sábado, 8 de septiembre de 2018

LA PREHISTORIA DEL JURÁSICO





   De todo corazón (…) deseo dejar estos malhadados pedruscos aquí mismo, en este malhadado pueblo, aquí mismo, en este malhadado páramo. Deseo de todo corazón dejarlos y marcharme a casa, a Filadelfia, y no volver a pensar en mi vida en Cope o en Marsh, en estratos de roca, géneros de dinosaurio o cualquier otro aspecto de este asunto agotador y tedioso. Y descubro, con horror, que no puedo. Debo volver con ellos o quedarme con ellos como una gallina clueca con sus huevos. Malditos sean todos los principios”. Aunque quien habla (o escribe) así es el protagonista real de la novela, a cuyos diarios tuvo acceso y de los que obtuvo permiso de los herederos para publicar algunos fragmentos, podemos fantasear, podemos hacer la broma de que es algo que Michael Crichton compartía con su personaje y por eso Dientes de dragón permaneció inédita hasta el año pasado, convirtiéndose además en póstuma al ser publicada nueve después de su muerte; o que, tal vez, siguiendo con las especulaciones, no terminó de ver clara la historia, tuvo dudas, optó por culminar otros proyectos, pensó que debía dejarla reposar (el caso es que no la destruyó), no es baladí considerarla el germen de su éxito apoteósico, del título por el que siempre será recordado, no sólo por ser una novela excelente sino por la magnífica traslación cinematográfica llevada a cabo por un supremo Steven Spielberg (de quien J. A. Bayona ha confirmado ser alumno aventajado hace unos meses con el estreno de otro título de la franquicia). Y aunque sea inevitable evocar Parque Jurásico al enfrentarse a una historia en que Crichton habla sobre dinosaurios (por más que sean bien diferentes, ahora lo veremos), aunque el lector apasionado se ponga a hacer sus cábalas, se zambulla en las páginas como un elefante en una cacharrería, especule sin freno, es la propia viuda del autor la que nos marca la dirección correcta (que, aunque un poco escorados, habíamos sido capaces de encontrar) cuando en la nota escrita para cerrar el volumen explica que Dientes de dragón era muy importante para Crichton porque “era el precursor de su “otra historia de dinosaurios””. Podemos, por tanto, desterrar cualquier idea negativa, ignoramos las auténticas razones por las que prefirió no darla a conocer, pero no fue por renegar de los animales extinguidos que, al ser resucitados por sus ficciones, le granjearon la inmortalidad por encima del resto de su producción literaria, cinematográfica y televisiva (pero no puede evitar leer el fragmento antes citado con una sonrisilla, bien por lo paradójico, bien porque quién sabe si, de alguna manera, la isla Nublar y lo que alberga ya andaban dando vueltas en la prodigiosa e infatigable imaginación del escritor).

   Dientes de dragón fue publicada en castellano (con traducción de Gabriel Dols Gallardo) por Plaza y Janés el pasado mes de mayo, pero desde casi antes de tenerla en mis manos pensé en dejarla para el verano, no por considerarla menor ni por reservar para ese tiempo (todavía este en que estamos, atmosféricamente hablando, por más que las tormentas y el descenso de las temperaturas puedan hacerlo olvidar) lecturas “de evasión”, “ligeras” o demás calificativos que en demasiadas ocasiones se pronuncian con notorio desprecio y queriendo hacer de menos (primero y fundamental, al no tener empleo remunerado no puedo hablar de vacaciones; segundo y no menos importante, los amables y leales seguidores de estos desvaríos saben que leo compulsiva, caótica, desordenadamente, saltando de un género a otro, de esto a aquello, sin etiquetas ni exquisiteces, sin erudición y sin tapujos). Todo lo contrario, como una especie de homenaje a tantos escritores que me acompañaron en aquellos largos veranos en que leía hasta altas horas de la madrugada, a aquellos libros que iba dejando a un lado durante el curso (sin atender a su posible ligereza, sino al hecho de no poder zambullirme en ellos como deseaba), como mágico reencuentro con uno de esos nombres que era (y es) sinónimo de diversión y entretenimiento (en el sentido más amplio y noble -en realidad, el único que tienen- de ambos términos), quise que Michael Crichton reapareciera en mi ánimo de lector reproduciendo en parte el escenario en que tuvimos nuestro primer contacto en lo que a libros se refiere: La amenaza de Andrómeda, cuya adaptación al cine propició uno de aquellos gloriosos sábados frente al televisor, por eso me interesé por aquel libro (y, entre medias, fui descubriendo su labor detrás de la cámara -y siempre fui más de Coma que de Westworld, entonces Almas de metal, igual que ahora-). Intentando, en la medida de lo posible, llegar lo más virgen posible a la novela, no quise leer ningún reportaje, reseña, noticia sobre Dientes de dragón más allá de un par de mínimos datos y alguna frase utilizada como promoción, por lo que fue al llegar a la nota de su viuda cuando descubrí que Crichton la escribió en algún momento a partir de 1974, que, como ya se ha señalado, la consideraba precursora de Parque Jurásico y ahí fue cuando empecé con las cábalas de por qué había permanecido inédita, por qué se había condenado al ostracismo a una novela fresca, divertida, emocionante y, sobre todo, muy real.

   La novela se cimenta sobre los diarios de William Johnson, un universitario veleidoso cuyos desmanes cubría la fortuna de su padre, quien, por una bravuconería que devino en una apuesta, se enroló en el verano de 1876 (fingiendo unos conocimientos en fotografía que no poseía) en una expedición al Oeste capitaneada por Othniel Charles Marsh, ambicioso paleontólogo de la Universidad de Yale en dura pugna con Edward Drinker Cope (del Haverford College de Pennsylvania) por hacer mayores y trascendentales descubrimientos en lo que a fósiles de dinosaurios se refería. En un breve texto final, Crichton advierte de que ambos personajes también existieron (y se les puede rastrear -nunca mejor dicho- en periódicos de la época) “y que su rivalidad y animadversión se presentan aquí sin exagerar; a decir verdad, se han suavizado, dado que el siglo XIX toleraba unos excesos ad hominem que cuesta creer en la actualidad”. Aun así, el tono paródico (o así lo ha interpretado un servidor) en que ambos son presentados, sus caracteres estrambóticos, su aire a lo criaturas de Verne mezcladas con los rasgos que Hergé imaginó para Rastapopoulos (en el caso de Marsh) o con la simbiosos perfecta entre un joven y pícaro Robert Redford y un Paul Newman caracterizado para participar en Buffalo Bill y los indios (en el de Cope), proporciona momentos absolutamente hilarantes y que se corresponden a la perfección con lo que el propio Johnson va desgranando en un diario que (al igual que otros testimonios) Crichton integra en su narración con gran acierto e inmensa pericia, siendo indistinguible (de no estar convenientemente señalado y atribuido) quién escribe cada párrafo. Dientes de dragón combina elementos de la novela de aventuras con los aspectos científicos que son base y seña de identidad de sus creaciones, pero evita la tentación (algo que también es bastante habitual en él) de ponerse docto o recurrir a una jerga restringida, dando los datos precisos para que un lego en la materia pueda manejarse y comprenderlo todo, sin descuidar a aquellos lectores más versados en el asunto que encuentra dónde hincar el diente y por dónde continuar indagando si, como a buen seguro sucederá, quieren saber más sobre lo que aquí se cuenta y, especialmente, sobre los personajes de la historia.

   Dientes de dragón hará igualmente las delicias de aquellos que gustan del western, por escenarios, por sucesos, por época, por los indios, porque se habla de Custer, porque aparece como secundario de lujo un tal Wyatt Earp, por lo ágil y vibrante que es esa parte (toda la novela), porque alguien que, como quien suscribe, no se define como fan de las películas del Oeste (salvo muy contadas excepciones y pocas son westerns en el sentido más ortodoxo del término) se lo ha pasado de miedo con secuencias dignas de títulos de Ford, Mann, Hawks u otro de los cineastas que hicieron grande el género y sentaron sus bases, arquetipos y hasta estereotipos. Y en esta novela veloz que deja fuera todo lo accesorio (e incluso algo más, no se demora nunca), con constante acción física e interna, con diálogos muy picados dignos de la mejor slapstick (a veces los imaginas disparados por Cary Grant, Katherine Hepburn, Rosalind Russell e intérpretes de ese calibre), hay tiempo para reflexiones como la que sigue que Crichton pone en boca de Cope: “Uno diría que la gente que ha experimentado la injusticia sería reacia a infligirla a otros, y aun así lo hacen con ahínco. Las víctimas se convierten en verdugos con una superioridad moral escalofriante. Tal es la naturaleza del fanatismo, atraer y provocar comportamientos extremos. Y por eso todos los fanáticos son iguales, independientemente de la forma específica que adopte su fanatismo”. E invita al diálogo, a la comprensión, a la dialéctica, no sólo por el modo ridículo en que los paleontólogos se zancadillean, persiguen y acosan cual si fuesen dibujos animados de Hanna-Barbera, perdiendo el tiempo en lugar de aunar esfuerzos, desperdiciando oportunidades, sino cuando alguien (de nuevo, Cope) reivindica la ciencia frente a las creencias: “La religión explica lo que el hombre no puede explicar. Pero cuando veo algo delante de mis ojos, y mi religión se apresura a asegurarme que me equivoco, que no lo veo en absoluto… No, es posible que ya no sea cuáquero, a fin de cuentas”. Michael Crichton siempre ha sido un escritor que puede leerse/interpretarse en diferentes códigos, por eso nos gustaba cuando adolescentes y lo sigue haciendo ahora, primando la diversión por encima de una erudición indudable que reduce a la mínima expresión, servida con cuentagotas para que no cundan el aburrimiento ni el desaliento al sentirse ajeno a lo que se narra. En concreto, Dientes de dragón está escrita con la enérgica insolencia del escritor a medio hacer que demuestra una veteranía que, si se desconoce el momento en que la redactó, invita a pensar en una obra de absoluta madurez, da igual que, hablando en términos muy usados actualmente, sea una precuela o una secuela de Parque Jurásico, aunque no precisa recurrir a, indudablemente, su hermana mayor para resaltar sus virtudes.

martes, 4 de septiembre de 2018

ME LO CREO PORQUE ES TEATRO





   Pidiendo perdón de antemano por la posible egolatría que pueda desvelar tal acción (aunque prometo que nada más lejos de mi intención) y abusando de la complicidad de quien me la inspiró y a quien, digámoslo así, se la regalé (el siempre admirado y querido César Augusto Cair, de quien muy pronto volveremos a ocuparnos en este ángulo oscuro del salón por un libro de poemas que ando paladeando en estos momentos), escojo como título para el presente escrito una de esas ocurrencias que uno tiene a veces jugando con, en este caso, las letras de las canciones, es decir, me cito sin recato (el rubor no puedo evitarlo) recurriendo al prólogo que me inspiró Quinto aniversario (una de las obras que han convertido a Cair en el dramaturgo que es -y que debería ser más conocido, representado y aplaudido-) y para cuya publicación reuní unas cuantas palabras bajo este mismo paraguas que utilizo ahora (y así reclamo mi autoría ante quien se apropió de la frase y la usa de manera indiscriminada y un tanto artera, alguien a quien no deseo inspirar ni tan siquiera pensamientos positivos -si borras a alguien de tu vida, sé al menos consecuente y hazlo del todo- y a quien recuerdo que, en todo caso, sólo César puede hacer con ella lo que quiera porque para loarle y agasajarle nació). Bien, una vez reconocido el autoplagio, podemos hablar de lo que importa, es decir, de las horas mágicas que, como en tantas ocasiones, he vivido esta mañana (la del martes 4 puesto que estoy tecleando con la madrugada del miércoles 5 un tanto avanzada) sentado en la butaca de un teatro, en concreto de mi adorado La Latina, ese al que tanto anhelé ir cuando chaval porque era donde actuaba Lina Morgan, aquella niña nacida en la muy cercana calle Don Pedro que, al pasar por delante, soñaba con pisar sus tablas y consiguió cumplir su sueño y multiplicarlo hasta alcanzar el infinito.




   Desde 2010, el por derecho propio mítico coliseo de la Plaza de la Cebada es propiedad de Pentación Espectáculos y el Grupo Focus y ha sido el escenario (nunca mejor dicho) en que la primera empresa ha levantado el telón de la temporada 2018-2019 presentando todos los espectáculos que irán pasando tanto por La Latina como por el Teatro Bellas Artes (que Pentación gestiona desde 2005). Jesús Cimarro, ese hombre de teatro al que se nota enamorado de tal arte hasta el tuétano, con la emoción a flor de piel (así lo delataban sus ojos y lo trémulo de su voz en algunos momentos), el director de Pentación, su cabeza visible, uno de esos empresarios que se la juega y no se esconde, el también director del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (que clausuró a finales de agosto su edición número 64 incrementando su número de asistentes en algo más del 4% con respecto a 2017), Jesús Cimarro, decíamos, ha pisado las tablas, ha ocupado el foco para actuar como satisfecho (como para no estarlo) maestro de ceremonias, ocupando un lateral del escenario que llenaba un impresionante elenco de gentes que nos han hecho (y lo siguen haciendo, ahí los tienen como digo) amar el teatro. Como en tantas ocasiones, en este blog (por más que escrito, pensado y tratado con talante y empeño periodístico) prima lo personal, lo íntimo, lo que uno experimenta, se van desgranando los recuerdos y las experiencias de lector y espectador de quien suscribe, el privilegio de estar cerca (y hasta de conversar, preguntar, charlar) de artistas a los que se admira, respeta y quiere (con lo que hay que agradecerles, sería muy mezquino hurtarles ese componente sentimental y quedarse en una en este terreno innecesaria y hasta inconveniente frialdad profesional). ¡Venga, López, desciende a tierra y habla a las claras! ¿A quién pretendes engañar? ¡Si los leales a este rincón te conocen bien! Efectivamente, dejaré de emplear un verbo que se pretende florido para decirlo sin ambages y por derecho: ¿Cómo no sentir que los latidos se aceleran, las expectativas alcanzan cotas dignas de campeones, las emociones estallan si, una vez desaparece el telón, quedan frente al patio butacas, entre otros, Concha Velasco, Lola Herrera, José María Pou, Lolita, Arcángel, Tina Sáinz, Luis Luque, Josefina Molina o Carmelo Gómez? ¿Cómo no relamerse cuando se anuncian montajes como Fedra, Moby Dick, Cinco horas con Mario, una continuación de Casa de muñecas o lo último de David Mamet?




   Lo vivido hace unas horas es, como se dice, irrepetible, pueden ampliar las fotografías adjuntas (perdonen, por cierto, la escasa calidad, uno no pasa de aficionado -a lo que conviene sumar la miopía y el pulso poco firme de natural, agudizado por la fascinación de tener enfrente a tanto monstruo de la escena-) para comprobar que reunir de nuevo tanto talento en un mismo escenario sería tarea imposible, se antoja muy complicado que la función (porque eso ha sido, al menos así la he gozado) pueda repetirse, pero queda el consuelo, y no es poco, de que cada uno  tendrá su momento -o momentos- durante esta temporada que tan largos ha puesto los dientes y tanto ha invitado a soñar. Que regrese Cinco horas con Mario (aunque nunca se marcha, somos ya varias las generaciones de espectadores marcados por el texto y la interpretación) es una excelente noticia, aún más porque conserva el triunvirato que ha hecho legendario sobre las tablas el prodigioso monólogo (porque tal es desde su origen por más que presentado -y así nos refiramos a él- como novela) de Miguel Delibes: el productor José Sámano, quien adaptó el texto junto al propio autor y la segunda pieza imprescindible, la directora Josefina Molina y, por supuesto, la actriz Lola Herrera. Puesto que en su día (me refiero a la reposición de 2016, celebrando el cincuentenario de su publicación) no escribí nada (al menos aquí) sobre este acontecimiento teatral (porque lo es en sí mismo, dan igual fechas u otras circunstancias) y que arranca así la programación del Bellas Artes en poco más de 24 horas, prometo regresar y detenerme en obra y espectáculo como ambos merecen.




   Lolita nos arrebató como actriz con su soberbia interpretación en Rencor, desde entonces la hemos seguido con deleite en teatro (que el cine la tenga arrinconada/olvidada/desperdiciada es algo digno de estudio -y, sobre todo, reprobable y no tan difícilmente subsanable-), en cuanto supimos que iba a Mérida con una Fedra versionada por Paco Bezerra y dirigida por Luis Luque (¡Ay, esos dos, qué grandes!) fue inevitable salivar y, gracias sean dadas, del 13 al 30 de septiembre podrá verse en La Latina ese montaje que ha arrancado el aplauso unánime (no he leído nada en contra, aunque sólo fuese una ligera discrepancia) de crítica y público. Que José María Pou siga en activo supone un alivio y un regalo porque siempre tendremos algo apetecible e interesante (aunque se me antojan adjetivos un tanto inanes y convencionales para lo que él suele conseguir) que llevarnos a la boca, ¿cómo no va a resultar sugerente su propuesta de Moby Dick? Con permiso de Gregory Peck (que está en la memoria de tantos), ¿pueden imaginar otro capitán Ahab? ¡Esa voz, esa furia, esa altura -en todos los sentidos-, esa grandeza, ese poder que destila Pou! Sólo de imaginarlo, ya estoy temblando (aunque habrá que esperar hasta el 25 de enero de 2019 que cuando desembarcará -tal vez sería más pertinente decir embarcará- en La Latina). ¿Y qué decir que no sepan los lectores más habituales sobre Concha Velasco? Que fue una de mis actrices favoritas desde antes de llamarla así, que la adoro, idolatro y venero haga lo que haga (aunque no todo sea de mi agrado al final vence mi devoción) y que, como con todo lo anterior (y con todo lo que haya de venir), la cita con El funeral es ineludible (y no busquen ahora mi tan característico humor negro, si el título fuese otro la frase sería la misma salvo en ese detalle), más aún cuando escribe y dirige su hijo, el apreciado Manuel M. Velasco (del 4 de octubre al 20 de enero de 2019 en La Latina).




   Repito que este no es un texto informativo, al margen de que bien conocen mi querencia por glosar (y aplaudir) aquello que he visto/disfrutado, no me detendré en todos los espectáculos que se verán sobre las tablas de La Latina y el Bellas Artes, pero no puedo dejar de celebrar que David Mamet vuelva a estar en manos de Bernabé Rico como adaptador y Juan Carlos Rubio como director después de lo logrado con Muñeca de porcelana (y ese José Sacristán gigantesco y apoteósico ganando por goleada al desdibujado y desafortunado Al Pacino de Broadway que, inexplicablemente, no ganó un Max para el que, ahondemos en la herida, ni tan siquiera fue nominado): La culpa estará en cartel en el Bellas Artes del 8 de enero al 24 de marzo de 2019 con un cuarteto que promete muchísimo (Pepón Nieto, Magüi Mira -quien, precisamente, hizo para este que les da la vara uno de sus trabajos más apabullantes y memorables en La anarquista, también de Mamet-, Ana Fernández y Miguel Hermoso). Otra de esas actrices a las que seguimos en teatro con avidez y entrega es Aitana Sánchez-Gijón y más cuando llega al frente de la osadía cometida por Lucas Hnath de continuar Casa de muñecas y, de alguna manera, enmendar la plana a Ibsen, atrevimiento que fue premiado en Broadway con ovaciones, elogios encendidos, prórroga de funciones, entradas agotadas: La vuelta de Nora pondrá el colofón a la temporada en el Bellas Artes del 24 de abril al 23 de junio de 2019. Todo sin olvidar una peculiar versión en teatromascope de Ben-Hur, ideada y dirigida por Yllana y escrita por Nancho Novo (del 28 de marzo a 2 de junio de 2019 en La Latina) o la muy esperada (dicho desde mi centralismo, puesto que ya está girando) Todas las noches de un día con Carmelo Gómez y Ana Torrent dando vida a los personajes de Alberto Conejero bajo la batuta de Luis Luque (del 21 de noviembre de 2018 al 6 de enero de 2019 en La Latina).



   Pero como todos los artistas involucrados merecen su espacio por pequeño que sea, más aún cuando suponen propuestas para toda la familia y con el ánimo de inocular el dulce veneno del teatro en los más jóvenes, el Bellas Artes ofrecerá lo que denomina Sección Escolar gracias a Un selfie con Melibea y Un selfie con Lazarillo (del 18 de octubre al 13 de diciembre) y La teatropedia (del 17 de octubre al 12 de noviembre); en la llamada Sección Familiar están programadas El chico de las zapatillas rojas (del 8 de septiembre al 7 de octubre) y un acercamiento a la ópera a través de La flauta mágica (del 14 de enero al 28 de abril de 2019) y La pequeña bella durmiente (del 21 de octubre de 2018 al 7 de abril de 2019). La variada oferta se completa con la Sección OFF gracias a 3 en impro (del 8 de septiembre al 28 de diciembre) y el regreso de La voz dormida, el monólogo basado en la maravillosa novela homónima de Dulce Chacón interpretado por Laura Toledo (del 27 de noviembre al 18 de diciembre). El público infantil también tendrá cabida en La Latina gracias a una de las propuestas más estimulantes y esperadas: la conversión en musical de Los futbolísimos con dirección de su creador, Roberto Santiago (del 20 de octubre de 2018 al 20 de enero de 2019 -aunque tengo la impresión de que prorrogarán o se verán obligados a regresar-). El encargado de abrir la temporada en La Latina es el cantaor Arcángel quien junto al coro de Las Nuevas Voces Búlgaras ofrecerá recitales desde este jueves 6 al domingo 9 y la cerrará Antonio Orozco del 26 al 30 de julio de 2019. Además, seguimos en La Latina, tiempo para el humor con la última temporada de Viejóvenes (del 14 de septiembre al 20 de diciembre), Lo mejor de Yllana (del 3 al 14 de julio de 2019), grupo que también estará presente con We love Queen (del 5 al 23 de junio) y El Monaguillo con ¿Sólo lo veo yo? (cinco únicas funciones que se reparten entre el 12 de octubre y el 7 de diciembre). ¡Lo que nos espera! ¡Qué maravilla! Como bien ha dicho Lolita durante la presentación, hay que vivir y ¿qué mejor que hacerlo (al menos en parte) en un teatro? Si eso es la vida y, por lo mismo, me creo todo lo que me cuenten.