domingo, 19 de mayo de 2019

ORFANDAD EMOCIONAL





   Aunque algunos le acusaban de repetirse más que el ajo y de no inventar/proponer soluciones nuevas (y fue algo, cierto es, que pude comprobar con alumnos de años diferentes), el caso es que varios de los trucos/consejos que Juan Antonio Porto daba en sus clases en la Universidad siguen resultando enormemente válidos a la hora de plantear/contar una historia (aunque él enseñase en concreto guion, no dejamos de hablar de recursos narrativos pertinentes -y útiles- para casi cualquier género y/o estilo); así, por ejemplo, nunca olvidaré (sobre todo la emoción con que lo contaba) lo que le parecía un arranque insuperable para interesar, inquietar y atrapar al espectador desde el primer plano: “Llega un tren a una estación solitaria en medio de ninguna parte, sólo baja una persona… ¡y es Spencer Tracy! ¡A ver quién es el guapo que se pierde el resto!”. Sí, es el por derecho propio mítico arranque del filme que aquí conocimos como Conspiración de silencio, pero su esquema es extrapolable a donde se quiera puesto que, de un modo u otro, sea justo al comenzar o en el momento adecuado para incorporar ese elemento extraño (en ese adjetivo radica el auténtico quid de la cuestión) que, aun sin pretenderlo, perturba, conmociona, provoca un terremoto en el lugar en que aparece (y en los que allí habitan o por allá transitan -no se puede dejar de mencionar esa fabulosa entrada de John Wayne en La diligencia con la que John Ford creó un icono, una estrella, una leyenda-), da igual cuándo suceda, cómo, en qué condiciones, el caso es que la irrupción del forastero (dicho con toda la intención) constituye en sí misma un nudo dramático de enorme potencia (el adecuado aprovechamiento depende, por supuesto, de la habilidad/calidad/maestría del escritor). Tal vez por eso, más allá de que protagonizase mi toma de contacto con la tía Agatha (El tren de las 4.50), siempre he sentido debilidad por Miss Marple, un personaje que rompió muchos moldes y normas del género, alguien que no deja de ser -incluso en su propio pueblo- una especie de infiltrada (para otros, sobre todo para los asesinos, una molestia), una persona ajena al trabajo policial/detectivesco a pesar de sus indudables facultades para la resolución del mismo, una visita a la que a veces se llama precisamente para que sirva de ayuda ante un problema (por lo que ha demostrado o solucionado sin moverse de su sillón) y en otras pasa por allí en el peor momento para el criminal (especialmente en El caso de los anónimos, donde sólo interviene en las últimas páginas), podríamos decir que en la mayoría de sus historias es una forastera en toda regla (hasta en los relatos cortos que le concedieron popularidad e inmortalidad -la Christie no pensaba utilizarla tanto ni durante tantos años- se limita a ser una oyente hasta que, sin dejar de tejer, expone la única solución posible a lo que hasta entonces era un misterio indescifrable).

   Ese fue también, y así nos lo cuenta en uno de los encuentros más divertidos y alocados en que recuerdo haber participado junto a mi Pepa Muñoz y algunos de los compañeros habituales (donde, por cierto, también hubo interferencias, cuerpos extraños, gallitos en corral ajeno por más que lo pretendiesen propio, intromisiones que no dan ni para un cuento breve), decía que de una idea similar partió Blas Ruiz Grau para comenzar a pergeñar No mentirás, su ansiado debut en la edición en papel (de la mano de Ediciones B) tras mantenerse como uno de los autores más leídos y vendidos en formato digital con sus anteriores títulos, puesto que reconfirma a la vista de lo que está sucediendo (ahí están las cifras y las reacciones en redes) desde que el pasado mes de marzo llegase a las librerías esta novela, arranque de una trilogía, a la que su autor llevaba mucho tiempo dando vueltas (y en la que ha trabajado varios años): “La novela negra es mi pasión desde siempre, primero como lector, claro. Pero como es lo que más me gusta es lo que más miedo me daba tocar y he esperado a sentirme más seguro, mientras he ido madurando algo que surgió hace tiempo: en 2011, cuando todavía no había autopublicado nada, ya tenía la historia del personaje de Carlos en la cabeza, me parecía muy interesante la figura de ese yuppie acomodado, ante quien todo el mundo besa el suelo que pisa, que le dicen lo que quiere oír, que tiene su vida hecha, y sacarle de su ambiente, que se encontrase en un lugar donde nadie le conoce, donde no es nadie y tiene que adaptarse al medio para averiguar una verdad que al principio no le interesa hasta que descubre que le es básico hacerlo. Él ha construido un Carlos impostado a raíz de que su padre lo abandonó hace dieciocho años, en el pueblo que se ve obligado a visitar empieza a salir el verdadero, el que él mismo desconoce, como digo, me apetecía muchísimo contar ese viaje. Al principio, la novela se centraba en eso nada más, pero vi la oportunidad de desahogarme, de sacar mi lado negro, de contar el pasado de Nicolás Valdés, mi personaje fetiche, que, sí, tiene mucho de mí, ya lo digo yo antes de que lo señale nadie, complementado además con Alfonso. Sin embargo, Carlos sí salió del extremo, de irme a todo lo contrario a lo que yo soy, por más que todos tengamos nuestras manías, ¿eh?”. Por lo tanto, los múltiples seguidores de Blas tienen la oportunidad de conocer los verdaderos orígenes, el paso del protagonista de La profecía de los pecadores y La verdad os hará libres (por eso No mentirás transcurre en 2009), pero quien llegue de nuevas (como un servidor) no tendrá ningún problema, no necesita haber leído lo anterior para, inevitablemente, dejarse atrapar/envolver/asfixiar (hay muchas brumas que despejar, una tormenta interior que no cesa) por un personaje con aristas, con esquinas, con oscuridades, un investigador a prueba consigo mismo, sin duda toda una creación (no en vano ha dado para varias novelas y, como ya se ha dicho, de momento tiene garantizada la continuidad), aunque me permitirán que, en mi querencia por los puntos de inflexión, por las irrupciones inesperadas que constituyen seísmos que dejan chiquita la escala Richter, en mi gusto por los detectives aficionados (o forzados), me quede con Carlos Lorenzo, también por la osadía que supone, por más que el héroe/antihéroe claro sea Nicolás Valdés, poner en el mismo orden de relevancia (es decir, al frente de la novela) a un tipo que, las cosas como son, provoca repulsión, resulta insoportable por no decir odioso, alguien a quien no querríamos parecernos y, sin embargo, puede que identifiquemos, que nos sean familiares (aunque sólo sean como pulsiones que acallamos) su coraza, su soberbia, su incapacidad de sentir empatía, su rencor, reflejo/consecuencia de sus carencias afectivas, del modo en que vació (y le vaciaron) el corazón, es y está huérfano de emociones, tanto se ha alejado de ellas que, podría decirse, es igualmente forastero en ese terreno/territorio.

   Y no contento con esta duplicidad/confrontación de protagonistas, Blas plantea dos tramas, en realidad la misma pero ramificada en dos investigaciones, una si se quiere más ortodoxa (en el sentido de ocuparse dos profesionales o en camino de serlo) y la otra a cargo de dos aficionados que forman una pareja de lo más dispar, lo que permite en algunos momentos la aparición del humor, tanto del más absurdo, como del cruel, del que se regodea en la desgracia ajena de aquel que no nos resulta simpático (o algo peor), el autor reconoce sin problemas que ha dado suelta a su lado más sádico al someter a Carlos a lo que alguien como él con todo reglamentado, organizado, cronometrado y establecido de antemano no puede considerar de otro modo que auténticas torturas; volviendo al origen, a lo del juego de espejos en personajes y resolución de los enigmas, hay que aplaudir al autor porque sale del envite muy airoso y demuestra que tiene muy meditada la jugada siguiente (el segundo volumen): “Necesito alicientes como escritor, ponerme retos, que no sea o parezca sencillo: así surgió lo de la doble trama. También la localización: recurrir a un pueblo de la costa alicantina, evitar el escenario más habitual de este tipo de historias, el pueblo que he tomado como referente es un lugar en el que se acoge a los forasteros, no hay hermetismo, hace buen tiempo casi siempre”, muy diferente a la hostilidad y desconfianza que se respira en cada rincón del literario, un lugar en el que se supone que nunca pasa nada y, sin embargo, las corrientes subterráneas están llenas de excrecencias, algunas de las cuales empiezan a aflorar, a atufar, a envenenar el ambiente, a contaminar el aire, a expandir los malos efluvios (y lo que aún es peor, el número de asesinados). Lugar, por cierto, real que, por supuesto, no se llama Mors, topónimo con el que aparece en la novela: “El pueblo existe, sí, pero no diré cuál es, aunque habrá quien lo reconozca; eso sí, algunos personajes los he llevado al extremo contrario: el carnicero, por ejemplo, no tiene nada que ver. Sin embargo, y se lo avisé, el forense sí está inspirado en uno real, en quien me ayudó a documentarme y me explicó muchas cosas, aunque me dijo que no vería nada que no quisiera ver y a veces fue inevitable, jajaja”. Blas ha querido ser muy preciso en la descripción de los diferentes procedimientos, tanto el policial como el forense, para que la historia sea lo más verosímil posible dentro del endiablado rompecabezas que plantea, sin evitar, manejándolas con acierto e imprimiéndoles un aire novedoso, determinadas convenciones del género de las que, en ocasiones, los personajes se mofan o se quejan, hay todavía demasiada gente que se cree a pies juntillas CSI o series similares (que entretienen lo suyo, sí, pero dejando a un lado las clásicas unidades teatrales, sobre todo la temporal).

   Blas va acumulando piezas, diseminando pistas, dando sorpresas y giros bruscos, aclarando zonas sombrías para sumergirnos a continuación en otra mucho más tenebrosa, se comprende aún sin saberlo cuando se empieza a leer (fue algo que él y su editora hicieron oficial durante el encuentro) que No mentirás no puede agotar la historia sin resultar precipitada, sin desbaratar de mala manera su planteamiento y desarrollo, que por más que la madeja se desteja como es exigible a toda novela del género (en realidad, de cualquiera, es decir, que el lector quede satisfecho incluso aunque haya cabos sueltos -la coherencia a veces exige que eso suceda, al fin y al cabo en la vida no hay compartimentos estancos ni desenlaces cerrados-) para poder contar todo lo necesario sin trampas ni disloques, por lo bien urdido que está todo, es necesaria una continuación que quien no quiera porque le baste con esta podrá ignorar pero, a buen seguro, la gran mayoría de lectores querrá saber qué pasa después, esto engancha y eso se debe no sólo a una trama plagada de asesinatos de lo más truculentos y elaborados (y a una velocidad narradora de vértigo) ni al cuidadoso goteo de piezas que van encajando y dejando huecos con precisión quirúrgica, sino al dibujo hecho con trazo nervioso pero firme de personajes que nos resultan cercanos porque se comportan y hablan (dejando a un lado los crímenes cometidos, desde luego) como cualquiera de nosotros: “Los diálogos me han dado muchos problemas desde el principio, soy consciente de que en mis primeras novelas me quedaban muy planos, incluso metidos con calzador, no eran creíbles, lo asumo sin problema porque es algo que siempre he procurado mejorar. Y fue de las obsesiones que viví con esta novela: meterme en la piel de los personajes, en sus pensamientos, les hice una entrevista para saber cómo se expresaban, qué dirían y qué no, que su forma de hablar sonase espontánea y cuadrase con cada uno”. El resultado de ese esfuerzo salta a la vista y es muy plausible.

   P.D.: No puedo acabar este texto sin señalar algo que, de dejar de hacerlo, aquellos leales que me han otorgado su confianza desde hace años podrían considerar, no sin razón, un engaño por mi parte: aunque no afecte en nada a la estructura, al ritmo, a lo pensada que está la novela, es una lástima que se hayan colado demasiadas erratas, nada que no pueda ser subsanable con otra nueva revisión de cara a posteriores ediciones (igual ya se ha hecho, téngase en cuenta que leí uno de los primeros ejemplares), algo que, como digo, es molesto, sí, da coraje, pero no altera ni afecta a lo que es una novela muy entretenida y adictiva (espero que nadie se moleste más de la cuenta, no es una crítica sino una llamada de atención, pero me consta que a algunas personas no les gustaría que no les advirtiese de ello antes de ponerse a la lectura).

miércoles, 15 de mayo de 2019

NO HAY MAYOR VERDAD





   He citado en más de una ocasión la frase aunque jamás consigo recordar dónde la leí, quién es su autor o a quién le era atribuida, el caso es que alguien se refería al público de cine como el más conservador que existe porque pagaba una y otra vez para que le contasen la misma historia; más allá de posibles (y abundantes) matizaciones que podrían hacerse (como a cualquier sentencia que pretende eso mismo, que generaliza sin criterio ni auténticos argumentos), si la tomamos/seguimos literalmente, si tomamos la parte de verdad (ahora se verá) que contiene, la premisa puede hacerse extensiva a cualquier espectador o similar (por abreviar podríamos decir receptor -de lo que sea-) para después concretar, es decir, centrarnos en los seguidores de este cantante, aquel intérprete de cualquier disciplina artística, determinado novelista o género literario, en nuestros propios gustos y querencias, para concluir que, en más de una ocasión (y de dos), hemos llevado mal (al menos antes de conocer en qué consistía exactamente) cualquier alteración, modificación, transformación, novedad en lo que dábamos por hecho, en lo que esperábamos, en lo que demandamos (lo escribo en presente porque, al menos hablo por mí, es un hábito difícil de abandonar aunque a veces lo sigamos un tanto inconscientemente) de aquel a quien seguimos (y lo mismo podría decirse de los amigos, pero dejaremos ahora a un lado tan espinoso asunto). Tuve la feliz oportunidad de entrevistar al Dúo Dinámico (algo muy deseado, debo decir), justo con motivo del trabajo con que celebraron sus 50 años en la música, repasamos sus grandes éxitos (que presentaban como duetos con Soledad Giménez, Diana Navarro o los mismísimos Julio Iglesias y Joan Manuel Serrat -¡Cantando el La, la, la!-), fue una conversación gozosa, pero en un momento dado se lamentaron de que, salvo Resistiré, ninguno de los temas que habían grabado desde que decidieron volver a finales de los 80 tras unos años dedicados sólo a la composición y producción había calado en el público que, tuviese la edad que tuviese, reclamaba en los directos Quisiera ser, Quince años tiene mi amor y el resto de hits que no se han dejado de tararear y bailar; no quiero hacer muy largo este introito (propósito que pocas veces cumplo como se está demostrando en este preciso momento), pero estoy convencido de que, a poco que nos paremos a pensarlo, todos encontramos un momento (y más) en que hemos sido injustos (o no, depende -perdón por la maldad-) con alguien a quien admiramos porque no canta los temas de siempre, porque su nueva obra supone un cambio de registro, de género, porque abandona su zona de confort (en realidad, la nuestra porque es en la que le reconocemos y aplaudimos), pero, del mismo modo, también hemos evitado ver tal película, leer este libro, escuchar tal canción porque “es más de lo mismo”.

   Sea por una cosa o por la contraria, me parece muy valiente, como punto de partida, la decisión de Emma Lira de reescribir la historia que hemos conocido como La bella y la bestia y no ocultarlo, antes al revés dejarlo muy claro, porque, por un lado, puede provocar una reacción similar a la descrita al final del párrafo anterior (“será por versiones del cuento…”, “¿otra vez?”, “ya la conozco”) pero, por otro, ahí es donde quiero incidir, me dirijo precisamente a esos lectores ansiosos de novedades (con los que a ratos comparto el hastío ante fórmulas gastadísimas o títulos clónicos e intercambiables), porque la escritora hace mucho más que contar a su modo lo que ya se ha contado antes (sin negar los referentes, con nobleza literaria), es algo que conviene destacar porque ahí radican la magia y la sorpresa que destila esta novela, no sigue el camino trillado, el de la tradición, el que tomaron otros por más que añadiesen sus variantes, parte de los personajes reales (sí, los hubo, quédense con ello porque es básico para captar las intenciones de la autora y para comprender el porqué de la fascinación sentida por este lector) que inspiraron aquello que se fue transmitiendo a lo largo de los siglos con forma de cuento de hadas (aunque haya quien considere a Apuleyo como origen por las similitudes que tiene con Cupido y Psique -incluida en El asno de oro-, quedémonos, para poner una fecha, con la primera versión escrita de la narración que ha llegado a nuestros días, la de 1740 debida a Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve -por más que la refundición y se quiere infantilización llevada a cabo por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont en 1756, traducida al inglés al año siguiente, tuviese más fortuna y difusión-), investiga, busca y encuentra (ya se sabe que la belleza -y a veces también la verdad- está en el interior), aquello que estaba bien escondido y hasta sepultado (e incluso desconocido por quien se puso a fabular/inventar sin ir más allá del cuento) y construye una novela de ficción histórica apabullante, deslumbrante e inmensamente gozosa por lo bien que bascula entre ambas pero, especialmente, por lo mucho que tiene de lo segundo, por la reconstrucción impecable y profusamente documentada que hace de una época, de gran parte del siglo XVI francés, aunque lo que allí sucedía afectaba a toda Europa (y viceversa).

   No me cuesta nada recordar el día en que tuve la fortuna y el placer de compartir junto a mi querido grupo de lectura un encuentro con Emma Lira para dar la bienvenida a Ponte en mi piel, novela publicada por Espasa el pasado mes de febrero, primero por una circunstancia negativa que, por fortuna, quedó en un susto, ya que nuestra Pepa Muñoz, la artífice del acto (como de tantos de los que aquí se da cuenta y que celebran el entusiasmo y la pasión por la literatura), no pudo asistir por un problemilla de salud que fue rápidamente puesto bajo observación y atajado, pero sobre todo porque coincidió con el día de mi cumpleaños, con el regalo añadido (así considero y siento como tales la novela y la oportunidad de conversar con su autora) de que todos los asistentes, Emma Lira incluida, me dedicaron el Cumpleaños feliz al terminar el evento para mi vergüenza y la estupefacción primero y regocijo después de quienes se congregaban para hacer sus comparas en la Casa del Libro de Gran Vía. Lo primero que me atrevería a aconsejar a cualquiera que se sienta atraído por Ponte en mi piel es que no busque nada más (o nada en absoluto, tiene todo el permiso del mundo para, si así lo desea, abandonar este texto ahora mismo) sobre los personajes reales, que se adentre en la novela con lo poco o mucho que sepa de antemano, por lo que recuerde gracias a películas/libros como La Reina Margot, que se vaya sorprendiendo bien (o primero) por la aparición/participación en la trama de personajes como Enrique II de Francia, Catalina de Medici, todos sus vástagos, Diana de Poitiers, Diana de Castro, María Estuardo, el mismísimo Nostradamus, Gaspard de Coligny o la familia Guisa, o que su asombro nazca (o continúe y a buen seguro aumente, depende, ya digo, del conocimiento previo, innecesario, por otro lado, para comprender -y admirar- lo que se cuenta y cómo se cuenta) por el modo en que la Historia se funde de una manera admirable con lo imaginado, por la manera en que Emma urde una trama sin fisuras en todo se unifica y resulta verosímil, ayudada en gran medida porque los hechos documentados y que se dan por probados/sucedidos son en ocasiones tan o más abracadabrantes que lo que la fantasía puede abonar. El caso es que Petrus Gonsalvus, nacido en Tenerife, aquejado de hipertricosis, siempre estuvo ahí, en cuadros, en escritos, ahora en la red, sólo faltaba que alguien se diese cuenta de sus posibilidades como personaje más allá del cuento, fábula o leyenda, por fortuna él y su historia (la posible y de la que hay constancia) han caído en manos de una narradora tan sensible y poderosa (no es un oxímoron: es fabuloso cómo ambas facetas se entremezclan para dar a cada pasaje el tono preciso) como Emma Lira: “Petrus es un personaje que está ahí, basta con consultar la Wikipedia, aparece en todos lados, incluso se le ha dedicado algún ensayo, pero a pesar de eso sigue siendo desconocido, nunca se había novelado su historia, al menos hasta donde yo sé. Tiene algo que, como escritora, me parece lo más atractivo: es un personaje real, sí, pero hay un margen enorme para inventar; se da una combinación perfecta: hechos históricos a los que atenerse combinados con enormes lagunas a las que dar vida, hay mucho que crear puesto que, por ejemplo, no se encuentra nada registrado antes de su llegada a Francia, sabemos sólo lo que él cuenta sobre su pasado. Partiendo de datos contrastados, de los pocos de que hay constancia, yo imagino el resto, aquello que me cuadra y me sirve para armar la novela, especialmente en lo relacionado con su matrimonio, en los motivos que mueven a Catalina de Medici a pactarlo, no así en que Pedro y su mujer estuvieron juntos cuarenta años y tuvieron cinco hijos, porque eso está documentado”.

   Emma deja/hace hablar a sus personajes, es Petrus bajo los diferentes nombres que tuvo (o pudo tener) a lo largo de su vida quien narra lo que es vivir en/bajo su piel, siendo considerado un peligro, una abominación, una rareza, un estorbo, un ser deforme, poseedor de mal fario, todo eso y más, alguien a quien, sin embargo, Enrique II concedió un trato de favor (sobre todo para el que hubiese podido ser su destino, el que otros reclamaban que tuviese) porque vio a la persona, sintió latir un corazón en el que reconoció muchas cosas: “No se conocen los verdaderos motivos de por qué el rey de Francia se encariñó de ese modo con este niño, lo acogió, le dio una educación, lo protegió; yo he querido imaginar que, de alguna manera, se siente identificado con él, no conviene olvidar que tanto él como su hermano Francisco fueron rehén del rey enemigo, Carlos V, durante cinco años, fueron la garantía de que se cumpliría lo acordado en el Tratado de Madrid de 1526. Es indudable que fue la fortuna de Petrus cruzarse con Enrique porque su destino hubiera sido muy distinto de haber continuado en el barco esclavista, seguramente vendido en una subasta y cayendo en manos de alguien que, como se refleja en la novela, le considerase un juguete, una mascota, un bufón, no una persona; fuera de la corte su destino hubiese sido atroz, porque el Cardenal de Lorena es un personaje muy real, no invento sobre él, era más papista que el Papa, es, recordemos, un momento en que la Inquisición tiene mucho poder y, para colmo, las guerras de religión ocasionan víctimas mortales a diario”. Es a través de este hecho como Emma recupera/incluye en Ponte en mi piel esa aureola de cuento de hadas, ese narrar con fluidez en que los aspectos mágicos se integran perfectamente con la realidad, se aceptan como parte del ensueño pero también como algo que sucede en lo cotidiano, las fronteras se diluyen y hasta desaparecen, aceptamos con naturalidad que los animales hablen, los duendes campen por sus respetos, de niños distinguimos/mezclamos sin problemas ni mucho menos traumas, es la mirada adulta la que rompe el hechizo y vuelve gris el mundo colorido en que, sabiendo que no es real, nos gusta creer: “He querido reflejar, recurriendo a la ficción pero basándome en cómo es recibido y tratado por el rey francés o en el hecho de que viviese unos 80 años en una época en que pocos alcanzaban una edad avanzada, en que sobreviviese cuando lo habitual es que quienes nacían deformes fuesen despeñados, que Petrus tenía una estrella que le protegía, que era un ser privilegiado o cuando menos muy afortunado, algo que ponen el valor el monarca y, sobre todo, Coligny, quienes sin duda tuvieron que ver algo especial y diferente para promocionarle del modo en que lo hicieron”.

   Pero no sólo habla Petrus, también dos mujeres que explican lo ingrato, doloroso, a veces humillante y terrible que es estar en su piel, ser consideradas menos por sus orígenes, por lo que simbolizan, por pertenecer al sexo que en ese momento (y en tantos anteriores y posteriores) era utilizado como moneda de cambio, incluso alcanzando una posición privilegiada tenían que demostrar merecerla a cada minuto, no podían bajar la guardia, se veían obligadas (o aceptaban encantadas, ahí radica la dicotomía que hace apasionantes, al margen de los hechos espeluznantes en que se ven envueltos/propician, a personajes como Catalina de Medici) a ser más temidas que los hombres o aceptaban su yugo sin rechistar como manera de, incluso, conservar la vida; otra de las maravillosas sorpresas que depara esta novela, otro de los aspectos que demuestran el cuidado puesto por Emma Lira para equilibrar su narración tanto estilística como estructural y argumentalmente es el juego que estas tres voces mantienen, el relevo que se van dando para poder cubrir todos los escenarios, el modo en que una sustituye a otra para ir diversificando y enriqueciendo la historia, a través de ellas la escritora mueve sus piezas con mucha elegancia para, de nuevo, sorprender hasta a quien tiene más o menos claro quién es cada personaje pero, a pesar de todo, es mucho mejor no decir nombres más de lo debido, para que la magia siga teniendo efecto: “Su mujer era menor que Petrus, por lo que al principio no podía estar y, además, me pareció muy interesante que ninguno de los dos llegase al amor cuando se conocen. Además, en el proceso de documentación y creación apareció Diana de Castro, un personaje maravilloso, la bastarda del rey, influyó en todos sus hermanos, fue consejera de Enrique de Navarra cuando por fin llega al trono, pude novelar un poco quién fue su madre porque es algo que no está confirmado y, además, tenía la misma edad que Petrus, lo que me permitía un juego literario muy interesante. El caso es que en entrevistas hablo siempre de “la dama que se convertiría en su esposa” para no desvelar nada más, jajaja”. Y así debe ser.

   Emma Lira, como ya se ha señalado, cuenta su propia versión del cuento, en realidad es mucho más que eso aunque nunca pierde de vista este origen, algo que se percibe en ciertos pasajes que recuperan esa tradición, ese a modo de “érase una vez”, esos toques mágicos que, repetimos también, en muchas ocasiones son, podríamos decir, apuntes del natural: “Cuando empiezo a investigar y me encuentro también con María Estuardo pensé que no era posible que todos aquellos personajes hubiesen coincidido en un mismo sitio y lugar, ¡era imposible pasarlos por alto! Lo mismo pasa con Nostradamus y algunas de las leyendas a él asociadas, ¡cómo no utilizar esos momentos impactantes que están recogidos y registrados en los libros de Historia!”. La lectura de Ponte en mi piel es un continuo gozo tanto para el que guste de la Historia, para el que la conozca y para el que quiera descubrirla, como para el que busca evasión, entretenimiento, diversión, una ficción, porque de todo y en las dosis precisas tiene esta novela, escrita con mimo y con nervio, con un gusto exquisito, procurando el placer de cualquier lector, narrando a diferentes niveles para que cada quien encuentre el suyo: “Todo lo que he escrito hasta ahora se enmarca en la ficción histórica: me baso en un hecho, en un personaje, en algo concreto y relleno los huecos, hago ficción en lo que no se sabe y lo que se sabe lo respeto, procuro ser muy rigurosa hasta el punto de encorsetarme más de la cuenta. Y me gusta hacer guiños por si algún lector sabe más o quiere saber, dejo cosas por ahí sueltas, aunque, como dice mi editora, sólo las sepa yo, jajaja”. Cada cual tendrá en la cabeza la versión/variante que prefiera, un servidor no dejó de pensar en el fascinante Jean Marais de la sublime película debida al gran Jean Cocteau, pero sin duda quien más quien menos lleva en el corazón (por tantas razones) la joya a Disney debida, se nota que Emma Lira también… y no digo más, láncense al libro porque, no podía ser de otro modo, la belleza está en el interior (bueno, y en la portada, ¿no les parece?).