miércoles, 7 de octubre de 2015

LA MARAVILLA AL ALCANCE DE LA MANO





  Llevo todo el día pensando que me enredo demasiado en mis presentaciones de nuestro programa Destino: Wonderland en Onda Arcoiris, puesto que la audiencia es inteligente y, si ya se ha convertido en cómplice habitual, si ya nos conoce de antemano, comprende de sobra por dónde van los tiros, de qué hablamos cuando hablamos de “país de las maravillas” (sigo evocando a Carver, bien saben los fieles que cuando me empeño en algo me pongo especialmente reiterativo) y no hace falta seguir justificando (porque eso es lo que parece) un título que queda perfectamente desarrollado y lleno de contenido cuando se escucha alguno de los podcasts existentes (http://prnoticias.com/podcast/ondaarcoiris/cultura-lgtb/), con la promesa de que cada jueves habrá uno nuevo (es decir, el próximo en apenas unas horas). Y es que, aunque nos encanta soñar, imaginar, evadirnos, poner coto a lo que nos inquieta, atormenta y perturba (¡Qué grande Esperanza Gracia con esos brazos que no paran quietos!) con expresiones culturales que son nuestra pasión y en gran parte nuestra vocación (no sólo por juntar palabras aquí o allá, sino como espectadores, lectores, consumidores del arte que otras personas regalan al resto), abogamos, procuramos, defendemos, abonamos un país maravilloso en el que no tienen cabida la iniquidad, la infamia, el crimen en cualquiera de sus acepciones, el totalitarismo, el sectarismo, tantas lacras que hacen el mundo menos habitable y lo convierten en una continua batalla por sobrevivir, por poder ser, pensar, amar del modo en que uno quiere sin interferir en el de los demás, celebrando la diversidad, la libertad, el respeto, la convivencia, un lugar que no es utópico, que puede ser real, que es factible, que hemos de construir y cuidar, no es una venda, un maquillaje, un negar la realidad, un mirar hacia otro lado, un confiar a ciegas en la bondad de los desconocidos, es un escape, una necesidad, un reforzamiento, un repostaje, un enriquecimiento que nos ayuda a (intentar) ser mejores personas, a escuchar, a abrir la mente, a ensanchar el alma, a no dar nada por sentado, a continuar aprendiendo, a encontrar las herramientas para combatir a los que no cejan en su empeño por insultar, degradar, ofender, prohibir, lapidar, criminalizar, segregar, a minimizar sus daños, a no bajar la guardia, a no dejarse arrollar y mucho menos derrotar. Sí, alguien podrá decir que, en contra de lo que afirmo, no hago otra cosa que verbalizar lo que, por desgracia, es un deseo que, durante más de veinte siglos en enumeración ascendente y una enorme cantidad en sentido descendente, se ha demostrado irrealizable, una quimera (aunque, por otro lado, para saber lo que nos gusta tenemos que poder reconocer a su antagonista, lo bueno sin lo malo –y viceversa- no sería más que un término tal vez absurdo –o con un significado muy diferente-), pero me gustaría hacer hincapié en que eso no quita validez, todo lo contrario, a aquello que algunos, para que no pensemos, no actuemos, no sepamos, maltratan como algo prescindible a lo que quieren sojuzgar e incluso aniquilar, aquello que no dudan en tildar de capricho, de necedad, de fútil, de veleidad, lo transforman en un lujo inaccesible para la mayoría, se adueñan de ello para trivializarlo, rebajarlo, dejarlo huero, recubrirlo de una pátina elitista que lo desvirtúa y que sólo les sirve para alardear (pero que no se molestan en conocer, manipulándolo y utilizándolo a su antojo y conveniencia). Es por eso por lo que cada semana habitamos ese Wonderland que Pablo logró hacer realidad, esa tierra en la que nos encontramos con gente apasionante y apasionada con lo que hacen, en la que disfrutamos sin freno ni medida, pero sin dejar de lado el por desgracia todavía necesario activismo para reclamar igualdad, respeto, la total implementación de derechos básicos que son cercenados con impunidad (o por “tradición”, por “normalidad”, por “lógica” –qué escalofríos escuchar los “argumentos” de algunos que tienen púlpitos y tribunas a su disposición-). Además, no conviene olvidar que, según el DRAE, “maravilla” es “suceso o cosa extraordinarios que causan admiración” y la “acción o efecto de maravillar o maravillarse”; teniendo en cuenta que “extraordinario” es, en su segunda acepción, lo “añadido a lo ordinario” (los gastos, las horas) y que “maravillar” no es otra cosa que “causar admiración a alguien”, comprobaremos que nuestros planteamientos radiofónicos van en esa línea de adicionar, enriquecer, incrementar, agregar otras luces a la existencia rutinaria y sujeta a convenciones que todos llevamos en un momento dado (aunque no nos pese), aplaudiendo y celebrando a aquellos que nos dan motivos para ello.
   Y, en realidad, lo aparentemente mágico, lo fabuloso, lo que no se puede explicar pero no se puede negar, está más cerca de lo cotidiano de lo que queremos pensar: no hay más que hacer memoria, si es que estuvimos atentos en su momento, y recordar alguna de las anécdotas que nos contó nuestra abuela (e incluso, por qué no, alguna que hayamos protagonizado nosotros mismos o de la que hayamos sido testigos), son esas historias que, aunque parezcan imaginativas e imaginadas, mucha gente acepta como posibles (cuando no como reales) cuando las narran Wenceslao Fernández Flórez o Álvaro Cunqueiro, los sucesos que Isabel Allende afirma son rigurosamente ciertos (“son cosas que tal vez sólo pasan en California, pero así son, no invento nada”), ese realismo mágico que brota con tanta naturalidad al otro lado del Atlántico, aquello que Alejo Carpentier denominó “lo real maravilloso”, la sorpresa de vivir con los sentidos muy despiertos. Y es con esa naturalidad con la que Sofía Segovia narra El murmullo de las abejas, novela publicada recientemente por Lumen y que la autora mexicana vino a presentar a Madrid, una historia que parte de lo que escuchó en su casa, del pasado familiar, una obra que no titubea en rellenar los huecos existentes en la memoria colectiva de su país, en hablar de sucesos que apenas aparecen en los libros de Historia, pero, eso sí, primando la particular de los Morales Cortés, la familia protagonista, recorriendo de su mano casi todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI, unos hechos que le tocan muy de cerca: “Mi abuelo era de Linares, allí nació mi padre, pero tuvieron que irse a Monterrey debido a la reforma agraria; nos contaba sus anécdotas, muy simpáticas, y con todo lo que he ganado con la edad, porque se siguen ganando cosas, no todo es ir perdiéndolas, con la sensibilidad y la sensatez que dan los años fui quitando la capa del humor agudo y sabroso, y fui percibiendo la nostalgia. Y entonces me pregunté qué dejó por decir, murió cuando yo tenía nueve años, y al final me di cuenta que sobre todo tenía silencios porque el pasado duele mucho: dejar la tierra que por generaciones había sido de su familia, la tierra a la que siempre creyó pertenecer, tradiciones, amistades, su vocación, para llegar a la ciudad a inventar algo nuevo y diferente, imagino que eso fue durísimo y costoso, por eso comprendo que no pudiera dolerse del pasado para levantarse cada día a luchar por el presente; entonces, fui en busca de lo que quedó fuera, de los silencios, de lo que calló”.
   Sofía Segovia ha sabido integrarse en la novela sin tomar directamente la palabra, expresándose a través de sus personajes: “Al escribir lo importante es que sea la historia la que brille, no estorbar, a veces el autor se mete demasiado, y ha sido mucho el trabajo para que la narración parezca fácil, pero ese ha sido el propósito. La novela tiene su complejidad en la estructura, en la construcción, pero no creo que deba serlo a la hora de poder entenderla, que sea fácil el acceso”. Y acierta de pleno porque consigue que la narración sea fluida, que parezca que alguien está dando rienda suelta a sus recuerdos sin filtros ni cortapisas mientras recorre los kilómetros que le separan de su ciudad natal, Linares, una facilidad narrativa que tiene  como partícipe necesaria a la sensorialidad que alienta su prosa, a la importancia que se da a los olores, los sonidos, todo lo que llega de manera espontánea e inmediata: “La sensorialidad de la novela fue premeditada por dos motivos: primero, creo que la vida es fundamentalmente sensorial y si estoy invitando a alguien a que se una a esta historia debo hacérsela cercana, tal y como es la vida, lo que sucede es que nos dejamos llevar por las prisas y no nos damos cuenta de lo que perseguimos; por otro lado, es una invitación a recordar, a la nostalgia, y no hay recuerdos sin los sentidos, es ahí donde se anclan: un aroma nos transporta, basta con eso para evocar. Y no tuve necesidad de ser muy descriptiva, son también sensoriales, y así cada uno se crea la imagen de los personajes con el ejercicio creativo del lector: hay pocos datos, excepto de la Nana Reja porque quería una imagen muy poderosa y marcada. Creo que es mejor trabajar con las sensaciones y sugerir”. Es esta manera de escribir la que favorece y propicia que lo que, a pesar de la sencillez con que está descrito, no dudaríamos en calificar de “mágico” brote con enorme naturalidad, como algo irremediable: “Es algo que no se puede fingir ni forzar, porque en caso contrario no funciona y obra el efecto contrario al deseado: las abejas, Simonopio y la Nana Reja están muy arraigados en la naturaleza y son ellos mismos los que incorporan un realismo mágico tan orgánico porque nace del asombro que me causa la naturaleza, ya que cuanto más sabemos más nos preguntamos y he ahí la maravilla”.
   Gran parte de la irrefrenable empatía que el lector siente casi desde la primera página se debe a un personaje enormemente carismático, a un insólito héroe que jamás se comporta como tal, a un magnífico hallazgo llamado Simonopio: “Simonopio nació ya en el primer párrafo como en otro plano de la existencia, un poco fuera de las banalidades humanas, vive alejado de todo, lee la vida, quise que no pudiera hablar para que escuchase más, tiene que batallar sin explicar, ese aire misterioso es parte de su persona, se mantiene como tal para todos excepto para Francisco Chico”. Este extraño nombre está tomado, como tantas cosas, de lo que le escuchó decir a su abuelo, chanzas y decires que Sofía Segovia ha incorporado a su abuelo a modo de homenaje: “Mi abuelo siempre contaba cómo le puso un sinapismo a un niño al que llamaban Simonopio; pensamos que el niño se llamaba Simón y mi abuelo le cambió el nombre con esa ironía que destilaba. Resulta que presentando la novela en una Universidad se me acercó una experta en Literatura para decirme que Simón en hebreo significa “el que escucha”, y me pareció una coincidencia hermosa que este niño que salió de lo que contaba mi abuelo sabiendo escuchar hiciese honor a su nombre”. Junto a él, un puñado de creaciones como la Nana Reja, las propias abejas (fundamentales en el devenir de los acontecimientos), una población que se enfrenta a lo que se conoce como influenza española, una plaga que la diezma sin concesiones y de la que sólo algunos pueden escapar al poner tierra de por medio (tragedia en medio de la cual Sofía consigue algunas de sus páginas más divertidas, tal y como suele ocurrir en la vida diaria, todo mezclado sin solución de continuidad) y, por supuesto, el malvado, el enemigo, un rol ingrato pero que alguien debe desempeñar, un personaje al que la autora dota de verosimilitud, de humanidad, de presencia poderosa que se erige como amenaza terrible, Anselmo Espiricueta: “Me vi obligada a ser justa con él y explicar cómo le pesa su pasado, cómo nace su odio, no escatimé en gastos porque reflejar las sensaciones de Francisco Chico o del propio Simonopio no era demasiado difícil, terminas respirando profundo, es grato, pero luego fue tremendo meterme en el pellejo de ese personaje, comprobar la dureza de su vida, qué real es su dolor, su rencor, en parte qué justificado está, pero qué triste que no acepte la nueva oportunidad que la vida le pone delante. Son sus decisiones y ahí están, prefiere arraigarse en su rencor, es incapaz incluso de amar a su familia, no quiere alejarse de la enfermedad pero culpa a todos porque le han dejado solo, no acepta lo bueno porque piensa que le someten a base de no darle palos”.
   Aunque se dan muy pocos datos históricos para no entorpecer el desarrollo de la novela, los que aparecen permiten hacerse una idea bastante exacta de lo que debieron pasar los habitantes de aquella zona en aquellos años en los que se centra gran parte de la acción (el primer cuarto del siglo XX): “Kipling decía que “si la Historia se contara como un cuento nadie la olvidaría”, y yo hablo de una guerra que apenas se cuenta en lo que se estudia, que siempre se ha contado poco y mal, aunque lo que reflejo es sobre todo la experiencia de vivir una guerra, y contada como un cuento tal vez se comprenda mejor, yo misma lo hice mientras escribía”. Sin alharacas, con una literatura que busca sobre todo hacer pasar un buen rato, Sofía Segovia cree que ha llegado el momento de hacer justicia con aquellos que nos precedieron y que, tal vez por no hacerse ni hacernos daño, optaron por el silencio: “Saber duele, México se distingue mucho por no querer hacerlo y eso le facilita ser un país que se recupera muy pronto; en cierto modo es bueno, pero la otra cara de la moneda es volver a cometer los mismos errores porque no aprendemos del pasado, olvidamos para festejar, para celebrar el Mundial y en las elecciones se vota a los mismos. Siempre aparecemos en los libros que recogen records como uno de los países más felices y eso es porque preferimos no saber. Esa actitud tiene un lado bueno que es no vivir en el rencor, no seguir lamentándose por lo que ya no tiene vuelta de hoja, pero no recordar nos afecta y es hora de hacerlo para evitar otros problemas, para sacar enseñanzas”. O, al menos, para conseguir novelas que celebran el mero hecho de respirar, reclamando el tiempo preciso para escuchar y dejarse mecer por el murmullo de las abejas.

martes, 6 de octubre de 2015

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMOR?



  
 

   Empecé a fraguar este texto hace algo más de dos semanas (la actualidad, la vida, preparar entrevistas, leer libros, ver películas y/o series, hay más de una circunstancia que propicia que, en ocasiones, retrase la escritura de algo pensado, acariciado, sopesado, prometido, sobre lo que me apetece reflexionar, incluso puedo tardar varios meses en retomar el hilo, espero a encontrar el tono y el ánimo precisos –o la porción de tiempo necesaria: hay veces en que uno cabalga sobre el teclado, en que las manos parecen más torpes de lo habitual mientras la mente no deja de pisar el acelerador, y otras muchas en que las palabras se resisten, se escurren, se escabullen, no aceptan la invitación-) y como en ese momento todas las miradas se dirigían hacia el mismo lugar, como el único asunto pasaba por discutir (porque lo de dialogar, argumentar y/o explicar sin recurrir a bravatas, insultos, secesiones anímicas –y más allá-, hace bastante que está olvidado) sobre “independencia”, “secesión”, “ruptura”, “derecho a decidir” y otros términos similares, me dio por pensar en homenajear al profesor Laín Entralgo y, parafraseando una de sus obras de mayor repercusión y calado, titular a esto que ahora va naciendo ¿A qué llamamos amor?; pero, cuando hace justo una semana estuve a punto de ponerme a escribir, había tenido la oportunidad de asistir a la presentación de la programación del Teatro Español para la temporada 2015/2016 y durante la misma José Luis Alonso de Santos (un señor por el que siento un cariño teñido de admiración o viceversa) recordó el título del libro de Raymond Carver que no he dudado en robar y colocar como pórtico, añadiéndole, eso sí (igual que con el inspirado en Laín), unos signos de interrogación que nos sitúan en la duda permanente, en la incógnita que jamás terminaremos de resolver, en la eterna pregunta, en la ausencia de libro de instrucciones que nos deja desasistidos pero nos da la oportunidad de experimentar, de probar, de equivocarnos, de tener fortuna, de sentir que hacemos algo con nuestra vida y no lo que nos imponen otros (aunque la libertad siga siendo un bien escaso). Desde pequeños vamos atesorando (ojalá) canciones, poemas, películas, ficciones y realidades con las que nos sentimos identificados porque expresan nuestra manera de pensar, nuestras opiniones, nuestros pareceres, sentimientos y sensaciones que en ocasiones nos limitamos a plagiar, a invadir, a transformar en propias porque nos dan seguridad, nos facilitan la decisión, nos sirven como apoyos firmes porque podemos escudarnos en la fórmula “tal y como dijo Fulano” o “como bien afirmaba Mengano” o “fíjate en lo que le pasó a Zutano”, recomendándonos soluciones con la misma alegría inconsciente con que tendemos a automedicarnos, creyendo que lo que fue remedio para alguien puede serlo para nosotros sin tener en cuenta los efectos secundarios o la propia experiencia, queriendo remedar a aquellos que tal vez fingen, engañan, inventan, inyectan a sus palabras una vida sublimada, literaturizada, anhelada pero nunca conseguida, exacerban lágrimas, lamentos, penares, exorcizan fantasmas, sueltan lastre, dejan atrás rencores, traumas, inquietudes (o se refocilan en ellos), puede que reproduzcan con precisión de notario algo sucedido pero, igual que Mamita frenaba el ímpetu de Escarlata en Lo que el viento se llevó con un lapidario “es su marido” –en la película, porque en el libro se lo dice un personaje que quedó fuera a la hora de sintetizar en pantalla un volumen de 1.000 páginas-, no convendría olvidar ese detalle, que la anécdota la protagoniza alguien, que tal vez nos dé algunas pistas, nos ayude a escarmentar en cabeza ajena, puede que la fórmula tenga validez, pero conviene añadirle el ingrediente principal, uno mismo, y no empeñarse en repetir lo que en muchas ocasiones se desconoce (¡Ay, cuántos afirman que quieren ser como Romeo y Julieta ignorando el trágico destino de ambos! –al menos, sé que ya lo he dicho en otras ocasiones, pensemos que Karina lo advertía cuando afirmaba rotundamente aquello que ella y la persona a quien iba dirigida la canción no eran, como aquellos de Verona, “actores de un romance sin final”-).
   Y todo esto fui pensando mientras bebía las páginas de la última novela de Tom Spanbauer Yo te quise más, publicada a comienzos de verano por Literaria Random House (al mismo tiempo que recuperaban su anterior título, Ahora es el momento), un magnífico ejemplo de aquello que suele denominarse, con tremenda imprecisión y metiendo en el mismo saco autores de muy diverso pelaje, “la gran novela americana”, para muchos un conjunto de tópicos, los que sin duda reproduce, los plasma, recurre a ellos sin tapujos, sirven para definir al narrador y a algunos de los personajes con los que interactúa, los elige con precisión para armar la trama, les hace la prueba del algodón, se aplica con intención desmitificadora y al mismo tiempo demuestra el modo en que ciertos clichés nos han colonizado hasta el punto de que no entendemos/consentimos otra forma de actuar, en ocasiones puede resultarnos más cercano un habitante de Nebraska (incluso en su idiosincrasia tremendamente particular: recuérdese esa joya cinematográfica debida a Alexander Payne y titulada como el estado en que nació, ese ya citado) que el vecino de la puerta de al lado (porque ni nos molestamos en saber quién es y lo mismo podemos decir de él –y porque nunca se parece a aquel por el que suspiraba la maravillosa Judy Garland en la no menos mágica Cita en San Luis (y si lo fuese seguro que aún nos ignoraría más)-. Y es que Ben (tal vez un trasunto del propio autor, él no esconde las similitudes entre ambos, en realidad las propicia, siempre colocado en el filo, padre de esa “literatura peligrosa” que, sin el comedimiento preciso, sin el talento para saber camuflarse en favor de la historia, no queriendo demostrar en cada frase lo ingenioso, lo brillante, lo talentoso que uno se piensa, supone un insoportable ejercicio de mirarse el propio ombligo –lo que sin duda hace Spanbauer, se expone, se analiza, se disecciona, se muestra vulnerable, apaleado, enfrentado a su demasiado pesado equipaje vital, no deja de reprocharse, preguntarse, dudar, no comprender nada, enfrenta a cada quien con sus fantasmas, sabe trascender lo íntimo para dejarnos mucho sobre lo que reflexionar-), como decía, el protagonista es víctima de sus propios esquemas mentales, del modo ramplón en que queremos poner nombre a todo, tener claro en poco tiempo y no demasiadas palabras aquello sobre lo que llevan los poetas cantando desde hace tantos siglos, eso que nadie acierta a definir con precisión, esa palabra tremendamente polisémica porque cada persona le otorga un significado e incluso, a lo largo de la vida, según la baza de cartas que tengamos en ese momento, no recurrimos a la misma definición que una semana antes (o un día, apenas unas horas, ¿por qué irnos más lejos?).
   Y es en esta eterna dicotomía en la que cualquiera puede verse reflejada, no hace falta ser homosexual, bisexual o cualquier otra variación que a alguien le apetezca y provoque placer, de hecho parte del conflicto viene por no saber aceptar que una persona plenamente heterosexual no tenga ningún problema en abrazar, besar, comportarse con enorme naturalidad, sin preocuparse por cómo miran los demás, por los adjetivos que utilizan, tratar a su mejor amigo como si fuese su pareja aunque sólo sienta por él un cariño inagotable. Pero se hace difícil, no cabe duda, soportar tanta cercanía (y en qué circunstancias) con aquel del que te sientes enamorado hasta las trancas, ese que te parece tu ideal soñado (o así considerado desde le conociste –una de las muchas trampas que nosotros sembramos en nuestro deambular y en la que volvemos a caer con alevosía y un punto de patetismo-), el tipo en que piensas cuando escuchas canciones de amor (posiblemente las mismas que antaño dedicaste a otro, repertorio al que regresarás si vuelves a enamorarte –bastará con que creas estarlo, es lo más común-), el hombre que te enciende con sólo mirarle, no digamos nada cuando es él quien te mira, te estruja, no separa su cuerpo, se desnuda sin vergüenza (sabiendo el efecto que provoca en ti, pero no lo hace por maldad, es que no puede ni quiere evitarlo). Y ese es Hank, alguien a quien parece imposible no desear, no admirar, no querer, una de esas personas que nos llevan continuamente hasta el límite, en parte porque seguimos dejándonos llevar por fantasías, por fantasmadas de las que algunos alardean, por la presión a que nos sometemos para no ser como aquel que era el hazmerreír del instituto, para no parecernos a ese del que todos –también nosotros- se compadecían, o por todo lo contrario, es decir, por emular a alguno de nuestros héroes, por querer reproducir aquella novela, un poema que aprendimos en nuestra infancia, la película que nos parece el epítome del romanticismo (de nuevo, olvidando o desconociendo el nacimiento y desarrollo de este movimiento, ignorando cuánto sufrió nuestro siempre adorado Bécquer, cuál fue el final del no menos admirado Larra, colocando la etiqueta a cualquiera que nos lo parezca –sin tener muy claro qué queremos decir, más allá de “qué romántico, qué bonito”, reduciendo y tergiversando las verdaderas intenciones, las llagas sangrantes con que escribía alguien como Emily Dickinson que afirmaba “si tengo la sensación física de que me levantan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía”, cualquier cosa menos bucólica y contemplativa, no cabe duda-). Y en ese filo cortante que convierte en más punzante la condición de seropositivo que sufre el narrador (y más en aquellos años nefastos, oscuros, de mayores segregación, incomprensión e inquisición –porque es todavía una asignatura pendiente no tratar como apestado a alguien enfermo- en que transcurre gran parte de la acción) es en el que Tom Spanbauer coloca al lector para que sienta involucrado, para que vaya planteándose cómo actuaría él e inevitablemente incorpore sus propias cuentas pendientes, sus arrepentimientos, sus reafirmaciones, sus incomodidades, sus inseguridades, sus prejuicios, sus fundamentos, para que vaya cambiando unos por otros distintos, para que algunos dejen de estar en una de las categorías para pasar a engrosar la nómina de otra, para reírse o llorar (no tiene por qué ser de frustración ni de rabia, puede ser un sollozo muy quedo, un tímido asomar de lágrimas ante lo estúpidos que podemos llegar a ser), para asumir lo obvios que resultamos, lo previsibles, lo tontamente clónicos que, siendo conscientes o no, tendemos a resultar porque tenemos auténtico pánico a que alguien nos pueda señalar como “diferente” (y en ese querer tener todo claro antes de actuar vamos desperdiciando demasiadas oportunidades, empeñados en constreñir una personalidad en constante transformación –no se trata de dar bandazos, giros bruscos que tan sólo dejan a las claras la inconsistencia del que se mueve por efecto de la más mínima corriente de aire, pero sí reconocer que siempre seremos aprendices, “aún aprendo”, como no titubeó en escribir un octogenario Francisco de Goya-). Y nos parecemos en muchas cosas, es lógico, no podría ser de otra manera, así nos educan, así nos coartan, así socializamos, así se expresa nuestro instinto gregario, no rehuyamos, por tanto, la oportunidad de expresarnos por nosotros mismos cuando ésta surge; Hank es Hank, Ruth es Ruth –no hemos hablado de ella, pero es mejor que el lector la descubra por sí mismo- y Ben es Ben, dejémosles en las páginas de esta estupenda novela, pero sepamos guardar su esencia, sobre todo para no quedarnos anclados como ellos en la teoría sobre el amor, si no lo vivimos primero y le ponemos nombre después, hablando desde la experiencia, al final habremos sido, si acaso, vulgares y frustrados imitadores, nada sale igual ni siquiera cuando nos empeñamos en repetir nuestros errores, probémoslo sin ideas preconcebidas por otros y, así, tal vez estemos más cerca de poder rubricar las vibrantes palabras de Lope de Vega.

jueves, 24 de septiembre de 2015

CORAJE BIEN ENTENDIDO







   Es curioso cómo quedan incrustadas en la memoria colectiva, en la cultura popular, incorrecciones, falsedades, frases mal atribuidas que, a fuerza de ser repetidas y no contrastadas, citadas sin conocer la fuente original, terminan por dar la razón a Goebbels; así, por ejemplo, lo que don Quijote le dice a Sancho es “con la iglesia hemos dado”, en minúscula, porque se refiere a un edificio concreto (la del Toboso), y todo lo demás nació fuera de las páginas del libro (pero, claro, hay quien alardea de haberlo leído porque se sabe de carrerilla lo de “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” y un par de líneas más). Del mismo modo, Lázaro regresó de entre los muertos porque Jesús bramó “ven fuera” y no lo de “levántate y anda” (según Lucas, sólo pronunció la primera palabra mientras tocaba el féretro en que portaban al único hijo de una mujer que era viuda), pero precisamente el adorado Bécquer, en el poema que recordamos en el título de este blog –la rima VII dedicada a ese arpa que ha quedado olvidada en el ángulo oscuro del salón-, es el máximo responsable de la persistente y extendida imprecisión en la cita evangélica (“¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio/ así duerme en el fondo del alma,/ y una voz como Lázaro espera/ que le diga “Levántate y anda”!”). Bertolt Brecht suele ver ampliada su producción literaria con la autoría de unos versos que no salieron de su combativa pluma; en realidad, su creador, el pastor luterano Martin Niemöller, afirmó en varias ocasiones que no era un poema sino parte de un sermón titulado ¿Qué hubiera dicho Jesucristo?, pronunciado en la Semana Santa de 1946, pero todos solemos referirnos como tal a lo que se ha hecho popular (y mal atribuido) con el título Cuando los nazis vinieron por los comunistas, esa verdad lapidaria que seguimos olvidando día a día (“Cuando vinieron a buscarme, no había nadie que pudiera protestar”). El nombre de uno de los grandes personajes imaginados por el dramaturgo alemán, el que da título a una de sus obras más representadas y aplaudidas (aunque, para ser precisos, habría que añadir un “y sus hijos” que la mayoría de las veces se obvia –y que en muchas se desconoce, aunque éste no sea el caso del montaje que ahora nos ocupa-), esa figura nacida como Madre Coraje ha quedado reducida a un epíteto al que se recurre como sinónimo de progenitora sacrificada, entregada, volcada en sus retoños (y, sobre todo, para dar un espectáculo bochornoso en ciertos programas de televisión en los que utilizar a los pequeños como armas arrojadizas), cuando las intenciones del autor iban por otros derroteros, no pretendía ninguna empatía con ella, no quería que el público la compadeciese (pero, como en tantas ocasiones, como venimos diciendo, la mayoría de los que la invocan sólo conocen su nombre, no su peripecia en escena, no el impactante y soberbio texto en que cobra vida).
   Por fortuna, la compañía Atalaya, en 2013, cuando cumplía sus primeros 30 años de existencia (aún nos quedan muchos para seguir disfrutando con su saber hacer, con su amor por el hecho teatral, con sus permanentes inquietud y curiosidad), convirtió en realidad lo que era un sueño acariciado por su director, Ricardo Iniesta, desde el principio: poner en pie Madre Coraje. Lo que es una gozosa realidad que ha podido verse por casi toda España y que ahora ha recalado en las Naves del Español en el antiguo Matadero de Madrid (donde podrá verse sólo hasta el próximo 4 de octubre -¡Dense prisa porque merece la pena y mucho!-), para continuar después con lo que ya es una gira de más de dos años que les llevará incluso a Siberia, este vibrante montaje se fue fraguando con lentitud, reposándolo, sin precipitación, porque su director esperaba que Carmen Gallardo tuviese la edad adecuada para encarnar el rol protagónico (“Y en 2013 tenía la misma que Therese Giehse cuando estrenó la función en 1941”), pero se fueron preparando con un trabajo continuado que fructificó en su primer espectáculo de sala, aquel inolvidable Así que pasen cinco años que desembarcó en 1986 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y que valió a la intérprete un galardón como actriz revelación de la temporada en la ciudad, una carta de presentación que les tuvo dos años de acá para allá, texto lorquiano al que van a regresar en 2016 en coproducción con el CDN. De todo ello pudimos charlar con Ricardo Iniesta, quien tuvo la amabilidad de abandonar durante un rato los preparativos lógicos antes de una función para compartir el entusiasmo por el teatro, la satisfacción por un trabajo que no deja de cosechar distinciones, vítores, espectadores, críticas elogiosas, el inevitable y lógico orgullo ante una compañía que mantiene una amplia y constante presencia en la cartelera de cualquier lugar (no en vano tienen varios espectáculos girando a la vez, todos ellos manteniéndose vivos durante mucho tiempo –incidamos en el hecho de que Madre Coraje ha llegado a Madrid dos años después de su estreno y que aún no ha terminado su periplo-). Y hablamos, por supuesto, de cómo se dulcifica y manipula la figura central cuando se hace referencia a ella como una mera etiqueta: “Se ha utilizado el término “madre coraje” de una manera extraña, se ha reducido a un estereotipo que no tiene nada que ver con lo que se cuenta en la obra: aquí es un eufemismo, se habla de un coraje que supone tirar hacia ella y perder a sus hijos, lo que le importa es salvar la carreta. Aunque ha habido algún director que ha llegado a considerarla una hija de puta y tampoco estoy de acuerdo con esa visión: es víctima y verdugo al mismo tiempo, es una pregunta arrojada a los espectadores: ¿Usted qué haría en esa situación? Si salvas la vida a tu hijo, pero no tienes medio de vida, ¿qué vida te espera? ¿Cómo lo haces? Es todo un dilema moral, Brecht no pretende ser cómodo. Sí hay una heroína, pero indudablemente esa es Katerina, la hija muda”.
   “Esto es la guerra, ¡hermosa fuente de ingresos!”, esa es una de las frases que taladra la mente de los espectadores, que pone el dedo en la llaga y aprieta, estrangula, horada, así es Brecht: no hace concesiones, no tiene piedad, nos lanza al más insondable de los abismos, profundiza en los recovecos más oscuros de eso que se ha dado en llamar “la condición humana”, se revuelve ante lo miserable de la misma, escribe en el fragor de la batalla, bajo la bota que aplasta, mientras la sangre no cesa de manar, asqueado ante el silencio de los cobardemente neutrales, horrorizado ante la complicidad y el asentimiento de los mansos, espantado por la facilidad con que algunos ponen en almoneda su ética, por cómo cruzan sus fronteras morales sin descomponer el gesto y regresan a antiguas posiciones con la misma imperturbabilidad, el dramaturgo hace que sus personajes crucen todos los límites y apela al espectador para que éste actúe en consecuencia, es claramente activista, no quiere que nadie piense que no hay solución, que se contagie por el derrotismo que a tantos sirve para seguir llenándose los bolsillos a costa del sufrimiento de los demás y por eso lanza sus misiles en forma de sentencias como “ninguna causa está perdida si queda un insensato dispuesto a luchar por ella”. Hubiese sido muy sencillo (y esquemático) dirigir al público, actualizar lo que se cuenta en la obra, gente en permanente huida, en constante peregrinación, buscando refugio en lugares que se les muestran hostiles, pero Ricardo, como siempre, ha confiado en el texto y en el público, Brecht sigue vigente, no hacen falta subrayados innecesarios: “Con todo mi cariño y respeto para compañeros, algunos muy cercanos y afines, creo que es una equivocación actualizar continuamente, convertir a Hamlet en un ejecutivo, llevar la Orestíada a la guerra de Afganistán, incorporar nombres de la actualidad, concretar en hechos reales, en sucesos de ayer mismo. La grandeza de la tragedia griega es que sirvió entonces, sirve después y lo seguirá haciendo dentro de otros miles de años; hay que universalizar, cuando obras escritas en un momento del que dan buena cuenta se traen a lo cotidiano, a lo de ahora, se da ese fenómeno que denomino “garbancero y de huevos fritos”, resulta que éstos se rompen pronto y se pudren. Me gusta hablar, como han hecho otros, de “textos piedra”, algo que dura siglos, milenios, la piedra tiene un peso, no se acaba con ella así como así”.
   La compañía Atalaya lleva desde 1983 apostando por un teatro “de interrogantes y emociones”, por eso rehúye todo lo que pueda resultar artificioso, opta, como en este caso, por una escenografía desnuda, en mitad de ninguna parte, un lugar que podría estar a la vuelta de la esquina, poniendo el foco en unos intérpretes que se manchan, sudan, padecen, expresan la nostalgia y la ausencia con canciones magníficamente integradas en la acción, tonadas que nos hacen evocar un destino común (“Sí, quería que el centro de Europa estuviera presente desde el inicio y a eso ayuda muchísimo el acordeón, que es un instrumento especialmente emocional”), integrando a unos cuantos espectadores en escena, sentados en un par de gradas que flanquean a los actores, en las que ellos se sitúan en algunos momentos: “Utilizo a esos espectadores como metáfora de lo que está pasando mismo: hay civiles que están inmersos en la guerra, a expensas de recibir un disparo, un golpe, desamparados ante la fiereza de los hechos. Así se encuentran los que se sientan en esas tribunas frente a los actores: puede llegarte un salivazo, ser rozado, mirado a los ojos, pero todo está controlado que no tengan miedo, aunque lo vivirán de cerca, lo sentirán. Y el resto, la mayor parte del público, está lejos, de frente, son la cuarta pared, viendo la vida desde la barrera, tal y como hacemos ante las noticias de cada día”. Pero la energía imparable que se va acumulando y generando arrolla a todos los espectadores, se palpa, te perturba, te asola pero te impele a rebelarte, a actuar, a no permanecer inactivo, a oponerte, he ahí el modo en que Atalaya sabe hacer teatro, he ahí una de las claves de su éxito; otra podríamos encontrarla en que, aunque es reconocible su estilo, éste siempre está al servicio del autor escogido, del texto representado: “Uno de los graves problemas que he visto en muchas compañías europeas es la mímesis, copiarse a uno mismo, algo que me parece patético, aún copiar a otros tiene un porqué, y eso me da mucho miedo; por eso voy eligiendo textos muy diferentes y buscando otros ángulos o puntos de vista”. Y, así, mientras su visión de Ricardo III y Medea continúan representándose, con esta Madre Coraje con mucho por dar, cuando ya se sabe que repetirán experiencia en las Naves del Español con Marat/Sade, preparan ese Así que pasen cinco años, treinta después de su primera versión, siempre fieles a un sentir: El teatro me gusta como aventura, no como turismo: no sabes dónde vas, retrocedes porque ese camino no lleva al lugar deseado, nunca te muestras aventurado pero sí aventurero, se trata de manejar la intuición pero con la ayuda de una brújula, unos objetivos, una metodología, el rigor de los actores y, sobre todo, trabajo, trabajo, trabajo”. Y, si se me permite la obviedad, un punto de coraje, esa fuerza inherente a cada montaje de Atalaya.