jueves, 24 de septiembre de 2015

CORAJE BIEN ENTENDIDO







   Es curioso cómo quedan incrustadas en la memoria colectiva, en la cultura popular, incorrecciones, falsedades, frases mal atribuidas que, a fuerza de ser repetidas y no contrastadas, citadas sin conocer la fuente original, terminan por dar la razón a Goebbels; así, por ejemplo, lo que don Quijote le dice a Sancho es “con la iglesia hemos dado”, en minúscula, porque se refiere a un edificio concreto (la del Toboso), y todo lo demás nació fuera de las páginas del libro (pero, claro, hay quien alardea de haberlo leído porque se sabe de carrerilla lo de “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” y un par de líneas más). Del mismo modo, Lázaro regresó de entre los muertos porque Jesús bramó “ven fuera” y no lo de “levántate y anda” (según Lucas, sólo pronunció la primera palabra mientras tocaba el féretro en que portaban al único hijo de una mujer que era viuda), pero precisamente el adorado Bécquer, en el poema que recordamos en el título de este blog –la rima VII dedicada a ese arpa que ha quedado olvidada en el ángulo oscuro del salón-, es el máximo responsable de la persistente y extendida imprecisión en la cita evangélica (“¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio/ así duerme en el fondo del alma,/ y una voz como Lázaro espera/ que le diga “Levántate y anda”!”). Bertolt Brecht suele ver ampliada su producción literaria con la autoría de unos versos que no salieron de su combativa pluma; en realidad, su creador, el pastor luterano Martin Niemöller, afirmó en varias ocasiones que no era un poema sino parte de un sermón titulado ¿Qué hubiera dicho Jesucristo?, pronunciado en la Semana Santa de 1946, pero todos solemos referirnos como tal a lo que se ha hecho popular (y mal atribuido) con el título Cuando los nazis vinieron por los comunistas, esa verdad lapidaria que seguimos olvidando día a día (“Cuando vinieron a buscarme, no había nadie que pudiera protestar”). El nombre de uno de los grandes personajes imaginados por el dramaturgo alemán, el que da título a una de sus obras más representadas y aplaudidas (aunque, para ser precisos, habría que añadir un “y sus hijos” que la mayoría de las veces se obvia –y que en muchas se desconoce, aunque éste no sea el caso del montaje que ahora nos ocupa-), esa figura nacida como Madre Coraje ha quedado reducida a un epíteto al que se recurre como sinónimo de progenitora sacrificada, entregada, volcada en sus retoños (y, sobre todo, para dar un espectáculo bochornoso en ciertos programas de televisión en los que utilizar a los pequeños como armas arrojadizas), cuando las intenciones del autor iban por otros derroteros, no pretendía ninguna empatía con ella, no quería que el público la compadeciese (pero, como en tantas ocasiones, como venimos diciendo, la mayoría de los que la invocan sólo conocen su nombre, no su peripecia en escena, no el impactante y soberbio texto en que cobra vida).
   Por fortuna, la compañía Atalaya, en 2013, cuando cumplía sus primeros 30 años de existencia (aún nos quedan muchos para seguir disfrutando con su saber hacer, con su amor por el hecho teatral, con sus permanentes inquietud y curiosidad), convirtió en realidad lo que era un sueño acariciado por su director, Ricardo Iniesta, desde el principio: poner en pie Madre Coraje. Lo que es una gozosa realidad que ha podido verse por casi toda España y que ahora ha recalado en las Naves del Español en el antiguo Matadero de Madrid (donde podrá verse sólo hasta el próximo 4 de octubre -¡Dense prisa porque merece la pena y mucho!-), para continuar después con lo que ya es una gira de más de dos años que les llevará incluso a Siberia, este vibrante montaje se fue fraguando con lentitud, reposándolo, sin precipitación, porque su director esperaba que Carmen Gallardo tuviese la edad adecuada para encarnar el rol protagónico (“Y en 2013 tenía la misma que Therese Giehse cuando estrenó la función en 1941”), pero se fueron preparando con un trabajo continuado que fructificó en su primer espectáculo de sala, aquel inolvidable Así que pasen cinco años que desembarcó en 1986 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y que valió a la intérprete un galardón como actriz revelación de la temporada en la ciudad, una carta de presentación que les tuvo dos años de acá para allá, texto lorquiano al que van a regresar en 2016 en coproducción con el CDN. De todo ello pudimos charlar con Ricardo Iniesta, quien tuvo la amabilidad de abandonar durante un rato los preparativos lógicos antes de una función para compartir el entusiasmo por el teatro, la satisfacción por un trabajo que no deja de cosechar distinciones, vítores, espectadores, críticas elogiosas, el inevitable y lógico orgullo ante una compañía que mantiene una amplia y constante presencia en la cartelera de cualquier lugar (no en vano tienen varios espectáculos girando a la vez, todos ellos manteniéndose vivos durante mucho tiempo –incidamos en el hecho de que Madre Coraje ha llegado a Madrid dos años después de su estreno y que aún no ha terminado su periplo-). Y hablamos, por supuesto, de cómo se dulcifica y manipula la figura central cuando se hace referencia a ella como una mera etiqueta: “Se ha utilizado el término “madre coraje” de una manera extraña, se ha reducido a un estereotipo que no tiene nada que ver con lo que se cuenta en la obra: aquí es un eufemismo, se habla de un coraje que supone tirar hacia ella y perder a sus hijos, lo que le importa es salvar la carreta. Aunque ha habido algún director que ha llegado a considerarla una hija de puta y tampoco estoy de acuerdo con esa visión: es víctima y verdugo al mismo tiempo, es una pregunta arrojada a los espectadores: ¿Usted qué haría en esa situación? Si salvas la vida a tu hijo, pero no tienes medio de vida, ¿qué vida te espera? ¿Cómo lo haces? Es todo un dilema moral, Brecht no pretende ser cómodo. Sí hay una heroína, pero indudablemente esa es Katerina, la hija muda”.
   “Esto es la guerra, ¡hermosa fuente de ingresos!”, esa es una de las frases que taladra la mente de los espectadores, que pone el dedo en la llaga y aprieta, estrangula, horada, así es Brecht: no hace concesiones, no tiene piedad, nos lanza al más insondable de los abismos, profundiza en los recovecos más oscuros de eso que se ha dado en llamar “la condición humana”, se revuelve ante lo miserable de la misma, escribe en el fragor de la batalla, bajo la bota que aplasta, mientras la sangre no cesa de manar, asqueado ante el silencio de los cobardemente neutrales, horrorizado ante la complicidad y el asentimiento de los mansos, espantado por la facilidad con que algunos ponen en almoneda su ética, por cómo cruzan sus fronteras morales sin descomponer el gesto y regresan a antiguas posiciones con la misma imperturbabilidad, el dramaturgo hace que sus personajes crucen todos los límites y apela al espectador para que éste actúe en consecuencia, es claramente activista, no quiere que nadie piense que no hay solución, que se contagie por el derrotismo que a tantos sirve para seguir llenándose los bolsillos a costa del sufrimiento de los demás y por eso lanza sus misiles en forma de sentencias como “ninguna causa está perdida si queda un insensato dispuesto a luchar por ella”. Hubiese sido muy sencillo (y esquemático) dirigir al público, actualizar lo que se cuenta en la obra, gente en permanente huida, en constante peregrinación, buscando refugio en lugares que se les muestran hostiles, pero Ricardo, como siempre, ha confiado en el texto y en el público, Brecht sigue vigente, no hacen falta subrayados innecesarios: “Con todo mi cariño y respeto para compañeros, algunos muy cercanos y afines, creo que es una equivocación actualizar continuamente, convertir a Hamlet en un ejecutivo, llevar la Orestíada a la guerra de Afganistán, incorporar nombres de la actualidad, concretar en hechos reales, en sucesos de ayer mismo. La grandeza de la tragedia griega es que sirvió entonces, sirve después y lo seguirá haciendo dentro de otros miles de años; hay que universalizar, cuando obras escritas en un momento del que dan buena cuenta se traen a lo cotidiano, a lo de ahora, se da ese fenómeno que denomino “garbancero y de huevos fritos”, resulta que éstos se rompen pronto y se pudren. Me gusta hablar, como han hecho otros, de “textos piedra”, algo que dura siglos, milenios, la piedra tiene un peso, no se acaba con ella así como así”.
   La compañía Atalaya lleva desde 1983 apostando por un teatro “de interrogantes y emociones”, por eso rehúye todo lo que pueda resultar artificioso, opta, como en este caso, por una escenografía desnuda, en mitad de ninguna parte, un lugar que podría estar a la vuelta de la esquina, poniendo el foco en unos intérpretes que se manchan, sudan, padecen, expresan la nostalgia y la ausencia con canciones magníficamente integradas en la acción, tonadas que nos hacen evocar un destino común (“Sí, quería que el centro de Europa estuviera presente desde el inicio y a eso ayuda muchísimo el acordeón, que es un instrumento especialmente emocional”), integrando a unos cuantos espectadores en escena, sentados en un par de gradas que flanquean a los actores, en las que ellos se sitúan en algunos momentos: “Utilizo a esos espectadores como metáfora de lo que está pasando mismo: hay civiles que están inmersos en la guerra, a expensas de recibir un disparo, un golpe, desamparados ante la fiereza de los hechos. Así se encuentran los que se sientan en esas tribunas frente a los actores: puede llegarte un salivazo, ser rozado, mirado a los ojos, pero todo está controlado que no tengan miedo, aunque lo vivirán de cerca, lo sentirán. Y el resto, la mayor parte del público, está lejos, de frente, son la cuarta pared, viendo la vida desde la barrera, tal y como hacemos ante las noticias de cada día”. Pero la energía imparable que se va acumulando y generando arrolla a todos los espectadores, se palpa, te perturba, te asola pero te impele a rebelarte, a actuar, a no permanecer inactivo, a oponerte, he ahí el modo en que Atalaya sabe hacer teatro, he ahí una de las claves de su éxito; otra podríamos encontrarla en que, aunque es reconocible su estilo, éste siempre está al servicio del autor escogido, del texto representado: “Uno de los graves problemas que he visto en muchas compañías europeas es la mímesis, copiarse a uno mismo, algo que me parece patético, aún copiar a otros tiene un porqué, y eso me da mucho miedo; por eso voy eligiendo textos muy diferentes y buscando otros ángulos o puntos de vista”. Y, así, mientras su visión de Ricardo III y Medea continúan representándose, con esta Madre Coraje con mucho por dar, cuando ya se sabe que repetirán experiencia en las Naves del Español con Marat/Sade, preparan ese Así que pasen cinco años, treinta después de su primera versión, siempre fieles a un sentir: El teatro me gusta como aventura, no como turismo: no sabes dónde vas, retrocedes porque ese camino no lleva al lugar deseado, nunca te muestras aventurado pero sí aventurero, se trata de manejar la intuición pero con la ayuda de una brújula, unos objetivos, una metodología, el rigor de los actores y, sobre todo, trabajo, trabajo, trabajo”. Y, si se me permite la obviedad, un punto de coraje, esa fuerza inherente a cada montaje de Atalaya.

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