miércoles, 16 de abril de 2014

EL DUELO DE UNA MADRE







   Pensaba escribir algo sobre cómo vivía (o como recuerdo) aquellas Semanas Santas de cuando era niño, y lo haré pronto, pero resulta que, dejándome llevar por la tradición, reservé una lectura un tanto propicia para este momento, no pude (ni quise porque, en realidad, fue una decisión pensada desde que tuve el libro entre mis manos) resistirme a la costumbre, a la rutina marcada por el diccionario, al modo en que planificaba estos días en aquellos años tempranos e, igual que evitaba tropezar con la más mínima alusión a la Navidad en películas, intentaba mantener lejos todo lo que “sonase” a esta celebración tan extraña o particular que ni los Hollister ni los Cinco mencionaban jamás (ese era mi universo, esos eran los niños a los que quería imitar –y poco después, claro, a los Tres Investigadores, a los que nunca niego las mayúsculas porque se las ganaron a pulso en mi ánimo y admiración-). Por eso, sin ningún tipo de complejo, sin dogmatismos (esos tan censurables, esos que tantos, y da igual en qué esquina del espectro político-social-religioso se sitúen, sólo critican y combaten con furia cuando los personifica un contrario), muy alejado de la enseñanza que recibí (impuesta, como todas), con curiosidad permanente, a la busca de respuestas (y no hablo de lo espiritual –utilizada la palabra en un sentido muy amplio, no sólo en lo relativo a creencias en dioses-, sino de esa continua necesidad de plantearnos la existencia cada día, de ser ese ángel fieramente humano que consagró en sus versos el nunca suficientemente alabado Blas de Otero), decidí asomarme a un texto de Colm Tóibín que ha sido duramente atacado, especialmente en su traslación al escenario (para el que en realidad nació), centrándose los insultos (como, por desgracia, sigue siendo tan habitual) en las preferencias sexuales del autor irlandés y de la actriz que inspiró el monólogo y lo estrenó –Fiona Shaw-, no atreviéndose al debate intelectual, al buen uso de la dialéctica, a exponer argumentos, encastillándose en lo irracional, en el odio visceral al que es considerado en pecado mortal por cuestionar, no aceptar, discutir la llamada Palabra de Dios (aquí la mayúscula busca atemorizar, imponerse desde su atalaya), aquella que debe aceptarse sin otras consideraciones ni notas a pie de página.

   El testamento de María que Lumen ha publicado en España hace un par de meses es un breve pero intenso monólogo que mantiene María, esa que es llamada Virgen desde los púlpitos, la así nombrada en las Escrituras seleccionadas como tales, en realidad un diálogo con el resto del mundo, asumiendo su no deseada notoriedad, utilizando su privilegiada posición para verter las palabras que alberga en su interior, las que ciertos visitantes y los que les mandan no quieren sancionar, las que quieren desterrar y mantener con su minúscula, la verdad de una madre que se sabe y siente utilizada, sobrepasada por las circunstancias, que tiene más visión de futuro que el resto porque prevé la usurpación que tendrá lugar y cómo otros interpretarán, inventarán, contarán los hechos, las supuestas palabras, los sucesos extraordinarios e imposibles de explicar protagonizados por su hijo, Jesús. El vivificador aliento poético de Tóibín da alas a un lenguaje muy sencillo pero pleno de hondura, de significación, de ganas por comprender, entender, unificar, nada crítico (sólo en la medida en que María, como madre, habla de lo que para ella no son sino malas compañías de su vástago y peores costumbres de éste), un manantial de amor que fluye del corazón de esta mujer que sólo quiere llorar a su modo, sin que le marquen los tiempos, el cómo, el por qué, que no se perdona haber hecho dejación de sus funciones para salvaguardar su integridad, esta vida que tanto le pesa, esta realidad que se le presenta como una nebulosa, detenida desde que perdió a Jesús, tergiversada por los que se empeñan en contarle lo que hizo en aquel tiempo, ese que ella reescribe a media voz, hablando al vacío, consciente de que en algún momento sus palabras llegarán a los oídos adecuados, a aquellos que no se contenten con lo que se cree a pies juntillas porque, se dice, son dogmas de fe, a los que, teniendo auténtica hambre de Dios (al modo de Unamuno), no se conforman con que se lo den todo hecho, especialmente una historia tan mal trenzada y con boquetes de dimensiones cósmicas en su construcción (hablando sólo como mero relato, como narración que seguir).

   Hasta entonces no había oído a nadie hablar del futuro, a no ser que se refirieran al día siguiente o a una fiesta a la que acudían todos los años. Pero no a un tiempo por venir en el que todo sería diferente y mejor. Esta idea se propagó por los pueblos como un viento seco y cálido y se llevó a cualquiera que fuera capaz, y se llevó a mi hijo, lo que no me sorprendió, porque si no se hubiera ido habría llamado la atención en el pueblo y la gente se habría preguntado por qué no se marchaba. Era muy simple: no podía quedarse. No le pregunté nada; sabía que no le costaría encontrar trabajo y que nos enviaría lo que enviaban los demás, del mismo modo que yo preparé lo que iba a necesitar como hacían todas las madres cuyos hijos se marchaban. No era ni mucho menos algo triste. Tan solo era un final. Y se congregó una multitud cuando partió porque ese día eran muchos los que partían, y volví a casa casi sonriendo al pensar que era afortunada por tener un hijo que estaba en condiciones de irse, y sonriendo también al pensar que en los meses, quizá todo el año, anteriores a su marcha habíamos sido lo bastante cautos para no hablar mucho ni encariñarnos demasiado, pues ambos sabíamos que se iría.
   >>Pero debería haber prestado más atención a ese tiempo anterior a su partida, a quién venía a casa, a los que se decía en mi mesa. No era timidez ni reserva lo que me llevaba a quedarme en la cocina cuando venía gente a la que no conocía; era aburrimiento. Había algo en la seriedad de aquellos jóvenes que me repelía, que me enviaba a la cocina o al huerto; debido a su molesta avidez, o a la sensación de que a cada uno de ellos les faltaba algo, quería servirles la comida, el agua o lo que fuera y desaparecer antes de oír una sola palabra de su conversación. Muchas veces permanecían en silencio al principio, incómodos, desvalidos, pero enseguida se ponían a hablar a voces. Eran muchos hablando a la vez, y lo peor era cuando mi hijo les pedía silencio y se dirigía a ellos como si fueran una multitud, su voz del todo falsa y el tono afectado, y yo no soportaba oírlo, era como si algo rechinara y me daba dentera, y a menudo acababa en las calles polvorientas con una cesta como si fuera a por pan, o a visitar a un vecino que no quería visitas, con la esperanza de que a mi regreso los jóvenes se hubiesen dispersado y mi hijo hubiera dejado de hablar. Cuando se iban y nos quedábamos solos se mostraba más relajado, más amable, como una vasija de la que hubieran tirado el agua rancia, y quizá en esos momentos al hablar se liberaba de lo que quiera que lo hubiera agitado, y al caer la noche estaba de nuevo lleno de agua fresca y clara que nacía de la soledad, o del sueño, o incluso del silencio y el trabajo”.

   Ésta es la María que imagina, con respeto, con mimo, con cariño, con devoción (nunca mejor dicho), Colm Tóibín, porque le interesa la madre, la mujer, la persona que se enfrenta a los embates de lo que otros han decidido pero se resiste a ser esa “esclava del Señor” que tantos quieren, esa a la que no dar voz (como, por cierto, tanto gusta hacer la Iglesia edificada en torno a un personaje que se comunicaba con ellas, que las quería, que las consideraba importantes, que no establecía jerarquías, que tendía la mano a los desfavorecidos, a los excluidos, a los desheredados, a los sin nombre); tras la decepción que supuso Y que se duerma el mar de Gustavo Martín Garzo, un acercamiento a una María terrenal y despojada de aureola de santidad que no brilló como se espera del estupendo autor vallisoletano, una narración un tanto titubeante con algunos pasajes encomiables y la calidad lingüística que ya es marca de la casa, El testamento de María (título, por cierto, que uno apoya en contra del que para otros sería más preciso –El Evangelio de María-, porque más allá de la traducción literal o de la posible intención del autor –quien escribe Testament, de nuevo la mayúscula para remarcar la trascendencia y evocar el Libro Sagrado- estamos, sin duda, ante el testimonio que María quiere legar a la posteridad, es un testamento vital, anímico, espiritual, un legado) pone el foco en una cuestión que se va agrandando con el paso del tiempo, según se crece y se van aplicando los criterios propios (o la falta de ellos) a lo que aprendimos de pequeños: ¿Cómo y por qué aceptó esta madre un sacrificio sin límites? ¿Nunca tuvo tentaciones de apartarse de “lo que está escrito”? Juan José Benítez, al que no puede negarse olfato comercial, sabía qué era lo esencial y hurtaba la entrevista que el protagonista de Caballo de Troya mantenía con la madre de Jesús, retardándola hasta un segundo volumen que en ese momento de la narración aprovechaba para anunciar, la cual al final daría para nueve entregas; Pasolini (precisamente comunista, homosexual, ateo, pero no por ello inmune a lo que es una realidad, queriendo afianzarse en sus ideas, intelectual comprometido, estudioso, inquieto), en su esplendoroso, honesto y realista El Evangelio según San Mateo situó a su propia madre al pie de la Cruz, desgarrada, rota de dolor, hundida bajo el peso de las lágrimas, en una de las secuencias más estremecedoras jamás filmada y, de estar vivo, haría maravillas con este texto sencillo pero con muchas corrientes subterráneas, un prodigio de erudición sin engolamientos o discursos incomprensibles, poseedor de una sensibilidad pocas veces alcanzada, apabullante cuando María habla de Lázaro, ese al que su hijo pidió volver de entre los muertos, revelador cuando se centra en la crónica de lo sucedido en las Bodas de Caná o deja claro quién estuvo y quién no en el Monte Calvario (y, sí, ya sé que volverá a aparecer el intransigente, el que no se molesta en leer el libro, para decir que eso no es lo que dice el Evangelio, pero Tóibín no pretende desmontar nada, tan sólo hacerlo más veraz –lo que para muchos, a la larga, en contra de lo que escupen los de siempre, puede suponer la reafirmación de su fe, que es de cada cual-).   

lunes, 14 de abril de 2014

EL CANTE EN MI MEMORIA






   El tío Miguel siempre llegaba con alguna sorpresa, bien en forma de cuento, tebeo o libro (según qué edad tuviese yo), de algún muñeco o juguete, de un estuche de pinturas o de lo que en ese momento supiera que provocaría exclamaciones, carcajadas, satisfacción; fue algo que le distinguió hasta su muerte: aparecer anunciando una función de teatro, una escapada al cine, el abono a una plataforma digital (aunque esto lo hizo aprovechando un viaje mío porque al principio me negaba a eso de pagar por ver televisión), practicando la política de hechos consumados, dando certeramente en el centro de la diana una y mil veces (bien en cosas que me incluían o me estaban destinadas, bien en vacaciones con la tía o celebraciones similares. Y de entre todas esas ocasiones, una de las que tengo más vívidas fue cuando llegó con un paquete bajo el brazo que contenía el primer reproductor de casetes que hubo en casa, un artilugio mastodóntico para lo que ahora es común, a pesar de no ser excesivamente aparatoso puesto que tan sólo tenía las teclas básicas y el habitáculo en el que insertar las cintas (que, eso sí, había que empujar con fuerza hasta que hicieran el clic que anunciaba que habían encajado a la perfección); para la inauguración, eligió una de sus pasiones, una de las tantas que me contagió, el flamenco, y estrenamos la adquisición con las grabaciones que Belter había reunido en ¡Cante güeno!, volumen en el que se ofrecía una muestra de los talentos de algunos cantaores de la compañía (y que no puedo recordar, aunque a buen seguro incluía a La Paquera de Jerez, una de sus preferidas). Resulta un tanto paradójico que, cuando con doce o trece años, en los últimos cursos de EGB, ocultaba que me regalaban por Reyes algún LP de Parchís porque otros compañeros se reían de lo que consideraban “gustos de chiquillos” y fingía que tenía el recopilatorio de Simon y Garfunkel que se puso muy de moda o me detenía sólo en los que estaba seguro no provocarían burlas (los inicios de Mecano y así, la música pujante de los primeros 80), en realidad tenía un gusto muy amplio, y predilección por géneros que eran “de mayores” (un servidor, el eterno desubicado), puesto que mi verdadera banda sonora la conformaban Concha Piquer, Antonio Machín, Marifé de Triana, Nino Bravo, Joan Manuel Serrat haciendo justicia a Antonio Machado, zarzuelas, incluso canciones subidas de tono o con doble intención (¡Ay, esos primeros momentos de libertad/libertinaje, de relajación de la férrea y absurda censura, del todo vale!), es decir, toda la música que gustaba a los tíos, a la abuela, las canciones que mi madre me cantaba para acunarme, las que tarareaba mientras tendía (y gracias a mi hermana fueron llegando Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, tantos otros). Y en todo este ambiente musical, el flamenco nunca perdió primacía, un papel muy destacado, y aunque soy incapaz de distinguir una soleá de una seguiriya (al menos a las primeras de cambio, si aplico el oído puede que identifique el palo sin caer en el equívoco), aunque no me puedo considerar un entendido porque para eso no basta con conocer guitarristas, cantaores, bailaores, ortodoxos, heterodoxos, historias personales, anécdotas, disfruto, gozo, tengo querencia por ese aire que se llena de quejíos, duende, expresión del sentir popular, verdad del pueblo, arte en estado puro; como tantas expresiones musicales (el jazz, el blues, el espiritual) que desbordan las reglas, las pautas, los pentagramas, para dejarse llevar por la inspiración, por el arrebato, por lo que nace de muy adentro, por lo que no se puede cuantificar, ni es mensurable, ni se atiene a razones, ni es posible expresarlo con palabras, el flamenco hay que limitarse a vivirlo, a dejarse arrollar por su fuerza, a consentirle que marque el ritmo de los latidos del corazón, a envenenarse con su manera de introducirse por cada poro para conmovernos, estremecernos, dolernos y reconfortarnos.

   Sin duda, como en cualquier faceta del arte, un conocimiento profundo de la materia ayuda a comprender mejor los porqués, las motivaciones, los resultados, pero nadie con sensibilidad puede sentirse excluido por no ser capaz de explicar técnicamente por qué le gusta (pero sí mediante suspiros, lágrimas, palmas, sacudidas del alma, movimientos de manos, alboroto del cuerpo) y a nadie debe asustarse, alejar, segregar por el hecho de no ser un entendido (cuanto mejor personas dispuestas a aprehender y experimentar que tanto mal llamado erudito que filosofa y oscurece aquello en lo que debe primar la emoción) porque si algo te electriza, te transforma, te remueve, te transporta, es que ha cumplido con su objetivo, el de comunicar, ha sabido tocar las teclas precisas, ha establecido la comunión adecuada, ha encontrado el receptor idóneo, el que no tiene prejuicios, el que atiende primero y juzga después, el que se deja sorprender, el que quiere vivir por sí mismo. Y si bien es cierto que el flamenco se ha trivializado mucho, se ha generalizado en lo más elemental, se ha convertido en popular a fuerza de hurtarle su esencia, de dulcificarlo en un intento por, eso se dice, hacerlo comprensible cuando precisamente esa es su mayor virtud ya desde las cuevas del Sacromonte, desde los patios, desde las hogueras, de llamar flamenco a lo que puede que suene como tal en algunos acordes, a lo que lo evoca, a lo que se inspira en él pero no es tal, no lo es menos el hecho de que la verdadera esencia, su realidad primigenia, su origen, su raíz, lo que le otorga categoría, es ese cante jondo por profundo, por entrañas, por desgarro, por quebranto, por revulsivo, un cante que duele, que araña, que provoca tiritona, pero también liberación, ensancha el corazón, abre la garganta, estalla en algarabía, cascabelea en el alma, es una amalgama de sensaciones, no deja nada fuera porque, volvemos al comienzo, se erige en altavoz de lo que el pueblo anhela, desea, necesita, y tanto hay derecho a la queja (al pataleo, nunca mejor dicho) como a la carcajada, a la alegría y a la pena, es un reflejo de la vida sin filtros, sin mesura, sin pudor, sin freno.

   El espectáculo En la memoria del cante: 1922 que puede disfrutarse estos días en el Nuevo Teatro Alcalá de Madrid (por desgracia, sólo hasta finales de la presente semana: confiemos en que el público obligue a que regrese o a que cambie de lugar pero permanezca en cartelera) recupera el que por derecho propio se considera mítico Concurso de Cante Jondo que tuvo lugar en Granada (en concreto en la Plaza de los Aljibes de la Alhambra) en aquel año, puesto que fue el primero de ámbito nacional y porque contó con el respaldo de un buen número de intelectuales que firmaron un manifiesto para defender la necesidad de mantener, estudiar, no rebajar la categoría de arte que merece el flamenco (entre ellos Manuel de Falla, Ignacio Zuloaga, Juan Ramón Jiménez, Santiago Rusiñol, Joaquín Turina y un muy joven –siempre le fue, no le permitieron envejecer- Federico García Lorca). Rafaela Carrasco dirige al Ballet Flamenco de Andalucía en un montaje necesariamente despojado de artificio, sitúa a los intérpretes en un escenario prácticamente desnudo (con una acertada iluminación que potencia, destaca, subraya lo que conviene) para que sean los cuerpos, las voces, las guitarras, los tacones, los volantes, las sillas, los que expresen, los que se muestran sinceros hasta lo conmovedor, honestos en su pureza, en aparecer ante nuestros ojos como si estuvieran siendo inventados en ese momento, mezclándose a la perfección las voces de Antonio Campos y Miguel Ortega con las grabaciones históricas de gentes como La Niña de los Peines, Manolo Caracol o Antonio Chacón, sonando como si se hicieran en directo (y lo que en el argot radiofónico denominamos “fritanga” provoca un cosquilleo muy agradable), como si el tiempo se hubiese detenido (es privilegio del verdadero arte, del que no se mueve más que por necesidad, del que busca salir de ese estadio inasible que llamamos musa y presentarse ante el mundo: rompe las barreras, conserva la frescura del recién nacido así pasen los siglos). Me resulta imposible escuchar flamenco sin tener más presente que el resto del tiempo al tío Miguel, no puedo evitar algunas lágrimas de ausencia, de enorme vacío, pero el cante se impone y transforma mi torrente en agradecimiento por descubrírmelo, por alimentar mi afición (y en la alegría de ver a la tía Carmen disfrutarlo por los dos, dedicando cada olé, cada palmeo, cada ovación, cada estremecimiento a aquel andaluz a quien tanto debemos y al que tanto queremos), me trae su imagen escuchando atentamente a Marchena, a Pinto, a algunos de los ya nombrados, asintiendo ante un requiebro, ante un recorte, ante el buen gusto del intérprete para no exagerar, para llegar hasta donde se debe, para no despeñarse por el tono plañidero, por el esfuerzo por el esfuerzo, por el primar lo ostentoso, lo que debe ser un adorno, un añadido, por disfrazar las emociones, por fingirlas, por ser otra cosa bien distinta. Por fortuna, En la memoria del cante: 1922 es un espectáculo elegante en formas y modos, esos ayayays que menean y hacen vibrar no se alargan innecesariamente, el baile es compulsivo cuando conviene, depende del palo, del momento, todo está medido para que nunca dejemos de emocionarnos y admirarnos con lo que hay sobre las tablas, sean esos bailes sentados tan pletóricos, esos rasgueos de guitarra tan limpios, ese modo que tiene la enorme Rafaela Carrasco de recogerse, de encoger el cuerpo, de impregnarse de la música para transformarla en movimiento. Si alguien aún le tiene miedo al cante jondo porque le han dicho esto o le han contado aquello, porque le han hecho creer que no está capacitado para comprenderlo, que no lo dude y busque por dónde continúa la gira de En la memoria del cante: 1922; nadie con sensibilidad, con sangre en las venas, puede quedar indemne (y comprobará lo que se ha estado perdiendo hasta el momento o las veces que le han dado gato por liebre y, tal vez por esa razón, no lo demandaba ni le apetecía).        

miércoles, 2 de abril de 2014

LECTURAS COMO LAS DE ANTES





   
   Lo de ser lector de amplio recorrido, lo de tener un ratón de biblioteca anidando en tu corazón (en realidad debo albergar una colonia en mi interior, porque uno solo, por muy voraz que sea, se me antoja poco para mi gusto pantagruélico en lo que a tener libros a mano para empezar o ya mediados se refiere), lo de seguir buscando nuevas opciones por mucho que los volúmenes hayan invadido las diferentes casas en las que has habitado y habitas,  a pesar de haber inventado/encontrado los lugares más inverosímiles como lugares de apiñamiento (porque eso es lo que hago), lo de estar poseído por el síndrome de Diógenes en lo que a literatura se refiere (también en cine, pero eso lo dejamos para otro día) provoca mucha ansiedad porque jamás te ves saciado: el instinto me lleva a no cesar en la revisión de cualquier anaquel de venta que se me ponga por delante y a aferrarme a una nueva presa pensando “con éste me pongo a la tarea en seguida”, pero luego (al margen de detenerme en aquellos títulos a los que me obligó la profesión –lo que aún sucede aunque a menor escala cuando busco contenidos para el presente blog, círculo vicioso en el que me recreo y del que no quiero salir porque es sarna cuyo picor no siento y, en todo caso, es un cosquilleo de lo más satisfactorio el de posar la vista sobre lomos, portadas, abrir alguna página al azar-) cuando miro los seleccionados que están más a mano compruebo cómo algunos acumulan meses sobre la mesilla sin que los toque más que para limpiarlos y me entra cierta angustia por cumplir con los compromisos que uno adquiere de buen grado. El caso es que desde ya un tiempo quiero dedicar (y lo haré) espacio a una de las escritoras españolas cuya lectura siempre me resulta grata, una mujer que me acompañó en mi evolución, que me descubrió asuntos y sensibilidades, es decir, Mercedes Salisachs; comenté esta intención con el buen amigo Ovidio y, al margen de compartir mi entusiasmo y de recriminar a quien corresponda el ostracismo y desprecio que regalan a su obra, me dijo que yo era un señor (lo que me sonrojó, la verdad) porque (y hablaba como escritor, lo que por otro lado me llenó de orgullo) me comportaba como el lector ideal, agradecido a los buenos ratos, alimentando mi admiración, mi aprecio, mi interés por el autor que me lo despertase sin plegarme a conveniencias, corrientes críticas, datos de mercado o demás zarandajas, sencillamente entablando diálogo con cada libro en cada momento. Lo cierto es que me nace así, no puedo evitarlo, me ha sucedido siempre con cualquier rama del arte: escucho, atiendo, secundo, me guío por voces que me resultan más autorizadas, con las que la experiencia me confirma que coincidió en un buen número de ocasiones, pero según avanzo en esta carrera de fondo sin fin voy (como cualquiera) cimentando, consolidando, modificando, cincelando mi criterio y declarando lo que compro, lo que me interesa, lo que me disgusta, lo que aborrezco sin deberle nada a nadie; en todo caso, en alguna ocasión lo que he hecho ha sido suavizar un poco –no mucho- mi habitual tono abrupto cuando algo no me convence o, más frecuentemente, eliminando cualquier mención al tema para no herir susceptibilidades, jamás como autocensura sino como manera un tanto peculiar de actuar como el cura y el barbero de El Quijote, condenando a la hoguera del silencio a ese libro que me duele ver publicado con lo complicado que es lograrlo, sobre todo si es un título de tantos (con los exitosos suelo ser menos benevolente: al fin y al cabo, venden como churros y nada va a cambiar esa tendencia), pero nunca cacareando un discurso, pronunciando unos adjetivos que no siento, que no son míos (bastante tuve que aguantar el tiempo en que aquel ahora afincado en Los Ángeles dictaba las críticas que debían hacerse porque “es beneficioso para el programa”… ¡Lo fue para él, trepa diletante que incluso nos obligó a grabar con las sonrisas habituales aquel terrible 11 de marzo, herida que sigue sangrando, pendiente sólo de la aquiescencia de los jefes!).

   Y es por todo ello (ya regresaremos a la Salisachs, prometido) por lo que hoy me apetece hablar de Stephen King, un autor al que primero llegué a través de las adaptaciones cinematográficas que sembraron de inquietudes, terrores, emociones mi infancia y adolescencia, esos títulos míticos por derecho propio que se decían de tirón y que fueron horas de bullicio en el cine, anhelos que había que esperar hasta que pasaran a los programas dobles del barrio (sólo uno vi de estreno en la calle Fuencarral, el tercero de los citados a continuación): Carrie, El resplandor, La zona muerta, Christine. Si me preguntan por qué, siendo voraz desde tan pequeño, con esa querencia por lo misterioso, intrincado, turbador, con ese habitual morbo que uno experimenta ante lo que sabe le va a aterrorizar, desea que así suceda y propicia la ocasión, tardé tanto tiempo en abrir una de las novelas del autor de Maine no tengo respuesta porque mi hermano tuvo alguno de sus títulos y siempre aparecía alguno aquí o allá, pero el caso es que hube de esperar hasta que comencé la Facultad, hasta que mi Mairena me prestó It y, desde ese momento, me puse definitivamente a sus pies: pocas veces me he visto inmerso de tal modo en una lectura que me provocaba sudores, ansiedades, incluso levantar la vista unos momentos para tomar aire, pero que me veía incapaz de abandonar, en parte porque sentía pánico ante el momento de apagar la luz y dejarme atrapar por la oscuridad y, ante esa perspectiva, optaba por la huida hacia delante, siendo abducido por esa espiral de terror que parecía no tener fin. Recuerdo que ya en ese momento (o sea, con dieciocho años) recibí algunas reprobaciones, censuras y extrañezas de aquellos que se extrañaban de que alguien tan leído como un servidor, ya universitario, pudiese perder el tiempo (y lo decían con todo el desprecio del mundo) en Stephen King en lugar de dedicárselo a autores de más fuste, laureados por el prestigio intelectual, considerados imprescindibles (esos sobre los que en privado se pueden soltar pestes, pero jamás delante de determinados auditorios a los que deprimir/controlar/fustigar si expresan su descontento), esos autores que parecen haber nacido leyendo (eso quieren hacer creer) cuando, y en tantas ocasiones se demuestra, los conocen muy someramente o sólo para recitar las lecciones aprendidas en su día, no como auténtica vivencia lectora.

   Pero, como dice el amigo Ovidio, como también él practica, como Pablo propicia y secunda (y es otra alegría que podemos compartir), uno no olvida a esos escritores que le han proporcionado tantas horas de satisfacción, tanto entretenimiento (ya se sabe que hay muchos que sienten alergia ante esta palabra, que sólo buscan en el arte un estímulo intelectual que puedan valorar como sesudo, profundo, consistente, esa gente incapaz de una sonrisa o una carcajada, de un sobresalto, de un estremecimiento que no tenga correlato con toda una reflexión sobre la condición humana, en definitiva, las personas más aburridas de este mundo), autores que le han ensanchado horizontes (digan lo que digan los demás) porque le han hecho afrontar miedos, descubrir otros, superar angustias, reconocer lo que provoca inquietud para intentar conjurarlo o al menos para que pille lo más prevenido posible, en definitiva, un disfrute que es de lo que se trata (y, como ya se ha señalado en otras ocasiones, uno goza con Virginia Woolf, Henry James, Edith Wharton, Ana María Matute, la citada Salisachs, tantos y tantos, depende del momento). Por eso hay que agradecer a Plaza y Janés, su editorial de cabecera en España, la que apostó por él desde el principio (aunque algunos títulos se publicaron en otros sellos, al final la obra completa de King puede encontrarse repartida y en diferentes formatos en alguno de los que conforman Penguin Random House) que siga publicando a este señor capaz de tocarnos muy dentro porque sabe mezclar los miedos cotidianos, ancestrales, los que pueden asaltarnos en el momento más inesperado, los que escalofrían por su cercanía, con otros que vienen de otras realidades, de mundos en teoría ajenos que se concretan y hacen visibles para interrogarnos, para demostrar la fragilidad de eso llamado “normalidad”, para recordar que lo distinto es sólo cuestión de apreciación, que mirar hacia otro lado, negar existencia, no cuestionarse/nos, no es la solución y muchas veces es una cárcel que nos constriñe, frena nuestro desarrollo, llega a anularnos como personas (y ahí están, como somero ejemplo, La larga marcha, El juego de Gerald, Misery, Corazones en Atlántida o El pasillo de la muerte, como constatación de que este señor no se repite tanto como los que no le leen afirman ni escribe siempre la misma novela).

   Y así llega Doctor sueño, la continuación de El resplandor, aunque puede leerse independientemente e incluso no es necesario haber visto la película de Stanley Kubrick, contra la que Stephen King vuelve a arremeter a la hora de presentar esta nueva obra en la que, como tantas veces, el protagonista es alguien como cualquiera de nosotros, al que podríamos tropezarnos por la calle, el vecino de al lado, la dependienta del supermercado, ese que pasea al perro, aquella que camina presurosa con su ordenador portátil y unas carpetas, incluso el propio lector, alguien que debe acostumbrarse a vivir con un don, con una característica que le distingue de los demás, tal vez porque estos han desdeñado eso que sentía rebullir en su interior y no han desarrollado ese instinto, esa particularidad. Aunque nunca ha dejado de editarse, Debolsillo ha lanzado una nueva edición de El resplandor que incluye las primeras páginas de Doctor sueño para así poder conocer a Danny Torrance tal y como lo concibió su creador, por mucho que sea inevitable ponerle el rostro de Danny Lloyd (para la parte adulta, o sea, para la continuación, tal vez un Josh Brolin sería de lo más adecuado), y es que, por mucho que le pese a King, parte de su fama se la debe a este perturbador filme que toma lo mejor del texto original (atmósfera, claustrofobia, demonios interiores, niño en peligro, terror en lo doméstico –elementos, por cierto, habituales y centrales de la narrativa de este autor-) para dar alas al gusto por lo enrarecido, a su capacidad para ahogarnos en espacios abiertos, a su maestría a la hora de cerrar las salidas, al estilo ambiguo de Kubrick. Sea como sea, la lectura de El resplandor es muy grata porque es el reencuentro con viejos conocidos y el descubrimiento de cuánto debemos al cineasta, quien tuvo un par de hallazgos impresionantes que no desvelaremos (sobre todo por su impacto visual, por supuesto), más la confirmación del innegable talento del escritor para dosificar, para llevar al lector por donde quiere hasta conseguir que el sudor se congele en la espalda (y no por golpes de efecto –que cuando son necesarios no se eluden, tan bien traídos que siguen funcionando aunque uno los conozca-, sino por acumulación, por el modo en que presenta las psicologías de los personajes, por la manera en que hace una prospección en la mente, el corazón, el alma, los rincones más oscuros y desconocidos) y Doctor sueño vuelve a demostrar que sigue en plena forma (no toda su producción alcanza cotas altas, claro, es imposible mantenerse siempre en la cima –y más siendo tan prolífico como él-, pero la media es muy notable, olvidándose pronto los tropiezos porque otra nueva entrega le coloca otra vez en primera línea), que pocos como él a la hora de conseguir una historia que no pierde coherencia ni consistencia, que provoca pavor porque resulta muy verosímil (es otra de sus virtudes: que lo fantástico parezca habitual), que regala muy buenos momentos y que nos regocija y reactiva el lector que fuimos, el que somos, el que seremos.      

jueves, 27 de marzo de 2014

DADME UNA BUTACA Y SE MOVERÁ EL MUNDO










   No soy muy de celebrar el día concreto en que alguien (me da igual que sea la UNESCO que unos grandes almacenes) decidió que debemos acordarnos de alabar, querer, felicitar, prestar atención a aquello a lo que, casi con toda seguridad, apenas se la concedemos el resto del año, bien por indiferencia, bien por descuido, bien porque lo damos por hecho/sabido; pero el caso es que hoy es el Día Mundial del Teatro y nunca me parece demasiada atención, demasiado cariño, demasiado tiempo el dedicado a una de las artes que más me hace disfrutar, que más me apasiona, de la que quiero seguir sabiendo, aprendiendo, conociendo, gozando, aburriéndome, el caso es que exista, que amplíe su oferta, que nos sorprenda, que se expanda, que continúe siendo lo que siempre ha sido, lo que no puede perderse: una experiencia, una ceremonia, un lugar de encuentro, que no caiga en manos de unos cuantos que le ajusten las costuras a su conveniencia, a su gusto, a su placer, a sus carencias y utilicen su nombre en vano, vendiendo como tal lo que es otra cosa (respetable siempre que se haga con entrega, oficio, profesionalidad, pasión), relegando estilos, tonos, fórmulas, tradiciones, clásicos en aras de una pretenciosa modernidad (en realidad, lo más antiguo, lo que incluso nace pasado de moda, lo coyuntural que sólo tendrá vigencia unas cuantas horas, lo que resultará incomprensible en pocos meses por mucho que se contextualice y por mucho conocimiento que tenga el público de las circunstancias que lo motivaron).

   Aunque suene repetitivo, como tantos de mi generación nací amando el teatro sin saberlo, sin ser consciente, gracias a que TVE dedicaba gran parte de su programación a este hecho de una manera u otra, siendo el por derecho y méritos propios mítico Estudio 1 cita obligada (más allá de que sólo hubiese dos cadenas porque se esperaba el momento con emoción) para conocer autores, textos, actores, para anhelar dar el salto y transformarse en espectador en una sala, sin el filtro de la pantalla, para aprehender la magia del suceso irrepetible, el que se representa sólo para ti, las lágrimas son las del día que tú estuviste, las de mañana serán distintas, no hay posibilidad de repetir ni volver atrás, siempre en pirueta mortal sin red, masticando el silencio (aunque el respetable no siempre ha sido respetuoso –los móviles y demás artilugios no han hecho sino exacerbar esa actitud de “yo pago y puedo hacer lo que quiera” porque caramelos, toses sin recato, culos inquietos ha habido, hay y habrá-), compartiendo las carcajadas o contagiándose de las del vecino, reaccionando a los impulsos que llegan desde escena, rompiendo la cuarta pared, esa que sin necesidad de alardes ni estrambotes ni montajes innecesarios y/o aparatosos han sabido derribar los creadores, los artistas de cualquiera de las disciplinas que pueden ejercerse sobre las tablas (a la luz de los focos o entre cajas). Recuerdo una conversación con la maravillosa Nuria Espert cuando estaba representando ¿Quién teme a Virginia Woolf? junto a Adolfo Marisllach (gracias a ella, a su empeño, a su reto, pudimos despedirnos del espléndido actor dedicado tanto tiempo a ser un impresionante director) en la que le agradecí que aceptase la invitación de un programa infantil que se emitía los sábados por la mañana a comienzos de los 80 (aún no se llamaba Sabadabada, en sus inicios fue conocido como De doce a dos, o sea, sus horas de emisión), puesto que allí representó parte del primer acto de Doña Rosita la soltera y permitió que los chavales nos enamorásemos de Lorca (¡Para que luego vengan algunos a torcer el hocico porque añoremos aquella televisión!); años después tuve ocasión, feliz ocasión, de volver a entrevistarla con Pablo cuando hacíamos radio juntos y ha sido una de las charlas más gozosas que he vivido porque fue la reunión de tres amantes del teatro más allá de la profesión de cada uno, tres personas que vibran con lo sentido en torno al mismo (de hecho, hemos coincidido varias veces con ella como espectadores –la última, ante la inmensa Concha Velasco de Hécuba-), que respiran esa atmósfera particular que sólo se percibe en un teatro, que hablan ese lenguaje elíptico y restringido con el que los amantes de este arte nos reconocemos al minuto (y por el que nos saltan las alarmas con tantos que se declaran lo que en realidad no son, que viven más para la parafernalia de ir, estar, dejarse ver, sentirse parte de la pomada, hacer ver que lo importante no es el espectáculo en sí sino que ellos participan, aplauden –aunque luego no sepan expresar qué o por qué-, carcajean, demuestran una forzada intensidad, no son realmente espectadores, quieren ser parte –en realidad usurparlo- del evento).

   Y precisamente con Pablo he podido aún más crecer tanto en lo personal como en lo profesional porque su adoración por el teatro, su gusto por el mismo, su pasión por él, se me ha inoculado muy dentro espoleando la mía, añadiéndole cimientos, curiosidades, preferencias, ampliándome las miras, trasvasando del uno al otro aquello que vivimos antes de conocernos, creando parte de nuestra intimidad en torno a este disfrute, buscando incansablemente dónde, quién, cómo, cuándo se representa esa obra que querríamos ver, esa reposición que nos interesa, ese texto que anhelamos, cuándo sube a las tablas esa actriz por la que sentimos veneración, ese actor que nos apabulla con su excelencia, y aunque la cartelera madrileña no depare demasiadas alegrías para dos románticos a la vieja usanza siempre hay oportunidad para la alegría cuando, por ejemplo, el próximo lunes recuperaremos a Julia Gutiérrez Caba en el María Guerrero (y alguna otra sorpresa que aún no puedo desvelar porque formará parte de la celebración de nuestro undécimo aniversario y por eso sepulto con este paréntesis). Y, sobre todo, cuando a finales de mayo regresaremos a Londres, ese lugar en el que reconciliarse con el teatro, en el que entrar en otra dimensión, en el que morirse de envidia y perecer de emoción, sobrepasados por esas marquesinas, por esos carteles, por esas funciones, por esos edificios, donde hemos babeado con Vanessa Redgrave, Judi Dench, Helen Mirren, Debbie Reynolds, Connie Fisher y tanto talento como ha pisado y pisa el West End, cita para la que hemos ahorrado como hormiguitas, prescindiendo de cosas que no echamos de menos porque el alimento que necesitamos es ese y allá los demás si sobreviven de otra forma, lugar al que vamos como peregrinos más que nunca porque acudimos a rendir pleitesía a uno de esos nombres que hacen brillar la mirada, temblar ante la inminencia del encuentro, temblar la voz, vibrar el alma: ¡Doña Angela Lansbury!

   Y ese niño que empezó a ir al teatro de la mano de su hermana, que participó en muchas representaciones escolares en el colegio y el instituto, que ha hecho (con todo el respeto) sus pinitos, que está viendo en butaca de orquesta cómo toma forma un proyecto teatral con Pablo como autor y director, que se pirraba por hacer entrevistas para televisión en el escenario, que adora ir a camerinos, que propicia, solicita, pide pasear entre bastidores, ver parte de la función entre cajas, ese que necesita el teatro como oxígeno, recibe la gran noticia, mientras escribe ese texto, de que su sobrino Alberto ha salido hace un rato de ver una función en esta Noche de los Teatros, en este Día Mundial que debería ser Año (los 365, 366 si es bisiesto), y piensa que no todo está perdido, que el testigo va a ser recogido, aunque le gustaría que las oportunidades (y, nunca mejor dicho, el escenario, el paisaje, la oferta) fuesen similares a las que él tuvo para llegar a la conclusión de que en una butaca está como en su casa.