lunes, 16 de octubre de 2017

LIGHTS! (Y LÁGRIMAS)







   Llevo unas semanas entre agotado, enfurruñado, tenso, desolado, un tanto al límite porque parece que, por más que se intente, no se sale de la negritud, que se pone el mejor ánimo incluso con aquello que no apetece en demasía para conseguir un trabajo que pueda ser considerado tal (en el sentido de percibir una remuneración) pero a las primeras de cambio esa opción ya no es válida y no sirven de nada las horas y horas empleadas, el esfuerzo, el estudio, y si, por más que se procure mantener un talante optimista, cada vez me cuesta más contener la rabia, la impotencia, las ganas de llorar y gritar, la desesperación, todo se agudiza cuando es a Pablo a quien se le cierran puertas a las que no deja de llamar (o de buscar ventanas que puedan abrirse -y no sé cómo agradecerle tanto, me paralizo y sólo sé llorar, mezclando sentimientos y dolores-). Además, el aunque algo ralentizado últimamente implacable deterioro mental de la tía Carmen, verla cada día más vulnerable, más perdida, menos ella misma (aunque a veces me invada la ternura cuando “descubre” un producto en el supermercado) es una carcoma que me devora hasta en sueños (o en la duermevela en que tantas noches se han convertido, inquieto y preocupado a veces por nada en concreto sino por todo lo que voy acumulando en el cerebro, el corazón y el estómago -suele decirse que es el hígado donde se atesoran los malos tragos, pero desde bien pequeño es aquel mi órgano más delicado, el que más acusa cualquier preocupación, de la más nimia a la más inquietante, como se dice comúnmente, se me revuelven las tripas con suma facilidad-). Y, más allá de lo que (y los que) realmente importa, mil detalles nimios (pero uno detrás del otro o coincidentes en el tiempo) me hacen pensar que no hay tregua, que si es cierto eso que suele decirse debe habernos mirado el tuerto con más mala sombra de la historia porque parece que todo conspira para que el recado más simple, la gestión menos compleja, el simple traslado hacia un teatro en metro, todo se enrevese hasta el desquiciamiento, todo afecte con fuerza devastadora, viva al borde de la crispación (en realidad, continuamente alterado), saltando a la mínima y consintiendo que cualquier nubecilla me altere como si fuese una borrasca (que es como debo reconocer estoy: borrascoso, irritable e irritado). Y, como digo, esta hipersensibilidad provoca mil perturbaciones, amalgamando sentimientos, sin ser capaz de controlar o sosegar mis reacciones, sin tomarme el mínimo tiempo para procesar y actuar (siempre he sido más bien visceral, sanguíneo, me arrepiento al minuto de algunas palabras, de mi comportamiento, pero tropiezo de nuevo en esa piedra pocos días después, si bien es cierto que experiencias negativas, penas enquistadas, traumas infantiles -y juveniles y posteriores- que aunque no puedan recibir este nombre técnicamente han dejado surco, la benéfica y lenitiva influencia de Pablo me han ayudado a poner en sordina y acallar ciertos furores y desbarres) y, para colmo, llegó (regresó) Billy Elliot. Hace unos días tuvimos el privilegio de asistir a una de las primeras funciones en el Nuevo Teatro Alcalá del musical que ha cambiado y mejorado (ha llevado a otra dimensión, ha hecho realidad lo que se pensaba imposible) la forma de abordar el género en España y, no supe ocultarlo, pudo vérseme tanto durante la representación como en el entreacto y a la salida muy afectado, tembloroso, mezclando lágrimas de alegría con una pena profunda que encontró la vía perfecta para permitirse una nueva escapada, hay mucho que explicar sobre por qué el espectáculo me había afectado tanto, más allá de su belleza y de los logros alcanzados que tantas esperanzas dan a los que amamos el musical. En fin, vayamos por partes, sigamos un orden (no lo prometo, bien conocen los fieles mi tendencia al caos, a las subordinadas, a los paréntesis, a los apartes).
   La ópera prima de Stephen Daldry (hasta ese momento, reputado director teatral) nos ganó por la mano, aquella película que llegaba sin ínfulas ni excesivo aparataje promocional (aunque se estrenó en España después de saberse que era candidata a tres Oscar de los considerados mayores -dirección, actriz en personaje secundario y guión original-) cautivó muy pronto a los primeros espectadores que empezaron a recomendarla con entusiasmo hasta transformarla en un enorme éxito (también se ganó detractores furibundos que se quedaban en la superficie y la comparaban con “una de Marisol o Joselito” -para gustos están los colores, pero hay que exigir argumentos de más fuste y con cimientos más firmes-), una historia con la que cualquiera podía empatizar (y hacerla suya) puesto que se trata de hacer realidad los sueños, al menos intentarlo, pelear por ellos, no venirse abajo en cuanto vienen mal dadas, levantarse y seguir adelante, no negarse posibilidades (como se ve, en eso andamos precisamente, por eso Billy Elliot siempre me perturba y conmueve, da igual en qué formato llegue) y, sin trivializar el asunto ni transformar la vida en un cuento de hadas (lo digo por aquellos que evocaban Tómbola -la película, no el programa con Mariñas y demás fauna-), contextualizando la historia particular del niño protagonista en un pueblo minero del norte de Inglaterra durante la huelga que prácticamente paralizó la industria del carbón en todo Reino Unido durante un año (del 6 de marzo de 1984 al 3 de marzo de 1985). Elton John asistió en mayo de 2000 a la proyección del filme en Cannes, la primera con público (se estrenó en su país de origen en septiembre), y sintió que le cambiaba la vida porque se reconocía en Billy, recordó el apoyo incondicional de su madre y su abuela cuando empezó a fantasear con ser músico, al encenderse las luces “abandoné la butaca hecho una magdalena”, fue a la fiesta posterior porque quería conocer a los artífices de tal hazaña y allí alguien sugirió que podría ser un musical fantástico (“La banda sonora de T-Rex para la película era brillante, pero estaba clara la oportunidad que la obra ofrecía para crear composiciones originales sobre una historia tan basada en la música. No podía imaginar ningún otro proyecto más atractivo”). Cuando tiempo después Lee Hall se puso a la tarea de transformar su (portentoso) guión en (emocionante) libreto, llamaron a Elton John para crease la partitura idónea y lo hizo (he estado tentado de escribir “perfecta” y así quedaba todo más claro).
   Aunque fue nuestro segundo viaje a Londres, lo accidentado del primero (especialmente en lo que se refiere a llevarnos al hotel -cerca de cuatro horas, o puede que más, un conocido que vivía allí y nos esperaba en la puerta del teatro no daba crédito-, motivo por el que llegamos a Wicked en la séptima canción) hizo que lo tomásemos con ímpetu renovado y que entrásemos en el Victoria Palace horas después de haber aterrizado (sin agobios ni cabreos) con ese cosquilleo que ha acompañado cada musical, obra de teatro o concierto en aquella ciudad, pero, aunque conocíamos la partitura -y la historia-, no podíamos prever lo que iba a suceder ante nuestros ojos minutos después. Para describir lo allí sentido y vivido habría que ser un poeta de la talla de Cernuda o poseer el talento de Lee Hall para dar con la palabra precisa, porque fue una auténtica catarata de emociones, pasando de la risa al llanto como algo natural, absorbidos por el modo prodigioso y equilibrado en que letrista y músico habían sabido ordenar los temas para pasar de The Stars Look Down a Shine, mi momento preferido (por ese “Lights!” que lanza la profesora daría la vida y lo que me pidiesen), o para ensartar con precisión, casi sin solución de continuidad, Expressing Yourself con The Letter y, cuando aún estás enjugándote las lágrimas ante uno de los momentos más emotivos y sensibles, volver a utilizar el pañuelo para secarte las de alegría y juerga que provoca Born to Boogie. Pero lo mejor vendría al final y, más allá de lo conseguido por el espectáculo, fue una vivencia muy particular la que me provocó el estallido, puesto que estábamos sentados en la fila 7, muy cerca del pasillo, y hacia él se dirige Billy tras despedirse de su mejor amigo (¡Ay, Michael!), baja las escaleras del escenario y según se acerca al público veo en una butaca de las primeras filas cómo un crío de unos siete/ocho años sigue sus pasos con la boca abierta y totalmente emocionado, no sé si sintiéndose inspirado por él o conociendo la magia del teatro (o todo junto), el caso es que no le quitó ojo mientras recorría el patio de butacas y que esa comunión perfecta entre arte y vida me hizo abrir el grifo sin mesura y derramar tantas lágrimas que sólo entre ellas vi el (maravilloso) número final que sirve a la compañía para saludad, al público para bramar y a mí para seguir llorando, feliz, entusiasmado, pero sin contención (y el brillo en los ojos no se me quitó durante un buen rato).
   Cuando se anunció que Billy Elliot llegaba a España nos recorrió un escalofrío, y no se puede negar que en parte por miedo, si siempre salíamos envidiando la calidad de lo visto y la preparación de sus intérpretes (no se desdeña ninguna de las artes, la mayoría cantan y bailan como herramienta de su oficio, pasan de Shakespeare o Lloyd Webber sin prejuicios), aún más al ver a tantos niños y niñas sobre el escenario, se antojaba imposible ver algo así en España, se llevaba un retraso de muchos años en lo que a formación global se refiere, incluso grandes artistas, gentes de la profesión, salían lamentándose de ello, así nos lo contaron algunos de los que hoy están haciendo realidad (e historia) este musical en Madrid, es algo de lo que nos habíamos dolido en diferentes ocasiones (y con algunos de los mejores) en Destino: Wonderland (cuyo abrupto final es otro de los motivos para que ande tan tormentoso y atormentado, pero no es el momento de extenderme sobre este tema), la displicencia con que se trata a los intérpretes especializados en musicales, la poca importancia que se da al género, lo mucho que se denuesta sin conocer (y eso va por el público, fundamentalmente), por fortuna llegaron estos locos de SOM Produce (sólo se les puede considerar y admirar de ese modo, por no dejarse contagiar por el pesimismo, la falta de confianza, el conformismo, por saber mirar hacia el futuro, por planificar a largo plazo) y se pusieron manos a la obra tal y como lo hacen por aquellos pagos que vieron nacer Billy Elliot, es decir, empezando la casa por los cimientos y buscando los mejores formadores posibles para, desde año y medio antes del estreno, preparar a las futuras estrellas, a los que ya están bailando sobre las tablas como si lo hubiesen hecho desde siempre, para, nunca mejor dicho, crear escuela, afición, para que el género musical en España tenga savia nueva y suficientemente preparada. Y, así, entran en la ecuación la soberbia maestra Carmen Roche y, sobre todo, su heredero, el espléndido artista y formador, el docente más completo y entusiasta que encontrarse pueda, así es cómo Scaena se convierte, más que nunca porque ya lo era a menor escala, en el hogar, en el refugio, en la escuela en la que aprender, por encima de todo, a amar, valorar y desarrollar la pasión y el arte (la pasión por el arte). No me resisto a poner el link para que conozcan los nombres de todo el profesorado y, de paso, del equipo creativo que ha levantado Billy Elliot en el Nuevo Teatro Alcalá: https://www.billyelliot.es/equipo-creativo/.
   Y, así, con los mejores auspicios tras ser testigos de la presentación a los medios hace unos meses ( http://prnoticias.com/podcast/ondaarcoiris/cultura-lgtb/20161630-billy-elliot-en-destino-wonderland) y visitar, con Víctor Ullate Roche como cicerone, el centro neurálgico, es decir, Scaena ( http://prnoticias.com/podcast/ondaarcoiris/20162411-victor-ullate-roche-abre-las-puertas-de-scaena), llegó el momento de ver Billy Elliot en Madrid, sentados casi en las mismas butacas en que, hace tres años, aplaudíamos como jamás pensábamos (después de lo gozado en Londres) el montaje español de Priscilla, reina del desierto (¡Gracias de nuevo a SOM Produce!) y yo aprovechaba el descanso para hablar con mi padre, ya muy tocado por la enfermedad aunque nada hacía pensar que poco después de un mes le diríamos adiós, ya esa circunstancia espacial me arrugó un poco un ánimo no muy boyante como expliqué al principio. En cuanto empezaron a sonar los temas tantas veces tarareados, en cuanto se hizo realidad la historia de Billy y los otros habitantes de su pueblo, empecé a añorar aquellas escapadas a Londres en que tanto hemos gozado, que tanto oxígeno vital y cultural nos aportaban, aquellos regalos que ahora no se pueden repetir porque la economía no lo permite, todo ese gazpacho con tantos reproches a otros (y a uno mismo), el dolor porque alguien como Pablo no sea valorado como merece (ahí están los elogios a La voz hermana o a 24 horas de un periodista desesperado, ahí está lo que los que han tenido oportunidad de leerla dicen sobre su todavía inédita segunda novela, pero los méritos y buenos oficios demostrados no importan, porque sin padrinos no se casa nadie -sin los adecuados o sin comprarlos o sin venderse/humillarse, y perdón si generalizo pero si quieren vamos caso a caso y verán que hay poquitas y por eso honrosísimas excepciones-), mis lágrimas eran de pena y rabia aunque estuviesen interpretando Expressing Yourself, mis sentimientos estaban más confusos (por mezclados) que nunca, por eso digo que había que poner un poco en cuarentena mi reacción al término del primer acto. Pero sólo un poco porque, a la velocidad de un caleidoscopio, al momento estaba emocionado por asistir a un milagro, porque Billy Elliot se hablaba y cantaba en castellano y se estaba haciendo justicia al material original, porque de no saberlo nadie creería que esos niños y niñas apenas bailaban hace menos de dos años (y no digamos del Michael que nos tocó, Beltrán Remiro, toda una estrella, haciendo rugir a un teatro a rebosar, a una sala con más de mil espectadores, consiguiendo una ovación como pocas veces ha escuchado uno en España en un musical, parándolo como se dice en el argot), porque Carlos Hipólito es un actorazo capaz de tocarte la fibra más oculta, porque Mamen García evita cualquier tentación de convertir a la abuela en algo paródico y estúpido dando toda una lección, porque esta es la vía correcta para que el musical, definitivamente, se quede en España y sin necesidad de franquicias, remedos o tocomochos (perdón si resulto redundante o enfático, pero hay que decirlo muchas veces y muy alto: ¡Gracias, SOM Produce!). Y volvimos a vivirlo juntos y esa es la mejor medicina contra la pena negra, así el llanto se sobrelleva e incluso transforma en liberador, en muestra de amor, en expresión de nosotros mismos, brillando en nuestro universo íntimo.


jueves, 12 de octubre de 2017

ES LO MISMO QUE UNA CONDENA








  Al igual que cuando uno se encuentra enfebrecido por el enamoramiento más apasionado, cuando sufre los latigazos del amor no correspondido o intenta sobrevivir entre los restos del naufragio de aquel que ha terminado de la peor manera posible (incluso aunque sea una decisión propia) y cualquier canción que escucha le parece que habla de lo que siente, de lo que sufre, de lo que ansía, de lo que echa de menos, de su efervescencia, de lo que le convenga en ese momento, también la lectura en que uno anda inmerso se impone y parece tener respuesta para todo, así viene sucediéndome últimamente con Mortal y rosa de Francisco Umbral (los contactos de Facebook lo están comprobando), título que leí hace muchos años y confieso que no demasiado bien, aunque en tantos sentidos es un texto plena, total y magníficamente umbraliano, a simple vista, en un primer encuentro y para el que tenga al autor a medias, en proceso, en fase de descubrimiento (como me ocurría entonces), esta novela introspectiva y doliente parece tener poco que ver con el columnista que se convirtió en una adicción, se reconoce su prosa musical, poseedora de un ritmo propio que invita a leer en voz alta para gozarla en plenitud, ahí está su cadencia, ese modo personal de habitar cada palabra, ciertos recursos estilísticos y lingüísticos, Umbral es siempre Umbral, no se oculta, todo lo contrario (escribe sobre, desde, hacia, para sí), pero en aquel tiempo universitario uno se quedaba más con el cronista, con el retratista de ambientes, gentes y épocas, recuerdo que lo fui leyendo como a tirones e incluso obligándome (lo que no sucedió con, por ejemplo, Leyenda del César Visionario o alguno de sus textos memorísticos -por más que también lo sea Mortal y rosa, pero de algo más recóndito que las simples vivencias, sin querer menospreciar ni restar importancia ni altura literaria al resto ya que, como digo, fueron lecturas impactantes y disfrutadas), aunque indudablemente me dejó huella puesto que reapareció en mi ánimo mientras veíamos en el Teatro Español la estupenda versión de Rabbit Hole de David Lindsay-Abaire que David Serrano ha titulado Los universos paralelos y ha dirigido con su elegancia habitual, pero de eso ya hablaremos en su momento (aunque, ya que estamos, no dejo pasar la oportunidad de recomendarla encarecidamente; ignoro si quedan entradas disponibles para sus últimas representaciones en Madrid -sólo hasta este domingo 15-, pero la función continuará una gira apenas empezada, deseo que haya muchas ocasiones de aplaudirla como merece). Sin embargo, a la hora de encarar el escrito de hoy, imposible resistirse a citar al maestro Umbral quien, si bien es cierto que hablando también sobre sexo, dice algunas cosas que enlazan directamente con aquello a lo que uno venía dando vueltas para empezar, por ejemplo cuando afirma que “la vida hay que pagarla. No hemos aprendido la gratuidad de la vida” y, dejando fuera el modo en que la pone en común/oposición con el sexo (¿Ven? Esto de colocar dos términos como para que se elija el que al lector le parezca más idóneo -aunque ambos tienen validez y su unión añade matices y subraya intenciones- lo tomé de sus columnas), no por pacatería, sino por centrarnos (sobre todo, que ya ven cómo sigo dispersándome y no concreto), poco después añade: “Pero se nace con conciencia de débito, con sentido de culpa, con heredada sensación de deuda”.
   Creo que no es la primera vez (se me antoja difícil que no lo haya hecho porque podría decir que es una de mis muletillas) que traigo a colación el título que Juan Goytisolo y Sami Naïr dieron a un libro que, aunque publicado hace diecisiete años, tengo la impresión no ha perdido, por desgracia, actualidad ni pertinencia, El peaje de la vida, un muy bien documentado informe sobre los procesos migratorios y los (crueles, terribles, insalvables) obstáculos a que se enfrentan aquellos que tan sólo buscan un futuro (un presente) sin exclusión, sin pobreza, sin hambre, sin calamidades, sin abismos que les impidan avanzar -es decir, (sobre)vivir bajo unos parámetros básicos de dignidad-. Y, así, llegamos a la génesis de este desvarío, aunque tal vez habría que utilizar el artículo masculino y poner la palabra en mayúscula, puesto que hasta allí me fui, a la Biblia, mientras leía Recursos inhumanos, la novela de Pierre Lemaitre publicada en francés en 2010 y que Alfaguara editó hace unos meses en castellano traducida por Juan Carlos Durán Romero. ¿Qué quieren? Tras cinco años desempleado y con tan nulas perspectivas de acceder a algún trabajo (por más precario, mal pagado y poco ajustado a derecho que esté -y señalar esto es entrar en materia, hablando del libro que nos ocupa-), fue muy fácil empatizar con Alain Delambre, el protagonista, apropiarse de su angustia, su vulnerabilidad, sus inquietudes, su amargura, también de sus ansias por hacer justicia, por reivindicarse, por no dejarse humillar, pisotear, por no vender su alma, por no aceptar unas reglas impuestas que se saltan y conculcan cualquier mínima ética exigible (y esto va para empresarios, empleadores, cualquiera que tenga en sus manos la potestad de aceptar o rechazar -o despedir- a un trabajador, también para aquellos que deberían vigilar el cumplimiento de las leyes pero coadyuvan y participan de que la esclavitud esté a la orden del día, esos que, con su uso indiscriminado y a deshora, han vaciado de contenido la palabra “compañeros” -porque sólo les (pre)ocupan sus correligionarios, los afiliados, los que se cobijan bajo unas siglas concretas-). Otra cosa es que uno comparta el método expeditivo que decide utilizar (si bien es cierto que la intención primigenia y última es sólo la de conseguir un empleo, pero la desesperación le lleva a trenzar un plan muy al límite y con muchos riesgos y darlo por bueno sin pararse a considerar sus múltiples grietas), de alguna forma similar a cómo el personaje de Ricardo Darín en Relatos salvajes -las piezas terminan por encajar (véase la entrada anterior a ésta para comprender la frase)- se convertía en un héroe al que el público aplaudía aunque no se pensara en imitarle (¿O sí? -metámosles un poco de miedo a ver si reaccionan y enmiendan la deriva, aunque parece que ni por esas-), pero en muchos aspectos Delambre se transforma en el justiciero que, no nos engañemos ni nos pongamos dignos (¿Para esto sí?), todos hubiésemos querido ser en algún momento o nos ronde, aunque apenas se deje notar, el anhelo de poder serlo (sin cometer ningún delito, como mero ejercicio de justicia).
   La mención del Génesis viene por aquello de ganar el pan con el sudor de la frente, es decir, que, por encima de cualquier otra consideración, el trabajo es un castigo divino y así parecen creerlo muchos (especialmente aquellos que lo proporcionan, remuneran y se piensan impunes para exprimir, mortificar y ejercer autoridad -en su peor sentido-), luego llegó aquel (Lorenz Diefenbach) que tituló una novela Arbeit macht frei, frase recubierta de cinismo y crueldad (de hecho, fue la República de Weimar quien primero la adoptó como eslogan para su política de impulso de obras públicas para paliar el desempleo) al utilizarse como bienvenida para los prisioneros de los campos de trabajo y exterminio nazis y que siempre se traduce como “el trabajo os hará libres” (aunque lo más literal sería “el trabajo libera”) y han sido varias las ocasiones en que uno se la ha escuchado decir, con mayor o menor mordacidad pero como un latigazo pleno de retranca y destinado a dejar surco, a alguno bien pertrechado tras una mesa de despacho y hundido en un sillón de orejas que, en muchos casos, no era sino prestado (pero si nadie te lo recuerda cuando entras en triunfo en la ciudad puede que te olvides de que eres mortal y, así, le hagas el trabajo sucio al que, a su vez, te tiene como títere y vasallo y con el tiempo, cuando ya no eres útil o dejas de resultar simpático, se te vea vagar por los pasillos, desposeído de los laureles, apestado para los que vuelven a ser tus iguales -porque no fuiste nada benéfico, moreno-). Y en esas andamos, entre la necesidad de obtener ingresos y poder atender unas necesidades básicas, aunque tampoco es que éstas se estén garantizando ni cumpliendo como sería deseable, la por lo tanto obligación de trabajar (por más que tengamos la fortuna de hacerlo en algo que nos gusta y complace -por más que no se nos deje desarrollarlo sino bajo el yugo y sometimiento a tantos que lo desconocen todo o casi todo sobre su mejor ejecución (pero con otra acepción bien que saben hacerla), cuando no menosprecian más allá de que les sirva para llenarse los bolsillos y ganar poder y, por eso mismo, sólo les preocupa la cuenta de resultados en su sentido más literal y los beneficios conseguidos por sus buenos oficios para con los que están por encima en la pirámide empresarial-), entre el derecho a un trabajo que pueda ser calificado como digno y no esas filfas de contratos por horas, esas ocupaciones que ríase usted del Chaplin de Tiempos modernos, esos empleos que incumplen convenios, leyes e incluso caridades, esas aguas pantanosas en las que hundirse, renunciando a la dignidad más básica porque si no se hace habrá quien te acuse de señoritingo, de caprichoso, de creído, de no sé cuántas sandeces que, por fortuna, Espartaco no tuvo en cuenta (sí, me está quedando el texto un tanto revolucionario, pero es que hay que dar un giro total, no puede ser que aceptemos la humillación y la esclavitud como el pan nuestro de cada día, que promocionemos ofertas o requerimientos con la excusa de “es trabajo”, que no se fomente -e incluso obligue- el recurrir a los servicios públicos de empleo -para eso existen, que recuperen su sentido, su implicación, su prestigio (si lo tuvieron), que, nunca mejor dicho, hagan su trabajo, es decir, facilitárselo a quien no lo tiene- a la hora de hacer nuevos contratos y que, así, éstos sean revisados, examinados, que no se puedan dar por buenos los que hay por debajo del mínimo o saltándose normativas, jornadas preceptivas y demás), aceptando humillaciones continuas como las magníficamente y dolorosamente expresadas en Dos días, una noche, ese puñetazo de realidad que propiciaron los hermanos Dardenne con una Marion Cotillard estremecedora, algo recogido en parte por la menos contundente Yo, Daniel Blake de Ken Loach (aunque las secuencias en la oficina de -supuesto- empleo o en el banco de alimentos raen y roen el alma) y en la mala copia llamada La ley del mercado por más que el momento final, la decisión del personaje interpretado por Vincent Lyndon debería hacer reflexionar a muchos, incluidos aquellos que, por miedo, pura necesidad, ceguera, aun siendo conscientes de ello, ponen en almoneda su honor y el a veces necesario orgullo aceptando lo inaceptable (en parte porque saben que si ellos lo rechazan, pronto habrá cuarenta peleando por ese puesto).
   Y, a todo esto, quería hablar sobre Recursos inhumanos que, como pueden comprobar por cómo me ha encendido y todo lo que me ha hecho pensar, pone el dedo en la llaga (y eso que fue escrita hace ya casi ocho años) y lo hace con la ironía precisa, con ciertos toques esperpénticos (bien dosificados, tal vez demasiado abundantes en el tramo final), recuperando una vez más el auténtico espíritu de la novela negra, aquello que está en su origen (la Depresión del 29), diseccionando una sociedad, sin tener que resolver un crimen al más puro estilo policiaco (porque crímenes se dan a diario aunque no aparezcan en las páginas de sucesos ni provoquen cadáveres, al menos como consecuencia inmediata -qué clarito lo dejó Dámaso Alonso en su verso más mencionado-). Lemaitre conduce con mano maestra al lector por una historia que, aunque es fácil resumir y explicar en pocas palabras (sin entrar en ciertos detalles que arruinen las sorpresas diseminadas aquí y allá), tiene muchos vericuetos y podría hacer aguas más de una vez, pero, por fortuna, su honestidad literaria sabe llevarla a buen puerto a pesar de pisar el acelerador en exceso y forzar la verosimilitud en las últimas páginas en lo que a tiempos y distancias se refiere, lo que no quiere decir que la resolución total no sea satisfactoria, sino todo lo contrario, es de alabar cómo una apuesta tan arriesgada no pierde jamás pie y acepta una especie de reinvención más o menos a la mitad del relato, cómo cuando el lector puede temer que aquello se estrelle irremediablemente o estire hasta el infinito sus mejores hallazgos el autor se saca un as de la manga y lo justifica, lo integra en el conjunto, imprime nuevo brío y proporciona nuevo aliento a un libro al que no tener prejuicio ni reparo en considerar salvajemente divertido en unas páginas y lapidariamente denunciador en otras, haciéndonos caer en la cuenta de que, en los asuntos laborales, todos podemos ser conscientemente inhumanos y no tener cargos de conciencia, sino persistir en el error, en la infamia, ser la mano que nos flagela.