porque deja fuera gran parte de lo que ha publicado, de ahí que las etiquetas estén de más. Cuando me siento tan cercano a alguien, cuando tengo la oportunidad de conversar con alguien a quien tantas satisfacciones como lector debo, suelo tender al tuteo porque le considero un amigo, un cómplice, alguien que puede que conozca mis intimidades mejor que yo (aunque no sea consciente de ello) por el modo en que me ha tocado con sus creaciones, pero en ocasiones el respeto me gana y me parece que el “usted” indica la necesaria reverencia, la posición que determinadas personas ocupan en mi imaginario (e incluso en lo más prosaico: espejos en que mirarse, gentes de las que aprender, obra con la que deleitarse y seguir creciendo emocional, ética y anímicamente), sólo de ese modo me pude dirigir cuando tuve la oportunidad a intelectuales como Mario Benedetti, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren, Carmen Martín Gaite o Rosa Chacel, y así lo hago cuando Jordi Sierra i Fabra atiende mi llamada y le saludo con una voz que no puede evitar temblar, pero él abate cualquier posible distanciamiento (que, insisto, no siento como tal, sino como deferencia, como protocolo) muerto de la risa (algo que apenas abandona durante la entrevista: ¡Qué optimismo, qué ánimo, qué jocosidad, qué vigor y pasión transmite en cada palabra pronunciada!), “oye, no me trates de usted que me da urticaria” (aunque igual dijo “una lipotimia”, algo nada extraño porque conversamos en uno de esos días infernales que padecimos cuando la primavera se transformó en verano sin avisar ni atender al calendario). Por lo tanto, también esa etiqueta quedó arrinconada y, desde ese momento, intentando no perder de vista el objetivo final (el presente texto, es decir, un trabajo que pueda ser considerado periodístico -aunque, nunca me cansaré de repetirlo, este arpa es una especie de diario público en el que compartir mis experiencias como lector o espectador (o lo que surja)-), un lector tuvo el privilegio de poder hacer preguntas, comentarios, desgranar reacciones a lo leído, emociones sentidas y que el autor que las había provocado respondiese.
   Ocho días de marzo, precisamente el octavo título de su serie con el inspector Mascarell como protagonista, publicado como todos los anteriores por Plaza y Janés, fue la excusa perfecta para entrar en la trastienda de unas historias (recuperadas ahora con nuevas portadas y numeradas para que sea fácil saber el orden de publicación -y de lectura, aunque pueden disfrutarse de manera autónoma-, no siempre el cardinal del título corresponde con el ordinal como en este caso) que están retratando la Barcelona de finales de los años 40 y principios de los 50 del siglo pasado (el tomo a que nos referimos, aparecido hace unos meses, transcurre en 1951) a través de las desventuras (no era época para muchas alegrías) de Miquel Mascarell, el último policía de la Barcelona republicana, tal y como le conocimos en Cuatro días de enero, origen de la saga aunque en un principio estaba previsto como un único libro: “Escribí el primero sin pensar en una continuación: llevaba unos veinte años dando vueltas a la idea de escribir una novela sobre los cuatro últimos días de Barcelona en 1939 antes de la ocupación por parte de las tropas de Franco, pero no acababa de encontrar ni el tono ni el tema. Pensé en una historia amorosa, que alguno de ellos tuviera que irse al exilio, pero al final me dije “Jordi, policíaco”, porque siempre que tengo alguna duda por algo, ¡tiro a lo policíaco! Fue la gente la que, al enamorarse del personaje, al destacar la integridad de Mascarell, empezó a reclamar más aventuras; pensé que con un par más sería suficiente, pero como no fue así, ahí arrancó de verdad la serie. Y por la calle me paran para decirme cosas, hacerme matices, preguntas, se implican, comentan, hacen peticiones, ¡casi como con los actores de las series a los que insultan confundiéndoles con sus personajes!”. Y, así, desde aquel 2008 en que se publicó Cuatro días de enero, han ido llegando Siete días de julio, Cinco días de octubre, Dos días de mayo, Seis días de diciembre, Nueve días de abril, Tres días de agosto y ahora Ocho días de marzo, colección que ya puede encontrarse numerada convenientemente gracias a esta reedición “para que nadie se líe con los días y los meses”. Y es asombroso cómo consigue concretar la trama en el tiempo que anuncia el título sin que el lector perciba precipitación, acumulación, pérdida de verosimilitud, aunque el autor reconoce que ese aspecto se va haciendo más complejo según escribe nuevas entregas: “En lo del tiempo me han dado más guerra los últimos títulos de Mascarell: al comienzo hacía un guión y a ver cuántos días salían, no había nada cerrado, pero en Ocho días de marzo tenía menos opciones porque me quedaban pocos números por usar (ocho, diez y tres). Reconozco que hice algo de trampa porque el primero y el último apenas ocupan unas páginas, unas cuantas horas, aunque en total son ocho días, eso que nadie lo dude. El libro que aparecerá en marzo de 2018, que ya está terminado, será Diez días de junio, el periodo de tiempo más largo y, además, el caso más complejo porque a Miquel le acusan de asesinato, con el asunto de la pederastia de los curas de aquellos años como trasfondo. Después tengo pensado escribir Un día de septiembre, añadiendo algunos días de octubre o noviembre, será partido, y con ese habré agotado los números del uno al diez. Ya veremos qué haré después, pero aún me quedan dos años para pensarlo, jajaja” (entonces le digo que, de todos modos, aún le quedaría algún mes por utilizar y aún se ríe más, diciendo “bueno, ya se verá en su momento”).
   Como ya se ha señalado, la serie de Mascarell puede empezarse por donde se quiera, alterar el orden, leer sólo un tomo (algo que ocurrirá en muy contadas ocasiones porque uno quiere saber más sobre Miquel y Patro, los dos personajes que aparecen en todas las historias), aunque respetar la cronología supone asistir a la evolución del personaje central, al modo en que el pasado reaparece a ráfagas, a cómo lo sucedido en una historia tiene repercusión en otra posterior, y a través de los casos que el inspector se ve o siente obligado a resolver vamos conociendo aquella Barcelona: “Son novelas policíacas en un contexto histórico, en este caso concreto no hago novela histórica, no es lo que busco, pero no oculto que Mascarell me sirve para pasar cuentas con mi pasado, para ajusticiar cosas, para recordar hechos como la huelga de tranvías en Barcelona en marzo de 1951 [trasfondo de la investigación que ocupa ocho días de la vida de Mascarell, justo cuando está a punto de tener su primer hijo con Patro], aún hay mucha gente que se refiere a ella, había quien tenía que ir a trabajar de punta a punta de la ciudad y lo hacía llorando, con miedo a que le pegasen un tiro: quiero recordar quiénes somos, de dónde venimos, porque la gente olvida muy rápido”. Sierra i Fabra transmite con eficacia y sobriedad sin perderse en la recreación histórica, sin abusar de las descripciones, sin perderse en disquisiciones innecesarias o abrumar con la investigación llevada a cabo para contextualizar y ser fiel a lo sucedido, capta la época a través de pequeños detalles, rutinas, comportamientos, frases, grisuras, miserias, ojos apagados, cuerpos fatigados, breves apuntes que nos dan un dibujo muy preciso y vívido de lo que sucedía, hay mucho de lo que el propio escritor recuerda, de lo que lee en La Vanguardia del momento (siempre da las gracias a “su soberbia hemeroteca”), hay mucha verdad en sus páginas, pero Jordi explica que su inspector no nació como un alter ego aunque el paso del tiempo les vaya haciendo más próximos: “ Mascarell es cada vez más yo, nos vamos acercando mucho, lo tengo muy controlado, me sorprendería que fuese distinto, tiene mucho de mí, también de mi maestro González Ledesma, a veces me parece que estoy hablando de él, mantenemos una dualidad peculiar. Le quiero muchísimo porque es una persona leal, está por encima de ideologías”. Y esa es otra de las grandezas de esta serie: el elemento político y social es imprescindible, es básico, define en gran medida a los personajes, pero ocupa el espacio debido, no interfiere en las tramas más de lo debido, no se trata de hacer proselitismo, el partido está tomado de antemano, se ve claro y no hace falta subrayarlo, especialmente porque, como es norma en Sierra i Fabra, los diálogos (rápidos, certeros, vivaces) hacen avanzar la acción y definen a los personajes mucho más que descripciones pormenorizadas de sus pensamientos: “Una de mis normas es que el narrador intervenga lo menos posible y casi todo se explique a través de los diálogos, que los personajes hablen mucho y a ser posible con frases cortas, a no ser que sea necesario que alguien deba contar algo con profusión de detalles, e incluso en esos casos [sucede, sin ir más lejos, en el arranque de Ocho días de marzo] interrumpo la charla con alguna pregunta o apreciaciones del interlocutor. En muchas de mis novelas, las escenas arrancan directamente con el diálogo y ya se irán dando los detalles para ubicar la conversación, para que se conozca el entorno, esa es la arquitectura que siempre he dominado y en eso, aunque suene feo, debo decir que soy el puto amo, mis novelas son puro diálogo”. Y esa agilidad es la que pasma por más que el lector conozca al autor, nunca deja de sorprender su modo de engarzar las frases precisas, los enredos sólidamente construidos, su habilidad para cautivar e hipnotizar sin dar tregua ni desfallecer, sin firmar una nueva entrega por compromiso: “Un libro de Mascarell lo escribo en unas tres semanas, pero documentarlo, preparar el guión, todo el trabajo previo me ocupa muchísimo más. He escrito toda la vida, creo que se me da bien lo de armar historias, tengo muy desarrollada esa capacidad: no soy el mejor autor del mundo, ni siquiera me considero escritor sino contador de historias, pero tengo una habilidad que es la de comunicar, llegar a la gente sin forzar, tengo el don de conectar con el lector”.
   Si de algo se arrepiente en lo que a esta serie se refiere es en haber empezado el segundo volumen (Siete días de julio) ocho años después del primero: “En el salto temporal que hay entre el primer libro y el segundo me equivoqué, nunca pensé que haría tantos libros y por eso le hice pasar ocho años y medio en el Valle de los Caídos; de haber salido antes lo hubiese hecho algo más joven, cinco años menos o así, pero quise que reapareciese en julio del 47 que fue cuando yo nací. Aunque creo que tampoco los lectores lo perciben como un anciano porque aún está cachondo, jajaja. Mascarell tiene ahora 66 años, cumplirá 67 el 28 de diciembre de 1951 en concreto, pero el caso es que yo voy a cumplir 70 y estoy como una moto, jajaja. Es cierto que, en aquella época, esa era una edad provecta, se era muy mayor, si bien es cierto que tampoco es un héroe de pegar bofetadas, no lleva pistola, no ha matado a nadie salvo en el primer libro, creo que tal y como le hago funcionar tiene cuerda para rato”. Bueno, puede que, como dijo Agatha Christie de Poirot y Marple, Mascarell haya nacido demasiado pronto (o demasiado mayor), pero Jordi consigue que cada escena sea creíble, nada chirría ni la verosimilitud se resiente jamás, en gran medida por sus años de entrega al oficio, por su manejo de las herramientas de escritor, por su probada naturaleza de narrador: “Nací para escribir, no puedo decirlo de otra manera. Descubrí con 40 años que mi padre era hijo ilegítimo de un médico muy famoso de Valladolid y, hasta ese momento, todo el mundo se asombraba de que yo escribiese cuando mi padre no pasó de ser un oficinista y mi madre casi no sabía ni leer ni escribir, mis abuelos eran el uno carpintero y el otro pescador. El caso es que parece que tengo unos genes increíbles: mis bisabuelos o tatarabuelos, los sanguíneos, crearon la primera clínica de autopsias de España en Segovia y parece que todo eso ha dado fruto. Ya con ocho años quise ser escritor y empecé a hacerlo: en el Museo de la Fundación en Barcelona están esos manuscritos, novelas de cien páginas escritas con nueve y diez años, no he hecho nada más que eso. Y tengo la fortuna de saber qué quiero, cómo lo quiero y de trabajar muy rápido, apenas dudo, el instinto es básico y me dejo llevar, escribo de tirón, nunca corrijo porque me aburro, pero el caso es que trabajo tanto su construcción, lo preparo tan minuciosamente, que en el momento concreto el libro sale casi solo porque tengo un guión exhaustivo, todo está medido”. Y se nota en cada página, al igual que transmite la pasión, el disfrute, las ganas y por eso nunca aburre, no cansa, no se repite, va a más y el lector de tantos años sigue celebrando y bebiéndose sus palabras (y lo mejor es que su ritmo de producción no decrece, todo lo contrario y que, él mismo lo ha contado, Miquel Mascarell en concreto aún tiene muchos entuertos por deshacer -a su pesar-).