sábado, 4 de junio de 2016

LAS PENAS CON AMOR, ¿SON MENOS?






  Tengo un cierto hábito en comenzar citando escritos anteriores, pero créanme si les digo que no es por egolatría sino por redundancia, porque soy muy pesado con aquello que me gusta, porque siempre estoy dando vueltas a lo mismo, porque procuro ser espectador agradecido y eso me fuerza a regresar una y otra vez a los mismos argumentos, motivo por el cual hoy vuelvo a utilizar la fórmula “ya he citado en alguna ocasión” para iniciar el enésimo panegírico al inmenso e inagotable talento de una actriz a la que admiro casi desde que tengo uso de razón, es por eso por lo que iba a comenzar evocando algo que, en realidad, he contado innumerables veces, bien en este blog, en algún libro, sin duda en la radio, y es hablar de la manera sencilla y natural en que los de cierta generación, los cuarentañeros orgullosos de serlo (en algunos casos más cerca del medio siglo que otra cosa), los que contamos experiencias sin temor a que la gente eche cuentas y sin falsear las fechas intentando desmentir al DNI (y en la mayoría de los casos sin engañar a nadie -y eso que, ya que nos ponemos, uno puede presumir de que casi nunca adivinan la edad correcta porque siempre se quedan cortos-), los que éramos críos en los 70-80 del siglo pasado (puede abrirse la horquilla incluyendo los 60) nos familiarizamos con un buen puñado de rostros, de actores que, aunque suene trillado e incluso tonto, se consideraban de la familia porque estaban en la pantalla a cada rato, bien en las adaptaciones que nos hicieron conocer y amar el teatro, en los programas infantiles nunca suficientemente aplaudidos (en breve, por fin, cumpliré mi promesa de hablar sobre Las aventuras del hada Rebeca, en lo que planifiqué como homenaje a la querida Conchita Goyanes y que ahora, por desgracia, también servirá para hacer lo propio con Miguel Picazo), en aquella Primera sesión de los sábados o en múltiples ciclos y programas en los que nos partíamos de risa (al margen de la abundancia de títulos del género, a esa edad se tiende a la comedia, ya habrá tiempo para dramas) con Manolo Gómez Bur, Gracita Morales, José Luis López Vázquez, Alfredo Landa, Paco Martínez Soria, Florinda Chico, Rafaela Aparicio, Tony Leblanc y, por supuesto, Concha Velasco. He intentado rememorar cuándo me fijé en ella por primera vez y soy incapaz de concretar, se me mezclan películas, sé que me caía muy bien, que me parecía muy divertida, dinámica, explosiva, estupenda, auténtica, que con el tiempo fui descubriendo su versatilidad, que tuve la fortuna de ser testigo de aquel Buenas noches, madre que la reunió con la que ella siempre ha considerado su maestra, la prodigiosa Mary Carrillo, que le pedí al tío Miguel como regalo de cumpleaños una entrada para ver Mamá, quiero ser artista, que olvidando mi proverbial timidez, esa vergüenza que no me ha abandonado en tantos años de periodismo, ese lastre que debo soltar para poder desempeñar mi trabajo (eso sí, una vez lo hago no hay quien me pare), pregunté si podía bajar a los camerinos para saludarla y llevarme firmado el programa de mano (que aún conservo como un tesoro, porque no otra cosa es), pero lo que estaba celebrando eran mis quince años, ya era admirador incondicional, ¿cuál fue, entonces, el punto de partida? Tengo muy fresco el recuerdo de ir al Cine Carolina (que no existe desde hace mucho -demasiado- tiempo), uno de esos locales de sesión continua en los que alimenté mi cinefilia, a ver lo que ya había sido un exitazo a finales de los 60, por eso la tía Carmen quería repetir, no me cuesta esfuerzo recordar cómo nos reímos con Pero… ¿en qué país vivimos?, cómo me fascinaba esa señora que se enfrentaba musicalmente a Manolo Escobar, una intérprete muy completa aunque en ese momento yo tan sólo pensase que era genial que cantase, bailase y nos hiciera compartir un rato maravilloso; pero no podría asegurar si eso sucedió antes o después de que una tarde de viernes me muriese de risa viendo con la tía y la abuela Los que tocan el piano, cuyo plano final quedó para siempre en mi memoria: el comisario al que da vida José Bódalo (otro que tal: ¡Lo que me ha gustado siempre!) pide un suizo y algo más (hasta ahí no llego) para que les lleven a la celda a los interfectos y de la cabeza de Concha sale una viñeta en la que se ve vestida de novia, pero de su vestido asoma la típica bola con grillete con la que solía dibujarse a los presidiarios en los tebeos. Por lo tanto, entre ritmos pop enfrentados a los flamencos y ladrones de medio pelo, así fue como Concha Velasco se abrió paso en mi corazoncito de espectador.
   Y, desde ese momento, el delirio, no me importa que haya presentado programas infumables o haya participado en películas que no la merecían, le he sido fiel con delectación y empeño, tengo la fortuna de compartir esa devoción (como tantas otras) con Pablo, ¡incluso vimos aquello de Mi abuelo es el mejor!, el otro día me dio por enumerar, un tanto someramente, las muchas mujeres que ha sido y, así quedó la cosa tal y como pudieron leer mis contactos en Facebook:  la chica de la Cruz Roja, la de Bringas, Teresa de Jesús, el águila de fuego, la chica ye-ye, Hécuba, la de la hora bruja, una abeja de la colmena celiana, la que bailaba el tiro-liro mientras se escuchaba un "pim, pam...¡fuego!", la hechicera en palacio, Carmen Carmen, Filomena Marturano, Dolly, Palmira Gadea, Mata Hari, la que se bajaba en la próxima, la que temblorosa pero dispuesta al martirio por su fe se atrevió a decir "mamá, quiero ser artista", la que supo imprimir tintes trágicos a un simple "buenas noches, madre", la que interrogaba "¿qué hizo usted ayer?", la encantada de la vida, la que tocaba el piano, la que sólo quería bailar, Julia (la del celacanto) y, aunque ahí me detuve, hubiese podido añadir a la Mariana Pineda arrecogía en el beaterio de Santa María Egipciaca, a doña Inés (tanto la de Zorrilla como la desabrochada de Antonio Gala), a La Truhana, a Carmen Orozco, a la de las galas de Nochevieja en directo, a la muchachita de Valladolid (eso siempre, más allá del personaje, excepto en Mamá, quiero ser artista donde era de Burgos), a la que tenía que servir, a Serafina delle Rose, en fin, a muchísimas, cada cual que elija sus preferidas. Y esta enumeración vino provocada porque, poco antes de ponerme a escribir compulsivamente, habíamos sido testigos de algo que ha nacido histórico, antológico, cumbre interpretativa, un espectáculo que quedará para los anales, una página teatral que se graba a fuego en el espectador, consciente de que está ante algo muy especial cuando apenas han pasado unos minutos: ¡Concha Velasco interpreta (es mucho más, pero dejémoslo ahí por el momento) Reina Juana! ¡Vayan reservando todos los premios! ¡No se la pierdan! (aunque para la temporada anunciada en La Abadía ya no quedan entradas, incluso después de haber prorrogado -imagino que regresará, búsquenla en la gira si les cae a mano-).
   Juana, la hija de los Reyes Católicos, conocida con el sobrenombre de la Loca, esa de la que tenemos una imagen un tanto distorsionada a causa del texto de Tamayo y Baus que, previa adaptación de Carlos Blanco y Alfredo Echegaray, Juan de Orduña convirtió en estupenda película (le pese a quien le pese: la revisé hace no demasiado y mantiene su vigor, responde a los cánones del momento pero se asumen con dignidad y se aprovechan para construir un filme apasionante -todo lo contrario a la versión de Vicente Aranda, plúmbea y acartonada, estática y sin vida, a pesar de una esforzada Pilar López de Ayala y una soberbia Susi Sánchez como Isabel I-), Juana, la de Locura de amor, a la que Aurora Bautista confirió todo su dramatismo, su timbre vibrante y plañidero, su histrionismo aquí muy bien encauzado para que una frase quedase en la memoria colectiva: “No le despertéis, silencio, el Rey se ha dormido”, Juana, cantada en coplas, no podía ser de otra manera, de hecho Paco Valladares parodiaba zumbón los amaneramientos de la época entonando aquello de “Reina Juana, ¿por qué lloras, si es tu pena la mejor? / Porque no fue mal cariño, que fue locura de amor” (¡Vaya consuelo!), Juana, a la que comprendemos en toda su complejidad gracias a un magnífico texto de Ernesto Caballero que no se pierde en vericuetos ni en demostrar todo lo que ha estudiado, Juana es una mujer que vive cautiva, que tiene mucho guardado en su corazón, más vivo de lo que muchos querrían, en su mente, más lúcida de lo que a tantos les gustaría, en su alma, más atormentada de lo deseable, en sus palabras, más certeras y reveladoras de lo que su confesor podría esperar, Juana desgrana recuerdos, pesares, frustraciones, triunfos, jolgorios, odios, una cruel y larguísima partida de ajedrez en la que ha sido tratada como un mero peón a pesar de su testa coronada, Juana no tiene nada que esconder, al fin y al cabo está amparada en el secreto de confesión, no tiene nada (más) que perder, se expresa sin tapujos y el autor consigue que lo que importe sea lo humano, lo anímico, lo íntimo, el que quiera saber más tendrá que acudir a los libros de Historia, pero los datos fundamentales e imprescindibles para contextualizar al personaje y entender sus porqués (o las justificaciones dadas por otros para tratarla de esa manera) están ahí, es un buen tratado, una lección bien explicada que sabe transformarse en texto dramático, al que Gerardo Vera ha sabido insuflar vida con lo mínimo, utilizando con muchísima inteligencia y cuidado las proyecciones, jugando con las penumbras, con la oscuridad en que Juana está inmersa, no sólo en su celda de Tordesillas sino en lo más hondo, en sí misma. Y, por supuesto, por encima de todo, Juana es Concha, habitando el personaje, fundiéndose con él, capturando al público desde el primer minuto, manejando su característico e inimitable “tono Velasco” para velar la voz casi hasta lo inaudible y sacudirnos con su dolor, estallando de rabia sin transición, riendo desesperadamente, rememorando su enamoramiento con gracilidad y decir un tanto atiplado, anegándose en lágrimas que llevan años enquistadas en sus ojos, reclamando la gloria que le corresponde por nacimiento, moviéndose por el escenario como si fuese muchas mujeres, imprimiendo un ritmo incansable que mantiene en vilo (y en silencio: ¡Oh, milagro!) al patio de butacas, el que no puede evitar prorrumpir en una ovación que se quiere inacabable, todo parece poco para celebrar lo contemplado, lo disfrutado, la ceremonia teatral como pocas veces se ha visto, gritos de júbilo coronan a la que ya era reina pero no se ha dormido en los laureles, comprometida con su arte, con sus seguidores, con los que seguimos encontrando razones para continuar en reclinatorio rindiéndole pleitesía. ¡Gracias por existir, señora Velasco! Hablar de prodigio, de portento, de cima, de gloriosa, de poderío, de abracadabrante, de lo que ustedes quieran, es quedarse muy corto porque no es que Concha Velasco lo haya vuelto a hacer, es que se ha superado, se ha reinventado, se ha magnificado, se ha salido, hay que crear nuevos adjetivos, otras categorías, ya nada es igual desde que la Reina Juana tiene la voz, el rostro, las manos (¡Esas manos! ¡Cómo las maneja!), el nombre de Concha Velasco.

viernes, 3 de junio de 2016

¿NO HA DE HABER UNA PASIÓN RAZONABLE (O RAZONADA)?



  

 Hoy es más pertinente que nunca comenzar citando a Vargas Llosa, puesto que el asunto principal del presente escrito va a ser Si te vieras con mis ojos de Carlos Franz, recientemente galardonada con la II Bienal de Novela que lleva el nombre del autor peruano y que Alfaguara ha lanzado en nuestro país hace poco más de un mes; sí, voy a seguir leyendo al Nobel, voy a seguir admirándole, lo que experimenté leyendo La ciudad y los perros o La fiesta del chivo nunca podré olvidarlo, nada tiene que ver su vida privada, su lucimiento de la misma en las portadas contra las que tantas andanadas lanzó; en eso me decepciona, claro, me indigna que haya sucumbido de ese modo a esa civilización del espectáculo que frivoliza el propio concepto -en realidad, ambos: lo mismo vale para la civilización como para el espectáculo tomado en serio como expresión lúdica y cultural-, en contra de lo que algunos parecen pensar y otros consentir ni lo veo como una prueba de amor ni creo que éste lo justifique todo, pero ese es sólo un aspecto de los muchos que conforman su figura pública, sus trabajos, sus textos, sus palabras, aún hay mucho por lo que seguir respetándole, me da igual con quién se acueste, no soy inmune al asunto, por supuesto, es inevitable el reproche cuando le veo bailando el tango a golpe de talonario, pero me cuesta muy poco borrar de mi cabeza a la señora que ahora le acompaña cuando busco con avidez sus artículos quincenales o cuando estoy a punto de, por fin, cumplir con Cinco esquinas, su última creación aparecida en medio de toda esta vorágine, la que en parte aparqué para que no interfiriesen en mi lectura las voces dispuestas a arrebatarle el Nobel ganado a pulso con, por ejemplo, La casa verde o El hablador (aunque para muchos es una obra menor, siempre he tenido debilidad por ese canto a la palabra, a las historias que nos ayudan a soñar, a los horizontes que éstas ponen al alcance de nuestra mano, al deseo constante de ampliarlos, al ansia por seguir aprendiendo), aunque, por encima de todo, dejé el volumen sin abrir porque mis obligaciones con el blog (aunque queridas, deseadas y propiciadas por uno mismo) me han mantenido bastante ocupado como lector (también tuve que dejar casi a la mitad -pero la retomaré en estos días- la impresionante Noticias del Imperio de Fernando del Paso, un novelón en todos los sentidos, una experiencia única, un absoluto prodigio del que daré cuenta una vez lo concluya). Y el caso es que, en cierta ocasión (no puedo asegurarlo, pero creo que fue en la presentación de Los cuadernos de don Rigoberto), Vargas Llosa hizo alusión a que, en general, los poetas se inspiran más en el desamor que en el amor, en la lucha por conseguirlo o recuperarlo que en la felicidad del momento en que se vive, en el lamento por la pérdida que en la celebración de y con la persona amada, del mismo modo, añadió, las guerras, las dictaduras, las catástrofes, las tragedias, se quiera o no, están detrás de gran parte de la creación artística, tal vez como expiación, como exorcismo, como intento por alejar lo negativo, no es que los antónimos de todo lo nombrado no hayan provocado grandes obras, pero si nos ponemos a hacer recuento a buen seguro que las del primer grupo superan en mucho a las del segundo (fue una explicación más prolija y mucho mejor trenzada y explicada, por supuesto, es un somero resumen, el poso que sus palabras dejaron en un servidor).
   Hace poco comencé uno de los programas de Destino: Wonderland con un fragmento de la novela de Carlos Franz, precisamente el que más me hizo rememorar aquel encuentro con don Mario, y luego Pablo y yo dialogamos sobre esa corriente que afirma que el creador debe haber sufrido primero para poder plasmar esas sensaciones en su obra: Pablo se muestra categórico en ese aspecto, no lo considera necesario, el caso es que yo tampoco porque son muchos los que, sin haber llevado una vida tormentosa y/o atormentada, han sido capaces de hacernos descender a los infiernos más terribles, los que han convocado dolores más agudos, horrores más espeluznantes, traumas y rencores que han cercenado existencias, que han anulado personalidades, que han hundido en abismos insondables (los más profundos son siempre aquellos que nosotros mismos podemos horadar en nuestras entrañas). Pero elegí lo que ahora voy a transcribir por el modo vigoroso en que Carlos Franz refleja ese acto creativo que, en ocasiones, ni siquiera somos capaces de vislumbrar, el que te arrebata, el que surge, el que brota desde lo más hondo y cuyas consecuencias no se asumen hasta que se ha concluido, así, impelido por una fiebre que no puede explicar, sólo puede comprenderla dándole vía libre a través del pincel, es como Mauricio Rugendas, el pintor viajero, el naturalista, el personaje real que protagoniza la novela, llega hasta un lienzo que ha sido destruido por la que fue la modelo, Carmen Lisperguer de Gutiérrez, su amante, y pinta con furia y con el ingrediente que antes le faltó, y sólo después, cuando ha dado rienda suelta al huracán, es cuando puede recapacitar, asimilar, explicarse:
   “Sin saber cómo, empapado por fuera y ardiendo por dentro, ya estabas de vuelta en tu estudio. Arrojaste la chaqueta y la bufanda a un rincón. Arrancaste la manta con la que habías cubierto el atril al salir y te paraste a observar el óleo que estabas pintando. Sobre la nube de tormenta arremolinada que dejó Carmen al borronear su desnudo flotaba tu segunda versión del mismo.
   >>Comprobaste que, presa de la desesperación, pintabas todavía mejor. Este segundo retrato, que estabas rehaciendo de memoria, carecía de la exactitud primorosa, del detalle obsesivo con el que lograste igualar los tonos de su piel en la primera tela. A cambio, esta nueva imagen, aún incompleta, tenía toda la potencia tumultuosa de la breve pero apasionada relación que los había unido.
  >>Ese nuevo retrato tenía el doble de intensidad que el primero porque, en realidad, éste lo pintaron entre amos, Moro. Carmen borroneó con aguarrás tu pintura anterior. Al hacerlo, aportó ese fondo de tormenta furiosa, preñada de rayos, que avanzaba hacia el espectador llevando en su seno el cuerpo desnudo de la mujer que, ahora, abría los brazos y las piernas como para alcanzar -o quizás atrapar- a alguien más acá de la tela, en este lado de la realidad.
   >>Este nuevo desnudo, aún inconcluso, menos perfecto, era más verdadero. En el primero habías logrado un rarísimo equilibrio entre deseo y paciencia. Sin embargo, el hombre que lo pintó sólo conocía a su amada por fuera, todavía. Ese pintor que eras sólo unas semanas atrás había intuido la sed de amor de Carmen, y la había plasmado en esa zona radiante que encontraste entre sus pechos. Habías intuido su alma, pero no habías entrado en ella. Ahora, este hombre desesperado podía hacer algo más y lo estaba consiguiendo: en este segundo óleo estabas pintando la pasión de Carmen y entremezclándola con la tuya. Pasión que emanaba del ojo y la mano -temblorosos y a un tiempo enfurecidos- del artista que rehacía su obra.
   >>La diferencia saltaba a la vista. En el primero había deseo y paciencia; en éste había goce y dolor.
   >>El amor que predominaba en el primer cuadro había pasado, ahora, a su estado superior y más perfecto: la pasión. La pasión que es amor más desesperación. Sólo la pasión, en su sentido doloroso, hace perfecto al amor, te decías. Y ese amor perfecto había vuelto temible y deleitable tu arte. Estabas logrando lo sublime, por primera vez.
   >>Tus ojos se llenaron de lágrimas, Moro. Lágrimas debidas al sufrimiento de la pérdida, pero también, asombrosamente, a la expectativa de un triunfo. Llorabas, frente a ese cuadro incompleto, no sólo por la mujer que te abandonaba, sino anticipando la obra maestra que podrías crear con esa congoja. Ahora pintabas mejor, pues el arte con dolor es más arte, así como el amor con pasión es más amor, y la vida con la vecindad de la muerte es más vida.
  >>Si lograbas terminarlo, te dijiste, este cuadro sería una de esas obras maestras que duele mirar”.
   En realidad, seguiría transcribiendo hasta el final porque Si te vieras con mis ojos es una de esas novelas poderosas, torrenciales, incontenibles, que arrastran al lector y de la que uno nunca quiere salir, aunque por otro lado devora páginas compulsivamente porque queda hipnotizado y prisionero de una prosa vigorosa que hace evocar a esos narradores totales como Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias o Gabriel García Márquez, esos que sólo con enumerar las especies vegetales de un entorno, los alimentos dispuestos sobre una mesa o los asistentes a un desfile crean literatura plena de sonoridad y contundencia. Y, como habrá podido comprobarse en lo que antecede, parte de esa inmediatez con la que uno se siente parte de la novela lo imprime el hecho de que la narración se haga en segunda persona del singular, por mucho que el destinatario sea el propio protagonista, Rugendas, hay momentos en que parece que la narradora (muy pronto sabemos quién es -o quién parece serlo, no lo desvelemos todo-) se dirige al que sostiene el libro y le da vida al posar sus ojos sobre las páginas del mismo: “ No es la primera vez que recurro a la segunda persona, ya lo hice con mi primera novela, y uno de las cosas que me llevó a hacerlo así es eso que señalas: puede parecer que distancia, pero también implica, porque tú eres tú y el narrador te dice “ponte en mi piel”. Me resulta cómodo hacerlo, permite que la perspectiva se distancie de la narración y ayuda mucho a la hora de escribir”. Así lo cuenta Carlos Franz en un apasionante rato de conversación que tengo la fortuna de compartir en el hotel en que hospeda cuando pasa por Madrid para presentar la novela, un libro en el que ha trabajado muchos años, tal vez demasiados (en los reconocimientos finales afirma que “Serena -con el escepticismo de su siglo- tanto oyó a su padre hablar de esta novela que acabó por exclamar: “¡Termínala, papá!””): “Estuve algo así como veinte años tomando apuntes, estudiando, leyendo, haciéndolo con mucho placer, no me costó trabajo, incluso lamenté tener que dejar la investigación porque me di cuenta de que había llegado la hora de ponerme a escribir, no podía seguir leyendo sobre Darwin, sobre escritores románticos, yendo a museos, haciendo todo eso que me gusta y que es un estupendo pretexto para no escribir, que es lo más trabajoso”. No cabe duda del esfuerzo de titán que es alumbrar un libro como Si te vieras con mis ojos, pero lo mejor es que el lector no lo siente así, la prosa de Franz invade y arrastra, no permite tregua, no se da descanso y mantiene un brío infatigable, aunque variando de intensidad según el relato lo reclama, llegando así a unos capítulos centrales en que todo da un vuelco, en que entramos en un territorio delirante, en el que no sabemos qué es efecto de las drogas y qué lo que sucede en realidad, un momento en que la historia se remansa, sólo aparentemente, para recibir el impulso necesario para afrontar la cabalgada final, un reto del que Carlos Franz sale muy airoso, con maestría y fe en su relato: “Los capítulos del Aconcagua fueron el mayor desafío porque la novela llega a los límites de su registro, está en el extremo, de ahí lo onírico, llevo la verosimilitud mantenida hasta el momento casi hasta su contrario, pero refleja cómo es el pintor, cómo exagera la realidad, las veladuras bajo las que se oculta, eran imprescindibles para reflejar su complejidad”.
   Citando de nuevo a Vargas Llosa (se lo he escuchado decir varias veces, creo que la primera cuando presentaba La fiesta del chivo), “el novelista debe mentir con conocimiento de causa”, es decir, si parte de unos personajes o hechos reales no puede distorsionarlos o retorcerlos hasta hacerlos irreconocibles o pretender hacer pasar por auténtico lo que es sólo fabulación; así, Carlos Franz siempre dice “mi” Rugendas, “mi” Carmen o “mi” Darwin, porque hay mucho inventado, sublimado, supuesto, comenzando por el hecho de que el pintor y el naturalista llegasen a conocerse (mucho más a amar a la misma mujer): “Cuando estoy investigando, caigo en la cuenta de que Darwin llegó a Valparaíso el mismo mes y año que Rugendas y era muy probable que se hubieran conocido, incluso encontré una prueba documental indirecta pero que fue suficiente para empezar a imaginar, la oportunidad estaba cantada: el choque de trenes entre el romanticismo y el racionalismo, Darwin ya estaba dando vueltas a su teoría de las especies y eso coincide con la eclosión del amor romántico. Y se demostrará que los genes nos empujan a ello, que es una mera cuestión de naturaleza, es un momento dramático que me gustó reflejar”. Porque el punto de partida que veinte años después ha dado como fruto esa maravilla titulada Si te vieras con mis ojos fue Rugendas y su historia de amor con Carmen Arriagada, a la que en la novela, como ya se indicó, se ha cambiado el apellido: “Leí una biografía de Rugendas centrada en su periodo chileno, un volumen escrito por Tomás Lago que estaba en la biblioteca familiar pero no me llamaba la atención porque se veía un libro muy formal, universitario… Yo tiraba más por la poesía, pero le comenté a mi madre que quería escribir una historia de amor y así distanciarme al mismo tiempo de la propia, y ella me dijo que ahí había una maravillosa que nadie había novelado. El caso es que quedé fascinado, y sobre todo conmovido, que es más importante: siempre lo hacen los amores imposibles cuando uno es medianamente sensible, aquí se da, además, un gran componente de tristeza, sobre todo por parte de ella porque es alguien muy inteligente que está recluida en el fin del mundo, atada más por las tradiciones más que por su matrimonio, aparece este pintor que pasa como un meteoro por su vida, que viene de otro mundo, se enamora tan perdidamente de ella que se queda allí, pero ella hace todo lo posible para que la historia fracase,… Como digo, todo eso me conmovió y me pareció que era algo que merecía ser contado”.
   ¡Y qué fortuna tuvimos los lectores de que eso ocurriera! Y, como indica el propio autor, es la lucha entre el racionalismo y el sentimiento, el que en un momento concreto llega a rechazar el artista, cree que su oponente/amigo puede estar más acertado en su obsesión por medir y cuantificar todo, por querer concretar, por poner un nombre a cada cosa, por reducir las pasiones a meros actos mecánicos: “Darwin, el que yo narro, tiene una visión práctica del amor, que cabría llamar mejor “amistad”: él se limita a hablar de la procreación, de servir a la naturaleza, aplica la racionalidad. Pero, a pesar de esto que Rugendas rechaza, Darwin logrará la felicidad, aunque le falte pasión, y al artista, viendo los resultados del vivir de cada uno, le aparece la angustia del creador cuando se siente víctima de su propia facilidad, de sus habilidades; piensa que puede haber anulado la sensibilidad necesaria para lograr su objetivo, para aplicar la intensidad requerida, y eso a veces sólo se recupera cuando uno pierde algo”. Y ahí regresamos al, tal vez, asunto principal de esta novela con tantas capas, esas en las que cada uno puede profundizar hasta donde quiera sin que eso que reste un ápice de disfrute, hay muchas reflexiones en torno al acto creador pero todas espléndidamente insertadas en la personalidad de cada uno, sirven para diseccionarlos, para explicarlos con gran viveza, exponiéndolos desde distintos ángulos, viviendo la historia con las herramientas y condicionantes que les confieren sus diferentes oficios, no conviene olvidar que, en la vida real, Carmen está considerada la primera escritora chilena por las encendidas cartas que dedicó a Rugendas, por eso reclama a su amante que deje volar la imaginación: “La narradora es una escritora y cuando pide fantasía, más allá de lo meramente sexual, lo que reclama es un relato, mantener viva la ilusión del amor, sortear las rutinas, el cansancio, todo lo que mina la pasión. Ese es uno de los grandes temas que aborda la novela: la pasión se traiciona a sí misma cuando pide durar, hay una paradoja que es fuente del conflicto amoroso, porque el peso de la vida en común, la vida real, la compartida, el día a día, agobian a la pasión, pero todos queremos que dure cuando estamos inmersos”. Es lo que uno intentó explicar antes pero le falta la brillantez de Carlos Franz: te metes entre pecho y espalda y sin sentir Si te vieras con mis ojos y luego te arrepientes de haber ido tan veloz (lo bueno es que sabes que releerás muchas de sus páginas y que el libro queda ya como uno de los imprescindibles en tu bagaje como lector).