sábado, 4 de mayo de 2019

CUANDO COMETÍ DESACATO





   Puede que esté pecando de exagerado (y de afán de protagonismo pero, al fin y al cabo, esto no dejan de ser unas memorias de lector en las que, inevitablemente, un servidor se refleja/retrata, habla de sí mismo por más que -a veces con más fortuna y/o acierto que otras- procure desaparecer, quedar en un segundo plano para poner el foco en lo que importa, es decir, en lo que se ha leído), primero porque tampoco hace tanto de lo que voy a relatar y por el título del texto se diría que voy a remontarme a épocas pretéritas (ya empiezan a serlo, ya son tales cuando hablo de mi niñez y adolescencia), después porque creo que, hablando con propiedad, lo mío no llega a serlo (al fin y al cabo ni calumnio ni injurio ni amenazo, tan sólo falto a una palabra dada), aunque dicho de ese modo suene más rimbombante (y, quiero pensar, llamativo, incitador, lo suficientemente atractivo como para atraer la atención de los visitantes de este ángulo oscuro del salón). El caso es que hace cosa de un par de meses tenía una cita apetecida desde tiempo atrás, iba a entrevistar a Graziella Moreno, escritora sobre la que había escuchado mucho y bueno, alguien muy querida y recomendada por mi Pepa Muñoz y aquellos componentes del grupo habitual de lectores entusiastas reunido por ella que habían tenido el placer (porque así lo calificaban) de conocer alguna de sus novelas anteriores (o todas), el caso es que, como casi siempre sucede, hay quien decide por ti y, de un modo u otro, por esto o por aquello, te obliga a dejar a un lado aquello que quieres e incluso tienes que hacer, sin consultarte, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo (o con pleno conocimiento del asunto pero decidiendo que lo tuyo puede esperar o no llevarse a cabo), en el caso de esta frustrada entrevista se dio una carambola cruel, triste burla del destino, ya que no pude llegar a la hora prevista para, como digo, conversar relajadamente con la escritora pero, además, otro compromiso ineludible (para quien así lo fraguó) me impidió estar más allá de los primeros minutos en la presentación de Invisibles (el título que la editorial Alrevés publicó a comienzos de este año) que ese mismo día tuvo lugar en la Casa del Libro de Gran Vía. Y aquí viene lo del desacato,  puesto que, de algún modo, puede decirse que no comparecí al llamamiento de una jueza (que no otra cosa es Graziella Moreno), que me negué a declarar, que cometí rebeldía (sí, repito, ya sé que suena dramático, pero bien saben los leales lo que me tira -y pone- un buen drama judicial), para colmo en este preciso momento estoy reincidiendo porque Graziella me ofreció la posibilidad de enviarle un cuestionario y me comprometí a ello, pero como algunas obligaciones laborales me han mantenido alejado del blog más de lo que hubiera deseado mientras que el material para textos no ha hecho sino crecer, he optado por una acción más bien rápida (para lo que suele ser mi velocidad, confieso puesto que de estos temas venimos hablando), por no molestar a nadie más de lo debido (me daba apuro llegar con semejante comitiva dos meses después) y guardarme las preguntas para ocasión más propicia, calmada y, de ser posible, cercana, todo si Su Señoría acepta las burdas justificaciones de este testigo (en cuanto lector creo que es pertinente establecer ese paralelismo) y no tiene inconveniente en volver a citarme (y no habrá eximentes, juro que estoy diciendo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad).

   Si, más allá de tramas policíacas y/o de misterio, de gánsteres y detectives, la novela negra clásica sirvió como crónica de una época, como reflejo crudo (sin artificios ni afeites, o sin que se percibiesen demasiado, sin hacer literatura en el peor sentido posible) de lo que sucedía en las calles, de la miseria, de la crisis económica y vital cotidiana antes y después del 29 (no en vano John Dos Passos había publicado en 1925 la en tantas cosas fundacional Manhattan Transfer), si hay títulos plenamente representativos del género en los que si aparece algún policía es como personaje episódico o sin que su profesión sea significativa en la trama (es inevitable evocar a Horace McCoy y su ¿Acaso no matan a los caballos?, tal vez una de las historias más desoladoras jamás contada), si el componente social (sea en abstracto o especificado en el/los protagonista/as), el factor humano como diría Grahan Greee, no puede dejarse de lado, es el que distingue a autores tan brillantes (puede que sea, precisamente, el que les convierte en ello más allá de su pericia para construir narraciones intrigantes, crímenes en apariencia irresolubles, embrollos enmarañados) como Hammett, Chandler, Himes, si en nuestro país encontramos variados, abundantes y talentosos ejemplos de una novela negra digna de tal nombre que, respetando ciertos mimbres, sabe actualizarse, ser totalmente contemporánea, incorporar asuntos candentes del momento, recoger los lamentos, las penurias, la verdad de las calles, beber de lo cotidiano, sin duda Graziella Moreno debe ser citada, aplaudida y reconocida como una de las voces que mejor conoce, comprende y utiliza el género (y sus posibles variantes) para ofrecer novelas como Invisibles, que es de la que nos ocupamos hoy. Lo más grato para el lector es que su experiencia y conocimientos como jueza quedan en el sustrato, en la base, en su comedimiento a la hora de dibujar personalidades, en su cautelosa manera de levantar acta y, sobre todo, en su prudencia para no dictar sentencia cuando quedan tantas preguntas por resolver, preguntas que la mueven como escritora, que la provocan como ciudadana, que lanza a los demás para que no las olvidemos, para que las conozcamos, para que nos las planteemos, para que tomemos conciencia (es decir, volviendo al punto de partida, para hacer auténtica novela negra, aquella que entronca con la social, aquella que tanto tiene y necesita de esta -y no es que uno reniegue, ya saben que no, de la planteada como pasatiempo, entretenimiento, enigma en sí mismo, ficción misteriosa, son modos diferentes de narrar, lo malo es cuando no se hacen bien o cuando alguien se coloca bajo etiquetas o reivindica para sí nombres que no le corresponden-).

   Es muy de agradecer que, en contra de lo que pudiera esperarse (sin duda contagiados por quienes hacen lo contrario, queriendo demostrar una erudición que deja ver su impostura impostora a las primeras de cambio, buscando una verosimilitud/un realismo que, más allá de procurar contentar a los expertos en la materia de que se trate y de alardear de la investigación/preparación llevada a cabo antes de escribir -y olvidando en demasiadas y lastimosas ocasiones que se está escribiendo una novela-, poco o nada aporta a la trama o confunde, sobrecarga, hastía), Graziella Moreno rehúya los tecnicismos, la jerga específica y restringida, las parrafadas legales y/o legalistas abstrusas e incomprensibles para el lego, apenas lo haga en los momentos pertinentes, todo en aras de cimentar/explicar mejor a sus personajes, la autora sustenta su narración en las psicologías de sus personajes, no hace falta estudiarse ningún código, reglamento o similar antes o durante la lectura, se explica del modo más diáfano cuando tiene que introducir algún elemento específico y preciso para no perder credibilidad ni dar gato por liebre (¡Ay, cuánto trilero suelto y el daño que hace al género al imponer o perpetuar aquellas convenciones tramposas que tanta frustración y/o enfado provocan!), son el olfato e instinto literario los que se imponen, por más que el punto de partida pueda estar (esté) en el trabajo diario en un juzgado de lo penal, en datos manejados durante su trabajo diario, en estadísticas como la que aparece en la contraportada del libro: “En el 2017, figuraban en el sistema de Personas Desaparecidas y Restos Humanos sin identificar un total de 6.053 personas. A mediados del 2018, ya se había superado esa cifra. Una media de 38 al día”. Sobre esta lapidaria realidad articula Graziella Moreno Invisibles, señalando con el título la crudeza de un asunto que, más allá de casos concretos que los medios de comunicación transforman en noticia/espectáculo (y que terminan por abandonar, nada más voraz que la actualidad -sobre todo cuando lo noticiable se mide/valora atendiendo a criterios empresariales, al beneficio que reporta- y, todo hay que decirlo, nada más efímero que el interés de la gente), parece no preocupar excesivamente a la sociedad (incluso, más veces de lo que pudiera pensarse, a los propios afectados), por más que, en cuanto rascamos/preguntamos un poco, en cuanto hacemos memoria, quien más quien menos sabe de alguien que un buen día desapareció sin dejar huella (y sin que nadie le echase de menos), es algo que he comprobado en este tiempo cuando he comentado el argumento (sin destripar nada) de la novela, incluso yo mismo puedo sumar la historia de la señora Uti, aquella gran amiga de mi abuela de la que, sencillamente, un día no supimos más ni hubo quien diese explicaciones cuando se preguntó por ella en su entorno.

   Graziella Moreno radiografía a una sociedad más que individualista atomizada, muy fragmentaria y fragmentada, en la que muy poca gente se pregunta/preocupa por los demás, en la que demasiadas personas apenas tienen vínculos con otras, en la que se da por hechos al resto y, salvo que su ausencia altere alguna de nuestras rutinas, no les concedemos importancia ni tan siquiera personalidad (mientras haya alguien que ocupe su puesto y nos proporcione el servicio deseado, poco nos preocupa quién es, cómo se llama, qué siente aquel detrás del mostrador o este a quien compramos el periódico), una sociedad que no echa de menos a quien, si ya era prácticamente invisible a los ojos de tantos, un buen día desaparece. La escritora teje un tapiz heterogéneo de personajes y situaciones que se van relacionando entre sí con suma naturalidad, forjando una estructura sólida en la que las diferentes historias se cruzan y afectan (y enriquecen) con coherencia y sentido, en la que todas tienen el desarrollo que precisan, mezclándose hasta ser sólo una más sin perder sus particularidades, algo en lo que es básico el magnífico dibujo de personalidades protagonistas muy diferentes que coadyuvan de manera asombrosa e impecable al carácter caleidoscópico de la novela. Invisibles alcanza su plenitud y grandeza al no caer en el tremendismo, en el aparataje falsario y/o falseado que exacerba hasta la extenuación lo que de tanto subrayado, de tanto incidir en ello, de tanto buscar el efectismo, termina por parecer ficción; aquí basta con insinuar unos olores (o tufos), un aspecto de la indumentaria, una luz mortecina, la suciedad acumulada, para que la escena aparezca nítida ante nuestros ojos, aquí, por encima de todo, se explora el alma de los personajes, ahí es donde encontramos miserias propias y ajenas con las que convivimos a diario sin ser totalmente conscientes de ello la mayoría de las veces, con ellas vamos a dolernos, espantarnos, estremecernos al ser conscientes de las orejeras emocionales con que nos movemos por el mundo, Graziella Moreno no se va por las ramas ni se enreda en retruécanos o florituras que, a la larga (y a la corta), distancian y hacen perder efectividad, no pretende dar lecciones ni recurre a la moralina (ambas opciones son igualmente peligrosas e indeseables, ambas desarticulan las mejores intenciones -cuando las hay, como en este caso-, ambas desvirtúan la naturaleza de la obra que se empantana en una u otra), escoge con precisión sus palabras, sabe llenarlas de contenido para que el lector, al levantar los ojos del libro, mire a su alrededor con intención e interés, penetrando en lo que se diría (por la nula atención que le prestamos) se consideran meros atrezo y figuración, tomando consciencia y conciencia, es una espléndida bofetada de verdad en forma de emocionante (en su máxima amplitud de registros) novela.  

sábado, 27 de abril de 2019

OJO CLÍNICO





   En este ángulo oscuro del salón se acumulan, bien lo saben los leales, muchas cosas, fundamentalmente libros, mi síndrome de Diógenes en lo que a estos se refiere no tiene cura posible, podré renunciar a casi todo (e incluso, las cosas como son, a algunos de los que me gustaría adquirir, procuro dosificarme -sin demasiado éxito-, razones presupuestarias me fuerzan a ello más de lo que me gustaría), pero mientras haya un resquicio en el que depositar un volumen, mientras consiga habilitar nuevos espacios a priori impensables/imposibles para colocar algunos, mientras siga habiendo tanto por leer (y si falta, les juro que desaparezco), mientras me sea posible continuaré en la misma línea. Y, al margen de algunas otras circunstancias, esa es la causa principal -su proliferación, su número- de que lleve un retraso enorme a la hora de dar cuenta de mis lecturas (y de hacerlas) en estos desvaríos que ustedes tienen a bien atender y hasta, así me lo hacen llegar, reclamar y  agradecer (nunca podré transmitir con plena intensidad cuánto lo hago yo -lo segundo- con cada persona que dedica algún momento a interesarse por lo que pasa en este rincón), motivo que, por ejemplo, me llevó a hablar sobre la primera parte de la Edición Integral de Rompetechos cuando estaba a punto de publicarse la segunda (algo que sucedió en octubre del pasado año) y, así, ir retrasando el por otro lado ansiado momento de hincarle el diente para que la melodía del arpa no sonase muy repetitiva (precisamente por ello, aunque no me gusta demasiado remontarme a mí mismo, opto por dejar aquí el link de lo publicado en septiembre, aunque no sea imprescindible para poder continuar con lo que vendrá después del punto y aparte: https://elarpadebecquer.blogspot.com/2018/09/mi-vivo-retrato.html).



   Editado por Bruguera Clásica -¡Ay, qué emoción!- llega este volumen tan fabuloso, espectacular y apasionante como el que le precede y junto al que completa lo que podríamos denominar el “todo Rompetechos”, sus historietas en solitario, aquellas que protagonizó -sus apariciones en 13, Rue del Percebe se encuentran en un tomo similar al que nos ocupa dedicado al edificio más famoso del cómic español-, desde 2009 no ha vuelto a hacerlo, pero su creador le/nos ha seguido regalando intervenciones estelares del personaje en aventuras de Mortadelo y Filemón. Y si la primera parte terminaba con la portada del Din Dan correspondiente al 2 de noviembre de 1970, esta se inicia justo una semana después con una página de Tío Vivo y una nueva portada de la publicación de la que fue mascarón de proa (con algunos paréntesis) hasta que dejó de publicarse en 1975. Nos reencontramos con la desbordante imaginación de Ibáñez para crear carteles, rótulos, anuncios, letreros y, sobre todo, para transformarlos en algo bien diferente cuando Rompetechos pone su vista (o lo que sea) sobre ellos -así, por ejemplo, “Banco Chambre. Hipoteca. Plan de pensiones” es para nuestro personaje “Rancho Grande. Discoteca. Grandes salones” o, es con la que más he reído y mira que ha habido candidatos posibles, “S. Cusca. Prior de este convento” pasa a ser “Se busca pintor que esté contento”, confusión que Rompetechos rubrica con un “¡Pues yo estoy como unas castañuelas, no te digo!” absolutamente desopilante-, con su facilidad para el gag -y aunque lo repita, al leer toda la serie seguida se localizan algunas, no excesivas, reutilizaciones, siempre consigue que resulte fresco y no sea una mímesis absoluta del que ya funcionó-, con su acierto a la hora de caricaturizarlo todo, prueba de ello es que, como ya se apuntó hace unos meses, alguien como un servidor que cada vez es más miope -sólo miope, perdón si suena vanidoso, quiero aclarar que de cerca veo muy bien e incluso, por consejo de la oculista, leo sin gafas, también suelo prescindir de ellas para consultar el móvil o cuando escribo algo en él- se muere de la risa (y, más allá de la lógica exageración cómica, se reconoce) con los tropezones y equívocos de alguien que no desfallece, inasequible al desaliento cuando se propone algo (aunque a ratos es consciente de sus limitaciones, se avergüenza de ellas, procura disimularlas -bien es cierto que apenas unos segundos-), tropezando en la misma piedra casi podríamos decir con saña y delectación, sin escarmentar ni buscar soluciones.



   Uno de los mayores regocijos que proporciona este volumen es que recopila las páginas más recientes de Rompetechos, esas con las que Ibáñez amplió/recuperó la serie entre 2003 y 2009 para la revista Top Cómic Mortadelo, páginas que a buen seguro provocarían carcajadas entre los chavales del momento, páginas con diferentes niveles de lectura/interpretación según la edad que tenga el lector, páginas que demuestran el modo en que el creador se va adaptando a los tiempos (o, tal vez sea más preciso, adapta estos a sus viñetas), hace evolucionar a su criatura (quien, incluso, está a punto de cometer un -accidental, como todo lo demás- magnicidio en la figura de Aznar) y hasta se permite chistes de índole sexual (de lo más inocente, por más que algunos se rasgarán las vestiduras), además de corresponder a sus diferentes invasiones de historietas ajenas con la aparición (efímera en los dos primeros) de Mortadelo, el profesor Bacterio, Ofelia y el Súper (Filemón se marca un Joan Collins y se queda al margen, tal y como hizo la actriz con Los Colby). Lo más estimulante de esta edición integral es confirmar que lo de Rompetechos no es cuestión de nostalgia, de evocar aquellas tardes tronchado de la risa, es comprobar que si entonces leíamos las mismas viñetas una y otra vez, y volvíamos a soltar la carcajada, ahora sucede lo mismo, da igual en qué página estemos, de qué año sea la historieta, no importa si conocíamos/recordábamos el gag, puede ser relacionado con alguno de sus empleos, mientras busca satisfacer un capricho o de vista al tío Lentejo (aunque este hombre se merece un monumento o convertirse en asesor de los superhéroes de Marvel por lo que resiste y todo a lo que sobrevive), Ibáñez vuelve a dejar clara su categoría, su maestría, su perspicacia para encontrar aquello que, de un modo u otro, a una edad o a otra, va a funcionar, no hay duda de su ojo clínico para pulsar los resortes idóneos y hacernos estallar/llorar de risa.

domingo, 21 de abril de 2019

...PORQUE HAN APAGADO SU VOZ





   A pesar del un tanto inevitable (e infumable) tufillo a buenismo que destilan (y empalagan) muchas de las letras de José Luis Perales, no dudo en robarle una frase para titular este texto y dejo los puntos suspensivos como inicio no sólo para señalar que hay algo antes, sino por la inevitabilidad que conllevan, porque es la lapidaria conclusión que inevitablemente se extrae de la lectura que hoy quiero compartir con ustedes, porque fue el punto de partida para que Estela Baz se lanzase a escribir (y más teniendo en cuenta que los versos anteriores de la canción dicen “Que canten los niños que viven en paz / y aquellos que sufren dolor, / que canten por esos que no cantarán…), algo, por cierto, de lo que no era tan difícil percatarse, carencia que hubiese debido ser clamorosa, pero en el espinoso/dramático/terrorífico asunto en que vamos a adentrarnos abunda demasiado lo de mirar para otro lado, silenciar la barbarie, ocultar el dolor, negar la tragedia, culpabilizar a las víctimas, en definitiva, apagar las voces disidentes, cercenarlas, amordazarlas con el miedo o con amenazas concretas o latentes, asesinarlas (algo que también ocurre con quienes ni llegan a alzarla porque no se lo consienten, porque no se les da la oportunidad, porque da igual lo que hagan puesto que están condenados de antemano). También, debo confesar, he estado a punto de poner la frase entre interrogaciones, de lanzar la pregunta a los cuatro vientos, de hurgar en la herida, de lamentarme de que la posible respuesta/justificación no nos conmueva y remueva con la contundencia/virulencia necesaria contra aquello que no puede menos que ser rechazado, combatido (hay muchas maneras de hacerlo: consúltese el DRAE), extirpado, aquello que ojalá algún día forme parte de un pasado realmente lejano y no siga emponzoñando la convivencia, haciendo sangrar (literalmente) viejas heridas o infligiendo nuevas; es algo, hacerse preguntas de este cariz, a lo que invita/ayuda, que está en la médula de un libro que desde su propia gestación se ha convertido en necesario por muchos motivos: para no olvidar -aunque sería (es) más preciso decir para hacer justicia, para enmendar errores, para coadyuvar a una reparación aún pendiente-, para hacer reflexionar, para, como tantas veces se dice, conocer la historia y no condenarnos a repetirla, para extraer enseñanzas que bien podrían servir para enderezar el rumbo actual (y no sólo en lo estrictamente relacionado con lo que la autora narra), para paliar un error del que, como señala atinadamente Luis del Olmo en el prólogo (y sabe de lo que habla), fuimos cómplices (y lo hemos seguido siendo mucho tiempo) aunque lo hiciéramos con las mejores intenciones (“la conveniencia de no victimizar a los niños por partida doble”).

   Como les decía, Los niños de Lemóniz (publicado por Espasa el pasado mes de enero) se le impuso a su autora, podría decirse que no le quedó otra, el espeso manto de silencio empezó a agujerearse, Estela Baz se atrevió a formular preguntas y a querer difundir las repuestas, primero a sí misma, de ahí pasó a los demás, a los protagonistas de su historia (me cuesta llamarla novela por más que lo sea: contiene tanta verdad, sacude de tal manera para hacernos despertar y colocarnos la vida -negada, perdida, arrancada- delante de los ojos que, por más que el relato se articule de ese modo no me gustaría que nadie creyera que va a leer una ficción, la que algunos han logrado imponer y hasta borrar -como si hubiese sido fruto de la invención de alguien-), a aquellos a los que se había obligado/enseñado a callar, a las víctimas que ni siquiera sabían que lo eran. Fue impactante el modo en que nos narró la gestación durante un encuentro en un hotel de Madrid, junto a mi Pepa Muñoz y algunas de las compañeras blogueras habituales pude ser testigo (contemplando sus ojos, sus manos, cómo escogía las palabras, cómo se emocionaba) de lo mucho que Estela ha dejado entre las páginas de su libro, también de lo mucho que ha recuperado y podido asimilar por más que, insiste y demuestra, ella no la protagonista/narradora: “Ángela tiene mucho de mí, pero no soy yo: he hablado con gente de circunstancias muy diferentes y con algo de todos ellos he ido construyendo los seis niños protagonistas a través de lo que ellos me han contado, les he hecho vivir por lo que aquellos pasaron. Mi objetivo ha sido reunir experiencias, hechos, cosas que ocurrieron, nunca quise hacer un ensayo sino hacer memoria, recordar cómo se vivió aquello”. Aunque leída nunca pueda ser igual porque faltan su voz, su respiración, sus pausas, su cadencia, reproduzco a continuación, eliminando tan sólo alguna reiteración o pequeños titubeos, la génesis de Los niños de Lemóniz tal y como Estela tuvo a bien compartir con nosotros: “Hace ya un tiempo, quedé con unos amigos a los que hacía mucho que no veía y una amiga muy íntima, aprovechando que estábamos muy pocos, nos dijo que iba a contarnos algo que aún no había compartido con nadie y que le había pasado estando en Alemania: vivió un atentado, estaba con su hija, salieron corriendo a esconderse donde pudieron, en una tienda, escuchaban los disparos, lo que sucedía fuera, la gente gritaba, su hija, que era muy pequeña, la miró a los ojos y le dijo “mamá, nos van a matar”. Aún me emociono cuando lo cuento, creo que en algún momento dejará de pasarme, el caso es que ahí fue cuando algo se me movió dentro, ese fue el desencadenante para que me preguntase qué pasa con los niños que han vivido el terrorismo de cerca. Empecé a buscar información, puramente psicológica y testimonial, y apenas encontré algo, no se habla de los niños, a pesar de que ahora se los tiene muy amparados, vigilados, pendientes de su bienestar; de ahí pasé a lo más personal, a mí misma que nací en Bilbao, que fui testigo directo de un modo u otro de lo que sucedió en aquellos años, quise saber si vivirlo me había dejado alguna huella. El caso es que a veces se da la magia de que la vida parece decirte lo que debes hacer, te pone cerca de las personas que pueden ayudarte, empezaron a aparecer testimonios en primera persona, empecé a escuchar, siempre teniendo en mente que quería encontrar el punto de vista infantil y dar voz a todas esas víctimas invisibles”.

   Es un gran acierto que el libro esté narrado por una niña, Ángela, que cumple tres años en las primeras páginas y a la que acompañaremos a lo largo de algo más de cuatro, quien aunque habla en pasado cuenta sin filtros ni autocensuras adultas lo que ella, su familia y amigos muy cercanos vivieron entre marzo de 1978 y junio de 1982 en el municipio vizcaíno que aparece en el título, tristemente popular por los sucesos aquí recogidos y que Estela Baz recupera de la hemeroteca (cada capítulo se inicia con algunos titulares del momento, permitiendo reconstruir la cronología de lo sucedido, el modo en que los medios dejaron -o no- constancia, contextualizando y recordando continuamente que eso sucedió) para que nos adentremos aún con mayores pavor y dolor en lo que una criatura tan pequeña percibe, intuye, intenta comprender, provocando un desasosiego incontenible, una impotencia monstruosa, una amargura desoladora, una aflicción insoportable que, sin embargo, nos aferra a la lectura, no podemos abandonar (una vez más) a las víctimas, no podemos ignorar (de nuevo) que no sólo son tales las mortales (e incluso a estas, ¡oh, infamia!, se les niega en muchas ocasiones/lugares tal condición/homenaje/respeto). Estela Baz ha logrado una gran autenticidad en este testimonio infantil en el que el adulto va rellenando huecos, sumando crueldades, anticipando torturas (¿Cómo llamar, si no, al ostracismo, a los insultos a tus padres, a las burlas, al señalar con el dedo por “diferente”, a que alguien diga que lo normal -lo que se merece- es que asesinen a quien más quieres?), un estremecedor relato en que se pone en valor algo que también se ha pasado por alto/dado por hecho en demasiadas ocasiones, aquellas que han sido (son) heroínas sin pretenderlo ni, mucho menos, quererlo, los pilares de tantas familias extorsionadas, vejadas, golpeadas, desmembradas (y perdón si a alguien le parece un tanto inadecuada la palabra pero creo que pocas definen lo sufrido con tanta precisión, por más que sea necesariamente gráfica -la metáfora es en muchas ocasiones una manera de restar importancia-): “Me di cuenta de lo importantes que son las madres en el libro cuando lo tuve terminado y lo leí junto al editor: luchando por su familia en la sombra, abriendo los ojos a sus maridos para que no normalizasen la situación y al mismo tiempo procurando que no afectase a los niños. Muchas se quedaron solas y, aún peor, quedaron así de por vida en el sentido de que fueron abandonadas por los demás, se las ignoró”. Esa nueva afrenta, esa indiferencia -¿cobardía?-, esa doble culpabilización (“algo habrán hecho”, “se lo merecen”) sobrevuela con sombra implacable y ominosa, destilando insidia y saña en el modo en que perturba a niños incapaces de comprender por qué hay que seguir jugando a algo que les aburre (y a ratos inquieta) como es buscar duendes debajo del coche, cambiar de vehículo cada poco, no descolgar el teléfono salvo cuando sus timbrazos responden a determinada señal, ir a comprar lejos de casa, no digamos si lo que sucede es que tu amigo deja de serlo/hablarte porque así se lo han dicho sus padres (y porque el tuyo es esto y aquello y tendría que estar muerto) o que nadie se presenta a tu fiesta de cumpleaños (uno de los momentos que más intensamente me afectó).

   Que la historia la cuente una niña en caliente también posibilita a la autora mantener un equilibrio exquisito que coadyuva y potencia la veracidad, la viveza, la grandeza de un relato que no puede contaminarse con apriorismos o sentimientos de adulto (como si debe hacerlo la lectura, al menos no puedo ni quiero que sea de otro modo), en gran medida para hacer igualmente en ese aspecto justicia con los verdaderos protagonistas: “Mi experiencia, hablo de que lo que yo he vivido, de lo que he conocido, es que las víctimas no hablan de venganza, no tienen la emoción del odio, no existe rencor, son gente muy generosa. Lo que necesitan es que se haga justicia, hay demasiados casos sin resolver, pero lo del ajuste de cuentas es otra cosa, no va con ellos”. Y, aunque pueda parecer poco, que se digan ciertas cosas en voz alta, que se escriban, que no se camuflen datos/realidades, que se lean es, como apunta Luis del Olmo, “ya una reparación”, tanto para (cito la dedicatoria que abre el libro) “todos aquellos que vivieron situaciones terribles y que todavía, a día de hoy, no son capaces de ponerles palabras” como para “esas madres que día a día se esforzaron para que sus familias fueran felices, a pesar de todo lo que estaba ocurriendo” y, por supuesto, “este libro va dedicado a ellos, a los que perdieron la vida de forma injusta. Estén donde estén, espero que sientan el cariño con el que está escrito”. Puede estar Estela muy tranquila (y satisfecha del trabajo llevado a cabo) porque nos sacude ese cariño, lo que no impide (más bien actúa como catalizador) que sobre todo nos golpeen el dolor y el terror vividos, los mismos que, agazapados o sin esconder su insidia (y hasta su impunidad), siguen castigando a las víctimas (y no sólo a las supervivientes, alguien debería tomar nota de una vez y paliar tamaña injusticia, sin partidismos ni electoralismos): “Escribir el libro me ha ayudado muchísimo, ha sido una sanación personal, sobre todo porque yo no era consciente de lo que había pasado, nunca se había hablado y nunca me había molestado en leer nada, no había sentido esa necesidad. Ahora me he puesto en la piel de las víctimas, aplaudo lo que siguen haciendo para que no se olvide, para que no se cambie el relato”. Bienvenido sea este, precisamente para evitarlo.