jueves, 11 de enero de 2018

MELODÍA RECONOCIBLE







   A veces, los prejuicios surgen por persona interpuesta, a través de otros, es decir, son tantas las ocasiones en que te has aburrido, hartado, indignado, tal vez ofendido, han sido tantas las oportunidades en que has leído un libro, visionado una película o serie, hecho una actividad (o cuando menos intentado) y el resultado ha sido tan calamitoso, tan contrario a lo que hacían prever los que ya has aprendido a reconocer como cantos de sirena, aplausos paniaguados, intereses creados, búsqueda de beneficios profesionales o personales, opiniones acríticas, fanatismos ilimitados, que inmediatamente pones en cuarentena lo que esas voces glorifican, te colocas a la defensiva, no puedes evitar ser escéptico, revolverte, huir hasta del agua fría, caminar en dirección contraria a la de quienes, así lo señala la experiencia, no debes hacer caso como no sea para obrar en consecuencia, o sea, al revés (aunque no haga falta aclarárselo a los fieles, por si alguien llega de nuevas o le surgen dudas, esto no va por gentes que demuestran un criterio y lo explican, reconocen y asumen filias y fobias, no tienen reparo en dejarse sorprender o decepcionar, gentes con las que no siempre coincides pero con las que se dialoga y discute en buena lid; lo anterior hace relación a critiquillos bien instalados -aquí o en Los Ángeles- que utilizan la profesión para medrar y ponen su firma en almoneda -olvidando la hemeroteca- o a absurdas autoproclamadas expertas que, para empezar, utilizan la palabra “generación” cuando querrían decir “genealogía” -o lo que sea, pero no el vocablo utilizado porque es incorrecto- o no tienen claro qué es el metraje de un filme). Por lo tanto, tal y como se ha contado aquí en textos anteriores, esa actitud en sí no es prejuiciosa, brota espontánea y hasta irracionalmente pero con firmes raíces en lo sucedido, da coraje cuando, de repente, se refieren a una obra que te despierta interés o te mueres de ganas por conocer, es inevitable que el horizonte se oscurezca cuando esto sucede y las expectativas se frustren o mengüen, pero sólo se puede hablar de prejuicio, en el sentido más estricto del término, cuando te niegas a conocer algo por el hecho de que alguno de estos personajillos hace un encomio encendido de sus (supuestas) virtudes.

   Y algo así me ha sucedido, lo reconozco, con Kent Haruf; por más que personas que me transmiten confianza y me han descubierto otros autores hablasen muy bien y razonadamente sobre la obra de este escritor, el hecho de que alguno de esos a los que hay que mantener a raya se hubiese deshecho en elogios (de lo más triviales y llenos de lugares comunes, por cierto) me hizo mantenerme al margen de su éxito póstumo, posición de prevención/precaución en la que me reafirmé (me encastillé) cuando vivimos la (relativa) decepción que supuso el reencuentro en pantalla (¿Qué más da el tamaño de la misma?) de dos leyendas como Jane Fonda y Robert Redford protagonizando la adaptación de la novela que Haruf no llegó a ver publicada puesto que murió poco después de entregar las últimas correcciones. Nosotros en la noche, más allá del carisma y la energía que sus estrellas (sobre todo ella) mantienen intactos, más allá de la entrega que se percibe en ambos casos (saben que las rentas les conceden un público entregado de antemano pero se aplican a la tarea con oficio y entrega, sin vivir de las mismas), sobre todo debido a la dirección plana y sin ninguna intención de Ritesh Batra, se nos quedó en un trabajo correcto y poco (o nada) más, en una oportunidad desperdiciada, se podía intuir que detrás, en el fondo, había una historia emocionante (también dolorosa, al menos de las que arrugan un poco el corazón en algunos pasajes), pero en su traslación a imágenes no dejaba de resultar convencional, ciertamente trivial, tan anodina que ni siquiera se transformaba en ñoña. Y me quedó ese regusto amargo de la desilusión, sobre todo porque lo que conocía sobre sus escritos (sumado a lo que asomaba aquí y allá en la película) parecía indicar que Kent Haruf tenía muchas papeletas para cautivarme y deleitarme, pero seguía sin atreverme a dar el paso hasta que Literatura Random House, el mismo sello que había publicado en castellano Nosotros en la noche, anunció que iba a recuperar la que se conocía como Trilogía de la Llanura (formada por tres títulos que aparecieron en EEUU entre 1999 y 2013) y me dije que era ahora o nunca y, por fortuna, ha sido lo primero.

   La canción de la llanura, traducida por Agustín Vergara con mimo y primor, ha supuesto toda una revelación para este lector, el reencuentro con una tradición literaria muy propia del país de origen de Haruf aunque no resulta complicado encontrar lazos con autores de cualquier lugar que hablen de lo más íntimo, de pequeñas comunidades, de gentes que viven lejos de todo y de casi todos (incluso de aquellos que pueden ser considerados vecinos, tanto en lo meramente físico como en lo anímico). Haruf situó la acción (aunque habrá quien diga que no es la palabra adecuada, en seguida explicamos por qué) de todas sus novelas en el pueblo imaginario de Holt, Colorado, estado en el que nació y murió, centrándose en un paisaje y paisanaje que entronca con el utilizado por Annie Prouxl o Cormac McCarthy, puede trazarse una cronología que nos lleve hasta Willian Faulkner (lo anticipábamos ayer al hablar de Tres anuncios en las afueras, la fantástica inmersión del a medias británico e irlandés Martin McDonagh en eso que suele denominarse la “América profunda”, etiqueta que también se podría utilizar -y se hace y se hará, lo peor es cuando se hace incidiendo en lo peyorativo del término-), da igual que se escriba sobre zonas de Wyoming, Texas, el condado ficticio (pero tan real) de Yoknapatawpha, Missouri u otros lugares, por más que en cada relato haya detalles muy específicos, las soledades, amarguras, interioridades y brutalidades, los silencios, odios propios o heredados, los rituales, los usos y costumbres pueden ser intercambiables, no sería insólito (ni forzado) que un personaje de Hijo de Dios o No es país para viejos, igualmente alguno de los que pueblan los magníficos relatos de Annie Prouxl, apareciese en La canción de la llanura o viceversa.

   El título original de la novela (Plainsong –“canto llano” sería su traducción-) hace referencia a esa música vocal utilizada en la Iglesia cristiana desde siempre, es “cualquier melodía o aire sencillo y sin adornos”, tal y como se indica en la nota colocada al principio, y así es la prosa de Kent Haruf, sobria, austera, precisa, sin adornos (emparenta especialmente, de entre las citadas, con la de McCarthy, aunque éste es mucho más seco, más rotundo, más incómodo -lo que no supone un demérito en el autor que ahora nos ocupa puesto que su modo de narrar es más sutil, menos hiriente, no por ello menos perturbador-), a veces se diría susurrada, contenida, refrenada, medida con diapasón, hay que felicitar en este momento a Agustín Vergara por el modo en que respeta la cadencia, el tono, el ritmo, logrando que en nuestro idioma la novela suene como lo que es, como un canto murmurado en voz muy baja, sin pretender destacar, casi dicho con vergüenza, de ahí las pausas, los múltiples puntos y aparte, las frases breves, los diálogos picados y sin señales que los destaquen, como parte de la tonada, salmodia si se quiere, ese ir dejando caer las palabras al modo en que lo hiciera Delibes en Los santos inocentes (y no es sólo esa la conexión que puede hacerse entre ambas obras, los McPheron y Paco “el Bajo” se hubiesen entendido con un par de miradas), esas enumeraciones que recurren en todo momento a la conjunción “y” (“Cruzaron la portilla de una valla y Raymond se bajó y la cerró y volvió a subirse al tractor y pasaron traqueteando ruidosamente por delante de los corrales y se detuvieron junto al establo”) que resuenan machaconamente como estribillo y a ratos desasosiegan (para bien, es parte fundamental de la atmósfera de la novela) porque parecen indicar una fatalidad de la que nadie puede escapar (lo uno lleva lo otro Y lo otro Y lo otro -y así hasta el infinito o la extenuación-).

   “Hay demasiado silencio” se queja en un momento Victoria, una muchacha a su vez sumamente callada, refugiada en su pena, expulsada de casa por su madre al saber que está embarazada, desubicada, asustadiza, desconfiada, víctima de otros y de sus propios reproches, inexperta a la hora de dosificar y expresar afectos, sin embargo tal vez sea el personaje en que Kent Haruf concentra las esperanzas, la posibilidad de cambiar el panorama (y de poder hacerlo sin tener que abandonar el lugar en que, por más que se presente y perciba como hostil, uno quiere estar, puede que por tradición, por desconocimiento, porque no queda otra, el caso es permanecer, sobrevivir, respirar, no dejarse aplastar). Por eso se dijo que alguien que conozca esta novela puede pensar que hablar de “acción” es exagerado o poco preciso, aunque hay varios personajes que mantienen una actividad constante, caminan, montan a caballo, atienden su granja, no están quietos, pero lo que Haruf narra, lo importante, sucede en el interior de cada uno, apenas es perceptible, es una melodía callada que resuena según se van pasando páginas y al lector también le pasan cosas, el corazón se contagia de ese ritmo peculiar y preciso y, sin aspavientos, sin casi señales externas, se conmueve, duele, pasma, reconoce, alienta con un canto llano a unos personajes, reprueba con contundencia silenciosa a otros (especialmente, al menos un servidor, a la señora Beckman), se admira ante el escalpelo delicado pero firme que el autor aplica, ese que hace posible emocionarse con conclusiones tan lapidarias como aquella en que, ante la pregunta “¿Tú no tienes cicatrices?”, alguien responde “Por dentro”. Ahí es donde habitan, por fortuna hay quien, como Kent Haruf, no duda en ponerlas negro sobre blanco.         

miércoles, 10 de enero de 2018

LA MADRE (IM)PERFECTA






   Hace poco, ordenando y organizando los textos que han ido apareciendo en este blog a lo largo de casi cinco años (que se cumplirán el próximo abril), tuve que volver a buscar una foto para ilustrar uno de ellos (A tantos kilómetros del abrazo, el que cerró agosto de 2013) y, puesto que hablaba sobre nosotros (como la inmensa mayoría de lo que escribo, aunque en esta ocasión de una manera harto explícita) y nombraba nuestro segundo libro (se había publicado pocos meses antes, aún era una relativa novedad), opté por recuperar la portada de Madres de película, ese afiche que Pablo buscó y compró (y que, ahora que caigo, sigue en el despacho de nuestro -antiguo- editor), esa fotografía emocionante para los que, como es nuestro caso, adoramos una cinta como La fuerza del cariño y el trabajo de sus dos protagonistas femeninas, Shirley MacLaine y Debra Winger, una perfecta ilustración de lo que se contaba en el interior (de gran parte al menos). Si bien es cierto que abordábamos y nombrábamos tipologías de lo más diversas, fueron varias las entrevistas en las que hicimos hincapié en el porqué de esa elección, primeramente porque Pablo la considera una de las películas de su vida y yo también la situaría en lo más alto de mis preferencias, luego porque el personaje que encarna, habita y convierte en inolvidable y admirable una impagable MacLaine es, como todos nosotros, alguien imperfecto, que se equivoca a la hora de expresar y gestionar sus afectos, que tropieza, se levanta, sigue adelante, vuelve a caer y no se rinde, es quien es sin tintes heroicos, no la mueve el deseo de obtener una corona, se limita a amar sin ambages ni metáforas, por encima de titubeos, encontronazos, incomprensiones, distancias, confusiones externas e internas, es una mujer que no se plantea qué quiere ser con respecto a su hija o quién y cómo esperan los demás que sea, tan sólo es, llena de contenido la palabra “madre” precisamente cuando toma el que el resto consideraría el peor camino posible, cuando rompe los estrictos moldes de lo que está bien visto o consensuado como tal, revolucionaria sin pretenderlo porque sólo le preocupa proteger, apoyar, cuidar, salvar, no flaquea cuando no lo logra, se entrega más allá de cualquier límite físico, mental y afectivo.

   Siempre hemos sido más de ellas que de ellos en lo que al cine (y a tantas cosas) se refiere, nuestros referentes, nuestros iconos, nuestras musas, nuestras estrellas abundan en nombres femeninos, por eso Madres de película brotó con tanta naturalidad, por eso nos vimos obligados a dejar fuera a tantas mujeres (actrices y personajes) que hubiesen tenido cabida pero que hubiesen engordado el volumen hasta un tamaño enciclopédico y jamás fue esa nuestra intención, sí la de hablar de aquellas que asumen el papel maternal más allá de los estereotipos y de las correcciones (aunque también había espacio para estas, por supuesto, ya que, al escoger personajes de diferentes épocas, íbamos trazando de alguna manera la evolución/involución que han ido experimentando los roles femeninos que, de una forma u otra, pueden verse reducidos a la palabra “madre”), aquellas que lo son incluso a su pesar, aquellas que ejercen, se comportan, acogen, defienden como tales a los que con toda justicia hay que considerar sus cachorros por más que la biología no haya intervenido en el proceso, también a las que reniegan de tal condición y devoran (en ocasiones literalmente) a sus crías, nos atraen mucho más (e incluso exclusivamente), en cualquier sentido, los personajes que resultan (que son) reales por sus contradicciones, por sus yerros, por sus carencias, porque nos obligan a plantearnos y replantearnos comportamientos, pensamientos, certezas que sentimos/creemos lo son, que se alejan de las convenciones, personajes a los que no comprendemos, cuyas actitudes y actuaciones no compartimos ni defendemos pero no podemos ignorar como lo pretenden aquellas fábulas que pintan todo de color rosa, esas cucharadas rebosantes de melaza (y moralina), esas categorizaciones maniqueístas que clasifican en buenas y malas madres (concretemos, puesto que es de lo que venimos hablando, aunque lo mismo podría decirse de, por ejemplo, hijos, ciudadanos y hasta libros, películas o series), queriendo imponer un criterio, una opinión, un sentimiento, incluso una moda, como dogma inamovible (puede que sepa explicar por qué algo o alguien me gusta, me cae bien, lo encuentro digno de elogio, por qué me parece “bueno”, lo que no quiere decir que lo sea).

   Tuvimos claro desde el principio que Madres de película aceptaba incorporaciones, no deja de ser parte de la memoria de dos espectadores, y no sólo de aquellas que habían quedado fuera sino de las que, inevitablemente, iban llegando (de hecho, algunas se incorporaron durante el proceso de documentación y escritura que se prolongó casi dos años), es por eso que hoy me atrevo a añadir una categoría más, casi podría ser la única puesto que todas las seleccionadas en su día, como cualquiera, son imperfectas por naturaleza (los mayores problemas suceden cuando alguien cree lo contrario y se considera alguien sin tacha, comportándose como un déspota -o algo peor-) y aceptarían la ironía que uno se permite al poner entre paréntesis el prefijo negativo y hacer cierta burla de los que preconizan lo que se les antoja es la maternidad perfecta, la única posible (como no la experimentan hablan de oídas y, sobre todo, adoctrinan en su propio beneficio), sin olvidar a las que dan lecciones de maternidad discriminando, reprobando, catequizando, extendiendo certificados de idoneidad, la mayoría de las veces mera apariencia (y hay muchos ejemplos en lo que escribimos en su día), dejando claro también que reclamamos la libertad plena de la mujer en lo que a la maternidad se refiere, es decir, que estamos totalmente en contra de esa coerción, de esa imposición, de ese esquematismo, de esa dictadura, de la prisión y anulación que supone aceptar como dogma de fe, propagarlo y castigar a quien no cumpla con él, aquella leyenda (seamos suaves) que afirma sin rubor que una mujer no se realiza hasta que es madre, que ese debe ser su objetivo en la vida (en la que le dejan), esa mirada inquisitorial que convierte como poco en sospechosa a quien la recibe (y bien sabemos cómo se ha castigado/castiga a las que se rebelan o, sencillamente, siguen camino mirando al frente -la indiferencia es la peor ofensa para aquellos que, precisamente, sólo se sienten realizados cuando actúan contra alguien-), que ser madre ha de ser una elección (como cualquier acto). Y, ahora sí, centrémonos un momento en esa madre cinematográfica que reclama su propia categoría e inspira esta especie de adenda a Madres de película.

   La estremecedora Frances McDormand de Una casa en las afueras, al igual que muchas de las que hubieran podido ser sus compañeras de libro de haberse filmado la cinta antes del momento de 2012 en que entregamos corregidas las últimas galeradas, podría encontrar acomodo en diferentes categorías o inspirar alguna otra, depende de en qué aspecto se quiera poner el acento, pero reclamo para ella su imperfección porque el hecho de que lo sea, de que no quede reducida a un estereotipo, a un esquema burdo, el modo en que su creador (el estupendo dramaturgo Martin McDonagh) esquiva la sensiblería, la épica, también la moralina, la manera en que no la hace simpática ni entrañable es, precisamente, lo que permite que el filme cale tan hondo en este espectador. Mildred, la protagonista, quiere respuestas, quiere justicia, quiere venganza, su hija fue violada y asesinada hace unos meses y, ante lo que considera desidia, inoperancia, negligencia policial, decide reclamarlas y proclamarlas, no quiere ser cómplice del silencio y conformarse con lamerse las heridas en privado, pasa a la acción sin tener en cuenta el dolor que pueda ocasionar (¿Alguien se preocupa del suyo?), McDormand le insufla vida con su tantas veces ovacionada contundencia interpretativa, imperturbable como una roca, implacable, irracional, sin miedo puesto que no siente que pueda perder más o salir peor parada emocionalmente, alimentándose de su rencor, de su odio, de su ira (esa que, dice el autor, puede ser un motor de cambio, aunque no sea para bien, pero le parece una forma de entender el mundo). Es, como puede verse, alguien con muchas aristas, con quien es complicado (e incluso imposible, depende de la tolerancia o el autocontrol de cada uno) empatizar especialmente en algunos actos que lleva a cabo, en algunos comportamientos, pero de quien resulta complicado (e incluso imposible) desligarse en aquello que mueve su motor, en su (único) anhelo vital, en su desgarro (ese sí) contenido, lo que agudiza nuestra desazón y conmueve (y duele) con resultados sísmicos.

   McDonagh da un giro a su filmografía tras dos largometrajes como Escondidos en Brujas y Siete psicópatas, comedias todo lo negras, esperpénticas y violentas que se quiera (con tonos muy diferentes entre sí), pero primando lo que provoca carcajadas (puede que aquí también las haya, pero son mucho más de estupor, de sorpresa, de no saber cómo reaccionar ante lo que vemos y escuchamos), y capta sin florituras ni aspavientos un modo de contar y filmar que puede rastrearse en nombres como los de Faulkner, Harper Lee, McCarthy, Prouxl, Haruf (de quien, por cierto, hablaremos muy pronto aquí y habrá ocasión entonces de abundar más en este asunto), cintas como Nebraska, Loving y hasta Los puentes de Madison (olvidando completamente la novelita que la inspiró, carente de las fuerza y profundidad que cobró en pantalla y que la emparentan con la que ahora nos ocupa y el resto de las citadas). Aquí, aunque el paisaje exterior sea muy diferente (y afile los caracteres), el íntimo es muy cercano al que McDonagh ha convertido en eje de su teatro, en textos que arrasan, perturban y golpean como La reina de belleza de Leenane, El cojo de Inishmaan o El hombre almohada, esos que le han valido ser considerado uno de los maestros de la corriente conocida como In-yer-face (literalmente “en tu cara”), vertiente extrema del llamado teatro de la crueldad, ese que incomoda, violenta y coloca frente a lo que no querríamos (no queremos) mirar, ese que nos lleva a los límites de nosotros mismos porque, para nuestra sorpresa (o no tanta), aunque una parte digamos racional afirma categóricamente que no haríamos eso, descubrimos que nuestro corazón aplaude sin tapujos el momento en que, por ejemplo, se lanza un cóctel molotov o se hostiga sin piedad a un enfermo terminal que no ha sido capaz de cumplir con su obligación en el ejercicio de sus funciones. Mildred es una madre herida, en contra de todo y de todos porque le arrebataron a su hija (quien, por cierto, tuvo el final que ella misma le deseó en la última discusión que mantuvieron -ya lo dijimos, no es perfecta, ¿quién no ha deseado lo peor a la persona a la que ama?-), actúa a impulsos, por instinto, no quiere caer bien, sólo quiere sentirse tranquila y en (cierta) paz consigo misma, no hacerse reproches, no tener que hacérselos a los otros, Frances McDormand la hace cercana sin dulcificarla, desde la dureza, desde la rabia, desde un dolor que la carcome, que compartimos y sufrimos con ella, madre que no se nos ofrece ni como ejemplo ni como modelo a (no) seguir, McDonagh no la juzga, la actriz tampoco y por eso alcanza una cima muy alta en su excelencia interpretativa, eso sí es perfección.

martes, 9 de enero de 2018

LO QUE DIGA LA TÍA AGATHA






   En uno de sus estupendos artículos literarios, José María Guelbenzu recordaba que todo escritor ha sido antes un lector feliz, pero llega un día en que no le basta con eso, no se conforma con devorar las ficciones de otros, quiere crear las suyas, la vocación bien abonada da un fruto que brota tan incontenible, imparable y veloz como el de las habichuelas mágicas del cuento, eclosión que en la mayoría de los casos puede asociarse a un autor o un título en concreto, en su caso califica como revelador aquel “momento único” en que leyó El hombre que fue jueves de Chesterton. Y fue otro artículo del escritor madrileño, otro de esos en los que transmite tanta pasión y amor por la lectura/escritura, otro entusiasmo en forma de crítica que aviva las permanentes ganas de zambullirme en la letra impresa, fue gracias a Guelbenzu como supe de la publicación en castellano de una novela que tía Agatha (la Christie) consideró era una de las tres mejores jamás escritas en el género en que ella continúa siendo maestra, referente e inspiración, que Dorothy L. Sayers (otra que sabía de lo que hablaba) vaticinó sería la única historia detectivesca del siglo XX que pasaría a la posteridad con la categoría de clásico indiscutible, título que aquel Detection Club que en sus comienzos reunió a ambas con gentes de la talla de Hugh Walpole, Ronald Knox o el propio Chesterton (que, a la sazón, fue el primer presidente del grupo) consagró como la mejor obra policiaca escrita (por si alguien tiene curiosidad, comentaremos que el Club aún existe hoy en día, presidido por Martin Edwards, inédito en nuestro país). Como ya se ha señalado, cuando Guelbenzu ha gozado con un libro lo transmite de tal manera que lo convierte en irresistible, aún más si pertenece a un género que no tiene reparos (no como otros que van de serios y doctos por la vida) en reconocer como uno de sus preferidos (algo que nos emparenta y por lo que atiendo con especial interés sus recomendaciones en ese aspecto), para colmo se colocaba bajo el paraguas de esa escritora que me hizo emborronar páginas intentando trenzar historias inspiradas en las suyas (plagiadas, ¿por qué negarlo?, tener pocos años no es disculpa, pero fue un buen aprendizaje para comprender que, como tantas veces digo, lo mío no era la ficción, aún menos la policiaca), todo lo que, de una forma u otra, está relacionado con Agatha Christie reclama mi atención y adoración, sin ella tal vez no fuese el lector que soy, por ella me lancé a escribir (aunque me parece que la palabra me viene muy grande, pero ese fue el resultado -la calidad de lo escrito no influye en la acción concreta, en la fiebre que me asaltó-) le estaré eternamente agradecido por las horas que llenó de emoción, de felicidad, de pasión (que permanecen cuando la releo o, por las circunstancias que sean, regreso a su universo), si alguien del criterio de Guelbenzu recomienda una novela y uno de los argumentos es que tía Agatha también lo hizo en su día, ya pueden imaginarse a qué velocidad sentí latir el corazón.

   Y por fin cayó en mis manos El último caso de Philip Trent de E. C. Bentley que Siruela ha publicado dentro de su Biblioteca de Clásicos Policiacos con traducción de Guillermo López Gallego y ya desde las primeras páginas (en la primera que leer en realidad) siguieron cerrándose círculos (otro lo había hecho cuando, investigando -nunca mejor momento- un poco, descubrí que Bentley había formado parte del grupo fundador del Detection Club y fue su presidente de 1936 a 1949) puesto que el autor dedica la obra a quien fuese su gran amigo Chesterton dando para ello cuatro razones: “Primero, porque el único motivo indisputablemente noble que tuve al escribirla fue la esperanza de que te gustara. Segundo, porque te debo un libro para responder a “El hombre que fue jueves” [por eso recordé el artículo citado al comienzo]. Tercero, porque, cuando te expliqué el plan, rodeados de franceses, hace dos años, te dije que lo haría. Cuarto, porque recuerdo el pasado.” Pero no terminan ahí las explicaciones y lo que sigue es igualmente delicioso: “Hoy he vuelto a pensar en aquellos tiempos asombrosos, cuando ni tú ni yo leíamos el periódico, cuando éramos puramente felices con el consumo ilimitado de papel, lápices, té y la paciencia de nuestros mayores; cuando nos entregamos a la literatura más estricta, y nosotros mismos producíamos la lectura ligera que fuese necesaria; cuando (en palabras del poeta de Canadá) estudiábamos las obras de la naturaleza, y también esas ranas pequeñas; en resumen, cuando éramos extremadamente jóvenes.” Sin duda, me estaba adentrando en territorio conocido o cuando menos reconocible, amistoso, acogedor, que sentir como propio, las perspectivas no podían ser más halagüeñas, por eso debo confesar que el primer capítulo me dejó un tanto descolocado, por fortuna es corto, haciendo un resumen de la vida del asesinado Sigsbee Manderson y de las consecuencias bursátiles de tal crimen que me pareció algo abstruso y hasta innecesario por aquello de dar explicaciones antes de que fueran requeridas, si bien es cierto que la mordacidad del autor se hace presente nada más arrancar al considerar que el mundo “no perdió nada que mereciese una sola lágrima” con la muerte cuyo enigma alienta la trama y va desperdigando muestras aquí y allá de un estilo claramente desmitificador y si se quiere sacrílego (no en vano se dice que Bentley escribió esta novela harto de la infalibilidad de Sherlock Holmes), el mismo que se adueña de la narración y del dibujo de los personajes con rotundidad y brillantez.

   Pero la maquinaria se pone en marcha, los interrogantes clásicos y básicos van apareciendo (mezcla lo más ortodoxo, ciertos esquemas del género, con lo transformador, con la renovación que propone, con lo novedoso, con lo en aquel momento impropio de lo meramente detectivesco), hay que introducir en la historia al investigador, en este caso alguien ajeno a la policía y que tampoco se presenta como detective, un pintor a tiempo completo (o eso pretende), periodista a rachas, un tipo ingenioso, culto, observador, curioso (lo es él y lo resulta a los demás), indagador e imaginativo, capaz de acuñar soluciones factibles para misterios que parecen irresolubles, en ocasiones tremendamente imaginativas y hasta erróneas, el Philip Trent del título, el elegido por el director del Record para informar a sus lectores porque “escribe bien y sabe hablar con la gente”, no tiene que preocuparse de nada más porque, y así lo dice y de eso se jacta el mandamás, “puedo enseñarle todo el lado técnico del periodismo en media hora” (director, por cierto, al que, apostilla Bentley cuando lo presenta a los lectores, era respetado por su personal, algo a reseñar “en una profesión que no facilita el desarrollo de sentimientos de reverencia” -sigue poniendo el dedo en la llaga algo más de cien años después de haberlo escrito (la primera edición apareció en 1913), cargas de profundidad de este tipo hay unas cuantas sobre los asuntos más variopintos-). Trent es toda una creación, lo cierto es que sabe a poco, merecería más desarrollo, hubiese dado para una serie, al menos para varios libros, pero ya se nos advierte que estamos ante su último caso (en eso, como en otras cosas, el escritor no nos engaña), aunque algunos de los anteriores sólo existan como menciones que se hacen en esta novela, Bentley no los escribió (pero sí publicaría una secuela, Trent´s Own Case, veintitrés años después), sería estupendo verle batirse en duelo real (por extenso) con el inspector Murch (es una decepción, al menos para quien esto escribe, el escaso provecho que se le extrae a este divertidísimo personaje), que sus investigaciones se cruzasen a cada paso, vivir el vértigo de la competición que establecen, aquí se abandona demasiado pronto, por más que el tono paródico presente en su encuentro impregna el resto de la narración.

   “(…) Vio [Trent] que era una casa moderna; tendría unos diez años. El lugar estaba muy bien cuidado, con ese aire de paz opulenta que reviste aun las casas más pequeñas de los acomodados de la campiña inglesa. Ante ella, al otro lado del camino, la fértil pradera bajaba hasta el borde de los acantilados; detrás, un paisaje arbolado se extendía cruzando un ancho valle hasta el páramo. Resultaba increíble que semejante lugar pudiera ser el escenario de un crimen violento; estaba tan tranquilo y ordenado; tenía un aire tan evidente de servicio disciplinario y vida cómoda…”. Pudiera pensarse que un párrafo así sólo podría escribirse conociendo toda la literatura británica de misterio que estaba por llegar (empezando por tía Agatha que publicó su primera obra en 1920, siete después de que viese la luz El último caso de Philip Trent), pero ese modo de burlarse (sin saña ni desprecio) del escenario recurrente, de aquel que, por excelencia, identifica, en parte define, es casi un subgénero por aquellos lares, esa manera de, digámoslo así, hurgar en la herida, hablar en caliente, hacerse un traje a medida utilizando patrones ajenos pero dejando su sello es lo que ha permitido que Bentley llegue al siglo XXI tan pimpante, si bien es cierto que, puede que por todo lo dicho anteriormente, uno esperaba algo más, no sabría decir exactamente qué, o tal vez lo contrario, es decir, a veces se pone demasiado discursivo, ajusta bien las piezas y no hace trampas pero sí parece que fuerza la maquinaria, que está más pendiente del alarde literario que de la resolución coherente del misterio (aunque, cierto es, si uno vuelve para atrás puede rastrear las pistas y seguir el rastro, por más que a veces parezcan colocadas -y recolocadas- un tanto por azar). Por otro lado, y eso es tal vez lo más positivo, si en un primer momento cerré el libro algo desencantado y con un regusto amargo en el paladar, según van pasando los días voy recordando detalles apasionantes, hallazgos magistrales, la sensación general se va transformando en placentera, que fue bajo la que leí por más que en el último momento primase la desilusión, que no la decepción; sin duda, Bentley se adelantó a su tiempo y todavía hoy es revolucionario en muchos aspectos, en realidad ese a modo de frustración sentida en un primer momento es lógica porque hay que paladearle y hacer la digestión sin sobresaltos, asumir todo lo que aporta al género en poco más de doscientas páginas, comprender por qué la tía Agatha y sus ilustres compañeros se rindieron ante la evidencia (que es de lo que se trata: de demostrar y, así, poder cerrar el caso).